¿Por qué no se rompió el Muro de Cristal? Gina repitió esa pregunta varias veces en su cabeza mientras bajaba por las escaleras al aire libre. Pero primero, ¿por qué debería haberse roto? Cuando llegó al Camino de las Rosas, ellas le abrieron el paso dócilmente. Avanzó con rapidez, porque era el lugar más peligroso del mundo. Albafica-Sama no estaba en la Casa de Piscis, como era de esperarse. Sin embargo, sintió un Cosmos conocido y lo siguió. No supo por qué lo hizo. Quizás sólo quería descomprimir la presión emocional que sentía. Ícaro estaba en la cocina, dando saltitos con una pierna para lograr agarrar las cosas. La otra pierna la tenía vendada, y a juzgar por su expresión de congoja, le dolía bastante. Gina se ofreció a ayudar, pero el niño trastabilló con la sorpresa. Sin embargo, cuando la vio enseguida sonrió y comenzó a hablar del éxito de su misión y de la admiración que sentía por su Maestro. Ella sonrió con tristeza cuando pensó en cómo había salido su misión. Entonces Ícaro supo que era mejor callar.
-¿Tú sabes por qué no se ha roto el Muro de Cristal? –inquirió de pronto. Ícaro no tenía ni la menor idea de qué le hablaba.
Siguió bajando hasta la Casa de Acuario. Atravesó el patio y conforme comenzó a recorrer el conocido templo, fue poniéndose más nerviosa. No sabía qué podría llegar a ver. Haber visto a Mirena embestida por la represa rota había sido la cosa más horrenda que había contemplado en su vida entera. Nunca había entrado a la habitación de su Maestra. La puerta estaba cerrada sin el pestillo. Empujó la hoja levemente, lo suficiente como para escabullirse dentro sin hacer ruido. Se quedó parada en el umbral una vez que atravesó la puerta, y observó con cierta sorpresa. Parecía que Mirena dormía tranquila. Estaba en su propia cama, tapada hasta el cuello, respirando con lentitud y profundidad. A su lado se ubicaba Albafica, en un sillón que se veía incómodo. Llevaba armadura y el cabello atado como la última vez que lo había visto. Se notaba acalorado, con las mejillas rojas y abundante sudor que perlaba su frente. Tomaba la mano de ella entrelazando sus dedos, y entre sus manos veía sus Cosmos mezclados. Cuando la vio, le hizo una seña con la mano que le quedaba libre. Gina se acercó con timidez.
-Perdón, Albafica-sama –balbuceó ella. Él carraspeó antes de responder. De cerca, a Gina le pareció que se veía enfermo.
-No te disculpes Gina-kun. Me alegra que estés aquí, y estoy seguro que Mirena también se alegra –concedió.
-¿Cómo está ella? ¿Se pondrá bien? –inquirió, con la voz rota. Albafica suspiró con evidente pesar.
-Espero que sí –susurró. Gina ahogó un suspiro. Cerró los ojos en un intento por no llorar-. Estamos trabajando juntos, pero me la está poniendo difícil. Aun así, tengo fe –agregó él, con una sonrisa forzada.
-¿Trabajando juntos? –consultó Gina mientras subía una ceja.
-¿Te acuerdas el día que se conocieron? –ella asintió-. Del mismo modo que te curó a ti, puede curarse a sí misma –Gina sintió un repentino alivio-. El problema es que para eso necesita utilizar mucha energía, que no tiene. Por eso le estoy prestando mi Cosmos, para que pueda curarse –Gina se sintió confundida.
-¿Mientras duerme se está curando? –Albafica asintió-. ¿Puedo ayudar? –esta vez, él sonrió con sinceridad.
-Por supuesto. Estoy seguro de que eso le gustará –Gina apretó los labios y se revolvió incómoda, sin atreverse a preguntar.
-¿Cómo tengo que hacer? –él le sonrió.
