La calle rebosa actividad, a pesar de que los últimos rayos del sol se ocultan tras los rascacielos y el frío se vuelve más húmedo y penetrante. Ajusto mis guantes sin dejar de avanzar a paso ligero por la avenida del casco antiguo, repleta de garitos alternativos a las principales discotecas de la ciudad.
Conforme cae la noche, los neones, las estufas y las ristras de bombillas de colores invaden el ambiente, cada vez más concurrido, donde la música que escapa de las puertas entreabiertas se mezcla con las exclamaciones y encuentros a pie de calle.
Un aroma a tabaco de liar, mezclado con algo menos legal, me golpea de lleno al pasar por delante de un grupo de chavales apostados en los escalones de un antiguo portal. A pocos metros de los locales se distinguen chicos y chicas bien arreglados, con rostros llamativos y una sonrisa permanente mientras reparten un puñado de flyers y ofrecen un chupito dulzón a los primeros que encuentran despistados. Resoplo burlón al ver a unos chicos sucumbir al señuelo, primero la sonrisa radiante, luego el chupito de mierda tras haber pagado una entrada con consumición.
Sin poder evitarlo, revivo uno de esos veranos en los que Kenny se empeñó en emplear un par de relaciones públicas para recuperar a la clientela más joven que se había llevado un pub recién abierto por un alemán.
En un principio me había utilizado a mí para ahorrarse ese sueldo, incluyéndolo en mis funciones de barman a pesar de mis quejas. A Farlan no le hizo ni pizca de gracia, no solo por el hecho de que cobraría lo mismo, sino porque esa inseguridad suya se acrecentó cuando me vio vestido con mi mejor ropa intentando captar clientes. Mi tío lo descubrió en varias ocasiones rondando el bar, comprobando que no había nada extraño, que yo no hacía nada extraño. Por suerte, Kenny supo poner a cada uno en su sitio antes de que estallaran esos celos irracionales: a mí tras la barra y a Farlan con los folletos, la sonrisa forzada y los pies doloridos, deambulando sin parar hasta que llegara a un mínimo de consumiciones vendidas. Kenny simplificó la explicación, argumentando que él era más adecuado y más «guapito» para ese puesto.
Sonrío de forma leve, reconozco que mi tío es tan cretino como inteligente.
Me detengo delante de una farola de aspecto victoriano y compruebo el móvil, faltan quince minutos para la hora acordada con Eren y solo puedo esperar que sea puntual. Paseo distraído por la acera, rechazando invitaciones y observando a la gente que comienza a llenar los bares.
—¡Levi! —Escucho sin resuello a mis espaldas—. Aquí estás.
Giro sobre mis talones y lo contemplo de arriba abajo. Su rostro luce impecable, sin un solo pelo, desprendiendo el refrescante olor de su after shave. La raya de su cuero cabelludo está perfecta, con los mechones a ambos lados de esos ojos chispeantes. Reconozco el abrigo que llevó la última vez que fuimos juntos al cine, unos pantalones oscuros y unos zapatos bicolor con punta redondeada.
Con qué facilidad sabe sacarse partido, el muy cabrón. A su lado, los relaciones públicas no le llegan ni a la suela de esos zapatos tan curiosos que lleva.
—Estás helado —protesta tras saludarme con un rápido abrazo—. Entremos ya. ¿Aquí sirven también comida?
—Sirven pinchos, cosas sencillas, si lo que quieres es una cena en condiciones tendremos que ir a otra parte.
Eren menea la cabeza y señala con el mentón hacia la entrada.
—Eso estará bien. Vamos.
El tintineo de una campana resuena cuando abrimos la puerta. Un puñado de mesas circulares se esparcen a lo largo del establecimiento, más de la mitad repletas de gente. Entrecierro los ojos para visualizar un sitio apartado donde podamos estar tranquilos y le hago una señal a Eren para que me siga.
