Capítulo 24 Gugalanna, el toro de los cielos.

Habían pasado días desde que Ishtar hizo su última aparición y Enkidu recobró su humor típico. Acompañaba a Gilgamesh donde él iba y aquello mejoró la disposición del rey notoriamente. Ambos se complementaban y hablaban hasta altas horas de la noche en los jardines, hasta que caían dormidos acompañados de la bóveda celeste, como siempre.

Una noche, se rieron hasta el hartazgo de una situación hilarante ocurrida en la tarde: una de las consortes se peleaba con otras jalándose los cabellos con rabia, cuando ambas cayeron a una piscina. Al levantarse, todo el maquillaje estaba corrido y los jirones de cabello flotaban en la superficie de la pileta. Fue tan divertido que Gilgamesh no pudo evitar reírse frente a ellas, mientras Enkidu intentaba reprimir una sonrisa.

Después del júbilo, el silencio gobernó el lugar. Gilgamesh miró los cielos despejados y habló con voz profunda:

—Tengo una propuesta para ti—dijo, tomando un brazo de Enkidu palmeándolo con su mano contraria—¿Quisieras pintar un mural del palacio?

Enkidu lo miró unos segundos y sonrió feliz.

—Claro que sí, me encantaría—contestó, sorprendido—, pero sabes bien que mis habilidades artísticas son deplorables al lado de tus artesanos.

—No me importa—dijo Gilgamesh, viendo uno de los leones domesticados descansar metros más allá de donde estaban—. Podemos decir que está estropeado y ya.

Enkidu echó una mirada de reproche, pero no dijo nada.

—Bien… hay una pared en especial que me gustaría que pintaras. La que se encuentra al frente de la sala de reuniones del consejo de sabios, así todos ven tus maravillosas habilidades artísticas.

—Deja el sarcasmo—advirtió Enkidu—o te golpearé fuerte.

—Inténtalo—desafió Gilgamesh.

Enkidu alzó el puño para golpear fuerte el pecho de Gilgamesh, a lo que él respondió con un tirón de cabello.

—Tonto—dijo Gilgamesh, después de que Enkidu alzara la mano para acariciarse la nuca—. Tener el cabello tan largo es una debilidad.

—Me lo voy a cortar—amenazó Enkidu, apartándolo hacia atrás.

—Atrévete y juro que te mandaré al calabozo por idiota.

Enkidu giró la cabeza en señal de pregunta y Gilgamesh no parecía estar de bromas.

—¿En serio mandarías a alguien al calabozo sólo por cortarse el cabello?

—He mandado a gente al calabozo por razones mucho más sencillas que esas.

—¿Por qué?

Gilgamesh nunca se había detenido a pensar el porqué de ello.

—Porque hicieron cosas que no me agradaban.

Enkidu comenzó a trenzarse el cabello y ató el extremo con una cinta. Suspiró y se acomodó.

—Me alegro de que hayas cambiado aquellos arrebatos tan dictatoriales. A veces las personas se equivocan.

—Yo no me equivoco—refutó Gilgamesh, distraído con el brillo de la trenza de Enkidu.

—Sé que lamentas algunas de tus acciones.

—Deja de juzgarme.

Enkidu soltó una risita suave y tomó una de las manos de Gilgamesh.

Los dedos del rey temblaron. Aquel acto fue completamente inesperado. Pegó un respingo que disimuló con un bostezo.

Decidió tomar la mano de Enkidu.

Enkidu apoyó su cabeza en el hombro de Gilgamesh y se concentró en oír el gorgoteo de una fuente cercana. Las noches eran los momentos más mágicos entre los dos, donde pareciera que aquella barrera autoimpuesta del secreto se traspasara y finalmente se encontraran tal y como eran, con sus furtivos deseos develados.

—Gil… creo que jamás te he dicho que te quiero. Estoy feliz de estar a tu lado.

Gilgamesh sintió cómo el estómago se le revolvió con ello. Sus ojos comenzaron a rodar con nerviosismo y apretó los labios sin saber qué decir. Soltó un suspiro y decidió hablar:

—Qué cosas dices.

Enkidu se incorporó e hizo algo que pocas veces hacía.

Tomó la mandíbula de Gilgamesh entre sus enguantadas manos y lo besó para traerlo consigo. Aquello le tomó por sorpresa y pestañeó un par de veces. Tragó con cierta dificultad y finalmente decidió entregarse a ese beso. Era diferente a los demás, tenía un sabor dulzón, como el olor de las primeras flores de primavera, era fresco como el aire del invierno, era inocente como la risa de un niño.

