Capítulo 22

Ira y Calma

Enkidu se la pasó la mayor parte del día observando cómo llevaban plantas al noveno jardín del zigurat.

Ayudó con el transporte y preguntó a los conocedores sobre el origen de la vegetación. Se internó entre las caídas de agua, se divirtió al colocar las plantas en la tierra: todo aquello hizo que se olvidara de Gilgamesh.

Por otro lado, Gilgamesh se internó en la biblioteca, abrumado y desesperado por no encontrar un punto medio donde regresar a la calma. Se había sumergido en la lectura de actas de Siduri y anotaciones con respecto a diferentes temas económicos de Uruk con tal de olvidarse del asunto, sin embargo, era imposible: después de charlar con Enkidu en la habitación, pudo ver a Ishtar apoyada en un cimiento, observando la situación con naturalidad. Cada vez que veía por el rabillo del ojo observaba la cabellera caoba o sentía el aroma a mirra. Se estaba desesperando y pronto perdería el control.

Dejó una tablilla sobre la mesa y suspiró cansado. Se llevó una mano a la frente y la restregó, preocupado. Ya pronto sería hora de cenar y no encontraba la paz que necesitaba. En su biblioteca la mirra olía intensa.

—Si vas a estar importunándome con tu maldita presencia, al menos ten las agallas de aparecer frente a mí—dijo Gilgamesh ronco, sin quitar la mano de su cabeza.

—Aunque te esfuerces, no puedes evitarme—reveló Ishtar, materializándose de un polvillo vaporoso que se formó como una nube de mosquitos dorados—, permaneceré a tu lado toda tu vida si es necesario, así te brindaré mi apoyo y protección.

—No quiero nada de ti, lárgate—susurró Gilgamesh, aburrido de leer la misma tablilla una y otra vez.

Ishtar soltó un "ja" y se sentó a su lado, colocando una pierna sobre la otra. Se cruzó de brazos y miró atentamente a Gilgamesh.

Ishtar era realmente hermosa. Su cabellera brillaba con pequeñas estrellitas doradas y la corona se entremezclaba con el cabello de manera tan elegante que parecía que hubiese nacido con ella sobre su cabeza. Entrecerró los ojos y desvió su mirada a la tablilla.

—¿Cuál es el sentido de negarme? —preguntó Ishtar, realmente intrigada—, podríamos tener las mejores aventuras juntos. Ser amigos, ser confidentes uno del otro. Asume que soy la mejor opción para ti, la mejor mujer y esposa que podrías tener.

—No he dicho que no seas la mejor mujer o esposa, el punto es que no quiero nada así en mi vida, por esa razón, no me interesas.

Ishtar arrugó el entrecejo y bufó enojada.

—Sea como sea, no es voluntad tuya esta unión, será nuestra unión te guste o no. Los dioses presidirán ante mí y tendrás que rendirte a mis pies.

—Cállate—dijo con violencia Gilgamesh, empuñando con demasiadas fuerzas—, ya he tenido suficiente paciencia contigo.

—¿Y qué pretendes hacer? ¿Echarme a gritos? ¿Llamar a tus guardias?

Gilgamesh tuvo suficiente.

Se levantó de su asiento y lanzó un manotazo en contra de Ishtar, pero la diosa fue más veloz y logró detener el golpe con una elegancia propia de su talante. Ishtar le sonrió seductoramente y habló:

—Tu violencia no funcionan conmigo. Soy yo la que gobierna.

Gilgamesh hizo un ademán violento y se desprendió de Ishtar para salir hecho una furia de su biblioteca.

Su respiración se había acelerado y comenzó a correr por los pasillos, creyendo que así escaparía de las visiones que le tenían al borde del colapso.

Al llegar a la habitación, se adentró lo más rápido posible y se encontró con Enkidu sentado en la mesa, con una mano bajo su mentón, algo aburrido.

—Gil, has demorado en venir.

—Sí, estaba ocupado—contestó hastiado, sentándose con violencia a su lado.

Comenzó a comer de mala gana y con movimientos violentos. Respiraba con demasiada fuerza y cuando creyó que podría comenzar a calmarse, Ishtar se apareció en el balcón, sentándose en el alféizar a contemplar a Gilgamesh con una sonrisa maliciosa. Gilgamesh, pasmado, observaba impresionado a la mujer y dirigió una mirada rápida a Enkidu, quien no parecía al tanto.

—De nuevo mirra—notó Enkidu, alzando la mirada de su comida y posándola en el balcón, sin ver absolutamente nada—, en serio, ¿Quién quema esa cosa? No te gusta.

—Mañana me preocupo de eso—dijo Gilgamesh, captando que Enkidu no podía ver a Ishtar.

Gilgamesh la miró por un tiempo considerado grosero, más como una advertencia que por admiración. La diosa continuó observando la escena y Gilgamesh, intentando mantenerse en sus cabales, continuó con su comida.

—Estás silencioso—Enkidu entregó un trozo de verdura en el plato de Gilgamesh y lo miró animado—, ¿Es por tu problema? ¿Sigues molesto por lo de la mañana?

—Estoy ofuscado sí, pero no es tu culpa.

Enkidu arrugó la nariz y negó.

—Entiendo por qué no te gusta la mirra.

—Odio la mirra.

—Bueno, el viento ayudará a disipar el olor.

Gilgamesh dejó de lado su comida y mantuvo la vista gacha.

¿Sería prudente contarle a Enkidu? ¿La diosa haría algo en contra de él o de ambos?

Se relamió los labios: necesitaba pensar. Enkidu parecía animado y había olvidado por completo el problema de hace unas horas.

—¿Sabes? Hoy trajeron al noveno jardín plantas de mucho más allá del río. Son preciosas y tienen unas flores grandes de color blanco. Huelen extraño y los insectos se acercan a ellas. También colocaron rocas de colores y los mosaicos están quedando preciosos, deberías…

—Enkidu, cállate.

Enkidu se detuvo en seco al escuchar a Gilgamesh hablarle tan golpeado. Lo miró pidiendo una explicación, pero Gilgamesh no dijo nada.

—Ya no sé como ayudarte—dijo Enkidu, levantándose de su asiento—, ya no sé como.

Gilgamesh comenzó a perder el control de nuevo.

—¿Te enojaste? ¿Ahora también tengo que lidiar contigo? Era lo que faltaba.

—No, no me he enojado, sólo quiero alejarme de ti hasta que logres pensar lo que tienes que pensar. Me iré a dormir.

—No, ven aquí.

Ishtar comenzó a reír y aplaudió complacida.

Gilgamesh en un arrebato, tomó la tinaja de vino y la lanzó hacia Ishtar, pero la tinaja se perdió en los pisos inferiores, como un proyectil peligroso.

