Cuenta regresiva

Sumario: Desde que era muy joven, Draco sabía que sólo sería cuestión de tiempo para que el Señor Tenebroso fuese a buscarlo.

Género: Aventura/Romance, fantasía, friendship.

Claves: Drarry eventual. AU. Perteneciente a la Serie ¡Cambio de Casa! (Draco!Elegido/Harry!Slytherin)

Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.


Segundo viaje

—Una vuelta es una hora si usas la medición corta- el cálculo está hecho, vuelve- vuelve una hora antes y-

Silencio.

Harry sólo atinó a gritar cuando el peso que tenía entre los brazos se esfumó, reducido a un uniforme sin nadie que lo utilizase. Lo arrojó lejos y se apartó tanto como pudo, con pasos vacilantes, hasta recargarse contra uno de los escritorios en desuso. Jadeaba y el sudor frío pronto empezó a recorrerle el cuerpo.

¿Qué?

¿Qué acababa de pasar?

Merlín. ¿Mató a Malfoy?

No, no. No fue él.

¿Cierto?

Estaba seguro de que no fue él.

El tiempo. Sí, fue el tiempo.

—¡...por ahí! —Escuchó a la distancia— ¡por ese pasillo, acabo de oír a un estudiante fuera de la cama!

Tragó en seco. Estúpido Filch, hasta con El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado los acusaría, si le dejaban hacerlo.

Los pasos se aproximaban, creyó distinguir la voz de uno de los Mortífagos locos que lo interceptó en medio del pasillo.

¡Todo eso era culpa de Malfoy!

Estúpido Malfoy. Estúpido, estúpido, estúpido.

Se apresuró a recoger los pergaminos y la cadena dorada con el reloj diminuto, fuese lo que fuese, y se lo metió bajo el pijama, antes de echar a correr y escabullirse por una puerta contraria a la del pasillo.

¡Él sólo le estaba respondiendo a su padre lo que quería para regalo de navidad! De saber que el mundo enloquecería en cuanto hubiese bajado de la Lechucería, se hubiese quedado allí, haciéndose un espacio en el hueco de Hedwig. O mejor, hubiese permanecido en las mazmorras, jugando snap explosivo con Theo y escuchando la plática sin pausa de Pansy. Apenas empezaba el trayecto hacia las mazmorras cuando le dieron por la espalda con el hechizo extraño que desconocía y aún tenía líneas ardientes en la piel, pese a haber disminuido el dolor cuando Malfoy hizo lo que fuese que hubiese hecho. ¡Lo último que se habría esperado en una noche de jueves, en el colegio, sería una maldición de tortura y la noticia de que el Señor Tenebroso, de pronto, era el nuevo Dumbledore!

Alcanzó un corredor, desorientado, y giró sobre sus talones. Su razonamiento consistía en un simple mientras más lejos de los perseguidores, mejor. Lo demás serían pormenores que resolver en el proceso.

Iba a ir hacia arriba por un tramo de escaleras pegado a la pared, cuando distinguió una figura de cabellera rubia y ropa negra que estaba en la parte alta de los escalones. Podría jurar que lo reconocía, incluso sin haberlo visto alguna vez, porque las facciones eran las de una versión madura del Gryffindor idiota que era el responsable de ese desastre.

Lo apuntó con la varita. Bien, esa era su señal para ir hacia el otro lado.

—¡Por aquí! —Harry ya llevaba varios metros recorridos cuando él terminó de dar el aviso.

Pasos detrás de él, pasos adelante de él. Pasos hacia un lado. ¿Por qué había tanta gente en ese jodido castillo?

Se lamentó de no haber tomado la capa con amuletos de calor cuando dejó las mazmorras, bajo la ilusa idea de que no tardaría en volver de la Lechucería y encontrarse entre sus cobijas, y se apoyó en el borde de uno de los arcos que daba al patio, por el que saltó. Pisó las hojas secas del patio, contuvo una maldición a Merlín mismo por no haberle brindado una oportunidad bajo mejores circunstancias, y corrió dando tumbos, esquivando los espacios cubiertos de las ramas y hojas que eran producto del otoño.

Más gritos, una maldición le pasó cerca y se estrelló contra el suelo. Se metió a otro corredor, a través del mismo método ventana-entrada, y se deslizó hacia la siguiente ala del castillo. No tenía ganas de acercarse a los dormitorios de ningún tipo, si era cierto que el Señor Oscuro era un profesor allí, tampoco podía detenerse y averiguar lo que Malfoy dejó en los estúpidos pergaminos y la cadena, si corría riesgo de otro crucio o algo peor.

La elección fue fácil de tomar. Volvió a salir por uno de los arcos abiertos al patio, corrió hacia el pasillo que daba a la Lechucería, y se perdió en la oscuridad del exterior, de camino a la torre aledaña, mientras los Mortífagos todavía lo buscaban dentro.

