Buenas tardes a todos! Un poco más de drama familiar antes de pasar a la acción (sic). Gracias a todos por leer y por sus respuestas. Queda poco para el final. Espero que les esté agradando como va quedando este experimento. Gracias a todos!
Albafica le había dicho a Ícaro que nada arruinaría su noche, pero no contaba con la insensatez de Gina. Suspiró mientras pensaba en aquello y se dirigió hacia el bar, donde pidió un whisky sin hielo. Se sentó y apoyó los dos brazos sobre la barra, sin disimular lo cansado que estaba. El día había sido largo e intenso. Se preguntó si a Ícaro le molestaría que se retirara a la Casa de Piscis a dormir. No dejaba de pensar en Gina. Ahora sólo quedaba un aprendiz. Las cosas serían distintas en los últimos templos. Dio un trago a la bebida y buscó el Cosmos de Mirena por todo el Santuario. Naturalmente lo encontró pronto. Sintió en carne propia su sufrimiento y un escalofrío le recorrió la espalda. Volvió a beber mientras seguía aquel Cosmos que se dirigió rápidamente a la Casa de Acuario. Eso era mucho mejor. De todos modos, sabía que en esos momentos era mejor dejarla sola. Se tomó el tiempo para terminar el trago y luego se despidió de quienes aún disfrutaban de la música. Subió las escaleras, dispuesto a ir hacia el último templo. Pero cuando pasó por la Casa Circular, decidió intentar con Mirena.
Entró con excepcional cuidado de no hacer ruido y dejó la armadura en el salón recibidor. Caminó descalzo, oyendo apenas el sonido amortiguado de sus pasos. Se dirigió hacia el dormitorio y tocó la puerta. La voz de la acuariana lo hizo pasar. La oyó quebrada y teñida de angustia. La encontró en la cama, ojeando un libro bajo una lámpara de aceite. A su lado, un té recién hecho humeaba. Sus ojos estaban hinchados y profundas ojeras surcaban su rostro. Sin mediar palabra, se acercó con suavidad y la besó en los labios. Ella sintió en su boca la huella del alcohol, una sensación que le agradó. Estaba algo acalorado, posiblemente gracias a la combinación entre el whisky y la caminata. Por ese motivo, se ató el pelo y se quedó únicamente con la ropa interior antes de meterse descaradamente en la cama de ella. Mientras la dejaba leer, jugó con su cabello y lo trenzó con prolijidad. Minutos después, cerró el libro y apuró el final del té, que ya estaba frío. Se acomodó con dos almohadas. Albafica recargó su cabeza sobre el pecho de ella, quien acarició su cuello con las yemas de los dedos. Cerró los ojos y ronroneó de gusto.
-Vaya –susurró-. Me has hecho sentir mejor sin una sola palabra –declaró.
-Pues ya he tenido tiempo de conocerte, amor mío –explicó-. Puedes calmarte a ti misma. Sólo necesitas compañía, paciencia y silencio –Mirena asintió.
-Pero ahora de veras tengo que hablar contigo. Por favor escúchame –Albafica se levantó alarmado y la miró de frente a los ojos, expectante-. Hace calor. ¿Te molesta si salimos al balcón? –él se encogió de hombros y la siguió. El viento corría fresco. Albafica la abrazó contra sí.
-Te escucho, amor mío –Mirena hizo un pucherito y apretó los párpados. Enseguida, las lágrimas salieron con fuerza. El pisciano acarició su espalda y besó su frente con dulzura, poniendo a prueba su paciencia-. ¿Qué te ha dicho Gina? Se veía muy perturbada –comenzó él, intentando llevar la conversación a donde fuese que tenía que llegar. Mirena se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.
-Me dijo que no te merecía porque eres mejor que yo –negó con la cabeza-. Quería despedazarla, te lo juro –él suspiró.
-Ay Mire. A veces me ha parecido a mí que no te merezco. Siempre he luchado por merecerte, aun contra mí mismo –ella asintió.
-Yo también, pececito. Pero lo cierto es que me he sentido disminuida. Aun hoy, en esta fecha, me siento responsable. Si pudiera volver entonces, cambiaría todo. Si hubiera algo que pudiera cambiar –Albafica negó con la cabeza.
-No tienes por qué sentirte así. Eres la persona más increíble que he conocido. Te mereces todo lo bueno que el universo tenga para ofrecerte.
