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Capitulo 23
El fin de semana que Candy pasó con Albert fue uno de los más felices de su vida. Durante toda la semana siguiente la acompañaron sus recuerdos, como si fueran talismanes. No la abandonaron ni durante el seminario, cuando Eliza trató de dejarla en evidencia, ni mientras escuchaba los bienintencionados pero inoportunos consejos de Archie para que interpusiera una demanda contra la profesora Singer.
Albert pasó una semana espantosa. Durante el seminario, le costó muchísimo mantener los ojos apartados de Candice. El esfuerzo lo volvió más irritable y malhumorado que de costumbre. Eliza casi había logrado acabar con su paciencia pidiéndole por todos los medios más reuniones para —supuestamente— discutir su proyecto de tesis. Albert rechazó cada una de sus invitaciones con un gesto de la mano, lo que hizo que ella redoblara sus esfuerzos.
Y la profesora Singer… le envió un correo electrónico:
Albert,
Me gustó volver a verte. He echado de menos nuestras charlas.
tu conferencia fue técnicamente impecable, pero me decepcionó verte tan cerrado de mente. Antes eras mucho más atrevido. Y liberado. Aunque tal vez no seas tan decente como pretendiste hacernos creer. Creo que debes aceptar tu auténtica naturaleza. Con un poco de entrenamiento, puedo darte justo lo que necesitas. Sé que puedo darte exactamente lo que deseas.
Madame Ann
Albert se quedó mirando el provocador correo de la profesora-dominatriz, que dejaba claras sus intenciones hasta en la falta de mayúsculas de su nombre y en los adjetivos posesivos. El rechazo que le provocaba, tanto su persona como sus palabras, le demostró lo mucho que él había cambiado durante el último año.
Ya no le resultaba ni remotamente atractiva. Tal vez ya antes de que Candice regresara a su vida había empezado el lento camino de vuelta hacia la luz, un camino mucho más fácil y rápido de recorrer junto a ella. La idea le causó una gran satisfacción.
Fue cauteloso. No respondió al mensaje ni lo borró. Lo que hizo fue imprimirlo y guardarlo en un archivo de su despacho, junto a su correspondencia anterior. No le apetecía presentar una queja formal, ya que su relación se había iniciado de modo consensuado. Eso sí, si era necesario, usaría sus correos como amenaza para que lo dejara en paz. Pero de momento esperaba que siguiera obsesionada con él y se olvidara de Candice.
Para distraerse, pasó casi todo su tiempo libre preparando la sorpresa de cumpleaños de Candice o practicando esgrima en el club de la universidad. Cualquiera de las dos alternativas era mucho más saludable que sus costumbres anteriores.
Cada noche, acostado en su cama, se quedaba un rato mirando el techo, pensando en Candice y deseando que su cuerpo cálido y suave estuviera a su lado. Empezaba a costarle dormir si no era con ella. No existía ningún sistema de liberar tensiones que le sirviera para relajarse. Ni para hacerle olvidar el hambre que lo consumía.
Hacía mucho tiempo que no tenía una cita en el sentido clásico del término, por lo menos desde Harvard. Se maldijo por haber sido tan idiota de creer que sus ataques depredadores en Lobby podían ser un sustituto para una relación real. Una relación pura.
Echaba de menos el sexo, eso era innegable. A veces se preguntaba si sería capaz de mantener su promesa de castidad o su hambre se impondría y trataría de seducir a la dulce Candice.
Lo que no le pasó por la mente ni por un momento fue la posibilidad de serle infiel. No echaba de menos la alienación que sentía cada vez que salía de casa de alguna amante ocasional y se iba a directo a la ducha para quitarse del cuerpo las huellas de su encuentro, como si fueran enfermas contagiosas. Tampoco echaba de menos el sentimiento de desprecio de sí mismo al acordarse de algunas de las mujeres con las que había estado, mujeres que nunca habría podido presentarle a Pauna.
Candice era distinta a todas. Con ella quería experimentar pasión y excitación, pero también ternura y compañerismo. Todas esas ideas eran desconocidas para él y lo asustaban y emocionaban por igual.
El sábado por la tarde, Candy leyó y releyó el correo electrónico con los detalles sobre la celebración de su cumpleaños.
Feliz cumpleaños, cariño.
Por favor, hónrame con tu presencia
en el Royal Ontario Museum esta tarde a las seis en punto
Reúnete conmigo en la entrada de la calle Bloor.
