CAPÍTULO 17
La cena en la mansión Stone había sido todo un éxito. Cuando llegaron a la residencia en la limusina designada por Sasuke, fueron recibidos con gran entusiasmo y afecto. Sophia se comportó como una gran anfitriona, y conociendo la renuencia de Jason a la unión de los jóvenes, decidió que serían su esposo y su cuñado quienes se encargarían de demostrarle al hombre que su princesa estaba en buenas manos, con personas que la querían y la apoyaban.
«Entre hombres se entienden», había sido su pensamiento al organizar la sencilla reunión. Para cuando la cena terminó, Jonathan, Joseph y Jason tenían planeada una salida al club Cuddington, a unos cuarenta minutos de la ciudad, en el que podían jugar golf, polo, y otros deportes típicos de hombres londinenses, y que al americano le llamaban la atención.
Sophia y Amelia saldrían a recorrer las grandes tiendas, algunas propiedades que estaban a la venta para conocer la decoración, e inclusive contemplaban la visita al spa; y por último, Sussana permanecería todo el tiempo con Sakura y las chicas, quienes estarían encargadas de los detalles de la boda, mientras Sophia se encontrara ocupada.
Después de todo, la fiesta de compromiso ya estaba organizada desde la semana anterior, y solo eran cuestiones simples que no les quitaban mucho tiempo de cada día. Esa noche Amelia le comentó a su hija que la familia de Sasuke era encantadora, que quien la intimidó un poco fue Eva, y que en cambio su hermano le hizo sonreír durante toda la velada.
―Es un chico verdaderamente encantador ―comentó la mujer cuando todos se encontraban reunidos en la sala del apartamento, luego de regresar de la cena
―. Nada parecido a su hermana, es un poco pretenciosa. Me habría encantado tener un hijo como él.
―A mí también me habría encantado que tuvieras un hijo así ―aseguró Sussana, suspirando teatralmente―. Seríamos familia ahora mismo. Me lo comería completico. Palabras que se ganaron una amonestación de Jason, y risas disimuladas por parte de los demás.
―Yo habría preferido tenerlo como cuñado ―comentó Naruto más serio.
―No empieces, por favor ―pidió Beth frotándose la frente con la mano.
―Estoy de acuerdo con Naruto―intervino Jason―. Hay algo en Sasuke que no termina de convencerme. No tengo problema con la familia, son personas agradables y pude notar que aprecian y aceptan a Sakura, pero ese hombre no me gusta, ni su edad ni su forma de mirarla. Pareciera que estuviera obsesionado con ella.
Su mirada no es sana. Sakura recostó la cabeza en el espaldar del sofá. Bastante tenía con la intuición de Naruto como para también tener que soportar la de Jason. Su amigo había heredado de su madre el aplomo, la pasividad y la forma calmada de ser, mientras que, de su padre, la testarudez, y era eso precisamente lo que le estaba haciendo las cosas más difíciles en el último tiempo; sin embargo, ella sabía que ellos tenían razón, aunque ese era un factor añadido a su estado como prometida de Sasuke.
―¡Bah! Sasuke la mira así porque la ama, nada más ―alegó Sussana moviendo una mano para desechar las anteriores afirmaciones―. ¿Acaso prefieren que la mire con desprecio o indiferencia?
―Claro que no ―contestó Jason―. Lo que digo es que no es normal cómo la mira, y sigo sin entender cuál es el afán que tiene en casarse. Deberían esperar un tiempo prudente y no ir tan a la ligera, no sé… conocerse mejor
―No necesitan meses para conocerse mejor, Jason ―aseguró Sussana―. Con un par de horas a solas y una enorme cama sería suficiente.
―¡Sussana! Tus chistes no me hacen ninguna gracia ―la regañó el hombre con el ceño fruncido. La misma expresión que adquirió Naruto al escucharla.
―¡Yo no dije ningún chiste!
―¡Suficiente! ―exclamó Sakura, abriendo los brazos para enfatizar sus palabras―. Estoy harta del mismo alegato de siempre, primero Naruto y luego tú ―dijo señalando a Jason―. Cómo se nota que son padre e hijo. ¡Por Dios! Ya cambien de discurso. Mamá, ayúdame, por favor ―rogó teatralmente con las manos juntas, y mirando a la mujer con ojos de desesperación.
―Sakura tiene razón ―concordó Amelia, mirando a los dos hombres, que se cruzaron de brazos y giraron la vista hacia otro lado―. Una cosa es que ustedes o cualquiera de nosotros opinemos sobre las decisiones que ella toma, y otra muy diferente es que, sabiendo que es feliz y es el camino correcto, pretendamos cambiarlas porque a ustedes dos no les convence el hombre que ella eligió para pasar el resto de la vida.
«El resto de la vida», repitió Sakura en su mente, y al instante desechó ese pensamiento. No deseaba pensar en su futuro en ese momento, más cuando no dependía de ella. Gracias a la intervención de Amelia, el acoso de los hombres cesó, aunque en sus miradas estaba tan claro como el agua lo que sus labios no expresaban.
No podía culpar a Jason por su renuencia, aún más sabiendo cuánto amaba a su madre, y a ella como a su propia hija. Al volver a mirarlos juntos, su corazón se llenaba de alegría, porque ella se deba una segunda oportunidad para amar, y aunque estaba segura de que su padre siempre ocuparía un lugar importante en su corazón, el hecho de que la llama del amor refulgiera nuevamente en sus ojos, era motivo de sobra para sentirse tranquila y complacida.
Por Sasuke se había enterado de que Jason le pediría matrimonio, y al no saber si ya lo había hecho, prefería esperar a que la noticia se divulgara para no dañar la sorpresa. Sabía, además, que Amelia y Jason no leían libros cuando se quedaban solos en la casa, y mucho menos en el último tiempo que había tenido la casa sola para ella, y aunque su madre no se lo había dicho, estaba segura que Jason pasaba con ella la mayoría de las noches, sino era que ya se había instalado del todo.
