Aquella noche donde Gilgamesh y Enkidu llegaron al palacio, se vieron más tarde en uno de los cientos de salones elegantes. Ambos se encontraban bañados y el aroma característico de los perfumes de Gilgamesh inundaban el lugar, apropiándose de cada esquina como un fantasma fragante.
—Creo que quiero ir a dormir—Enkidu se restregó un ojo luego de sentarse—, en el carruaje tuve frío todo el camino. ¿No estás cansado?
—Un poco…—dijo Gilgamesh.
En realidad, Gilgamesh quería hablar algunas cosas con Enkidu.
Debía aclarar lo que aquella noche ocurrió en la tienda. Deseaba dejar los malos entendidos afuera y por sobretodo, mantener la serenidad y la supremacía en todo esto. Gilgamesh se cruzó de manos y colocó el mentón sobre estas.
—Enkidu—comenzó sin hallar por donde empezar—, quiero que sepas una cosa.
Enkidu prestó atención a las palabras de Gilgamesh y se acomodó.
—Dime.
Gilgamesh exhaló para aliviar la tensión que ya se estaba creando en su pecho. Lo taladró con la mirada unos instantes y luego habló:
—Eres el mejor amigo que podría haber tenido.
Enkidu no parecía sorprendido con la declaración, pero agradeció igualmente el gesto.
—Estás sentimental esta noche, ¿No?
Aquello tomó desprevenido a Gilgamesh. No era su intención que lo encontraran sentimental, era una de las cosas más incómodas que podrían suceder. Curvó la comisura de sus labios en señal de desagrado.
—No, ¿Acaso no puedo decirte nada sin que hagas comentarios ridículos?
Enkidu soltó una risita y sacudió la cabeza.
—Eres tú el que se toma las cosas tan personales. Relájate.
La luz de la luna bañaba los preciosos suelos pulidos a través de los tragaluces dispuestos en la instancia. Ambos centraron su atención a aquello y permanecieron en quietud, disfrutando el resplandor platinado que regalaban las lozas.
—Gil—susurró Enkidu—, guardaré siempre en mi recuerdo este viaje.
—¿Por qué le das tanta importancia? No es nada en particular, fue terminar con una molestia y regresar. Haremos muchos viajes de ese tipo. Combatiremos bestias, tendremos aventuras. Este es el primero de muchos.
—Espero así sea—Enkidu se encontraba ensoñado, con una dulce expresión de anhelo en su rostro. Sus manos se enredaban nerviosas sobre su regazo—. Me gusta estar a solas contigo.
Gilgamesh carraspeó y relajó la postura.
—Ahora estamos a solas—indicó Gilgamesh, moviendo su mano—, no sé cual es la diferencia.
—Al llegar al palacio cambias Gil. Te vuelves hostil, te ocultas tras tu faceta de rey frío y calculador, cuando en realidad eres una persona protectora, cálida incluso. Aquello nunca lo veré tras las paredes de este lugar, pero en el bosque te liberas.
Gilgamesh se quedó perplejo ante las palabras de Enkidu. Bufó para luego soltar una risa forzosa.
—Para variar dices escaparates Enkidu. He sido el mismo desde que dejé este palacio hasta que volví.
Enkidu se apoyó en el borde de la silla y cruzó las piernas. Llevaba un pantalón holgado que delineaba sus muslos bajo la tela. El cabello húmedo se secaba gracias a la brisa y el aroma llegaba hasta la nariz de Gilgamesh.
Cerró los ojos algo superado. De nuevo volvía esa sensación fastidiosa que le revolvía el estómago en un dolor agradable pero culposo: no lo iba a permitir, lo negaría hasta el final. Aquellos sentimientos surgían como lava en su sangre, le recorrían el cuerpo y ciento de uñas rasguñaban suavemente su piel, crispándose por el toque desagradable de aquel secreto maldito que guardaba.
—Vamos a dormir—dictaminó finalmente, poniéndose de pie.
Gilgamesh y Enkidu caminaron juntos hasta la habitación, adentrándose en ella sin producir mucho ruido. Ambos se encontraban exhaustos y realmente deseaban dormir. Enkidu se quitó la parte superior de su ropa y se quedó semidesnudo para tenderse sobre el lecho y acomodarse. Cerró los ojos y esperó a que Gilgamesh llegara a su lado. Los pliegues de las sábanas le parecían suaves y producían un efecto somnífero en él, relajándolo al punto de dormitar. Una vez que Gilgamesh llegó a su lado, comenzaron a hablar:
—Realmente ha sido un viaje importante—dijo Enkidu, acurrucándose y colocando una mano bajo la almohada—, he aprendido mucho de ti y creo que nuestra amistad se ha fortalecido.
—Hmm…—soltó Gilgamesh, serio—. Suena como si me estudiaras.
—No, pero he aprendido a leerte mejor.
Se quedaron en silencio, pero sin dormirse. Enkidu se acomodó entre las sábanas y se acercó cauteloso a Gilgamesh. Vio su perfil perfecto y se alegró de estar al lado de alguien como él. Conocerlo fue lo mejor que pudo pasar en su existencia, estaba feliz de vivir. Apoyó su nariz en su brazo y algo nervioso, dejó un beso sobre él, muy cerca del hombro, con la inocencia propia de sus labios. Gilgamesh lo vio de reojo, manteniendo la seriedad de su semblante.
—No te hagas ideas que no son reales, Enkidu—dijo, después de sentir su piel muy sensible—, no te hagas daño.
Enkidu se sentó en el lecho y el cabello siguió su trayectoria. Reclamó el rostro de Gilgamesh y se acercó a besarle, posando sus labios suavemente sobre los de él, dedicando un beso adorable. Se detuvo cuando notó que Gilgamesh no seguía con aquello y se apartó de él.
—Duérmete Enkidu—murmuró Gilgamesh y se volteó al lado contrario.
Enkidu se quedó sentado sobre la cama con las cejas curvadas, pero tan pronto como lo pensó, se relajó y se acostó dándole la espalda a Gilgamesh. Se hizo un ovillo y se abrazó a sí mismo. Ya no podía dormir, prefería recordar la noche donde supuestamente Gilgamesh le demostró aquello que sentía.
Qué hermosa mentira.
Sonrió tristemente, y un bostezo pequeño nació de su pecho. Se estaba quedando dormido cuando lo sintió.
Gilgamesh se había volteado para abrazarle por abdomen y esconder su rostro en el cuello. Su respiración era calidad y sus manos lo rodeaban con seguridad. El corazón de Enkidu se disparó en el pecho y abrió los ojos de par en par, deteniendo la respiración. Con cierto temblor en sus dedos, tanteó por lo nudillos de Gilgamesh y los acarició, reconociendo esa piel como si fuese suya. Nuevamente se hizo tangible aquello que guardaban tras las palabras mudas que sus actos reflejaban cada noche en donde no existía nada más en el mundo que ellos dos.
Poco a poco el sueño inundó a Gilgamesh y Enkidu permaneció un lapso más, disfrutando el momento.
Realmente era una hermosa mentira.
Se durmió en el sabor embriagante del veneno de un corazón roto.
Despertó con sopor la mañana siguiente.
Se giró sobre sí mismo y bostezó, abriendo los ojos lentamente. A su lado no se encontraba Gilgamesh, sólo un montón de sábanas revueltas y una almohada con la forma de su cabeza.
Enkidu se incorporó y bostezó nuevamente, restregándose un ojo. Se levantó de la cama y caminó hacia el baño, donde encontró a Gilgamesh apoyado en el borde de la tinaja, con la vista baja, como si reflexionara algo muy importante. Enkidu se apoyó en el marco de la entrada.
—¿Te pasa algo Gil?
—Estoy mareado—contestó, respirando con calma.
—Eso no es normal—indicó Enkidu y se acercó con cautela—, deberías verte con los médicos.
Gilgamesh asintió.
—Pídele a Siduri que vaya.
Enkidu colocó una mano en su espalda y la acarició.
—Quizás sólo necesitas descansar. Llevábamos muchos días en la intemperie.
—También tú y te ves bien.
—Yo no tengo sangre de humano, Gil. Es probable que enfermes.
Gilgamesh torció el gesto y alzó una mano para echar a Enkidu.
Enkidu se vistió y salió al vestíbulo, donde todas las mañanas, Siduri esperaba sentada en su mesa.
—Hola Siduri—saludó Enkidu—, Gil no se siente bien. Me pidió que te dijera que fueras por su médico.
Siduri alzó la cabeza y ladeó levemente la cabeza.
—¿Está muy mal?
—No—Enkidu fue a su lado luego de tomar una manzana del desayuno que siempre estaba dispuesto en las mañanas—, pero creo que sólo necesita descansar. Su parte humana se agota como la de todos los hombres.
Siduri se levantó y reverenció a Enkidu.
—Siduri—dijo suavemente Enkidu, sonriéndole—, conmigo no necesitas hacer ese tipo de cosas. Podemos ser amigos.
Siduri se ruborizó al escuchar eso y miró directamente a Enkidu; casi nunca lo hacía, por estar acostumbrada a mantener la vista gacha e ir tras de Gilgamesh. La dulzura de la mirada de Enkidu fue suficiente como para que ella sonriera también.
—¿Ves? —agregó Enkidu, tomando la tablilla de Siduri y entregándosela—, no es necesario. De ahora en adelante sólo mírame y háblame con naturalidad.
—De acuerdo—contestó Siduri, recibiendo sus herramientas—, iré por el médico. No tardo.
