Era fin de año, y las estudiantes se reunían para festejar o bien para visitar a sus familiares. Por lo general la mayoría eran recogidas en coches y disfrutaban vestirse como personas normales, sin llevar el uniforme característico de la academia. Yashiro se veía a sí misma de pie en un salón, mirando por la ventana a los padres que llegaban y abrazaban a sus hijas. El ruido agudo de la puerta al abrirse la hizo brincar en el lugar, y al voltearse encontró a Kozaburo Toma inclinado, con una mochila y un saco formal colgado sobre su hombro.
-Yashiro, ¿todavía sigues aquí? Tus familiares deben estar buscándote…
La mirada silenciosa de Yashiro fue suficientemente reveladora para él, que ablandó su expresión como si estuviera oyendo sus pensamientos y arrepintiéndose del comentario.
-Oh… ya veo. En ese caso, puedes pasar fin de año conmigo. No espero a nadie tampoco.
A Yashiro le había parecido extraño su apartamento, puesto que estaba impecable y vacío como si en realidad nunca pasase por allí. Lo había imaginado todo desordenado, pero o tenía una maniática obsesión por la limpieza, o simplemente iba allí para dormir y pasaba el resto del día afuera, como un turista. Prefirió no preguntar al respecto, aunque lo cierto era que la curiosidad la carcomía por dentro. Sin embargo, lo que más llamó su atención fue que no había ni un solo cuadro en toda la casa. Ningún recordatorio familiar, algún viaje o foto con amigos de cuando había egresado.
-No esperaba visitas, y como cada vez que entro a la cocina algo se prende fuego, espero que no te moleste que haya pedido comida.
Yashiro escuchó el eco de su propia risa, el cual le resultaba extraño, como si fuera incapaz de reconocerse a sí misma. El tiempo pareció acelerarse y sintió un mareo inminente, podía verse sentada en un sillón con los pies sobre el apoyabrazos, comiendo papas fritas mientras Toma se servía alcohol en una copa. Este se encontraba sentado en el suelo con la cabeza apoyada en el sillón y los pies estirados, tal adolescente extasiado luego de una larga fiesta. La pequeña mesa que había entre ambos estaba repleta de bandejas de comida vacías, y el silencio era casi enfermizo.
-No me gusta estar demasiado tiempo en el mismo apartamento, como habrás podido notar. Me trae malos recuerdos.
El sonido de una papa al partirse resonó en toda la sala de estar, y Yashiro dejó de comer para mirarlo atentamente, con un breve asentimiento indicando que podía continuar.
-Cuando era pequeño, yo y mi hermana vivíamos en Ogishima. El castillo, que era como llamábamos a nuestro hogar, era también una prisión, porque nuestra madre no nos dejaba salir. Estaba tan desesperada por despejar su tono que empezó a consumir sustancias ilegales, hasta el punto en que… un día se fue a dormir y nunca más volvió a despertar -soltó una ronca risa, a la vez melancólica y rencorosa, mientras movía el líquido en su copa-. Recuerdo su pálido rostro iluminado por la luz de la luna, con el cuerpo debilucho bajo las sábanas. Recuerdo que no sentía nada, nada. Tan sólo… paz.
Yashiro lo observó un largo rato, absorta por el recuerdo que no lo afectaba en absoluto como si hubiera esperado aquella muerte desde hacía tiempo, planeándola en sus sueños para librarse de ella y ser libre, por fin, al igual que su hermana. Sus palabras eran como un eco, y recordó a su propia madre cuando la miraba con un miedo en sus ojos, cada vez que tenía un arma en sus pequeñas manos. Nunca antes alguien la había mirado de aquella forma, y no podía desprenderlo de su mente. Tuvo que sacudir la cabeza instintivamente hasta que logró volverse hacia él.
-¿Cómo lo haces? ¿cómo haces para levantarte cada día soportando el mismo rostro en el espejo? Sabiendo que, si alguien más llegara a ver ese reflejo, lo temería tanto como tú mismo. ¿Cómo sigues adelante con gente que te mira de esa forma?
Toma estaba inmerso en sí mismo mientras contemplaba el oscuro líquido en su copa, pero cuando llegó a escucharla arqueó una ceja y soltó una suave risa, de esas que estaban llenas de comprensión y eran tan cálidas como un abrazo.
-Solía preguntarme cosas de ese estilo. Una parte de mí creía que el problema era yo, hasta que me di cuenta de algo. La gente mira demasiado, cree que te conoce… pero en verdad no sabe nada en absoluto. Con el tiempo acabarás acostumbrándote… e incluso llegará a parecerte divertido.
