Capítulo 20
Mirra
Gilgamesh se sentó sobre su cama, con la mirada perdida, mientras sus atribulados pensamientos rondaban fugaces por su cabeza. Vio en el suelo una de las exquisitas mantas que Enkidu traía encima cuando iba bien vestido por el palacio y la tomó entre sus dedos para llevarla a su nariz y oler su fragante perfume, aquel perfume único que su cuerpo emanaba, como si su piel fuese pétalos de flores.
La diosa fue ácida con respecto a Enkidu y él mismo no permitía ningún comentario mordaz en contra de su amigo. No cabía dentro de sus pensamientos que Enkidu fuese un ser vacío, sin sentido aparente, como si no fuese más que una personificación para dar forma a un arma, tal como muchas veces él se lo dijo. Temía enormemente de haber fallado con él y caer como una polilla cae en la luz. Eso lo convertiría en el mayor tonto de toda la historia, sobretodo porque Enkidu removía dentro de su ser aquella desagradable sensación que intentaba olvidar todos los días.
¿Cómo una simple muñeca de arcilla podía actuar tan bien?
Gilgamesh se llevó una mano a la frente mientras que con la otra aún olía la tela abandonada. Esto era completamente culpa de Ishtar, porque sus temores, cuando pensaba en todo esto, se difuminaban apenas veía a Enkidu aparecer, pero esta vez no fue igual. Le pareció incluso inanimado cuando se llevó sus rodillas al pecho: ¿Enkidu realmente tenía aquella libertad que tanto defendía? ¿Seguía simplemente una orden? ¿Realmente quería estar al lado de Gilgamesh?
Cierto malestar incómodo en el estómago se formó y Gilgamesh experimentó algo parecido al miedo. No el miedo secreto que tuvo al enfrentarse a Humbaba, este era mucho más profundo, más íntimo. Tocaba su corazón, su razón y se manifestaba en el temblor de su labio, en la borrosidad de su visión.
¿Cómo averiguar si Enkidu poseía alma?
Debía calmarse.
Decidió ponerse de pie e ir por él.
Cuando llegó a la habitación continua, él miraba los cielos como siempre solía hacer cuando pensaba. Su cabellera se despeinaba ligeramente y el color de sus ojos era efímero como el brillo de una gema en la oscuridad. Gilgamesh se apoyó en la muralla a observarlo, intentando dejar de lado sus pensamientos pesimistas, cuando Enkidu se volteó y le miró.
—¿No que te irías a dormir? —preguntó Gilgamesh con voz calmada, cruzándose de brazos.
—¿Qué te ocurre, Gil? —preguntó Enkidu, sin mirarlo— Estás preocupado, lo puedo notar.
Gilgamesh no contestó. Su temple frío escondía sus temores detrás de la expresión seria de su rostro. De pronto Enkidu le pareció una ilusión cruel, un intento fallido de ser humano, pero al menos sería su propia ilusión, su propia mentira y su propia miseria de vivir en un sueño: aquel sueño hizo creer que a alguien sí le importaba genuinamente su vida y sus pensamientos.
—Algo te ha pasado—insistió Enkidu, frunciendo el ceño y colocándose de pie—. Estás desanimado.
Gilgamesh titubeó. No quería contarle lo de Ishtar porque sabía que Enkidu temía de los dioses e Ishtar no parecía feliz con la presencia de Enkidu. Suspiró y habló con suavidad:
—¿Hay algo que te cause tanto regocijo que te haga sentir vivo? —Gilgamesh lo miraba expectante, casi nervioso por la respuesta.
—Por supuesto que sí—contestó Enkidu, con su voz suave y dulce.
—¿Y no piensas decirme? —insistió Gilgamesh con arrogancia en su voz.
—No—negó Enkidu, quitando el polvo de sus ropas—, ya sabes perfectamente qué me hace sentir vivo. No necesitas oírlo.
—No lo dudo—refutó Gilgamesh, cerrando los ojos, adoptando su actitud soberbia nuevamente—, pero quería saber si realmente es lo que yo estoy pensando.
—O sea que sí lo dudas—contrarió Enkidu, quitándose la ropa elegante y las joyas que pesaban—. ¿A qué viene todo este interrogatorio? Insisto en que estás extraño.
—Piensa lo que quieras—masculló Gilgamesh, volteándose—. Me voy a dormir.
Dicho esto, Gilgamesh desapareció y Enkidu se quedó a solas, desconcertado.
Enkidu se tomó un tiempo más, ya que quería ir por su colección personal de tesoros: era una pequeña caja de madera oculta detrás de un mueble lleno de joyas y ropas lujosas. Enkidu la abrió y sonrió.
