Capítulo Quinto: Las Vacaciones del Gremio Negro

Misión 2

El Paraíso de los Otacos

[David, Cedric, Graven, Zachary y Zephan]

El doctor Schwarzwald chasqueó la lengua, ligeramente molesto. Había sido una verdadera lástima que ninguno de sus viejos conocidos hubiese caído en su maravilloso parque de atracciones. No obstante, de nada servía lamentarse. Ya habría más oportunidades.

—¡Rebecca! —llamó a su asistente.

La torpe muchacha apareció de entre las estanterías, provocando la caída de cinco libros y dos o tres matraces.

—¡Uy! Lo siento —dijo ella avergonzada.

—Ah, no te preocupes, déjalo estar —respondió el científico, haciendo un ademán con la mano para restarle importancia al asunto—. Necesito que me hagas un favor rapidito.

—¿Sí? Dígame, doctor, lo que usted pida.

—Necesito que supervises el estado físico de los individuos de esta lista —solicitó Schwarzwald, tendiéndole un papel garabateado—. Son sujetos de especial interés para mi investigación.

La muchacha leyó en voz alta, sosteniendo la nota con ambas manos.

—Mikken Örsten, Walkyria, Cedric Rees, Graven Cristea, Brigit Kitteslvilk, Iris Silsilah, Émilienne Paget y David DiÁngelo… ¡En seguida voy!

La torpe ayudante se retiró, y el profesor volvió a dedicarse totalmente a sus notas.

—Parece ser que Ikram lo está haciendo bastante bien… —se dijo a sí mismo—. Y el éxito de Gold es innegable. ¿Cómo le irá a Elías? Hace tiempo que no sé de él. Espero que haya podido cumplir sus deseos…

Tras varios minutos de reflexión y soliloquio, Rebecca volvió a presentarse en el laboratorio.

—Doctor, está casi todo en orden con esos sujetos —informó.

—¿Casi todo? Eso significa que algo falla —respondió él, recolocándose las gafas.

—Sí. Al parecer, David DiÁngelo se ha desprendido del chip, de algún modo. No obstante, no hay constancia en los datos registrados de que se haya dado cuenta de su existencia.

—¡Naturalmente! —exclamó Schwarzwald a modo de respuesta—. ¡Nadie podría detectar mis pequeños analizadores biométricos ni aunque lo diera todo de sí! ¡No subestimes mis invenciones, niña!

—¡Sí, doctor! —exclamó ella, irguiéndose—. Pero, ¿qué es un analizador biométrico?

—No lo sé —dijo él—. ¡Pero el nombre suena genial!

Ambos, maestro y aprendiz, se rieron al unísono del inentendible chiste.