Enkidu quedó sorprendido al ver el vino desparramado sobre las almohadas, la alfombra y los mosaicos del balcón.

—Gil por favor—susurró con precaución—, no pierdas los estribos. No me he enojado, estoy aquí. No me iré a dormir si no quieres.

Gilgamesh supo que estaba haciendo algo demasiado descabellado. Se restregó el rostro y miró a Enkidu.

—Te observaré el tiempo necesario, Gilgamesh, hasta que seas mío—sentenció Ishtar, adentrándose al hall, caminando con elegancia.

Gilgamesh sentía la presión de la sangre en sus oídos cuando tuvo una idea.

Una idea brillante a su parecer.

Se relajó. Dejó caer los hombros y descendió la cabeza.

—Enkidu—susurró, acercándose a él.

Extendió los brazos y lo esperó lo más tranquilo posible.

Enkidu meditó un momento y se acercó con cautela para corresponder el abrazo y acunarse en su pecho.

—¿Qué es lo que te pasa Gil? No puedo dejar de preguntártelo.

Gilgamesh atrajo a Enkidu con más fuerzas hacia su cuerpo y depositó un beso sobre su cabeza, mirando directamente a Ishtar, quien estaba expectante.

—Nada pasa si estoy contigo.

Enkidu alzó la cabeza y Gilgamesh no esperó ningún segundo para acercarse y besarlo. Sus ojos giraron en dirección a Ishtar y la diosa miraba la escena horrorizada.

Ella ya sabia sobre la relación de Gilgamesh y Enkidu y sabía sobre sus encuentros sexuales, pero jamás la presenció en persona. Sus párpados se fueron contrayendo hasta convertir sus ojos en dos líneas en su rostro.

Gilgamesh se alejó de Enkidu unos momentos y sonrió con malicia, mientras que Enkidu lo hacía con la inocencia propia de él. Le alzó el mentón y lo besó con renovada pasión, a lo que Enkidu accedió sin siquiera oponerse.

—Gilgamesh—dijo Ishtar con el ceño fruncido y la expresión fiera—, deja esto, no te servirá de nada.

Gilgamesh descendió una mano por la espalda de Enkidu y agarró uno de sus glúteos que se delineaban bajo la ropa elegante que traía puesta ese día.

Ishtar no cedería, no dejaría de ejercer su presión con Gilgamesh y continuó ahí, incluso cuando Gilgamesh besó el cuello de Enkidu y vio como él se sonrojaba.

—Ven—susurró Gilgamesh al oído de Enkidu y le tomó la mano.

Fueron a la habitación entre besos y caricias. Enkidu comenzó a trenzarse el cabello y Gilgamesh aprovechaba de besarle los hombros a medida que se desprendía de su ropa. Enkidu, como siempre, comenzó con las joyas de Gilgamesh y luego la ropa hasta que ambos quedaron desnudos.

Ishtar estaba impactada.

"Es simple",pensó Gilgamesh, mientras recorría con la lengua el pecho de Enkidu, quien enterraba la cabeza en las almohadas de plumas. "Vete".

—No me iré, soy yo quien te gobierna—chilló Ishtar con la voz temblorosa, al ver el cuerpo de Enkidu reaccionar a los estímulos de Gilgamesh.

Gilgamesh sonrió y abrió la botella del aceite.

Ishtar tuvo que apoyarse en la pared al escuchar los jadeos de Gilgamesh. Se llevó una mano al pecho y de impotencia, cargó el ambiente con su característico olor. Hervía en rabia, pero no cedería. Ella estaría ahí pasara lo que pasara. Desvió la mirada, no obstante, los gemidos de ambos le causaban más morbo que mirarlos.

Gilgamesh volteó a Enkidu para observar su espalda mientras lo penetraba. Enterró su cabeza en los almohadones y con la otra mano, buscó el miembro de Enkidu para estimularlo. Un espasmo se hizo presente en su cuerpo y continuó, sabiendo que Ishtar empezó a respirar con ímpetu.

En un arranque de placer, Gilgamesh tomó el cuerpo de Enkidu y apegó su espalda al pecho. Enterró sus dientes en el cuello de Enkidu y con sus manos sostenía su cuerpo, ya que parecía que estaba por desfallecer.

—Gil, sostenme—dijo con un hilo de voz, mientras comenzaba a masturbarse.

Ishtar no pudo más.

Después de ver como Enkidu comenzaba a perder las fuerzas al llegar al orgasmo y escuchar los jadeos salvajes de Gilgamesh de su boca pegada al oído de Enkidu, Ishtar tuvo que correr al balcón y desaparecer, sin dejar rastro de ella.

El cuerpo de Enkidu cayó a la cama y Gilgamesh se aferró de sus caderas para venirse con tanta pasión que Enkidu seguía tiritando bajo él.

Ishtar tuvo que detenerse en uno de los jardines porque su corazón latía a mil por hora. Se llevó una mano al pecho y con el rostro enrojecido, se percató que lloraba de rabia.

Gilgamesh jamás sería suyo.

Entonces, no sería de nadie más.

Ishtar no volvió a aparecerse al lado de Gilgamesh.

El rey mejoró su humor después de aquella noche donde Enkidu quedó tan prendado de Gilgamesh que parecía torpe cada vez que caminaba a su lado.

A los dos días, Enkidu pudo hablarle por fin a Gilgamesh sobre sus estudios.

—Iré en dos días donde los astrónomos—sentenció, mientras giraba alrededor de una maceta. Gilgamesh estaba sentado en un banco enchapado en otro, mientras observaba a Enkidu.

—Bien, eso quiere decir que puedes alcanzar el nivel de un sacerdote.

Enkidu lo miró y sonrió con ganas.

—Eso sería un gran honor, pero no puedo destinarme a ningún dios porque todos son mis regentes.

—El único que te preside soy yo. Hace mucho dejaste de ser el arma de los dioses, ahora eres mi arma.

Enkidu detuvo sus vueltas y lo miró serio para luego aclarar su expresión.

—Me alegro de que así lo consideres. Soy tu cadena.

Alzó la mano y materializó la cadena y tiró de ella con delicadeza. Gilgamesh mantenía los brazos cruzados y la presión de la cadena no cedía a su mano. Sonrió de medio lado y se levantó de su asiento a la par que la cadena se desvanecía.

—Te llevaré con los astrónomos—dijo Gilgamesh, viendo que la noche estaba por caer—. Deben estar en sus observatorios ya.

—¿De verdad? —preguntó Enkidu sorprendido: jamás había subido ya que estaba prohibido molestar a los sacerdotes— Creí que sería muy pronto.

—Apúrate—Gilgamesh le indicó con una mano que le siguiera y así ambos se encaminaron a la parte más alta del zigurat.