Seré el del traje, la corbata y una enorme sonrisa
cuando te vea entrar.
Espero con ansiedad el momento de disfrutar del placer de tu compañía.
Con afecto y el deseo más profundos.
Tuyo,
Albert
Ella siguió sus instrucciones con entusiasmo. Se puso el vestido lila que le había comprado Anny, medias negras y los zapatos de Christian Louboutin. El museo estaba demasiado lejos para ir andando con aquellos tacones, así que cogió un taxi. Llegó a las seis, puntualmente, con los ojos brillantes y las mejillas encendidas.
«Tengo una cita con Albert. Nuestra primera cita de verdad».
Casi se había olvidado del motivo. Aunque odiaba celebrar su cumpleaños, la idea de tenerlo a él para ella sola durante una velada romántica bien valía todo lo demás. A pesar de sus mensajes de texto a escondidas, de sus correos electrónicos furtivos y de sus charlas telefónicas, lo echaba de menos.
Hacía poco que habían renovado el museo y una estructura que recordaba la proa de un barco sobresalía de la fachada original de piedra. A Candy no le gustaba demasiado que se mezclaran cosas antiguas y modernas, prefería que los edificios siguieran un estilo u otro, pero probablemente estaba en minoría.
Al acercarse a la entrada, se dio cuenta de que el lugar estaba cerrado. El cartel de los horarios indicaba que había cerrado hacía media hora. A pesar de todo, se acercó a la puerta, donde la recibió un guardia de seguridad.
—¿Señorita White? —preguntó.
—Sí.
—Su anfitrión la espera en la tienda de regalos.
Ella le dio las gracias y caminó entre vitrinas llenas de artefactos, juguetes, recuerdos y cachivaches. Un hombre alto, impecablemente vestido con un traje azul marino a rayas con dos aberturas traseras, la esperaba vuelto de espaldas. En cuanto le vio los anchos hombros y el pelo rubio, el corazón de Candy le dio un brinco en el pecho.
«¿Será siempre así? ¿Me quedaré sin aliento y me temblarán las piernas cada vez que lo vea?».
Supo cuál era la respuesta antes de acercarse a él. Al ver que no se volvía, Candy carraspeó.
—El profesor Ardley, supongo.
Él se volvió rápidamente. Al verla, ahogó una exclamación.
—Hola, preciosa. —Tras darle un beso demasiado entusiasta, la ayudó a quitarse el abrigo—. Date la vuelta —le pidió, con voz ronca.
Candy giró muy lentamente.
—Estás espectacular.
Cuando ella acabó de darse la vuelta completa, Albert la abrazó y la besó apasionadamente, capturándole el labio inferior entre los suyos y explorándole la boca a conciencia.
Candy se apartó, avergonzada.
Él le dirigió una mirada ardiente.
—Haremos mucho más que esto esta noche. Tenemos el museo para nosotros solos. Pero antes…
Alargó la mano para coger una caja transparente de una mesa cercana. Dentro había una gran orquídea blanca.
—¿Es para mí?
Albert se echó a reír.
—Quiero compensarte por haberme perdido tu baile de graduación. ¿Puedo?
Candy respondió con una sonrisa radiante.
Él sacó la flor de la caja y se la ató a la muñeca con demasiada habilidad para su gusto.
—Es preciosa, Albert. Gracias —dijo ella, besándolo con dulzura.
—Ven.
Lo siguió gustosa, pero al darse cuenta de su error, él se detuvo en seco.
—Quería decir, ven, por favor.
Candy sonrió y entrelazó los dedos con los suyos. Se dirigieron a una zona abierta, donde se había instalado un bar improvisado.
Una vez allí, Albert le puso la mano en la curva de la espalda.
—¿Cómo has montado todo esto? —susurró ella.
—Soy uno de los patrocinadores de la exposición florentina. Cuando pedí una visita privada, aceptaron encantados.
Le dedicó una media sonrisa que casi hizo que Candy se convirtiera en un charco en el suelo, como en la película Amélie.
El camarero los saludó calurosamente.
—¿Qué desea tomar, señorita?
—¿Sabe preparar un Flirtini?
—Por supuesto, señorita. En seguida se lo doy.
Alzando las cejas, Albert le susurró al oído:
—Interesante nombre para un cóctel. ¿En previsión de lo que está a punto de llegar?
Ella se echó a reír.
