No era la primera vez que Gina se teletransportaba junto a Mirena, pero sí la primera fuera del Santuario. Percibir el poder de su técnica le hizo pensar que la única vez que ella la había logrado, había sido muy precaria. De nada servía ir caminando hasta Canarazzo así que la teletransportación había sido la opción más obvia. Al poner un pie en el poblado de Italia, ambas mujeres debieron protegerse de la enorme tormenta. El cielo estaba oscuro como en la más cerrada noche sin luna. El agua caía a raudales mientras los rayos y el potente viento le daban a todo el cuadro un aspecto tenebroso. Enseguida avanzaron para el Río Tesino. El agua corría turbia y poderosa, haciendo imposible acercarse. Mirena observó la presa, cuyas grietas se hacían más hondas a cada momento. La examinó por unos minutos. Gina se desesperó ante tal inacción.

-¿Qué esperas? ¡Arréglala, nos vamos a morir! –gritó, desesperada. Mirena tragó saliva.

-No puedo arreglarla, eso llevaría días –aceptó finalmente. Gina abrió grandes los ojos, víctima del verdadero terror-. ¡Vete de aquí, Gina! ¡Ponte a resguardo! –gritó. La niña rompió a llorar.

-¡No! ¡No te dejaré! –Mirena se acercó a ella y tomó su mano. Hizo brillar su Cosmos por un momento en el que la niña se preguntó que había hecho. Escuchaban la represa quebrarse de a poco.

-Te quiero –balbuceó Mirena antes de lanzarla con fuerza de vuelta a la calle. Gina cayó pesadamente pero se levantó enseguida e intentó volver a la orilla del Tesino. Entonces descubrió que todo el pueblo estaba rodeado por un enorme Muro de Cristal. Lo golpeó fuertemente, con desesperación, pero se sabía encerrada por entero. No podía contra el poder del Santo de Acuario. Gritó de frustración mientras golpeaba el cristal irrompible.

Desde donde estaba, Gina pudo observar a Mirena frente a la represa. Cuando esta cedió, fue Mirena quien sostuvo el caudal de agua y las rocas que formaban la construcción. Observó vapor de agua y dedujo que quizás su plan era lograr evaporar suficiente agua para evitar la inundación fatal. Pasaron varios minutos. El agua ya le llegaba a la cintura y observaba que su peso la iba empujando poco a poco hacia atrás. Nunca había visto a una persona hacer tanta fuerza. Nunca dejó de gritar. En un momento dado, Mirena también gritó de dolor y frustración. Escuchó cómo se rompían sus huesos, empezando por sus tobillos que se probaron incapaces de sostener todo aquello. Sintió músculos desgarrados y la sangre saliendo a borbotones, pero aun así no se dejó caer. El dolor era tal que la visión se hizo negra por los lados y temió que perdería la consciencia, pero no se dejó caer. El vapor de agua continuaba elevándose al cielo. Gina seguía golpeando el cristal con fuerza. Pasaron unos minutos. Mirena escuchó que se había quebrado un brazo. Intentó tomar aire pero los pulmones no hacían caso. Se preguntó qué haría.

-Gina –dijo con telepatía-. Espero que puedas oírme –la escuchaba, de hecho, pero no tenía forma de responderle-. Voy a soltarlo –Gina gritó con terror-. Todo estará bien –la niña lloró con desesperación-. El Muro de Cristal no se romperá –y con esto finalmente cedió la energía, y la represa y el río junto a todo aquello.

Entonces Gina fue testigo de la cosa más horrible que había visto en su vida. Dejó de ver a su Maestra y en su lugar observó una enorme masa de agua, barro y rocas que avanzaban sin control. El Muro de Cristal no se rompió. Ni una gota inundó las viviendas de Canarazzo. La avalancha no duró mucho, ni el terreno había quedado demasiado inundado. Mirena había tenido éxito en su improvisada técnica. ¿Pero a qué precio? Gina golpeó el muro con desesperación. Se obligó a calmarse porque Mirena se lo había pedido. Tomó aire tres veces. Concentró su Cosmos y golpeó el Muro nuevamente. Esta vez le hizo una abertura lo suficientemente grande como para pasar. Avanzó con dificultad contra la poderosa corriente de agua, buscando el Cosmos de su Maestra. Intentó escavar entre las rocas hasta que le sangraron las manos, sin detenerse. Lloraba con fuerza y casi no era capaz de respirar, pero no se detenía.