Arriba hacía más frío que en las plantas inferiores. Enkidu se acomodó el mano azul que traía encima y Gilgamesh hizo lo mismo con el propio. Los sacerdotes reverenciaron a Gilgamesh y se apartaron. El jefe de ellos habló.

—¿A qué se debe su visita, majestad?

—Traigo a Enkidu; quiere ser aprendiz de ustedes y deben acogerlo.

El viejo hombre volvió a reverenciar y habló con su rasposa voz anciana:

—Cómo usted desee.

—Alza la vista—ordenó Gilgamesh y el astrónomo obedeció—, recibe a Enkidu como aprendiz tuyo. Pronto vendrá por estos lados. Deben enseñarle bien sobre sus conocimientos porque él será parte fundamental de su grupo de estudio.

El anciano miró a Enkidu unos momentos y sonrió.

—Será un excelente alumno sin duda.

Enkidu saludó y sonrió dulcemente.

Ese momento quedó capturado en la retina de Gilgamesh. El tiempo transcurrió lento y la sonrisa de Enkidu le recordó a un olor floral, tan dulce y atrapante que el corazón se le disparó con tan solo verlo de reojo. Cuando terminó de voltearse, estaba impresionado.

Enkidu le devolvió la mirada y su sonrisa se hizo más pura.

"Estoy cayendo ante ti"

Gilgamesh carraspeó.

—Bien, eso es todo. Sigan en sus cosas.

Gilgamesh se retiró sin esperar que Enkidu le siguiera. Quiso estar a solas unos momentos para poder calmar su mente. Se mordió el labio inferior y se volteó a hablar con Enkidu:

—Iré un momento a mi biblioteca. Nos vemos más tarde en la habitación.

—Está bien—dijo Enkidu, siguiendo a pesar de todo—, iré al jardín que está al lado de tu biblioteca, quiero pensar.

—También yo.

Llegados al lugar, se separaron y Enkidu se adentró al jardín. Se acercó a una de las preciosas piscinas decorativas, se quitó las sandalias y sumergió sus pies en el agua helada, jugando con sus dedos, mojando parte de su pantalón holgado. Evitó desnudarse porque cuando lo hacía, luego no tenía ropa seca que colocarse y perdía la mayoría de las joyas y algunas eran muy valiosas.

Balanceó sus pies desnudos en el agua y observó las ondas que se formaban acorde sus pies se volvían a sumergir. Le gustaba ver las hojas flotando sobre la superficie, le recordaban a su estanque donde pasó la mayor parte de su vida antes de ser un ser civilizado.

Desarmó su trenza para acariciar sus cabellos cuando de pronto sintió una mano en su hombro. Asustado se volteó rápidamente y vio una mujer vestida elegantemente, de cabello caoba largo y sedoso, levemente ondeado. Ella se puso a su altura y tomó su rostro entre sus manos para besarlo con cierta violencia.

Enkidu quedó sorprendido ante el acto sin premeditación y se apartó rápidamente de su lado, desconfiando de la chica.

—¿Quién eres? —dijo paradójicamente, haciendo la misma pregunta que Gilgamesh.

—Eso no importa, querido Enkidu—dijo la mujer, con una voz exquisitamente atractiva, ponzoñosa, dominante—. Lo que importa es lo que tengo que decirte, dulzura.
Enkidu sintió como las manos de la mujer se deslizaban por su pecho y palpaban su corazón. Ella sonrió seductoramente y entornó los ojos color rubí.

—No se quién eres—insistió Enkidu, intentando apartarse sin ser descortés—. Dime por favor.

La mujer puso su dedo índice sobre los labios de Enkidu y lo deslizó con suavidad. Se sentó a un lado de Enkidu y sumergió sus pies con él.

—¿Te agrada este palacio? —preguntó la mujer, acomodando su fragante cabello a un lado de su cuello.

—¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó Enkidu, dispuesto a ponerse de pie. Entró en alerta y esa situación no le gustó para nada.

—Todos en este reino conocemos tu nombre, eres el mejor amigo del rey. Tu cabellera es característica, tus facciones también. Está bien que tú no me conozcas porque en este reino hay muchas personas.

Enkidu se llevó una mano sutilmente hasta los labios y los limpió: aquel beso le hizo sentirse sumamente incómodo.

—¿Eres una consorte nueva? —preguntó, sin ser descortés.

La mujer cerró los ojos como si estuviese encolerizada, pero la suavidad de su voz demostraba lo contrario.

—Oh, no. Esas mujeres son de casta mucho más baja que la mía.

Un silencio penoso se instauró entre los dos. Enkidu movía los pies por mero nerviosismo, pero la mujer a su lado se encontraba relajada, como si manejara la situación más que bien. Las piernas delgadas y tonificadas le parecieron hermosas a Enkidu, sin embargo, no tentó en mirar más de lo que debería, por respeto y por cierto recelo.
—No sé quién eres—repitió Enkidu—. Pido disculpas si lo olvidé en algún momento, quisiera que me dijeras, podríamos conversar más amenamente.

La mujer puso una mano en el pecho de Enkidu y se acercó a su oído para deslizar la nariz por la oreja con una sensualidad atrapante. Enkidu se crispó ante ello y colocó una mano en el hombro de la mujer con la intención de apartarle. Ella comenzó a susurrarle en un tono provocador:

—Yo sé lo que eres tú. Eres una basura. Un trozo de cerámica quebrado en el fondo del suelo, olvidado por el artesano. Eres la vasija mal constituida en el horno. Eres la piedra más fea y sin gracia de todo el río y tú me has desobedecido a mí y a todos los dioses, escoria—la mujer acariciaba la pierna de Enkidu mientras descargaba todos sus venenos en él. Palpó su rostro suave y se regocijó de la mirada confundida de Enkidu—. Además de ser un arma rota, te has robado lo que por derecho es mío. No me podrás quitar a Gilgamesh, no podrás torcer lo que el destino ha creado para nosotros dos ni mucho menos entrometerte entre nuestra sagrada y próspera relación. Deberías…

En un arrebato, la mujer descendió las manos hacia el cuello de Enkidu y comenzó a ahorcarlo.

Su rostro se desfiguró al punto que ella dejó de ser bella. El cabello caía sobre Enkidu y un hilo de saliva salía de la comisura de sus labios, al crispar su expresión en odio y rabia. Enkidu alzó las manos para liberarse de la mujer, pero no tenía la fuerza por sobre los dioses. Intentó patearla, pero la diosa logró reducirlo tan bien que parecía un despojo humano al lado de ella.

—¿Quieres saber quién soy? —dijo, viendo como Enkidu comenzaba a llorar por falta de aire—. Ishtar, soy la futura esposa de Gilgamesh y así será, por sobre tu maldito cuerpo.