Enkidu rompió con suavidad aquel beso y acarició las mejillas de Gilgamesh ligeramente.

—Realmente estoy feliz de estar a tu lado. Si tuviese un último deseo en esta vida, sería verte para siempre.

—Enkidu… —susurró Gilgamesh, respirando sobre sus labios— ¿Qué te ocurre?

—Estoy sentimental—dijo con sinceridad, apartándose. Tenía los ojos brillantes y las mejillas sonrojadas.

Dicho eso, volvió a besarlo.

Era primera vez que Enkidu se insinuaba a Gilgamesh de manera tan cariñosa. Lo abrazó por la cintura, acarició su nuca, besó sus mejillas. Gilgamesh se encontraba un tanto incómodo, pero su corazón latía fuerte, como si todos sus anhelos se hicieran realidad.

Una campanilla de viento cantó ante la brisa y Enkidu se puso de pie pidiendo la mano de Gilgamesh. Se fueron a la habitación y apenas se adentraron, Enkidu volvió a sus labios. Podría decirse que estaba insistente, sin embargo, sus besos esta vez transmitían un aura diferente. Gilgamesh nunca experimentó algo parecido en su vida.

Decidió vivirlo, tal como aquella noche en la tienda.

Gilgamesh abrazó su cintura, respiró en su cuello para luego abandonar un beso en su clavícula. Acarició la espalda y desajustó los amarres de la elegante ropa que cubría su cuerpo. Enkidu soltó un suspiro tan sutil que Gilgamesh quedó sorprendido de lo encantador que podía llegar a ser.

Entre besos y caricias llegaron a la cama. Enkidu se encargó de desnudar a Gilgamesh conforme sus propias ropas se deslizaban por su piel y caían abandonadas al suelo. El aroma a sándalo quemado se escabullía entre los doseles de la cama y la penumbra cortada por el cabello de Enkidu daban al ambiente un toque íntimo y único.

—Hazme sentir parte de ti—susurró Enkidu sobre los labios a Gilgamesh, luego de observarse unos instantes—. Haz que me olvide de mí.

Gilgamesh entornó sus ojos y deslizó sus manos por la cintura de Enkidu.

—No me gusta que pienses así. Suena como si no te agradara lo que eres.

Enkidu se subió sobre Gilgamesh y se acostó sobre su pecho.

—Cuando estoy contigo siento que desaparezco, siento que me vuelvo algo tuyo y eso me encanta. Quisiera que fuese así toda la vida.

Gilgamesh acarició los cabellos de Enkidu y meditó unos momentos esas palabras.

¿Qué sentía cuando estaba con Enkidu?

La mayor parte del tiempo pensaba en aquellas cosas indecibles que rondaban en su mente. Se concentraba en la emoción que revoloteaba en su pecho, en cuanto lo amab…

No. Eso no era verdad.

Negárselo le causaba dolor. "Maldita sea, ¿Por qué?" se dijo, mientras Enkidu se alzaba sobre él, dispuesto a entregar su cuerpo.

¿Cuál era el propósito de negarlo?

Gilgamesh sabía que no debía rendirse ante nadie. No se permitía ninguna debilidad, nada que pudiese hacerle daño.

Un impulso le hizo hablar:

—Eres lo mejor que ha pasado en mi vida.

Enkidu se detuvo y cruzó su mirada con Gilgamesh. Sabía que le hablaba con sinceridad. El corazón se le disparó en el pecho y la brisa sensibilizó cada poro en su piel. Enkidu alzó una mano para colocar un mechón de cabello tras su oreja e inhaló su esperanza, regocijándose de aquellas palabras.

—¿Tienes algo que decirme?

"¿Decir qué?" se preguntó Gilgamesh, mientras sentía el aceite caer por su abdomen. Enkidu se posicionó y soltó un gemido cuando el acto comenzó.

Gilgamesh no dijo nada. Abrazó a Enkidu y lo apegó a su pecho. Quería retenerlo, quería sentirlo así de cerca siempre. Sus movimientos lentos le causaban escalofríos, al igual que la respiración húmeda de Enkidu sobre su cuello.

"Dilo" dijo una vocecita en la cabeza de Gilgamesh "¿De qué sirve seguir negándolo? Regálale aquello que nadie más tendrá de ti."

Gilgamesh separó los labios, pero ningún sonido se emitió de ellos.

—Ayúdame—dijo Gilgamesh después de un instante.

