Unos pasos hicieron eco en la monotonía estresante de la noche, y cuando la sombra del desconocido se proyectó junto a Yashiro, esta le lanzó una mirada amenazadora instintivamente, recibiendo unas manos alzadas que indicaban que no iba a hacerle daño. Sin embargo, distinguió que llevaba una pistola en su cintura, justo debajo de la gabardina negra. El sujeto era alto y tenía una constitución atlética, aunque sus facciones, por el contrario, eran cordiales. A pesar de que estaba siendo reprendido por la furiosa mirada de Yashiro, permaneció calmado y en silencio, conectando el verde de sus ojos con los de la joven, de una manera tan comprensible que llegó a ablandar su expresión.

Yashiro bajó la vista. La cabeza de la joven Kirino descansaba sobre sus muslos como un dulce ángel, con los ojos cerrados. Apartó un mechón negro de su rostro, colocándolo detrás de la oreja con una delicadeza casi maternal. El hombre dio unos pasos hacia adelante cautelosamente como si estuviera pidiendo permiso, y se arrodilló a su lado llevando una mano hacia el cuello de la menor, para revisar sus signos vitales. Yashiro se encontraba tan lejos que ni se percató de ello.

-Makishima me pidió que las escoltara, y eso es lo que haré -declaró el sujeto con una voz grave pero no menos cálida.

Yashiro arqueó una ceja y se reincorporó a la realidad justo a tiempo, para descubrir que el hombre se ponía de pie con el cuerpo de Toko en sus brazos. La escena le resultó surrealista y lejana como si fuera una mera espectadora, pero logró imitar el movimiento y seguirlo de cerca, a pesar de que debía hacer un gran esfuerzo para mantenerse en pie, puesto que todo su cuerpo le pesaba y un enorme mareo se había adueñado de sus sentidos. En ningún momento apartó su mirada del cuerpo frágil de la chica, aunque algo le decía que se hallaba en buenas manos.

Llegaron a una calle desolada y oscura donde los aguardaba una camioneta y otro coche. Había tres hombres conversando, y cuando se giraron hacia ellos, Yashiro sintió un estremecimiento recorrer toda su espalda al vislumbrar el cabello blanco de Makishima. Sin embargo, fue el otro muchacho que lo acompañaba quien se acercó a ellos, y Yashiro se detuvo de manera casi inconsciente al notar que era ella misma la que se había vuelto el centro de la atención. El hombre la señaló exhibiendo todos sus dientes amarillentos, y se echó el cabello negro atrás para observarla mejor.

-Tú… tú fuiste la que mató a Hideaki -bramó el sujeto chasqueando la lengua.

Yashiro cerró los ojos cuando el sonido de un disparo quebró su mente, enseñándole el cuerpo robusto de quien había atacado a Sasayama, con un agujero de bala en su pecho, del cual corría sangre a borbotones. Ni siquiera fue capaz de percibir el aliento a alcohol que aquel muchacho emanaba, el cual la había cogido del cuello con una fuerza bestial hasta golpearla contra la pared. El dolor en su nuca le resultó devastador y, sin embargo, sus manos no buscaron la forma de defenderse. No sintió la solidez del cañón de su pistola en la mejilla, a pesar de que al abrir los ojos se lo quedó mirando en silencio.

Para su sorpresa, el sonido característico nunca llegó a sus oídos y, de pronto, el muchacho fue impulsado hacia atrás por el propio Makishima, quien lo agarró de su chaqueta negra y lo hizo voltear. El sujeto trató de disparar, pero el arma salió volando por los aires y en cuanto chasqueó la lengua, fue recibido por un puntapié en el pecho que lo impactó contra la pared y lo hizo rebotar, como si de una pelota de tenis se tratase. Makishima se giró sobre sí inclinándose hacia adelante, y con un renovado ahínco le asestó otra patada en el rostro, que en el acto se coloreó de un oscuro carmesí. El hombre escupió en el suelo y cuando volvió a erguirse, Makishima le hundió el cráneo en la pared, estirando sus manos al comprobar que su cuerpo se desplomó como piedra.