-No era eso de lo que quería hablarte –se apresuró ella-. ¿Puedes escucharme? –Albafica asintió y dirigió a ella toda la atención-. Me sentía un poco mal estos días pero no le había dado importancia. De todos modos esta mañana fui a ver a Calíope a ver si podía darme algo para el estómago –Albafica tragó saliva, expectante de a dónde llevaría todo eso-. En fin, comenzó a hacerme una prueba tras otra –Mirena se calló de pronto y bajó la mirada. Albafica hizo uso de la poca paciencia que le quedaba y suspiró con hartazgo-. Estoy embarazada –lanzó, luego de unos momentos. Albafica se alejó un paso hacia atrás y se llevó una mano a la boca. Sus pupilas se achicaron y se encontró pálido como si hubiera visto un fantasma. Se llevó la mano al pecho, respirando con agitación. Se alejó otro paso. Observó la decepción en el rostro de ella antes de llorar-. ¡Dime algo! –reclamó.
-Pero es imposible –balbuceó el pisciano cuando logro articular palabra.
-Yo también creía eso. Todos los estudios médicos creían eso –sollozó ella-. No entiendo. No me dejes. Sólo quédate conmigo –suplicó, mientras se cubría el rostro con ambas manos.
-Lo haré –afirmó Albafica con decisión-. Para siempre –una resistencia se rompió dentro de él. Lanzó el aire que tenía contenido y se acercó con cautela. Entonces la abrazó con fuerza.
-¿No me odias por esto?
-¡No! ¡Por Athena, claro que no! –levantó la voz para que no se quebrara. Tomó el rostro de ella entre sus manos y la besó-. Es solo que me has dado un susto espantoso. Nunca he sentido tanto miedo como en este momento –confesó.
-Yo tampoco –remató Mirena-. Así me he sentido todo el día. No podía esperar para verte, para decirte –sollozó-. No sé qué hacer.
-Vamos adentro –dijo Albafica con suavidad-. Estás desabrigada y no quiero que re resfríes. Pienso que lo primero que debemos hacer es cuidar tu salud –Mirena asintió y volvió a la habitación. Se metió nuevamente en la cama mientras el pisciano la arropaba con excepcional cuidado-. Quiero saberlo todo. Cuáles son los riesgos, cuáles son los deberes… todo lo que pueda ayudarnos.
-Tienes razón –susurró ella-. No puedo pensar… me siento agobiada –confesó. Albafica se acomodó a su lado y volvió a la posición en la que estaba antes, con su cabeza sobre el pecho de ella.
-Yo también –reconoció-. No hace falta tener todas las respuestas ahora mismo, ¿no te parece? –Mirena asintió. Apretó los párpados en un intento por contener las lágrimas, que falló a los pocos segundos.
Albafica quiso consolarla pero no supo cómo. En silencio, él también lloraba. Entrelazó sus dedos y decidió concentrarse en lo simple. Escuchó el latido de su corazón. Se sintió tentado a afinar su Cosmos y ver si lograba percibir algo distinto, pero enseguida lo descartó. Esa confirmación lo llenaría de terror. Pensó en Irina y en aquel día aborrecible, exactamente once años atrás. Irina los había encontrado como unos niños en cuerpos grandes. Él apenas contaba con dieciocho años. Ahora, cuando se veía a sí mismo en esa época, le parecía el más inexperto. Había hecho cosas valientes pero insensatas. Por supuesto que no se arrepentía de nada, salvo quizás de haberse reído en la cara de uno de los jueces del infierno. Algunos días se arrepentía de los lazos rojos. Lo había aceptado para que su Maestro no se quedara solo, sin pensar en su propio sufrimiento. Esos días sentía resentimiento hacia Lugonis de Piscis. Pero enseguida se arrepentía de haber desafiado la memoria de su Maestro. No era en su hija en quien pensaba, sino en su padre, en las pruebas que la vida le había puesto. Muy pocos hombres habían sido probados de ese modo. Se preguntó si estaría a la altura.
Mirena intentó resistir primero la angustia, pero enseguida recordó la voz de su Maestro Dégel. Sólo sintiendo te permites sanar lo que ocultas. Así las cosas, le permitió a las lágrimas salir con fuerza. Vio a Albafica llorando sobre ella, las lágrimas le humedecían el pecho. Acarició su cabello y su cuello con dulzura. Lo abrazó con fuerza y sintió su corazón inundarse con calidez. Sintió entonces que verdaderamente lo amaba. Le susurró palabras dulces y sinceras, consciente de que en realidad no estaba escuchando. Encendió su Cosmos para quedar envueltos en él. Sentía la brisa fresca en la piel, como le había enseñado Dégel, el mago del hielo. Sin quererlo, esbozó una media sonrisa cuando recordó aquello. Logró percibir también el dulce aroma de las rosas. La habitación quedó envuelta en una energía de calma y ternura, tanto que era un placer estar allí. Mirena no pensó en el pasado ni en el futuro, sino en el presente. Recordó fugazmente que el Maestro Kardia una vez le había dicho que el presente era el mejor lugar para vivir. Enumeró uno por uno los estímulos físicos que sentía. Notó que Albafica había dejado de llorar. Sin pedirle permiso, lo hizo dormir. Luego, durmió ella también.