Avanzamos esquivando abrigos y bolsos que cuelgan de los respaldos de las sillas. A nuestra izquierda dejamos atrás una enorme televisión y me siento aliviado al comprobar que no hay ningún partido de fútbol esta noche, solo unos videoclips que no concuerdan con la música que suena a través de los altavoces.
Nos acomodamos en una mesa medio oculta tras una gramola de adorno. Colocamos los abrigos sobre la mesa, pegados a la pared de falso ladrillo y contemplo los cuadros, algunos firmados por famosos que han visitado el local. Apenas identifico a la mayoría, aunque la luz tenue no ayuda a apreciar los detalles.
La voz de una camarera llama mi atención y me giro para encontrarme con un escote pronunciado y dos brazos repletos de tatuajes old school. Una trenza rojiza se pierde por debajo de su cintura y dos ojos celestes bien delineados nos evalúan a uno y a otro, esperando a que hagamos nuestro pedido. Le dedico una mirada de reojo a Eren, que trata de centrar su atención en la carta de pinchos que le acaban de entregar.
—Una jarra de cerveza negra y un pincho de tortilla —digo sin siquiera mirar la carta.
—Muy bien. —Hace un garabato en su libreta—. ¿Algo más? —pregunta tras girarse hacia Eren.
—Lo mismo —responde con un titubeo—. Espera, no. Prefiero una rubia. Una cerveza. Tostada.
La chica frunce el ceño.
—Tenemos una artesanal de barril. Puedo traer un poco si quieres probarla —explica ella con amabilidad—. ¿Tortilla?
—Sí, gracias —responde abrumado.
La muchacha recoge la carta y se aleja trotando hacia otra mesa donde se acaba de instalar un grupo de tipos ruidosos. Le lanzo una mirada suspicaz a Eren y apoyo mi barbilla sobre la palma de mi mano.
—¿Qué pasa Eren, no te va la roja?
—¿Eh?
—La cerveza.
Eren me mira extrañado al principio, hasta que cambia radicalmente su expresión.
—No. —Me señala con un dedo—. Y no la estaba mirando.
—Hacías lo posible por no mirarla —respondo burlón—. Es guapa. No me voy a enfadar, siempre que no le pidas el número.
Eren chasquea la lengua, como si copiara esa manía mía.
—No me hagas sentir mal.
—Joder, estoy hablando en serio.
—Pero no me gusta —añade molesto—. Estoy saliendo contigo.
—Tienes ojos en la cara.
—Queda feo, a mí no me gustaría que tú lo hicieras.
—Joder, Eren, solo quería que te relajaras. Puedes seguir admirando la belleza de una chica, otra cosa es que te la comas con los ojos. —Abre la boca para protestar—. ¿Vamos a discutir por esto?
Suspira y clava la mirada en nuestros abrigos.
—No quiero discutir. Pero tampoco quiero que pienses que no me tomo esto en serio.
—No lo pienso.
En ese instante, aparece el motivo de este absurdo malentendido, con los pinchos, mi jarra de cerveza y una copa sobre la que ha vertido una muestra de la artesanal. Eren le da las gracias y da un sorbo, antes de asentir con una sonrisa y pedir una jarra como la mía.
—Está de muerte —murmuro con satisfacción.
—¿Cómo?
Deposito mi jarra en la mesa y retiro la espuma de mis labios con la lengua.
—La cerveza, idiota —digo antes de echarme a reír—. Eren, tranquilízate.
Su expresión de desconcierto me hace reír aún más.
—Tú y tu sentido del humor —murmura.
Después de unas jarras y unos cuantos pinchos, decido reventarle la moral jugando unas partidas al billar. El jaleo aumenta conforme se llenan las mesas vacías y la barra, incluyendo a un puñado de gente que permanece de pie, con el botellín en una mano y el pincho en la otra. La música sube de volumen y el ambiente se vuelve caluroso y recargado.
Me acerco a Eren después de encajar la bola negra por segunda vez.
—¿Quieres echar otra?
