Diez años después
El Santuario había sido un gran revuelo desde temprano. En el Coliseo se preparaba una gran ceremonia, aunque por orden del Patriarca, no se anunciaría de qué se trataba. Era una sorpresa no sólo para las personas involucradas sino también para todos los Caballeros y aprendices que moraban en el Santuario. Sólo unos pocos conocían sobre el asunto, y como era usual, se trataba de los Santos Dorados. Aunque fueron discretos, pronto comenzó a correr el rumor de que ese día el Patriarca designaría un nuevo Santo de Oro. Varios templos seguían vacíos, así que no era extraño que se eligieran sucesores. Los aprendices hicieron apuestas sobre quién podría ser.
Así las cosas, aún era temprano cuando Gina subió a la Casa del Patriarca. La última década de entrenamiento había sido productiva para ella, quien ya se había convertido en una destacada guerrera. Aunque era ya una mujer, se ofuscaba cuando seguían viéndola pequeñita. Entró con todo descaro a las estancias privadas del Patriarca. Él estaba todavía a medio vestir, en shorts y musculosa, caminando solo con las medias. El atuendo ceremonial, que le hacía parecer mucho más robusto de lo que era, descansaba sobre un maniquí sin cabeza a un costado. Cuando vio a su hija puso mala cara, aunque le perjudicaban más los nervios por la ceremonia que debía oficiar.
-¿No sabes tocar la puerta? –la acusó con una media sonrisa. Gina negó con la cabeza.
-Me dijiste que las puertas siempre estaban abiertas para mí –recapituló-. Me tomó en serio las cosas que dices –Shion lanzó una carcajada-. Tenía que verte antes de ir al Coliseo. Mirena-Sama necesita saber cuánto antes si vas a ir a la fiesta.
-¿La fiesta? –se sorprendió el ariano, mientras recorría la habitación en busca de los detalles para el traje. Gina resopló.
-Estás invitado hace rato –lo regañó-. Les he escuchado invitarte con mis propios oídos, aunque tal vez te olvidaste –dijo, encogiéndose de hombros-. Estás un poco ausente, papi.
-Lo siento –admitió-. He estado trabajando en algo interesante. ¿Puedo enseñártelo? –Gina asintió. Le pidió con una seña que lo siguiera hasta la biblioteca. Mientras caminaban, la muchacha continuó con la charla.
-En fin, yo quisiera que vengas –siguió-. Ícaro no sospecha nada. Pero debería, porque Albafica-Sama está tan orgulloso de su discípulo que no se ha molestado en disimular lo súper genio que es –Shion lanzó una risita.
-¿Está celosa mi princesa? –ironizó. Gina lanzó un resoplido de hartazgo-. Mirena me ha dicho que te ofreció la Armadura de Orión, pero no la quieres.
-Por supuesto que no la quiero –se ofuscó-. Si ese niñito va a tener una Armadura Dorada, yo también quiero una –Shion la observó un momento con ternura mientras negaba con la cabeza.
-Eres imposible –admitió riendo-. Para mí sería un orgullo que seas la heredera de la Armadura de Aries. Pero para eso todavía falta tiempo –Gina puso los ojos en blanco. Shion desplegó un mapa del mundo conocido sobre el escritorio-. He estado trabajando sobre el enlazamiento cuántico. Todas las cosas con las que has estado en contacto, guardan algo de tu Cosmos. Entonces, podría encontrar algún Cosmos en particular –explicó. Gina suspiró con cierta tristeza.
-Pero ¿crees que es lo correcto? ¿No sería mejor dejar las cosas como están? –inquirió, sospechando a quién querría buscar su padre.
-No –respondió tajante-. Yo necesito saber. ¿Tú no? –ella se encogió de hombros.
-No lo sé. He aprendido a vivir con la incertidumbre –explicó-. Mirena-Sama me ha dicho que la certeza está sobrevalorada, que no hay nada de malo en vivir sin explicaciones. Y yo le creo. Nunca cuestionó las cosas que han ocurrido sin ninguna razón en particular –Shion subió una ceja.
-¿Tú le crees, mi niña? –Gina frunció el ceño.
-Sí –remató-. Es un error creer que todos harán lo que tú harías. ¿Cuántas veces no hizo lo que tú hiciste? –siguió, con un dejo de acusación. El aire se hizo tenso. Shion suspiró con fuerza.
-Vale, lo siento –admitió, tragando saliva-. Esto me tiene angustiado.
-Pues pruébalo de una vez, si es lo que necesitas. Me quedo contigo, si te hace bien –ambos esbozaron una sonrisa cálida. Él asintió.