Darse cuenta por sí misma de que su madre tenía una vida sexual tan activa como cualquier otra mujer, fue un poco bochornoso para ella. La noche de la cena luego de que todos se fueran a sus habitaciones, y de ver entrar a la pareja a puertas diferentes, como se había acordado, se despertó con la boca reseca; y habiendo olvidado colocar en su mesa de noche un vaso con agua, como hacía siempre, se levantó para ir a la cocina. Tomó su teléfono celular para alumbrar el camino, miró la hora en él y se dio cuenta que era la una y media de la madrugada, salió al pasillo y emprendió su camino. Cuando pasaba junto al cuarto de su madre, sintió cómo la siguiente puerta se abría con mucho cuidado.
Sabía quién dormía ahí, y sin entender muy bien por qué, decidió esconderse en un pequeño pasillo que daba a la habitación de Naruto, para ver qué camino tomaba el hombre. Jason sigilosamente se deslizó hasta la habitación de Amelia, abrió la puerta y la cerró con suavidad, desapareciendo ante sus ojos.
Sakura no sabía qué hacer, si seguir su camino o regresar, pero una parte atrevida de su ser decidió que necesitaba saber qué pasaría, por lo que se acercó a la puerta y pegó el oído a ella; primero escuchó un grito ahogado, y luego lo que parecían ser negativas por parte de su madre, seguido de una risita pícara. No deseó escuchar nada más. Caminó rápidamente a la cocina y tomó tres vasos de agua. «Dios, en estos momentos mi mamá debe estar…»
No fue capaz de terminar el pensamiento. Se sentía como una madre que descubre que su hija ya no es virgen, y ciertamente no se sentía bien. Regresó por el mismo camino pues no tenía otra opción. Al pasar por la habitación de nuevo, se dio cuenta que habría sido una mejor idea quedarse a dormir en la sala, porque al ser el pasillo tan estrecho, y al tener que pasar cerca de la puerta, no pudo evitar escuchar un sonido rítmico de un golpeteo de lo que parecía ser madera, y al mismo tiempo un gruñido bajo y un fuerte gemido.
Sintió que sus pies no corrían lo suficientemente rápido. Al arrojarse sobre la cama se tapó la cara con una almohada, y luego de varios minutos tratando de apartar esos sonidos de su cabeza, una risita afloró de sus labios. Su madre era feliz, eso era lo que importaba. Al día siguiente los grupos tomarían sus respectivos rumbos. Sakura no sabía cómo mirarlos a la cara, sentía que si lo hacía ellos sabrían que los había descubierto, y al no poder evitar hacerlo, agradeció que ellos no se comportaran cariñosamente delante de los demás.
Antes de que todos salieran, le había pedido a su madre que no permitiera que Sophia le comprara algo, a lo que ella contestó que no era necesario que se lo dijera, porque por ningún motivo aceptaría algo de quienes no tenía manera de pagarle de igual forma; y por referencia de su hija sabía que sus detalles no eran sencillos como su manera de tratar.
Ese día no fueron de compras, ni tampoco se separaron, sino que estuvieron en el Amida Spa en Hampton, todo el día, las seis mujeres en total, por decisión de Eva y Lara, quienes alegaron que para la semana que les esperaba, necesitaban un comienzo relajante. El spa era tan grande, y tenía tantas actividades aparte de las relajantes y embellecedoras, que no necesitaron abandonarlo sino hasta la tarde. Con los hombres era algo diferente.
Sakura no tenía que preocuparse porque Jason aceptara o no regalos, ellos gastaban el dinero de forma diferente, global, y no se imaginaba a los tres yendo de compras por Bond Street con cuatro bolsas de diseñador en cada mano, riendo y conversando sobre lo horrible que le quedaba la camisa al hombre con el que se cruzaron en la última tienda. Definitivamente eso era inconcebible «y muy gracioso», debía admitir. Por la noche cuando todos se reunieron en la casa, Jason comentó que le agradaban mucho Jonathan y Joseph.
―Son personas agradables, sin ningún tipo de locura aparente. Me alegra saber que no es genético.
―Jason… ―dijo Amelia en tono de advertencia, y nadie hizo otro comentario al respecto. El martes, Amelia se fue con Sophia a lo que parecía ser una escapada de compras, y Sakura le reafirmó su petición.
Los dos hombres decidieron mostrarle la compañía a Jason, y le pidieron que los acompañara a supervisar a unos inversionistas, tanto en Londres como en otras ciudades vecinas; actividad que entusiasmó mucho al padre de Naruto, ya que podía aprender ciertas estrategias de negocios, y como luego se enteró Sakura, los hombres se ofrecieron a darle varios consejos, que podría aplicar basándose en la economía norteamericana, y de esa forma obtener dividendos mucho mayores a los que actualmente captaba.
Las cuatro chicas se reunieron con la mujer que estaría a cargo de la organización de la boda, y al ser un evento tan apresurado, y con tan poco tiempo para poder realizar todos los preparativos como se acostumbraba, tuvieron que tocar varios aspectos de forma inmediata, tal como la escogencia del diseño de las invitaciones, tanto de la ceremonia, como de la recepción y participación, los colores que definirían el estilo, y otras cuestiones que por mucho que a Sakura le pareciera demasiado, no terminaban de abarcar todo lo que se necesitaba para que la boda fuera un evento medianamente aceptable, para su círculo social.
―Eva, por favor, no quiero participar de todo esto ―rogó Sakura en un susurro, mientras las otras dos se encontraban ojeando un catálogo de centros de mesas―. Sophia, Lara y tú pueden hacer lo que deseen. No me importa si es el evento del año, o si nos casamos en una pequeña capilla con cinco invitados; no quiero nada de esto, solo deseo irme a mi país y olvidarme de todo.
―Ese «todo» me incluye también a mí ―afirmó Eva haciendo un puchero gracioso, aunque Sakura pudo notar en sus ojos que realmente le dolía el solo pensarlo. La abrazó con fuerza.
―Eva, si he podido soportar todo esto ha sido gracias a ti. ―Se separó un poco de ella y la miró a los ojos―, y estoy segura que no importa lo que se venga, tú estarás ahí para mí, ¿verdad? Eva asintió.