Dentro de ella se encontraba una pluma de pavo real, la esmeralda y el anillo que hace mucho tiempo atrás Gilgamesh le regaló, un trozo de seda amarilla, pétalos de flores secas, las flores roja y blanca que el otro día Gilgamesh le entrego y su cincel para escribir. Atesoraba esos objetos como Gilgamesh atesoraba sus riquezas en la sala de las armas que mantenía vigilada día y noche. No era nada comparable a la riqueza absoluta del rey, pero para él era más que suficiente. Colocó un nuevo tesoro adentro: una mariposa muerta.
Nunca había visto una mariposa más extraña que esa. Olía a mirra y brillaba con un color tan tenue que parecía hecha por los dioses. Enkidu se sorprendió al verla entrar por la ventana y momentos después desplomarse, como si una pequeña flecha invisible le hubiese dado desde un punto ciego. Cuando la recogió, Gilgamesh entró a la habitación con aquella actitud inquietante, como si la mariposa y el extraño comportamiento del rey estuviesen de alguna forma conectados.
Enkidu decidió irse a dormir también. Se desnudó completamente y se adentró a la habitación. Sobre el lecho, Gilgamesh, también desnudo, le daba la espalda. Sabía que estaba despierto, lo sentía en la manera en la que respiraba. Se acostó a su lado y se cubrió con la sábana, para regocijarse de la suavidad de la tela, como siempre.
—Enkidu… —comenzó Gilgamesh nuevamente— ¿Aún te sientes vacío?
Enkidu se sorprendió de la pregunta. Se volteó a ver su nuca y alzó una mano para acariciarle, pero se detuvo.
—No. No estoy vacío. Me siento más completo que nunca. Tus preguntas me están incomodando, ¿Qué te hace dudar de mí? ¿Hice alguna cosa que te molesta?
—No—refutó Gilgamesh sin darse vuelta—. Sólo recordé que te sentías una cosa.
—Creo que esa sensación jamás se borrará de mí—susurró Enkidu, acariciando la espalda de Gilgamesh—, pero no está mal ser una cosa, mientras me sienta bien, no tengo problema con ello.
Gilgamesh meditó un momento. Finalmente se acomodó para estar frente a Enkidu y lo desafió con la mirada.
—¿Sabes qué piensan los demás de ti? —preguntó, sin ninguna mala intención.
—Sí, pero la gente puede pensar lo que quiera—interpuso Enkidu—. Aunque tu no lo creas, en el palacio hay un montón de rumores sobre nosotros dos.
Gilgamesh frunció el ceño.
—¿En serio? —preguntó— Si no te agradan mandaré al calabozo a cualquiera que te deshonre.
Enkidu rio cristalinamente y negó.
—Pues claro que hay rumores sobre mí, pero no me afectan—respondió Enkidu, calmando su risa—. Piensan que soy mujer y que me hago pasar por hombre para que las consortes crean que no tienen oportunidad contigo. He escuchado que soy un hombre afeminado, desesperado por ser agradable a tus ojos. También dicen que tienes un gusto extraño con tus parejas sexuales. De nosotros han pensado de todo, seguramente, alguna mente entrometida debe creer que yo te poseo todas las noches y no al revés.
Gilgamesh mantenía una expresión de descontento, no le gustaba nada lo que estaba escuchando. De alguna manera se sintió incómodo por no saber de aquellos rumores. Refunfuñó con arrogancia y colocó sus brazos bajo la nuca.
—Vaya ideas estúpidas tienen los mestizos—comenzó, mirando el techo con los ojos entrecerrados—. Yo domino todo lo que es inferior.
—¿Soy menos que tú? —preguntó Enkidu, acomodándose en sus almohadas.
Gilgamesh no contestó.
Después de un momento en silencio, Gilgamesh se levantó de su lecho y llamó a Enkidu a su lado. Desnudos como estaban, se adentraron a uno de los balcones laterales y ambos se apoyaron en el alféizar a mirar la ciudad. Las luces de algunas casas aún brillaban suaves bajo la noche y las antorchas se podía ver a lo lejos. En el fondo, la gran muralla de Uruk lucía como una montaña que protege su valle de la inclemencia del invierno.
—Esta ciudad—comenzó Gilgamesh— es hermosa, ¿No lo crees Enkidu?
Enkidu asintió con suavidad y habló:
—Sin un rey, esto no sería lo que es.
Gilgamesh chistó y alzó una mano con prepotencia.
—No era necesario que lo dijeras, tonto. Obviamente es así.
Enkidu apoyó las manos en su rostro y cerró los ojos.
Un olor a mirra quemada invadió el ambiente. Gilgamesh se alarmó y su expresión se endureció. Apoyó sus brazos en el balcón e inspeccionó con la mirada para ver si encontraba a Ishtar en algún lugar.
—Creí que no gustabas de la mirra, Gil—dijo Enkidu, mirándole de reojo.