No debía tener tanta ventaja. Si eran listos, lo localizarían con un hechizo y los tendría encima de él pronto. Rogaba porque fuesen tan idiotas como se los imaginaba.

Trastabilló al subir con prisas las escaleras, chisteó a las lechuzas que lo recibieron con ululeos, y se escondió detrás de la columna principal que le daba forma a todo el lugar, esa que estaba de frente a la entrada y en la que se recargó, para recuperar el aliento. La garganta y el pecho le ardían, las rodillas le flaqueaban.

Se agachó y lanzó los pergaminos hacia el suelo, abriéndolos, revisándolos, uniéndolos. La cadena tenía un giratiempo, un objeto del que sólo había oído hablar, y aunque tenía la cabeza llena de preguntas, no pretendería averiguar sobre su origen, al menos, no hasta que hubiese recuperado al imbécil que se lo dejó.

Una vuelta es una hora. Pero allí había un número demasiado grande anotado, ¡le tomaría toda la noche!

Una nota en el costado del pergamino le daba una respuesta a su dilema. "Encantamiento de giro, número en mente".

Bien, tenía sentido. Recogió los pergaminos y se los metió a la túnica, se concentró en el número del papel, más una hora extra, y no en los ruidos que percibía desde el exterior.

Parpadeó. A su alrededor, el día se hacía noche y luego volvía a ser día, las lechuzas volaban, cambiaban, los estudiantes las dejaban a los once años y las recogían a los diecisiete.

El viaje llegó a su fin solo, dejándolo en una noche clara y silenciosa. Harry soltó una pesada exhalación y volvió a recostarse contra la columna principal de la torre.

Merlín.

No volvería a andar por ahí después del toque de queda, decidió. Eso era lo que le pasaba a los que lo hacían.

Se guardó el giratiempo dentro de la ropa, por lo valioso que asumía que era, y dio un vistazo alrededor. Allí tampoco había nadie.

Se metió las manos a los bolsillos y bajó sin prisas de la Lechucería, como si él no hubiese hecho algo extraño y ahí no hubiese ocurrido nada. Su expresión neutral habría convencido a cualquiera, aunque por dentro, sólo quería regresar a su dormitorio en las mazmorras o darle un golpe a Malfoy.

Estúpido Malfoy. Como si esa sensación no bastase, también tenía que incluirlo en sus problemas, ¿para qué estaban sus amiguitos de Gryffindor, sino para hacer esas cosas por él?

A mitad de camino de las mazmorras, el lugar donde supuso que partiría la ronda de una Prefecta de Slytherin, una Gryffindor pelirroja lo interceptó, torciendo la boca y dándole una mirada extraña de pies a cabeza.

—Nombre —Exigió Lily Evans, cruzándose de brazos. Soltó el primero que se le ocurrió.

—Carrow.

Ella parpadeó. Le llevó un momento recuperarse de una aparente sorpresa.

—Carrow, ya pasó el toque de queda —Conjuró un reloj, sólo para demostrarle su punto—. Veinte puntos menos a Slytherin y no quiero volver a verte por aquí, ¿oíste?

—Sí, mamá —Recitó, cantarín, en ambos sentidos de la frase.

Lily masculló detrás de él cuando siguió su trayecto, acerca de niños maleducados. Harry contuvo una sonrisa y pensó en lo cierto que era lo que decía Sirius sobre lo insoportable de la bruja en su adolescencia.

Llegó a las escaleras que daban hacia las mazmorras y caminó en línea recta, ida y vuelta, un par de veces, mientras aguardaba. No había ni rastros de Malfoy por ahí, pero divisó a una chica con el uniforme de Slytherin y cabello rubio, acompañada de un profesor que no reconocía.

Cuando observó hacia adelante, se percató de que tenía los ojos más grises y lindos que había visto en su vida.

No, se corrigió a sí mismo. Los segundos ojos más grises y lindos que había visto.

Sabía que debía ser ella, sin necesidad de que alguien se lo aclarase. Se acercó a las escaleras, justo cuando la chica estaba por subir al primer piso e iniciar su ronda de Prefecta, y fue un jalón en el brazo lo que lo sacó de su camino.

Hubo un trastabilleo, un quejido, el mundo dio vueltas, convertido en un manchón de color y movimiento. Lo siguiente que sabría era que era lanzado dentro de un aula vacía, la puerta se cerraba sola, y un ceñudo Malfoy sacaba la cabeza desde una capa invisibilidad, dispuesto a maldecirlo por meterse en sus asuntos.

Harry no le dio tiempo de hacerlo. Antes de que hubiese abierto la boca, ya lo tenía rodeado con los brazos y lo estrechaba, quizás, más fuerte de lo que le habría gustado reconocer.