―Así Christopher me echara del país y yo me fuera feliz, sin ganas de saber más de él ―continuó la chica―, soportaría tener que volver a escucharle la voz, si eso implica hablar contigo de nuevo.
―Lo siento tanto… Esa fue la primera vez que Sakura observó cómo los ojos de Eva se llenaban de lágrimas.
Los pequeños arbustos podados de forma rectangular y extendidos de tal manera que formaban una especie de cercado, al mismo tiempo que creaban figuras y daban la impresión de un espacioso laberinto, rodeaban un hermoso jardín en el que rosas, jazmines, orquídeas, lirios, agapantos y demás especies de flores, brillaban hermosas bajo los intensos rayos de sol. Sakura Haruno caminaba por entre los espacios formados por los arbustos, y levantaba su rostro para recibir el calor del sol en plenitud.
Llevaba un vestido blanco de seda, de delgados tirantes en los hombros, un poco ajustado en el torso y que abría bajo las caderas para caer libremente hasta sus pies descalzos. No sabía dónde se encontraba, ni cómo había llegado hasta allí, solo podía sentir una hermosa paz que la invadía y la reconfortaba. Caminó unos pasos más hasta el centro del jardín, y se topó con una figura negra sobre un enorme pedestal de piedra blanca. Era la estatua de un hombre con una gran capa con capucha negra, que lo cubría casi por completo, dejando al descubierto solo un rostro hermoso con los ojos cerrados y una expresión adusta. Sakura lo contempló por un momento, sumergida en esas facciones que no parecían reales.
De repente, la estatua abrió los ojos y la miró fijamente; eran de un color azul tan intenso, que parecían dos zafiros brillando en sus cuencas. Aturdida y a la vez hechizada por esa mirada, quedó inmóvil, contemplando cómo la figura, que antes era de piedra, se convertía en un hombre, que, sin dejar de mirarla, saltó del pedestal y se situó frente a ella.
―Eres mía ―le dijo con voz firme y potente. Ella reaccionó en ese momento, presa del miedo. Dio media vuelta para echar a correr, percatándose entonces, que el cielo se había vuelto un remolino de nubes moradas, al tiempo que una brisa helada golpeaba contra su cuerpo. Bajó la mirada y vio que las flores, antes radiantes, se hallaban marchitas y esparcidas por el suelo. Levantó de nuevo la vista y a unos metros frente a ella, vio al hombre que la seguía mirando fijamente.
―Eres mía ―repitió. Sakura, girando hacia su izquierda, corrió presa de un terror nunca antes conocido. Frente a ella divisó un enorme castillo, hermoso en su estructura, pero descuidado y casi en ruinas en cuanto a sus detalles. ―No huyas, Elizabeth. ¡Me perteneces! Escuchó la misma voz del hombre, solo que no parecía una voz humana, sino una de trueno que llegaba a ella desde todas direcciones…
Sakura despertó y suspiró resignada. Esa voz era de Sasuke que la proclamaba como suya, como ya había hecho en persona, como lo reafirmaría el día de la boda. Era miércoles en la mañana y Sakura se dirigía a la oficina de Sasuke con Eva, Lara y Sussana, para ultimar los detalles de las invitaciones para la boda, que, por la influencia del dinero, estarían listas en tres días, y asegurarían la asistencia a la ceremonia de novecientas cincuenta y seis personas, y para la recepción, quinientos cincuenta invitados.
Números astronómicos para Sakura, mientras que, para las mujeres de la familia, eran necesarios y limitantes; para Sussana, algo fascinante y divertido. Al menos entre tanto agobio por los preparativos de la fiesta de compromiso y la boda, tenía el consuelo de que las dos familias se habían llevado muy bien.
Demasiado bien debía admitir. Las puertas del ascensor se abrieron y las cuatro mujeres bajaron de él. Sakura presentó a Sussana con Sara, y le pidió a esta última que las acompañara a la oficina de Sasuke.
―Pretendes dejarnos solos ahora que es cuando más trabajo tenemos ―dijo John de forma despectiva y altiva―. Te recuerdo que no perteneces a la familia, Sara, y que el hecho de que tu querida amiga te solicite, no implica que puedes abandonar tu…
―Y yo te recuerdo a ti, John ―interrumpió Sakura, mirándolo fijamente―, que yo muy pronto sí perteneceré a la familia, y una orden mía se cumple como si viniera del mismo Christopher. Si lo dudas puedes preguntarle para ver qué…
―No es necesario. Sakura se paralizó al escuchar la voz de Sasuke. Solo había querido defender a su amiga y poner en su sitio al molesto chico, que antes de que se anunciara la boda, la miraba con desprecio, y que aún seguía haciéndolo, aunque con mayor moderación. Sin embargo, en este momento era ella la que estaba a punto de quedar en ridículo ante todos, si Sasuke rebatía su orden y afirmaba que ella no tenía ningún derecho en la compañía. Se quedó mirando fijamente al joven, esperando escuchar las palabras que la desmentirían y que colocarían en el rostro del odioso joven, una expresión de satisfacción.
―Sakura es mi prometida y futura esposa ―continuó Sasuke desde la puerta de la oficina―, y como tal tiene todo el derecho de hacer lo que desee, aquí y en cualquier otro lugar que nos pertenezca. Un deseo de ella debe ser, y es, una orden para todos nosotros, incluyéndome; y el que no esté de acuerdo con esta situación puede tomar sus cosas e irse cuando lo desee. ¿Entendido, John? El muchacho estaba totalmente pálido.
Nunca había sido reprendido en frente de terceros. Sus docentes lo alababan y sus compañeros lo envidiaban; por lo que ser ridiculizado de esa forma delante de su compañera de trabajo, que consideraba inferior a él, y por causa de una «puta aparecida que había enamorado a Sasuke Uchiha a base de mamadas expertas», era lo peor que le había sucedido en la vida.
―¿Entendido, John? ―Volvió a preguntar Sasuke al no escuchar respuesta.
―Sí…Sí, señor Uchiha… Entendido ―tartamudeó el chico, para enseguida fijar su vista en la mesa frente a él. Sakura no se había movido de su lugar, ni siquiera había dado para sonreírle con suficiencia al avergonzado chico.