Enkidu se quedó a solas y aprovechó de mirar a su alrededor: el hall estaba tranquilo, limpio y ordenado. No es como si nunca estuviese en esas condiciones, pero las primeras noches de Enkidu en el palacio se encontraba con chicas que dormían sobre las almohadas o con tinajas de vino desperdigadas con sus copas. Ese desorden de las fiestas desenfrenadas que tenía Gilgamesh fue reduciéndose con el tiempo al punto que la armonía de la habitación fue acrecentándose hasta tener un orden específico. Los almohadones siempre estaban cubiertos con sus mantas hermosas, las ventanas preservaban sus cortinas bellamente decoradas, las campanillas cantaban suave al son del viento.
Enkidu agachó la vista, ensoñado, agradecido de vivir en un lugar como ese.
Luego de un momento, tomó una bandeja y comenzó a llenarla de cosas para Gilgamesh, ya que parecía que no bajaría al hall de su habitación. Con cuidado, se dirigió hasta el dormitorio y entró para encontrarse con Gilgamesh acostado nuevamente, mirando por la ventana.
—Ten—dijo Enkidu, dejando el alimento en su regazo—, come algo.
—No tengo mucho apetito—indicó Gilgamesh, tomando un vaso de agua luego de que Enkidu le sirviera.
—Al menos debes tomar líquido y comer algunas frutas. Anda, sólo es un poco.
Gilgamesh comió lentamente hasta que llegó el médico. Enkidu se apartó y mientras Gilgamesh era inspeccionado, aprovechó de ir a los vestidores y elegir su ropa para aquel día. Para variar, pasó de colocarse las prendas elegantes y sólo escogió una camisa blanca y unos pantalones rojizos. Fue al baño para asearse y cuando llenó un cuenco con agua para lavar su rostro, se encontró con la pulsera de oro de Gilgamesh. La tomó entre sus dedos y acarició la superficie áurea con melancolía.
Aquel viaje fue único.
Llevó la pulsera a su corazón y cerró los ojos un momento, sintiendo la brisa suave que se colaba por la ventana y recordando con ello, las tardes en el bosque.
Una vez que terminó de vestirse, salió hacia el dormitorio y se encontró con Gilgamesh a solas, quien masticaba una hoja de hierba medicinal con algo de disgusto.
—Está amarga—dijo, cuando Enkidu se acercó con algo entre sus manos—, no soy una oveja para estar comiendo plantas.
Enkidu rio encantadoramente y señaló las frutas.
—Prácticamente también son plantas.
Gilgamesh rodó los ojos.
—No me refería a… ya olvídalo.
Enkidu se agachó a su lado y tomó la mano de Gilgamesh entre las suyas y deslizó por sus dedos la pulsera de oro hasta llevarla a su muñeca. Acto seguido, llevó la mano hasta sus labios y le depositó un beso.
Gilgamesh miraba a Enkidu atentamente mientras la escena transcurría. Retiró la mano con lentitud y desvió la mirada. Su dorso quedó hipersensible después del tacto de los labios de Enkidu. Tragó la hoja que retorcía su lengua y después tomó agua.
Se sintió desnudo ante aquel acto. Su mente emitía un silbido constante y molesto que no podía acallar.
Enkidu se sentó a su lado y mantuvo la vista perdida en la enredadera de uno de los cimientos.
—Tendrás que ir al concilio y al salón del trono por mí. Toca recibir a súbditos y sus tonterías. Ponte ropa acorde a la tarea, no vayas como un vago.
—Lo haré por ti. No te preocupes. Descansa y recupérate.
Enkidu se puso de pie, pero Gilgamesh tomó su brazo antes de que se alejara. Se mantuvieron en silencio hasta que Gilgamesh lo soltó.
—Hazlo bien—susurró Gilgamesh, con una suavidad poco esperable de él.
—Lo haré.
Enkidu se agachó y levantó el flequillo de Gilgamesh para dejarle un beso en su frente.
Una vez que Enkidu se fue de la habitación, Gilgamesh se hundió en sus almohadas y permitió dejarse llevar por aquella sensación agradable, pero que se convertía en desagradable apenas pensaba en ella.
Es por ello por lo que decidió no pensar.
Se durmió con una ligera sonrisa en su rostro y no despertó hasta que era atardecer.
—¿Has dormido bien? —preguntó Enkidu, quien estaba sentado en el balcón, con un montón de tablillas a sus pies. Terminó de tallar una y dejó el cincel de lado—, ¿Tienes hambre?
—Sí—aseveró Gilgamesh, sentándose en su lecho, ya sintiéndose repuesto.
—Iré por la cena.
Enkidu se veía hermoso. Efectivamente se vistió acorde a un consejero real: sobre su pecho descubierto llevaba algunas cadenas de oro decoradas con piedras preciosas. Sobre sus hombros colgaba un manto azul bordado en oro. Sus pantalones blancos hacían juego con sus sandalias de cuero y en un todo, Enkidu parecía un príncipe. La larga trenza caía por su espalda y al final de esta, un lazo azul destacaba sobre el verde de sus cabellos.
Cuando regresó con una bandeja, Gilgamesh reflexionó un momento: ¿Cómo era posible que Enkidu pudiese ser tan hermoso? Parecía un ser salido del paraíso.
Efectivamente eso era.
¿Cuál era el motivo de crear algo tan perfecto para que lo derrotara? ¿Por qué no una bestia fétida y enorme? ¿Por qué no algo amorfo como Humbaba? ¿Por qué Enkidu cambió su forma original para tornarse tan bello?
Él lo sabía, se lo dijo tiempo atrás: para intentar ser un igual a Gilgamesh.
Dentro de toda su belleza física, había algo más que lo enaltecía como un ser celestial: su manera de ser. La dulzura con la que trataba a las personas, la inocencia, la pureza y las buenas intenciones de todos sus actos.
Gilgamesh cada día que transcurría, caía más profundo en aquel pozo que le hacía suspirar cada vez que veía a Enkidu.
—Estás muy silencioso—dijo Enkidu, también cenando con él—¿Te sigues sintiendo mal?
—No, ya estoy bien—contestó luego de tragar—, pensaba en cómo te fue hoy. ¿Algo nuevo?
—Pues… faltan casas al norte de Uruk para los emigrantes. Destiné recursos para eso.
Gilgamesh frunció el ceño y miró severamente a Enkidu.
—¿Estás pensando las cosas que haces?
—Sí. Los balances de las minas y la ganadería fueron buenos como para permitir un desvío de recursos para las casas. Son para comerciantes de todas formas. No pierdes dinero Gil.
Gilgamesh asintió y continuó comiendo.
—No creo que sea tan simple como dices.
—Gil—Enkidu se acomodó a su lado y tomó un dátil caramelizado (últimamente comía demasiado esos dulces)—, la gente que viene a Uruk viene por una nueva oportunidad para sus vidas. Uruk es vibrante, llena de vida y rica. Demuestra esa riqueza que tiene a través de las personas, que tus mismos súbditos manifiesten a través de ellos la verdad de Uruk. Si no permites que nuevos miembros se unan a tu ciudad, Uruk no sería la joya que es.
Gilgamesh bufó y luego de pedir a Enkidu con una seña que quitara la bandeja, se acomodó en la cama y le hizo un lado.
—Supongo que como consejero cumples bien tu labor. Tiene sentido lo que dices.
—Claro que tiene sentido—dijo Enkidu, sentándose a su lado—; ciudadanos felices, reino feliz, rey feliz.
Gilgamesh sonrió levemente y colocó sus manos sobre su abdomen.
—¿Quieres que sea feliz?
—Es lo único que quiero en el mundo—susurró Enkidu.
—Entonces deberías dejar de gastar mis recursos porque mi riqueza me hace feliz.
—No es cierto Gil—Enkidu se quitó un aro de oro que adornaba su cabeza y desató su trenza—, no sé como eras antes de que yo llegara a Uruk, pero siento que ha cambiado la forma en que me sonríes, eres dulce, tu sonrisa es sincera y tímida. Eso habla de alguien un poco más feliz que antes.
—Cállate, escucha los escaparates que estás diciendo—Gilgamesh sintió algo parecido a una ola de calor invadirle el pecho. Evitó mirarle.
Enkidu rio suave y se levantó para quitarse la ropa y arrojarla al suelo. Fue al guardarropa y eligió un pijama para luego ir al baño y quitarse el maquillaje. Regresó y se sentó a los pies de la cama.
—Es temprano para dormir, ¿Quieres conversar?
—Sí—dijo Gilgamesh, acomodándose entre sus sábanas—¿Cómo te gustaría que fuese la fiesta?
—Cierto, querías hacer una fiesta—recordó Enkidu, mordiéndose el labio inferior—. Bueno, me gustaría que todo Uruk estuviese invitado.
—Claro que lo estará. Hay más que suficiente para alimentar a cada ciudadano de este reino.
—¿Podría ser dentro de cuatro días? ¿Te parece?
—Perfecto. Mañana pediré a Siduri que se encargue de ello.
—No la sobrecargues con trabajo—dijo Enkidu, sonriendo cómplice, recordando lo que hablaron en el bosque.
—Ella tiene asistentes también, descuida, sabe hacer su trabajo. Bien, dentro de dos días tendremos una fiesta.
Gilgamesh se levantó y caminó para ir al vestíbulo, ya que quería algo de vino. Tomó la tinaja y dos copas cuando se giró y vio por la ventana hacia el balcón, la ciudad de Uruk. Dejó las cosas en una mesita y caminó hacia afuera. Sintió la agradable brisa y respiró un aroman dulzón. Se giró para ver de donde venía y encontró un arreglo floral de flores rojas y blancas. Las miró un momento y sin pensarlo, tomó una de cada una.