En un momento dado, percibió algo que le dio esperanza. Polvo de estrellas. Pero enseguida se dio cuenta de que no era el Cosmos de Mirena. Entonces sintió miedo. Cuando vio quién era, sintió una mezcla de terror y alivio. El Patriarca Shion se había presentado ante ella sin su atuendo ceremonial, envuelto en un Cosmos basto y dorado. Se acercó a ella e intentó tocar su espalda, pero se apartó esquiva y continuó en su vano intento por mover las rocas. Levantó la cabeza y gritó.

-¿Por qué no me ayudas? –lo acusó.

-Es lo que intento –explicó él-. Deja que me acerque, por favor –pidió. Gina sintió que no tenía opción. Shion se agachó a su altura y la abrazó con fuerza. Sintió su sufrimiento en la propia piel, y lloró junto a ella. Encendió su Cosmos e intentó darle calidez a su corazón.

-Ayuda a Mirena, por favor –sollozó-. No puedo hacerlo.

-Se largó de aquí en el último momento y volvió a casa –explicó él-. Está herida, las Santias la están curando. Por eso me ha pedido que venga a buscarte –Gina lloró con fuerza.

-¿No me estás mintiendo? –Shion negó con la cabeza-. Eras mi papá, no me mientas –pidió, con la voz rota. Él agrandó su Cosmos a su alrededor. Los protegió de la tormenta y secó sus ropas enseguida.

-Todavía lo soy –balbuceó él-, no te he mentido nunca. No quiero que sufras –susurró.

-¿Por qué te has ido? ¡Me has dejado sola! –gritó Gina mientras lloraba. El ariano apretó los párpados y lloró con desesperación. Recién entonces la niña notó que él también sufría.

-Creí que así te salvaría la vida –dijo él entre lágrimas-. No ha habido un día en que no piense en ti. Si pudiera hacerlo de nuevo, cambiaría todo –confesó.

-No te odio –balbuceó Gina-. No me sale odiarte –él asintió.

-Vamos a casa, ¿sí? Vamos a tranquilizarnos y después podemos tener una charla sincera –Gina asintió-. Te quiero, princesa –confesó-. Ten calma, todo irá bien.

Cuando Gina volvió a apoyar los pies en la tierra, estaba en la Casa del Patriarca. Shion aun la envolvía con su Cosmos. Estar en el Santuario nuevamente le había hecho sentir reconfortada en cierto modo. Se separó apenas y se limpió las lágrimas con la ropa. Él aprovechó para observarla de cerca, estudiar sus facciones, e interpretar donde había visto cada una de ellas. Suspiró y finalmente se puso de pie. Tomó a Gina de la mano y la guio por los pasillos. Le indicó que se lavara la cara con agua helada y que luego la esperaría en la cocina. En una docilidad que no esperaba de ella misma, obedeció. No sabía cómo se sentía. No comprendía sus propios sentimientos. Todo se mezclaba en su corazón y sólo había espacio para un dolor indistinguible. Arrastró los pies hacia la cocina. Shion la esperaba allí con una bandeja con una tetera y unas tazas. Lo siguió hasta la galería, al límite con el jardín. Era un lugar precioso que maravilló a la niña. Sirvió las dos tazas de té. Luego, abrió una caramelera y le ofreció su contenido.

-¿Esto es… chocolate? –aventuró ella. Él asintió-. Nunca he probado.

-Pruébalo entonces –concedió él. Gina se llevó un trozo a la boca con desconfianza. Enseguida abrió grandes los ojos y esbozó una especie de sonrisa-. Es bueno, ¿a que sí? –ella asintió-. ¿Te sientes mejor?

-No sé cómo me siento –dijo Gina, encogiéndose de hombros-. Quiero quedarme con Mirena –lanzó presurosa. Shion asintió sonriendo.

-Tranquila, no te he traído aquí para robarte a tu Maestra –aventuró él, intentando parecer relajado, aunque no con mucho éxito-. ¿Te agrada estar aquí conmigo por este rato, o preferirías estar en cualquier otro lado?

-Me agrada un poquito –balbuceó ella-. Las cosas no son como pensé que serían –Shion subió una ceja.

-¿Cómo pensaste que serían? –inquirió con curiosidad.

-Pensé que me habían abandonado porque me odiaban. Pensé que serían malos conmigo. Pensé que tendría que defenderme incluso con mi Cosmos –se mordió el labio-. Quería odiarte. Quería odiar todas las cosas y corroborar que todo era horrible.