Antes de que termine de preguntar, veo que ya está introduciendo una moneda y colocando el triángulo sobre el tapiz. Reprimo una sonrisa al adivinar lo mosqueado que está por las derrotas.
Aprovecho que se agacha para recoger las bolas y rozo con mis dedos su pelo, a salvo de ojos indiscretos gracias a la mesa. Sus hombros se crispan un segundo, pero se relaja al comprobar que nadie nos ve. Repito el gesto y desciendo mis dedos por el contorno de su rostro, acariciando sus labios con el índice. Nuestras miradas cómplices se cruzan y tengo que admitir que, lejos de molestarme, esto de disimular en público tiene su punto.
Se incorpora sin dejar de mirarme y comienza a preparar la siguiente partida. Apoyo mi cuerpo contra la mesa a su lado, paseando la mirada por el local hasta centrarme en la barra.
—¿Pido otra ronda?
Eren se lo piensa un instante y coloca un poco de tiza en el extremo del taco.
—Quizás un botellín.
—Ahora vuelvo.
Ser bajito y delgado resulta una ventaja para abrirme paso con facilidad entre tanta gente, sin embargo, cuando llego a la barra paso más desapercibido de lo que me gustaría.
La camarera que nos ha atendido hasta ahora está desbordada, pero es una máquina. Destapa botellines con una mano mientras escucha el siguiente pedido y vierte hielo en dos vasos de tubo con la otra. Empatizo con ella al verme reflejado, trabajando a destajo con mi tío en las interminables noches de verano y chasqueo la lengua al ser consciente de que en unos meses estaré haciendo exactamente lo mismo.
Después de esperar varios minutos a que me atiendan, agarro los botellines y me dirijo de vuelta a la mesa de billar, sin embargo, me paro en seco al ver que Eren está conversando muy animado con un par de chicas. Una de ellas, con el pelo rizado y mechas rubias, le sonríe de forma coqueta.
—¡Levi! -Eren hace un gesto para que me acerque-. Dicen que llevamos un rato acaparando el billar. Hemos acordado jugar esta por equipos, ¿qué dices?
¿Qué podría decir en estos momentos? No me hace gracia desaparecer unos minutos y encontrarlo con unas chicas que demuestran tanto interés, pero comprendo que es inevitable. Dos amigos que juegan al billar un sábado por la noche en un bar, sin parejas y sin mencionar que Eren llama bastante la atención.
Avanzo despacio y coloco un botellín en su mano antes de agarrar el taco.
—Nos pedimos las lisas.
Salimos del pub una hora más tarde, con el suficiente alcohol en sangre como para resistir el cambio de temperatura mientras nos colocamos con torpeza nuestros abrigos. Caminamos en silencio, sin rumbo fijo, cruzándonos con gente variopinta que entra y sale de los establecimientos.
Eren se detiene delante de uno de ellos y tardo en darme cuenta de que no camina a mi lado. Cuando retrocedo, veo que observa el cartel de la discoteca Imperium, un lugar al que me arrastró Hange un par de veces tras mi primera ruptura con Farlan.
—Un local de ambiente.
—Ya veo —dice él tras lanzarme una mirada dudosa—. ¿Quieres tomar la última aquí?
Me detengo justo en frente del cartel con la bandera multicolor.
—¿Quieres entrar aquí? —pregunto extrañado.
—Nunca he estado en uno.
—No es de lo mejor, pero si quieres —me encojo de hombros y abro la puerta.
Eren se ofrece a pagar las entradas con consumición que reparte una chica en una cabina, mientras que una trans de piel oscura cubierta de purpurina se encarga de guardar nuestros abrigos en el ropero. La música del local nos bombardea los tímpanos nada más descender una rampa de entrada, pura electrónica que retumba en las paredes oscuras, atravesadas por haces de colores parpadeantes y una nube de humo que envuelve a los musculados gogos vestidos con tangas y arneses de cuero. El lugar es imponente, con un techo que parece no tener fin, del que cuelgan columpios de trapecistas y lámparas de cristal que imitan un estilo isabelino. La explanada central se une a un reservado superior a través de una escalera imperial y una pantalla gigante en el fondo reproduce grabaciones de la multitud.
