Sasayama caminaba sujetando el dominador con ambas manos a medida que se acercaban al punto de encuentro indicado. Los callejones eran débilmente iluminados y la brisa nocturna se asemejaba a un silbido lastimero que se agolpaba en su piel, como unos gélidos besos de muerte. Cuando atravesaron el pasillo, Sasayama se detuvo frente a ellas de repente, y Toko casi se lo lleva puesto si no fuera porque estaba al tanto de sus movimientos. Hasta entonces Yashiro no había quitado ojo de su compañera, pero al percatarse de la postura suspicaz que había adoptado el ejecutor no pudo evitar sentir curiosidad, y buscó con la vista aquello que lo había dejado inmóvil.
Yashiro entrecerró los ojos mientras estudiaba la delgada pero no por eso menos formidable figura al final del piso, con las manos apoyadas sobre la baranda y la vista clavada al frente. Su cabello blanco ondeaba al viento y no dio signo alguno de haber advertido la presencia de los recién llegados, parecía estar tan ausente como si fuera espectador de una tétrica aparición. Sasayama salió del trance en el que había caído, y tras sacudir la cabeza para adaptar su vista ante aquella imagen, alzó sus manos para apuntar en dirección al muchacho.
Yashiro sintió que todo su cuerpo se paralizaba, los latidos de su corazón comenzaban a sonar lejanos e insignificantes como si no le perteneciesen. Le dirigió una mirada al cañón del arma, pero la transformación artificial que lo caracterizaba nunca llegó. Desconocía el mecanismo, pero logró por fin inhalar aire cuando se dio cuenta de que no funcionaba contra él, justo al igual que Kozaburo Toma. De alguna forma, el Sistema Sibyl no podía detectar sus verdaderas intenciones.
El coeficiente criminal es 44. No es un objetivo para la acción de ejecución. El gatillo permanecerá bloqueado.
Sasayama chasqueó la lengua ante aquellas palabras, de las cuales tan sólo él era consciente. Su dedo permanecía sobre el gatillo y lo que más deseaba en el mundo era jalarlo, en especial, cuando el hombre que se hallaba de pie a varios metros se volteó hacia ellos, con el ceño levemente fruncido. Estaba claro que tenían por su parte el elemento sorpresa, pero aquel sujeto, no obstante, curvó sus labios en una sonrisa divertida como si los inesperados visitantes le resultaran, en verdad, unos pasajeros irrelevantes.
-El orquestador detrás del Caso de los Especímenes -sentenció Sasayama juntando las cejas-. Makishima…
Una risa pausada que parecía desbordar de admiración, proveniente del muchacho, colmó el espacio de una inquietante calma, como el silencio de una tarde nublada antes de la tormenta. Yashiro escuchó sus pasos y lo siguió con la mirada mientras este caminaba hacia un lado, hasta que se detuvo y volvió a clavar el ámbar de sus ojos en Sasayama, de una manera analítica. No parecía preocuparle en absoluto el hecho de que había sido descubierto, y alzó su mano derecha frente a él en un gesto imponente.
-Así que tú eres el ejecutor Mitsuru Sasayama… un sabueso no puede ir muy lejos solo, es propiedad del Sistema Sibyl -el silencio le transmitió un brillo sobrenatural en sus ojos, mientras los entreabría para mirarlo fijamente con una intensidad que estremeció a las jóvenes-. Si has roto las cadenas para llegar hasta aquí, significa que la Oficina de Seguridad Pública no aprobó tu justicia, o no tienen pistas sobre mí.
Sasayama dio un paso adelante tanteando el terreno, dominador en mano. Con la cabeza ladeada ligeramente hacia un lado, parecía examinar cada movimiento que realizaba Makishima, quien, a pesar de no demostrar la misma robustez, lograba transmitir un aura intimidante que albergaba todo tipo de adversidades, y el ejecutor tenía un muy buen olfato para percibirlo. Podía diferenciar con facilidad entre un zorro y un conejo cuando lo veía con sus propios ojos, y en aquellos momentos, todo su cuerpo se hallaba tenso.
-Sabemos que Kozaburo Toma no cometió los crímenes solo. Es cuestión de tiempo de que descubramos la identidad de quien le aportó las herramientas y creó la resina...