Caminó hacia la habitación y encontró a Enkidu en las afueras, también mirando la ciudad. Estaba apoyado en el alféizar y jugaba con un mechón de su cabello. Gilgamesh tragó y respiró para calmarse. Se acercó por la espalda y se detuvo un momento.
No, no iba a pensar.
Le abrazó y buscó sus manos para dejar ambas flores en sus dedos. Gilgamesh ocultó el rostro en uno de los hombros de Enkidu, mientras entrelazaban sus manos.
Enkidu se deshizo en un suspiro y tomó ambas flores con delicadeza. Conforme el corazón le latía más rápido, soltó una sonrisa y dejó que su cuerpo descansara sobre el de Gilgamesh.
—Gracias Gil—susurró Enkidu, luego de girarse y mirar a Gilgamesh intensamente—, gracias por seguir siendo tú.
Gilgamesh no dijo nada.
Estuvieron al menos un cuarto de hora abrazados en el balcón, mirando Uruk y dejando que la brisa despeinara sus cabellos. Gilgamesh acariciaba el abdomen de Enkidu mientras pensaba en cómo haría para que las cosas no siguieran escapándose de su control. Le gustaba el camino que comenzaba a recorrer, pero sabía que era peligroso y que pondría en duda todo lo que él alguna vez fue.
Era Enkidu, su Enkidu. Él era el que causó toda esa desestabilización en su vida. Una torre que se derrumbó a sus pies, pero que él ayudó a construir de nuevo, una torre más fuerte, más bella y más real.
Gilgamesh abandonó un suspiro en el oído de Enkidu lo que causó que él tuviera escalofríos.
Enkidu se volteó y tomó el rostro de Gilgamesh entre sus manos y depositó un beso en sus labios. La brisa sopló más fuerte y el aroma de las flores se entremezcló con las sensaciones del momento. Gilgamesh lo abrazó por la cintura y se entregó a ese beso. Ya no importaba el ruido interno, cada día era más intenso, más molesto y cada vez más peligroso, paso que daba era un paso que no podía dar vuelta atrás. Lo aferró con fuerzas y se hundió en ese beso, tan único, que derramaba tras cada desliz de sus labios todas aquellas palabras que no se decían.
Era tan peligroso, tan arriesgado.
Pero era de ellos dos, ocultos del mundo en el balcón de la habitación de Gilgamesh.
Enkidu se escondió en el pecho de Gilgamesh mientras él lo abrazaba con dedicación. Alzó una mano y acarició su cabello con una delicadeza increíble, como si Enkidu fuese el pétalo de una flor efímera.
—Gracias—susurró Gilgamesh—, por darme la oportunidad de conocerte.
Enkidu sonrió y se apegó a Gilgamesh.
—Fuiste tú el que decidió que esto ocurriera. Sin tu piedad, yo estaría muerto.
—Sea como sea—continuó Gilgamesh—, es gracias a ti.
La noche se hizo frente a ellos y finalmente las antorchas se apagaron. Caminaron hasta la habitación y volvieron a besarse conforme las ropas abandonaban sus cuerpos. Siguieron besándose cuando se encontraron sobre las almohadas, cuando Enkidu se subía sobre Gilgamesh, cuando sus manos pasaron por la espalda de Enkidu.
Las flores fueron testigo de cómo un corazón tirano podía rendirse ante los sentimientos que laceraban esa armadura de oro que se caía a pedazos día tras día, cada vez que Enkidu sonreía.
Cada vez que Enkidu simplemente existía.
Al día siguiente, Gilgamesh no se encontraba en la suite cuando Enkidu despertó.
Enkidu hizo lo que hacía típicamente todas las mañanas: lavar su rostro, asearse, comer algo, peinar y trenzar sus cabellos. Salió de la habitación y caminó por los pasillos del zigurat: nada nuevo.
Se dirigió a su biblioteca para comenzar a estudiar la lectura de estrellas y ahí permaneció toda la mañana hasta que tocó la hora del almuerzo. Cuando se encaminó al comedor, tampoco estaba Gilgamesh. Extrañado, fue a la sala de concilio y al salón del trono, donde finalmente lo encontró. Se encontraba iracundo, casi al borde de los gritos, discutiendo con un miembro del consejo.
—Señor, disculpe mi atrevimiento, pero es necesario que despose pronto. Es por el bien de su ciudad, nosotros los del consejo…
—Cállate—masculló Gilgamesh, dándole la espalda—. Guardias, lleven a este imbécil al calabozo.
—Majestad—gimió el hombre, angustiado—, no soy más que…
—SILENCIO—gritó Gilgamesh, volteándose con ímpetu—, no quiero volver a ver tu pútrida cara nunca más.
Los guardias se acercaron con determinación al consejero y se lo llevaron a la fuerza, en una escena lamentablemente incómoda.
Enkidu quedó de piedra: de toda su instancia en Uruk, no había visto a Gilgamesh encolerizarse con un miembro del consejo, había mandado gente al calabozo, sin embargo, con la gente del concilio tenía algo más de paciencia.
—Gil, eso no estuvo bien—dijo Enkidu acercándose y hablándole con seguridad—, suelta a ese hombre, sólo te está diciendo la verdad.
—¿Tú también? —cuestionó Gilgamesh, colocando las manos en las caderas—, ¿También quieres que me case?
—Sí—soltó Enkidu, mirándolo a los ojos—, porque tu pueblo está preocupado de su destino. Un rey debe ser para su pueblo.
—Tú no tienes idea de…
Gilgamesh se llevó una mano a los ojos y los restregó.
—Sígueme—ordenó, dejando el ambiente cargado en el salón del trono—. Siduri, encárgate de la fiesta.
—Cómo desee—Siduri reverenció y se marchó en dirección contraria.
Enkidu siguió a Gilgamesh por un sector poco frecuentado hasta que recordó a qué lugar conducía: la antigua habitación de Gilgamesh.
Una vez que volvieron a adentrarse en el polvoriento lugar, Gilgamesh se apoyó en la pared y soltó un suspiro.
—¿Estás más tranquilo? —preguntó Enkidu, sentándose en un taburete luego de sacudirlo.
—No mucho—confesó, manteniendo la vista gacha.
—Dime una cosa—comenzó Enkidu, ladeando la cabeza—, ¿Por qué te molesta tanto el tema? ¿No es algo banal y ya? Busca una chica de tu harem, ten un hijo y luego olvídala. Siempre haces lo mismo, no entiendo por qué te molesta tanto.
—Yo no necesito un sucesor—sentenció Gilgamesh, con cierto temblor en la voz.
—¿Estás seguro de que es sólo eso? Sinceramente no veo el problema… y si no lo necesitas efectivamente, simplemente tendrás un hijo y ya.
—Eventualmente ese hijo querrá reclamar mi trono.
—Vamos Gil—Enkidu sonrió dulcemente—, eres un semidiós, no hay problema con eso.
—Me sorprende que me sugieras cosas como absolutismo y abandono, es muy extraño que venga eso de ti.
—Puede ser—admitió Enkidu—, pero intento ver las cosas a tu manera. No le des más vueltas al asunto y cásate.
—No hay nadie digna de mí.
—Siduri… Nidasag, Kinnamu. No importa, elige a una de ellas y ya. No te…
—¿Y qué hago contigo? —Gilgamesh habló con acidez, como si ese fuese el principal motivo por el cual no quería contraer matrimonio.
—¿Conmigo? —Enkidu se encogió de hombros—, pues nada. Puedo seguir frecuentando tu habitación.
—Ya no es mi habitación, es nuestra.
—Bueno, entonces no tienes por qué tener a tu esposa contigo siempre, es sólo un compromiso con Uruk.
—Tiene que venir la mujer indicada, la más perfecta y la más increíble que pueda existir.
Enkidu soltó una risita y negó.
—No creo que exista esa mujer.
—Exactamente, por eso jamás me casaré.
—Vaya, vaya—Enkidu se levantó del taburete y fue a la ventana, donde un carrito de juguete descansaba en la superficie del canto—. Me es muy difícil convencerte.
—¿Y tú por qué quieres que me case?
—Ya te lo dije, es un favor a Uruk, la gente está preocupada.
—¿Y no te importa que traiga una mujer a mi lado como mi esposa? Una mujer a la que tendré que dar lo que se supone que se le da a una esposa.
Enkidu deshizo su sonrisa y giró las ruedas del juguete.
Algo dolió en su pecho, pero lo ignoró.
—No se trata de mí Gil.
—¿Te importo?
Enkidu giró los ojos levemente y lo miró por sobre el hombro.
—¿De dónde viene esa inseguridad? Claro que me importas.
—Entonces: ¿Por qué de pronto pierdes la capacidad de leerme?
Enkidu finalmente se volteó con el juguete entre sus manos. Miró a su alrededor, sorprendido de pronto de que Gilgamesh hablara por sus actos: esa habitación era una parte profunda de su corazón y que lo trajera a hablar a ese lugar era algo inusual.
—Qué obvio eres Gil—Enkidu cerró los ojos y continuó jugando con el carrito—. Necesitas apoyo moral. Lo entiendo. Sea cual sea tu decisión y si quieres seguir mis consejos o no, yo te apoyaré. Nunca te traicionaré.
—Entonces entenderás que nunca me casaré.
—Sí, lo entenderé.
—Porque no puedo llevar a la persona que quiero que…
Enkidu alzó la cabeza rápidamente. Quedó expectante a las palabras confusas de Gilgamesh. El rey apretaba sus labios fuertemente, como reteniéndose.
—Nada.