Se había afligido. Sus ojos abiertos de par en par se quedaron prendados en el techo. Nunca en la vida sintió tal sensación tan desagradable.

Enkidu se encaminó al oído de Gilgamesh: también tenía miedo de lo nuevo que estaba experimentando. Los actos eran obvios o eso quería creer, pero Gilgamesh jamás le demostraba que todo fuese verdad, siempre solía negarlo de alguna manera. Besó su lóbulo y lo apresó entre sus labios. El temor se transmitió en el temblor de sus labios: quizás todo era un juego erótico más que romántico.

Cómo deseaba ser amado.

—Descuida…—dijo Enkidu.

El resto de la sesión transcurrió en silencio. Las palabras no se hicieron presentes, lo que aumentó la ansiedad de Enkidu y la angustia de Gilgamesh. Ninguno de los dos llegó al orgasmo, por lo que Gilgamesh decidió terminar con ello y acunarlo en sus brazos. Enkidu se aferraba a Gilgamesh, su pecho se inflaba en tormento.

Enkidu recordó cuando una mujer joven le hablaba sobre su marido: el hombre la había engañado. Enkidu, sin entender cuál era el problema, sólo atinó a palmear su espalda y decir algo así como: "Las personas suelen buscar a otros para despejar la mente".

Quizás él era ese otro en la vida de Gilgamesh. Él era la distracción a sus problemas, a su trabajo, a su vida misma. De alguna manera eso le pareció triste. Él quería ser algo para Gilgamesh, algo así como su espejo, su alma, su cuerpo.

—Gil…

—No tengo nada que decirte.

Enkidu se aferró a su pecho y cerró los ojos.

No se percató de que lloraba hasta que las lágrimas se deslizaron hasta el pecho de Gilgamesh.

Gilgamesh abrió los ojos levemente y suspiró.

—Enkidu, deja de llorar—susurró Gilgamesh—. No merezco tu pena.

Esas palabras eran increíblemente reveladoras y modestas para él. El corazón de Enkidu se laceró y su pena se detuvo de súbito.

Nada de lo que quería creer era verdad. Qué doloroso era.

Gilgamesh finalmente se atrevió.

Sobre la cabeza de Enkidu movió los labios, pero ninguna palabra se hizo audible. No fue siquiera un susurro.

Pero lo dijo.

Sabía que Enkidu no lo había escuchado, era imposible, pero el tumulto de sensaciones se alivió en su pecho. Abrazó con fuerzas a Enkidu y depositó un beso sobre su nuca.

Los actos eran obvios, los sentimientos incluso llegaban a ser tangibles, pero Enkidu temía romper aquello que nació en su pecho y Gilgamesh temía a sus sentimientos.

Enkidu esperó a que Gilgamesh se durmiera para descansar en el dolor del miedo.

—¡Qué asco! —dijo Ishtar.

Espiaba la situación desde un ojo interno que era capaz de ver toda relación. De masoquista, miraba las noches de Enkidu con Gilgamesh y luego montaba en ira. Esta vez ya no le importaba —según ella—. Una nueva misión se instauró en su corazón, anhelaba que todos los dioses la vanagloriaran como la mejor diosa por castigar a Gilgamesh, mientras el alma de Humbaba era torturada por Ereshkigal y Enkidu era disuelto en agua bajo las manos de Aruru. Soñaba con aquel día y eso la hizo sonreír.

En su habitación Ishtar se sentó en su cama y sacó un cepillo de lapislázuli para desenredar sus largos cabellos ondulados. Comenzó a tararear una canción cuando se detuvo de súbito y miró hacia el suelo.

Qué relación más hermosa.

Movió con el peine entre sus manos y frunció los labios como una niña pequeña. Nunca nadie la había amado así como Gilgamesh amaba a Enkidu. Sí, ella sabía que lo amaba, era más que obvio. Los únicos imbéciles que lo dudaban eran ellos mismos. Le dio pena su situación, se entristeció por no obtener a Gilgamesh.

Tiró el peine lejos y apretó los labios.

—Te odio Enkidu—dijo con tanta rabia que su rostro tiritó—. Te odio, te odio, te odio.

Ella se había enamorado genuinamente de Gilgamesh desde hace mucho tiempo, cuando ambos aún eran niños. Sabía que cuando fuese una mujer bella y hermosa podría pedirle que se casaran y tener una descendencia de dioses que gobernaran sobre la tierra. Ambos tenían cierta simpatía, incluso rieron en algunas aventuras que tuvieron juntos (como cuando Ishtar llamó a Gilgamesh a gritos al ver una serpiente en un árbol).