Su interior era un revoltijo de emociones cosquilleantes, la serpiente que habitaba en él, siseaba y se alzaba, se retorcía, y tenía una sensación tal que sólo era capaz de compararla con la manera en que se sentía al arrojarse en picado sobre la escoba y girar en el momento justo, o ganar un partido.

Incluso llegó a levantarlo un poco sobre el nivel del suelo, sin darse cuenta, hasta que Malfoy ahogó un grito y tuvo que sostenerse de sus hombros. La capa se le resbalaba y caía al suelo.

—¿Qué...qué...? —Boqueaba, incrédulo, cuando Harry volvió a dejarlo en el piso. Sólo entonces se percató de que estaban demasiado cerca y la incomodidad lo hizo apartarse de golpe, soltándolo.

Harry carraspeó, pretendió ignorar el ardor que de pronto le cubría el rostro, y buscó las palabras adecuadas para expresarse. Ya que no las consiguió, resopló y optó por lo más sencillo y directo.

—Viajar en el tiempo fue un error gravísimo, que termina contigo desapareciendo frente a mí, Quién-tú-sabes dirigiendo Hogwarts, Mortífagos por todas partes, y conmigo cruciado.

Malfoy parpadeó, frunció el ceño. Luego volvió a boquear.

—¿Contigo qué? —Harry resopló y se cruzó de brazos.

—¡¿Eso es lo único que entendiste?!

—Bueno, pues...

—¡Malfoy! —Le chilló, cruzándose de brazos. Él gesticuló, en vano, hacia el pasillo y de vuelta.

—¡Lo siento, ¿bien?!

—¡Una disculpa no lo arregla! ¡Pusiste a todos en peligro!

—¡Yo no quería...!

—¡No importa si no querías! ¡Por tu culpa, me lanzaron una maldición cuando volvía de...!

Ambos se dieron la vuelta de un salto cuando la puerta se abrió. La misma Slytherin rubia de hace un momento estaba ahí, cruzada de brazos.

—¿Están peleándose? —Entrecerró los ojos en su dirección, pasando la mirada de uno al otro, y le quedó más en claro quién era, por la manera en que Malfoy se encogió, con tal expresión de culpa que incluso a él lo hubiese ablandado.

Harry se palmeó la frente.

Aquello no salió bien.

0—

—...así que tú ve por allí. Fue por donde yo llegué. Y yo voy por allá, para detenerte antes de que llegues, nos veamos los cuatro y todo el mundo explote.

Malfoy parpadeó.

—¿Por qué explotaría?

—Porque nos veremos a nosotros mismos y entonces...—Resopló y negó—. Te pasaré un cómic cuando hayamos vuelto.

—¿Qué es un cómic? —El niño-que-vivió arrugó más el entrecejo. Harry rodó los ojos.

—Algo que tendrías que haber leído antes de hacer esta locura.

—¿Instrucciones para viajar en el tiempo? —Le fue imposible contener la risa al oírlo. Volvió a sacudir la cabeza.

—Sí- sí, digamos que algo así. Ahí —Señaló hacia adelante, al Harry que se acercaba al pasillo de las mazmorras, para que fuese a interceptarlo.

Malfoy se escabulló lejos del escondite infalible que consiguieron (un medio muro detrás de uno de los arcos que daban al patio) y capturó la atención del otro Harry, desviándolo de su trayecto. Él, a su vez, se apresuró a ir en dirección a la Torre de Gryffindor, para ser notado por el otro Malfoy, que contaba con la seguridad extra de la capa de invisibilidad.

De no tener prisas y haberse detenido a pensarlo con la cabeza fría, se habrían dado cuenta de que su solución creaba una especie de paradoja en el tiempo. Pero ya que no lo hicieron, ambos se limitaron a desviar a los otros contrarios, y a perderse en algún punto del camino, para llegar al lugar de encuentro, un hueco que quedaba entre la pared y una estatua del pasillo desierto del séptimo piso.

Pasillo no tan desierto, aparentemente.

Llegaron justo a tiempo para distinguir la puerta que se desvanecía, en un área de la pared donde ambos estaban seguros de que no debía haber nada más que unos tapices. La chica Slytherin respiraba agitada y estaba cubierta de una capa de sudor frío, mientras que uno de sus compañeros le sostenía los brazos.

—Cálmate- cálmate, cálmate. Respira, Cissy, respira...estás bien, ¿lo ves? Estás bien...

Harry alternó la mirada entre el estudiante mayor y Malfoy; se asombró de lo parecidos que eran. Estaba por hacerle un comentario al respecto, cuando se fijó mejor en su expresión, y sintió que las palabras se le quedaban atoradas en la garganta.