—Está bien Gil. No te preocupes, no te cases si no quieres. Eres el rey y tu palabra es absoluta, sin embargo, debo pedirte algo: libera al consejero. Sólo tuvo la valentía de llevar las preocupaciones de tu concilio contigo, no castigues el valor de hacer eso.
Gilgamesh resopló y asintió con vehemencia.
—De acuerdo. Más tarde le pediré a Siduri que lo liberen.
—Gracias Gil.
Enkidu observó la habitación con más detenimiento y encontró un apartado más pequeño donde estaba el vestidor de Gilgamesh. Se adentró y vio las pequeñas ropas que se encontraban en el suelo llenas de tierra. Se agachó para tomarlas entre sus manos después de dejar la carreta aparte y sonrió con tristeza.
—Gracias por confiar en mí—dijo Enkidu, dejando las prendas sobre una mesita—, es muy importante para mí que abras tu corazón.
Gilgamesh lo miró pesadamente.
Cómo deseaba llevarlo a su lado.
Cerró los ojos y se cruzó de brazos.
—¿Qué pasa por tu mente, Enkidu?
Enkidu, extrañado ante esa repentina pregunta, expuso su duda.
—¿A qué te refieres Gil?
—¿Qué piensas de todo esto, de lo que ocurre entre nosotros?
—Oh…—Enkidu recordó todo su estudio de la situación.
Sabía que estaban evolucionando, pero no conocía el rumbo ni cual era el puerto al cual llegar. No lo entendía del todo e intentaba mantener la mente fría para analizarlo, porque en el pecho algo le decía cosas, le susurraba en sus oídos palabras confusas.
—¿Eso es todo? ¿Oh?
—Perdóname, estaba pensando.
—¿Y?
—Evidentemente estamos cambiando, pero no entiendo para qué. Además, me dijiste que no me hiciera ideas equivocadas.
Gilgamesh frunció el ceño y lo miró.
—¿No entiendes qué? ¿Para qué? ¿No sabes cómo proceder acaso?
—No sé si sea necesario.
Gilgamesh quedó pasmado, tuvo que tragar para contener su sorpresa: ¿Cómo no era necesario?
—Qué quisiste decir, eres un imbécil.
Enkidu también se sorprendió ante la negativa violenta de Gilgamesh.
—Digo… que si somos amigos no necesitamos demostrarnos nada.
Gilgamesh resopló con rabia y negó, incrédulo.
—Eres un estúpido, no puedo creer lo que estás diciendo.
—No entiendo tu enojo Gil, estoy diciendo la verdad.
—O sea que… ¿Todo este tiempo has estado fingiendo que te importa?
—No he fingido nada, claro que me importa. Sólo no entiendo la dirección de esto.
—¿Y hay que entenderlo acaso? ¿No te basta con sólo vivirlo? ¿Por qué tienes que sobreanalizar todo?
—Porque estoy aprendiendo de ustedes, necesito comprender cómo funciona todo esto.
—Entonces, ¿No es necesario lo que ocurre entre nosotros?
—¿Qué es lo que ocurre según tú?
Gilgamesh exasperó y se volteó, decidido a salir.
—Nada, no ocurre nada. Vete a la mierda Enkidu.
Enkidu abrió levemente los ojos y finalmente asintió.
Era agradable lo que ocurría entre los dos, pero era cierto: le costaba entender por qué Gilgamesh no hablaba con claridad, le costaba entender qué ocurría con él mismo, le costaba entender todo porque él no fue creado con la capacidad de analizar emociones.
Era evidente que sus emociones eran desconocidas: entendía el enojo, la frustración, el miedo y la felicidad, pero esto era nuevo y además tenía que lidiar con Gilgamesh.
Enkidu caminó hacia la salida y Gilgamesh lo miró con aborrecimiento.
—Eres un ser falso, actúas todas tus acciones, sólo te dedicas a estudia y a estudiar y no a sentir, a entender a los demás.
Enkidu curvó las cejas y apretó los labios.
—Puede que tengas razón Gil, pero lo hago con la mejor de mis intenciones. Perdóname. No quise decir que no me agrade lo que ocurre con nosotros, sólo no lo entiendo.
—Tú no entiendes nada. Ándate.
Enkidu se le quedó mirando un momento y simplemente salió del lugar, abatido.
Gilgamesh se llevó ambas manos al rostro y sintió las mejillas enrojecidas de rabia y finalmente pisoteó una muñeca de arcilla que se encontraba en el suelo, la cual quedó pulverizada bajo su pie. Se sentó en una silla para lidiar con sus propios demonios.
Enkidu quedó completamente frío después de la conversación. Caminaba sin dirección alguna por los pasillos, pensando por qué sus palabras habían enfurecido a Gilgamesh. Sentía algo parecido a la pena, quería llorar, pero justo en ese momento lo controló para poder entender lo más claramente posible lo que ocurría.
Quizás él no sabía interpretar tampoco lo que ocurría en su pecho.
—¿Por qué demonios Gilgamesh no me dice las cosas? —susurró, mirando por las enormes ventanas—Podría entender mejor. No hay libro que hable de esto, no hay nada que me guíe.
Preocupado, sintió angustia. Supo que estuvo mal ante la conversación y no encontraba la forma de reparar su error. Más, no encontraba su error, pero estaba seguro de que lo cometió.
Fue cuando alzó la vista y se encontró con Shamhat, quien vivía en el palacio luego de que Enkidu fuese introducido a Uruk.
Y decidió dejarse llevar, como Gilgamesh le indicó.
Enkidu no durmió con Gilgamesh, sin embargo, al día siguiente se vieron en el hall de la habitación para desayunar.
—¿Has dormido bien? —preguntó Enkidu, luego de vestirse acorde al lugar—, veo que dormiste solo.
—Sí, dormí bien—dijo Gilgamesh, extrañamente calmado. No estaba enojado por lo del día anterior, más bien parecía dolido—. ¿Y tú?
—Bien—dijo escuetamente Enkidu.
Desayunaron en silencio, cuando Enkidu tuvo una idea para regresar lentamente las cosas a como eran antes.
—Gil, tengo una idea—dijo, acomodándose—. ¿Recuerdas como Ea desapareció una vez que la usaste? Creo que es posible hacer desaparecer todas las cosas que lanzas por tus portales, ¿Te gustaría aprender eso?
Gilgamesh masticó un trozo de manzana pausadamente, hasta que finalmente se dignó a contestar.
—La verdad si es buena idea, pero ¿A dónde irían a parar? Además, no sé cómo ocurrió lo de Ea, supongo la emoción del momento provocó un flujo de magia.
—Pues… a tu armería personal, sería como una especie de transportación espontánea.
Gilgamesh sacudió la cabeza en señal de afirmación y tomó otro trozo de fruta.
—Aquello me llevará tiempo seguramente, ¿No?
Enkidu meditó y negó.
—Lo dudo, es muchísimo más fácil que hacer aparecer armas por portales.
—Entonces, ¿Por qué no me enseñaste eso antes de ir por Humbaba? Podríamos habernos evitado tu viajecito en balsa.
—No se me ocurrió.
—Deberías repasar tus ideas entonces, me haces perder el tiempo.
Enkidu arrugó el entrecejo ligeramente, pero dejó pasar sus palabras cuando vio manzanas con miel dispuestas en la mesa.
—Lo siento Gil.
—Últimamente todo lo sientes.
—No sé cómo arreglar mis errores.
—Una vez cometidos, no hay vuelta atrás. Eso debiste aprenderlo hace tiempo.
—Lo sé.
—No importa—dijo suavemente Gilgamesh, ofreciéndole un pedazo de pan—, olvidémonos de esto.
Enkidu no supo que decir y sólo asintió. De nuevo sintió ganas de llorar y sus ojos se enrojecieron, sin embargo, no se lo permitió.
Se separaron durante la mañana. Enkidu se dedicó a estudiar para olvidarse de su angustia y Gilgamesh asistió a un concilio ciudadano y habló con diferentes personas. Fue cuando se encontró con la verdad.
Para la tarde estaba bastante serio.
Se reunieron cercano al atardecer para aprender lo que Enkidu sugirió en el desayuno. Gilgamesh comenzó con objetos pequeños que desprendían un polvillo dorado al desvanecerse en el aire.
—Es bastante interesante—dijo, tocando una lanza que desapareció luego—, había visto esta habilidad en ti. La verdad no logro entender por qué no hiciste lo mismo con las armas del bosque. Explícate porque no te creo que lo hayas olvidado de súbito.
Enkidu suspiró y descendió la mirada.
—Quería probar tu capacidad de desprendimiento.
—¿Qué?
Gilgamesh colocó las manos en las caderas y juzgó a Enkidu para luego reírse hasta el hartazgo.
—No entiendo ¿Mi capacidad de desprendimiento? Pero si eran baratijas, me da igual que hayan quedado tiradas por ahí. Mi tesoro es infinito, no me preocupa un montón de armas de baja categoría. Es completamente estúpido lo que quisiste hacer Enkidu.
—Lo dudé—confesó Enkidu, recogiendo una copa de oro que también se hizo humo—. Pero haber abandonado tus cosas en el bosque es un acto desinteresado, eso no habla de alguien egoísta. Sólo eres avaricioso, no es lo mismo que egoísta.
—No tienes derecho de juzgarme de ninguna manera. Mantén tus jueguitos raros lejos de mí.
Enkidu dio un golpe amistoso con el puño en el pecho de Gilgamesh y luego le sonrió.
—De acuerdo, no más.
Continuaron entrenando hasta que Gilgamesh pudo desaparecer todas las armas y cosas que él mismo trajo de su tesoro.