Ishtar escupió en el rostro de Enkidu, cegándolo. Las cadenas de Enkidu no tenían la suficiente fuerza como para ahorcar a Ishtar, siquiera para hacerle daño. Se enroscaban alrededor de los brazos de la diosa, pero no le causaban daño alguno. Materializó su lanza y espada y nada de eso sirvió. Ambas armas caían azarosas a su lado, como trozos de metal inútiles.

Ishtar comenzó a reír, viendo como las manos y los intentos de Enkidu eran cada vez más débiles, hasta que él alzó las manos y le rasguñó el rostro. Ishtar logró soltarlo un segundo y Enkidu cayó agotado, tosiendo y con un hilo de sangre en su labio.

Aquello enfureció más aún a Ishtar.

Golpeó el rostro de Enkidu con una de sus manos y él cayó a la piscina, aún sin poder parar de toser. Ishtar aprovechó la oportunidad y comenzó a ahorcarlo bajo el agua.
La maraña de cabello y los constantes movimientos de Enkidu hicieron que la escena se viese como una lucha descontrolada. Enkidu, en su desesperación, comenzó a tirar las cadenas que lo unían a Gilgamesh, rogando para viniera a su lado. Tiró con suficientes fuerzas una y otra vez, hasta que sintió que la muñeca de Gilgamesh se encontraba lo suficientemente cerca.

Cuando entró Gilgamesh al jardín, vio el cabello de Enkidu asomado por el borde del estanque y a Ishtar sobre él. Sorprendido, pero a la vez consciente, abrió un portal y sacó una lanza que dirigió hacia Ishtar, la cual rozó su brazo y le provocó una herida que sangró copiosamente. La diosa se apartó y dejó a Enkidu un momento, quien aprovechó de incorporarse rápidamente, volviendo a respirar.

—¡Gilgamesh! ¿Cómo…?

—Cállate, zorra—masculló Gilgamesh.

Gilgamesh sacó a Enkidu del agua por el brazo y acto seguido, profirió una enorme patada a Ishtar, con tanta rabia, que la diosa se desestabilizó y cayó al suelo en un golpe seco, golpeándose la cabeza.

Ishtar se levantó tan rápido como cayó. Tomó la lanza y con fuerzas, sus manos ejercieron presión sobre ella y comenzó a quebrarse hasta que cayó al suelo como un montón de metal inútil.

—¡Los maldigo a los dos, asquerosos sodomitas! ¡Rompieron las reglas de los dioses, destruyeron sus mandatos, mataron a Humbaba, violaron mis bosques y los de Enlil, me han injuriado! ¡Malditos! —tenía un manchón de sangre en su nariz. Con un dedo que temblaba en ira, señaló a Enkidu—Ya verás como debes ser castigado, puta de Gilgamesh. Tú no te escaparás de mí, tienes deudas que pagar y yo haré que las pagues una a una. Ninguno de ustedes tiene el poder para detenerme.

Ishtar pateó la lanza y pisó la espada de Enkidu para luego desaparecer en un polvillo dorado que olía a quemado.

Gilgamesh tragó con dificultad, fue por Enkidu y disimuló su nerviosismo.

—Enkidu, ¿Te encuentras bien? —preguntó Gilgamesh luego de que Enkidu tosiera.

—Estoy bien—dijo, recuperando el aliento.

Gilgamesh lo decidió: al día siguiente, el templo de Ishtar sería despojado de toda su riqueza y no sería más financiado por el reinado de Uruk.

—¿Por qué? —preguntó Enkidu. Su rostro mojado poco a poco recobraba el color— ¿Qué demonios hace Ishtar aquí? ¿Por qué intentó…?

—¿Recuerdas cuando te dije que me enteré de algo? —dijo Gilgamesh, sentándose en el borde de la piscina, resoplando—. Pues este es mi problema, el motivo por el que he estado irritado todo este tiempo. Ishtar quiere casarse conmigo y ha arremetido contigo. Es por eso que no debo permitir que nada relacionado a Ishtar se acerque a ti. Esa mujer está demente y es capaz de todo.

Enkidu miró a Gilgamesh y en silencio intentó incorporarse. Le dolía el costado de su pecho y la nariz. Su cuello quedó amoreteado insanamente con las marcas furiosas de las manos de Ishtar. Se acarició su piel y habló:

—¿Cuál es el problema? Serías el primer rey desposado con Ishtar. Supongo que eso sería tener una suerte maravillosa.

—No—contestó Gilgamesh, cruzándose de brazos—. Ishtar esta enferma de placer. Nada la contenta, mata a sus esposos y yo no la quiero a mi lado. La detesto.

Enkidu se acarició las muñecas y dijo con un tono demasiado serio. Parecía molesto.

—¿Cuándo pasó esto? —preguntó, mirando su ropa estropeada con tierra de la piscina artificial.

—Hace unas cuantas noches. No quise decirte porque creí que Ishtar no haría nada más. La rechacé y fue todo. Olvidé que está enferma. Ella me acosaba, Enkidu. Estaba todo el día a mi lado, tú no la veías. No podía contarte. Sé de tu miedo a los dioses y saber de ella no haría más que ponerte nervioso—Gilgamesh respiró aliviado y miró a Enkidu—. De ahora en adelante no te separarás de mí. Ishtar puede volver a aparecer y hacerte daño.

Enkidu juzgó a Gilgamesh por las palabras dichas: ¿Realmente le ocultó algo tan delicado como la visita de una diosa? Eso era grave y por sobretodo peligroso. Se mordió las paredes internas de su boca y se acomodó a un lado de Gilgamesh. Su nariz goteaba y sus suspiros ahogados demostraban que aún no recuperaba el aliento del todo. Miró sus manos y las marcas de las cadenas de oro quedaron impregnadas en sus brazos, producto de la desesperación con la que llamó a Gilgamesh.

—¿Que hubiese pasado si no venías? —dijo Enkidu, arrastrando las palabras.

—No quiero pensarlo—contestó Gilgamesh, pálido—, porque pensé en no venir, hasta que fue insistente.

Gilgamesh se incorporó y comenzó a caminar de un lado a otro. La diosa se había molestado con ellos y eso era motivo de tensión. Estaba consciente del poder que Ishtar desencadenaba en todo este escenario. No era una diosa para ignorar, era la favorita de todo el panteón, la reina del paraíso. Su fuerza, sus deseos movidos por el lívido, sus armas eran suficientes para destruir Uruk y sabía que en el futuro tendría que defender su reino de la ira de los dioses. Pidió a Shamash calma mental, pero Gilgamesh sabía que quizás Shamash haría oídos sordos.