Tomó del cajón una pieza de plata que supo ser parte de la Armadura de la Grulla. Aplicó su Cosmos sobre él con fórmulas que Gina falló en deducir. El trozo de metal levitó levemente sobre el mapa y comenzó a realizar movimientos concéntricos sobre él, como si buscara. Shion apretó las manos al borde del escritorio. Gina dejó de respirar por unos segundos, mientras observaba el trozo de armadura moverse por el mapa, cada vez con mayor fuerza. Finalmente, su luz se apagó y cayó al piso. A Shion le tembló el labio y sus ojos se pusieron vidriosos. Gina negó suavemente con la cabeza. Avanzó al otro lado del escritorio y abrazó a su padre, para luego envolverlo suavemente en su Cosmos. Él derramó algunas lágrimas silenciosas, que luchó por mantener dentro, en un vano intento de mostrarse fuerte. Se separaron momentos después. Ella pudo notar cómo se limpiaba las lágrimas disimuladamente con las yemas de los dedos.
-Siento que no haya funcionado –dijo Gina, con auténtico pesar-. Pero ya te dije, yo me quedo contigo –él asintió, mientras apretaba los párpados.
-Pues que buena noticia que este atuendo exige usar la máscara. Debo verme horrible ahora mismo –intentó bromear.
-Un poquito monstruoso nada más –bromeó ella y luego cambió a un tono más solemne-. Tal vez sea hora de dejar ir el pasado, papi. No es mi deseo entrometerme –se atajó-. Pero tampoco está bien que sigas sufriendo así, según pasan los años. Todas las cosas del universo llegan cuando estamos listos para ellas –Shion asintió.
-Una frase que deberías también decírtela a ti misma –ella se encogió de hombros.
-¿Pues de dónde habré sacado esta impaciencia genética? –siguió, divertida-. Ven a la fiesta, te prometo que bailaremos juntos.
-De acuerdo, parece que no tengo opción –Gina dio un saltito y aplaudió un par de veces.
-Por cierto, tengo que contarte que el día que me entregues a mí una Armadura Dorada, la fiesta durará cuatro días –bromeó.
-Eres imposible –dijo Shion conteniendo la risa-. ¿Qué tal si vas a ayudar a Mirena mientras termino de cambiarme? Que se va a hacer tarde sino.
-De acuerdo –concedió-. Ponte guapo, nos veremos en la Casa de Capricornio –sonrió, antes de salir de la habitación dando alegres saltitos, contenta de haber logrado su cometido.
Era la segunda vez que Shion entregaba una Armadura Dorada durante su mandato. El primero había sido al flamante Caballero de Tauro. Teneo, el discípulo de Hasgard, había sido designado por él mismo. El Patriarca no tuvo la menor intención de discernir con él. Pero esta vez era diferente. Conocía la historia de Ícaro desde el principio, al igual que la historia de su Maestro. Albafica de Piscis lo había entrenado por la última década con un éxito que pocas veces había visto. Había logrado algo inédito al complementar la disciplina férrea con el cariño más puro. Más de una vez le había parecido que en los últimos templos moraba realmente una familia. Más de una vez se encontró sintiendo envidia de ellos. Pero más que nada se reprochaba a sí mismo, sabiendo que si sus decisiones hubieran sido otras, él mismo podría estar en esa misma situación. Se sacudía el pensamiento cuando pensaba en eso. El Patriarca debía ser la guía espiritual del Santuario. Nadie lo seguiría ni a la esquina si supiera que se sentía el menos indicado para guiar a nadie. Más de una vez se había preguntado sobre los motivos de Athena para elegirlo, para luego sentirse indigno por haber cuestionado a su diosa, incluso con su mero pensamiento.
Shion logró que la ceremonia fuese solemne a la vez que entretenida, un talento que supo aprovechar para ayudar a la moral de las tropas. Cuando Ícaro recibió la Armadura de Capricornio hizo un gran esfuerzo por contener las lágrimas. Albafica no disimulaba su orgullo, sin dejar de sonreír. Aquel día sintió que sus incesantes esfuerzos habían dado frutos. Se sintió feliz por su querido alumno más que por él mismo. No disimuló lágrimas de emoción cuando lo vio portar su nueva armadura por primera vez. Su pecho se llenó de una calidez que pocas veces en la vida había sentido. Por eso, cuando los invitados pasaron a la Casa de Capricornio, se esforzó por ser un buen anfitrión. Intentó cerciorarse de que a nadie le faltara la comida ni la bebida. La música se oía hasta los templos vecinos. El clima general era de algarabía. Observó a Gina bailando con Shion y esbozó una media sonrisa con nostalgia. Eso lo empujó a salir al balcón. Observó las estrellas con añoranza, con una mezcla de orgullo y tristeza. Oyó algunos pasos detrás de sí.
