Capítulo Quinto: Las Vacaciones del Gremio Negro
Misión 3
La Voz en Nuestros Sueños
[Astrid, Brigit, Émilienne y Paco]
Horror. Todo lo que Ra-Me-Tek contemplaba a su alrededor no era más que fealdad y decadencia. Las gentes del mundo reían, jugaban y vivían su día a día inconscientes de la verdadera naturaleza de su mundo, desconocedores de los repugnante, aberrante e inmerecedora de su propia existencia que era Gaïa. Solo él podía verlo. Él y su señor, alabado sea, ambos consagrados a la más elevada e imprescindible tarea que nadie podía tener asignada:
La total y absoluta aniquilación de ese terrible planeta.
El Sacerdote de la Destrucción pasó sus manos sobre el papel que, de alguna manera, había llegado hasta él. Era una invitación, una invitación de aquella hechicera que, por azares del destino, ahora dirigía una de las maltrechas naciones de los hombres. Le invitaba a reunirse con ella y aquellos que la Iglesia del Falso Dios había proclamado sus 'hermanos', a fin de discutir asuntos sobre su futura supervivencia. No pudo evitar reír al respecto.
¿Supervivencia? Como si él esperase algo así. Como si cualquiera debiese esperar algo así. No, no era ese el sino del mundo, ni el de nadie.
Sin embargo, en su carta aparecía algo más, algo sobre una extraña organización. Etheldrea consideraba que tenía que haber alguien moviendo los hilos detrás de esos individuos, y que por algún motivo, parecían estar contactando con ellos según la voluntad de ese misterioso titiritero. La Primera Bruja consideraba oportuno descubrir su identidad, pues la existencia del Gremio Negro seguramente comprometería, quizá positiva o quizá negativamente, los fines personales de cada uno de ellos.
Aunque, ¿qué clase de organización de mortales podría detenerle? Después de todo, sus motivaciones no solo eran excelsas y admirables, sino que su poder era inalcanzable por ninguno de ellos.
No obstante, había algo que le preocupaba. No recordaba cuánto tiempo hacía, pero recordaba haber sentido algo, alrededor de quince o veinte años atrás. El ánima de una vieja conocida reapareciendo en Gaïa. El espíritu de la mujer a la que, siglos atrás, había amado, de vuelta en este indeseable mundo. Debía evitarlo. Debía hacerla regresar al Flujo de Almas tan pronto como fuese posible. Aunque, según las normas de este odioso cosmos, ella ya no era ella.
Deleznable.
La destruiría, igual que destruiría a todos y cada uno de los seres que poblaban el planeta.
Porque él era el único y verdadero Mensajero del Fin.
Balter era una ciudad tranquila; algo de esperar, teniendo en cuenta lo terminantemente prohibidas que están las armas. Un hombre grasiento cabello negro y aspecto cansado, ataviado con una gabardina raída y unos pantalones cochambrosos, paseaba tranquilamente por una de sus calles. Inesperadamente, la gente no le miraba ni con asco ni con lástima, y en lugar de alejarse de él u ofrecerle limosna, le saludaban amigablemente.
—¡Hombre, Yami, ¿cómo estás?! Tengo manzanas de temporada, ¿quieres comprar alguna?
Él saludó tímidamente a la frutera y se acercó para comprarle un kilo de manzanas. La misma situación se repitió con el pescadero, el verdulero, la carnicera y el marisquero. Y con la señora de las castañas. Le encantaban las castañas en esa época del año.
Total, que se vio hasta arriba de bolsas con un kilo de manzanas, dos langostinos, tres pollos, dos calabazas, siete lubinas y un paquetito de castañas asadas. Se sentía incapaz de negarles la compra a gentes tan amables, además, debía reconocer que no era tanta comida. Total, había mucho que alimentar dentro de su cuerpo.
El extraño hombre se rio amargamente en sus adentros por el 'chiste' que él mismo acababa de pronunciar. Pero bueno, era verdad, en parte.
No pudo evitar dirigir sus pensamientos a aquella hechicera pelirroja que había acordado librarle de su maldición. Se preguntaba si podría. Nadie había podido nunca. Solo esperaba que la pobre chiquilla no muriese en el intento. La gente solía morir en el intento. No le gustaba que la gente muriera.
Un ruido sordo le sacó de sus pensamientos. A un carro se le había desencajado una rueda y se había caído. ¿Sería cosa suya? No, aún era pronto. Todavía podría vivir allí un par de años más.
O eso esperaba.
La sala donde los Ángeles Caídos de Samael se reunían era espectacular, para estar oculta en un subterráneo. Alrededor de un hall circular se erigían doce tronos de distintas alturas y tamaños. En el tercero más elevado de todos ellos, una hermosísima Sylvain de cabello castaño, ataviada con un largo vestido blanco, contemplaba con cierta preocupación los asientos de menor envergadura.
—Parecéis preocupada, Dinah —pronunció una voz grave que resonó por toda la sala.
En menos de un segundo, se manifestó en el trono inmediatamente superior al de la mujer —uno especialmente ancho— la colosal figura de un dragón negro. Se sentaba como un ser humanoide, y de sus escamas color ópalo emitían brillos rojizos, como a sangre oscurecida.
—Oh, Señor Ramses. No os preocupéis, no quisiera importunaros con mis cavilaciones —respondió ella, tratando de mostrar respeto ante el Wyrm Oscuro.
—Veo que contempláis el undécimo trono con cierta expectación. ¿Estáis acaso pensando Sisiphus?
La Reina Blanca suspiró, sabiéndose atrapada por el astuto Dragón de Gaira.
—Así es. Ya debería haberse reencarnado… Al menos cinco o seis veces. Hemos batido cielo y tierra en busca del Nephilim que haya heredado su Sue'Aman. Pero sin éxito. Decidme, Ramses, ¿deberíamos rendirnos y darle su puesto a otra persona?
—Quizá sea lo mejor —reflexionó el Señor de Samael—. No obstante, considero que si alguien nació con el destino de ser un Ángel Caído, es porque en algo habrá de contribuir a nuestros objetivos. Es posible, de hecho, que sea la clave para resolver nuestros problemas interno.
Dinah sonrió ante esa declaración.
—No sabía que esa… discusión que hay entre Ophiel y yo fuese motivo de preocupación para vos.
El dragón rio estridentemente, abriendo su hocico. Era una risa maliciosa y oscura, y lo era de forma totalmente intencionada.
—Espero que entiendas que todo lo que amenace la supervivencia de Samael es, a mis ojos, inmerecedor de existencia. Me es indiferente hacia qué lado acabe decantándose la balanza, pero quiero que se decante por alguno. Y cuanto más rápido, mejor.
Tras emitir sus amenazantes palabras, Legión Ramses desapareció de escena, dejando de nuevo a Dinah sola. Integrar a un semihumano en Samael podría ser la vuelta de tuerca definitiva.
Y el Segundo Ángel Caído tenía razón en una cosa. Cuanto antes, mejor.
