La luz que se cuela por un resquicio de mi ventana me devuelve a la realidad de una cama vacía. Me revuelvo entre las sábanas y me llevo una mano a un lado de la cabeza. Siento mi pulso a través de las sienes, como si alguien estuviera taladrando desde dentro.

Gruño al incorporarme y me restriego los ojos para enfrentarme al reflejo del espejo de mi armario. Mi pelo está apelmazado, grasiento y las ojeras más marcadas que de costumbre tras un sueño ebrio nada reparador. A mi lado, un puñado de sábanas arrugadas y frías me hacen fruncir el ceño.

Un recuerdo, una escena confusa, puede que soñada, se reproduce en mi cabeza. Un sonido insistente y la voz de Eren reverberando en su pecho, donde yo luchaba por volver a la consciencia a través de una maraña de sueños desagradables y vívidos.

De un salto, salgo de la cama y me veo obligado a equilibrarme contra mi escritorio cuando mi vista se nubla unos instantes. El frío de las baldosas asciende por mis pies cuando me dirijo al armario para colocarme unos pantalones y una sudadera que dejo con la cremallera abierta.

—¿Eren? —pregunto una vez que salgo hacia el pasillo.

Silencio.

Avanzo medio adormilado para revisar el salón y encuentro mis llaves colocadas en la cerradura de la puerta de entrada. Me doy cuenta de que el cerrojo está sin echar y lo contemplo pensativo.

—Joder… No tengo tanta imaginación —declaro al retroceder de nuevo hacia mi habitación.

Localizo mi móvil en el bolsillo de los vaqueros que llevé la noche anterior y compruebo los mensajes de Eren.

Eren_8:30:

Ha llamado mi madre y no quería despertarte.

He tenido que regresar al campus para buscar unas facturas.

Me quedo aquí, voy a dormir un poco más.

Suspiro y dejo el móvil con cuidado sobre mi mesa, decepcionado con la idea de pasar el domingo con esta resaca de mierda y sin su compañía. Esto no era lo que esperaba después de lo que pasó anoche entre los dos.

Al recordar los detalles, desciendo la mirada hacia mi abdomen y contraigo el rostro disgustado, me dirijo al armario para agarrar ropa interior limpia y me doy una buena ducha, dejando que el agua tibia relaje mis hombros y mi cuello.

Desayuno con poco apetito, mareando la comida con el tenedor y dando pequeños sorbos de una infusión de té que me quita gran parte del malestar físico. Me propongo limpiar lo mejor posible la casa, aunque no estoy en plenas facultades para dejar las habitaciones como a mí me gustaría. Cuando termino de cambiar mis sábanas, me dejo caer sobre la silla de mi escritorio y busco el contacto de Eren en la agenda de mi móvil. Me inclino hacia atrás con Ratatouille sobre mi estómago y casi estoy a punto de colgar tras el segundo intento, cuando me responde una voz de ultratumba.

—Oye, ¿estás bien? —pregunto.

Escucho un murmullo y un bostezo mal contenido al otro lado de la línea y espero paciente su respuesta.

—Sí… ¿Qué hora es…? —dice con voz pastosa—. Me va a estallar la cabeza.

—Casi las tres.

—… Debería comer algo… La copa… la última no debí tomarla…

—Dirás las últimas.

—Sí…

—¿Eren?

—… Sigo aquí —responde en voz baja—. Mira, mejor hablamos luego, estoy muerto. No sé ni cómo llegué aquí sin vomitar en el autobús.

Suspiro preocupado.

—¿Quieres que vaya?

—No, no soy buena compañía hoy, Levi.

Chasqueo la lengua y pongo los ojos en blanco.

—Eren, me da igual que tengas que ir cada cinco minutos a cagar

—Lo sé, pero… estando así prefiero estar solo, en serio. —Hace una pausa—. ¿Tú… estás bien?

—Algo tocado, pero he podido comer y limpiar la casa.

—Limpiar dice… —Escucho una especie de risa ahogada y el roce de unas sábanas—. Ugh, mala idea. Mejor te cuelgo, yo… —Un golpe sordo me obliga a retirar el auricular—. Joder… Hablamos luego, ¿vale?

Antes de que pueda contestar, cuelga la llamada y me deja con la palabra en la boca. Por un instante, siento el impulso de rebuscar un par de monedas en mi cartera para ir a verlo, pero desecho la idea y me conformo con los pocos mensajes que intercambiamos cuando ya está cayendo el sol.