—Vodka de frambuesa, zumo de arándanos y piña. No lo he probado nunca, pero leí los ingredientes por Internet y me pareció que debía de estar bueno.
Él se echó a reír, negando con la cabeza.
—¿Señor? —preguntó entonces el camarero, tras entregarle a Candy su bebida, adornada con una rodajita de piña.
—Tónica con lima, por favor.
—¿No vas a beber nada más? —preguntó ella, sorprendida.
—Tengo una botella de vino especial en casa. Me estoy reservando —respondió Albert, con una sonrisa.
Candy esperó a que él tuviera también su bebida para brindar.
—Puedes traerte el…, ¿cómo se llamaba?, Flirtini. Somos los únicos visitantes esta noche.
—Creo que me va a durar mucho rato. Es bastante fuerte.
—Tenemos todo el tiempo del mundo, Candice. Esta noche todo es en tu honor. Lo único que importa es lo que quieres, lo que necesitas, lo que deseas. —Con un guiño, la condujo hacia los ascensores—. La exposición está en el piso de abajo.
Al entrar en el ascensor, se volvió hacia ella.
—¿Te he dicho lo mucho que te he echado de menos esta semana? Los días y las noches se me han hecho eternos.
—Yo también te he echado de menos —admitió Candy, tímidamente.
—Estás preciosa. —La miró de arriba abajo y se quedó contemplando encantado los zapatos de tacón—. Eres un sueño hecho realidad.
—Gracias.
—Voy a tener que hacer gala de todo mi autocontrol para no llevarte a la exposición de mobiliario victoriano y hacerte el amor en una de las camas con dosel.
Ella lo miró y soltó una risita, preguntándose qué cara pondría el personal del museo si él llevara a cabo su amenaza.
Albert suspiró aliviado al comprobar que su comentario imprudente no la había asustado. Se recordó que tenía que andarse con cuidado.
Había participado activamente no sólo en la financiación de la exposición de los tesoros de Florencia, sino también en su selección. Mientras recorrían las salas de la exposición, le contó a Candy algún detalle sobre alguna de las piezas más impresionantes. Aunque sobre todo pasearon de la mano, como una pareja enamorada, deteniéndose para besarse o abrazarse cada vez que les apetecía. Que era bastante a menudo.
Ella se acabó el cóctel antes de lo previsto y Albert encontró un sitio donde dejar los vasos, encantado de tener, por fin, las manos libres. Candy era una sirena; no podía resistirse a su voz. Le acarició el cuello, la mejilla, la clavícula. Le besó el dorso de la mano, los labios, el cuello. Lo estaba volviendo loco. Cada vez que reía o sonreía, Albert pensaba que iba a arder en llamas.
Pasaron bastante rato contemplando la Virgen con Niño y dos ángeles de Fra Filippo Lippi, ya que era una pintura que ambos admiraban. A su espalda, él la abrazaba por la cintura mientras contemplaban la obra.
—¿Te gusta? —le susurró al oído, apoyándole la barbilla en el hombro.
—Mucho. Siempre me ha gustado la serenidad que desprende el rostro de la Virgen.
—A mí también —replicó Albert, deslizándole los labios desde la mandíbula hasta debajo del lóbulo de la oreja—. Tu serenidad es muy atractiva.
Candy puso los ojos en blanco y echó la cabeza hacia atrás.
—Humm —gimió en voz alta.
Él se echó a reír y repitió sus movimientos, acariciándole el cuello con la punta de la lengua con tanta suavidad que Candy pensó que eran sus labios.
—¿Te gusta?
Ella respondió levantando las manos y enterrándole los dedos en el pelo. Albert no necesitó más invitación. Volviéndola entre sus brazos, la pegó a su cuerpo, apoyándole las manos en las caderas.
—Tú eres la auténtica obra de arte —murmuró contra su cuello—. Eres una obra maestra. Feliz cumpleaños, Candice.
Ella le tiró del lóbulo de la oreja con los dientes antes de darle un beso suave.
—Gracias.
Albert la besó con firmeza, rogándole silenciosamente que abriera la boca. Cuando lo hizo, sus lenguas se entrelazaron y se movieron al unísono, lentamente. No había prisa. Estaban solos en un museo casi desierto. Mientras le besaba los labios y las mejillas, fue haciéndola retroceder hasta un rincón de la sala.
La miró con cautela.
—¿Puedo seguir?
Ella asintió sin aliento.