Makishima chasqueó la lengua y soltó una socarrona carcajada a medida que paseaba alrededor, lejos de ellos. Sasayama comenzó a bajar sus manos, cansado de esperar el accionar del dominador al que tanto estaba acostumbrado. Seguía confundido e irritado, sin poder aceptar del todo que el Sistema Sibyl juzgara como inocente a aquel hombre. A pesar de verse tan natural había algo en él que lo mantenía alerta, y sus instintos de perro de caza nunca fallaban. Estaba seguro de que, si Masaoka se encontrara allí, reaccionaría de la misma forma.
-Fascinante… tan perspicaz como un detective -afirmó Makishima deteniendo su andar, para ladear la cabeza hacia él con orgullo e intercambiar, durante una milésima de segundo, la mirada con Yashiro-. ¿Qué criterio utilizas para juzgar a alguien como un criminal o un inocente? ¿el dominador que tienes en tus manos lo hace? En una época en la que se ha descubierto el secreto para adentrarse en la mente de las personas, parece que las voluntades individuales no forman parte de la ecuación. Sin embargo, cuando la gente vive adaptándose constantemente a los estándares que el oráculo del Sistema Sibyl impone, sin basarse en sus propios deseos personales, ¿tienen valor como seres humanos?
Sasayama apretó los dientes y mantuvo la respiración unos segundos, sin apartar la vista de él. La repugnancia desbordaba de cada una de sus facciones, y Yashiro comprobó que parecía contener sus impulsos para no abalanzarse sobre el otro en ese mismo instante.
-No eres más que un inadaptado social que envidia la felicidad de los otros. Eso es lo que eres. Nadie va a recordarte luego de esto, al igual que a Kozaburo Toma. Serán ignorados por la sociedad una vez más.
Yashiro arqueó una ceja al oír una suave e irónica carcajada por parte de Makishima, y al dirigir la mirada en su dirección vio la forma en que señalaba al ejecutor con la mano derecha, dueño de una complicidad indescriptible. Sasayama, en cambio, soltó un bufido al comprobar que tenía algo en común con aquel muchacho, y no pudo evitar hacer una mueca de asco de tan sólo pensarlo.
-Eres un criminal latente, una basura para esta sociedad. Abandonaste todo lo que conocías y al único lugar al que podías pertenecer para dejarte llevar por tu instinto. Y, no obstante, nadie entiende tu odio, nadie aprueba tu sentido de justicia. Eres consciente de que estás completamente solo en este mundo, pero al igual que yo, conviertes esa soledad en un arma. Y sabes… tengo un alto estima por todo aquel que esté dispuesto a actuar bajo su propia voluntad. Ahora que saben de mi existencia, me temo que no puedo permitir que salgan de este bloque. Lo sientes… ¿verdad? La vida de alguien más pende de un hilo, y eres el único que lo sostiene.
Cuando Makishima guio su mirada hacia Toko, la menor cerró firme sus labios y tragó saliva. Sin embargo, Sasayama se situó frente a ella cortando su línea de visión, y apretó fuerte sus puños. Makishima, en cambio, permanecía inamovible en su propia satisfacción, contemplando la forma en que, poco a poco, Sasayama perdía el control.
-No lo permitiré. Descubriré la verdad detrás de todo esto, aunque tenga que…
El ejecutor se acalló a sí mismo, intercambiando una mirada desilusionada con Yashiro. Era consciente de que no podría controlarse, aunque en el fondo anhelaba capturarlo con vida, cumplir el rol de los detectives. Makishima arqueó una ceja ante sus llameantes palabras y alzó la cabeza unos centímetros, como si estuviera desafiándolo. Sus dientes se asomaron con timidez, tan blancos como la camiseta que llevaba puesta, y contuvo una inminente risa para dignarse, en cambio, a relucir una sonrisa retorcida.
-La justicia por mano propia no es el camino de un ejecutor.
Sasayama se volvió a guardar el dominador lentamente e hizo una larga pausa, hasta por fin dejar escapar un suspiro lleno de ironía.
-No… pero sí el de un criminal latente.
En un simple parpadeo, Sasayama se aproximó a Makishima como un tigre a su presa. Este último se mantuvo cauteloso cual felino a punto de saltar, como si el tiempo se hubiera detenido y ya no fuera capaz de oír el bramido animal del ejecutor, pero entonces, con una agilidad que desconcertó a Yashiro, detuvo sus ataques y respondió con la misma fiereza, uniéndose al baile a pasos expertos y elegantes.