Se lanzó a la cama y se largó a llorar. Nunca creyó que Enkidu le quitara lo que más anhelaba en el mundo, mucho menos bajo su estúpida condición de muñeca de arcilla. Jamás lo vio como una amenaza. Algunas noches las encomendaron a ella, pero Ishtar creyó que era sólo lívido y placer, para que ahora ambos se encontraran durmiendo, abrazados uno al otro.

Esa noche volvió a confirmarse sus sospechas: Enkidu no era un simple amiguito cercano.

No importaba. Ishtar sabía que nunca obtendría el amor de Gilgamesh. Sólo le quedaba aliviar su pena con la venganza.

Cuando Gilgamesh despertó, Enkidu se encontraba ensimismado a su lado. Estaba pálido y parecía como si se hubiese desvelado toda la noche, sin embargo, le dedicó una sonrisa.

—Hola Gil—dijo, volteándole a verle— ¿has dormido bien?

Gilgamesh soñó que ambos se iban lejos y él podía decirlo. La idea se instauró en su cabeza apenas despertó. Se irían de viaje al bosque y Gilgamesh intentaría al menos hablar. Tan rápido como aquello se esbozó en sus pensamientos, encontró la idea ridícula.

—Sí, dormí bien—mintió Gilgamesh, rascándose la cabeza.

—¿Vamos a desayunar? —sugirió Enkidu, completamente animado, colocándose de pie y vistiéndose con una túnica dispuesta para los primeros movimientos matutinos.

Ver a Enkidu así de alegre le causaba contradicción. Frunció el entrecejo y le detuvo.

—¿Estás bien?

Enkidu nubló su rostro y luego sonrió tristemente.

—No, pero descuida, con el pasar del día lo olvidare.

Gilgamesh de un momento a otro se enojó.

—No sé que pretendes de mí, Enkidu. Sabes que hay cosas que… ¿De qué dudas tanto? No entiendo tu obsesión.

—Oh—exclamó inanimadamente—, no es importante. Ya pasará, son cosas que ocurren en la noche, cuando uno es vulnerable. No creas nada de lo que pase, todo está bien.

Enkidu desapareció tras las cortinas y se internó en el hall.

Aquel día fue incómodo. Ambos se evitaron durante todo el día y llegado el momento del concilio, no se dirigieron ni la mirada ni la palabra en ningún instante. Así transcurrió la tarde y llegada la noche, Enkidu al menos parecía genuinamente repuesto. Ambos se fueron a la cama y se dispusieron a dormir, sin decirse nada hasta que Enkidu rompió el silencio:

—Gil, no me gusta que estemos así. Perdóname por mi debilidad, prometo ser más fuerte.

—No te disculpes. Yo también he sido débil. No puedo… no puedo ordenar mis ideas. Es primera vez que me ocurre algo así de incómodo, créeme que quisiera borrar esta sensación.

Enkidu colocó una mano bajo la almohada y cerró los ojos.

—También es mi primera vez y se siente maravilloso.

Enkidu se durmió y Gilgamesh se permitió suspirar y sonreír torciendo el gesto, disgustado de lo que acababa de oír.

La puerta del hall era golpeada insistentemente por Siduri.

—¡Gilgamesh! —llamaba Siduri, nerviosa de su reacción— ¡Por favor contesta!

Enkidu, atontado, se sentó en la cama y sacudió la cabeza.

—Gil—dijo con voz ronca—, Siduri te llama. Está gritando.

Gilgamesh frunció el ceño y negó para girarse.

Enkidu suspiró y se levantó de la cama.

Sintió algo extraño.

Le llegó algo así como una onda de poder. Algo demasiado intenso cargaba el ambiente. Era como una tormenta, pero más violento. Se levantó estupefacto y caminó algo desorientado hasta la puerta. Abrió a Siduri y ella parecía afligida, incluso su rostro tenía lágrimas secas marcadas.

—Gilgamesh debe saber. Desde las murallas de Uruk han visto una bestia enorme que se dirige hacia acá. Por favor, debemos hacer algo, es tan grande que podría destruir la ciudad completa.

Enkidu miró a Siduri atentamente sin reaccionar. Inmediatamente, salió al balcón y a lo lejos veía nubes cargadas de tormenta donde estallaban los relámpagos y los truenos. Pareciera que aquello que estaba por llegar a Uruk estuviese esperando, estático. Enkidu permaneció boquiabierto unos segundos y salió disparado como un rayo a la habitación.