Aquella noche, Enkidu tenía un semblante serio y cara de pocos amigos.

Regresaron a la habitación y Enkidu salió disparado hacia la cama como un rayo, pero Gilgamesh le detuvo. Lo invitó al balcón, no obstante, Enkidu lo ignoro.

—No quiero. Estoy enojado.

—Enkidu, ven aquí—ordenó Gilgamesh alzando la voz—. Quiero hablar contigo.

Enkidu obedeció, pero con mala actitud. Se apoyó en el balcón sin dirigirle la mirada.

—Te diré una cosa—comenzó Gilgamesh—. No entiendo tu enojo. Mi rechazo a Ishtar es cosa mía y tú te enojas sin motivo, ¿Qué demonios quieres? ¿No te parece suficiente? No tienes el derecho de exigirme nada.

Enkidu no dijo nada. Sus preciosos ojos ahora lucían como dos témpanos de reflejos grisáceos.

—¿Quieres decir que rechazaste a Ishtar por mí? Yo nunca te pedí algo parecido. Hazte cargo de tus acciones.

Gilgamesh alzó las manos y resopló enojado.

—Enkidu—repitió, mirándolo atentamente—. ¿En qué estás pensando? No he dicho nada como lo que planteas. Te enojas por mis decisiones, te enojas por todo últimamente, ¿No entiendes que intento protegerte?

—No estoy enojado por tus decisiones, estoy enojado contigo—contestó sin mirarlo—. Ishtar dijo que yo te alejé de su lado, ¿Cómo saberlo? No me lo confiaste cuando debiste. Podríamos haberlo conversado y evitar este lío ridículo. No tengo ganas de estar en enredos amorosos con tus pretendientes.

—¿Enredos amorosos? —bramó Gilgamesh, frunciendo el entrecejo— ¿De qué estas hablando? Como si siempre tuviese problemas de este tipo. Detesto cuando te pones irracional y me contradices. Vete.

—No lo haré—interpuso Enkidu, ya lo suficientemente irritado como para agravar la voz—. Me dijiste que no me alejara, porque Ishtar podría volver por mí.

Gilgamesh guardó silencio ante aquellas palabras y lo miró intensamente.

—¿Tienes miedo? —preguntó después de un momento, ya más calmado.

—… Sí—admitió, con un dejo de tristeza en su voz.

Gilgamesh suspiró y se apoyó en el alféizar para llevarse las manos a la frente, ocultando sus ojos. Se debatía internamente en cómo resistir la situación: él tampoco podría hacerle frente a Ishtar fácilmente si a ella se le ocurría volver a aparecer, pero junto a Enkidu la detendrían.

—Es difícil—dijo Enkidu, como adivinando sus pensamientos— que yo pueda hacer algo contra Ishtar. Aruru me diseñó de tal manera que no puedo volverme contra los dioses. Mi poder se vuelve inútil ante ellos, es como si fuese un niño indefenso arrojando la roca más lisa contra Ishtar. Es la manera de garantizar que yo no seré superior a los dioses por ser un arma. Un arma daña, independiente del objetivo, pero ellos son inmunes a mí.

—Nada pasará—continuó Gilgamesh, mirando uno de los jardines de los pisos más abajo—. Ishtar es la clase de diosas que por venganza buscan algo mejor con lo que fastidiarte, seguro me seguirá molestando, pero es algo que puedo controlar. Esta ciudad es su protegida, está consagrada a ella y no hará nada. Si te preocupa que te haga algo a ti, descuida, porque te defenderé.

Enkidu guardó silencio y descendió la vista. Una lágrima cayó por su rostro y la retiró sutilmente antes de que Gilgamesh se percatara, aunque él ya estaba al tanto a pesar de que no lo miraba, sin embargo, no hizo nada.

La expresión seria de Gilgamesh demostraba que no estaba para bromas ni sentimentalismos. Por paranoia, sentía olor a mirra cada vez que respiraba, aunque sabía que no era verdad.

—Enkidu—comenzó Gilgamesh nuevamente, volteándose hacia él—. Ishtar no es digna de mí. No la traeré a mi lado de ninguna manera. No estará aquí para molestarte.
Enkidu lo miró intensamente y colocó un mechón tras su oreja.

—Ishtar es nada más ni nada menos que la diosa de la belleza. Debe ser la mujer más hermosa de la existencia, ¿Puede haber alguien más digno de ti que una diosa?
Gilgamesh soltó un bufido parecido a una risa, pero su semblante no cambió. Tenía la vista fija en la nada y el rictus de sus labios era más bien de melancolía.

—… No lo sé.

Enkidu suspiró para liberar el miedo de su pecho y dejó que su cabellera se despeinara con el viento.

—Iré a dormir, no tengo ánimos de seguir conversando.

Gilgamesh hizo un gesto afirmativo con la mano y Enkidu desapareció del balcón.

Después de un rato de reflexión, Gilgamesh también se fue a su habitación y encontró a Enkidu durmiendo sobre el lecho, acurrucado, dejando que su piel fuera acariciada por la brisa nocturna. Se detuvo unos instantes a contemplarlo.

No, no había nadie digno de él.

Nadie.

Quizás.

Al día siguiente, Enkidu no se despegó del lado de Gilgamesh en ningún momento, como si el miedo fuese más tangible de lo que él creía, a tal punto de volverlo paranoico. Se alejaba de todas las mujeres por miedo a que una de ellas fuese Ishtar transformada, espiándolo para acabar con su vida.

Llegó la noche y Gilgamesh decidió llevarse a Enkidu a su enorme salón de tesoros, ya que ahí nadie los molestaría. Enkidu se sentó en el suelo y se cruzó de piernas, dejando que su cabellera se perdiera por su costado. Gilgamesh hizo lo mismo y entrecruzó las manos bajo su barbilla, observando a Enkidu.

—Dime—Gilgamesh habló con voz suave, casi en un susurro—, ¿Alguna vez podrías transformarte en mujer?

Enkidu soltó una risa cautivadora y alzó su cabeza en dirección a Gilgamesh

—¿Para qué me quieres como mujer? ¿Tienes fantasías conmigo, acaso?

Gilgamesh como nunca, enrojeció intensamente y arrugó el ceño, producto de su obvio deseo.

—No—mintió Gilgamesh, disimulando su vergüenza—. Sólo que jamás te he visto transformarte en algo diferente a lo que eres y permanecer así.

—Es que no tengo deseos de transformarme en nada. Estoy bien así, me siento completo.

—Bien—dijo Gilgamesh, desviando la atención con el objetivo de olvidar aquel vergonzoso tema luego.

Gilgamesh posó la mirada en una espada de plata que brillaba con la luz de la luna que entraba por el tragaluz. El ambiente era relajado e íntimo, tanto como para…

—Enkidu—susurró Gilgamesh.