La semana transcurre demasiado lenta para mi gusto. Las clases del segundo cuatrimestre se reanudan en la universidad y tengo que hacer frente al proyecto de fin de carrera con un tutor que no soporto y un estado de ánimo de mierda. Ojalá pudiera decir que lo segundo se debe a lo primero, pero el motivo real son las patéticas excusas que pone Eren para no quedar conmigo.

«Sigo con resaca, no tengo cuerpo.

» Se me ha complicado el día en la uni.

» Ahora no puedo contestar, luego te llamo

» Tengo que ayudar a Jean con un asunto».

La última de todas me toca especialmente las pelotas.

Avanzo con paso decidido hacia la zona de viviendas del campus con un cabreo considerable. Me cruzo con algunos estudiantes cargados de bolsas con litronas y recuerdo que hace unos días éramos nosotros los que nos reíamos de forma despreocupada, con ganas de pasar un buen rato, sin prisas y con buena música de fondo.

Quizás la jodí al acceder a entrar en aquella discoteca. Quizás fallé al creer que Eren estaba preparado para lo que sucedió después. No puedo pensar por él todo el tiempo, menos aún en situaciones en las que pienso con la polla.

Asciendo los escalones de la entrada de su casa, toco el timbre y golpeo con mis nudillos repetidas veces. La puerta se abre a los pocos segundos, juraría que este cabrón está cada vez más alto.

—Hola —dice Jean mientras se aparta a un lado—. Pasa.

Nada más entrar, escucho un jaleo de platos en la cocina y veo que Eren se asoma para dirigirse a su compañero. Su semblante se vuelve pálido cuando me ve plantado en mitad del salón y lanza una mirada acusatoria al rubio.

—Ah, es verdad —murmura Jean a mi lado—. Se supone que tenía que decir que no estaba. —Alza la cabeza para lanzarle a Eren una mirada desafiante—. Jódete, Jaeger, no soy tu secretaria.

Se despide de mi con un cabeceo y se coloca un gorro de lana antes de abrir la puerta y salir a la calle, dejando a Eren pasmado y a mi más cabreado de lo que ya estaba.

—Levi… No te esperab…

Alzo la mano para interrumpirlo.

—Está claro que no quieres verme, al menos ten los huevos de decirme por qué.

Su rostro palidece aún más y balancea su peso ligeramente entre sus piernas. Asiente al cabo de unos segundos y extiende su brazo en dirección al sofá.

—Siéntate. Voy un momento a apagar la vitro.

—Apágala, pero no me voy a sentar —contesto con dureza—. Dime lo que tengas que decir y me marcho.

Eren se muerde el labio y da media vuelta despacio para dirigirse a la cocina. Cuando regresa, se sienta en el sofá con el cuerpo inclinado hacia adelante, los codos sobre sus rodillas, sus dedos entrelazados y la mirada fija en las baldosas.

—Lo siento —murmura cabizbajo—. No sé si voy a poder explicarme.

—Inténtalo —contesto tras cruzarme de brazos.

Eren abre la boca para contestar, pero titubea y se aparta varias veces la melena de los ojos.

—No es que no quisiera verte, pero…

Gesticula con las manos, como si buscara ganar tiempo.

—… Necesitaba un poco de espacio… Me… me he rayado. Sé que la he cagado por darte largas, pero hay cosas que tengo que asumir por mí mismo.

Entorno los ojos y doy un paso en su dirección.

—Bien, Eren —contesto con calma—. Si no fuera porque olvidas el jodido detalle de que somos dos en esto.

Eren resopla y desvía la mirada.

—Es que no esperaba que las cosas se dieran así. Tenía que pensar… No quería hacerte sentir mal con mis dudas.

—Oh —contesto con desdén—. Era mejor hacerme sentir como un cerdo que se aprovecha de que estás pedo.

—En ningún momento… —protesta al incorporarse.

—Eren, ¿qué esperas que piense cuando huyes de esa forma? Joder —contesto de forma airada—. Me despierto y estoy solo, todo son excusas para no verme ni hablar. Si necesitas espacio te lo doy, no tienes que contarme todo, pero no me hagas esta putada. —Doy media vuelta—. Ya no estoy para esta mierda de juegos.