Nunca imaginó que Sasuke hiciera algo así por ella. El defenderla de esa forma delante de su familia y empleados era algo que solo podía hacer un hombre… Prefirió no pensar en la palabra que completaba la frase. Su mente estaba tan reacia a albergar cualquier buen sentimiento hacia Sasuke, que no permitía que su corazón se ablandara; aun así, una parte de su conciencia no se resistió. «Enamorado»
―Nena, eres la dueña de todo lo mío, no lo olvides ―susurró Sasuke en su oído cuando se le acercó, al tiempo que le pasaba un brazo por la cintura―. Edna, llama a recursos humanos y pide a Leopold que te envíe a alguien que te ayude por estos tres días que Sara no estará disponible.
―Enseguida, señor ―contestó la mujer de cuarenta y cinco años de edad que estaba remplazando a Eva, hasta que se oficiara la boda
―Señor, no es necesario ―intervino Sara colocándose frente a Sasuke quien ya se dirigía a su oficina con una Sakura aún en silencio
―. Yo tengo trabajo pendiente y…
―¿Va a desobedecer una orden mía, señorita Flint? ―No…No, señor, claro que no, es solo que…
―Sara, ya cállate y entra a la oficina ―ordenó Eva, batiendo una mano y adelantándose a los demás―. Tenemos mucho que hacer y nos estás retrasando. La chica rubia tomó un fuerte color rojo en sus mejillas, que se extendió hasta todo su rostro.
Si su forma de ser fuera diferente, estaría vanagloriándose ante su compañero, pero como se trataba de ella, una chica tímida que nunca había sido aceptada en ningún grupo, ni en su escuela ni en la universidad, era una experiencia tan extraña para ella y tan contradictoria a sus costumbres, que no supo cómo reaccionar, y solo se limitó a seguir la orden impartida por Eva, sin siquiera atreverse a mirar el rostro del chico, por lo que no supo que estaba igual de rojo que el de ella, aunque por motivos muy diferentes. Todos entraron a la oficina, y antes de que se acomodaran alrededor del escritorio de Sasuke, Sussana tomó a Sakura del brazo y la arrastró hacia un lado donde no pudieran escucharlas.
―Déjame decirte, amiga, que ese hombre está loquito por ti ―susurró emocionada―. Dejó en ridículo a ese idiota y te proclamó dueña de todo y de todos, incluyéndolo. ¡Lo tienes comiendo de tu mano! ¿Qué le hiciste? ¿El Kama Sutra completo?
―Sigo siendo virgen, Sussana ―aclaró Sakura entre dientes. ―Entonces te vio cómo eres en realidad, porque estoy segura que si le dices que se arrodille y te bese los pies, él lo hará encantado. Sussana se retiró y tomó asiento en la silla que Sasuke le ofrecía. Sakura se la quedó mirando con el ceño fruncido, y su disgusto fue mayor cuando levantó la vista hacia Sasuke, y vio que este le extendía una mano y le regalaba una tierna sonrisa. Le molestaba sentir gratitud o afecto por ese hombre. Se acercó y aceptó a regañadientes la silla que Sasuke tenía para ella, al lado de la suya, del otro lado del escritorio.
―Si quieres te puedes sentar en mis piernas ―susurró Sasuke de forma insinuante.
―Prefiero sentarme en carbones encendidos.
―Yo estoy ardiendo, ¿eso te basta? Sakura giró bruscamente el cuerpo y le dio la espalda para tomar asiento, tratando de ignorar su comentario. Soltó un fuerte jadeo cuando sintió cómo una mano grande y fuerte, le cubría una nalga sobre la tela del pantalón y la apretaba. Las chicas presentes rieron disimuladamente al ver lo sucedido y el rojo rostro de Sakura, quien se sentó rápidamente luego de propinarle una dura palmada en la mano.
La única que no encontró divertida la situación fue Eva. Un par de horas después Sasuke se encontraba ajeno a la conversación que se producía en torno a él, su mente se hallaba sujeta a unos documentos que revisaba, mientras las mujeres a su alrededor parloteaban sobre las invitaciones y si colocarían alguna dedicatoria o no en ella.
―Decidan ustedes, no soy buena escribiendo frases de ese tipo ―comentó Sakura, mirando a Eva para pedirle ayuda.
―Es cierto, dejen a Sakura en paz. Ya bastante hace con casarse con ese idiota, como para que ahora tenga que decirle que lo ama con una frase cursi en una tarjeta ―comentó Eva, guiñándole el ojo a su amiga.
―Tú siempre tan romántica, prima ―dijo Lara sarcásticamente―. Preguntémosle al novio si tiene algo para decir. Hermanito, ¿qué opinas? ¿Sasuke?
―Dime… ―contestó él sin levantar la mirada.
―Necesitamos alguna dedicatoria para incluir en las invitaciones ―explicó la chica―. ¿Quieres decirle algo a los invitados?
―«Me vale mierda si asisten o no. Con o sin ustedes ella será mi esposa.»
Sakura lanzó un fuerte suspiro, y cambió de posición en su asiento; Lara bufó, y volvió sus ojos al anotador que tenía en la mano; Sara y Sussana rieron; Eva rodó los ojos, y negó con la cabeza; y Sasuke continuó en su revisión sin decir más. Decidieron que las invitaciones irían sin frase extra. De todas formas, Sasuke no estaba nada contento con que se retrasara la entrega de las invitaciones por lo que el protocolo reglamentaba.
No obstante, Sakura en un afán por atrasar la boda al menos una semana, pidió que estas se repartieran el mismo fin de semana de la fiesta de compromiso, y con Eva de su lado, y por ende el resto de la familia, la decisión se tomó tal como ella lo deseaba. Aun así, sentía que el tiempo pasaba demasiado rápido para su gusto, y no encontraba la forma de detener el reloj. En la tarde, Lara informó que las mejores revistas de farándula y variedades se habían comunicado, interesadas en cubrir el evento.
