Convivencia Explosiva

—Capítulo 18—

Las mentiras tienen patas cortas.


Una mentira arrastraba a otra, y a otra, y a otra, hasta llegar a un círculo vicioso. Un círculo al cual se metió de cabeza por salvar su orgullo. Seijūrō apretó fuerte los párpados, hastiado. Estaba abrumado, nunca había dicho tantas mentiras juntas. Esa no era la educación que le había inculcado su madre, ni su familia, pero encontrarse con Shintarō se había convertido en su aliciente para mentir.

Por suerte, o probablemente por confianza absoluta, Shintarō no se molestó en corroborar cada una de sus palabras. Un alivio para su conciencia, salvo que más temprano que tarde, Atsushi se enteraría de la imaginaria relación que había entablado con él hace un par de semanas.

Atsushi era un tipo de actitud desinteresada para los problemas; sin embargo, eso no significaba que fuese regara indulgencia. Su constante desinterés era el principal problema allí. Mentir y, sobre todo, acordarse de cada mentira le provocaba pereza, y si lo obligaban a seguir la cuerda de una mentira, se fastidiaba y diría "qué pereza, Aka-chin, no me molestes~~~~". Era una probabilidad muy alta.

Atsushi no apañaría una historia de mágico amor hecha por soberbia. Si el gigantón pudiese describirlo con una emoción, escogería la pesadez: mentir era una reverenda pesadez.

Sea cual sea su respuesta, Seijūrō no alargaría más esa situación. No se arriesgaría a tener un roce con Atsushi —un gran amigo— por no confesar a tiempo. Se acercó a la sala para tratar de decírselo, pero en esa habitación reinaba el caos y Kazunari no era uno de los causantes. El halcón se había mudado y ya no había cabida de culparlo absolutamente de todo. Una verdadera lástima, porque siempre era un alivio tener una caja donde tirar la basura y, en esa casa, se acumulaba toneladas en tan solo un día.

—Esto es mío~~~ —Atsushi decía repetidas veces, mientras jalaba para sí la bolsa de panes, pero Ryōta no colaboraba—. Kise-chin si no la sueltas, te voy a aplastar~~~~.

—Esto lo he comprado YO—el rubio contestó altanero.

En los sillones, Makoto discutía con Tetsuya por una casaca extraviada. Un dilema sin fin a juzgar por los calificativos que se oían. Tetsuya negaba haberla visto, él respetaba las pertenencias ajenas y nunca agarraba algo sin antes pedir permiso. Era parte de la educación que había recibido en su casa.

Tatsuya y Taiga también estaban teniendo roces. Por primera vez. Desde que Kazunari huyó de allí, el tigre se mostraba irascible las 24/7, en especial con su supuesto hermano. En esa ocasión, el pelirrojo le reclamaba por una billetera de cuero, que supuestamente le había prestado el mes anterior.

—La he dejado en el trabajo, Taiga. —Tatsuya le repitió por enésima vez.

Daiki también estaba en medio de un complot, quejándose del monstruoso pago de la luz. Ese mes el uso de la electricidad había subido más del cincuenta por ciento ¿Cómo era eso posible! Daiki negaba a capa y espada haber gastado más de lo usual, exigiendo al responsable escondido que asumiera su deber al igual que él. El principal acusado era Kazuya, pero ese cangrejo no se mostraba aludido.

Kazuya llegaba cerca de medianoche exclusivamente a dormir. Su consumo era, en realidad, mínimo. A veces prendía la televisión los fines de semana o, de vez en cuando, se le veía cargando su iPad, a parte de su celular como todos. Nada más. Las acusaciones hacia su persona eran injustificadas.