Cuando Sasayama se dirigió a su rostro, el albino bloqueó su movimiento y se giró sobre sí, asestándole su rodilla en el pecho e inclinándose a un lado para barrerlo. Una sonrisa de sorpresa se dibujó en sus labios al no poder pisotear su rostro, puesto que el ejecutor se deslizó hasta ponerse de pie y volver a arremeter con una patada. Makishima lo desvió una vez más, y se arrimó para propinarle un golpe en la mejilla, seguido de otro en su rodilla. Sasayama plantó una de ellas en el suelo y fue entonces que su adversario lo agarró de la cabeza, pegándole otro golpe en el rostro con la pierna.
La nariz del ejecutor se cubrió de un rojo que parecía brillar bajo la luz de la luna, y durante unos segundos se le nubló la vista. Makishima corrió hacia él, pero retrocedió unos pasos cuando este trató de patearlo en su tobillo y asestarle varios golpes con su puño, los cuales detuvo en el acto, tomándolo del brazo y girándose para alzarlo sobre sus hombros, hasta arrojarlo con fuerza hacia la baranda. Durante unos segundos se mantuvo de pie en la misma posición como una escultura de éxtasis, admirando la mueca de dolor en los labios del ejecutor.
Yashiro no podía más que contemplar perdidamente la letalidad de aquel arte marcial que ambos parecían compartir y apenas reparó en el grito de Toko, el cual hizo girar a Makishima. No obstante, cuando la menor intentó dirigirse hacia ellos para intervenir, Yashiro la retuvo de ambos brazos teniendo que hacer fuerza contraria, para evitar que entre en un conflicto que ambas sabían que no podría resolver por su propia cuenta.
Fue en ese momento en que Sasayama se levantó tambaleante y comenzó a correr hacia él, pero el parpadeo de Yashiro instó a que Makishima reaccionara a tiempo, quien aferró su muñeca colocándose junto a él y lo golpeó en la garganta con su codo, aunque no lo soltó y, en cambio, hizo fuerza en su cuello para impulsarlo hacia atrás con su propio peso. Una sonrisa cínica iluminaba su rostro y por un instante Yashiro sintió una extrañeza mientras intentaba reconocer al hombre que se hallaba tan sediento de sangre como el ejecutor; dos bestias a punto de despedazarse. Sasayama extendió su pierna en el aire para alejarlo, y se levantó de un salto para reanudar el combate.
Con un ímpetu lleno de cólera, el ejecutor logró empujarlo impulsándose hacia adelante, pero una vez más era tomado por sorpresa, y Makishima se hizo de todo tipo de patadas y golpes para tomar la delantera. Sasayama no logró esquivar uno de ellos, y en cuestión de segundos se vio derribado. Sin embargo, Makishima siguió asestándole golpes una y otra vez, llenando su rostro de un oscuro rojo hasta que por fin detuvo su accionar, arrodillado junto al cuerpo del ejecutor, completamente jadeante y fuera de sí.
Durante unos eternos segundos se mantuvo inmóvil, con la mirada perdida; su pecho subía y bajaba descontroladamente, hasta que una sonrisa le dio vida a su pálido rostro y se puso de pie. Sasayama se permitió toser y Toko respiró de alivio al ver que, a pesar del sangrado, intentó levantarse, al principio con la pierna sana y tambaleándose en el proceso, hasta que logró erguirse casi por completo. Sus ojos estaban entrecerrados y todo su cuerpo temblaba del dolor.
Cuando Makishima se fijó en él lo hizo con una fingida compasión, como si fuera un perro callejero al que había que lanzarle un hueso. Se encontraba de pie a unos metros y empezó a caminar alrededor como si le estuviera dando tiempo para que se recuperase, mientras estiraba los dedos de sus manos y abría y cerraba los puños. Yashiro entonces comprendió que estaba jugando con él. Causaba que perdiera el control llevándolo a sus límites, para luego hacerlo pedazos. Parpadeó cuando Makishima enseñó el vivaz reflejo de una filosa hoja de barbero, al desplegarse de su empuñadura.
-Yashiro… llévate a Toko e informa a la Oficina de Seguridad Pública -la incorporó el ejecutor en un susurro.