Yashiro parpadeó con un resplandor en sus ojos, sintiendo como si un gran peso hubiera sido quitado de su alma. Fue entonces cuando Toma ladeó la cabeza hacia ella y tras unos segundos, alzó la copa en su dirección, a lo que ella respondió curvando sus labios en una tenue sonrisa, mientras asentía con la cabeza. Un extraño calor agobió todo su alrededor, y el olor a quemado invadió sus fosas nasales. Luego contempló la forma en que todo se volvía cenizas, su cuerpo se transformaba y la vida pasaba frente a sus ojos a una velocidad casi inapreciable, buscando el sentido que la llevara de vuelta al presente, arrastrándola en carne y hueso a la realidad.
Todo ese tiempo había estado junto al culpable, había hablado y reído con él tantas veces. Imágenes pasadas cobraron sentido en el vago recuerdo de la conversación que había mantenido con él y Makishima. Cuando le pidieron su opinión sobre la muerte del político, cuando les propuso diferentes lugares donde un asesinato podía ser exhibido llamando mucho la atención. Yashiro entreabrió los ojos, recordando que una de las opciones que había mencionado era una plaza. La segunda víctima, la chica sin identificar, había sido encontrada en el mismo lugar. Creyó que podía ser casualidad, pero la sonrisa de Toma parecía afirmar lo contrario.
Yashiro emitió un sordo quejido, sintiendo el sudor bajando por su frente. Era incapaz de jalar el gatillo. Toma llevaba una mirada confiada y orgullosa, como si desde el principio hubiera anticipado su falta de acción. Sin embargo, fueron interrumpidos por el grito de Toko, quien la llamaba con un hilo de voz desconociendo cómo se encontraba. Yashiro intercambió con Toma una última mirada y bajó el arma, sorprendiéndose del enorme esfuerzo que tuvo que realizar para abandonar aquel departamento envuelto en llamas, con Toma dentro de él. La puerta había sido obstruida por el fuego, pero el crujido de un vidrio al partirse captó su atención y guio su mirada hacia una de las ventanas adyacentes, que estaba abierta.
Cuando Yashiro saltó hacia el exterior, Sasayama la tomó de la muñeca impidiendo que se tambaleara, y juntos corrieron hacia donde se encontraba Toko, haciendo eco sobre los charcos de agua sucia. Una explosión retumbó en sus oídos y se dieron la vuelta al compás de su música, contemplando la forma en que el apartamento crujía, tal llanto solitario, a medida que el humo ascendía tiñendo el cielo de una oscuridad dominante. Yashiro se apoyó sobre sus rodillas cuando la invadió una áspera tos, y por un momento sus ojos lagrimearon. El humo la había afectado tanto que no cesó hasta que Toko logró reencontrarse con ellos, y se irguió con cierta dificultad.
-¡Me tenías preocupada! ¿Estás bien? ¿te hizo daño? -comenzó a preguntar la menor.
Toko la rodeó con sus brazos sin darle tiempo a reaccionar, y Yashiro inclinó la cabeza hacia abajo para mirarla, sin corresponder a aquel gesto. Su mente seguía enfrascada en el tacto del gatillo junto a sus dedos. Durante unos segundos se mantuvieron unidas, pero luego Toko se separó con delicadeza como si se arrepintiera de darle dicho recibimiento. En cambio, continuó estudiándola como una madre que se preocupa por su hija, buscando todo posible rastro de lucha sin encontrar nada en absoluto, a excepción de su semblante ausente y ciertamente vacío.
La figura algo rebelde de Sasayama se alzó frente a Yashiro, y cuando esta se conectó con él vio la forma en que sus cejas se unían, exigiendo la verdad. No le transmitió nada, de todas formas, puesto que todo su cuerpo parecía no corresponderle, como si se hubieran agotado sus últimas reservas de energía y lo único que deseaba hacer, en aquellos instantes, era sentarse en el suelo. A pesar del calor agobiante que hacía debido al incendio, Yashiro no podía evitar sentir un escalofrío en todo su cuerpo, como una corriente que la hacía estar alerta.
-¿Qué pasó allí dentro? -inquirió Sasayama con brusquedad.