Llegada la noche, decidieron cenar en uno de los jardines destinados a fiestas exclusivas. El ambiente era sereno, agradable e íntimo. La luz de las lámparas creaba sombras oscilantes y delicadas de los elementos dispuestos en la mesa, producto del baile de las llamas con el viento.
—Esta es nuestra celebración privada de nuestra victoria—dijo Gilgamesh luego de servir una copa con vino a Enkidu—, espero disfrutes esta cena especial porque es más sofisticada de la que solemos tener.
—Claro que la disfrutaré—Enkidu apartó su larga cabellera y tomó un trozo de pan para untarlo en una salsa hecha de queso y aceite—, sobretodo estando a solas contigo.
—De nuevo sales con eso—Gilgamesh no se lo tomó a mal, es más, su voz tranquila, incluso tentadora, parecía que jugara con las palabras—, muchas veces estamos a solas.
—Me gusta estar a solas contigo, Gil—Enkidu se acomodó y alzó la cabeza para deleitarse con el destello de las piedras preciosas colgadas desde las lámparas.
Los iris de Enkidu reflejaron el brillo de las gemas y Gilgamesh se abstrajo un momento con ello. Ese tipo de detalles le detenían en el tiempo, su mente se llenaba de preguntas silenciosas que prefería no interpretar por temor al significado de estas. Enkidu se percató de las miradas sobre él y se volteó hacia Gilgamesh.
—¿Qué te pasa?
Gilgamesh bebió vino sin quitarle los ojos de encima y alzó una ceja sutilmente.
—Creo que… —dejo la copa sobre la mesa y se cruzó de manos para luego colocar su mentón sobre ellas—tus ojos son muy particulares.
Enkidu pestañeo perplejo: nunca Gilgamesh le decía cosas así. Nunca le señalaba alguna virtud o algo que le gustara, pero esa vez dijo algo que le hizo sentir genuinamente bien.
—Oh—exclamó Enkidu con suavidad—, pues supongo que es porque no tienen color realmente. Podría decir que son grises, azul apagado, aguamarina, quizás un violeta muy sutil.
—Son como diamantes—dijo Gilgamesh, sin percatarse del todo que sus palabras tenían un dejo de romanticismo—, destellan los colores del alrededor. Es como tener un trozo de arcoíris y estrellas en tus manos al mismo tiempo, sin color, pero con todos al mismo tiempo.
Enkidu se sonrojó al oír aquello. Intentó disimular su vergüenza, sin embargo, no pudo reprimir la pequeña sonrisa que iluminó su rostro.
—Los tuyos tampoco son comunes—añadió Enkidu después de un momento—. Los heredaste de tu madre. Es una mirada imponente y segura, genera respeto.
Gilgamesh bufó de satisfacción y tomó un trozo de carne de cordero asada.
—No es una habilidad otorgada al color de mis ojos. Mi presencia impone respeto.
—Estoy de acuerdo, aunque a mi me parece que tienes una mirada profunda. Ocultas tus sentimientos tras ese color tan intrigante. Me sorprende mucho tu capacidad de resguardarte del mundo.
—¿Resguardarme? —Gilgamesh soltó una risotada que calló enseguida—, no necesito ocultarle nada a nadie.
Cuando dijo eso último, cierto dolor en el pecho le atravesó como un relámpago, pero lo ignoró por completo.
Enkidu sabía que mentía, o eso quería creer.
El zumo de naranjas era dulce y fresco. Enkidu sació su sed y luego continuó comiendo a gusto.
—Nunca tuve la oportunidad de verte pelear y que no fuese conmigo—comenzó Enkidu, cambiando de tema—. Eres un guerrero formidable.
—Tú no te quedas atrás—agregó Gilgamesh, luego de masticar el cordero—supongo que eso es porque ambos tenemos la misma fuerza.
—Exactamente la misma—aseveró Enkidu—. Esto está delicioso, salado como me gusta.
—Son nísperos, ¿Te diste cuenta? —indicó Gilgamesh, tomando un cuenco de sopa de verduras.
—¿Nísperos? —Enkidu miró extrañado la comida entre sus dedos—creí que eran higos o algo así.
—No. Es una nueva forma de presentación. Me pareció interesante y pedí que lo dispusieran en nuestra mesa.
—Me agrada—admitió Enkidu, continuando con su bocado—. Aunque prefiero que estén dulces.
El resto de la cena continuó con conversaciones banales sobre asuntos gubernamentales, algunos chismes livianos de la alta nobleza y sobre vinos y cervezas. Una vez terminada, Gilgamesh habló:
—Vamos a la habitación. Quisiera hablarte.
—¿De nuevo?
—Sí, de nuevo
Enkidu y Gilgamesh se incorporaron para luego dirigirse a la habitación. En el palacio a esas horas se respiraba quietud y los guardias vigilaban las esquinas. De vez en cuando se cruzaban con alguna cortesana vestida sensualmente que atraían con la mirada a Gilgamesh. Las paredes adornadas con banderines y antorchas creaban una especie de túnel imponente por donde se desplazaban, dejando atrás las sombras de sus pasos.
Una vez en la habitación, Gilgamesh se dirigió al balcón y se apoyó en el borde.
—¿De qué quieres hablar? —preguntó Enkidu, colocándose a su lado.
—¿Te sientes solo?
Enkidu entornó los ojos y sonrió de medio lado ante la inesperada pregunta.
—Vaya, ¿En serio te preocupas por mí? Eso es nuevo, aunque no me sorprende.
—No has respondido mi pregunta—dijo Gilgamesh, pasando por alto las palabras de Enkidu.
—A veces—admitió Enkidu, dejando que la brisa llevara sus cabellos a los brazos de Gilgamesh—, pero contigo me siento completo. No necesito a nadie más. Me siento solo en mi condición no humana, nadie que pueda comprender la bestia que realmente soy.
—Ya no eres una bestia. Puede que no seas un humano, no es necesario ser humano para comportarse civilizadamente.
—Entonces dejar de ser una bestia es ser civilizado—afirmó Enkidu.
—No—Gilgamesh resopló intentando encontrar las palabras adecuadas para explicarlo—. Creo que me refiero a tener sentimientos. Los dioses tienen sentimientos, deseos, secretos y no son humanos.
Era regocijante para Enkidu escuchar a Gilgamesh hablar de sentimientos. Se sentía dichoso de encontrar esa parte tan dulcemente íntima, tan encantadora. No se lo hizo notar, para continuar con el hilo de la conversación.
—Sentimientos…—Enkidu entrelazó sus manos—sí, tengo sentimientos.
—¿Ves? —Gilgamesh habló en un susurro. El viento movía una campanilla sobre sus cabezas soltando tintineos agradables—¿Cómo qué cosas sientes?
Enkidu sintió como el rubor se apropió de mejillas. El toque de sus brazos le hizo tiritar y un suspiro abandonó sus labios. En su mente, una especie de tornado se disparó, arrasando con la racionalidad y por un momento sintió que el candado que guardaba sus palabras se rompería y dejaría escapar esos demonios que contaminaron su pecho. Había retenido esas sensaciones desde la conversación en la antigua habitación de Gilgamesh, no obstante, en ese momento, se olvidó de lo que ocurrió. Sus manos comenzaron a sudar frío a pesar de la brisa fresca, pero la fuerza de voluntad fue suficiente para mantener ese cofre cerrado.
—Me siento feliz cuando como. Siento tristeza si te enojas conmigo, como ayer. A veces siento ira cuando eres injusto. Conozco todas esas sensaciones.
—¿No sientes nada por Shamhat?
La pregunta desconcertó a Enkidu. Giró rápidamente su cabeza hacia Gilgamesh y le miró largamente.
—¿A qué viene esa pregunta?
—Sé lo que has hecho con ella.
Enkidu se quedó en silencio. El día anterior después de encontrarse con Shamhat y luego de beber lo suficiente, ambos se encontraron besándose y Enkidu evocó cómo era probar a una mujer. Apenas Gilgamesh se lo recordó, se sintió culpable. Desvió la mirada y se mantuvo en silencio.
—Contesta Enkidu.
—No, no siento nada por Shamhat. Sólo es una amiga.
—Yo soy tu único amigo.
—Eso es lo que a veces me molesta de ti, Gil, me amarras como si fuese un animal. Puedo conversar con más personas, ir al pueblo, mirar el mercado, ir a los templos. No me dejas respirar.
—¿Respirar? Yo no te estoy acaparando Enkidu. Deja de cambiar el tema.
—No quise decir eso. Lo lamento.
Gilgamesh se llevó una mano a la frente luego de soltar un resuello. A pesar de que Enkidu tuvo cierto encuentro con Shamhat, no parecía enojado, más bien parecía dolido. Aquello le hizo plantearse si Enkidu estaba a su lado por mero compromiso, lo que causó que una ola de frialdad se apropiara de sus actos, para luego corromperse con actos contrarios como los ocurrido dos noches atrás.
—¿Por qué te importa tanto, Gil?
—Te dije que no tenías permiso para hacer algo así con nadie.
—No esperaré tu permiso para hacer lo que yo quiera, eso lo sabes bien—Enkidu colocó una mano sobre el antebrazo de Gilgamesh y lo acarició ligeramente—. No te preocupes, mi voluntad está completamente contigo.
—No es cierto, me has traicionado.
—No—dijo Enkidu, apoyando su espalda en el alféizar—. Fue un momento de debilidad. Hace mucho que yo… que yo…
—¿Que tú qué?
A Enkidu le daba vergüenza admitirlo. Era algo tan banal y a la vez tan esencial que le pareció estúpido. Se mordió el labio inferior y agachó la cabeza.
—Quería sentir cómo era volver a dominar en...