-Haz arder tu Cosmos. Imagina que es como un líquido, que lo empujas por tu brazo como si fuera una manguera –Gina se rio con la improvisada metáfora-. La mente puede dominar la materia. Si puedes imaginarlo, puedes hacerlo. ¡Ten buen ánimo! –siguió él.
Gina tomó la mano libre de Mirena e intentó hacer arder el Cosmos como lo había hecho antes con Shion. Se sintió intimidada por la mirada de Albafica. Se sintió triste de pensar en su Maestra en esas condiciones. Recordó las cosas que Ícaro había dicho de su Maestro, y por primera vez se alegró de veras de poder contar con el Caballero de Piscis en aquel momento. Antes, Mirena le había dicho que la quería y ella no había respondido. Apretó su mano con fuerza. Rompió a llorar y le dijo, sin palabras, que ella también la quería. Le dijo lo agradecida que estaba por tenerla en su vida, por su guía y su cuidado. Lloró, pero no era un llanto de tristeza sino de gratitud. Cuando abrió los ojos, estaba envuelta en su Cosmos plateado. Sintió orgullo de su logro y pensó que a lo mejor el Patriarca tenía razón. Fue cuando sintió amor y gratitud que pudo ver su mayor poder. Momentos después sintió un dolor que le punzaba adentro, como cuchillos. Lo aguantó uno o dos minutos. Apretó los dientes intentando apartar el dolor. Se hizo más fuerte y luego ya no pudo soportarlo. Se soltó de pronto y se fue de bruces al piso. Escondió el rostro entre sus manos.
-Lo has hecho bien, Gina-kun –susurró Albafica con voz dulce-. Nunca había visto semejante Cosmos en un niño. Te felicito –reconoció.
-¿Qué ha sido eso? Ha dolido tanto que no podía aguantarlo –confesó.
-Si te ha dolido, es porque lo has hecho bien –explicó-. Eso es el enlazamiento cuántico. Lo que has sentido es, en parte, lo que ella siente ahora mismo –Gina dejó caer lágrimas silenciosas.
-¿De verdad le duele tanto? No quiero –Albafica asintió con evidente pesar.
-De verdad. Yo tampoco quiero, por eso estoy aquí. Así al menos compartimos el mismo dolor. Hasta una hoja de papel pesa menos cuando dos la levantan –recitó.
-¿Tú también lo sientes? ¿Cómo lo aguantas? ¿No te estás muriendo de dolor? –Albafica se encogió de hombros.
-Hay cosas peores –bromeó-. La Armadura de Oro ayuda mucho. No puedo soltarla hasta que ella me indique, así que trato de tener paciencia –Gina subió una ceja con confusión- Mirena está usando mi Cosmos para sanarse. Podría lastimarla si se lo quito de pronto. Podría incluso matarla –la niña se sacudió esa idea.
-Dice Ícaro que eres el mejor Caballero del mundo –Albafica lanzó una risita-. Y yo le creo –balbuceó-. Quiero agradecerte, de corazón –él asintió con una sonrisa.
-Yo te agradezco a ti también, porque has ayudado a Mirena como no te imaginas. Y sospecho que has ayudado también a Shion –afirmó.
-¿Sabes por qué no se rompió el Muro de Cristal? –inquirió, recordando la tarea que le había dado el Patriarca. Albafica pensó un minuto.
-Sí –dijo al fin-. Pero tienes que resolverlo tú. Vuelve sobre tus pasos y recuerda todo lo que has hecho antes de esa técnica.
-No la he hecho yo –Albafica subió una ceja-. Pero antes de irse, por un momento, tomó mi mano –abrió la boca con sorpresa-. ¡El enlazamiento cuántico!
-Exacto. ¿Qué más? ¿Cómo ha funcionado? –siguió, animando a la niña.
-No lo he hecho yo… pero lo sostuve con mi Cosmos. Hizo eso para tener toda su energía disponible para la misión ¿no? –Albafica negó-. ¿Lo hizo para protegerme en el caso de que muriera? –inquirió nuevamente, con la voz temblorosa. Albafica asintió-. ¿Mirena pensó que se iba a morir? ¿Por una misión cualquiera? ¿Por mí, incluso? –hizo un pucherito-. ¿Estás enfadado conmigo?