-Maestro –saludó Ícaro-. Al fin te encuentro. Este día tan ocupado ha hecho que no tenga un solo momento para hablarte –Albafica negó con la cabeza.
-Ya no hace falta que me llames así –dijo, encogiéndose de hombros-, ya no tengo nada que enseñarte. A partir de hoy somos iguales –declaró. Esta vez, Ícaro se permitió las lágrimas que había reprimido más temprano. Salieron con fuerza y nerviosismo, sin que les diera permiso.
-Maestro –repitió, entre balbuceos. El pisciano lanzó una risita-. Albafica-sama.
-Pero siempre serás mi pequeñito –bromeó. Luego suspiró y volvió a hablar con más seriedad-. Me siento tan orgulloso de ti, de tus logros. Nunca me imaginé este día. ¿Te acuerdas que todas las cosas del universo llegan cuando estamos listos para ellas? Pensaba que había cosas que no llegaban nunca. Mira que equivocado que estaba –Ícaro se refregó los ojos sin delicadeza.
-Es obra tuya, Maestro. No habría avanzado ni un solo paso sin ti –se remojó los labios mientras buscaba las palabras-. No tengo palabras para expresar tan grande agradecimiento. No me alcanzará la vida para agradecerte –en este punto, a Albafica también se le llenaron los ojos de lágrimas-. Me has dado una familia cuando pensaba que estaría siempre solo. Eres más un padre para mí, lo serás siempre –Albafica rompió a llorar, conmovido por la confesión de su alumno.
-Es obra nuestra, Ícaro. De todos nosotros. No sería justo llevarme el crédito –tragó saliva con fuerza-. Yo también pensé que nunca podría formar una familia. Te das cuenta, que equivocado estaba. También tengo que darte unas infinitas gracias –admitió. Chocaron las copas en un brindis solitario.
-Los voy a extrañar a todos cuando me quede solo en la Casa de Capricornio –admitió con picardía.
-No estarás solo –remató Albafica-. Lucharé a tu diestra en las guerras por venir, Santo de Oro –Ícaro apretó los párpados, dispuesto a llorar otra vez.
-Tendré que agradecerle también a Mirena-Sama, de otro modo no sería justo –Albafica asintió con acuerdo.
-No la he visto desde la ceremonia. He estado un poco liado con la fiesta –explicó-. ¿La has visto? –Ícaro se encogió de hombros.
-Creo que ha aprovechado para huir hasta abajo, al cementerio. Habrá imaginado que no iba a haber nadie, ya que todos estamos aquí –dijo Ícaro, encogiéndose de hombros-. Pero ¿era muy necesario elegir este día? –Albafica asintió.
-Hoy es el aniversario de la muerte de Irina –explicó él-. Ya hace once años. ¿En qué momento ha pasado tanto tiempo? –sonrió con cierta nostalgia-. ¿Te acuerdas algo de ese día? –Ícaro asintió.
-Me acuerdo –suspiró-. Aunque no lo creas, es un día que recuerdo bastante seguido. En mi corazón, fue ese día que te acepté por completo como mi Maestro.
-Entonces no ha sido un día absolutamente aborrecible –concedió, dando un suspiro. Bebió otro sorbo de la copa que tenía en la mano, hasta terminarla.
-¿No te molesta, esta fecha? –Albafica se encogió de hombros.
-En realidad no –confesó-. Pienso en ella cada día. Su Cosmos me acompaña en cada uno de mis pasos. Una fecha particular no hace la diferencia en eso –se remojó los labios-. Supongo que Mirena piensa diferente. Nunca hablamos de esto, la verdad –meditó unos segundos-. ¿Crees que debería ir por ella?
-Gina ha ido por ella. Me avisó hace rato, como media hora –explicó.
-Ah –sólo pudo balbucear el de piscis.
-No quise opacar el momento con tristeza, debí callarme la boca –se regañó Ícaro. Albafica negó con la cabeza.
-No te preocupes –volvió a sonreír con sinceridad, aunque la sonrisa no llegó a sus ojos-. Nada arruinará tu noche.