Yashiro se había apartado apenas comenzó el conflicto, y respiraba entrecortadamente mientras se palpaba el cuello. Llegó a distinguir la piel clara del agresor sobre el cemento, y frente a él, la enigmática figura de Makishima. Tenía los nudillos manchados de sangre, al igual que su camiseta blanca y parte de los puños de su chaqueta. Los ojos de Yashiro se abrieron con suspicacia, sus labios permanecieron medio abiertos, inmóviles frente a él y, sin embargo, cuando Makishima dio unos pasos en su dirección, denotando el brillo de la transpiración en su rostro y cuello, Yashiro no se movió de su lugar.

-Lamento que hayas tenido que soportar esta insolencia, Yashiro -afirmó Makishima con una voz todavía conmocionada por el esfuerzo-. El ganado siempre será ganado ante la mirada de un granjero…

Durante unos segundos intercambiaron la mirada, hasta que este denotó un brillo indescifrable en sus ojos que lo único que le transmitía a Yashiro en ese momento, era una extravagante sensación de aislamiento. Le recordaba a la mirada transparente y lisa de Mitsuru Sasayama, al completar uno de sus tantos trabajos. Al fugaz y efímero resplandor en el rostro vacío de Toma, el día que este le confesó la muerte de su madre. Unas gotas frías cayeron sobre la punta de su nariz y Yashiro alzó la vista al cielo, percatándose de la llovizna que poco a poco iba aumentando en intensidad, empapando todo su cuerpo.

-Por más que sea su propia mano la que le alimente y provea cobijo -complementó Yashiro en un murmullo apenas audible.

Makishima tardó varios segundos en procesar sus palabras, y cuando lo hizo, fue lentamente alumbrado por una sonrisa auténtica en su rostro, cual amanecer cálido y espontáneo. No sabía cuánto tiempo habían permanecido allí de pie observándose, pero Yashiro arqueó una ceja al escuchar el eco de sus propios pasos en el cemento, a medida que avanzaba hacia los vehículos para reunirse con los otros hombres, a quienes no les importaba en absoluto la muerte de uno de sus compañeros. Makishima, en cambio, persistió en su postura unos instantes sin dejar de contemplar su marcha.

Yashiro se detuvo a unos metros de la camioneta y ladeó la cabeza hacia su maletero, que se encontraba entonces cerrado. Sus ojos se entrecerraron de a poco como si la vida abandonara su consciencia, y tuvo que obligarse a seguir caminando para llegar a donde se encontraba el sujeto que había cargado a Toko, quien le abrió con suavidad la puerta del coche a pesar de que le lanzó una mirada amenazadora que sus ojos de hierro exponían. Yashiro sólo entró y se sentó al ver un asentimiento de cabeza por parte del hombre, cuyas cuencas parecieron arrugarse con una placidez que le recordaron a su madre. Sus piernas agradecieron por un largo rato la tan esperada calma, y pudo por fin relajarse un poco, apoyando su cabeza sobre el respaldo del asiento.

-Nunca imaginé que la joven Kirino se resistiría -comentó Makishima junto al gigante.

Cruzado de brazos, disfrutaba las gotas de lluvia y hacía caso omiso al viento fresco que se había levantado.

-Estaba inconsciente cuando la encontré.

Makishima ladeó la cabeza hacia el asiento de copiloto, donde se hallaba Yashiro con los ojos cerrados presa de un ensimismamiento lúgubre y enfermizo. No podía oírlos desde el interior, y se la quedó observando durante un largo rato. A pesar de que no solía conducir porque prefería que alguien más lo hiciera por él, esa noche sintió un irracional interés en hacerlo.