—Gil, levántate—dijo con determinación, agarrando un brazo del rey y tirando con fuerzas.

—Enkidu maldita sea, ¿Qué te pasa?

—Tienes que venir a ver esto.

Gilgamesh se había enojado y se levantó con lentitud.

—Vístete, está Siduri.

—Ya va, ya va.

Gilgamesh sin prisa, se colocó el pijama y salió al hall con los ojos entrecerrados. Enkidu y Siduri se encontraban mirando por la ventana, anonadados. Siduri tenía la mano sobre la boca y Enkidu parecía abstraído. Con curiosidad, Gilgamesh se acercó y abrió los ojos al ver la enorme nube gris que se extendía a lo lejos

—¿Qué demonios es eso? —susurró, tan asombrado como los presentes.

—No tengo idea—dijo Enkidu.

Se miraron con sorpresa y Siduri parecía demasiado nerviosa.

—No sabemos qué es, sólo sabemos que avanza lento hacia Uruk.

—¿Cómo detenemos algo así? No hay armas de largo alcance en las murallas. Tampoco se ve como si fuese algo, parece sólo una tormenta.

Enkidu negó con seguridad.

—No, hay algo bajo esa tormenta, lo siento. Algo feroz y grande.

—Hay que ir con los generales.

Tan rápido como Gilgamesh lo dictaminó, Siduri desapareció y Gilgamesh y Enkidu se vistieron.

—¿Nunca ha pasado algo así en Uruk? —preguntó Enkidu caminando veloz al lado de Gilgamesh.

—No, jamás. Es primera vez que veo algo tan… colosal.

—Quizás es algo que escapó del bosque, no sé.

—Tú conoces los bosques mejor que nadie: ¿Había algo así?

Enkidu descendió la mirada y negó.

—No en realidad.

—Supongo es algo que…

Una vibración azotó las paredes seguida de un bramido bestial.

Gilgamesh, alarmado, tomó el brazo de Enkidu y comenzaron a correr hasta llegar a la sala de generales. Increíblemente, los hombres estaban enfundados en sus armaduras y listos.

—Sus órdenes señor.

Gilgamesh estaba en blanco. Miró a Enkidu y él pensaba un poco más rápido.

—Evacúen la ciudad al Zigurat. Hay suficiente espacio para todos.

—¿Es necesario? —preguntó Gilgamesh, preocupado—, ¿Cómo sabes que efectivamente viene hacia acá?

—Se está moviendo Gil, lo estoy sintiendo.

—Bien—Gilgamesh golpeó la mesa de reuniones donde estaba la maqueta de Uruk y todas las piezas saltaron—, evacúen. El ejército que se presenten en la muralla de Uruk. Yo…

—Nosotros nos alistaremos—dijo Enkidu, con determinación.

Gilgamesh sólo asintió y se retiró con Enkidu.

Un segundo rugido que sonó mucho más cerca que el anterior, empalideció a Gilgamesh.

—Necesito mi armadura.

—Adelante Gil, hazla aparecer en tu cuerpo. Puedes hacerlo, tienes la voluntad de controlar tus deseos a través de la magia con la que te dotó tu madre.

Gilgamesh corrió con Enkidu a su lado hacia la habitación y una vez adentro, Enkidu se internó en el vestidor y Gilgamesh hizo exactamente lo que Enkidu propuso: sus habilidades estaban mejorando. Se quedó con el torso desnudo para asegurar su movilidad y se cruzó de brazos, mirando el horizonte: la nube parecía mucho más cerca.

Enkidu quedó cubierto con sus típicas túnicas blancas, nada muy protector. Gilgamesh lo miró, pero Enkidu fue más rápido.

—Estoy bien así, me muevo con libertad.

Gilgamesh pasó de juzgarlo y lo llamó a su lado. Ambos salieron disparados hacia la sala del trono y Gilgamesh vio como de a poco la gente subía por las escaleras en pijamas: niños, ancianos, hombre y mujeres aclamaban asustados.

Uruk comenzó a despertar un pequeño caos conforme la nube se acercaba: cada vez era más grande, más cargada, más enfurecida. Los ejércitos iban en dirección a la muralla y los ciudadanos hacia el zigurat.

Un tercer rugido anunció que su llegada a Uruk sería pronta.

Gilgamesh apretó los puños, encontrándose incapaz de enfrentar algo así. Su mente estaba en blanco, las ideas se escapaban de sus pensamientos, su cuerpo no se movía.