—Espera. —Me agarra de un brazo—. Lo siento, ¿vale? Estaba muy rayado. Además, mi madre empezó con eso de que pronto aparecería otra chica en mi vida y me hizo sentir como si acabara de cometer un crimen. Me vino de lleno todo lo que implicaba, para mí es algo gordo, nunca imaginé que haría eso con un chico.

—¿Te arrepientes?

La pregunta es sencilla, directa, sin embargo, parece que Eren se atraganta antes de responder

—… Sí… No… solo en la forma, yo…

Chasqueo la lengua y retrocedo en dirección a la puerta.

—Espera, Levi. —Tropieza en un intento de alcanzarme—. Escucha.

—Eren —respondo tras girar el pomo—. Ahora soy yo el que necesita unos días de tranquilidad.

—Déjame explicarme.

—Que aproveche —digo con voz desabrida tras descender los escalones.

—¿Venías a hablar y ahora te largas así? ¡No me jodas!

—Ya hablaremos —respondo tras ajustarme la bufanda—, cuando los dos tengamos las cosas más claras.

Una expresión de pánico se refleja en su rostro durante una décima de segundo, antes de sustituirla por una de molestia e incredulidad. Escucho que gruñe frustrado a mi espalda y que murmura antes de dar un sonoro portazo que provoca miradas curiosas en las ventanas de las viviendas más próximas.

Camino hecho polvo por dentro, aunque mantenga mi coraza impasible y la mirada alta. Siento que mi corazón bombea a mayor velocidad, fruto de la discusión y de la rabia que he sido incapaz de desahogar con palabras.

Ya en mi apartamento, me sirvo una copa de whisky con la intención de templar los nervios. Me he contenido con Eren porque sus palabras han calado en mi consciencia, pero estoy jodido, molesto con él, molesto conmigo.

—En lugar de mejorar, esta mierda de situación se complica —murmuro entre dientes tras golpear con un puño el alfeizar de la ventana.

Ratatouille emite un chillido y suavizo la mirada antes de sacarla de su jaula para colocarla en mi hombro. Me dirijo hacia el salón y me sirvo otra copa, antes de dejarme caer en el sofá con la cabeza apoyada contra el respaldo. Hago bailar el líquido repetidas veces con un giro de muñeca, con la mirada clavada el reloj artesanal que traje del pueblo. Cierro uno de mis ojos cuando Ratatouille trepa para mordisquear mi pelo y la empujo con un dedo para que cambie de dirección.

—Eso no —murmuro con voz enronquecida.

Erwin regresa a casa en algún punto entre mi segunda y tercera copa. Cuelga el abrigo en el perchero y frota sus manos antes de ajustar la temperatura de la calefacción. Apenas le presto atención cuando me pone al día acerca de sus asuntos con el máster y solo reacciono cuando escucho que apoya un vaso sobre la mesa de té para hacerme compañía.

—¿Es por el tutor? —Entrechoca su vaso con el mío antes de beber.

—Mmm… —murmuro tras sentarme en una postura similar a la de Eren, con las rodillas abiertas y los codos apoyados en ellas—. El amor es una mierda.

Erwin da otro trago y se acomoda.

—A veces lo es.

Permanecemos unos minutos en silencio. El contenido de nuestros vasos desciende con rapidez y él los rellena sin siquiera consultarme. Divagamos sobre asuntos más triviales, con los cuerpos encajados en el sofá y la lengua cada vez más adormecida.

Hange aparece en algún momento con unas pizzas que se me antojan una jodida delicia y otra botella de whisky similar a la que nos acabamos de terminar. Sentados a la mesa, con mi rata rondando entre las migas de las cortezas que han quedado en los cartones, pasamos gran parte de la noche discutiendo, bromeando y olvidando por unas horas nuestros problemas. Solo soy consciente de ellos cuando regreso tambaleándome hacia mi habitación y veo un puñado de llamadas y mensajes de Eren que apenas soy capaz de leer.

Guardo a Ratatouille en su jaula y me desplomo boca abajo, ocupando toda la superficie de mi cama. Pongo los ojos en blanco cuando escucho a través de la pared los ronquidos de Hange desde el sofá y cubro mi cabeza con la almohada antes de quedarme profundamente dormido.


El sábado se convierte en una continuación de la noche anterior, a excepción del alcohol. Erwin me despierta zarandeando una bolsa grasienta de churros delante de mis narices mientras Hange hace un completo desastre con las infusiones de té en la cocina. Después de discutir con ella, nos sentamos a la mesa y mascullamos alguna palabra mientras devoramos los churros.