—Si quieres que pare, dímelo. No iré demasiado lejos, pero… te necesito.
Candy le rodeó el cuello con los brazos y se le acercó.
Él la apoyó suavemente contra la pared, pegándose a ella. Cada uno de sus ángulos y planos era acogido por las curvas de Candy. Las manos de Albert descendieron, dudando, hasta sus caderas.
Como respuesta, ella se apretó más a él. Durante todo ese tiempo, sus labios y sus lenguas siguieron explorando, sin darse nunca por satisfechos. Los dedos finos y largos de Albert regresaron a su espalda y, desde allí, volvieron a bajar hasta rodearle las nalgas, redondeadas y deliciosas. Apretó vacilante y sonrió contra su boca cuando ella gimió.
—Eres perfecta. Todas tus partes lo son. Pero ésta en concreto…—Albert apretó otra vez y la besó con ardor renovado.
—¿Me estás diciendo que te gusta mi culo, profesor?
—No me llames así.
—¿Por qué no?
—Porque no quiero pensar en todas las normas universitarias que estoy rompiendo ahora mismo.
Albert se arrepintió de sus palabras tan pronto como la sonrisa de Candy desapareció.
—Y nunca me referiría a esa bella zona de tu cuerpo como un culo. Es demasiado elegante. Voy a tener que crear una palabra nueva que la describa en toda su gloria.
Ella se echó a reír a carcajadas y él le dio un nuevo apretón para que no quedara duda de su admiración.
«Confirmado, el profesor Ardley tiene debilidad por los culos».
Los dedos de Candy tenían debilidad por el pelo de Albert. Le gustaba acariciarlo, hundirse en él, agarrarlo con fuerza para acercar su cara a la suya. Al sentir el corazón de él latiendo contra su pecho le faltó el aliento, pero no le importó. Lo amaba. Estaba enamorada de Albert desde que tenía diecisiete años. Y se había portado tan bien con ella… En ese instante, le habría dado todo lo que le hubiera pedido sin importarle las consecuencias. «¿Qué consecuencias?». Su mente ni siquiera podía acordarse.
Albert le acarició la cadera, deslizó la mano hasta su muslo y le levantó una pierna. Cuando se la colocó detrás de la cadera, Candy se apretó contra él en un erótico tango contra la pared. Por fin podía moverse libremente. Las caderas de Albert se movieron hacia adelante, mientras le acariciaba el muslo con una mano.
Ella sintió su dureza. Era una presión deliciosa y una fricción que prometía mucho más.
Candy no podía dejar de besarlo… Ni siquiera para preguntarse cómo había dominado el arte de sostenerse sobre un solo pie en tan poco tiempo, o cómo podía respirar a través de la boca de Albert. Sintiéndose atrevida, apartó las manos de su cabello y le acarició los hombros y la cintura antes de agarrarle las nalgas.
Ella también había admirado su trasero en más de una ocasión. Las curvas de Albert eran más musculosas y firmes que las suyas y lo apretó con fuerza, animándolo, acercándolo más.
Él no necesitaba que nadie lo animara. Le acarició la pierna cubierta por la fina media. Estaba en el cielo. Respiraba, jadeaba, presionaba, besaba, sentía. Sin encontrar oposición. Sin dudas.
Candy lo aceptaba. Lo deseaba. Su cuerpo era suave, cálido y… muy receptivo.
—Candice, yo… nosotros… tenemos que parar —le dijo, separándose un poco.
Ella seguía con los ojos cerrados, haciendo un mohín con los labios enrojecidos por sus besos. Ahora deseaba besarla con mucha más intensidad.
Le apartó el pelo de la cara con cuidado:
—¿Cariño?
Ella parpadeó y abrió los ojos.
Albert pegó la frente a la suya y aspiró su aliento, dulce y suavemente perfumado. Con una última caricia, la ayudó a bajar la pierna. Ella le apartó las manos del culo a regañadientes. No fue fácil, pero Albert logró poner un poco de distancia entre sus cuerpos y le cogió las manos.
—No debería haberte acorralado de esta manera. Ni haber dejado que las cosas llegaran tan lejos. —Negando con la cabeza, maldijo entre dientes—. ¿Te he asustado?
—No te he dicho que pararas, Albert. —La suave voz de Candy resonó en la gran sala desierta—. Y no, no estoy asustada.
—Pero antes te daba miedo. ¿Te acuerdas de la noche en que me preguntaste por las fotografías en blanco y negro? —Apretó los labios.