—Vamos Gil—Enkidu agarró su antebrazo y comenzó a empujarlo en dirección contraria a la gente—, recuerda, derrotamos a Humbaba. Sea lo que sea podremos.

—Claro que podremos, pero no sé que es.

—Ni yo. Ya lo averiguaremos.

Ambos fueron escaleras abajo, esquivando a las personas, lo más rápido que podían. Los militares marchaban por las calles de Uruk entre las personas desesperadas que llevaban pertenencias en sus brazos. Un hombre empujó a Gilgamesh, sin embargo, él ni se inmutó.

Las nubes comenzaron a invadir la muralla de Uruk. Un carruaje esperaba por ellos y se montaron lo más rápido posible. El vehículo salió disparado hacia la puerta principal de Uruk por las calles menos transitadas. La gente se hacía a un lado y así, Gilgamesh y Enkidu llegaron a la plaza principal.

—¡Señor!, Los soldados de las murallas ha divisado una bestia enorme cruzando el río. Camina lento, pero definitivamente viene hacia Uruk.

—Haremos frente con lo que tenemos. No daremos tregua.

El hombre salió disparado hacia la muralla y Enkidu se detuvo, algo afectado.

—Es demasiado colosal—dijo, sintiendo las primeras gotas de lluvia—, ¿Qué podemos hacer con algo así?

—Acabarlo, no queda de otra.

Enkidu asintió, convenciéndose de aquello.

Un cuarto bramido hizo temblar las casas. Los ciudadanos comenzaron a gritar y el caos se esparció entre los presentes. Se empujaban entre sí y los soldados intentaban guiarlos hacia el zigurat.

De pronto un nuevo temblor mucho más fuerte trizó las paredes de las casas más débiles. Gilgamesh apretaba los puños con fuerzas y respiraba con ímpetu.

—Aquí viene.

El silencio se hizo un momento.

Un golpe brutal azotó una porción de la muralla de Uruk, produciendo un deslizamiento enorme de piedras. Estas se desplomaron sobre las primeras casas destruyéndolas por completo. El caos se formó entre los ciudadanos y los llantos se alzaron.

Fue ahí cuando lo vieron.

Un enorme toro, mucho más alto que la muralla de Uruk, asomó sus imponentes cuernos y sus fosas nasales expelían las nubes que alimentaban la tormenta. Enkidu inhaló sorprendido y Gilgamesh abrió los ojos de par en par.

—¿Qué demonios es eso?

—No sé.

El toro se movía lento y pausado, pero sus patas producían temblores que trizaban las casas y dejaban caer farolillos encendidos que provocaron pequeños focos de incendio.

El toro bramó y un ventarrón enorme se presentó sobre Uruk.

El cabello de Enkidu ondeaba y se cubría el rostro con un brazo.

La lluvia comenzó a caer sobre Uruk, torrencial. La enorme bestia posó una pata adentro de Uruk y Gilgamesh gritó de rabia.

—¡Esa mierda va a destrozar todo Uruk si continúa! ¡Vamos Enkidu!

Entre los dos corrieron hacia la muralla de Uruk, viendo como el toro colocaba otra de sus patas en el interior.

Enkidu se detuvo abruptamente.

—La puta de Ishtar está detrás de todo esto.

Gilgamesh se sorprendió al escuchar esas palabras arrastradas con una inusual voz grave de los labios de Enkidu.

Un punto dorado brillaba sobre la cabeza de Gugalanna. Ishtar estaba sentada cómodamente entre los cuernos, mirando con soberbia a Gilgamesh.

—Yo seré el fin de tus días, Gilgamesh—vociferó Ishtar—, jamás debiste haberme negado. Has firmado tu castigo. Ni Enkidu ni Humbaba acabaron contigo, pero yo si lo haré al menos que te doblegues a mis pies. Te dije que no me subestimaras.

Los enormes ojos de la bestia brillaban en azul encendido, dejando estelas al mover su cabeza. Sus patas enchapadas en oro se estaban moviendo para adentrarse más aún a Uruk.

Otro bramido infernal remeció Uruk y esta vez, oleadas de fuego huyeron de sus fauces, alcanzando algunas casas. Su cola se movía con violencia: era un enorme látigo de carne y hueso que amenazaba con botar la muralla.

Gilgamesh hervía en rabia y Enkidu no se quedaba atrás. Respiraba acelerado, como si hubiese corrido una gran distancia.

—Gil, no sé que hacer.