—Así que tienes noviete nuevo, ¿mmm? —pregunta Hange tras chuparse un dedo grasiento—. No sabía que te gustaba ese chico y yo en la cena de su casa preguntándote por Farlan —añade con una carcajada.

—Fuiste muy oportuna —dice Erwin tras recoger las tazas para fregar.

—No está mal Eren, pero… ¡Con lo bonita que es Roma!

—Hange…

—Dime que no hacían buena pareja, cejotas. Eran tan monos, Farlan tan alto, rubio y sonriente, Levi tan… Levi.

—Oye…

—No te enfades, enano. Te haces querer, aunque seas un quejica.

—Mejor dejamos el asunto. —Erwin apoya sus manos sobre el respaldo de la silla de Hange—. Me encantaría disfrutar del día con vosotros, pero tengo mucho trabajo acumulado.

—Qué manera tan elegante de echarme.

Erwin sonríe a modo de disculpa.

—Hacía tiempo que no quedábamos los tres. Me vino bien la charla, pero ahora tengo que trabajar.

Hange asiente y se incorpora con gesto enérgico.

—Voy a dar una vuelta por el mercadillo del centro. ¿Te apuntas, Levi? Podemos comer por la zona y luego ir a esa tetería que tanto te gusta. Invito yo.

Lo pienso durante un instante, poco dispuesto a soportar su verborrea de normal, menos aún cuando tengo la cabeza tan embotada. Sin embargo, acepto el plan con la intención de despejarme un poco y de reponer mi preciado té en uno de los puestos.

—Si te pones pesada te dejo atrás —advierto al incorporarme.

Hange lleva dos dedos a su frente para hacer un saludo militar y la miro con expresión imperturbable antes de ir hacia mi habitación para ponerme una ropa más decente.

Al llegar al mercadillo, me golpea el olor a castañas asadas que venden envueltas en conos hechos con periódico. Mi estómago ruge de inmediato y empujo a Hange para obligarla a avanzar en esa dirección. Diez minutos más tarde, conos en mano, esquivamos a la multitud y contemplamos con curiosidad la mercancía que ofrecen en el resto de los puestos montados a base de lonas y barras metálicas entrecruzadas. Tallas africanas, ropa de primera y segunda mano, quesos y pan artesanal, bisutería, zapatos, atrapasueños, flautas y bongós de madera, además de una amplia y dudosa colección de Cds musicales arropados entre mantas sobre los adoquines. Entre regateos y bolsos de imitación con olor a pies sudados, atravesamos el mercadillo hasta llegar a un puesto donde venden té a granel. Podría comprarlo en la tetería que vamos a visitar después, pero prefiero cómo lo venden aquí; en bolsas de papel estraza donde el vendedor apunta con pulso inestable los minutos de preparación que requiere cada infusión. Le pago a base de contar los céntimos que me sobraron la noche anterior y después busco a Hange con la mirada. La encuentro embelesada en un puesto de minerales y piedras de todo tipo, contemplando una desde todos los ángulos antes de adquirirla.

—No sabía que te iba eso de coleccionar piedras.

—Hay muchas cosas que no sabes de mí, enano.

Cuando llegamos al final de la calle, siento que la sensación desagradable de mi estómago ha desaparecido y suspiro complacido antes de arrugar el cono de papel periódico entre mis manos para encestarlo en una papelera. Hange prueba suerte, pero el suyo rebota y golpea a una anciana en un hombro.

Después de actuar como si no la conociera, nos internamos en el callejón donde se encuentra la tetería. Una vez allí, parece que Hange revienta con todo lo que no ha soltado durante las últimas horas.

—Mi jefe me ha forzado las vacaciones, insiste en que estoy demasiado implicada con esta investigación. ¿Te lo puedes creer? ¿Cómo puedo estar demasiado implicada? ¿Desde cuándo es malo ser apasionado de tu trabajo? Está amargado porque tiene que dirigir las prácticas de los estudiantes, ya le he dicho que a mí no me importa, pero dice que los saturo mentalmente…

—Oye, gafotas, ¿qué habíamos acordado?

—¡Pero si apenas he empezado! No puedes escapar, enano, ya hemos hecho el pedido. Vamos, ¿por qué no me cuentas más cosas de Eren?

—¿Cómo te cargaste la centrífuga?

