Gilgamesh y Enkidu se encontraban entrenando entre los dos. Las luchas comenzaron a ser más estratégicas y los golpes dados eran certeros y calculados. En uno de esos movimientos, Enkidu logró tirar a Gilgamesh al suelo e inmovilizarlo.
—Listo—murmuró, ofreciéndole una mano a Gilgamesh—. Gané.
—Te he dejado ganar—dijo, acariciándose un hombro—. ¿Otra vez?
—No—Enkidu volvió a enrollar su cabello en la nuca, ya que comenzaba a escapársele—, tengo sueño ya. Es tarde y quiero cenar.
—De acuerdo.
Una vez que ambos se repusieron, caminaron hacia la salida de la sala de entrenamientos y se dirigieron a los aposentos. A medio camino, Gilgamesh se detuvo.
—¿Qué pasa? —preguntó Enkidu, viendo por sobre su hombro.
—Vamos a cenar a tu biblioteca.
Enkidu extrañado, preguntó:
—¿Qué tiene de especial esta noche como para que quieras cenar en la biblioteca? Me parece extraño de hecho.
—Nada, sólo quiero variar un poco el lugar, todas las noches es igual.
Enkidu se volteó y señaló con una mano el camino hacia su biblioteca.
Una vez adentro, Enkidu pidió a una sirvienta por la cena y se adentraron en la instancia silenciosa.
La biblioteca, además de constar de sus estantes y mesas, tenía un balcón que daba directamente al sur de Uruk y se podía ver el hermoso río Éufrates, muy cerca de las murallas de Uruk. Gilgamesh recordó el viaje de vuelta del bosque de cedros, donde quedaron varados a la orilla del río y ahogó la risa.
—¿De qué te ríes?
—De tu viaje por el río—mencionó Gilgamesh, sentándose en la mesa del balcón, donde se servía la cena. Gilgamesh alzó una mano para echar a la servidumbre y quedaron a solas—. Recuerdo bien el golpe que nos dimos después de chocar con esa piedra.
Enkidu se rio y tomó un trozo de carne asada.
—Admito que mi construcción no fue muy precisa, es cierto, pero al menos llegamos.
Gilgamesh comenzó con su comida y de paso miró las manos de Enkidu: tan blancas y delgadas, con los tendones marcados, era la perfección constituida en ese cuerpo. Suspiró ya que ese tipo de pensamientos eran cada vez más recurrentes en él.
—¿Cómo van tus estudios?
—Bien. Aún no me atrevo a ir con los astrónomos, pero estoy aprendiendo rápido. También me he planteado estudiar sobre los canales de agua, me parece que podría ayudar en eso.
—Es importante el presagio de buenos tiempos, más que tu puedes modificar las condiciones con sólo desearlo.
—Es cierto—admitió Enkidu—, pero cuando debe haber sol, tiene que ser así.
Gilgamesh entrecerró los ojos y asintió lentamente.
Hace días que Ishtar no abandonaba su mente.
Cuando se encontraba solo en su propia biblioteca pensaba en ella, en lo sucia que fue para engañarlo. Temía que de ello saliera una especie de compromiso, que los dioses lo obligaran a contraer matrimonio con ella y regir Uruk, tal como lo había propuesto. Tenía inquietudes con cuál sería el siguiente paso que tomaría Ishtar o si quizás ella se aburrió del asunto y fue por otro hombre desdichado para su deleite. Se distrajo a tal punto que empezó a jugar con sus anillos.
—Gil, llevas días así de preocupado—notó Enkidu, suavizando su voz—, ¿Qué es lo que pasa?
Gilgamesh se planteó seriamente en decirle lo de Ishtar per mantuvo discreción. Torció los labios: no tenía cómo mentirle, Enkidu estaba enterado de los movimientos económicos de la ciudad, de sus deberes e incluso de sus preocupaciones personales. Decidió negar y suspirar.
—No es nada, es algo muy mío. Discúlpame, pero no podré decírtelo.
Enkidu asintió suavemente y continuó con su comida.
—¿Te parece si mañana vamos al mercado? —sugirió Enkidu—, podrás distraerte con la gente.
Gilgamesh bufó y negó.
—¿Tú crees que yo me mezclaré con gente común y corriente?
—Sí.
Gilgamesh alzó la cabeza y arrugó el entrecejo.