Nos abrimos paso a duras penas, chocando con cuerpos sudorosos y alguna que otra mole ciclada que nos obliga a cambiar de dirección. Una vez en la barra, pedimos nuestros cubatas, una mierda de garrafón cobrada a precio de oro.
Eren observa todo con calma, como si el entorno no lo sorprendiera en absoluto, hasta que da un respingo y se aleja de un tipo que baila detrás de él. Cuando veo que intenta arrimarse de nuevo, lo fulmino con la mirada y parece pensárselo mejor. Eren se apoya contra la barra y da un buen trago de su cubata.
—¡No es tan diferente de otras discotecas! —vocea al cabo de unos segundos—. ¡Aunque la gente es más… atrevida!
—¡Cuidado en los baños!
Me lanza una mirada horrorizada y de forma inconsciente se pega más a mi cuerpo. Estoy a punto de añadir algo más para mortificarlo, cuando una mano desconocida acaricia mi barbilla de forma sugerente.
—¡Levi! ¡No te esperaba aquí!
Quizás no tan desconocida.
Un chico un poco más bajo que Eren, con pelo castaño y unos ojos enigmáticos de color azul oscuro, me sonríe con picardía. Reacciono a tiempo cuando su mano trata de descender por mi cuello, atrapándola con firmeza mientras le lanzo una mirada de advertencia. Sin embargo, él parece ignorar mi poca predisposición y se acerca un poco más.
—Dime, ¿por qué me evitas, corazón? ¡Con lo bien que lo pasamos aquella vez en mi coche!
—Lucas, no.
Mi tono le hace reaccionar, aunque lo que le hace retroceder es la mano que Eren acaba de colocar contra su pecho. Por un instante, me imagino el peor de los escenarios, pero veo que se limita a apartarlo con cuidado sin quitarle la mirada de encima. Lucas pone de su parte con la misma sonrisa, asintiendo tras comprender la situación y haciendo una leve reverencia a modo de disculpa.
—¡Leeeeeeev!
Alguien choca con mi cuerpo y apenas distingo el pelo alborotado y la chupa de polipiel que siempre lleva a clase. Nanaba se echa a reír cuando tropieza con un taburete y Lucas rodea su cintura en un intento de mantenerla en el sitio.
—¡Joder! ¿Es él, Lucas? ¿De verdad es mi colega? —pregunta con exagerada incredulidad.
Pongo los ojos en blanco y la señalo con una mano antes de ponerme de puntillas para acercarme al oído de Eren.
—¡Es mi insufrible compañera de clase, Nanaba! —Ella hace una especie de saludo militar y le roba la copa a Lucas para dar un buen trago—. ¡Él es Lucas, un… conocido!
No me pasa desapercibida la expresión severa en el rostro de Eren cuando menciono el término conocido. Se acerca para darle dos besos a Nanaba y entrechoca su mano con la de Lucas, aceptando su saludo con normalidad.
—Él es Eren —les explico a los otros dos—. Mi…
Enmudezco de repente, sin saber muy bien cómo referirme a él. Cruzamos una rápida mirada y puedo adivinar que se le están pasando mil cosas por la cabeza, con toda probabilidad relacionadas con el chico que tenemos delante.
—¡Eren! —exclama Nanaba—. ¡El famoso Eren! —El aludido la mira perplejo—. ¿Es Eren, Eren?
—Ese Eren, sí —le digo con cautela.
Cautela que se pasa por el forro cuando se lanza para darle un abrazo, derramando parte de la copa sobre su camisa.
—¡Por fin! ¡Qué ganas tenía de conocerte, joder! —exclama eufórica—. ¡Qué me tienes al Levi loco! —añade muerta de risa.
—¡Nana! —Lucas le quita la copa y la aparta con suavidad de Eren—. ¡Tú, mira cómo lo has puesto!