Hange me golpea de forma juguetona en el brazo.

—¿Estabas atento? ¿Por qué no quieres hablarme de él? Y no la rompí yo. Personalmente creo que ha sido mi jefe de departamento, pero claro, él jamás lo admitirá. No pretendas interesarte ahora por mis estudios, ¿no querías hablar de otra cosa? Cuéntame, ¿qué tal con Eren? ¿Te diviertes con él? La verdad es que no me pareció que fuera gay cuando lo vi, pero tú y Erwin tampoco lo aparentan así que…

—Porque no es gay —declaro antes de hacer un gesto de agradecimiento a la camarera que coloca la tetera y las tazas de diseño árabe en nuestra mesa.

Hange da un respingo en su asiento y me dedica una mirada de incomprensión.

—Debo haberte entendido mal.

—No, me has entendido perfectamente. No es gay.

No me quita ojo de encima mientras sirvo con calma el té rojo afrutado que hemos pedido. Me deleito en el aroma que desprende y me acomodo aún más en el puf antes de dar un sorbo.

—¿Cómo que no es gay? —vocea impaciente al cabo de un rato.

Le indico con una mano que baje el tono de voz.

—Está confundido y estamos probando.

—¿Qué? —contesta indignada—. ¿Me estás diciendo que has dejado a Farlan por un tipo que ni siquiera es gay?

Alzo una mano para callarla y la miro con severidad.

—Yo no he dejado a Farlan por nadie. Métetelo en la cabeza, no estamos juntos desde hace tiempo.

—Pero siempre acabamos hablando de ti en las videoconferencias, eso no está muerto del todo. Terminas este año y él ha regresado al pueblo una temporada… pensé…

—Limítate a pensar en tus investigaciones. Sé que te cae muy bien mi ex, pero seguirá siendo eso, mi ex. ¿Queda claro?

Asiente refunfuñada y da un sorbo de su infusión. Libera un gemido al quemarse los labios y sacude una de sus manos de forma exagerada.

—Está bien. Así que, probando, una especie de… experimento —dice mientras se ajusta sus gafas.

Resoplo antes de llevar de nuevo la taza a mis labios y, por una vez, me siento aliviado cuando retoma el monólogo de sus investigaciones.

Cuando abandonamos la tetería, la acompaño hacia la parada de autobús y protesto cuando me da un achuchón para despedirse. Tras vacilar un instante, decido regresar a pie hacia el apartamento para ahorrarme un viaje. Meneo la cabeza al pensar en el gasto desorbitado que llevo este mes, consciente de que voy a tener que sentarme a hacer números en casa para gestionar lo que queda de mis ahorros. Espero que el seguro de Erwin nos devuelva el dinero antes de que acabe el curso, o es probable que tenga que ir algunos fines de semana al pueblo para trabajar con mi tío antes del verano. Sé que Kuchel insiste en que puede abonarme un poco más para los gastos del piso, pero el invierno es un mes jodido para los puestos de artesanía y prefiero que conserve ese dinero.

Me subo en el ascensor mientras pienso en las ganas que tengo de estar tranquilo y a solas en mi habitación lo que resta de día. Sin embargo, cuando se abre la compuerta metálica me topo frente a frente con un imprevisto.

Un imprevisto sentado en un escalón delante de la puerta con expresión apenada y un plato envuelto en papel aluminio a su lado. Me lanza una mirada de alivio antes de incorporarse pero vacila a la hora de acercarse y sacude sus pantalones con disimulo.

—Erwin me dijo que habías salido —comenta Eren algo incómodo—. No quise esperar dentro porque sé que estás cabreado conmigo, me basta con aclarar un par de cosas y después me iré para no molestarte.

Suspiro ante la encerrona y le hago un gesto con la cabeza para que me siga.

—Aquí no —murmuro mientras abro la puerta—. Dentro.

Al entrar en la casa, nos recibe la música clásica que procede de la habitación de mi compañero. Cuelgo mi abrigo en el perchero y dejo mis botas en la entrada, antes de avanzar hacia uno de los sofás del salón para sentarme con las piernas apoyadas en la mesa de té. Contemplo a Eren con rostro inexpresivo mientras permanece de pie con el plato entre sus manos, dudando entre permanecer alejado de mí o acomodarse a mi lado. Decide lo primero antes de empezar a hablar.