Gilgamesh quedó de piedra. Qué razón tan…
—Estás de broma—rio Gilgamesh, mirando el muro de Uruk.
—No, es en serio, es algo que añoraba. Descuida, no volverá a pasar. Ayer estaba abrumado.
Gilgamesh, perplejo, se preguntó a sí mismo cómo es que algo así podría impactar tan profundamente a Enkidu. Él disfrutaba mucho tomando su cuerpo de la manera en que lo hacía, pero jamás se preguntó si Enkidu quería experimentarlo también.
De todas formas, no era algo que estaba dispuesto a tranzar.
—¿Harás tonterías cada vez que estés abrumado? ¿Y ahora estás satisfecho?
Enkidu no contestó.
Gilgamesh salió del balcón para internarse en el baño y lavar su rostro antes de dormirse. Enkidu hizo lo mismo para luego sentarse en la cama, pensando en lo que Gilgamesh le había dicho. Se acostó luego de trenzarse el cabello, dándole la espalda a Gilgamesh. Nuevamente se creaba esa pared de hielo que los separaba, esa pared creada por las inseguridades de Gilgamesh. Temperó su corazón y le habló en un tono tranquilo:
—Enkidu—susurró, colocando las manos sobre su propio abdomen—. Deberías confesarme tus inquietudes.
—Hmm—Enkidu se acomodó algo adormilado—. No hubiese servido de nada Gil.
—Quizás sí.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Enkidu, volteándose para ver a Gilgamesh.
—Podría haberte concedido el permiso para yacer con Shamhat. No me gusta que hagas cosas a mis espaldas, como si me fuese a enojar.
—Admite que sí te enojarías. Ya estabas enojado conmigo, hubiese sido peor.
Enkidu sonrió a medida que Gilgamesh fruncía el ceño.
—Puede ser, pero estaría al tanto.
—Como me dijiste, ya lo hecho, hecho está. Olvídalo.
—Me será difícil olvidarlo—admitió Gilgamesh, ensimismado.
—Yo olvido todos los días lo que haces con tu harem.
Gilgamesh prestó oídos a lo último, cuando Enkidu se giró sobre sí y se acomodó para dormir.
La noche destinada a la fiesta, las celebraciones no se hicieron esperar y el pueblo entero vanaglorió al rey y su amigo, los héroes de Uruk. Gilgamesh se sentía completamente fuera de sí, orgulloso y fuerte. Su rostro pintaba con sonrisas de arrogancia, mientras que Enkidu recibía humilde los halagos de las personas con las que se topaba. La carne volvió a rebosar en las mesas de los ciudadanos y en el palacio, los alimentos eran más abundantes que nunca. La alegría y la música recorría cada rincón de la sala del trono. Odaliscas, cantantes, sus consortes, todos ellos danzaban a su disposición, vibrantes, entregando cada gota de dicha.
Enkidu descansaba acostado a su lado, fumando una pipa larga y elegante: las plantas aromáticas, lo dejaba envuelto en una fragancia mística y encantadora. El humo salía de su boca, enalteciendo la belleza natural de su ser.
—¿Qué te parece la celebración, Enkidu? —preguntó Gilgamesh, ladeando una copa de vino, observando distraído los senos de Nidasag, quien se hallaba sentada metros de él—Te veo muy a gusto.
—Lo estoy—aseveró Enkidu, después de una bocanada a su pipa—, me gusta ver el júbilo de las personas. Esta fiesta es increíble.
Gilgamesh se encontraba absorto en sus pensamientos. Sentir a Enkidu de esa manera a su lado le llenaba de cierta manera, como si él hubiese adoptado su estilo de vida. Miró sus piernas que se asomaban por su pantalón y su mirada ascendió lentamente por sus cabellos hasta llegar a su rostro armonioso. Él tenía la vista fija en un lugar indeterminado, sus ojos delineados coronados por sus pestañas verdes destacaban la divinidad de su iris de colores increíbles.
Enkidu miró a Gilgamesh, con sus preciosos ojos parsimoniosos tras una nube de humo y le sonrió con cierto aire seductor.
Una consorte fue por Gilgamesh para llevárselo mientras le danzaba a lo que él accedió y fue tras ella. Enkidu aprovechó de incorporarse y caminar entre las personas, mientras desprendía fumaradas desde su boca. Su paso lento era casi ceremonial, como si hubiese sido destinado a caminar con elegancia entre las personas. Muchos volteaban sus cabezas para ver el largo de su cabellera o la armonía de su rostro, más esa noche que se veía realmente hermoso. Se detuvo en una columna y apoyó la espalda en ella, cuando Shamhat salió al paso.
—Enkidu—dijo ella, alegremente—, te he estado buscan…
Enkidu alzó una mano con delicadeza, sin dirigirle la mirada.
—Shamhat, si Gil nos ve juntos montará en cólera.
La sacerdotisa empalideció y abrió ligeramente la boca.
—No me digas que… ¿Él lo sabe?
—Era cuestión de tiempo—musitó Enkidu, volviendo a su pipa.
Shamhat acomodó la manta que traía sobre sus hombros y soltó una sonrisa cómplice.
—Suena como si lo estuvieses engañando, vaya manía extraña ha tenido el rey contigo.
—¡Shamhat no! No digas esas cosas, si alguien te escucha—Enkidu justo en ese momento se percató que, entre el gentío, Gilgamesh atravesaba el aire con sus ojos y llegaba directamente hasta Enkidu. Su semblante serio fue suficiente como para que Enkidu suspirara y desplazara a Shamhat.
—Lo siento Sham—dijo Enkidu, apartándose—. Gil es difícil de tratar.
—Eso sólo significa una cosa, Enkidu—dijo Shamhat, llena de regocijo.
—¿Qué?
Shamhat dedicó una sonrisa y no develó lo que todo el mundo veía en Gilgamesh. La sacerdotisa se retiró y dejó a Enkidu a solas.
Gilgamesh fue a su lado lo más rápido que pudo y agarró a Enkidu por el brazo con cierta discreción.
—¿Qué crees que estás haciendo?
—No seas paranoico, no pasa nada. Shamhat se fue, sólo quería conversar conmigo.
—No permitiré que Shamhat se vuelva a acercar a ti.
Enkidu sacudió su mano y se soltó del amarre. Relajado, se cruzó de brazos y enfrentó a Gilgamesh.
—Deja de lado eso, ¿Sí? Ya pasó.
Gilgamesh entornó los ojos y se volteó para ir con un grupo de mujeres que le llamaban con el tintineo de sus brazaletes de baile.
Enkidu sonrió de medio lado y volvió a desaparecer entre las personas.
La fiesta transcurrió hasta altas horas de la madrugada. Gilgamesh bebió lo suficiente como para reírse a carcajadas con sus mujeres y cantar con los músicos. Enkidu no se quedó atrás: cuando él bebía, solía sonreírle a todo el mundo, con una cara dulzonamente ebria. Sus mejillas sonrojadas realzaban su estado y muchas veces el enredo de su lengua lo delataban con las personas que se detenían a conversarle.
Enkidu llegó al lado de Gilgamesh, deslizándose y le susurró al oído.
—Vamos a poner sal en las copas de los viejos del consejo.
No era primera vez que Enkidu y Gilgamesh hacían travesuras infantiles entre los dos. Cuando se encontraban de humor (ebrios más que nada), realizaban pequeñas bromas a las personas sin que nadie se diese cuenta para luego partirse de risa entre los dos incluso hasta el límite de la tos.
Gilgamesh apretó los labios y asintió casi imperceptiblemente.
Enkidu llevaba un puñado de sal en sus bolsillos y se acercaba a las mesas y colocaba pizcas dentro de los vasos de oro que luego eran llenados con vinos y cervezas. Cuando los miembros del consejo tomaban el líquido y arrugaban el rostro, ambos se contenían las risas hasta finalmente liberarlas. Enkidu comenzó a tirarle sal a Gilgamesh y él intentaba apartarla hasta que finalmente terminaron forcejeando entre risotadas. La gente se alejaba de ellos con cierto temor a que se agarraran a golpes, ya que las famosas peleas entre los dos eran más que conocidas en el reinado. Al final, ambos se calmaron y se apoyaron en una mesa.
—Vamos a los jardines—sugirió Gilgamesh, tomando una copa— quiero contarte un par de cosas que oí por ahí.
Cuando bebió del vaso, Gilgamesh frunció los labios y dejó de lado el líquido.
—Maldita sea Enkidu, le echaste sal a todo.
—Al agua y los zumos también—dijo con orgullo, mientras se desprendía del exceso de sal de sus bolsillos.
Luego de sortear los mareos y caminar uno al lado del otro tomados por los hombros, llegaron a uno de los jardines y se sentaron en silencio a mirar el cielo. El aire fresco daba a sus rostros y despejaba el calor de sus mejillas producto del vino.
Un cometa surcó la vía celeste y Enkidu comentó animado:
—Me gustaba ver aquellas estrellas que viajan por el firmamento—dijo, apoyando su cabeza en el hombro de Gilgamesh—, siempre pensaba que era Anu cruzando los cielos.
Gilgamesh sintió la cabeza de Enkidu y lentamente apoyó la propia sobre la de él. La mención de Anu le hizo recordar su vieja disputa con los dioses. Hace mucho no pensaba en eso. Desde que Enkidu llegó a su vida, su odio hacia ellos se desplazó hasta el punto de que ya no le importaba. Sus días de soledad eran tan lejanos que no recordaba cómo era vivir sin Enkidu.
—¿Conociste a los dioses? —preguntó Gilgamesh en un susurro.
—Casi ninguno. Aruru me creó y me envió a vivir a la tierra. Supongo no soy digno de ello—musitó, distraído.