Yashiro pasó por al lado de ellos sin otorgar explicación alguna y caminó hacia ninguna parte en específico, convenciéndose a sí misma de que tenía una razón para ello. Sasayama dio medio paso hacia adelante y estuvo a punto de decir algo, cuando Toko le tocó el brazo negando con la cabeza, y todo se sumió en el más fúnebre silencio mientras veían a Yashiro alejarse. Tan sólo se detuvo a dos metros de distancia, como si la cercanía de alguien más le quemara. Todo había acabado. Kozaburo Toma estaba muerto y la sociedad lo olvidaría tan rápido como había surgido en la red. Se lo recordaría, únicamente, como uno de los tantos zumbidos molestos que habían sido sosegados.
De pie en la cornisa, lo único que esperaba a Yashiro en su mente era un espacio vacío. Una parte de ella persistía en volver atrás, cambiar el rumbo de su vuelo o acaso privarlo de sus alas, y de ese modo evitar la caída. A pesar de que sabía que era demasiado tarde, no dejaba de pensar en ello. Sus uñas se clavaron sobre la palma de sus manos, pero la presión que desgarraba su pecho era mucho más fuerte y apenas pudo percibirlo. Se odiaba a sí misma por no ser capaz de dejarlo ir, de simplemente olvidarlo. Sentía los ojos cálidos, pero parpadeó para limpiárselos en un fugaz instante, sin ceder frente a ellos.
Por alguna extraña razón, todos los que la rodeaban acababan desapareciendo, fundiéndose en la oscuridad, y una parte de sí moría con ellos. Yashiro se volteó para centrarse en las llamas que consumían lo que, alguna vez, había sido un apartamento. Fue entonces que, en los espejos de su mente, pudo ver a Toma como un recuerdo parpadeante y borroso que poco a poco se disolvía, hasta que en un momento desapareció por completo, enseñándole el de una joven de cabello lacio y negro que conocía.
La imagen le transmitió unas renovadas fuerzas, y tras exhalar aire de manera entrecortada, Yashiro se dirigió lentamente a donde se encontraban, sintiendo como si la misma gravedad ejerciera presión sobre su cuerpo y mente. Toko le dio la bienvenida con una sonrisa esperanzadora en su rostro, como si hubiera pasado mucho tiempo desde la última vez que se habían visto. Sasayama, en cambio, seguía cauteloso observando a la recién llegada, tal desconocida cuya confianza debía ganarse.
-Parece que todo se terminó -sentenció Yashiro.
-Te equivocas… esto acaba de empezar -refutó Sasayama, juntando las cejas y dirigiéndole una mirada cómplice a la menor-. ¿Verdad, Toko?
Yashiro observó con fiereza a cada uno, frunciendo el ceño de manera exagerada. Toko sonreía llena de complacencia, pero en cuanto Yashiro ladeó la cabeza hacia ella, la vitalidad en su rostro se marchitó y fue reemplazada por la culpabilidad.
-¿De qué está hablando? -exigió saber Yashiro.
-Toma no hizo esto solo -explicó el ejecutor negando suavemente-. Para empezar, ¿de dónde sacó la resina? Tuvo que haber tenido un proveedor… y un asesor.
Yashiro arqueó una ceja y sólo entonces giró la cabeza en su dirección, como si por fin se hubiera percatado de su presencia y la simple voz de este la exasperara.
-¿Asesor?
Esta vez fue la joven Kirino quien se adelantó, al principio con cierta timidez. Su cabello negro caía ondulado hacia adelante, y se dio cuenta de que en la noche resplandecía como si estuviera encantado.
-Toma no sabía nada de química.
Yashiro cerró los ojos por un momento, y asintió lentamente.
-Con esto, quieren decir que hubo cómplices. ¿No les parecen por el momento simples suposiciones?
-Bueno… tendremos que comprobarlo -afirmó Sasayama.
Yashiro entornó los ojos al sostenerle la mirada, como si fuera suficiente para hacerlo desaparecer allí mismo. Una corriente hervía en todo su cuerpo y alzó la cabeza mientras entreabría los labios, removiéndose en su lugar sin saber cómo contenerse realmente.
-No dejaré que la arrastres contigo. Caminas por un sendero empinado y quieres aferrarte a ella, porque sabes que estás solo y nadie vendrá a ayudarte -gruñó Yashiro mientras lo señalaba con una de sus manos, la misma que sostenía el revólver de Toma-. Ya fuimos demasiado lejos.
