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Capitulo 25

Anny se había encargado de distribuir a los invitados en la mesa. Ella ocupó el lugar de Pauna, para estar más cerca de la cocina, y William se sentó a la cabecera; como siempre. Anthony y Aaron estaban sentados en un lado y Candy y Albert en el otro. Aunque de vez en cuando ella notaba los ojos de Albert mirándola, para su decepción, éste no hizo ningún intento de tocarla por debajo de la mesa.

A Anny no se le pasó por alto la nueva imagen amish de su amiga. Miró a Albert alzando una ceja, pero éste ignoró a su hermana y se concentró en la servilleta de hilo.

Antes de empezar a comer, William les pidió que se dieran las manos para bendecir la mesa. Al darle la mano a Albert, a Candy le pasó la corriente e, instintivamente, se soltó. Los ojos de halcón de Anny tampoco se perdieron detalle esta vez, pero no dijo nada, sobre todo porque Candy volvió a darle la mano a Albert en seguida.

—Padre, te damos gracias por este día y por los muchos dones que hemos recibido. Gracias por nuestro país, nuestro hogar y la comida que vamos a tomar. Gracias por mi hermosa familia y por poder estar juntos; por mi preciosa esposa, el amor de mi vida…

Seis pares de ojos se abrieron al unísono. Cinco de ellos se volvieron hacia la cabecera de la mesa. Un par de ojos azules se cerraron y una mano los cubrió.

Había sido un lapsus. Las palabras se le habían escapado sin pensar, después de tantos años de repetirlas. Pero el efecto fue inmediato y dramático. Los hombros de William empezaron a temblar.

—Oh, Dios mío —murmuró Candy.

Anny salió disparada a abrazar y consolar a su padre, intentando contener las lágrimas. Aaron acabó la plegaria por William como si no hubiera pasado nada. Cuando dijeron «Amén», casi todos se secaron alguna lágrima. Empezaron a pasarse el pavo, las verduras y el puré de patatas de Anthony.

Excepto Albert, que permaneció inmóvil, con los puños apretados a los costados, mientras era testigo de las lágrimas de su padre adoptivo. Por debajo de la mesa, Candy le buscó la rodilla con la mano. Al ver que no protestaba ni hacía muecas, la dejó allí. Al cabo de un rato, él le tomó la mano y le dio un apretón.

Candy notó que el cuerpo de Albert se relajaba antes de soltarla.

Durante el resto de la cena, él mantuvo el pie enlazado con el de ella, en secreto.

Mientras disfrutaban de una tarta de calabaza comprada en la tienda, William le contó a Candy que en enero se trasladaría a Filadelfia para iniciar una nueva vida. Iba a trabajar como investigador en el Centro de Neurociencia del hospital de la Universidad de Temple.

—¿Has vendido la casa?

William desvió la vista hacia Albert antes de volver a mirar a Candy.

—Sí, he comprado un piso cerca de Anny y Aaron. En Filadelfia podré centrarme en la investigación y no tendré que dar clases. Creo que aún no ha llegado el momento de retirarme, pero sí me apetece mucho cambiar de actividad.

Candy se entristeció al pensar que la casa iba a pasar a otras manos, pero en voz alta apoyó la decisión de William.

«Por eso Albert quiere ir a pasear esta noche por el huerto».

—Bueno, Albert, ¿por qué no le cuentas a todo el mundo lo de tu viaje a Italia? —William le dirigió una sonrisa orgullosa a su hijo adoptivo.

Varias cosas pasaron a la vez. Anny y Aaron se volvieron hacia Candy, que siguió comiendo la tarta de calabaza como si no pasara nada, tratando de que no se le notara que se había quedado de piedra. Albert le buscó la mano por debajo de la mesa mientras apretaba tanto los dientes que a ella le pareció oírlos.

—¿Te vas a Italia? —preguntó Anthony—. Ojalá yo también tuviera un fondo de inversiones que me permitiera irme de viaje. Me encantaría ir a Italia —añadió, guiñándole un ojo a Candy.

William miró a Albert expectante, y Candt vio que éste luchaba para disimular el enfado que sentía antes de responder:

—Me han invitado a dar una conferencia en la Galería de los Uffizi, en Florencia —respondió con sequedad.

—¿Cuándo irás?