—Yo he conocido a algunos de ellos. Me han pedido favores tiempo atrás de conocerte. No los necesito—dijo Gilgamesh, incorporando su cabeza.
—Shamash está de tu lado Gil—contestó Enkidu—, no lo olvides. Él te ayudó en nuestra lucha contra Humbaba.
—Eso no significa que los necesite. Él decidió ayudarme por mis oraciones.
—Te contradices—murmuró Enkidu con su voz suave y calmada—, pero está bien que lo creas, supongo.
—Te pasas—dijo Gilgamesh con tranquilidad—. No deberías hablarme así.
Enkidu hipó y ambos se rieron de aquello.
—Es tarde—Enkidu se estiró después de reponerse—, creo que iré a dormir. Estoy cansado.
—Bien—asintió Gilgamesh, colocándose de pie—, en un momento voy.
—¿Qué harás? —preguntó Enkidu.
—Quiero tomar un baño. Necesito relajarme.
—¿Acaso la fiesta no fue lo suficientemente divertida como para relajarte? —dijo Enkidu, con algo de sueño—, no te veías tenso sobre tus almohadas.
—Quise decir que quiero estar solo—contestó Gilgamesh con seriedad—. No te tomes las cosas tan literales. Deberías ya saber leer entre líneas.
—¿Solo? Si quieres hoy no duermo contigo.
—Necesito reflexionar algunas cosas, pero quiero estar contigo. No te preocupes. Iré a la habitación.
Enkidu se encogió de hombros y lo dejó a solas.
Gilgamesh se dirigió a uno de los baños espaciosos y hermosos, decorados con mosaicos bellísimos de piedras brillantes por donde el agua se deslizaba con la delicia de la seda. Se desnudó y se sumergió en el agua helada, calmando el dolor de sus músculos.
Estaba exhausto, por controlar la furia y sus emociones. Comprendió por primera vez qué era sentirse dolido, era algo nuevo. No podía enojarse con Enkidu porque ese algo molesto no se lo permitía. Resopló y decidió que aquella noche descansaría hasta reponerse completamente. La fiesta fue muy divertida, pero le agotó interactuar con tantas personas.
Recordó cómo Enkidu hablaba con Shamhat. Por su mente pasó la idea de enviarla afuera, pero sabía que no era la más inteligente, puesto que Enkidu se molestaría y la verdad no quería lidiar con eso. Mucho más allá del hecho que implicaba a Shamhat, Gilgamesh se permitió pensar qué era lo que le molestaba.
Le gustaba sentir cierta posesión sobre Enkidu, que él fuera sólo para su deleite. Aún lo concebía como una cosa y eso le hizo detenerse en seco. Definitivamente aquello no era. Se castigó momentáneamente por pensar eso y se sumergió por completo para que la frescura del agua calara por sus poros y le causara escalofríos para luego salir a la superficie. Retiró su cabello de la frente y soltó un suspiro. Le encantaba tomar baños a solas, era uno de sus momentos más secretos donde sólo estaba él y su cabeza, con aquellos pensamientos ocultos que reprimía.
Abrió los ojos. Recordó la noche en la tienda en donde sus pasiones se desbordaron en caricias, donde su corazón latió con fuerzas no por la acción que llevaban a cabo, si no por el mero recorrido de la emoción a través de su cuerpo.
—Enkidu—susurró, con los ojos entrecerrados, mirando el tragaluz del techo.
Las estrellas titilaban con una sutileza dulce de rememorar, como si fuesen pequeños destellos de una piedra azul intenso. Pensaba en ello cuando descendió la cabeza y entre las sombras le pareció ver a alguien.
Abrió los ojos de par en par y sintió un vacío en el estómago. Se acomodó en la piscina y entornó la mirada para discernir entre la oscuridad la figura que creyó ver. De pronto se delineó una silueta extraña, esbelta, como un ser perfecto. La presencia dio un paso al frente y mostró su desnudez, gloriosa de ella.
Un olor insólito se materializó en el ambiente, como a mirra mezclada y quemada. Aquel aroma no era de su preferencia, por lo que dudó si realmente eran sus perfumes lo que olía así. Gilgamesh se encogió levemente, sin dejar de observar aquella sombra.
Una mujer, hermosa como ninguna, caminó seductora hacia la piscina. Sus pasos eran cadenciosos, como si sus movimientos fuesen parte de una danza delicada. La seguridad de sus facciones la hacían ver inmortal. Su cabello era como el color de las maderas maduras, sus pechos firmes eran tentadores y el largo de las piernas podía enloquecer a cualquier hombre. Al ver a Gilgamesh, ella sonrió persuasivamente.
—Oh, Gilgamesh—comenzó juntando sus piernas, deslizando una con otra—, ven aquí, quisiera masajear tu hermoso cuerpo de hombre.
Gilgamesh no recordaba ninguna consorte tan hermosa como la mujer que lo llamaba. Arrugó el entrecejo y susurró:
—¿Quien eres?
La joven alborotó su cabello y cientos de destellos se liberaron de lo profundo de ella. Sobre su cabeza llevaba una corona pequeña de oro, que se infundía con los adornos dorados que decoraban su nuca.
—Ishtar.
Gilgamesh detuvo su respiración al oír aquel nombre. La gran diosa Ishtar estaba desnuda, esperando por él. Él la conocía, pero antes no era tan hermosa: al parecer su forma se enalteció con el tiempo hasta convertirla en lo que era ahora. Sus caprichos probablemente la llevaron a formar su cuerpo a voluntad hasta convertirla en una mujer perfecta. Como humano, Gilgamesh sintió debilidad, pero algo en el fondo de su corazón le decía que estaba mal. Recordaba el porqué, sin embargo, en ese momento no le importó.
—Ven mi dulce hombre, ven y hazme tuya. Abriré mis piernas por ti y podrás probar mis joyas. Cásate conmigo, héroe destructor de Humbaba. Me he enamorado de tu semblante, de tu fuerza, de tus ojos preciosos. No hay hombre mas hermoso que tú en todo este mundano mundo. Hazme tuya, engendra en mis entrañas y te ofreceré todo lo que desees: serás un dios a mi lado, tendrás mármol y lapislázuli. Mis templos serán también los tuyos y todos los cedros del mundo te pertenecerán. Ya no serás un simple rey de una ciudad de Babilonia, serás el dios Gilgamesh, esposo de Ishtar, poseedor de todo lo existente. Ven y tócame, lame mis pechos, mi entrepierna y aliméntate de mis sagrados jugos.
Aquello sonaba tan solemne que Gilgamesh pensó que era un hechizo malicioso.
Se encontraba tenso. Sus músculos se delimitaban bajo su piel como si estuviese a punto de luchar. Eran dos viejos conocidos que se encontraron en un cruce de miradas, como quien vuelve a ver a una amiga de la infancia después de que ella pasara por el proceso de la pubertad y la convirtiera en una flor preciosa.
Ishtar se deslizó hasta la piscina y se sumergió en ella, dejando que sus pechos sobresalieran por la superficie del agua. Nadó hasta Gilgamesh y una de sus manos se encaminó hacia el abdomen, reconociendo ese cuerpo como suyo. Descendió más aún y sostuvo el sexo de Gilgamesh entre sus manos, masajeándolo con suavidad. Ella reclamó una de las manos del rey y las colocaba entre sus piernas. Ishtar se apegó a Gilgamesh y se acercó a besar sus labios.
Pero Gilgamesh se negó.
Gilgamesh se apartó y miró a Ishtar como si fuese una extraña, aunque precisamente eso era.
La diosa sonrió placenteramente y se apoyó en el borde de la piscina, dejando que su cabellera gloriosa se despeinara con el agua.
—Eres difícil, ¿Eh? Eso me excita mucho más. ¿Quieres que te toque primero? Puedo besar todo tu cuerpo si así lo deseas, puedo lamerte, morderte, puedo hacerte enloquecer con mi boca.
Ishtar era bella. Su cuerpo perfecto se delineaba en la penumbra del baño con la delicia de la luna acariciando su piel blanca.
Gilgamesh se encontraba absorto, pero ello no fue impedimento para que soltara una risa arrogante.
—Ishtar… ¿Te crees merecedora de mí?
La diosa ladeó la cabeza y dejó el camino libre a su cuello. Se subió sobre Gilgamesh y acarició sus pectorales.
—Necesitas una esposa, ¿No?, Una mujer hermosa, poderosa, única y majestuosa, eso has pedido. Tú me mereces. He decidido volcar mi completa gracia ante ti. Hacer de Uruk una ciudad hermosa ya no será más mi labor, será mi reinado también. Esta ciudad encomendada a mi gloria será nuestro imperio, gobernaremos todo sobre la tierra, nadie vivirá las noches que tendremos nosotros. ¡Oh por favor!, te daré todo el placer que jamás has sentido.
Gilgamesh soltó un suspiro desde el fondo de su pecho. Tomó a Ishtar por los brazos y sus manos fuertes y grandes rodearon sin problema sus delgados hombros. Escaló hasta su nunca y atrajo la cabeza de la diosa para unirse en un beso húmedo. Ambos comenzaron un desenfreno y el agua chapoteaba entre los dos. Ishtar apegó su cuerpo al de Gilgamesh y tomó sus rubios cabellos para hundir su rostro entre sus senos. Gilgamesh masajeó uno de ellos y respiró profundo los perfumes de la diosa.
Ishtar soltó una sonrisa perversa y rasguñó la espalda de Gilgamesh. Apegó su pubis al de Gilgamesh y comenzó un movimiento seductor, con el fin de tentarlo a hacer lo que ella pretendía lograr. Ella soltó un gemido ya excitada pero nunca se imaginaría que Gilgamesh le mirara con cierto goce perspicaz en su mirada en un momento como ese.