A pocos kilómetros de allí, Mirena caminaba a paso pesado hacia el cementerio. Se detuvo primero junto a la tumba de su Maestro Dégel. Allí elevó una plegaria con fuerza y fe verdadera, como él le había enseñado. Sin pensarlo, rompió a llorar. Apoyó la frente contra la fría piedra y se esforzó por buscar, incluso allí, el Cosmos de su Maestro. Se sintió rodeada de calidez. Lo escuchó dentro de sí, como si fuera telepatía. Recapituló su última noche juntos. La cena, la despedida, sus deseos para ella como adulta. Había pasado más de una década y casi tenía la misma edad que su Maestro cuando lo conoció. En aquel día en particular, necesitaba de su guía más que nunca. Se permitió sentir el abrazo del Cosmos y su aroma particular, que le recordaba cuando era pequeñita y él la llevaba a upa. Lo abrazaba con sus manitos y sentía que era el lugar más seguro de todo el mundo. Aunque había conocido a sus padres biológicos y tenía claros recuerdos de ellos, siempre había estado convencida de que Dégel era su padre verdadero. Lo extrañaba tantas veces que le costaba horrores bajar hasta el cementerio.
-Todo estará bien –susurró la distante voz de Dégel-. Recuerda que todas las cosas del universo llegan cuando estamos listos. Aprendiste la lección, mi pequeñita. Aceptaste esa demora sin cuestionarla, sabiendo que es buena y necesaria –Mirena negó-. ¿Tienes miedo porque ha terminado la espera?
-Tengo miedo de pasar otra vez por lo mismo, Maestro –sollozó-. Es una falsedad. Lo acepté porque era menos doloroso que luchar por cambiar el pasado. Pero nunca me ha parecido ni bueno ni necesario.
-No seas tan dura contigo misma. Te juro que todo estará bien –Mirena asintió sin mucha convicción-. Estoy orgulloso de ti. Me llena de dicha que lleves la Armadura de Acuario con honor y valentía. Te quiero tanto, Mirena.
-Yo también –sollozó ella-. No me siento valiente –esta vez no hubo respuesta. Aunque continuaba sintiendo el cálido Cosmos cerca, ya fue incapaz de oír la trémula voz de su Maestro.
Se levantó refregándose los ojos sin delicadeza y caminó más abajo en la colina. Esquivó las fresias hasta llegar a la tumba de Irina. Allí también podía sentir su Cosmos, dulce y suave; con la inocencia propia de quien jamás ha sido testigo de la maldad del universo. Como había hecho antes, se sentó junto a la roca y la acarició con ternura. Suspiró, obligándose a calmarse. Pero cuanto más lo intentaba, más parecía empeorar la situación. Comenzó a respirar con pesadez, sintiendo que el aire no entraba en sus pulmones. Se agarró el pecho con fuerza, con la mano hecha una garra, mientras jadeaba luchando por respirar. Las lágrimas salieron sin que les diera permiso. Sólo aquel día aborrecible había llorado así. No quería gritar de dolor, se prometió que no lo haría; sencillamente porque no deseaba que nadie se acercara a interrumpirla. Sin embargo, tuvo que morderse el labio y el grito se convirtió en un lastimoso gemido. Lloraba con violentos espasmos que contraían su pecho, con el rostro y el pecho rojos, bañada en transpiración. Lloraba como un niño pequeño, sin importarle nada más que expresar su dolor en forma física. El dolor era tal que no dejaba espacio a ningún otro sentimiento. Se había olvidado de todos y sentía que iba a morirse por tal dolor.
Sin embargo, pronto fue interrumpida. Gina se acercó con cierta desconfianza, preocupada por la patética visión que tenía enfrente. Jamás la había visto así. Bajó la mirada con cierta vergüenza y enseguida la invadió la tristeza cuando comprendió la profundidad de sus heridas. Se sentó a su lado e intentó abrazarla, pero la acuariana se movió, arisca. Fue entonces que Gina encendió su Cosmos en un intento por sacarla del violento trance en el que se encontraba. Sin embargo, Mirena negó con la cabeza y le dio un suave empujón hacia atrás. Gina se obligó a pensar en otra cosa, mientras suspiraba con pesar. Se le ocurrió que a lo mejor no deseaba percibir el Cosmos de Gina, porque era otro Cosmos el que había venido a buscar. Se sintió tonta por haberlo intentado. Se acercó con cautela y presionó el hombro de su maestra con dulzura, dándole una suave caricia con el dedo pulgar. Mirena no había subido la mirada en todo el rato. Hablar era su última opción, puesto que sabía que tan huraña podía ponerse su Maestra cuando no tenía ganas de escuchar a nadie. Sin embargo, no se le ocurrió a otra cosa.