—¡Perdona, tío! —dice ella juntando las palmas de sus manos—. ¡Seguro que Lev tiene algún producto para eso, menudo es!
A pesar de la reticencia de Lucas, ella se acerca a la barra para pedir otra copa más y para invitar a Eren a lo que le apetezca, a modo de disculpa. Ella sonríe y gesticula todo el tiempo, mientras cuenta anécdotas de la universidad y hace alguna referencia a mi humor de mierda de los últimos meses. Reconozco que la noche no está resultando como esperaba, pero Eren parece calmarse un poco con la conversación.
Abandonamos el local los cuatro a la vez, charlando un rato más en mitad de la acera, hasta que Nanaba nos hace callar con un descomunal eructo. Golpea a Lucas en un costado y señala hacia un callejón.
—Estoy demasiado pedo para soportar a mi vieja, me quedo en tu sofá —le dice antes de obligarlo a girar en esa dirección—. ¡Qué paséis buena noche! —nos grita con un guiño exagerado—. ¡Ánima esa cara, Lucas! El próximo finde te voy a llevar a…
Sus voces se pierden en la oscuridad y meneo la cabeza al contemplar que mi amiga va haciendo eses durante todo el camino.
—Nanaba es bastante… peculiar —comenta Eren a mi espalda.
Me giro hacia él y suavizo mi expresión.
—Estaba alegre, pero sí, es única.
Comenzamos a andar en dirección al apartamento. A nuestro paso, algunos locales echan el cierre y grupos de gente de dirige en masa a aquellos que amplían su horario hasta las seis de la madrugada. Eren tiembla ligeramente a mi lado y, sin pensarlo, rodeo su cintura con mi brazo para atraerlo hacia mi cuerpo. Busco su rostro entre los mechones despeinados de su pelo y distingo un brillo huidizo en su mirada.
Me detengo y guardo mis manos en los bolsillos de mi abrigo.
—¿Qué pasa? —pregunto con aspereza.
Eren se detiene a mi lado y eleva la mirada hacia los edificios que nos rodean, antes de suspirar y pasar su lengua por sus labios.
—El chico ese… Lucas.
—¿Qué pasa con él? —Me cruzo de brazos.
—¿Es el tipo con el que te enrollaste, no?
—Ya habíamos hablado este tema.
—Pero es él, ¿no?
Chasqueo la lengua y me balanceo sobre mis talones.
—Sí —respondo tajante—. ¿Qué importa?
Eren se muerde el labio y tironea de uno de los bolsillos de mi abrigo para acercarme hacia él.
—Me molestó que fuera a saco contigo al principio —confiesa—. Y no le dijiste que… bueno, que estamos juntos.
Entorno mis ojos y ladeo la cabeza.
—Creo que le quedó bastante claro.
Él continúa mirándome en silencio durante un rato.
—Aclárate, Eren. —Le suelto con voz ronca—. No quieres que la gente nos vea juntos, no he podido tocarte un pelo en toda la noche y ahora te jode que no le haya dicho explícitamente que somos…
—Somos…
Me encojo de hombros y él me mira disgustado.
—No sé qué mierda quieres que diga.
—¿Cómo que no lo sabes? —replica enfadado—. No me jodas, Levi. Te he dicho que voy en serio con esto. Incluso me he metido en ese local con la idea de disimular menos contigo.
—Joder, gracias por la consideración.
—No te entiendo.
—No, yo no te entiendo a ti. No puedo exponerme más, Eren. —Abro mis brazos a los lados—. Esto es lo que hay. Quiero ponértelo fácil, pero no estoy en tu cabeza. No quiero nada con Lucas, si es lo que te preocupa.
—No. Confío en ti —responde en voz baja.
—Menos mal.