―La noticia del compromiso saldrá incluso en la Vogue de agosto, con Priscilla Stam en la portada. Sasuke miró a su hermana. ―Espero que tengan mucho cuidado con lo que dirán de Sakura, Lara. No quiero ver comentarios desdeñosos ni menos líneas de ella que de mí. Seguramente me harán dos páginas y a ella solo un par de párrafos. Los conozco.
―Sasuke… ―comentó Sakura en voz baja para que solo él la escuchara―, ¿qué pueden decir de mí?
―Pueden decir que tienes dieciocho años, el día de tu cumpleaños, la nacionalidad, el nombre de tus padres, tu escuela, lo hermosa que eres, que estás perdidamente enamorada de mí ―dijo lo último con tono pícaro, y mordiéndose el labio inferior
―. Estoy seguro que pretenden sacarme una biografía y de ti nada. ―Frunció el ceño―. Como si fueras menos que yo.
―Sasuke, socialmente soy menos que tú ―recordó Sakura, sonando más comprensiva de lo que esperaba; sin embargo, por alguna razón no le gustaba cuando Christopher se encontraba de mal humor.
―Eso a mí no me importa ―respondió, levantando una mano y acariciándole suavemente la mejilla.
―Lo sé ―afirmó ella tomando la mano de Sasuke, y retirándola de su rostro, la dejó apoyada sobre el brazo de la silla―, pero para ellos funciona diferente, y yo no quiero que su atención se vierta sobre mí. Sabes que no estoy acostumbrada a nada de esto, y ahora tendré a revistas que Sussana lee, hablando de mí. No sé cómo manejarlo.
―Eres tan diferente ―susurró Christopher con una sonrisa que a Sakura le pareció amarga.
―¿A quién? ―preguntó Sakura con curiosidad. La forma en la que él pronunció las palabras, le indicaron que la estaba comparando con alguien más en específico.
―No tienes que preocuparte por nada, mi amor ―dijo Sasuke, enderezándose en su asiento, e ignorando la pregunta
―. Todos los ojos estarán puestos en ti, pero yo me encargaré de que ninguno de ellos te incomode, te lo prometo. Y sin agregar más, continuó con su trabajo. Los dos días siguientes pasaron en los preparativos para el evento más próximo, que sería el domingo. La familia de Sakura no asistiría porque debían viajar el sábado por Jason, sin contar con que Amelia prefería no asistir a ese evento.
―Cuando era joven, me gustaban las fiestas de terrazas, con unos tragos y entre amigos, bailando y riendo toda la noche ―explicó a su hija―. Luego me casé con tu padre y él se volvió mi mundo, y enseguida llegaste tú. No soy mujer para este tipo de celebraciones, entiéndeme, Sakura.
―No te preocupes, mamá. ―La tranquilizó con una sonrisa―. Alegaremos la prisa de Jason por el negocio. Sussana no estaba para nada contenta con despedirse tan pronto. En una llamada a su madre, ella le había contado que llegó una carta de la universidad de California, en la que le anunciaban que su solicitud de beca había sido aprobada, y que debido a su excelente curriculum le otorgaban la beca completa, incluyendo la manutención, los tiquetes de ida y regreso a su casa cada seis meses, bono para libros y papelería, y otro para transporte totalmente gratis por la ciudad; por lo que debía presentarse cuanto antes en la decanatura correspondiente.
―Sakura, esto es increíble ―dijo Sussana muy emocionada―. La beca solo cubría la colegiatura, por eso tenía ahorrado lo de mis gastos, y ahora todo eso lo puedo invertir en otras cosas. Te juro que esto es una especie de milagro, y quisiera saber quién fue el santo, porque me arregló la vida. «Sasuke Uchiha.»
Sakura no tenía duda alguna de que había sido él quien intervino para que todo eso se diera, incluso podía asegurar que los fondos no provenían de las arcas de la universidad, sino del bolsillo mismo de su prometido. Era una forma de demostrarle su poder, y a la vez de hacerle saber lo que perdería si cometía alguna estupidez; como eso no estaba en sus planes, no podía evitar sentirse feliz por su amiga, quien tendría una gran oportunidad como siempre lo había deseado. Cuando se despedía de su familia, Sakura evitó que las lágrimas cubrieran sus mejillas, y se mostró solamente melancólica por la partida, y al mismo tiempo esperanzada por el regreso.
―Estaremos aquí para la boda, princesa ―prometió Jason mientras la abrazaba―. Y si para entonces has decidido que…
―Jason, no voy a huir a España.
―De acuerdo ―dijo el hombre frunciendo el ceño―. Me llamas si necesitas algo.
―Lo haré, te lo prometo. Beth giró y miró a su madre.
―¿Cuántas cosas extras te llevas? ―preguntó con una ceja levantada.
―Solo las que yo misma compré ―respondió Amelia―. Un par de cosas nada más, no permití que me hicieran regalos. Las dos rieron, se abrazaron, y dijeron palabras cariñosas mutuamente.
―No puedo creer que no me permitiste hacer compras ―acusó Sussana.
―Porque no ibas a comprarlas tú, ibas a dejar que Sasuke lo hiciera.
―¿Y qué? ¿Acaso no puedo recibir obsequios de mi cuñado?
―No, no puedes y punto ―respondió Sakura, tajante―. Ahora ven y dame un abrazo que te voy a extrañar. La chica le respondió, y de esa forma se despidió de su familia, quienes abordaron de nuevo el avión privado. Luego de salir del aeropuerto, adonde solo habían ido Naruto y Sakura, debido a que ella le pidió a Sasuke que deseaba ese momento de privacidad con ellos, se dirigieron a la casa de Jerry donde se quedaría Naruto, y ella continuaría hasta la casa Uchiha, donde pasaría la noche para no perder tiempo por el evento del día siguiente.
―Supongo que regresarás el otro auto ―comentó Naruto, mirando a la chica a su lado.
―Preferiría volver al servicio público, pero no tengo remedio ―explicó Sakura―. Sasuke no quiere que esté sin protección. Es algo quisquilloso con respecto a eso.