—Ishtar ¿Crees que yo cederé a tus peticiones sólo porque te presentas desnuda ante mí?
La diosa, perpleja, detuvo sus movimientos y se apoyó de los hombros de Gilgamesh. Cerró la boca conforme salía de su ensimismamiento y encaminó sus labios hasta la oreja de Gilgamesh.
—Déjate llevar—Ishtar lamió el lóbulo para luego depositarle un beso.
Gilgamesh la tomó con firmeza por la cintura y la apartó nuevamente. A pesar de aún estar algo ebrio, discernía perfectamente el motivo de la situación: aunque Ishtar era la protectora de Uruk, su fama de ninfómana era conocida y la gente le temía. Ella era capaz de yacer con cualquier cosa que le pareciera atractiva: hombres y mujeres jóvenes, esposos, incluso pájaros. Ella transformaba a todos sus amantes bajo su capricho y se alimentaba de sus cuerpos y cuando se sentía satisfecha, los despojaba de toda belleza y los abandonaba a su suerte, con el fin de ser enviados con Ereshkigal a la muerte.
—¿Cómo podría contentarte si nada te es suficiente? —comenzó Gilgamesh con una sonrisa soberbia en su rostro—. Aunque te diera todas las joyas de mis tesoros, todas mis noches, todo lo que poseo, no sería suficiente para que te mantengas satisfecha. Querrías consumirme, tragar de mí toda la juventud que puedas. No Ishtar, no caeré ante tus tretas. Conozco bien tus deseos.
—Gilgamesh, tú eres diferente. Jamás he tenido entre mis brazos a un semidiós. No podría desear quitar tu vida porque estamos casi en igualdad de condición. Yo puedo ser la mujer que te haga enloquecer en la cama. Puedo otorgarte todo el placer del mundo, que olvides a tu harem. Puedo entregarte hijos hermosos, merecedores de Uruk cuando tú asciendas al reinado de los dioses.
Gilgamesh soltó un bufido para luego cruzarse de brazos. Una gota cayó sobre su nariz y se deslizó hasta caer al agua.
—No necesito nada así. No eres capaz de entregarme algo que yo mismo me he otorgado. Nadie es mejor que yo para obtener lo que quiero.
Ishtar rio encantadoramente y depositó un beso sobre la mejilla de Gilgamesh.
—Créeme, nadie más que yo sabrá contentarte.
—¿Estás segura de ello?
Un silencio incómodo se instaló entre los dos. Gilgamesh tenía un semblante serio, inexpugnable, tanto así que Ishtar se intimidó.
—Sí, estoy segura. Nadie entrega placer como yo lo entrego. Quiero demostrártelo.
Gilgamesh alzó una mano con arrogancia y la deslizó por el aire.
—Demuéstramelo.
Dicho esto, Ishtar comenzó con su seducción nuevamente. Su lengua experta descendía por los tendones del cuello de Gilgamesh y sus manos se encaminabas entre sus piernas. Gilgamesh tomó sus caderas, pero a pesar de todo ese juego sugerente, su mente no encendía. Tenía consortes mucho menos agraciadas y expertas que Ishtar que lograban lo que la diosa no. Algo fallaba, algo le retenía.
Ishtar se detuvo al ver que Gilgamesh posó la mirada distraído en el fondo del baño.
—¿Qué es lo que te pasa? Ya cualquier otro hombre hubiese entrado en mí. Ya tómame, lo necesito.
—Quiero ir a dormir.
Ishtar quedó completamente desconcertada. Era segunda vez que la negaban y aquello ya la hizo enojar. Se alejó de Gilgamesh y alzó un dedo amenazador.
—No juegues conmigo Gilgamesh, te puede salir muy caro. Ahora toma mi cuerpo y haz lo que te digo.
—No te necesito, Ishtar. Ya tengo todo lo que deseo.
—¡No es cierto! No tienes una mujer a tu lado, ¡Nadie es más digna de ti que yo! —Ishtar sonrió con cierto aire maniaco, como si todo lo que oyó fuese una broma.
Gilgamesh alzó una ceja imperceptiblemente e Ishtar cayó en la cuenta. Borró la sonrisa de su rostro hasta convertir su expresión en odio.
—Enkidu—susurró Ishtar, con asco en sus palabras—. No puedo creerlo, era cierto todo lo que vi. No puedes considerar esa cosa como un acompañante. Está roto, es inútil, está vacío por dentro. Sólo es una muñeca de arcilla, no tiene la pasión que yo puedo otorgarte, no tiene el alma para hacerte sentir vivo. No es siquiera un hombre o una mujer por completo. No caigas en sus encantos porque son falsos, Gilgamesh. Mereces una mujer de verdad como yo, no un intento fallido de ser humano. Sus palabras son falsas, imita lo que ha aprendido de los demás. Ven, déjame demostrarte placer de la manera correcta. Ámame toda la noche y prometo que te olvidarás de él.
Gilgamesh se rio de Ishtar y ella se ofendió. Con una mano apartó sus rubios cabellos húmedos hacia atrás y se apoyó en la piscina, ya relajado.
—Ya basta, Ishtar. Deja de hablar escaparates. Enkidu no es nada, no lo metas en esto. Es más, tus palabras sólo corroboran lo que ya sabía: eres una diosa depravada, estás enferma de placer, embriagada con acostarte con cualquier cosa que te parezca atractiva. Me complace de cierta manera que me encuentres digno de tus labios, pero yo no me reduciré a tu ejército de desdichados que quedaron prendados a tu amor, el amor que jamás les diste. Vete Ishtar.
La diosa apretó los puños con rabia y su hermoso rostro se desfiguró en una mueca de ira.
—Yo sé que en tu mente Enkidu se roba tus malditos pensamientos. Tu puta de arcilla no te merece Gilgamesh, esa basura no te siente como yo te sentiría, no ama a nadie, no tiene corazón. Sólo es un intento fallido de Aruru que no es capaz de destruir como se le ordenó hace mucho. Aléjate de él, está vacío por dentro como una jarra desprovista de su vino. Te estas engañando con algo que no tiene existencia propia y eso es muy triste. Me das pena, pero ¿Sabes? Tarde o temprano serás mío y me concederás el placer que requiero con tu cuerpo.
Ishtar se acercó a Gilgamesh con la intensión de besar su mejilla, pero el rey, enojado por las palabras que profirió en contra de Enkidu, la empujo con rabia. Se levantó y salió de la piscina. Ishtar lo siguió, pero Gilgamesh le detuvo con una mano sin tocarla.
—Tú y yo teníamos cierta simpatía—comenzó Gilgamesh, casi gritando—, pero has tenido que romper aquello. Entiéndelo, yo no seré parte de tu lista de hombres envenenados por tu belleza. No, tú no me mereces.
Ishtar gritó con todas sus fuerzas y mostró sus dientes junto con sus enfurecidos ojos rojizos.
—¡No puede ser que estés tan abstraído con Enkidu! ¡No puedo creer que esa cosa mal hecha te robe la razón! Yo soy la mujer más bella de toda la existencia y podrías tenerme a tu lado, tendrías la máxima gloria que un hombre puede desear y me estás cambiando por una porquería como Enkidu. Es una ofensa a mi grandeza, es una vergüenza para ti mismo, ¡Qué bajo has caído, Gilgamesh!
—Lárgate—masculló Gilgamesh, apretando los dientes—, lárgate antes de que alcance a atrapar tu pescuezo.
—Puedes enojarte todo lo que quieras, pero una cosa debe quedarte clara: yo gobierno el paraíso, yo tengo poder incluso por sobre las puertas del inframundo. Kur no me pertenece, pero puedo desatar el caos que desee, puedo hacer de tu vida una pesadilla. No me subestimes.
Ishtar se volteó enojada y su cuerpo se deshizo en pétalos y mariposas que se perdieron con la brisa nocturna.
Gilgamesh se quedó de pie solo, con la vista gacha y la sangre hirviendo. Su baño relajante no sirvió de nada y ahora se encontraba más tenso que nunca. Respiró hondo para calmar su pulso acelerado y tomó con furor una toalla entre las que estaban depositadas sobre un pequeño balcón de madera. Se secó de mala gana y se colocó una túnica simple.
Salió del baño en dirección a su habitación. Las palabras de Ishtar rebotaban en su mente y deseaba borrarlas y olvidarse de ese fortuito encuentro, sin embargo, una cosa le quedó dando vueltas, porque no era primera vez que aquello se le cruzaba por la mente: ¿Enkidu realmente era un trozo de tierra inanimado? Lo había dicho en el hervor de su rabia el otro día en su antigua habitación.
Odiaba dudarlo, odiaba por sobre todas las cosas, creer que algo de las palabras de Ishtar tenían sentido.
Gilgamesh no se percató cuando finalmente llegó a la habitación y encontró a Enkidu sentado sobre unos almohadones del recibidor, con el cabello brillante y largo serpenteando sobre el suelo.
—Vete Enkidu. Quiero estar solo.
Enkidu se quedó estático, sin saber como reaccionar, lo miró intenso por un largo momento y habló:
—Algo te ha pasado, ¿Qué ocurre?
—Nada, vete—insistió Gilgamesh, enojado—. No quiero verte.
Enkidu se acomodo en las almohadas y se llevó las rodillas al pecho, desobedeciendo. Gilgamesh estaba acostumbrado a la rebeldía de Enkidu, por lo que simplemente se dirigió a su habitación y lo ignoró.