Y Ryō temblaba como una maraca. No estaba envuelto en ninguna pelea, pero los gritos en cada rincón lo estaban perturbando. Se mantenía rígido en un rincón, sin decir nada, sin emitir ningún sonido. Ser involucrado en eso no le convenía a nadie y no era tan idiota como para inmiscuirse en temas que no lo incumbían. Excepto por Atsushi. No ponía las manos al fuego, pero estaba casi seguro de que aquella bolsa de panes dulces era en efecto de Atsushi, no de Kise. Su amigo solía comprar pan de yema. Eso se ocasionaba cuando compartían la panadería, siempre se confundían por A, B o Z motivos.

—Creo que no es un buen momento —Seijūrō murmuró retrocediendo unos pasos. Consideró cesar una de las discusiones, la menos complicada, pero el timbre lo distrajo—. Que no sean más problemas.

La visita era muy inoportuna.

Kazuya le ganó la puerta, había largado a Daiki con un ademán. Estaba harto de discutir. El moreno no le inspiraba miedo y por sus venas no corría ni una pizca de cobardía si quería llevar eso a los puños.

—Vaya, ¿qué hay, amigos? —Kazuya preguntó y les dio entrada. Shintarō y Kazunari estaban de visita ese domingo, aunque la idea había sido de Kazunari—. No llegan en un buen momento, pero en sí aquí nunca es buen momento —avisó y después infló una gran bomba de chicle, reventándose al instante en su rostro—. Están en su casa.

Seijūrō volteó disimulado, calculando la mejor manera de esconderse en su pieza. En el aire se olía el peligro. Su mentira se caería a pedazos si permanecía en la sala. Intentó escabullirse, pero Kazunari lo acaparó con un montón de preguntas. El halcón había extrañado esa convivencia tan explosiva.

—Todo está en orden —respondió parco.

—No, Aka-chin, nada está bien —Atsushi expresó fastidiado y soltó la bolsa de pan, provocando que su amigo cayese de espaldas contra el refrigerador. No mostró conduelo ante los quejidos de Ryōta—. Todo es una desgracia desde que Kao-chin se fue, queremos a Kao-chin de vuelta, Mido-chin —dijo encaprichado.

—Uy, siento el amor aquí —dijo Kazunari, halagado y con el ego en las nubes—. Me hubiese gustado compartir más mi aire con ustedes, pero tuve mis razones para irme, A-chan~.

Taiga no perdió el tiempo y se sobrecargó sobre los hombros de Kazunari, amistoso, él también había extrañado esa presencia fresca y holgada del halcón, y estaba de acuerdo, quizás por primera vez, con algo que decía Atsushi. Deseaba que Kazunari regresara a esas cuatro paredes.

Shintarō arregló sus lentes, ahora entendía por qué su amigo repetía insistente que Taiga lo acosaba tomándose confianzas que "no le había dado".

—Regresa, idiota, aquí todo es un alboroto sin ti.

—Sí, eres el único que sabe lidiar con el malhumor de Hanamiya-san, Takao-kun. —Tetsuya también se animó a ser parte de ese grupo.

—Sí~~~, y también nos diviertes cuando molestas al feo de Kise-chin.

—Sí, claro, feo —Ryōta contestó ácido y miró hacia el halagado—. Por si no es obvio, yo no deseo que vuelvas. Lejos estás mejor, buitre. Yo no te necesito —dijo rodeado de soberbia.

—Uh~, el buitre número dos habló —Kazunari respondió burlón y sin alterarse.

—En vez de venir a molestar un domingo, deberías ir buscándote una casa dónde vivir. Midorimacchi no te va a mantener toda la vida.

—Por si no lo sabes, rubia oxigenada, yo ya tengo un depa por mis negocios con Sei-chan~. —Seijūrō se mantuvo imperturbable por fuera, pero el tornado estaba a punto de formarse—. A diferencia de ti, yo sí tengo cerebro y pienso en todo.

—No dudó que te haya regalado un departamento para que te largaras de aquí, BUITRE.

—Espera, Ryōta —dijo Shintarō para no interrumpirlo luego—. No tiene lógica regalarle un inmueble para economizar espacio. Hubiese sido más conveniente para Akashi Con Murasakibara y no tener-...

