Capítulo 23
Capricho
Ishtar era una diosa vanidosa.
Vanidosa, mimada y malcriada, pero no por ello era débil. Ishtar era de temer.
Cuando Gilgamesh la pateó frente a Enkidu en su palacio, sintió una enorme rabia, pero por sobre todas las cosas, una pena terrible. Una vez que desapareció de la vista de ambos, se fue a su palacio celestial a llorar sobre su lecho, en silencio, como la princesa que era, gimoteando y lamentándose de su maldita suerte.
Ella amó a muchos hombres en su vida, pero ninguno de ellos era como Gilgamesh: tan hermoso, de un porte tan noble. Adoraba el color de sus ojos y el suave cabello rubio que cubría su cabeza. Sus manos grandes, su cuerpo tonificado, su desnudez la volvían loca. Lo quería todo para ella, para devorar su interminable energía y hacer de su cuerpo su demencia y lívido.
Pero naturalmente las cosas tenían que salir mal. Gilgamesh no podía estar más hechizado por esa maldita muñeca de tierra que Aruru no fue capaz de destruir e Ishtar, con todo su encanto de mujer no pudo romper el hilo que tenía embobado a Gilgamesh. Ella lo sabía. Supo que Gilgamesh comenzó a sentir otro tipo de cosas por Enkidu y desde entonces, ella empezó a sentir rechazo por Enkidu. Todo se comprobó en su visita aquella noche en el baño de Gilgamesh.
Ishtar pensaba en esto cuando entre sus puños agarró sus bellísimas sábanas y las rasgó en dos pedazos inútiles. Su respiración acelerada y la rabia latente en sus dientes la enaltecían como la diosa peligrosa que realmente era.
—¡Te odio Enkidu, te odio con toda el alma! —gritó Ishtar, sollozando, completamente desconsolada.
Con sus manos hizo estallar las vasijas, pensando que le hacía lo mismo a Enkidu. Sus ojos se iluminaron tenuemente en rojizo y se dirigió a una figura de arcilla que mantenía en su habitación. La tomó entre sus dedos y la hizo añicos, con una rabia tal que sus ojos se estrecharon y su puño tembló.
Después de descargar una rabieta con sus cosas, se vistió con sus preciosas ropas ajustadas a su cuerpo y caminó por el palacio, hasta dirigirse al trono del patriarca supremo Anu. El sabio dios se encontraba dormitando con un dedo índice descansando en una sien, cuando su pretenciosa y favorita hija, irrumpió su sueño celestial con una voz firme y autoritaria, casi en un grito dictatorial.
—Padre, ¡Gilgamesh me ha calumniado! ¡Me ha insultado como si yo fuese una ramera cualquiera de Uruk! ¡Dijo cosas horribles de mí! ¡No puedo perdonarlo, aunque mi amor por él sea infinito!
Anu abrió los ojos con lentitud y sonrió al ver su joya enrojecida, con una expresión de descontento e ira. El dios se apoyó y bostezó para salir de su letargo. Se aclaró la garganta y habló:
—Querida y amada hija, ¿Qué cosas dices? Yo sé que fuiste a hacer a Uruk, cariño mío. ¿No crees que eres tú quién provocó todo esto? Trataste de seducirlo, ¿Verdad? Todos sabemos qué ocurrió con él después de despachada nuestra arma en Uruk. Sé que él no te insultó sin motivo alguno. Algo debiste hacer como para encolerizarlo a tal punto de tratarte mal, princesa.
Ishtar volvió a estallar en rabia, arrugando la frente y mostrando sus dientes perlados. Anu soltó una sonrisa, recordando sus tiempos de juventud, donde sus emociones lo gobernaban fácilmente.
—¿De qué te ríes? Esto no es divertido. Jamás podré tener a Gilgamesh entre mis brazos. Estoy destrozada por dentro, ¡No te rías! —Ishtar lloró de rabia y con ímpetu, limpió sus lágrimas. Sus puños temblaban de rabia y sus ojos brillaban como soles lejanos.
—Hija mía, ¿No crees que esto es un capricho tuyo? Hay cientos de dioses y hombres en la tierra que pueden contentarte y hacer de ti una mujer digna y amada. Gilgamesh no tiene nada en particular que otro hombre no tenga en esencia. Es más, es arrogante, muchas veces injusto y cruel. Olvídate de él y busca otro consorte para tu cama.
—No, lo quiero a él. Quiero que sea mío, pero Enkidu me lo ha robado de las manos. ¡Gilgamesh siempre fue mío!
Anu negó suavemente, con una sonrisa en los labios.