Gilgamesh dio un paso atrás y pestañeó, perplejo.

—Hay que detenerlo, sea como sea.

—Usa tu arsenal Gil.

—No sé cómo usarlo.

—Ni yo. Intentaré distraerlo.

Enkidu, luego de retirar el cabello hacia atrás con rabia, se preparó con una expresión fiera en el rostro. Sus puños estaban cerrados con tal fuerza que sus tendones se marcaban bajo su piel. Los rayos golpeaban sus costados y la furia lo gobernó como nunca. De su alrededor, cadenas comenzaron a materializarse como si fuesen tentáculos y eran lanzadas a toda velocidad contra las patas del toro. Esto provocó que la bestia no pudiese avanzar, pero sus terribles fauces quemaban todo a su alrededor.

—Estoy harto de ti, Ishtar—susurró Enkidu para sí mismo.

Gilgamesh apretó los puños y con un movimiento de sus manos, con un poder completamente fuera de este mundo, abrió sus portales y un enorme panal de halos dorados se materializó como una pared transparente. Armas increíbles se asomaban por el centro de los círculos brillantes y salían disparados a toda velocidad contra Gugalanna, produciendo un enorme golpe de energía que se expandió como una onda explosiva, provocando que Enkidu e Ishtar salieran disparados.

Ishtar se desvaneció y fue tras Enkidu. Enkidu aún retenía las cadenas con las que inmovilizó a Gugalanna cuando vio a Ishtar caminar hacia él con una seguridad odiosa.

—Ven a luchar conmigo Enkidu, ¿Quieres? ¿Puedes acaso? —Ishtar rio complacida.

Enkidu sostenía sus cadenas mientras Gilgamesh descargaba su enorme arsenal ante el toro. Las armas se quedaban incrustadas en la cabeza del animal y eso lo enfureció más. Gugalanna hizo fuerzas suficientes para comenzar a trizar las cadenas de Enkidu. Él comenzó a gemir de dolor sin perder de vista a Ishtar.

—Qué patético—dijo Ishtar, transformando sus ropas en una armadura preciosa adecuada a su esbelto cuerpo—, lloriqueando porque sus cadenitas no son lo suficientemente fuertes.

—Cállate—dijo Enkidu con increíble ponzoña. Sus cadenas estaban por ceder.

Los eslabones se rompieron, las cadenas se desvanecieron y Enkidu cayó al suelo.

Ishtar rio hasta hartarse.

Gilgamesh tuvo que retroceder. Gugalanna logró pasar su tercera pata al interior de Uruk y no pasó mucho tiempo hasta que la cuarta hizo que todo su cuerpo estuviera de lleno en la ciudad. El toro alzó la cabeza al cielo y emitió un ruido tan ensordecedor que un pitido molesto invadió los oídos de todos los presentes.

Enkidu se puso de pie guiado por la rabia a pesar del dolor en su cuerpo. Agitado, veía borrosa a Ishtar, mientras la diosa se mantenía estática. Gilgamesh continuaba abriendo sus portales intentando retener a Gugalanna, sin embargo, parecía imposible.

Ishtar sonrió con malicia y luego de una oleada de polvo y fuego, desapareció.

Enkidu quedó atónito. Negó con rapidez y a pesar de su dolor corporal, corrió hacia donde se encontraba Gilgamesh.

—Hoy detendremos esta cosa, Gil.

—Ni lo dudes.

Enkidu cerró los ojos. Su cuerpo se convirtió en luz y la lanza de plata apareció entre sus manos. Del cielo, pequeños agujeros argentos abrieron paso entre la lluvia y ciento de lanzas aparecieron de su centro, apuntando a Gugalanna. El cuerpo de Enkidu se convirtió en un rayo que salió disparado en dirección al toro y Gilgamesh sintió el temblor bajo sus pies, como si la tierra estuviese a punto de romperse en dos.

A pesar de que la situación no era favorable para Gilgamesh, rio hasta hartarse. Junto a los portales de Enkidu, abrió los propios y ambos se coordinaron como por instinto y lanzaron una cantidad de armas increíbles. La bestia se quejó y se giró en dirección a Gilgamesh.

Enkidu se detuvo bajo las patas y sintió cómo la sangre comenzaba a deslizarse por la piel de Gugalanna, incluso un torrente cayó sobre él, manchándolo completamente. Enkidu extendió las manos y las cadenas se aferraron a las cuatro patas para luego comenzar a crear una red sobre el animal y así inmovilizarlo completamente con el fin de que Gilgamesh pudiese conciliar una estrategia y atacar. Enkidu confiaba en él, no necesitaba hablar o reunirse. Luego de Humbaba, su unión era absoluta.