—¿Ah~~~~? —Atsushi se despabiló.

Atsushi dejó su quietud, intrigado por lo que había oído. Era un chiste de mal gusto. Miró al pelirrojo unos segundos y luego volvió hacia Shintarō para esclarecer sus dudas.

—¿Y yo por qué me mudaría con Aka-chin? Él es muy estricto, sería una tortura vivir con él~~~. Mejor me mudo con Ryō-chin~~ —soltó y señaló al castaño.

Ryō infló el pecho por el halago. Si él tuviera que elegir entre uno de ellos como conviviente, elegiría a Atsushi sin dudarlo también. En esas semanas juntos, habían comprobado que entre ellos dos, solos, existía una excelente convivencia.

—Yo creo lo mismo —dijo apenas el aludido.

—Ajá, yo sabía que te gustaba A-chan~. —Kazunari canturreó pícaro haciendo a Atsushi bufar de la vergüenza. Ryō no se molestó en desmentirlo, solo se sonrojó escondiéndose detrás de Daiki—. Ya decía yo, muchas atenciones para ser por caridad.

—Ya sabrás que no entiendo ni una mierda. —Shintarō retomó el hilo, más confundido que antes y molesto por estar en el limbo—. A ese chico le gusta Murasakibara, a Murasakibara le gusta ese chico, pero Akashi me dijo que él estaba saliendo con Murasakibara.

La bomba explotó sin más, las mentiras tenían patas cortas. Todos en esa casa se habían quedado en silencio. Nadie discutía. Nadie peleaba. El chisme los corrompía. Las miradas recayeron sobre él y dudó que hubiese forma de negar su engaño. Shintarō era lento, pero no idiota. Atsushi torció los labios en un gesto incrédulo y volteó hacia él. Suspiró. Había estado pensando en silencio, sacando mil cálculos e ideando más y más mentiras, pero la única salida era mostrar descaro y cinismo.

Su familia le había enseñado a controlar las emociones, era una tarea fácil.

—Yo nunca te dije eso, Shintarō —dijo mostrándose confundido por esa declaración—. Creo que has malinterpretado mis palabras. Me expreso con cariño de Atsushi, porque es un gran amigo, ergo nunca te he comentado sobre una relación entre él y yo… hasta cierto punto sería contraproducente.

—¡Tú me dijiste eso, no te hagas el idiota!

—No afirmo lo que no he dicho, Shintarō. —Repitió, esta vez cortante—. De cualquier manera, esta confusión es perecedera. Si tengo o no pareja, no debería incumbirte ¿Cierto, Ryōta?

Ryōta no le respondió, su mirada estaba encima de Shintarō.

Shintarō ignoraba el error al haber estado más centrado en el hecho de que Seijūrō le mintiera, no en si sonaba o no como un reclamo. Se ganaba el oro con su torpeza para esos temas, pero por los gestos de sus amigos intuyó que había metido la pata.

Era momento de retirar. Tatsuya comandó la fila hacia la puerta. Sabían a la perfección cómo explotaba Kise Ryōta y no deseaban presenciarlo. Taiga dudó, pero jaló a Kazunari consigo al igual que Atsushi hizo con Ryō. El último en salir fue Seijūrō, quien por suerte recibió una llamada de Kotarō.

—Taiga, ¿has guardado la moto de...?

—No, te llevo si es urgente —dijo al notar a su amigo preocupado.

Seijūrō se lo agradeció, Kotarō de nuevo había entrado en crisis.

Atsushi bufó, comenzaba a hartarse de vivir en ese lugar. Él ganaba lo suficiente como para solventarse por su cuenta y si se mudaba con alguien, le sería más fácil mantener un minidepartamento. Esa casa era el infierno. Ryō intercambió miradas con él y le pasó el periódico, que nadie había recogido y había estado tirado a un costado. Los domingos venía una edición de alquiler y venta de viviendas.