—A principios de diciembre.

—¿Cuánto tiempo estarás fuera? —preguntó Aaron.

—Una semana o dos. Tal vez algo más. Los organizadores han planeado varios actos y pensaba aprovechar para investigar algunos temas para mi segundo libro mientras estoy allí. Pero ya veremos.

Apretó la mano de Candy por debajo de la mesa. Ella había perdido la fuerza y tenía la mano como muerta. Permanecía con la vista clavada en la tarta de calabaza, masticando despacio.

Nadie se había dado cuenta de que tenía los ojos húmedos. No se atrevía a mirar a Albert.

Después de cenar, todos colaboraron recogiendo la mesa y lavando platos. Albert trató de hablar con Candy a solas, pero los interrumpían constantemente. Por fin, se rindió y acompañó a William al porche mientras el resto de la familia se apilaba en los sofás del salón para escuchar música mala de los años ochenta.

La elección había sido de Anthony, que se puso a bailar cuando empezó a sonar Tainted Love, de Soft Cell, entre las burlas de Anny y de Candy.

Aaron no entendía la fascinación que tanta gente sentía por la música de los ochenta, ni le veía la gracia a la manera de bailar ecléctica de Anthony, pero le dedicó una sonrisa educada mientras bebía cerveza.

Cuando empezó a sonar Don't You Forget About Me, Candy supo que había llegado la hora de ir a buscar una segunda copa. Una vez en la cocina, se encontró mirando por la ventana a Albert y a William, que estaban sentados en sillas Adirondack, con los abrigos puestos.

—Hola, Candy —la saludó Aaron, abriendo la nevera y sacando otra cerveza—. ¿Una Corona?

—Gracias. —Candy la aceptó, francamente agradecida.

—¿Lima? —Aaron señaló un cuenco con trozos de lima en la encimera.

Al verla intentar introducir el trozo de lima en la estrecha abertura de la botella, se apiadó de ella.

—¿Quieres que lo haga yo?

—Por favor.

Aaron era un especialista en cervezas Corona. Metió la lima dentro del botellín y, cerrando la abertura con el pulgar, lo puso boca abajo, enviando la fruta al fondo. Luego le dio la vuelta y dejó escapar el aire comprimido muy lentamente. Con una mirada de satisfacción, se lo devolvió.

—Así es como se hace —le dijo sonriendo.

Ella dio un trago y le devolvió la sonrisa. Tenía razón. La cerveza estaba muy buena.

—Eres un buen hombre, Aaron. —Candy se sorprendió al darse cuenta de que lo había dicho en voz alta.

Él se ruborizó, pero no dejó de sonreír.

—¿Cómo estás?

Candy se encogió de hombros.

—Bien. Tengo mucho trabajo, pero no se me da mal. Voy a presentar solicitudes a varias universidades para hacer varios cursos de doctorado el año que viene. Espero que me admitan en alguna.

Aaron asintió y le dirigió una mirada seria pero comprensiva.

—Anny me contó que Daniel te había llamado. No quiero disgustarte, pero estamos preocupados por ti. ¿De verdad estás bien?

Candy parpadeó al darse cuenta de lo que Aaron le estaba diciendo. Albert debía de haberle contado a Anny la llamada de Neall.

—Me asusté. A pesar de estar tan lejos, logró localizarme. Y no le gustó lo que le dije.

Él le dio unas palmaditas en el brazo.

—Ahora estás aquí. Formamos una familia y nos protegemos entre nosotros. Si se atreve a aparecer por aquí, me encargaré de darle su merecido. No sabes las ganas que tengo de darle una paliza. Qué mejor manera de liberar tensiones que darle su merecido a alguien como él.

Sonrió y bebió un nuevo sorbo.

Candy asintió, pero no le devolvió la sonrisa.

—¿Qué pasa con la boda? Anny me dijo que ya teníais fecha, pero cuando se lo he preguntado esta noche se ha cerrado como una ostra y no me dicho nada.

Aaron negó con la cabeza.

—No se lo digas a nadie. Habíamos pensado casarnos en julio. Pero esta noche, al ver a su padre romperse al bendecir la mesa, me ha dicho que no era un buen momento para anunciarlo. Así que volvemos a estar donde estábamos. Comprometidos, pero sin fecha.