Su corazón comenzó a latir rápido. Estaba por cometer un impulso, algo que pugnó con fuerzas salir de su pecho, como si fuese una jaula deteniendo una mariposa.

—Dime—contestó Enkidu distraído.

Gilgamesh no dijo nada. Estaba estático e intranquilo, con una expresión ilegible plasmada en su rostro. Alzó una de sus manos para reclamar el rostro de Enkidu y acariciar sus labios con su pulgar. Por unos momentos el contacto de ambos fue tal, que se entendieron mutuamente sin decir palabra alguna.

—¿Te sientes solo? —murmuró Enkidu, tomando la mano de Gilgamesh entre las suyas, entregándole el calor de sus dedos—Descuida, estoy para ti.

Gilgamesh entornó los ojos y negó con suavidad.

—No me siento solo, estás a mi lado y desde entonces que eres parte de mi vida.

Era extraño que Gilgamesh dedicara palabras de ese tipo. Enkidu sonrió conforme ambos se acercaron, para que Enkidu se acurrucara. Gilgamesh abrió las piernas y abrazó a Enkidu por la espalda, resguardando su cuerpo entre sus brazos cálidos con tal dedicación, que Enkidu se entregó por completo a aquella protección.

—Gil…

—Siempre te protegeré Enkidu—susurró sobre la cabeza de Enkidu—, siempre, pero debes prometerme algo.

—Dime.

—No te vayas nunca de mi lado.

Enkidu permaneció en silencio, viviendo a flor de piel el desliz de millones de palabras silenciosas que quería oír con tantas ansias que sus oídos muchas veces lo traicionaban y escuchaba un suspiro como si fuese una verdad cercenante. Sintió el corazón de Gilgamesh latir tan fuerte que su piel era sensible a ello.

—Jamás te abandonaré, lo juro.

Enkidu ladeó la cabeza hacia atrás hasta encontrarse con Gilgamesh y él lo besó.

Pocas veces tenían la quietud de la noche les daba un momento para encontrarse entre ellos en un beso proveniente del corazón. Muchas veces era por lívido, por placer puro de encontrarse entre sus cuerpos, pero esta vez era un encuentro entre sus almas, una forma mucho más hermosa de hacer el amor. Gilgamesh deslizó sus dedos por el pecho de Enkidu hasta llegar a su cintura. Su razón lo amenazaba con soltar la condena que lo apresaría por el resto de su vida, su lengua se crispaba ansiosa de pronunciar cual era el color de sus sentidos en ese momento, su mente le encadenaba a esos eslabones de oro que Enkidu usaba. Tuvo que apretar uno de sus puños para volver a autogobernarse.

Gilgamesh se recostó y trajo consigo a Enkidu, quien descansó sobre su pecho, con el oído apegado a su torso. Su cabello cubría el cuerpo de Gilgamesh y su respiración calmada indicaba que aquel miedo a Ishtar en esos momentos no era más que un mal recuerdo. Gilgamesh alzó la mano y la apoyó sobre la nuca de Enkidu, con la intención de acariciarlo, pero la rudeza de su mente no reaccionó ante ello. Aquel sentimiento celestial le derretía la armadura autoimpuesta, aquellos muros que lo aislaban del mundo, aquellas armas que le defendían de la complejidad de ser un humano. Con Enkidu quedaba completamente desnudo, desprovisto de todo aquello de demoró años en crear para sí mismo con el fin de privarse del disgusto de sentir que algo le apuntaba como una espada: una hoja metálica que llegaba al corazón y destilaba del centro de él el veneno de la atracción.

—Gracias—soltó Enkidu cuando Gilgamesh se había adormilado.

Gilgamesh sonrió complacido, pero no contestó, lo que produjo que Enkidu sintiera cierta incomodidad que le hizo encoger los dedos. Enkidu se levantó y le ofreció una mano a Gilgamesh. El acromático iris de Enkidu relucía como dos lunas de plata en su rostro, dándole un aura intimidante pero atrapante.

—Vamos a la habitación—dijo Gilgamesh después de un momento quitando la tierra de sus ropas. Colocó una mano sobre el hombro de Enkidu y la deslizó lentamente por el brazo hasta dejarla caer. De nuevo se ahorcó mentalmente para silenciar el torrente de emociones que se desbordaban en sus actos—. No será muy cómodo dormir aquí.

—No quiero dormir—musitó Enkidu, alzando la cabeza para mirar por los tragaluces—. Me siento más tranquilo. Si Ishtar vuelve a aparecer te llamaré. No creo que tenga la valentía de apersonarse donde se encuentren más personas: me atreveré e iré al observatorio a ver cómo trabajan los sacerdotes.

—¿En serio? —dijo Gilgamesh después de desperezarse— Me parece de lo más aburrido lo que hacen, creí que te tomarías unos días más. Con tal de que presagien buenas lluvias y abundantes cultivos, es suficiente para mí.

—No depende de ellos decirte aquello, si no de los dioses—Enkidu se encaminó a la salida, luego de sortear un par de copas de oro.

Gilgamesh bufó, pero no dijo nada.

Una vez que ambos se hallaban afuera del túnel que conducía a la sala de los tesoros, Enkidu se disponía a caminar en dirección contraria para subir a la parte más alta del zigurat, cuando Gilgamesh le detuvo por el brazo. Enkidu, sorprendido, se volteó para quedarse cara a cara con él. Gilgamesh abrió la boca y se asustó: creyó escuchar aquello que se estaba obligando a no decir. El miedo se plasmó en su rictus y las cejas se tensaron producto del espasmo repentino. Se mordió el labio inferior e intentó calmarse, ya que un sudor frío perló su frente tan rápido como el pensamiento que casi le hizo actuar impulsivamente: tenía que alejarse de Enkidu pronto o estallaría en un acto completamente ridículo.

—No olvidaré tus palabras, Enkidu—dijo con un tono tan severo que parecía más una advertencia que un agradecimiento.

Enkidu acarició con suavidad los dedos de Gilgamesh con la mano contraria a medida que una sonrisa se dibujaba en sus delicados labios. El rey se afiebró con el sólo hecho de sentir la piel de Enkidu. Su mano se volvió hipersensible y un nudo en la garganta le ahogó unos segundos.

—Ni yo olvidaré tus actos.

—¿Mis actos?

—Tú no expresas con palabras, Gil.

Dicho esto, Enkidu se giró y desapareció tras una esquina, dejando a Gilgamesh completamente desecho en un mar de nerviosismo.

Gilgamesh despertó a media noche como si le hubiesen dado una cachetada. Confundido, se incorporó de la cama y miró que a su lado no estaba Enkidu. Al juzgar las estrellas que titilaban, el amanecer no llegaría pronto. Se restregó el rostro y recordó que Enkidu iba al observatorio.