―Entiendo, si yo pudiera te tendría encerrada en una esfera de cristal, donde nadie pudiera tocarte ni lastimarte ―aseguró Naruto, al tiempo que pasaba un brazo por los hombros de Sakura, y la acercaba a su cuerpo para darle un beso en la sien. Sakura sonrió, y acomodó su cabeza en el hombro de él.
―Lo has hecho muy bien hasta ahora, solo que ya es momento de que me dejes esa responsabilidad a mí sola. Naruto suspiró, cerró los ojos y apoyó la cabeza en el espaldar del asiento de la limusina.
―No empieces, por favor ―pidió la chica. ―Sé perfectamente que Sasuke puede protegerte de cualquier cosa en el mundo ―dijo, ignorándola―, pero, ¿quién te protegerá de él?
―Nadie lo hará ―contestó Sakura girando su cuerpo y atrayendo el rostro de su amigo para quedar frente a frente―. No será necesario, y ya me lo dijiste y te contesto igual: él nunca me hará daño, lo sé. Me ama, y estoy segura que, si en algún momento te llamo desesperada, es porque habrá llegado al punto de bajarme cargada por las escaleras para evitar que ruede por ellas.
―No sería una mala idea, debería proponérselo… ―comentó Naruto con expresión pensativa y claramente divertida.
―¡Cállate! ―exclamó Sakura, empujándolo y riendo al mismo tiempo.
―¡Ah, no, señorita! A mí me respeta que usted está muy chiquita para levantarme la voz. Y se lanzó sobre ella, provocándole cosquillas que la hicieron gritar.
―¿Está todo bien, señorita Haruno? ―Se escuchó la voz de uno de los hombres sentados en los asientos delanteros, y de los que se encontraban separados por un cristal oscuro. Sakura se apresuró a tomar el intercomunicador.
―Sí, Alec, no te preocupes ―dijo jadeante, tratando de alejar a su amigo que continuaba con sus manos en su abdomen. Colgó y accionó el mecanismo de aislamiento de sonido, que era un segundo vidrio más grueso que bajaba en la pequeña ventana. Naruto no se detuvo, sino hasta que fue el teléfono celular de ella el que timbró.
―¿Se puede saber qué estás haciendo con tu amiguito? Escuchó la voz molesta y sarcástica de Sasuke desde el otro lado de la línea.
―Sasuke, ¿cómo…? ¡No, quita! ―gritó cuando Naruto, al escuchar el nombre de quien llamaba, intensificó sus ataques.
―¿Quita qué? ¡¿Quita qué, Sakura?! Tiene sus manos sobre ti, ¿no es así? ¡Se las voy a cortar al maldito! ¡Nadie toca lo que es mío! ¡Sakura, maldita sea…! Naruto le arrebató el teléfono al escuchar los gritos de Sasuke y colgó.
―¡¿Cómo se te ocurre colgar?!
―Tranquila, chica ―dijo Naruto, bufando―. Déjalo que sufra un rato, debe estar que se lo comen los celos. El celular volvió a timbrar una y otra vez, lo mismo que el teléfono de la limusina. Sakura intentó contestarlos solo que Naruto se lo impidió.
―Naruto, por favor, déjame contestar. ¡Dios! Nos va a matar.
―No. Sé que él siente celos cuando te ve conmigo, bueno, que tenga motivos para creerlo.
―Tú no entiendes ―jadeó Sasuke al darse cuenta que el vehículo se había detenido―. ¡Dios! Sasuke te va a matar. En esos momentos se abrió la puerta del lado de Sakura y Dacre asomó la cabeza.
―Señorita Haruno, tenemos órdenes de cambiarla de auto, si me permite…
―¡Ay, por favor! Esto es ridículo ―exclamó Naruto, levantando los brazos.
―Mi vida, no me lo hagas más difícil ―rogó Sakura―. Sasuke es muy celoso, tú mismo lo has dicho, por favor.
―¿Te agredirá? ―preguntó él, mirándola seria y fijamente. Sakura negó con la cabeza. Sabía que Christopher no la golpearía, aunque sí le gritaría, y posiblemente la besaría con rudeza para afirmar su posesión.
―Señorita, por favor…
―No es necesario, yo me bajo ―indicó Naruto, rodeando a Sakura para bajar de su lado. Giró el rostro para mirarla―. Si te hace algo me avisas, estaré donde Jerry.
―No te preocupes, nos vemos mañana. Quince minutos después, la chica se encontraba caminando hacia la entrada de la mansión Stone, donde Sophia la esperaba con los brazos abiertos; y para hacer que su corazón se acelerara, Sasuke se encontraba detrás de ella, con el ceño fruncido y su mirada fija en la de ella. «Pareciera que los ojos le llamean… ¡Fuerza, Sakura! Están en casa de sus padres, no te hará nada…
Como si eso pudiera detenerlo», fue la rápida conversación que tuvo consigo misma, antes de devolverle el abrazo a su futura suegra. Sasuke no se movió de su lugar, solo seguía observándola fijamente, siguiendo cada uno de sus movimientos.
―Hola… ―lo saludó Sakura con algo de timidez, y para aparentar frente a su suegra, se empinó y le besó la mejilla. Sin previo aviso, sintió cómo los brazos de él la rodeaban con fuerza, haciéndole soltar una exclamación de sorpresa que terminó en un jadeo. Sasuke enterró su rostro en el cuello de ella e inhaló.
―Hueles a un hombre que no soy yo ―le susurró en el oído. Sakura sintió cómo su corazón se paralizó. El olor que Sasuke sintió era el perfume de Naruto, que por el juego que habían tenido en la limusina, se había impregnado en su ropa y al parecer en su cabello; sin contar con el hecho de que su ropa estaba algo arrugada. No tenía duda de que Daniel sabía muy bien lo que hacía. «Estas cosas solo me pasan a mí.»
―Christopher, ten más cuidado con Sakura ―reprendió su madre―. Ella no es Eva que está acostumbrada a tus juegos bruscos. El hombre no contestó, y Sakura solo le sonrió mientras ella se alejaba. Una vez solos, Sasuke tomó a Sakura y la arrastró hacia una esquina de la estancia contigua, donde quedarían escondidos de la vista de todos los que pasaran por la zona, gracias a una pequeña saliente en la arquitectura, y una mesa con un gran jarrón apoyado en ella.