Yashiro intercambió una mirada con él, vio la sombra de la duda en su rostro al momento de sacar su propio cuchillo de combate. Sasayama inclinó la cabeza mientras la observaba a los ojos, depositando toda su confianza en la mayor de ambas estudiantes. Yashiro, conmocionada por el gesto, tardó unos segundos en asentir con la cabeza acatando lo que, más que una orden, parecía una súplica. Pudo ver un destello sobrecogedor en sus ojos, algo que no era común en personas desinteresadas como Mitsuru Sasayama, y supo que la oportunidad de apartar a Toko del conflicto era algo que debía aprovechar cuanto antes.
Yashiro tomó a la joven Kirino de la muñeca haciendo caso omiso a sus negativas, y comenzó a correr por el pasillo dejando atrás a los dos hombres, que volvieron a enfrentarse con renovado ahínco. El silencio de la noche era absoluto, tan sólo irrumpido por el sonido de sus zapatos sobre los charcos de agua sucia. Ninguna de las dos fue consciente del tiempo que habían estado huyendo hasta que Toko se soltó repentinamente de su agarre, incapaz de seguirle el ritmo. Yashiro se recuperó más rápido y volvió a sentir el normal pulso de su corazón. Toko, por el contrario, se apoyó sobre sus rodillas durante un minuto entero y cuando por fin logró tranquilizarse, se irguió y comenzó a caminar hacia adelante, observando alrededor como si estuviera perdida y buscara el camino de vuelta a casa.
-Sasayama tiene razón -declaró Toko con la mirada clavada en la pared-. Tenemos que contarle todo a la oficina… Toma, Makishima, Rikako…
Yashiro sintió que se le paraba el tiempo, y un inquietante malestar invadió todo su cuerpo. La mención de su compañera la había llegado a paralizar y un terror enfermizo se adueñó de su mente, volviéndola niña otra vez.
-¿Rikako?
Toko alzó la cabeza y abrió más los ojos, sin atreverse a encararla. El tono de Yashiro expresaba la más pura exasperación, pero en especial, dolor. Necesitaba las respuestas que había encontrado, a pesar de que sabía que no iba a gustarle escucharlas.
-Ella estuvo implicada desde el principio. Escuché que hablaba con Toma sobre la plastinación y los nuevos materiales que se les fueron otorgados… incluso la vi con él dirigiéndose a lugares más alejados de la academia.
Yashiro permaneció en silencio durante unos segundos, sintiéndose como una niña pequeña que está aprendiendo a hablar, y que formular cada palabra le resulta una gran odisea.
-¿Como cuáles?
Toko pareció vacilar y no respondió en el momento, ya sea para recordar o porque la brusquedad de la mayor había sido inesperada y extrañamente gélida, como si de repente su voz fuera la de alguien ajeno a ella misma.
-Cerca de los límites hay un extenso portón… con un panel a la izquierda. Ella tiene un dispositivo que la autoriza a entrar. Lo siento... eran muy cercanas, ¿verdad?
La respiración de Yashiro, hasta entonces calmada y constante, comenzó a agitarse por sus palabras siendo interrumpida por unos breves suspiros estremecedores, como si albergara en su interior el paso imperturbable de una enfermedad. Debió pasar medio minuto hasta que Toko escuchó unos lentos pasos a sus espaldas, que se detenían por momentos como si caminar unos metros fuera una extensa travesía, hasta que sintió la presencia de Yashiro demasiado cerca y un silencio fúnebre las dividió a ambas.
Cuando Toko estuvo a punto de darse la vuelta, fue demasiado tarde. Esta comenzó a retorcerse al sentir que un brazo rodeaba su cuello con fuerza, hasta el punto en que se veía incapaz de respirar. Sus manos buscaron al responsable tal manotazo de ahogado, pero tan sólo lograron pegarle en el rostro una y otra vez, percibiendo la suave piel y el cabello lacio entre sus dedos. Se sentía como un animal indefenso cuya ira le nublaba la mente, forzándola a buscar una salida del modo que le fuera posible.
Su corazón latía tan rápido que podía sentirlo en medio de su pecho, y los segundos transcurrieron a una velocidad imperceptible para ella. Cada vez era menos la energía que la impulsaba a sobrevivir y sintió que poco a poco la vista se le iba oscureciendo, sus brazos y piernas dejaban de responder, agotados por el esfuerzo. Hasta que, en un preciso momento, todo su cuerpo se quedó inmóvil como un cadáver, y lo último que pudo ver abrazándola fue una fría e inmensa oscuridad.