¿Cuánto tiempo durmió?

Aunque se sentía descansado, tenía la extraña sensación de haber dormido poco. Quería buscar a Enkidu, estaba inquieto, probablemente por sus sentimientos revueltos en el fondo de su mente que, a medida que volvía a la realidad, se agolpaban uno tras otro como si fuesen trabajos sin terminar. Llegó el punto en que puso los ojos en blanco y se encontró el idiota más grande de Uruk por permitirse esa debilidad.

Iría por Enkidu.

Se vistió sin mucha pomposidad y salió de la habitación rumbo al observatorio. Bostezaba constantemente sorteando guardias y sirvientes que trabajaban a esa hora. Probablemente era muy tarde y que él anduviera de pie en el momento donde todos aseaban el palacio era motivo seguro para que la servidumbre se incomodara, pero a Gilgamesh no le importaba, es más, con suerte notó que las personas le reverenciaban.

Al llegar al observatorio, se encontró con Enkidu hablando con los astrónomos mientras giraban un artefacto extraño con una enorme punta que daba hacia el cielo. Tallaban tablas con los resultados y Enkidu leía otras, como siguiendo instrucciones. Cuando los sacerdotes se dieron cuenta que Gilgamesh miraba pasmado desde la puerta, no duraron ni un segundo en reverenciar y mostrar respetos. Enkidu, desconcertado, se volteó a ver lo que ocurría y se encontró con el rostro de Gilgamesh de lleno: llevaba el cabello revuelto, los ojos entrecerrados por la luz de las antorchas y el manto mal puesto. Enkidu reprimió una sonrisa y dejó la tablilla a un lado.

—¿Qué haces aquí? Creí que irías a dormir. Estábamos observando las nubes y las estrellas para saber cuán…

—Enkidu, vamos.

Enkidu guardó silencio de súbito y suspiró inaudiblemente. Dejó la estaca sobre una mesa llena de piedras de extraños colores y líquidos con polvos brillantes en suspensión. Gilgamesh llevaba ya varias horas actuando extraño y algo le inquietaba de eso. Sus estados de ánimos eran cambiantes y extraños; a veces era cariñoso otras veces agresivo. Esta vez en particular no pudo discernir a cuál de ellos correspondía.

—Gil, me estoy divirtiendo, no pasa nada, ve a dormir, acabas de despertar y te ves desorientado.

Gilgamesh restregó su cara como queriendo decir que no era cierto y se acercó a Enkidu, incomodando a los sacerdotes y astrónomos.

—Es una orden—dijo Gilgamesh, con una voz tan ensoñada que sonaba como una petición y no una orden. Bostezó y estrechó los ojos.

Enkidu se enterneció ante la imagen. Pocas veces creía que Gilgamesh era "lindo" en el sentido de lo tierno o delicado, sin embargo, aquella vez le pareció adorable. Echó una última ojeada al cielo y caminó a su lado.

—Otro día volveré a leer las nubes y las estrellas con ustedes—proclamó Enkidu, empujando al adormilado rey con suavidad por la espalda—, he aprendido mucho.

Los presentes anonadados, no dijeron absolutamente nada.

Enkidu tomó a Gilgamesh de un brazo y caminaron lentamente hacia la habitación. Enkidu se hallaba despierto y al tanto, mientras que Gilgamesh no dejaba de desperezarse y respirar profundo.

—¿Qué ha pasado? Debiste seguir durmiendo.

—No sé. Me desperté de súbito y aquí estoy.

—¿Seguro no ha ocurrido nada?

—Ya empiezas con tus dudas, cállate.

Enkidu soltó un bufido encantador parecido a una risa y se cargó hacia Gilgamesh.

—Ya estás despertando, ese es el Gil que conozco.

Cuando Enkidu se recostó en su costado, su cuello tiritó tenso. Todo lo que logró meter a la fuerza en la caja que era su corazón se libero y escapó por sus venas, activando todas las alertas: los colores agradables, el aroma de su cabello magnificado, el tacto de seda de sus dedos.

Estaba atontado.

Comenzó a caminar más rápido. De nuevo estaba a punto de decirlo, era tanta su desesperación, sus anhelos, que sus miedos se entretejieron entre sí y una mezcolanza de hilos y flores se plasmaba en su mente y quedaba enredada a sus sentidos. Creía que enfermó, que necesitaba un médico que le diera de esas hierbas que tomaban las mujeres perdidas en hombres que no eran sus esposos, esas drogas que tomaban los suicidas cuando fueron rechazados por el sentido de sus vidas.

Qué enfermedad más denigrante.

Nadie debía saber que el rey de Uruk enfermó.

Cuando llegaron a la habitación, Enkidu cerró la puerta en silencio y dejó caer una cortina que apartaba del exterior. El silencio de la instancia era mágico, como preparando la manifestación de los síntomas.

Gilgamesh tenía el cabello caído: por alguna razón así se veía más joven, más humano. Rascó su nuca y tenía náuseas. Decidió decirlo.

—Enkidu, me siento mal—se sentó en una silla y se llevó las manos a la cabeza.

Enkidu borró la sonrisa de su rostro y se agachó a su nivel. Gilgamesh no quería mirarle, quería que se alejara, que sus ojos no le perforaran las últimas defensas que le quedaban. Comenzó a sudar en frío cuando la mano de Enkidu tocó su frente.

—Estás algo… nervioso, creo—susurró Enkidu, buscando por un paño—. ¿Quieres hablar de eso? Sabes que soy tus oídos.

Era lo último que quería hacer, hablar. Apretó los labios y en la penumbra, alzó la cabeza para ver la silueta de Enkidu recortada ante la noche estrellada.

Era ahí cuando la enfermedad le hacía sentir peor.

Ansiedad, temblor, dolor de estómago, nudos en la garganta, pulsaciones aceleradas, agujas picando sus dedos, piernas inestables.

Estaba a punto, no quería hacerlo. No podía.

—Enkidu—dijo con la voz entrecortada.

Derramó una lágrima.

Efectivamente, estaba siendo el idiota frente a él.

Enkidu se llevó el paño al pecho y abrió los ojos de par en par. Nunca lo había visto llorar. Se quedó tan de piedra que le costó regresar a la realidad. Gilgamesh se cubrió los ojos con una mano y respiró ofuscado al sentir el líquido tibio rodar por una de sus mejillas: qué pedazo de estúpido.

—Has colapsado—susurró Enkidu, con su voz característica: tranquila y amena—. Ishtar te ha estresado hasta el punto de que… —suspiró y se volvió a colocar a su nivel. Delicadamente retiró la mano de su rostro y acercó la tela a sus ojos.