—Detesto la mirra—masculló Gilgamesh, como queriendo que aquellas palabras llegaran al oído de la fuente del aroma.
—Ya se desvanecerá—contestó Enkidu, relajado—. Al menos pareces menos tenso.
Aquello no era verdad. Gilgamesh escudriñaba por todos lados, pero ni rastro de Ishtar. Pasó una mano por el hombro de Enkidu y palmeó con suavidad su espalda.
—Ve a dormir—ordenó, con calma—, iré enseguida.
—¿En serio quieres dormir? Creí que pensarías un poco más, con lo tenso que te ves—preguntó extrañado Enkidu, enarcando las cejas.
—Sí. No pregunté tu opinión.
Enkidu exasperó y asintió.
—Estás extraño. No sacarás nada ocultándomelo, Gil—dijo, antes de irse—. Espero aquello que invade tu mente se apacigüe.
Gilgamesh alzó una mano, echando a Enkidu.
Quería que Enkidu desapareciera luego, por si Ishtar volvía a importunarle, pero afortunadamente, la diosa no apareció.
—Más te vale—susurró Gilgamesh al aire, sabiendo que ella escuchaba.
Cuando regresó a su lecho, Enkidu había caído dormido. Gilgamesh lo observó un largo tiempo, pensando lo vulnerable que lucía así. Si bien él poseía su fuerza, no la manifestaba en su exterior.
¿Realmente había rechazado a Ishtar por él?
Ishtar le pareció extremadamente atractiva. Él podría poseerla sin ningún problema, incluso la doblegaría a sus pies y rompería con esa ridícula maldición que caía sobre sus amantes, pero la idea le parecía grotesca. Traer a Ishtar a su lado y hacerla su esposa involucraba que Enkidu desapareciera, ya que era obvia la aversión que ella tenía hacia él. No quería ni podía permitir aquello. Además, eso significaba muchas cosas como, por ejemplo, lidiar con el caos interior que ha preferido callar todos los días.
Se sentó en un taburete sin dejar de contemplar a Enkidu. Suspiró algo superado y se mordió el labio inferior con fuerzas, mientras su mano se apoyaba en el mentón, bostezó y se restregó el rostro. Ishtar debía quedar en el pasado. Su encuentro accidental no fue más que una discusión conclusiva y con eso era suficiente.
Finalmente se tendió a un lado de Enkidu y se durmió.
Gilgamesh caminaba y caminaba por una deshabitada Uruk. Buscaba a sus ciudadanos, sus vasallos y no había rastro de ellos, como si una peste fulminante cubriera la tierra con el manto de Ereshkigal. Cuando dobló por una esquina, vio al fondo un templo con las luces encendidas y la entrada vigilada por dos bestias enormes parecía a leones, con la musculatura marcada bajo el pelaje. Caminó con determinación y se adentró al santuario, viendo en la penumbra a Enkidu. Se encontraba sobre un montón de almohadas y plumas, desnudo, peinado de tal manera que sus verdes cabellos le coronaban en un arreglo delicado.
—Ven—dijo Enkidu empalagosamente, como quien recita un hechizo de amor.
Gilgamesh embobado, fue a su lado y Enkidu lo apresó entre sus brazos. Comenzaron a besarse y Gilgamesh rodeó su cintura, estrechándolo contra sí. Olió su perfumado cuello, deslizó su lengua a través de su clavícula y así comenzaron el ritual. Caricias, suspiros ensoñados, pechos inflados de éxtasis, espaldas descubiertas delineada por la sutileza de los dedos. Todo aquello sucedía bajo la flameante luz de las antorchas. Las piernas de Enkidu le atraían. Al deslizar la mirada hasta la entrepierna, se detuvo en seco: Enkidu tenía genitales femeninos. Si bien él (o ella...) le había dicho que no era ni hombre ni mujer, su cuerpo era el de un hombre y así estaba acostumbrado. Titubeó unos segundos, pero se convenció cuando Enkidu lo capturó con su mirada.
La versión femenina de Enkidu le pareció extremadamente atractiva. Acarició sus caderas y al ascender sus manos, se percató de que su pecho no era plano, si no que unos hermosos senos coronaban deliciosamente la cintura pronunciada. No importaba, era Enkidu, con eso era suficiente.
Cuando hundió su nariz en el cuello, el olor a mirra invadió sus sentidos. Le pareció maravilloso, le encantaba, inundaba su complacencia en aquel aroma celestial. Su lívido se exaltaba acorde soltaba los cabellos verdes de Enkidu y se deleitaba con el largo de estos, hasta que su cuerpo, conquistado por manos invisibles que fluían a través de su piel, cediendo a su sensibilidad, le dictaban que pronto no aguantaría más y lo haría suyo.