—¿En serio?
—Sí—repitió Enkidu, continuando con su comida—, te hará bien y le hará bien a tu pueblo. Que te vean más significa que eres más cercano, habla bien de ti.
Gilgamesh se quedó meditando un momento y finalmente asintió.
—No sé por qué siempre cedo a todas tus tonterías: mañana iremos al mercado.
Enkidu sonrió.
—Te mostraré mis lugares favoritos. Venden jugos de frutas y están helados.
—Tomas jugos helados siempre, no se cuál es la diferencia.
—La calidez de la gente que te entrega un vaso del esfuerzo de sus manos.
Gilgamesh miraba a Enkidu con los ojos entrecerrados.
—Bien, mañana iremos.
Estuvieron un momento cenando en silencio hasta que Enkidu miró maliciosamente a Gilgamesh.
—¿Y Siduri?
—Ella qué.
—¿No has pensado en ella?
Gilgamesh rodó los ojos.
—No sé cual es la manía tuya de emparejarme con ella. Deja de hacerlo porque no pasará jamás.
Enkidu cerró los ojos y carraspeó.
—No estaría tan seguro de eso.
Gilgamesh quedó pasmado.
—De verdad, ¿Cuál es tu problema? Estamos bien así, ella es sólo mi asistente y ya.
—Pero la encuentras bonita.
—Jamás te he dicho algo así.
—Te conozco Gil.
Gilgamesh lo juzgó con la mirada y finalmente levantó las manos.
—Piensa lo que quieras Enkidu, no puedo cambiar las cosas en tu tergiversada mente.
Enkidu apoyó los codos en la mesa y se llevó las manos al mentón. Pestañeó con sopor y le sonrió.
—Gil, no me opongo a que tengas un amorío. Desde que yo estoy aquí, jamás has tenido uno: ¿Por qué? Somos amigos, eso no significa que tengas que dedicar toda la atención a mí.
—No me interesa estar con nadie más que contigo. Termina el tema.
Enkidu suspiró derrotado.
—Está bien, pero algún día debes enamorarte.
—¿Para qué?
—Para sentirte pleno Gil, debes saber todos los placeres de vivir. Ese es uno de ellos.
—Y, ¿Qué hay de ti?
—¿Yo? —Enkidu rio—, no merezco algo así y dudo que tenga la capacidad. Me haría enormemente feliz verte enamorado.
Gilgamesh enrojeció, como sólo Enkidu lograba enrojecerlo.
Tragó con cierto recelo y giró los ojos, como cuando estaba nervioso.
No, no estaba enamorado. Se lo negaría hasta el final.
Se mordió el labio inferior y soltó una risa parecida a un quejido.
—Qué estupideces hablas. Como estoy, está bien. Tengo suficientes cosas que me llenan de placer. No necesito nada más.
—Supongo que es porque el amor te hace sufrir.
Gilgamesh lo miró con dudas en su rostro.
—¿De dónde sacas eso?
—Lo escucho de las personas. La gente me cuenta sus problemas e intento aconsejarlos, no sé mucho sobre el tema, pero… a veces una mentira es mejor que la verdad para curar.
—¿Mentiras?
—Sí, digo mentiras, como que el amor no necesariamente se vive acuerdo al estándar. A veces puede ser inusual o bien, calmo a la gente diciendo que otras oportunidades vendrán a sus vidas.
—Ninguna de las dos es una mentira.
Enkidu reflexionó un momento las palabras de Gil e hizo un gesto afirmativo.
—Puede ser, sólo aprendí a imitar a los demás.
Esa última frase caló como agua fría por las piernas de Gilgamesh: era uno de sus mayores temores.
—¿Por qué dices que imitas a los demás?
—Porque te lo he dicho, hay cosas que no sé cómo interpretar. No tengo la capacidad para hacerlo.
—Sí, sí la tienes—contradijo Gilgamesh—, porque has aprendido las emociones más difíciles de sentir.
—¿Cómo cuál?
Gilgamesh meditó.
—Sabes sentirme. Eso nadie lo logró y nadie lo logrará.
Enkidu curvó las cejas levemente al escuchar eso. Se llevó una mano al pecho y soltó una sonrisita pequeña.
—Sí, supongo es cierto. Conozco bien cómo eres.
Gilgamesh sonrió con altanería.