—Ahora te conozco un poco mejor.
—Candice, nunca te arrebataría nada. Nunca te manipularé para que hagas cosas que no quieres hacer. Tienes que creerme.
—Te creo, Albert. —Candy levantó una de las manos de él y se la colocó sobre el corazón, entre los pechos—. ¿Notas mi corazón?
Albert frunció el cejo.
—Va muy de prisa. Parecen las alas de un colibrí.
—Es el efecto que provocas en mí cada vez que te me acercas. Cada vez que me tocas, las emociones me abruman.
Él le acarició la piel del escote, pero en seguida volvió la atención a su labio inferior, hinchado.
—Mira lo que te he hecho. ¿Te duele? —susurró.
—Sólo cuando te apartas de mí.
Albert la besó con reverencia.
—Tus palabras me matan.
Ella se apartó el pelo de la cara y se echó a reír.
—Pero será una muerte muy dulce.
Él también se echó a reír y la abrazó.
—Será mejor que sigamos con la visita antes de que mi contacto decida echarnos del museo por conducta indecente. Tendré que hablar con él y pedirle que me entregue las cintas con las grabaciones de las cámaras de seguridad.
«¿Cintas? ¿Cámaras de seguridad? Scheiße! —maldijo Candy—. Aunque, pensándolo bien, hummmm».
Cuando llegaron al piso de Albert, la cabeza les daba vueltas de tanto reír. El deseo desesperado que sentían el uno por el otro se había enfriado un poco, pero seguían llenos de afecto y calidez. Candy era feliz. Y tenían toda la noche por delante para ellos solos…
En la cocina, Albert la besó e insistió en que le dejara prepararlo todo.
—Pero quiero ayudarte.
—Si quieres, mañana por la noche podemos cocinar juntos.
Candy tuvo una idea.
—No sé qué te parecerá, pero tengo la receta de pollo a la Kiev de Pauna. Podríamos prepararlo juntos —propuso, insegura de la reacción de él.
—Anthony lo llamaba «el pollo del chorrito» —recordó Albert con melancolía y volvió a besarla—. Hace años que no lo como. Me encantará que me enseñes a prepararlo.
«Probablemente será lo único que pueda enseñarte, Albert. Eres un dios del amor, entre otras cosas».
Tras rozarle los labios con los suyos, Candy se sentó en un taburete.
—La cena de hoy nos la han preparado en Scaramouche. Si Mahoma no puede ir a la montaña, la montaña irá a Mahoma.
—¿De verdad?
—Sí, lo han traído todo, incluido un delicioso pastel de chocolate al Grand Marnier de la patisserie La Cigogne. Y tengo una extraordinaria botella de vino que he estado reservando. Voy a abrirla para que respire antes de empezar. —Con un guiño, añadió—: Hasta tengo velas para el pastel.
—Muchas gracias por esta noche maravillosa, Albert. Desde luego, está siendo el mejor cumpleaños de mi vida.
—Y todavía no ha terminado —le recordó él, con la voz ronca y los ojos brillantes—. Aún no te dado tu regalo.
Candy se ruborizó y bajó la vista, preguntándose si sería su intención sonar tan sensual o si le salía de manera natural.
«No sé qué me habrá preparado, pero sé lo que me gustaría: estoy fantaseando con hacer el amor con él».
El móvil de Candy interrumpió sus fantasías eróticas. Fue a buscar el bolso y miró quién llamaba.
—No reconozco el número —musitó—, pero es de la zona de Filadelfia.
Decidió responder.
—¿Hola?
—Hola, Candy.
Ella inspiró profundamente y sus pulmones sonaron como una aspiradora atascada. Albert se le acercó inmediatamente, sabiendo que algo iba muy mal. El color le había desaparecido completamente de la cara.
—¿Cómo has conseguido este número? —logró decir, antes de que se le doblaran las piernas.
Se tambaleó hasta la silla más cercana y se sentó.
—Qué bienvenida tan fría, Candy. Vas a tener que esforzarte más.
Ella se mordió el labio inferior sin saber qué decir.
Su interlocutor suspiró dramáticamente.
—Me lo dio tu padre. Siempre disfruto mucho hablando con él. Es muy comunicativo, algo que no puede decirse de ti. Te has portado como una niña malcriada.
Candy cerró los ojos y empezó a respirar agitadamente. Albert le dio la mano y trató de levantarla, pero ella no se movió.