Al día siguiente, Gina se levantó con un cansancio atroz. No había descansado la noche anterior, preocupada por la gran pelea que había tenido con su Maestra. Además, por primera vez, extrañó la presencia del Cosmos de Ícaro en el templo vecino. Arrastró los pies hasta la cocina, donde vio únicamente a Albafica. Se encontraba ya con las ropas de entrenamiento y bebiendo un café negro. Estaba de pie, con la cintura apoyada en el filo de la mesa y la mirada gacha. Aparentaba estar muy concentrado. Sin embargo, cuando la vio entrar, sonrió y saludó cortésmente. Eso le sorprendió a Gina. No era la primera vez, pero era algo que siempre le había agradado de él. Había preparado café para ambos. Le sirvió una taza al aprendiz. Cortó además un trozo de pastel para cada uno, adivinando que habría sobrado de la noche anterior. Solo una vez había probado chocolate. Sonrió de gusto. Albafica se sentó a la mesa frente a ella y tomó el desayuno en silencio. Se sirvió una segunda taza de café mientras esperaba que Gina terminara.
-Albafica-Sama –comenzó Gina tímidamente-, es un lujo de desayuno –él le sonrió. Enseguida bajó la mirada-. Quizás sea más de lo que merezco –el pisciano recordó enseguida la escena de la noche anterior. Se había olvidado por completo.
-Ah si –susurró, para sí mismo-. ¿Debería castigarte? –comenzó, encogiéndose de hombros-. Dejaré que Mirena haga lo que crea pertinente. Aprovecha a comer –intentó bromear-. En fin, hoy entrenarás conmigo por la mañana. Después del almuerzo, Teneo te estará esperando en el Coliseo –Gina subió la mirada, expectante-. Mirena no se siente bien –explicó.
-No es cierto –remató Gina-. No quiere verme porque está enfadada conmigo –Albafica resopló con hartazgo y se masajeó la sien con dos dedos. Cuando subió la mirada, se veía amargado.
-He oído mal. No me has llamado mentiroso –susurró, amenazante.
-¡No es lo que quise decir! ¡Oh no, por Athena! –continuó Gina subiendo la voz-. No es mi intención entrometerme, Maestro. Sólo estoy preocupada –Albafica hizo un esfuerzo por serenarse.
-Ya sé, Gina-kun. Ya lo sé –concedió-. Eres una adulta, por más penoso que se te haga. No puedo permitir que tengas esos arranques infantiles. Ahora que Ícaro ya no es mi aprendiz, las cosas van a cambiar –explicó, dejando a Gina aún más intranquila-. Compórtate, o verás consecuencias. ¿Me has entendido?
-Sí –balbuceó ella. Albafica subió una ceja-. Sí, señor –completó. Hizo un esfuerzo por contener las lágrimas.
-¿Quieres llorar? –preguntó, sin un atisbo de burla-. Llora, está bien. Lávate la cara y ven a verme afuera en quince minutos. Vamos a entrenar –ella asintió-. Deja a Mirena en paz, ya van a hablar luego –dijo, como adivinando sus intenciones. Gina escondió el rostro entre las manos. Cuando oyó que el pisciano había salido, entonces lloró.
Momentos después, salió al patio donde la esperaba el Santo de Piscis. Aunque el entrenamiento fue duro, no levantó una sola queja contra él. Primero realizaron un calentamiento con distintas rutinas de ejercicio, y luego lucharon cuerpo a cuerpo. Él corrigió con paciencia los golpes de la muchacha, su forma de pararse, la transferencia de la energía cinética. Conforme avanzaba la mañana y el sol subía más, el calor iba en aumento. Ya pasada la media mañana, practicaron con ataques de Cosmos puro. Albafica presumió con su perfeccionada versión del Plasma Relámpago. Sin embargo, Gina lo bloqueó con un Muro de Cristal y enseguida se sumó a la presunción con una poderosa Revolución de Polvo Estelar. Piscis bloqueó parte del ataque, pero se vio obligado a apoyar una rodilla sobre el suelo y respirar con dificultad. Gina le ofreció su mano para levantarse. Su expresión era de afortunada sorpresa. Sonrió, mientras se sacudía el polvo de la ropa.