-¿Por eso has venido al Santuario? –Gina negó con la cabeza-. ¿Has venido a convertirte en Caballero? –ella asintió con ciertas dudas-. ¿Por qué quieres ser un Caballero?

-No lo sé –confesó al fin, luego de unos momentos. Tomó un sorbo de té.

-¿Quieres renunciar? No te echaré del Santuario si lo haces. Quédate –la niña apretó los párpados con absoluto pesar.

-No quiero renunciar –afirmó con terquedad.

-Pero tampoco sabes por qué luchas –completó Shion-. No odias a todas las cosas. Las cosas no son horribles, ¿verdad?

-Verdad –respondió Gina-. He pasado años pensando que no era amada, ni merecía serlo.

-Entonces sólo te toca abrir el corazón y aceptar el amor que tienes –dijo, risueño-. Por eso te cuesta tanto el entrenamiento. En los corazones de los Caballeros, el amor por el prójimo hace arder el Cosmos. Cuando luchas por otros, te vuelves más fuerte –Gina abrió grandes los ojos.

-¿Cómo puedes abrir el corazón cuando has perdido tanto? –Shion se encogió de hombros.

-Tal vez Mirena tenga una mejor respuesta a aquello. Te habrá contado sobre Irina. Y sin embargo, aún tiene amor en su corazón –Gina asintió.

-Lo sé, lo siento en su Cosmos. Imagino que ha sido algo muy difícil –Shion asintió-. Tú también has perdido –dijo subiendo la voz, en una súbita claridad-. A los otros Caballeros Dorados. Y a Yuzuriha de la Grulla –él lanzó el aire con tristeza.

-Sí –susurró-. Además, Athena me ha dado este cargo, que es el más pesado del mundo. Es muy difícil a veces –Gina abrió los ojos, expectante-. De Yuzuriha no sé nada. Busco su Cosmos por todo el mundo, pero no puedo encontrarla.

-¿Piensas que está bien?

-No lo sé –confesó, con la voz rota-. Aun la amo, y lo haré siempre. Espero que donde esté pueda saberlo –aventuró.

-Seguro que sí, papá –Shion se refregó los ojos con dos dedos para disimular las lágrimas que caían sin permiso. Le tembló el labio. No quería abrir sus ojos. Sentía vergüenza de ver a Gina a los ojos. Ella sintió un súbito nudo en el pecho, sentía algo distinto por primera vez en mucho tiempo-. No llores –balbuceó-, voy a llorar yo también.

-No es vergüenza llorar –respondió él, mientras se permitía mostrar sus lágrimas. Gina estiró la mano sobre la mesa para tomar a Shion por el antebrazo con delicadeza. Por primera vez encendió su Cosmos. No supo cómo lo hizo, o qué habría motivado semejante acto. Se vio envuelta en un fulgor plateado y cálido, pero no era igual a ningún Cosmos que hubiera visto antes. El ariano le sonrió con ternura y la siguió, haciendo arder su propio Cosmos. Ambos se mezclaron en el aire. Gina tembló de ansiedad y apartó la mano-. Vez lo que digo.

-¿Qué ha sido eso? –inquirió con palpable nerviosismo.

-Tu Cosmos, princesa. Cuando te permites sentir, te haces más fuerte –ella asintió.

-Tengo que pensar mucho –dijo, con más dudas que certezas-. Pero antes quiero ver a Mirena –resopló-. Se pondrá bien, ¿a que sí?

-Seguro que sí –la confortó el Patriarca-. Está en la Casa de Acuario. Cuando la veas, por favor, muéstrale tu Cosmos como me has mostrado a mí. Sé que se pondrá feliz por ti, y por ella misma –sonrió con sinceridad y palpable cariño.

-¿Puedo venir mañana? –preguntó Gina por lo bajo, con cierta vergüenza.

-Siempre que quieras. A lo mejor alguna vez podemos ir a una misión los dos juntos, ¿no te parece? –Gina apretó los labios y asintió con dudas-. Puedes enviarme algún mensaje telepático, si quieres.

-No sé hacerlo –balbuceó ella.

-Yo creo que sí sabes. ¿No has oído nunca a nadie hablando dentro de tu cabeza? –Gina pensó en Mirena y en la advertencia que le había hecho más temprano. Subió una ceja, con dudas-. Te dejaré otra pregunta para que pienses. ¿Sabes por qué no se rompió el Muro de Cristal? –negó con la cabeza-. Es tu tarea. Luego me cuentas –la desafió.