Capítulo Sexto: Intrigas en Galgados
Misión 1
El Camino del Héroe
[Azriel, Cedric, David y Gilgamesh]
El claro del bosque donde que hasta hacía pocos días había servido de escondite para los bandidos de Belken estaba ahora vacío. La luz de la luna llena iluminaba la hierba, que brillaba como si fuera de plata. Los árboles parecían retorcerse en dirección al descampado, como inclinándose ante el brillo mortecino del gran astro nocturno. Los grillos y las cigarras cantaban como si de juglares se tratasen, pues hacía meses —años, incluso—, que no se respiraba una tranquilidad y una paz semejantes en ese recóndito lugar.
Aunque, francamente, no duraría mucho.
A paso lento, una comitiva de hombres y mujeres, revestidos con vestiduras aparentemente sagradas, pero raídas y de un putrefacto color negruzco, surgieron de entre la espesura, espantando a los musicales insectos en el acto. Poco a poco, fueron congregándose en círculo en el centro de la pradera, al tiempo que entonaban cánticos en una lengua indescifrable y proferían, de cuando en cuando, sonidos guturales más propios de criaturas abisales que de seres humanos corrientes.
Tras terminar su peculiar ritual, comenzaron a disgregarse sin mediar palabra. Solo dos permanecieron allí, y se juntaron para conversar.
—Buena y desgarradora noche, hermano. Que el Padre del Caos te acompañe siempre.
El otro se limitó a asentir con la cabeza y a ir directo al grano.
—Déjate de parafernalia. He oído que recibiste una carta de mademoiselle Fardelys.
—Así es, hermano. Se ha ofrecido a financiar nuestras actividades de manera muy generosa.
—¿Es acaso fiel a los verdaderos dioses?
—Lo desconozco —reconoció—. Sin embargo, su dinero es más que bienvenido. No obstante, no necesitaremos adquirir nada esta noche, pues la sangre de estos sucios bandidos habrá sido más que suficiente para contentar a los Señores del Abismo.
—Así es. Y, sin embargo, reconozco que me siento preocupado. Pues yo también he recibido una carta.
—¿De quién?
—De lord Frederic Daorland, heredero del antiguo virrey de estas tierras, cuya alma ya sufre eternamente en el estómago de Azoth.
—¿Y qué dice la carta?
—Nos ofrece auspicio en una fortaleza dentro del Valle de Adalia. Al parecer, ha encontrado un pasadizo desde el cual podemos acceder directamente al bastión, evitando a los insidiosos caballeros que salvaguardan el valle.
—Oh, qué magnífica propuesta, sí. ¿Pero qué pide a cambio?
—Que retengamos allí a sus hermanos tras el Torneo del Viento, al parecer.
—Entiendo, sí…
—¿Deberíamos aceptar?
—Por supuesto que sí, hermano. Después de todo, nos está ofreciendo más carne para nuestros amos y señores, y un lugar para ofrecerla en holocausto. ¿Qué podría salir mal?