Vaya sensación tan desagradable. Se sentía una vergüenza, un imbécil débil y asquerosamente sensible. Evitó mirarle a los ojos en todo momento. Agradeció que Enkidu creyera que su motivo de angustia era Ishtar —Aunque, a decir verdad, la idea era un tanto ridícula: el gran rey Gilgamesh lloriqueando porque Ishtar lo molestó—, pero así lo prefirió.

Alzó la mano para tomar los dedos de Enkidu entre los suyos y se atrevió a observarlo: que ser más hermoso, era la perfección constituida en un cuerpo. Era el aire del paraíso encerrado en su respirar, el verde de las praderas de los dioses en sus cabellos, la plata más pulida se utilizó para crear esos maravillosos ojos.

Sin pensarlo, ya estaba harto de pensar, tomó su rostro entre sus manos y le besó.

Tan estimulante era aquel tacto suave como pétalo de rosas que olvidó por un momento su enfermedad. El caos en sus oídos crujía como maderas quemándose.

Y así se rindió.

Abrazó a Enkidu por esa cintura delgada que recorría como bosques vírgenes y se abandonó en su cuello. El aroma de su piel era fuera de este mundo, incluso lejana a los dioses, nada era comparable a su delicadeza.

Uno, el camino accidentado a la cama.

Dos, ropas abandonadas en el suelo.

Tres, besos húmedos y rasguños.

—Estás hirviendo—susurró Enkidu sobre sus labios, después de un beso agitado—. No te sientes bien, deberíamos detenernos.

—No. No puedo detenerme, necesito esto—dijo Gilgamesh ahogado.

—¿Cómo te sientes mal y quieres seguir con esto?

—No me cuestiones.

Enkidu tuvo una idea.

—Ven, te daré un baño.

—¿Qué?

La inquietud de Gilgamesh se calmaba conforme la respiración se aceleró. Enkidu tomó su mano y le atrajo con lentitud.

—Ven, te bajaré la fiebre.

Enkidu lo besó mientras recorría la espalda contorneada de Gilgamesh.

Qué juego más peligroso jugaba Gilgamesh. Sabía que todo era una mala idea, quizás lo fue desde el principio, desde aquella vez que colocó una rodilla sobre su pecho y no lo degolló.

"¿Cómo podría haberte degollado?" pensó, angustiado "A pesar de que ahora eres tú el que me priva de aire"

Enkidu, mediante unos rudimentarios pero funcionales mecanismos, llenó la bañera del baño que se encontraba en la suite. Lo llevó a la tina y le pidió que se sumergiera. Enkidu hizo lo mismo y se mojó el cabello que se apegó a su esbelta figura. La luz flameante de las antorchas soltaba brillos anaranjados de su piel húmeda.

Aquello definitivamente no le bajaría la fiebre.

—Enkidu—Gilgamesh tuvo que respirar varias veces.

"HAZLO HAZLO HAZLO HAZLO HAZLO HAZLO"

Un centenar de ciudadanos gritaban, lo exigían en su mente. Siduri estaba entre ellos, el general del ejercito, los sacerdotes, Shamhat.

La angustia regresó a él y esta vez se enojó, sin embargo, logró reprimirla. Se apoyó en la bañera con el ceño fruncido mientras el cabello le estilaba sobre la nariz. Enkidu le sonrió con dulzura y se acercó a su cuerpo. Besó su frente y se deslizó hasta su oído.

—Hazme el amor—le pidió.

Aquello era su sueño, su deseo oculto. Enkidu no le dijo eso, dijo otra cosa a la que no prestó atención.

Y se dispuso a hacer lo que quiso oír.

El agua se deslizaba afuera de la tina conforme respiraba en su pecho para abandonar todos esos besos que guardaba en secreto, que deseaba darle aquellas veces que su miserable cuerpo se detenía. Enkidu pronto comenzó a jadear y luego a gemir. Las manos grandes de Gilgamesh se aferraban a sus muslos y su cabello se perdía en la superficie de la tina y deslizaba como el aceite sobre el agua, formando curvas agradables. Enkidu tomó las mejillas de Gilgamesh y dejó un beso tierno en su costado.

Enkidu podía controlar de mejor forma su enfermedad porque él creía que no tener corazón lo hace inmune a ese tipo de cosas. Sabía que no podía hacerse daño porque no tenía alma, no tenía razón de ser más que por Gilgamesh.

Pero ambos sufrían la misma enfermedad.

Era difícil hacerlo bajo el agua, pero fue una sensación tan placentera que continuaron con ello. Los movimientos de Enkidu provocaban que las ondas se derrumbaran al borde de la tina y mojaran todo alrededor. Las manos de Gilgamesh aferraban su cintura y le ayudaba a alzarse, provocándole la delicia de disfrutar ese momento. Su cabeza continuaba febril, sus mejillas rojas a más no poder.

Enkidu arrugaba el entrecejo de vez en cuando y enterraba las uñas en los antebrazos de Gilgamesh.

—¿Te duele?

—No—soltó luego de jadear—. No pares por favor, se siente muy bien tenerte dentro de mí.

Un ataque con una lanza a su corazón. Las cadenas de Enkidu apresaron su alma en esa frase.

Un paraíso se formó alrededor de ellos. Nada existía más que ellos dos. Ni Ishtar, ni Uruk, ni murallas, ni súbditos, sólo eran ellos dos en este mundo.

Gilgamesh atrajo la nuca de Enkidu para besar sus maravillosos labios. Tras cada suspiro quería creer que le decía el nombre de su enfermedad, que las letras se congeniaban entre sí para correr el velo del misterio.

Mordió con suavidad su clavícula y Enkidu susurró su nombre. Eso le causó un arranque de placer. Los espasmos del interior de Enkidu raspaban su cordura, sobretodo en el estado desesperante en el que se encontraba.

Salió de la bañera aceleradamente. Trajo a Enkidu consigo y lo acostó en el suelo húmedo. Abrió sus piernas y así comenzó nuevamente. Pocas veces asociaba el acto que llevaba a cabo con los sentimientos, pero esta vez era sólo el hilo de su demencia moviendo su cuerpo, sus manos, sus párpados entrecerrados, su excitación al ver el rostro de Enkidu, aquel rostro que ponía cuando estaba completamente abandonado al placer.

Terminó de declarar su locura cuando el blanco color del goce escapaba lento del interior de Enkidu quien, producto de sus dedos, ya había llegado al orgasmo minutos atrás. Gilgamesh se dejo caer a un lado y de nuevo, como siempre, el manto del silencio se llevaba los pétalos de flores que ambos desprendían al no tener la valentía de ir contra el mundo y gritar a los cuatro vientos…

Aquello.

Sí, aquello.