-No estoy enfadado. Todos los Caballeros estamos dispuestos a morir para proteger a la humanidad –Gina se acercó despacio al pisciano y en un movimiento que ni ella misma entendió, lo abrazó. Él sonrió de gusto y revolvió su cabello con dulzura-. Eres buena y honorable, talentosa e inteligente. Serás un Caballero de los mejores de la historia –ella dejó que lágrimas silenciosas corrieran por sus mejillas. Él las limpió suavemente. Pensó en Irina cuando lo hizo. Eso le provocó una angustia que se hizo fuerte en su garganta.
-Lo siento, es que nunca me habían dicho algo tan bonito –se excusó ella-. Imagino por qué te pones triste. No es mi intención –él negó.
-Algunas veces estamos empeñados en que las cosas sean como queremos, tanto que no vemos las cosas buenas que sí han llegado –Gina asintió-. ¿Me haces un favor? ¿Le harías compañía a Ícaro por un rato?
Antes de que Gina contestara, un movimiento los distrajo a ambos. Mirena abrió los ojos apenas y esbozó una pequeña sonrisa con las comisuras de los labios, pasando la mirada de uno a otro. Dejó salir el aire y volvió a cerrar los ojos. Gina observó el detalle, él aun no la había soltado, mientras acariciaba el dorso de su mano con el pulgar. Lo vio concentrado y dedujo que estarían teniendo una conversación silenciosa. Entonces recordó algo que le había dicho Shion. Que ella también sabía de telepatía, aun sin saber que sabía. Se sintió fuera de lugar en el medio de los dos Caballeros Dorados, pero no se atrevió a irse de improviso. Observó a Mirena abrir los ojos nuevamente y sonreír de verdad, mostrando los dientes. Albafica le sonrió en respuesta. Gina apretó los labios e intentó recordar las pocas instrucciones que había recibido, intentando que las palabras no quedaran solo en su cabeza.
-Maestra –intentó. Mirena la miró fijo-. ¿Funciona esto? –entonces sonrió con ternura.
-Funciona –concedió-. Me alegra que estés bien. ¿No has tenido problemas para volver de Italia? –Gina tragó saliva. Sentía que sus propias circunstancias en realidad no eran importantes, cuando era la acuariana que estaba herida. Se encogió de hombros y agachó la cabeza-. ¿No me cuentas como te ha ido? –Gina negó.
-Tal vez en otro momento –aventuró, esquiva.
-No puedes romper nuestro trato –remató Mirena con firmeza.
-¿Por qué no se rompió el Muro de Cristal? –inquirió Gina cambiando de tema.
-Tú lo sostuviste porque tienes un Cosmos poderoso. Puedes atribuirte haber salvado a toda esa gente –informó, sin disimular el orgullo-. No me evadas de una forma tan infantil, por favor –Gina apretó los párpados e hizo un esfuerzo por no llorar.
-Quiero quedarme contigo –confesó al fin-. No me dejes –Gina rompió en llanto. Albafica le hizo una pequeña caricia en la espalda con la mano que le quedaba libre.
-Por eso no debes preocuparte. ¿Cuántas veces te lo he dicho? –dijo con dulzura-. Sé que ha sido duro, pero ya todo está bien –Gina asintió con ciertas dudas. Se acercó y le dio un rápido beso en la frente. Mirena lanzó una risita-. Te concederé esto, cuéntame mañana. La gente es capaz de aclararse por la noche.
-De acuerdo –contestó Gina, lanzando el aire con alivio-. Albafica-Sama me ha dicho que vaya a ayudar a Ícaro –aprovechó la oportunidad para escabullirse. Mirena asintió. Para ella también era un alivio.