Bajó la cabeza y se secó la comisura de un ojo.

Candy sintió lástima por él.

—Anny te quiere y se casará contigo, pero quiere tener una boda feliz, rodeada de una familia feliz. Lo logrará, aunque tengáis que esperar un poco.

—¿Y yo? ¿No le importa que yo sea feliz? —murmuró y la mirada se le endureció momentáneamente. En seguida suspiró y negó con la cabeza—. No era eso lo que quería decir. La amo desde hace años. Yo no quería que nos fuéramos a vivir juntos. Quería que nos casáramos antes de entrar en la universidad. Pero ella siempre quiere esperar. Tanta espera me está matando, Candy.

—Para algunas personas, el matrimonio sólo es un trozo de papel. Anny tiene suerte de que tú pienses de otra manera.

—No es sólo un trozo de papel. Quiero estar junto a ella y prometerle mi amor frente a Dios y todos nuestros amigos. Quiero que sea mía, pero no como ni novia, sino como mi mujer. Quiero lo que William y Pauna tenían, pero algunos días me pregunto si será posible.

Candy le rodeó el hombro con un brazo y lo abrazó con timidez.

—Ya verás como sí. Ten fe. En cuanto William se mude a Filadelfia y empiece una nueva vida, Anny se dará cuenta de que tenéis derecho a ser felices. Estar en esta casa sin Pauna es muy duro para todos. Está tan vacía sin ella…

Aaron asintió y vació el resto del botellín.

—Anthony ha puesto una lenta. Anny querrá bailar. Si me disculpas… —Desapareció en el salón, dejando a Candy con una cerveza perfecta y unos pensamientos imperfectos.

Mientras tanto, William y Albert estaban disfrutando de los regalos de éste: puros habanos que había traído de contrabando de Canadá y una botella del whisky escocés favorito de William The Glenrothes.

—Pauna nunca nos habría permitido hacer esto dentro de casa—reflexionó William,soltando anillos de humo hacia el cielo oscuro y aterciopelado de noviembre.

—No creo que a nadie le importara ahora.

William le dedicó una sonrisa triste.

—A mí me importaría. Por ella. Gracias, por cierto. Creo que son los mejores que he probado.

—De nada.

Tras brindar y desearse salud, volvieron a guardar silencio mientras contemplaban el bosque de detrás de la casa y las delicadas estrellas.

—Candy tiene buen aspecto. ¿Os veis a menudo?

Albert echó la ceniza en el cenicero que había entre los dos.

—Está en mi clase.

—Ha crecido. Y parece una persona mucho más segura. —William aspiró el humo del puro, pensativo—. Tu universidad le sienta bien.

Albert se encogió de hombros.

—Pauna la quería mucho —continuó el hombre y miró de reojo a su hijo adoptivo, que no reaccionó de ninguna manera—. Antes de que me mude, tendríamos que celebrar una reunión familiar para hablar sobre los muebles y otras cosas. Sé que será incómodo para todos, pero creo que sería mejor hacerlo ahora que en Navidad. Vendrás en Navidad, ¿verdad?

—Sí, pero aún no sé la fecha exacta. Y por lo que respecta a los muebles, Anny y Anthony pueden quedárselo todo.

William apretó los labios.

—Tú también formas parte de esta familia. ¿No hay nada que te apetezca conservar? ¿Ni siquiera el armario que Pauna heredó de su abuela? Siempre ha estado en tu habitación.

Él se lo quedó mirando antes de responder:

—Pensaba que te lo llevarías todo.

—No, no hay sitio en el piso. Hay algunas cosas de las que no puedo desprenderme, pero el resto… —Suspiró—. Francamente, para mí lo más importante es esto. —Levantó la mano y le enseñó el anillo de boda.

A Albert le sorprendió que lo siguiera llevando, pero sólo por un momento. Algo le dijo que William lo seguiría llevando el resto de su vida.

—Pauna quería que os repartierais las joyas. Anny se ocupó ayer. Hay un par de piezas para ti en el tocador de nuestra habitación.

—¿A Anny no le importa?

—Claro que no. Respeta la decisión de Pauna, igual que Anthony. De hecho, también hay algo para Candy, si no te importa.

Albert se frotó los ojos.

—No, claro que no me importa. ¿En qué habéis pensado?