Se separó de Enkidu unos momentos y observó sus ojos rojos y el inicio caoba de su cabellera y sonrió complacido: era hermoso, más que cualquier otro ser en la tierra. La sonrisa cautivadora de aquella mujer lo atrapaban como quien atrapa un pez en una trampa. Abrió sus piernas y se dispuso a tomar aquel cuerpo.
Gilgamesh ahogó un suspiro y creyó que aquella visión era la más increíble de todo el mundo.
La mujer gemía en su satisfacción. Sus piernas tiritaban ante el placer. Sus manos se aferraron a las almohadas y sonrió complacida. Su hermosa cabellera, oscura como la madera más fina, caía a través de sus pechos y ocultaba sensualmente su desnudez.
Gilgamesh alzó la vista y se encontró con el espanto: Ishtar respiraba agitada mientras le sonreía.
—Ahora eres mío, gran rey de Uruk. Nos estamos consumiendo en placer y deleite. Lo haremos todas las noches de tu vida, lo haremos a espaldas de Enkidu. Seremos los amantes perfectos.
—No… —susurró Gilgamesh, retirándose horrorizado— Eres una puta. Una zorra de primera.
—Pero has caído—rebatió Ishtar, apoyada sobre uno de sus codos, con una mirada imponente, tanto que intimidaba—, con eso es suficiente porque ya te he embrujado. Yo te quiero a mi lado y así será, por mucho que me calumnies e intentes rebajarme. Mis mandatos son irrefutables y tendrás que ceder a mis deseos o te puede ir muy mal.
—Cállate—susurró Gilgamesh, aún impactado—. No ha funcionado porque tuviste que lucir como Enkidu para atraerme.
—Vaya estúpido—dijo mordazmente Ishtar—, fuiste tú el que viniste por voluntad propia a este templo. Deja de negarlo. Has caído ante mí. Regocíjate, tú, gran Gilgamesh de Uruk has disfrutado del cuerpo de Ishtar.
Gilgamesh abrió sus portales, recordando su batalla con Humbaba. Una enorme cantidad de armas se abalanzaron sobre Ishtar, pero sus ojos cautivadores no demostraban atisbos de miedo. Sonrió de medio lado y se puso de pie. Con una mano detuvo todas las armas y estas se desvanecieron a la vez que Gilgamesh se iba a negro.
Gilgamesh despertó porque Enkidu lo zamarreaba.
—¿Estás bien? —preguntó Enkidu.
Aun era de noche, pero el amanecer estaba pronto a llegar. Gilgamesh respiraba agitado y miró a Enkidu con cierto resquemor.
—¿Qué quieres? —preguntó, sin realmente saber qué decir.
Enkidu contrajo el ceño, estupefacto.
—¿Cómo? —dijo dudoso— Has estado hablando en sueños.
—¿Qué fue lo que dije? —murmuró Gilgamesh, algo inquieto.
—No mucho. No entendí la mayoría, pero sus músculos están tensos. Relájate, aquel mal sueño se ha ido ya.
Gilgamesh se incorporó y se sentó en su cama, asqueado de lo que acababa de vivir.
Él sabía que no era un simple sueño. Fue una especie de abducción y eso era lo que más le carcomía. Ishtar utilizó sus artimañas y brujerías femeninas para atraerlo como un maldito insecto a la flor y él fue débil.
Sentía que le debía una disculpa a Enkidu, pero él no podía saber nada sobre Ishtar. De hecho, Enkidu no tenía nada que ver en eso.
—Enkidu—comenzó Gilgamesh, ofuscado—, he tenido una pesadilla desagradable. Necesito relajarme.
Enkidu se sentó en el lecho y miró a Gilgamesh atentamente.
—¿Qué quieres hacer?
—Iré por agua.
Gilgamesh se levantó y se sirvió agua para beberla con ansias. Al dejar la copa con un ruido seco sobre el mueble, se restregó el rostro y preocupado, miró a Enkidu de reojo.
Ese había sido el peor sueño en toda su vida.
—Enkidu—llamó Gilgamesh, sentándose a los pies de la cama—, ¿Podrías… disponer tu cuerpo para mí? Lo necesito. Necesito olvidar lo que soñé, sólo quiero sentirte, quizás no lleguemos a nada, pero es importante para mí.
Enkidu se quedó estático, pensando cómo aquello podría aliviar algo así como un sueño o la preocupación, pero si para Gilgamesh era suficiente, estaba bien.
—Como desees—murmuró Enkidu con cierto aire inanimado y se incorporó en la cama, para reclamar la mandíbula de Gilgamesh y besarlo.
Gilgamesh borró el sueño conforme reconocía el verdadero placer de estar con Enkidu, lo increíble e inigualable que era a comparación de Ishtar. Gilgamesh aliviado, comprobó que cada día que transcurría, su pasión con Enkidu era más intensa y real.
Pero a Ishtar no le gustaba esto. No le gustaba para nada.