—¿Qué quieres?
—Paso por alto tu malhumor porque hace tiempo que no hablo contigo, pero no tientes a la suerte. —Bajando la voz, añadió—: Llamo para saber cómo te van las cosas en Toronto. ¿Sigues viviendo en la avenida Madison?
Se echó a reír y Candy se llevó una mano al cuello.
—Mantente alejado de mí. No quiero hablar contigo ni quiero que vuelvas a llamar a mi padre.
—No habría tenido que hablar con él si te dignaras responder mis correos electrónicos. Pero tuviste que cerrar la maldita cuenta.
—¿Qué quieres? —repitió Candy.
Con el cejo fruncido, Albert la invitó con un gesto a pasarle el móvil, pero ella negó con la cabeza.
—El otro día tuve una conversación muy interesante con Natalie—respondió la voz.
—¿Y?
—Y me dijo que tienes unas fotos que me pertenecen.
—No tengo nada tuyo. Lo dejé todo. Ya lo sabes.
—Tal vez sí o tal vez no. Sólo quería advertirte de que sería una desgracia que esas fotos acabaran en manos de la prensa. —Hizo una pausa—. Porque yo tengo un par de vídeos tuyos que podrían salir a la luz. Me pregunto qué pensaría tu papaíto si te viera de rodillas con mi…
Con la vulgar descripción aún resonando en sus oídos, Candy emitió una especie de silbido y soltó el teléfono, que se estrelló contra el suelo, cerca del pie de Albert. Salió corriendo hacia el cuarto de baño y el sonido de sus arcadas llegó hasta la cocina.
Por desgracia para quienquiera que llamase, Albert había oído la amenaza final. Recogió el teléfono y preguntó:
—¿Quién es?
—Neall. ¿Y quién coño eres tú?
Albert apretó mucho los dientes y soltó el aire. Los ojos se le habían cerrado hasta casi convertírsele en dos rendijas.
—El novio de Candice. ¿Qué quieres?
Neall guardó silencio unos instantes.
—Candy no tiene novio, gilipollas. Y nadie la llama Candice. ¡Que se ponga!
Albert gruñó y el sonido retumbó desde lo más profundo del pecho.
—Si sabes lo que te conviene, harás caso de lo que te ha dicho y la dejarás en paz.
El otro se echó a reír amenazadoramente.
—No tienes ni idea de con quién estás tratando. Candy es inestable. Es un saco de problemas. Necesita ayuda profesional.
—En ese caso, es una suerte que esté saliendo con uno.
—¿Qué tipo de profesional? ¿Un imbécil profesional? ¿Sabes con quién estás hablando? Mi padre es…
—Escucha bien, hijo de puta, tienes suerte de que no estemos en la misma habitación o te pasarías el resto de la noche en el quirófano, mientras te pegaban la cabeza al cuerpo. Si me entero de que has tratado de ponerte en contacto con ella de cualquier manera, iré a buscarte y ni siquiera tu padre, sea quien sea, será capaz de hacer que recuperes la conciencia. ¿Queda claro? Déjala en paz. —Apagó el teléfono, cerrándolo, y lo lanzó contra la pared.
Se rompió en varios trozos, que quedaron repartidos por el suelo.
Cerró los ojos y contó hasta cincuenta antes de ir a buscar a Candy.
Nunca había estado tan furioso. Nunca había sentido tantas ganas de matar. Era una suerte que ella lo necesitara en ese momento, o muy probablemente habría ido a buscar a ese tipo y lo habría matado.
Llenó un vaso con agua y se lo llevó a Candy, que estaba sentada en el borde de la bañera del cuarto de baño de invitados. Tenía la cabeza gacha y se abrazaba a sí misma. La flor que aún llevaba atada a la muñeca temblaba.
«¿Qué coño le hizo ese desgraciado?».
Vio que ella se bajaba el borde del vestido con una mano y su muestra de modestia le encogió el corazón.
—¿Candy? —la llamó, ofreciéndole el vaso de agua.
Ella la bebió a sorbitos, pero no respondió.
Albert se sentó a su lado en la bañera y la atrajo hacia sí.
—Te ha contado lo que pasó cuando estábamos juntos, ¿no es cierto? —preguntó ella en voz baja, sin emoción.
Él la abrazó.
—Quería hablar contigo, pero le he dicho que no volviera a molestarte nunca más.