-Vaya, no esperaba eso, Gina-kun –reconoció-. ¿Quién te ha enseñado? ¿Mirena o Shion? –ella se encogió de hombros.
-El Patriarca no me entrena –anunció. El pisciano se sentó en los escalones y bebió un poco de agua fría, que luego le compartió a Gina.
-¿Por qué has rechazado la Armadura de Orión? Tu poder es más que suficiente para un Caballero de Bronce.
-No te he vencido, Albafica-Sama, no realmente. Sé que no peleabas en serio –suspiró-. Pero yo sí. Me he cansado tanto que ahora no podría hacerlo otra vez. Ni siquiera llevas armadura.
-No me has respondido –suspiró-. Me has encontrado en un día con poca tolerancia –se lamentó.
-No la he aceptado porque deseo portar la Armadura Dorada de Aries, sin importar cuanto más deba entrenar –carraspeó un momento-. ¿Me permites, Maestro, preguntarte algo?
-De acuerdo.
-¿Qué es lo que ocurre? –Albafica subió una ceja-. Quiero decir, el Cosmos en este Templo se siente diferente. Hay algo raro. No sé si es tristeza, o nostalgia, o qué. Pero me preocupa. Temo especialmente por Mirena-Sama –él asintió.
-Lo que sientes, Gina, es miedo. Yo también lo siento. El Cosmos se siente muy pesado, ¿no te parece? –ella asintió.
-¿Miedo de qué? En tal caso, ¿quién te obliga a llevar solo semejante carga?
-No la llevo solo –remató-. Eres tan perspicaz que me da ansiedad hablar contigo. Se nota que ha sido Mirena quien te ha educado –Gina se rio.
-No lo hizo sola. ¿Miedo de qué? –repitió, que igual que su Maestra, jamás dejaba una pregunta sin ser respondida. Piscis esbozó una media sonrisa triste.
-Es que no lo tengo claro. ¿Qué es lo que temo más? ¿La muerte y la pérdida? ¿O el fracaso propio? ¿O a sentir dolor? –suspiró-. ¿A qué temes tú?
-Te contaré algo, Maestro. Ayer fui a las estancias del Patriarca. Me mostró un experimento en el que llevaba tiempo trabajando. Intentaba percibir el Cosmos de Yuzuriha de la Grulla. Pero fracasó y no pudo hacerlo. ¿Sabes qué sentí? –Albafica negó con la cabeza-. Nada en absoluto. Prefiero dejarlo así. Más miedo me da saber.
-Eres una necia, Gina. Nunca vas a sanar si no enfrentas lo que sientes. ¿No quieres saber qué ha sido de tu madre?
-Madre verdadera es la que te ha criado –remató ella-. Yuzuriha no me ha dedicado ni un día de su vida –Albafica asintió. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
-¿Alguna vez se lo has dicho a Mirena? –Gina negó.
-Pero ella sabe, yo sé que sabe. Percibo en ella un Cosmos lleno de dolor. Temo que esté enferma. Eso me da miedo –reconoció, con la voz rota-. Por favor, cuida bien de ella. Te lo suplico, Maestro –balbuceó. Albafica asintió.
-No tienes por qué temer, todo estará bien –afirmó, más para sí mismo que para ella. Ella presionó el hombro del pisciano.
-Lo sé, Maestro. Todas las cosas del universo llegan. Todo es perfecto tal como es –suspiró-. Tú me has enseñado eso –él asintió, ansioso por disimular que era presa de la desesperación-. Siento mucho como me comporté anoche. Todos los días rezo y suplico ser digna de los dones que se me han concedido. Esta familia es uno de esos dones –sonrió con tristeza-. Soy digna, estoy a la altura. Soy un Caballero hecho y derecho, aun sin armadura. Ayudaré a llevar cualquier carga necesaria.
-Gina-kun –balbuceó Albafica-. Eso me tranquiliza. Acepto tu disculpa –suspiré-. Sólo te pediré que le digas a Mirena como te sientes. Le traerás tranquilidad en una hora oscura, la harás feliz. Igual que a mí –balbuceó, conmovido por la confesión de la muchacha. Aun cuando no esperaba semejante demostración, ella lo abrazó. En ese momento, Albafica comprendió el alcance de las enseñanzas de Mirena en esa niña. Esa revelación lo llenó de esperanza. Entonces, la abrazó un poco más fuerte.