Ishtar agachó la mirada intentando retener las lágrimas: pensaba en una forma de convencerlo, de alguna manera tendría que torcerle la mano, ella era la supremacía del paraíso.
Dio media vuelta y se internó en su habitación nuevamente. Ya calmada, se apoyó en la muralla y soltó un suspiro algo ahogado: algo debía hacer.
Se sentó en la cama, mirando el suelo con las vasijas de arcilla quebradas. Pateó una de ellas y vio como chocó con un tocador. Se recostó y cruzó las manos sobre el abdomen.
Quería, no, debía vengarse. Recordaba bien la expresión de miedo de Enkidu cuando lo ahorcó aquel día. Sabía que Enkidu no era más que una rata sucia ante ella, algo que podía pisar con rabia y quebrar en mil pedazos, pulverizarlo hasta que desapareciera.
Había muchas formas de vengarse, pero maquinaría bien su plan. No sólo Enkidu debía sufrir si no que también Gilgamesh. Debía hacer algo que les afectara a los dos.
Aburrida y sobretodo, cansada de pensar, sus ropas se disolvieron y durmió desnuda sobre sus sábanas destrozadas.
Soñó con algo increíble. Soñó que ella era tan grande que las murallas de Uruk eran como simples estorbos. Con sus pies rompía la imponente puerta de Uruk y pateaba las casas. Los pequeños humanos corrían como hormigas y ella reía fuerte, tan fuerte que su voz reverberaba en el zigurat. A lo lejos sus ojos enfocaron en una visión de túnel a Gilgamesh y a Enkidu. Gilgamesh alzaba los brazos y le sonreía con determinación. Inmediatamente, empujaba a Enkidu al vacío y él se precipitaba al suelo como una maraña verde.
Ishtar continuó con sus pasos. Pisó templos y casas, destruyó las plazas y las escuelas, rompió torres y corrales. Llegó frente al pequeño Gilgamesh y lo tomó entre sus manos.
—He hecho lo que deseabas, amada Ishtar—vociferó Gilgamesh poniéndose de pie en su palma—, sólo somos nosotros dos ahora.
—Ya no me interesas.
Acto seguido, Ishtar cerró su mano y un montón de sangre se escurrió entre sus dedos.
Ishtar despertó con un gemido de sorpresa.
Estaba transpirando. Se llevó una mano al pecho y pensó en las casas destruidas, pero temió enormemente que su rabia llevara a la muerte a Gilgamesh: aún lo amaba, quería que fuera suyo.
Sin embargo, la idea de la destrucción era excelente. Acabaría con Enkidu, destruiría Uruk como venganza y Gilgamesh no tendría más que rendirse a sus pies. Se sentó en la cama y pensó en cómo hacer eso.
Podría hacerse gigante, pero le parecía tosco y de alguna manera, poco elegante. Ella debía brillar siempre y ser hermosa por sobre todas las cosas. Necesitaba una fuerza destructiva.
¿Ereshkigal quizás?
No, ella jamás cedería a sus peticiones. Se llevaban mal.
¿Enlil?
Enlil era una buena opción. El dios solía enfurecerse con la humanidad y enviar torrenciales lluvias.
No, Enkidu podía controlar el tiempo.
Humbaba había muerto.
¿Aruru? Ella podría detener a Enkidu, pero su maternidad era ridículamente exagerada.
¿Un dragón?
¿Un ugallu?
¿Escorpiones y langostas?
¿Pestes?
No, todas sus opciones eran limitantes. Sólo ella tenía el poder entre sus manos.
—Vamos Ishtar—se dijo—, soy la más poderosa, la reina de todo lo hermoso. El caos será bello ante mí.
Se vistió nuevamente: ya era de día. Caminó hasta la ventana y observó los hermosos y vastos campos del paraíso y entrecerró los ojos. Al fondo una nube blanquecina ocultaba la bestia de Antu, su madre. Un enorme toro llamado Gugalanna que se mantenía apaciguado con inciensos y cánticos suaves. Se quedó estática mirándolo, con las manos tras la espalda, recorriendo la humareda.
Abrió los ojos levemente y la idea se materializó en su cabeza.
Era perfecto. Gugalanna era una bestia formidable e increíble. Su cuerpo enchapado en oro era resistente a las armas convencionales y su fuerza era tal que destruía todo a su paso cuando estaba enfurecido. Tras cada paso que daba, la mala suerte, la miseria y la enfermedad se apropiaba de las desafortunadas tierras que pisaba durante siete años: era un ser infernal de temer.
Su sonrisa se torció hasta acidificar su rostro. Soltó una risita y luego una risa constituida.