-Maestra –susurró con cierta precaución-. Ya vamos… todos te están esperando –aventuró. Mirena negó con la cabeza-. Ícaro me ha pedido que venga a buscarte –Mirena se ahogó por un momento, pero luego volvió a respirar. Gina se sintió alarmada-. Por favor –balbuceó.
-¿Qué haces aquí? –logró articular Mirena, entre sollozos.
-Vine por ti –explicó-. Estás herida y deseo poder ayudarte –bajó la mirada-. Es solo que no sé cómo hacerlo –Mirena negó con la cabeza.
-Me ayudarás si me dejas sola –lanzó con dureza.
-No quiero dejarte –remató Gina-. Nadie debería sufrir así por sí solo.
-No quiero que me veas así –afirmó Mirena, subiendo la voz-. Tengo mucha vergüenza –agregó, más bajo. Gina intentó nuevamente abrazarla, pero fue otro intento infructuoso. A la muchacha se le llenaron los ojos de lágrimas. Enseguida, el fuego se encendió dentro de sí y subió la voz.
-Pues eres egoísta. Estás arruinando la fiesta, estás arruinando todo –Mirena la escuchó con atención, inmóvil-. No mereces a Albafica-Sama –remató, sin medir cuándo se estaba pasando de la raya-. Él no está lloriqueando en un rincón, sino siendo un buen Maestro, como tú deberías ser –Mirena gruñó como una bestia herida. Se puso de pie de golpe. Sus ojos se iluminaron con su poderoso Cosmos, igual que la armadura que brilló bajo la luna. Gina sintió su Cosmos acrecentarse. Le tembló el labio. Pudo ver la energía que se concentraba en las manos de su Maestra.
-Mocosa, eres una insolente. Pues búscate otro Maestro, si tanto te molesto –respondió, con la voz teñida de resentimiento. Gina se sintió herida cuando recordó aquella oportunidad en que el Maestro Dokho la había expulsado por esa misma insolencia. Pero no tuvo tiempo para pensar más, porque enseguida se deshizo en polvo de estrellas.
Cuando volvió a apoyar los pies sobre el suelo, se encontraba en el balcón de la Casa de Capricornio. Para su sorpresa, Ícaro y Albafica la observaban; el primero con intriga y el segundo con palpable desaprobación. Se abrazó a sí misma y dio media vuelta intentando huir. Sin embargo, fue Ícaro quien avanzó y la tomó por el hombro. Ella se lanzó a su pecho. No habían tenido la más cercana de las relaciones durante esos años, pero el dolor que Gina sentía pudo más. Confiaba en Ícaro y era esa seguridad lo que más necesitaba en aquel momento. Rompió a llorar mientras se apretaba contra la flamante armadura de oro. El capricorniano se atrevió a dedicarle una suave caricia en el cabello, jugueteando con él. Ícaro no había conocido a Yuzuriha de la Grulla, pero muchos decían que era su viva imagen, en especial cuando se trataba de su cabello. Se encontró preguntándose, no por primera vez, dónde estaría el Santo de Plata o qué habría sido de su vida. Subió la mirada un momento para encontrar una severa mirada de Albafica. Eso no auguraba nada bueno. Es que el de piscis sabía que lidiar con Gina no era nada fácil y que más de una vez había hecho sufrir a la mujer que amaba.
-Tuvimos una gran discusión –sollozó-. Esta vez me he pasado –reconoció-. Dije algo muy feo y Mirena se enojó mucho… no creo que me perdone –lloró más fuerte. Albafica lanzó el aire y negó con la cabeza.
-Gina –susurró Albafica con ternura y cierto hartazgo-, eres imposible a veces. Te perdonará, te lo prometo –ella asintió.
-Lo siento –balbuceó, separándose un poco de Ícaro para poder ver a Albafica de frente.
-No te preocupes, Gina-Kun. Te perdono, no pasa nada –dijo sonriendo con dulzura-. Cuando se trata de Mirena hay que tener paciencia, algo que tú evidentemente no tienes –la regaño-. Deberías trabajar en eso mañana. Hoy disfruten la fiesta –dijo, como ofrenda de paz, antes de retirarse y volver adentro.
Gracias a todos por leer hasta acá! Sé que muchas veces no es nada fácil leer una historia tan larga. Pero se acerca el final, y prometo que valdrá la pena. A mí me gustaría que dejen reviews de vez en cuando, que son vagos jajaja. Pero no me quejo (mucho). Sé que andan por ahí y agradezco por todo!