—Eso, mi querido amigo, es un privilegio.
Enkidu asintió y juntó sus manos.
—Ahora vamos…
Gilgamesh se distrajo. Pisos más abajo observó a la mujer de cabellos caoba mirándolo atentamente. Le sonrió seductoramente y desapareció en un polvillo dorado.
Gilgamesh quedó petrificado.
—Gil… Gil—insistió Enkidu, hasta tuvo que zamarrearlo—¿Qué te pasa? ¿Estás bien?
—No, no me siento bien.
—¿Estás mareado?
—No. Necesito salir de aquí.
—Pero ¿Qué ocurrió? Hace un momento estabas bien.
—Recordé algo—dijo, sabiendo que se encontraba pálido—, mañana lo resuelvo.
—Bien. Iré a estudiar estrellas en...
—No, no te alejes de mí.
Enkidu, extrañado, hizo un gesto con la cabeza.
—Bueno no me alejaré de ti. Estás algo así como paranoico.
Gilgamesh cerró los ojos con un temblor y negó.
—No pasa nada. Vamos a la habitación.
Enkidu se levantó de su puesto, lleno de dudas.
Ambos caminaron uno al lado del otro por el zigurat. Gilgamesh sentía un sudor frío abandonar su frente y se secaba constantemente. Donde miraba veía la piel blanca de la diosa y los ojos rojos brillando en la oscuridad: estaba seguro de que así era, pero que sólo él podía verlo.
Al llegar a la habitación, se detuvo abruptamente.
—Enkidu—dijo, tomándolo con el brazo suavemente—, ¿Has visto algo extraño en el palacio últimamente?
—Me estás asustando, ¿Qué es lo que pasa? No, no he visto nada.
—Con eso me es suficiente.
Gilgamesh entró a la habitación e indicó a Enkidu para que le siguiera.
Enkidu no se quedó tranquilo luego de escuchar eso. Miró la espalda de Gilgamesh y se acercó a él.
—¿Estás seguro que no quieres contarme?
—No puedo hacerlo.
—Entonces sí hay algo. No sé que puede ser tan grave como para ocultármelo. Sea lo que sea, de verdad espero que se solucione pronto. Vamos a dormir.
Enkidu se internó en el vestidor para colocarse pijama cuando Gilgamesh pateó una vasija. Asustado, Enkidu se asomó y vio como Gilgamesh estaba sentado en la cama: sus codos descansaban sobre sus muslos y se agarraba la cabeza con ambas manos. Enkidu lo miró por largo rato y negó para acceder a colocarse su ropa.
Gilgamesh por su parte se desnudó y quedó expuesto. Fue al baño y al regresar parecía más apaciguado. Enkidu bebió agua y tomó el cepillo junto al aceite de argán para desenredar sus cabellos.
—Gil—habló suavemente—, ¿Qué deseas para relajarte? —dijo, mientras deslizaba su peine por los cabellos.
—Quiero estar contigo simplemente, nada en particular.
—Estoy aquí, contigo. No pasa nada. Olvídate de eso que te abruma.
—Me será difícil—Gilgamesh restregó su frente con algo de violencia—, quisiera decirte, pero no puedo.
Enkidu alzó una mano y cerró los ojos.
—No es necesario que me digas para consolarte. Aquí estoy, podemos hablar o simplemente estar uno al lado del otro.
Gilgamesh se tendió en la cama y colocó los brazos tras la nuca. Perdió su mirada y al menos parecía más calmado.
Enkidu continuó cepillando su cabello: al hacerlo con el aceite, quedaba brillante y fragante con el aroma característico del argán, además de suave y lacio. Al día siguiente su cabello era más bonito aún, ya que el aceite hacía su efecto. Enkidu aprendió a hacer ese ritual todas las noches y así su cabello dejó de tener los enredos imposibles de antes.
Finalmente terminó trenzándolo y se acostó al lado de Gilgamesh.
—Mañana nos divertiremos mucho. ¿Quieres ir en la mañana? Es la hora donde más está activo el mercado.
—En la mañana está bien, sí—Gilgamesh resopló y se giró hacia Enkidu—. Duérmete.
Enkidu bostezó y se acomodó.
—Intenta dormir tú también. Sé que te desvelarás por ese asunto.
Gilgamesh asintió y cerró los ojos y para sorpresa de él, cayó dormido.