―Sasuke, solo jugaba con Naruto, nada más ―explicó Sakura mirándolo a los ojos. Sasuke la apoyó contra la pared, quedando de frente a ella y colocando los brazos a cada lado de su cabeza. No pronunció palabra, simplemente continuaba mirándola, como evaluando sus reacciones.
―Sabes que Naruto es como mi hermano, y tú también tienes esa clase de confianza con Eva ―alegaba, mirando a todas partes menos a su rostro. No era que le importaba lo que él pensara, solo que sus rabietas la desesperaban, y no deseaba que una de ellas fuera dirigida a Naruto―. Incluso puede que ella recuerde haberte visto sin ropa alguna vez, y yo te puedo asegurar que ni lo he visto, ni él a mí desnuda.
―Ya estaría muerto, te lo aseguro.
―Es solo algo divertido ―continuó Sakura, pasando por alto la amenaza, porque si bien su amigo nunca la había visto desnuda, sí lo había hecho en ropa interior, aunque eso Sasuke nunca lo sabría―. Cosquillas. ―Sonrió y enseguida arrugó los labios, como una niña pequeña―. Le grité y quiso castigarme. ―Sakura. Saku levantó la mirada y se encontró con la de él, tan penetrante que pensó se desmayaría por la intensidad.
―La próxima vez que tu «hermanito» quiera «jugar» contigo, o «castigarte» por algo ―continuó―, procura detenerlo, porque si vuelvo a sentir su olor en tu cuerpo, o a saber que él tiene sus manos sobre ti, violaré el quinto mandamiento. ¿Está claro? Sakura, una chica que había sido bautizada bajo la religión católica, y que realizó su primera comunión a los ocho años, sabía perfectamente cuál pecado cometería el hombre frente a ella.
―¡¿Se puede saber por qué el mocoso Uchiha se casa y yo me entero por una tarjeta de invitación?!
―¡Mierda! ―exclamó Sasuke al escuchar la voz que provenía desde el corredor contiguo, y golpeó la pared con uno de sus puños.
―¿Quién es? ―Quédate aquí, yo lo soluciono. Se separó de la chica y giró para salir al encuentro del hombre que había formulado la pregunta de forma indignada. Sakura obedeció, buscando calmarse y así salir al encuentro de la familia.
―¡Ah, ahí estás! Muchachito insolente, ¿crees que soy algún invitado más para enviarme una tarjeta para la fiesta de compromiso?
―¡Mira, viejo…!
―¡Sasuke! ―Escuchó que lo reprendía Sophia―. Tío, no te pongas así.
―No me vengas con excusas, mujer, que tú eres la única culpable por haber malcriado a este inmaduro y estúpido hijo tuyo. El hombre siguió alegando y Sakura no podía aguantar más la curiosidad. La voz sonaba como la de un hombre mayor, y bastante molesto. Al tratarse de un familiar, pues Sophia le había dicho tío, prefirió aguardar hasta que Sasuke fuera por ella. Además, su molestia parecía ser causada por la boda, y no deseaba que su rabia se desbordara sobre ella, que después de todo, era el punto clave del problema.
―¡Tío! ―exclamó la voz de Eva, con alegría.
―No vengas con arrumacos que no estoy de humor ―regañó el hombre, y sin saber bien por qué, a Sakura le causó gracia y tuvo que sofocar una risita―. Exijo saber ahora mismo dónde está la que pretende ser parte de mi familia sin mi consentimiento. Sakura pudo incluso escuchar lo que parecía ser un bastón golpeando el suelo. Ya no le importaba ser reprendida por ese hombre. Causaba en ella una extraña mezcla de ternura y gracia, tanta que estaba ansiosa por conocerlo.
―¡No tengo por qué pedirte permiso para casarme! ―gritó Sasuke, más furioso a cada segundo―. ¡Y no te atrevas a hacerle el más mínimo desaire porque te juro, viejo…!
―¡Sasuke! ―gritó Sakura sin poder evitarlo, y salió de su escondite con el ceño fruncido―. ¿Es que nadie te enseñó a respetar a tus mayores? ¿O es que crees que todo el mundo tiene que aguantar tus berrinches porque eres el gran Sasuke Uchiha, presidente de…? Se detuvo al darse cuenta que todos la miraban con los ojos muy abiertos. Todos, pues al escuchar la discusión, la familia entera se había trasladado a esa zona de la casa. Su cara se calentó, e imaginó que estaría tan roja como un adorno navideño.
Giró su rostro rápidamente hacia otro lado y se encontró con la mirada escrutadora de un hombre alto de piel muy blanca y pálida; cabello canoso, liso y largo hasta los hombros; de contextura delgada, y de unos setenta y cinco años de edad, mirada dura y facciones serias, con un bastón en una de sus manos, y de una elegancia que podía competir con la de cualquier rey o militar. El anciano levantó una mano y la señaló.
―¿Quién es esta chiquilla? ―preguntó con el ceño fruncido.
―Sakura Haruno, señor ―contestó la chica antes de que Sasuke lo hiciera, quien ya se había aproximado un paso hacia ella. Sakura decidió en ese momento que no le temía al anciano, por eso lo trataría con respeto, sin dejar de seguirle la corriente―. La prometida del mocoso de su sobrino. En la estancia se escucharon las risitas de Lara y Eva, y una fuerte carcajada de Kendal, mientras que el hombre frente a ella, solo se limitó a continuar mirándola fijamente.
―¿Cuántos años tienes, niña?
―Dieciocho.
―¡¿Ahora este imbécil se volvió pedófilo?!