Vio a Gina atravesar la puerta antes de permitirse relajarse. Apretó los párpados con fuerza y dejó salir lágrimas amargas. Recién cuando estuvo sola con Albafica dejó ver su dolor. Gimió de pena mientras inflaba el pecho frenéticamente, respirando con pesadez. Él se acercó más y la besó en los labios por primera vez. Tomó su rostro con la mano libre y lo cubrió de besos. Cuando estaba ante la niña había intentado disimular el dolor que sentía, pero las marcas en el cuerpo lo delataban. Estaba encorvado como si soportara peso sobre su espalda, con ojeras que se marcaban bajo sus ojos cansados, cubierto en transpiración. Ambos tenían los ojos llenos de lágrimas, hinchados por el esfuerzo. Se besaron con desesperación, habían pensado que no volverían a verse. Mirena hizo un esfuerzo para abrazarlo con suavidad y atraerlo contra sí, a pesar del dolor físico que ese contacto le provocaba. Se remojó los labios y se esforzó por hablar, aunque la voz salió ronca y quebrada.
-Perdóname –balbuceó-, por todo el dolor que estás sintiendo por mi culpa –Albafica negó con la cabeza.
-Ningún dolor es excesivo si es para ayudarte –dijo él sonriendo-. Pero ¿falta mucho? –remató con picardía.
-Cinco minutos –concedió ella-. Te prometo que te compensaré.
-Mujer taimada. Me imagino qué idea debes tener –remató, con una media sonrisa que revelaba su secreto deleite. Volvió a besarla, ahora con más fuerza. Aun sin soltar su mano, se acomodó a su lado en la cama.
-¿Cómo te atreves a manchar mis sábanas con tu armadura cubierta de mugre? –lo acusó mientras reía. Albafica se encogió de hombros, desentendiéndose del asunto. Mirena se acurrucó con él y cerró los ojos por un momento. Las manos entrelazadas continuaban brillando mientras descansaban sobre su torso.
-Me asustaste mucho –confesó al fin el pisciano-. No podría soportar la vida si no estuvieras, Mirena. Tengo el corazón roto para siempre –balbuceó.
-Amor mío –susurró-. Me disculpo por el susto. No debes preocuparte, siempre estaré a tu lado.
-Eso no lo sabemos ni tú ni yo. Como Caballeros sabemos que podemos morirnos en cualquier día, en cualquier misión, por sencilla que esta parezca –suspiró-. No reniego de eso, por más penoso que se me haga.
-¿Quieres rendirte? –lanzó ella de pronto-. Te seguiré a cualquier lugar –Albafica negó con la cabeza.
-No puedo rendirme. No sería justo, ahora que tenemos aprendices que cuidar.
-Lo sé –acordó Mirena-. Es tan raro oírte hablar con semejante pesimismo justamente a ti, que has sido un faro de esperanza para todos.
-A lo mejor es justamente por eso –intentó él-. Les he dado tanta esperanza a los demás que me he quedado sin nada para mí. Estoy sufriendo un dolor más fuerte de lo que imaginas –confesó.
-Suéltame –concedió. Él hizo caso. La abrazó con ambos brazos.
-No es eso. Duele en el alma, en realidad –ella asintió.
-Pues te equivocas cuando dices que no me imagino. Yo también tengo el corazón roto –él asintió-. La buena noticia es que tú eres una caricia para mi alma –Albafica sonrió de pronto con nostalgia.
-Hacía mucho que no escuchaba eso. Desde el último día de los Lazos Rojos. ¿Te acuerdas?
-Me acuerdo. Todo parecía tan terrible entonces, pero era más sencillo –afirmó Mirena con nostalgia-. Te amaba entonces, igual que ahora. Te he amado desde el día en que sentí tu cosmos a lo lejos –él le sonrió y la acercó contra sí-. A ver si ya te quitas ese trozo de oro y me dejas sentir tu piel.
-Tienes razón –concedió. Enredaron sus piernas, suspiraron juntos y cerraron los ojos. Ese era un día de descanso para pasar juntos. Ya trabajarían en el entrenamiento al día siguiente.