Al día siguiente abrió los ojos agitado.
Ya era mañana y Enkidu le miraba expectante. Se acomodó en la cama y esperó a que Gilgamesh hablara.
Había soñado toda la noche con Ishtar. La mujer le perseguía por el palacio o por el bosque de cedros. Soñó con el concilio de sabios y ella estaba sentada en él como un miembro más. Al cenar con Enkidu, ella también lo hacía con ellos. La biblioteca, el baño, los pasillos, sus tesoros: en todos lados se aparecía y sólo lo miraba segura de sí misma.
Suspiró aliviado de despertar de ese sueño.
Enkidu no dijo nada ni pidió explicaciones.
—Iré a tomar un baño—dijo Gilgamesh, consciente de que ambos estaban al tanto de lo ocurrido—, espérame.
Enkidu sólo asintió.
Se levantó para ir por el desayuno ya dispuesto en la instancia. Siduri como siempre, esperaba en su mesa destinada a que las órdenes se hicieran presentes.
—Hola Siduri—saludó Enkidu, ofreciéndole un vaso de jugo—, ¿Qué tal has dormido?
—Bien, sí—dijo Siduri, en un tono amable—. ¿Cómo van tus estudios?
—Bastante avanzado, he aprendido mucho. Pretendo pronto subir con los astrónomos y estudiar las nubes y las estrellas.
—Eso es maravilloso—indicó Siduri, juntando sus manos—, tu brillante inteligencia será de ayuda para todos en Uruk. Serás más amado de lo que ya eres.
Enkidu sonrió y cerró los ojos complacido.
Desayunó en compañía de Siduri. Ambos hablaron amenamente sobre temas simples, nada sobre concilios o trabajo. Cuando Enkidu estaba terminando su desayuno, se percató de que Gilgamesh estaba vestido y listo para salir al mercado: había vestido más cómodo y sencillo a lo acostumbrado.
Enkidu asintió y fue a alistarse.
—Siduri—comenzó Gilgamesh, sentándose a desayunar—, hoy vendrás con nosotros al mercado.
—¿Yo? —Siduri parecía sorprendida— ¿Por qué?
—No preguntes el porqué—Gilgamesh alzó una manzana y vio como brillaba ante la luz matutina—, sólo quiero que te alejes del trabajo un momento.
Siduri estaba realmente anonadada. Cerró su boca conforme estaba consciente de la petición que le hizo Gilgamesh. Sonrió levemente y reverenció.
—Otra cosa…—Gilgamesh se acomodó y miró a Siduri intensamente—, no es necesario que me reverencies siempre. Llevas demasiado tiempo a mi lado como para que seas más cercana a mí.
Siduri pensó enseguida que todo ese cambio en Gilgamesh era gracias a Enkidu. Sonrió plenamente y ladeó la cabeza.
—De acuerdo, no más reverencias.
—Y puedes tratarme directamente, deja las formalidades.
Gilgamesh continuó con su desayuno y Enkidu apareció vestido con sencillez, pero con cierta elegancia.
—Estoy listo—indicó, ladeando la cabeza de un lado a otro, dejando que su cabellera se desordenara.
—Bien… Siduri viene con nosotros.
Enkidu entrecerró los ojos y miró a Gilgamesh, cómplice de lo que pasaba por su mente.
Antes de salir de la habitación, Gilgamesh le quitó la tablilla de arcilla a Siduri y la dejó sobre su mesa.
—No necesitas eso, vamos a divertirnos.
—¿D-de verdad? —Siduri no había tenido mucha diversión en todo su tiempo con Gilgamesh, desde que ella era casi una niña y Gilgamesh fue ascendido al trono—Bueno, yo…
—Será genial—dijo Enkidu, tomando el brazo de Siduri y caminando a su lado—, vamos.
Los tres salieron de la habitación de Gilgamesh y caminaron por el palacio hasta llegar al salón del trono. Gilgamesh miró las escaleras y se volteó para hablarle a Siduri.
—Ordena un carruaje para los tres.
Siduri reverenció y se detuvo a la mitad de la acción, cuando Gilgamesh alzó una ceja. Nerviosa, Siduri desapareció unos momentos y regresó enrojecida.