Candy lo miró mientras una lágrima le descendía lentamente por la mejilla.
—¿No… no te ha contado nada sobre mí?
—Ha murmurado incoherencias hasta que lo he amenazado—respondió él, haciendo una mueca—. Y no estaba bromeando.
—Es un tipo asqueroso —susurró ella.
—Deja que me ocupe de él personalmente. Si tengo que volar a Filadelfia para verlo en persona, lo haré. Y cuando llegue allí, no le gustará lo que pasará.
Candy sólo lo escuchaba a medias. Neall siempre lograba que se sintiera usada, sucia, patética. No quería que Albert tuviera esa imagen de ella. No quería que supiera lo que había pasado.
Nunca.
—Cariño, ¿qué quería?
—Cree que tengo unas fotos suyas. Quiere que se las devuelva.
—¿Qué tipo de fotos?
Candy aspiró por la nariz con fuerza.
—No lo sé, pero debe de ser algo grave si está tan preocupado.
—¿Tienes algo que pueda perjudicarlo?
—¡No! Pero él dice que tiene vídeos caseros míos —admitió, estremeciéndose—. Me extrañaría mucho, pero ¿y si es verdad? ¿Y si hace un montaje y se lo envía a mi padre? ¿O lo cuelga en Internet?
Albert se tragó su repulsión mientras le secaba las lágrimas con el pulgar.
—No lo hará, a no ser que sea muy estúpido. Mientras crea que tienes algo que puede perjudicarlo, no hará nada. Podría hablar con tu padre y decirle que he oído cómo ese maleante te amenazaba. Si luego cuelga algo, Rob ya estará avisado y sabrá que es un montaje, fruto de la mente de un acosador.
Candy lo miró, súbitamente alarmada.
—No, no lo hagas, por favor. Mi padre está preocupado porque voy a viajar a Selinsgrove contigo. No puede enterarse de que estamos juntos.
Albert le acarició rápidamente el pelo antes de secarle una nueva lágrima.
—No me lo habías contado. No me extraña. Pero tienes que hablar con él y decirle lo que ha pasado para que no le dé más información a Neall.
Candy asintió.
—Puedo hablar mañana con mi abogado. Podrías ponerle una denuncia y pedir una orden de alejamiento. También podemos investigar si realmente tiene imágenes tuyas o si se está marcando un farol.
—No quiero hacer nada para ganarme su enemistad. No lo entiendes. Tiene parientes importantes.
Albert apretó los labios con fuerza. Quería darle un empujón; que reaccionara, o al menos que permitiera que él actuara en su lugar, pero era evidente que estaba traumatizada. Y no quería preocuparla más.
—Si vuelve a ponerse en contacto contigo, hablaré con mi abogado y sabrá lo que es bueno. Mañana iremos a comprarte un móvil nuevo, con un número de Toronto. Y le dirás a tu padre que lo mantenga en secreto.
Le levantó la barbilla para que lo mirara a los ojos.
—No volverá a tocarte. Te lo aseguro —le dijo con una sonrisa—. No dejes que las gafas o las pajaritas te engañen. Sé defenderme. Y no permitiré que nadie te haga daño. —La besó castamente en la frente—. Cuando vayamos a casa, estarás conmigo todo el tiempo que no pases con tu padre. Y podrás llamarme por teléfono en todo momento. ¿De acuerdo?
Ella hizo un ruido para que supiera que lo había oído.
—¿Candy?
—¿Sí?
Albert la abrazó con fuerza.
—Es culpa mía.
Ella lo miró sin comprender.
—Si no te hubiera dejado sola aquella mañana… O si hubiera vuelto a buscarte…
Ella negó con la cabeza.
—Sólo tenía diecisiete años, Albert. Papá te habría echado de casa con una escopeta.
—Te habría esperado.
Suspiró apenada.
—No sabes cuánto lamento no haberte esperado. Él es la razón por la que nunca celebro mi cumpleaños. Me lo estropeó una vez. Y hoy ha vuelto a hacerlo —concluyó, antes de empezar a llorar en silencio.
Albert le secó las lágrimas con sus besos.
—Olvídate de él. Ahora estamos solos. Nadie más importa.
Candy quería creerlo, pero por desgracia, sabía que el pasado no podía borrarse de un plumazo. Se estremeció al pensar en su próxima visita a casa.
Acción de Gracias siempre le había traído muy mala suerte.
CONTINUARA