Los ojos del ejecutor se entrecerraron y sus puños crisparon fugaces y temblorosos, dueños de una verdad que no habían querido admitir antes. Sus mejillas se habían enrojecido de la ira y Yashiro sintió un éxtasis en cada centímetro de su cuerpo. Había disfrutado cada palabra desde lo profundo de su ser y sus ojos se entreabrieron lentamente, con un brillo extraño en ellos. Toko era la única que seguía con la mirada los movimientos de su compañera, absorta por el arma que estaba en su poder.
-Te recuerdo que fuiste tú la que la llevó hacia ese zoológico y le mostró el cadáver de su padre. La arrastraste contigo desde el principio, y si algo llega a pasarle eres tan culpable como yo.
Yashiro cerró los ojos e inhaló aire profundamente, como si de esa forma pudiera rejuvenecer su alma. Luego observó, desde su posición, a la joven Kirino, quien le transmitía un malestar indescriptible. Habían ido demasiado lejos. Yashiro era consciente de que había puesto en peligro la vida de Toko desde el instante en que la llevó al zoológico, para que viese la verdad sobre la muerte de su padre. Pero a su vez, comprendía que ella misma había tomado la decisión de seguir adelante.
-¡Ya basta! -sacudió el suelo Toko, llamando la atención de ambos-. Para ser un miembro de la Oficina de Seguridad Pública eres demasiado inmaduro, Sasayama. Y tú, Yashiro… ¿desde cuándo hablas por mí? No eres mi madre, así que deja de responsabilizarte por las decisiones que tomo. Si estoy aquí es porque quise ayudar a Sasayama a encontrar a los culpables.
El ejecutor y Yashiro volvieron a intercambiar una mirada de disgusto, hasta que por fin cedieron ante las palabras de la menor y se removieron en el lugar, como si la cercanía avivara en ellos un deseo innato de desquebrajarse. Luego, Toko suspiró y les enseñó un dispositivo móvil que tenía guardado, elevándolo en el aire. Sus ojos estaban clavados en los de Sasayama.
-Es de Toma. Se lo saqué cuando abrió la puerta de la habitación en la que me mantenía encerrada. Los registros de llamadas que contiene podrían servirte como pruebas…
Toko le entregó el objeto con una suave sonrisa en su rostro y la mirada de ambos se fundió durante un fugaz instante, siendo dueña de una simpatía que iba en aumento. Fue entonces cuando Yashiro pudo advertir que nada podría hacer para separarlos. No podía proteger a Toko del camino rocoso que había tomado, tan sólo acompañarla. Ella misma era consciente del peligro y estaba dispuesta a afrontar las consecuencias, por más duras que fuesen. Mientras los observaba Yashiro no pudo evitar sonreír, gesto que logró ocultar alzando la cabeza hacia el humo que cubría todo el cielo.
El acto está a punto de concluir, Toma… y te concedo el honor de ser quien cierre el telón. Pero aún falta una pieza… y veremos su potencial muy pronto.
Yashiro reconoció la voz tal ornitólogo al oír el canto de un jilguero, y lo pudo imaginar sentado con una pierna sobre la otra y un libro entre sus manos, dejándose llevar por el significado de sus letras. Sonaba más calmado de lo usual y lograba transmitirle la misma paz, aunque no a los demás. Cuando se giró, descubrió una sombra opacando por completo el rostro del ejecutor y un destello de preocupación en los ojos de Toko.
-Makishima -sentenció Sasayama en un susurro.
No dejaba de observar la pantalla del móvil perdidamente, cuyo audio de voz parecía estar grabándose en su cabeza como un mensaje que debía descifrar. El ejecutor procedió a leer los mensajes hasta encontrar una dirección y fue entonces cuando alzó la cabeza, clavando sus ojos únicamente en los de Toko, quien permanecía callada y a la espera. Yashiro tragó saliva y se metió las manos en los bolsillos instintivamente, cerrando sus puños con fuerza.
-¿Qué significa? -preguntó Toko con las cejas alzadas.
Sasayama, quien seguía petrificado con los ojos abiertos de par en par, sumido en un frenesí de caza, pareció recobrar el aliento y ladeó la cabeza hacia ella, con una mirada salvaje e incontrolable en su rostro. Luego alzó uno de sus puños y lo cerró bruscamente en el aire, haciendo una mueca que enseñaba todos sus dientes.
-Significa que todavía queda una víctima -respondió el ejecutor, cuyas manos temblaban ligeramente y sus pupilas contenían un resplandor casi frenético-. Ese hijo de… todo es un juego para él, y los demás son como simples piezas de ajedrez.