Enkidu frecuentaba los mercados de Uruk, ya que le gustaba observar a las personas y sus pequeñas riquezas. Bajaba a diario a los mercados por frutas, otras joyas, artesanías y ropa. La gente del reino lo reconocía por su peculiar cabellera y muchas mujeres preguntaban para tocarla: era tan larga y sedosa que parecía el cabello de una diosa. Bastantes personas preguntaban a Enkidu acerca de su sexo y el respondía que era hombre, más por una cosa de comodidad, ya que era difícil explicarle a cada uno que Aruru no lo dotó de aquello y que su cuerpo no era más que un contenedor. A veces, los comerciantes le regalaban comida o pequeñas joyas hechas de arcilla y metales baratos, lo que Enkidu agradecía enormemente y atesoraba como Gilgamesh atesoraba joyas reales.
Gilgamesh se encontraba un tanto incómodo por el trato que debía recibir de la gente. No podía permitir que los ciudadanos lo vieran como un igual, pero a la vez deseaba conversar con sus súbditos, para conocer las historias que llegaban al palacio con mayor detalle. Pensaba en ello cuando se montaron en el carruaje e iniciaron el viaje al mercado.
—Siduri—dijo Gilgamesh sin mirarla—, ¿Cada cuanto bajas al mercado?
—Nunca.
Gilgamesh la miró de reojo y se aclaró la garganta.
—Bien. Tendrás un día libre cada seis días.
Siduri ya se estaba poniendo nerviosa con tanta amabilidad proviniendo de Gilgamesh. Miró a Enkidu llena de dudas y él le respondió con una sonrisa.
Apenas Gilgamesh puso un pie fuera del carruaje, persona que lo veía se inclinaba y evitaba sus ojos, mientras que con Enkidu, se acercaban a saludarlo y a darle los típicos regalos.
—¿Cómo puedo hacer que la gente deje de reverenciarme? —preguntó Gilgamesh a Enkidu, después de que una niña colocara una flor en el cabello verde y largo.
—Creo que tendrías que decirles: no me reverencien—dijo Enkidu, como si fuese así de sencillo.
La niña que entregó la flor a Enkidu miró al rey desde lejos, con temor de acercársele, pero finalmente lo hizo. Desde su pequeña altura hizo contacto visual con el rey y ella le sonrió.
—Para usted—dijo con su infantil voz, entregando otra flor.
—Acepto tu ofrenda—agradeció Gilgamesh con un tono demasiado duro.
La chiquilla se fue corriendo con su madre, quien reverenciaba a Gilgamesh. El rey se le acercó y meditó las palabras antes de hablarle:
—Shamash bendiga a tu hija con una vida llena de lujos y salud.
La sorprendida madre alzó la vista y al mirar al rey, profirió un "disculpe" y volvió a descender la vista.
—Muchas gracias, su alteza. Lamento el atrevimiento de mi hija y el mío—dijo la mujer, sosteniendo a su hija por los hombros.
—No hay ningún problema con que me veas a los ojos, yo lo he permitido—agregó Gilgamesh, ya disponiéndose a irse.
Enkidu sonreía con una felicidad auténtica y se despidió de la niña y su madre. Siduri se le acercó y susurró con discreción en el oído de Enkidu.
—¿Qué le pasa?
Enkidu rio y negó con suavidad.
—No tengo idea, pero sea lo que sea, es bueno.
La flor del cabello de Enkidu era amarilla. Se la quitó un momento para contemplar sus aterciopelados pétalos. Gilgamesh entregó la suya a Enkidu y dijo:
—Creo que queda mejor en tu cabello que en el mío.
Tomó ambas flores y los colocó entre los mechones lacios de Enkidu.
Caminaron un largo momento entre comerciantes, quienes les ofrecían sus mercancías, pero Gilgamesh las negaba, más porque no tenía espacio para llevarlas al palacio que por descortesía. Llegó un momento que Siduri, tuvo que ordenar que el carruaje recolectara todos los regalos hechos al rey, ya que los comerciantes insistían en que ambos tuvieran lo mejor de sus puestos.
Enkidu se encontraba comiendo un pequeño montón de dulces de dátiles, cuando Gilgamesh pasó por el templo de Ishtar destinado en su ciudad. Una sombra atravesó su rostro y miró a los sacerdotes con cierto aire de odio. Prefirió seguir de largo y no atender el saludo ceremonial de los hombres y mujeres que salieron a verlo.