―No, solo murió su última neurona y se le aflojó el último tornillo ―respondió Sakura, encogiéndose de hombros. Los mismos sonidos se escucharon, mientras Sasuke la miraba como si no pudiera creer lo que estaba sucediendo. Él había visto a muchos hombres y mujeres, mayores que Sakura, temblar ante los gritos de su tío, e incluso ante su sola presencia; increíblemente ella estaba ahí, bromeando con Alexander Uchiha sin el más mínimo temor. No le importaba que el objeto de burlas fuera él, solo podía ver a la mujer valiente y decidida de la que se había enamorado sin saber cómo. Sakura observó cómo el hombre se enderezaba en toda su estatura, sin dejar de mirarla e ignorando el silencio que se había formado a su alrededor, donde todos esperaban una reacción.
De pronto, comenzó a caminar hacia ella, apoyando su bastón con cada paso de su pierna derecha. Acercó la mano libre al rostro de ella, y colocándola debajo de la barbilla, la hizo girar la cabeza suavemente de un lado a otro.
―Sírveme un trago… ―La soltó y caminó hacia el interior de la sala de estar―, y ven a contarle a tu tío Alex de dónde saliste, niñita del demonio. Sakura sonrió abiertamente y se escucharon varios suspiros de alivio. Esas palabras habían sido una clara aprobación a la nueva integrante de la familia.
―Si te molesta…
―Tranquilo, Sasuke. Tu tío… perdón, mi tío ―corrigió con expresión de orgullo―, es un completo amor. No entiendo por qué te llevas tan mal con él, si es tan simpático.
―Sí, claro ―dijo Christopher bufando, y al mismo tiempo complacido. Nunca se llevaría bien con el viejo, pero con que su mujer lo hiciera bastaba para él.
―¿Dónde está mi trago?
―¡Ya voy, tío Alex! Sakura, que nunca había tenido una relación cercana con los abuelos que había conocido de niña, y que ya se encontraban muertos, estaba dichosa de tener a una figura como Alex Uchiha en su vida. Las horas de la tarde que estuvo en compañía del anciano, fueron para Sakura las mejores en mucho tiempo. Eva y Lara se les unieron al poco rato, entre historias del pasado, charlas sobre la vida de Sakura y uno que otro regaño, Sakura sintió una vez más que valía la pena todo el sacrificio.
Alexander Uchiha era un hombre muy quisquilloso, le gustaba que todo se hiciera a su manera, y no aceptaba reproches ni objeciones. Aunque ninguno de los presentes fueran sus descendientes, él manejaba a la familia como si le perteneciera por derecho propio, y no opinaba, sino que ordenaba cuando algo no le parecía correcto. Sakura pudo notar que su trato con los hombres de la familia no era el mejor. Jonathan y Joseph lo respetaban, aunque trataban de mantenerse alejados de él, al igual que Kendal que simplemente lo ignoraba cuando lanzaba alguna frase despectiva hacia él.
Sasuke era el único que le hacía frente; sin embargo, por la presencia de Sakura en la casa, se mantenía vigilante, sin inmiscuirse en la reunión privada. Con las mujeres era otro asunto. Las trataba a todas como si fuesen sus niñas consentidas, sus pequeñas hijas, mimándolas y, como para no perder la costumbre, reprendiéndolas cariñosamente cada tanto. Sakura se enteró esa noche que él tenía una gran debilidad por las mujeres jóvenes, debido a que cuando su esposa murió en el parto, el bebé que nació de ella había sido una hermosa niña, a quien él sostuvo en sus brazos por un momento.
Y fue en sus brazos que la recién nacida exhaló su último aliento. Ese hecho lo había marcado para siempre, nunca se había vuelto a enamorar, y el deseo de tener consigo a ese fruto del inmenso amor que había sentido por Rebecca, su esposa, lo llevaba a no poder negarle algo a las chicas de su familia, en quienes veía a esa pequeña niña que nunca pudo consentir ni llenar de todo el amor que tenía para dar. Se había vuelto un hombre frío, era cierto; sin embargo, esas niñas despertaban en él sentimientos dormidos hacía muchísimos años, y con la llegada de Sakura, y su forma de ser tan despierta y divertida, sentía que había completado su familia perfecta.
En la noche todos se retiraron a dormir temprano, pues la fiesta de compromiso sería al día siguiente, y necesitaban madrugar para poder estar listos a tiempo. Sakura, que se había quedado en una de las habitaciones de huéspedes, ya que todas las demás estaban ocupadas porque la familia en pleno pasaría la noche allí, y que no había podido conciliar el sueño debido al nerviosismo de lo que sería la fiesta, sintió unos pasos que se acercaban por el corredor. Inmediatamente se levantó, y acercándose a la puerta le colocó el seguro para evitar visitas de su prometido. Se quedó escuchando en silencio a quien se encontrara del otro lado.
Los pasos se detuvieron frente a su puerta, cuando de repente un golpe en el suelo llamó su atención, y al escuchar las palabras que lo acompañaban, supo enseguida lo que sucedía afuera.
―Aléjate de esa puerta, mocoso pervertido, si no quieres que te rompa este bastón en la cabeza.
―Es mi novia la que está ahí, y puedo entrar a su habitación cuando me dé la gana.
―Pues parece que ella no piensa igual, porque de ser así, estaría ahora mismo durmiendo contigo y no en una habitación diferente.
―Escucha, viejo…
―Escucha, tú, culicagado insolente: si no quieres que te deje más estúpido de lo que ya eres con mi bastón, es mejor que des media vuelta y metas tu culo en tu habitación.
Soy viejo y mis horas de sueño son pocas; si tengo que quedarme a vigilar esta puerta, lo haré, con tal de que mantengas tus vergüenzas lejos de esa niña, al menos mientras ella así lo desee. Se escuchó un fuerte gruñido, y luego unos pasos que se alejaban con rapidez. Sakura suspiró aliviada. Un golpe se escuchó en la puerta.
―Duerma tranquila, niña, tu tío Alex te cuida. ―Sakura sonrió ampliamente y se mordió el labio―. Y ya metete a la cama que el frío te puede hacer daño. Desde aquí puedo ver la sombra de tus pies bajo la puerta.
―Gracias, tío Alex ―respondió alegremente, y con esa misma expresión, corrió a su cama y allí se quedó, agradeciendo a Dios por ese maravilloso y curioso hombre que había conocido esa tarde.