-Prosigan con lo arreglado -ordenó Makishima, dirigiéndose al coche-. Y procuren entregar el paquete en buen estado, Katsu.

La sonrisa torcida de Katsumoto le indicó que podía confiar en él. No era ningún tonto, y poseía el don de distinguir cuándo debía hablar y cuándo no, por eso es que Makishima consideraba que podía contar con él en casos de suma relevancia. Era un soldado leal y fiel, aunque de doble filo, pues podía tornarse en su contra si llegaba a tocar a su hija. Esa era la única debilidad que había encontrado en él hasta entonces. Los demás, en cambio, resultaban ser meras bandadas de perros que podían comprarse sencillamente. Carecían de motivos que los impulsasen a hacer algo diferente y significativo. Eran fichas prescindibles y reemplazables para él.

Cuando entró al coche y encendió el motor, Makishima condujo despacio para no llamar la atención, aunque lo cierto era que a esas horas no había nadie en la calle. Se preguntaba dónde estarían los demás ejecutores e inspectores de la Oficina de Seguridad Pública. Una osada sonrisa bailó sobre la comisura de sus labios, pero se disipó al notar por el rabillo del ojo que Yashiro apoyó su codo en la puerta, llevándose la mano a la cabeza mientras perdía la vista en el exterior. Mientras la contemplaba, no pudo evitar adormecerse por el enigmático magnetismo que todo su ser emitía, siendo Yashiro la única que no era consciente de ello.

-No quería que se involucrara -susurró ella con una voz ronca, de ultratumba-. Intenté alejarla de este desastre, pero no pude más que… más que verla hundirse.

Makishima ladeó la cabeza en su dirección durante unos instantes. Un brillo en sus ojos amenazaba con ahogarla, y frunció el ceño cuando se llevó fugazmente una de las manos a sus ojos. Todavía no confiaba en él lo suficiente como para mostrarse tan vulnerable, algo que siempre trataba de evitar. El esfuerzo que debía estar ejerciendo era enorme, y Makishima la respetó por ello. Sin embargo, no podía verla arrepintiéndose de sus actos, deseaba que aprendiera a no mirar atrás, tan sólo adelante.

-No puedes preverlo todo, Yashiro. La mente humana no es algo tan sencillo. Una máquina tiene definida las distintas condiciones a seguir según el problema a resolver, pero una mente es impredecible… no puedes saber con certeza cómo reaccionará: si sucumbirá ante el miedo o, por el contrario, deseará vengarse…

Hubo una larga pausa en la que cada uno estuvo inmerso en sus propios pensamientos. Sin embargo, Makishima sabía que había sido escuchado con atención. Yashiro no cesaba en contemplar perdidamente el exterior, como si buscara las respuestas en la monotonía de aquellos suburbios, pero se hallaba concentrada en sus palabras.

-¿Qué pasará con ella? -preguntó Yashiro por fin.

Makishima suspiró profundamente. De alguna forma pudo intuir que preguntaría algo como aquello, pero al menos su voz no se hallaba tan quebrada como antes, sino más bien decidida.

-No podemos permitir que hable.

Yashiro cerró su puño con fuerza sobre la pierna, y en ningún momento se giró hacia él. Se veía incapaz de cerciorarse de que se encontraba a su lado. Era como si, en realidad, no quisiera reconocerlo.

-Podemos convencerla…

Makishima entrecerró los ojos mirando al frente. Yashiro aun no podía dejarla ir. Estaba encadenada a ella, una simple estudiante, y se retorcía de la culpabilidad en su interior, algo que Makishima no podía ni quería tolerar. De repente, todo su rostro se ensombreció como si hubiera recibido la peor de las noticias, una que lo incitaba a la violencia.

-Veo que no has tomado en cuenta las enseñanzas de Maquiavelo, Yashiro. En especial, cuando decía que, "si a tu enemigo le haces un daño menor, obtendrás venganza, pero si lo lisias no hay nada que pueda hacerte".