—Shamhat y Mathma están en el palacio, ¿No? —preguntó Gilgamesh, recordando a los sacerdotes de Ishtar que trajeron a Enkidu, luego de aceptar un vaso de jugo de uvas sin fermentar.
—Sí—contestó, recibiendo otro vaso igual para él—. Si de nuevo te preocupa mis encuentros con ellos, te diré que sólo voy a charlar.
Siduri agachó la vista y prefirió apartarse de aquella conversación privada, ya que estaba al tanto de lo de Shamhat y Enkidu.
Gilgamesh, luego de sopesar el hecho y lo que sus palabras querían decir, contestó con algo de enojo:
—No es eso lo que me preocupa—dijo Gilgamesh, con dureza en su voz—. Si son sacerdotes de Ishtar tienen dos opciones: o abandonan su culto o se van del palacio.
Enkidu alzó la vista, arrugando el entrecejo en señal de descontento. Sostuvo su vaso de arcilla entre sus manos blancas y miró la superficie del líquido unos instantes.
—No entiendo por qué—murmuró Enkidu—. Ishtar es su diosa protectora y son ellos quienes me trajeron a ti.
—Shamhat y Mathma te trajeron a mí bajo mi mandato. Nada tiene que ver Ishtar en esto—argumentó Gilgamesh—. No espero que entiendas, es una orden.
—No—dijo Enkidu, bebiéndose el zumo de un solo trago—. No voy a aceptar ese tipo de órdenes sin una justificación.
—Entonces será a la fuerza—dijo tranquilamente Gilgamesh, devolviendo el vaso.
Enkidu se enojó.
—¿Por qué tenías que arruinar un momento como este, Gil? Estábamos tan bien y de pronto sales con que quieres a mis amigos fuera. No te entiendo.
Aquello le causó una rabia indescriptible. Lo miró con severidad y sus ojos rojos demostraban la ponzoña de su ira.
—Yo soy tu único amigo, Enkidu—dijo, apartándose de la gente, trayendo a Enkidu de un brazo.
—Pues… no, ellos también son mis amigos—contestó Enkidu sin titubear, desprendiéndose.
Gilgamesh lo miró intensamente unos segundos y vio media vuelta hacia el palacio, con Siduri tras sus pasos.
—Nos largamos de aquí, Enkidu. Súbete al carruaje.
—No—dijo Enkidu con determinación. La gente a su alrededor comenzó a evitarlos, sabiendo que la situación era compleja.
Gilgamesh cerró los ojos en un acto de buscar la calma interior. Respiró hondo, y colocó sus manos en las caderas.
—Enkidu, vámonos. Súbete y hazme caso, no es lugar para hablar de esto.
Enkidu estaba completamente enojado. Caminó hacia el carruaje y se subió sin dar las gracias a los mercantes por sus regalos. Gilgamesh esperó a que estuviese ubicado y se subió con él.
—Lo siento Siduri—dijo Enkidu cuando ella también se subió.
—Descuida—susurró.
Lo que había sido una tarde agradable se convirtió en un incómodo viaje hacia el palacio.
Enkidu no habló en toda la travesía. Su semblante serio era contrastante con el color de las flores que adornaban su cabello. Parecía infantilmente enfadado debido a la belleza de su rostro, pero en el fondo se encontraba profundamente molesto.
Cuando llegaron a las caballerizas del palacio, Enkidu descendió y no se detuvo a mirar a Gilgamesh. El rey le alcanzó rápidamente y con la brutalidad que lo caracterizaba, lo apartó hacia los jardines.
Apenas pudo, Siduri desapareció.
—Tengo que hablarte, Enkidu—dijo, sosteniéndolo con fuerzas.
—No, siempre tienes que hablarme, siempre cedo ante tus peticiones. Detesto que lleves tus caprichos hasta este nivel. Con Shamhat no pasa nada, con Mathma tampoco, ¿Acaso apartarás a todas las personas con las que tengo confianza?
—No se trata de eso—insistió Gilgamesh y esta vez era verdad.
Pero no podía decirle a Enkidu.
—Entonces no entiendo.
Gilgamesh se interpuso en el camino de Enkidu y le alzó el mentón con algo de violencia.
—Enkidu, es por tu bien.
Enkidu soltó un bufido de disgusto y apartó la mano con rabia.