Definitivamente su venganza era genial.
Salió de la habitación en busca de su padre.
No se encontraba en el trono, estaba en un jardín reflexionando, mirando el horizonte donde el mar del olvido se perfilaba. Ishtar apareció y se apoyó con elegancia en un cimiento.
—No creí que siguieras habituando este jardín. Padre, estás volviéndote viejo.
Anu rio y se giró para ver a Ishtar.
—Te ves preciosa hoy. Pareces segura y fuerte.
Ishtar sonrió vanidosa y acomodó su cabello.
—Vengo a pedirte algo.
Anu extendió las manos en señal de pregunta.
—Dame a Gugalanna.
El dios, extrañado, arrugó el entrecejo y miró consternado a Ishtar.
—¿Para qué quieres a Gugalanna?
—No te importa.
—Oh—el sabio dios sabía por donde iban las cosas—, ya lo sé. Uruk.
—Sí. Dámelo.
Anu negó y centró su atención en una fruta de oro.
—Hay muchas cosas que podría darte, princesa, pero Gugalanna no. Gugalanna aparecerá en el fin de los tiempos, cuando la humanidad caiga bajo su propia corrupción. Hoy no será el día.
—Hmmm…—Ishtar alzó las cejas y se cruzó de brazos—, bien, entonces me lo llevaré a la fuerza.
—Hija, no. No cometas atrocidades por el amor de un hombre. Sé sabia, maneja tu ira y transforma tu alrededor en belleza.
—No se trata de su amor, se trata de mi reputación. Esos dos me han tratado como una mujer cualquiera y eso no puede ser.
—Olvídalos, ¿Sí? Gilgamesh hace mucho ya no es preocupación de los dioses. Enkidu se nos escapó de las manos, de todas formas, él es inútil. Algún día Aruru se va a deshacer de él. Les depara un castigo por Humbaba, pero no aún, no aún.
—Quiero ser yo la que haga pagar a Gilgamesh todos sus crímenes y quiero destruir a Enkidu por su desobediencia.
—Es cierto, merecen un castigo, pero por ahora no nos importa.
—¡A MÍ SÍ!
Ishtar se enrojeció. Estaba perdiendo la paciencia nuevamente y tuvo que respirar para calmarse.
Anu, perplejo, soltó un suspiro.
—Esto no es justo para un reino tan hermoso como Uruk que está consagrado a ti—preguntó Anu.
Ishtar pateó el suelo con rabia. Alzó los brazos y el palacio tembló ante la ira. Los objetos se tambalearon y las plantas se movieron producto de la energía mágica de Ishtar. Miró a Anu con furor. Su voz casi se volvió gutural, pero mantenía el seductor toque de su feminidad.
—Si no me entregas a Gugalanna, iré donde Ereshkigal y abriré sus puertas a la fuerza. Dejaré que toda la miseria de su reino de sombras cubra el mundo entero y nadie estará a salvo, ni Uruk ni Babilonia, siquiera este palacio. No me importa, como Gilgamesh no correspondió mi amor, soy capaz de acabar con todo lo existente.
Anu se asustó de las palabras de Ishtar: era cierto. La pasión de Ishtar podía llegar a acabar con todo lo existente si así ella lo quería. Su otra hija, Ereshkigal, quien no era la favorita, gobernaba el reino de las sombras, el inframundo y el olvido. Ambas hijas compartían la misma belleza; Ereshkigal era de temer, pues su sola mirada era como el ángel de la muerte acariciando la piel de los incautos.
Ishtar era muy capaz de violar las puertas del reino del olvido y romper el candado divino de los muertos para traerlos nuevamente a la vida y devastar todo a su paso. Anu sabía que de alguna manera debía sosegar a su querida princesa.
Ishtar lanzó los objetos del jardín hacía Anu, pero él los detuvo rápidamente en un movimiento de su cabeza, dejando los proyectiles caer como mosquitos. Su expresión era seria y miró a Ishtar.
—Hija mía—comenzó Anu, alzando las manos para calmarla—, está bien, puedes llevarte a Gugalanna a Uruk, pero debes prometer que esos siete años de miseria los suplirás con cosechas abundantes para sus ciudadanos, agua limpia, lluvias reparadoras y minas llenas de oro y plata, porque el pueblo no merece la desdicha de sus pasos, ¿Lo recordarás bien?
—Sí, sí—dijo Ishtar sin realmente tomarse las palabras con la seriedad que merecían—. Llevaré el castigo a Gilgamesh y todos los dioses me adorarán por terminar la tarea de los inútiles de Enkidu y Humbaba.