—No es eso, Levi —añade exasperado—. Yo sé que estamos probando y no te quiero marear. Es que…
Gesticula como si buscara algo más que añadir y doy un paso al frente para agarrar su rostro entre mis manos, harto de tanta duda y titubeo. Lo hago callar con un súbito beso en mitad de la calle. Rabia, desesperación, deseo, un entrechocar de labios y dientes que trasmiten más que nuestras ebrias palabras. Mi mente está embotada, pero mi cuerpo se enciende de inmediato, como si alguien acercara una mecha a un bidón de gasolina. Eren se sorprende al principio, pero responde con entusiasmo, ajeno a cualquiera que pueda estar observando.
Tironeo de su abrigo hasta quedar ocultos bajo el arco de un puente y ni siquiera pestañeo cuando mi cabeza choca con fuerza contra un ladrillo de la estructura. Su cuerpo cubre el mío, aprisionándome, demandando un beso tras otro entre caricias que ganan seguridad. Su rostro se inclina y sus dientes mordisquean mi cuello. Sonrío con un jadeo y entierro mis dedos con poca delicadeza en su pelo.
—Me pones malo —murmuro entre dientes.
Sus labios y su cálido aliento en esa zona tan sensible son una delicia, pero me remuevo hasta separarlo unos centímetros de mi cuerpo, consciente del lugar en el que estamos.
—Sígueme.
Eren obedece sin rechistar y caminamos hasta la parada de taxi más cercana. Sin pensar en ese momento en mi pobre economía, nos introducimos en el primero que se detiene y nos lanzamos miradas cargadas de deseo mientras intentamos mantener las manos quietas durante el trayecto.
Pago con el último billete que me queda y salimos apresurados hacia el portal de mi apartamento. Batallo con la cerradura más de lo que me gustaría y hacemos vibrar el ascensor mientras ascendemos los ocho pisos sin dejar de golpearnos con los laterales.
No cuento las vueltas que le doy a la cerradura, ni me importa una mierda en estos momentos. Tropezamos con la alfombra del salón y avanzo de espaldas a mi cuarto sin encender las luces. Sus labios no me dan tregua y me clavo la manivela de la puerta en los riñones antes de ser capaz de accionarla con la mano. Trastabillamos hacia mi cama y lo despojo de su abrigo y de su camisa manchada antes de empujarlo sobre el colchón. Sus manos se aferran a mi espalda y caigo encima de él.
Me separo lo suficiente para sentarme a horcajadas sobre su cintura y me quito mi abrigo. Paseo mis manos sobre cada uno de los músculos de su torso y me recreo al tener vía libre para tocarlo como llevo deseando desde hace meses.
Mi boca desciende para trazar líneas de saliva sobre esa piel, besando y succionando mientras acaricio sus costados. Él se muerde el labio, suspira, endurece su abdomen y me contempla a través de sus párpados entrecerrados, poniéndome cada vez más cachondo.
El entorno desaparece, sin interrupciones, solo el sonido de los coches que pasan de madrugada por debajo de mi ventana. Su mano tantea mi mesa de noche hasta dar con el interruptor de la lámpara de sal y sonrío contra su piel al localizar el lunar que descubrí el día que nos tatuamos. Chupo y muerdo esa zona, mientras Eren aprovecha para colar una de sus manos por debajo de mi camisa.
—No es justo, tanta ropa…
Me incorporo hasta quedar sentado de nuevo y me quito la prenda, expectante a su reacción. Sus manos acarician mis hombros y descienden despacio hasta mi cintura.
«Joder, tócame ya» pienso con la mandíbula apretada.
Eleva su torso hasta juntarlo con el mío con brusquedad. Nos besamos, nos tocamos. El frío contrasta con la calidez de sus manos cuando rozan mi culo por dentro de mis vaqueros y gruño cuando el dolor de mi erección se vuelve insoportable.
Lo miro a los ojos y veo el mismo deseo reflejado en ellos. Su cadera se eleva contra la mía, un tanteo que repite después de forma demandante.