—Ya cállate. Has lo que quieras, de todas formas, no soy quien para detenerte.
Enkidu finalmente continuó su camino y dejó a Gilgamesh a solas. Su enojo se tornó en pena. Sabía que si a Gilgamesh se le metía una idea en la mente, era difícil hacerle entender lo contrario. Lo que realmente le angustiaba era no saber el motivo de su decisión o quizás, si sabía.
Enkidu sentía que estaba siendo apresado por Gilgamesh, no permitía que nadie más se le acercara. Aquello le parecía un tanto perturbador, sin embargo, dentro de todo, entendía por qué Gilgamesh lo hacía. Se detuvo cerca de un salón y se adentró a él cuando un espejo de plata le devolvió su reflejo: las flores destacaban en su cabello. Las tomó entre sus dedos y acarició los pétalos.
Se retiró del lugar y ascendió hasta la habitación. Al llegar a ella se topó con Gilgamesh con una tablilla de arcilla en sus manos. Al cruzar sus miradas no se dijeron nada y Enkidu continuó hasta llegar a su caja de pertenencias. Ahí guardó las dos flores para luego disponerse a salir: debía ir por uno de los miembros del concilio para hablar de algunos asuntos que los ciudadanos le hablaron. Cuando estuvo a punto de salir, Gilgamesh alzó la voz:
—Enkidu, por favor…
Enkidu oyó a Gilgamesh y se detuvo sólo por el hecho de pedirlo amablemente. Se mordió el labio inferior y se volteó.
—¿Qué?
—No me hables así—indicó Gilgamesh sin ser agresivo—. Sólo quiero que sepas una cosa: no me molesta el hecho de que Shamhat te hable, pero no puedo permitir que ninguno de los dos esté cerca de ti.
—¿Por qué?
Gilgamesh suspiró y se planteó seriamente en contarle lo de Ishtar.
—Es lo que me ha tenido tenso todos estos días. Tuve un problema—comenzó, dejando la tablilla de lado— y debo sacar gente del palacio. Será por un tiempo, luego podrán volver, te lo prometo. No es nada personal contra ellos, es más, puedes ir a visitarlos cuando desees, pero debe ser bajo mi supervisión.
Enkidu se sentó en unos de los almohadones dispuestos en el suelo y apoyó la cabeza sobre la palma de una de sus manos.
—Sigo sin entender.
—No puedo decirte nada más Enkidu, juro que lo haré en su momento cuando todo se haya calmado.
Enkidu quedó genuinamente intrigado con las palabras de Gilgamesh. Su enojo se calmó y reflexionó un momento.
—Entonces… ¿Dudas de ellos? —preguntó Enkidu.
—Sí y de mucha gente más. No es nada personal, ya lo dije.
Enkidu asintió y frunció los labios. Realmente no quería que Shamhat se fuera de su lado, ella era una especie de consejera y le gustaba frecuentar su templo para reír y comentar cosas banales, nada especial. Sus manos jugaban con el borde de un caderín que traía y finalmente alzó la voz.
—¿Por qué siempre tengo que ceder a todas las cosas que dices, Gil? Preferiría que confiaras más en mí.
—Enkidu, sé que yo he pedido lo mismo de ti, pero esta vez no puedo decirte.
—¿Desconfías de mí también? ¿Algún día me ganaré tu confianza?
—Justamente esta vez no desconfío de ti. Todo esto es por ti. Me he enterado de algo y debo resguardarte y antes de que me digas cualquier cosa, no puedo decirte.
—Eso no hace más que asustarme, Gil.
—No te preocupes, cuando todo pase, Shamhat podrá volver, lo prometo.
Gilgamesh comenzó a tallar en la tablilla que sostuvo en sus manos momentos atrás y Enkidu se incorporó lleno de dudas, ya no estaba molesto. Se quedó de pie unos instantes y volvió a hablar:
—Sea lo que sea que haya ocurrido, espero pueda dejarte en paz pronto porque sé que tienes la cabeza puesta en eso. Si puedo ayudarte de alguna manera, por favor dímelo.
Gilgamesh dejó el cincel a un lado y sonrió con cierta tristeza.
—Pronto será un problema del pasado. No es importante tampoco.
Enkidu asintió y decidió salir de la habitación para ir por el concilio de sabios.