Draco Malfoy estaba embelesado con la escena del par de adolescentes; el ceño apenas fruncido, ojos enormes, suplicantes, labios entreabiertos. Completamente inmóvil. Harry tenía la impresión de que era de ese modo cómo lucía una persona cuando presencia algo hermoso e imposible.

De pronto, su dificultad para hablar tenía otros motivos. Cuando el Slytherin guiaba a la Prefecta de vuelta a las mazmorras, Harry soltó una pesada exhalación y extendió el brazo, buscando una de las manos de Malfoy. Él sufrió un leve sobresalto y luego lo observó de reojo, tan aturdido como si acabase de sacarlo de un sueño.

—Al menos, llegaste a hablar con ella —Intentó animarlo y sintió que el pecho se le comprimía, cuando su rostro se contrajo con esa emoción que le inundó los ojos de lágrimas y por la que apretó los párpados y asintió.

—Es- Merlín —Dejó escapar una risa aguda, temblorosa, a la vez que parpadeaba más rápido, para enfocar y deshacerse de la molesta humedad—, era- era asombrosa.

—Seguro que sí. Debió ser la mejor.

Él lo miró por un momento, formando una línea recta con los labios, después asintió otra vez. Harry hizo lo mismo, le dio un apretón a su mano e intentó sonreírle.

—¿Volvemos?

El niño-que-vivió tomó una profunda respiración y dio otro asentimiento.

—Volvamos.

0—

—¿Ni mi padre, ni mi madre, les contaron sobre este pasillo alguna vez? Algo como...no sé, tal vez la razón por la que ella aceptó salir con mi padre.

—Cissy siempre decía que lo aceptó por su insistencia —Le respondió la profesora A, con suavidad—; si hubo otra razón, nosotros nunca la oímos hablar del tema.

Leonis ladró para darle la razón y dio una vuelta en torno al niño, que le enseñó una débil sonrisa y rascó detrás de sus orejas con la mano que tenía libre. En la otra, llevaba la espada de Gryffindor.

Era de noche, el toque de queda les evitaría encuentros con otros estudiantes. La presencia de la profesora le aseguraba que ni Filch, ni los Prefectos, intervendrían.

Sólo bastaba resolver el enigma de la pared del séptimo piso y abrir la puerta escondida.

—¿No puede sentir nada? —Preguntó a la profesora, en voz baja. Ella titubeó un instante, luego negó.

—Todo Hogwarts tiene magia —Movió las manos en el aire y recreó un Hogwarts diminuto, flotante, de un dorado brillante—; algunas partes más que otras —Chasqueó los dedos y algunos puntos en la réplica del castillo se oscurecieron de forma apenas perceptible—. Unas están tan bien resguardadas que es imposible identificarlas. Es como buscar un hilo entre cientos, idénticos a simple vista —Sacudió la cabeza y entrechocó las palmas, lo que hizo desaparecer el castillo falso.

—Tampoco sale en el mapa —Comentó, fijándose en el recorrido de Leonis, que iba de un lado del corredor al otro. Eso era.

¿Qué podía estar haciendo su madre, cuando se abrió para ella?

Se encontraba a mitad de una ronda de Prefecta, pero no estaba dentro de su ruta usual. Algo la había hecho salirse de esta.

Alguien.

Y si era cierto que Narcissa Black lo evitaba y Lucius Malfoy la seguía, podía asumir que discutían, o ella intentaba que se mantuviese apartado. De cualquier modo, tendría que haber estado en movimiento cuando sucedió.

Draco empezó a caminar por el corredor, de ida y vuelta, el can negro pisándole los talones. Nada pasaba, nada pasaba, aún nada.

Tenía que encontrarlo.

Tenía que encontrar la misma puerta que su madre halló.

Pensó en la puerta, se hizo a la imagen mental, se forzó a vaciar la mente, a excepción de la puerta que tenía que encontrar y la escena que se repetía en su cabeza desde que volvió con Potter y tomaron caminos separados, sin saber bien qué hacer o decir sobre lo ocurrido.

Dio un brinco cuando la profesora A lo llamó en un susurro. La miró y ella apuntó hacia la pared del tapiz.

La entrada estaba apareciéndose sobre la superficie dura de la piedra. Draco contuvo el aliento, hasta notar que se trataba de una presencia verdadera, firme y estable. Era la misma, exactamente la misma.

Se acercó para empujarla, y estaba a punto de asomarse, cuando Leonis soltó un leve gruñido. La profesora A se deslizó frente a él, pidiéndole que esperase un momento, y entró primero.

Tardó unos segundos en decirle que era seguro pasar.

En alguna parte de esa habitación abovedada, amplia y con una iluminación natural, llena de estantes, muebles y pasillos enrevesados que confundían a cualquiera que no estuviese seguro de qué buscar, estaba un Horrocrux.

Y él lo iba a encontrar.