—Pauna tenía dos collares de perlas. Uno se lo compré yo, pero el otro se lo regalaron sus padres o se lo compró ella cuando era joven, no estoy seguro. Ése es el que quieren regalarle a Candy.

—Perfecto.

—Bien. Por favor, habla con Anny del asunto antes de irte. Hay algunas cosas que seguro que querrás llevarte.

Albert asintió incómodo, sin apartar la vista del habano.

—Pauna te quería. Para ella no había favoritos, pero siempre supo que tú eras… especial. Estaba convencida de que Dios te había llevado hasta ella y deseaba fervientemente que fueras feliz.

Albert asintió.

—Lo sé.

—En realidad, lo que quería era que conocieras a una buena chica, sentaras la cabeza, tuvieras hijos y, luego, fueras feliz.

—Eso no pasará nunca, Will.

—Eso nunca se sabe. —Alargando una mano, le dio un cariñoso apretón en el antebrazo—. Pauna nunca se rindió. No te rindas tú. Sabes que ella te amaba y que ahora mismo debe de estar encendiendo velas y rezando por ti. Sólo que un poco más cerca de la fuente original.

Por un instante, sus ojos se encontraron. Por un instante, tanto los de color cielo como los de color gris se humedecieron.

«Reza también por mí, Pauna. ¿Cómo voy a vivir sin ti?», pensó William

Los dos hombres siguieron lanzando anillos de humo por el porche, saboreando en silencio el whisky y los recuerdos.

Cuando decidieron que era hora de acostarse, todos subieron la escalera por parejas, como los animales del arca.

Albert agarró ligeramente a Candy, para que fueran los últimos en subir. Cuando todos hubieron desaparecido en sus respectivas habitaciones, se plantó frente a su puerta, observándola a ella con voracidad. Candy, nerviosa de repente, no podía dejar de mirarse los pies.

Acercándose, Albert le desabrochó un botón de la blusa y le acarició la marca que le había dejado hacía un rato.

—Lo siento —dijo.

Candy mantuvo la cabeza baja.

—Candice, mírame —le pidió preocupado, alzándole la barbilla con un dedo—. No pretendía marcarte. Sé que no me perteneces, pero aunque fueras mía, encontraría una manera de demostrárselo al mundo que no fuera dejando tu preciosa piel de color rojo o morado.

Los ojos de ella se llenaron de lágrimas. Por supuesto que era suya. Lo había sido desde que, a los diecisiete años, le dio la mano aquella noche y lo siguió al bosque.

—Espera un momento. —Albert desapareció en su habitación y regresó con un jersey de cachemira de color verde que a Candy le resultaba muy familiar—. Toma, es para ti.

Ella cogió el jersey, pero lo miró sin comprender.

—No quiero que pases frío. Es para nuestro paseo por el bosque.

—Gracias. ¿No te hará falta?

Él sonrió.

—Tengo más. Y me gusta saber que algo mío estará cerca de ti. Si por mí fuera, lo llevarías puesto todo el fin de semana.—Enderezando los hombros, añadió—: Es una manera mucho más civilizada de marcarte.

Sus ojos brillaban en la tenue luz del pasillo. Dio un paso hacia ella, como si fuera a abrazarla, pero Anthony salió de la habitación en ese momento, vestido sólo con unos bóxers con caritas sonrientes estampadas.

Al verlo, Albert alargó la mano formalmente.

—Buenas noches, Candy —le deseo, estrechándosela.

Anthony resopló y entró en el baño, rascándose el culo. En cuanto la puerta se cerró tras él, Albert estrechó a Candy entre sus brazos y la besó decididamente en los labios.

—Vendré a buscarte dentro de una hora. Abrígate bien y ponte calzado cómodo —dijo, mirándole los botines de tacón y suspirando.

Le dolía tener que despedirse de ellos, pero sabía que era necesario.

—Buenas noches, mi… —Se interrumpió bruscamente y se metió en su habitación, dejando a Candy sola en el pasillo.

Ella se preguntó qué sería lo que no había dicho y si debería aclararle que era suya.

Entró en la habitación y se cambió de ropa, envuelta en el aroma de Albert y la calidez de la lana de cachemira, que la rodeaba como si fuera el abrazo de un amante.

CONTINUARA