—Sé que me has dado de mi propia medicina y lo merezco. —Me lanza una mirada anhelante—. Pero cada día que pasa es como si esas palabras ganaran peso y no es así como me siento.

Me cruzo de brazos y me reclino contra el respaldo sin dejar de escrutarlo con la mirada. Eren humedece sus labios y toma asiento en el otro sofá.

—No me arrepiento de lo que pasó aquella noche. —Su rostro enrojece—. Hay cosas que no se pueden fingir… Al menos yo no sé fingir eso. Tú viste cómo estaba, me… Lo disfruté… —añade cada vez más avergonzado—. El alcohol ayudó, pero lo volvió todo más confuso después al despertarme. ¿Entiendes?

—No.

Eren resopla frustrado y se deja caer hacia atrás para clavar su mirada en el techo.

—Cuando me desperté con la llamada de mi madre estaba muy desorientado —explica—. Recordaba de forma vaga lo que había pasado y llegué a dudar si lo había soñado o no. Estaba contigo medio desnudo en la cama, hecho un asco y sintiéndome a morir. Me levanté como pude, me vestí y me fui al campus. Quizás… —vacila—. Quizás eso es lo que lo ha hecho tan raro. Si me hubiera quedado contigo se habría normalizado la cosa, habría visto tu reacción, yo qué sé. —Me mira una vez más—. Me sentí extraño y esa sensación no se fue con la resaca. La conversación con mi madre no ayudó, ya te lo dije.

—Es que eso es lo que me jode, Eren.

Enmudece de repente y me inclino de forma leve en su dirección, sin dejar de mirarlo con dureza.

—Dijiste que parecía que habías cometido un crimen y es lo que me has hecho sentir a mí también. Entiendo hasta cierto punto cómo te sientes, para mí queda más lejos toda esa mierda mental que pasé en la adolescencia y ahí debe quedarse. Me niego a sentir que hago algo malo por querer follar con un tío —Eren desvía la mirada y yo agarro su barbilla para conectar nuestros ojos de nuevo—. Por querer follarte.

—Levi —interrumpe abochornado.

—Entiendo que no siempre es fácil hablar conmigo pero me jode que huyas de mí como si no confiaras. No sé qué piensas, no voy a manipularte.

—No pienso eso —dice con rapidez—. Ni tampoco que esté mal, fue una sensación… Ni siquiera puedo explicarlo bien.

Le lanzo una mirada escéptica y él coloca el plato sobre la mesa para agarrar mi mano entre las suyas.

—Lo siento —dice con honestidad—. Cuando me rayo me apetece estar solo.

—Todos necesitamos nuestro espacio, Eren. Pero no así.

Él asiente con un brillo de culpa en sus ojos y empuja con sus largos dedos el plato en mi dirección.

—Te he traído una cosa — dice mientras levanta el papel aluminio con cuidado y hace una pelota entre sus dedos.

Contemplo el contenido durante unos segundos y él me mira expectante.

—¿Qué es eso?

—Galletas caseras.

—Sabes que no me entusiasma el chocolate.

—No son de chocolate, están algo tostadas pero es el segundo intento y ya no me quedaba masa. —Alzo una ceja—. No me veía apareciendo con flores —añade avergonzado—. Quería tener un detalle.

Lo miro sin mediar palabra y agarro una de las galletas para observarla con detenimiento. Todas tienen los bordes irregulares, como si las hubieran raspado con un cuchillo para reducir la parte chamuscada. Si fuera por el aspecto no las probaría ni de coña, pero la expresión de Eren me hace cambiar de opinión.

—La intención era buena —se defiende ante mi silencio.

—Un poco densa —contesto mientras la mastico con esfuerzo—. Pero no está mal.

Eren sonríe y se lleva una a la boca. Frunce el ceño y se incorpora para dirigirse a la cocina. Cuando reaparece, lleva dos vasos con agua que deposita al lado de las galletas. En esta ocasión, se deja caer a mi lado para mirarme con ensayada inocencia.

—Eres un cabrón —digo al cabo de unos segundos—. Vienes con una explicación de mierda, galletas quemadas, cara de perro abandonado. —Aspiro cerca de su cuello—. Y esa puta colonia… esperando a que te perdone.

Oculta una sonrisa y se inclina para rozar su nariz con la mía. Puedo adivinar su expresión de alivio al ver que no rechazo su coqueteo.

—¿Y? ¿Ha funcionado?