Empujo su pecho con rudeza para recostarlo de nuevo sobre mi cama, retomando los besos a lo largo de su abdomen y esa línea de vello áspero que es mi nueva obsesión. Mi mano agarra la hebilla de su cinturón y miro de reojo su rostro. Su cuerpo se tensa, pero él mismo desata la correa y desabrocha el primer botón de sus pantalones.
Le quito la prenda con rapidez y me acomodo entre sus piernas. La punta de su miembro asoma por el elástico de sus calzoncillos, aprisionada y húmeda. La acaricio con un dedo y cubro la tela abultada con mi boca, sintiéndola pulsar bajo mi aliento. Eren inhala aire con brusquedad y oprime uno de mis hombros.
Después de tentarlo durante un rato, retiro la tela y paseo mi lengua por su polla, lento, agónicamente lento.
—Levi —murmura en una deliciosa súplica.
Descarto sus bóxers y acaricio la cara interna de sus ingles, antes de introducir todo lo que puedo en mi boca. Me esmero al máximo en proporcionarle placer, devorándolo hasta convertir esa respiración silenciosa en unos gemidos ásperos que me vuelven loco. Aumento el ritmo cuando noto que se tensa en mi boca y una de sus manos se interpone en el último momento.
Lo miro extrañado cuando me indica con un cabeceo que me recueste a su lado. Sus dedos desabrochan con torpeza mi cinturón y protesta cuando la tela de mis pantalones se pega a mis piernas. Su cuerpo cubre el mío, los músculos de sus brazos se hinchan ante el esfuerzo de sostenerlo. Comienza a frotarse contra mi erección con insistencia y trato de retirar mis calzoncillos con una mano, retorciéndome bajo su cuerpo.
—Joder, Eren —digo entre dientes al lado de su oído.
Se detiene lo justo para mandar mi ropa interior al otro extremo de la habitación y sus ojos recorren mi cuerpo antes de juntar nuestras caderas de nuevo. Mi saliva impregna nuestra piel y mis manos descienden hasta su culo, apretando sus nalgas entre mis dedos, guiándolo en sus movimientos. Libero un siseo y azoto una de ellas con fuerza, antes de buscar un resquicio que me permita agarrar con firmeza nuestras erecciones.
Nuestras caderas se follan, a veces descompasadas, erráticas, otras en armonía. Rodamos por la cama cubiertos de sudor, convulsos, embelesados entre mordiscos y gemidos.
Eren respira de forma entrecortada segundos antes de correrse y apresa parte de mi rostro con dedos temblorosos. Libera un prolongado gemido de satisfacción y sustituye mi mano por la suya para masturbarme.
Agarro con brusquedad un mechón de su pelo entre mis dedos, cierro los párpados y suelto una retahíla de palabrotras cuando me vengo en su mano y su vientre.
Recobramos el aliento recostados de cualquier forma tras colocarnos nuestra ropa interior, con las piernas entrecruzadas, la mirada fija en el techo y nuestros torsos bombeando oxígeno hacia nuestros pulmones.
—No está mal para no saber lo que somos.
—Eren, no me toques los huevos.
—Hace un rato no te quejabas.
Lo miro de reojo y se echa a reír antes de abrazarme. Giro mi rostro hacia el suyo para observarlo mejor.
—¿Estás bien? —pregunto preocupado.
—Mejor que bien.
Suspira relajado y comienza a acariciar las escamas de mi dragón, una especie de vicio que tiene cuando está a gusto. Dejo caer mi brazo sobre su estómago y arrugo el rostro al notar su piel pegajosa.
—Deberíamos ducharnos.
—Sí —murmura adormilado, sin intención de moverse—. Deberíamos…
El cansancio y el zumbido de mis oídos me invitan a ignorar mis manías. Trato de cubrirnos lo mejor posible con la funda nórdica y permanezco en silencio mientras observo las vueltas que da mi habitación. Eren murmura algo en sueños y aprieto su cuerpo contra el mío de forma instintiva.
—Nanaba tenía razón —le susurro antes de quedarme dormido—. Me tienes loco, Jaeger.