Gugalanna comenzaba a tensar las cadenas nuevamente. Los eslabones empezaron a ceder uno a uno, pero Enkidu soportaba el dolor mucho mejor que antes. Agitado, sentía el sudor entremezclarse con la sangre y su cuerpo era arrastrado con Gugalanna, quien había comenzado a avanzar lentamente a pesar de la red que lo detenía.

Había muchos ciudadanos muertos, aquellos que no lograron huir al zigurat a tiempo. Los lamentos se alzaban entre la lluvia e Ishtar se paseaba entre ellos, gloriosa con su perfecta armadura de oro decorada con lapislázuli. Los que aún estaban vivos, alzaban la mano hacia ella pidiendo ayuda, pero los ignoraba como si fuesen ratas a medio morir.

Gilgamesh abrió una pared de portales tan impresionante que se perdía alto en las nubes. Rodeaba a Gugalanna y servía de muro etéreo para separarlo del resto de la ciudad. El toro hacía un enorme esfuerzo para desprenderse de las cadenas de Enkidu, tanto así que la bestia comenzó a enfurecerse más aún.

Logró quebrar más y más cadenas y Enkidu cayó desfallecido al suelo, bajo el animal a lo que Gilgamesh tuvo que gritar:

—PÁRATE IDIOTA TE VAN A APLASTAR.

Enkidu, temblando, se puso de pie y caminó como si tuviese las piernas dormidas.

—¡Gil! —gritó, acercándose a él lo más rápido que pudo—, las armas no sirven, sólo lo estamos haciendo sangrar.

—¡Entonces lo desangraremos!

—Gil, no—Enkidu logró llegar a su lado y volvió a abrir sus propios portales—, no es suficiente es…

Enkidu guardó silencio de un momento a otro. Miró a Ishtar materializarse frente a ellos, como un fantasma sólido.

—Ahora Gilgamesh—dijo Ishtar—, es hora de que pelees conmigo.

Enkidu alzó la vista y miró a Gilgamesh unos segundos. Gilgamesh asintió disimuladamente y giró su cabeza hacia Gugalanna.

Gilgamesh estaba consciente de que el toro comenzó a avanzar nuevamente. Ambos decidieron ignorar a Ishtar. Meditó tanto tiempo que Ishtar gritó:

—¡¿Me has escuchado?! ¡Pelea conmigo! ¡Has algo!

Gilgamesh cerró los ojos y de sus portales, una nueva oleada de armas se disparó hacia Gugalanna. El mar de sangre llegaba a sus pies y manchaba su impecable armadura. El olor a óxido se instauró en el aire y los bramidos del toro eran cada vez más enfurecidos.

Ishtar no esperó un segundo más, se alejó unos cuantos metros y en sus manos apareció un arco de lapislázuli y oro, en donde encajó una hermosa flecha hecha del mismo material y la disparó en contra de Enkidu, el cual logró detenerla con una de sus manos y enviarla de vuelta, rodeada de un rayo de luz que dio contra Ishtar. La diosa desapareció y los dejó a solas nuevamente.

Enkidu, consternado, sacudió la cabeza y alzó las manos en señal de confusión.

—No sé que es lo que quiere Ishtar, no ataca directamente, desaparece cuando quiere. Sólo quiere provocarte, no le hagas caso. Romperé esa armadura—dijo apuntando a Gugalanna, como si nada hubiese pasado—, haré caer rayos y la trizaré. Una vez trizada… tengo una idea.

—¿Cuál es esa?

No terminaron de hablar porque Gugalanna caminaba más rápido, incluso parecía como si fuese a correr.

Enkidu tomó el brazo de Gilgamesh y corrieron dirección al zigurat, con el toro siguiéndoles las espaldas. Las casas bajo sus patas cedían como si fuesen pequeños montículos de tierra hechos por un niño. El aullido desgarrador de las personas pisoteadas acrecentaba el caos infernal del lugar.

Gilgamesh y Enkidu se detuvieron, aunque el toro no tenía intenciones de hacerlo.

Gilgamesh recordó algo:

—¡Enkidu! —gritó, agarrándolo de un brazo—Tengo unas armas que magnifican luz, hasta ahora no sabía cómo funcionaban. Impáctalas con los rayos y aturdamos a esta mierda.

Enkidu asintió extasiado y Gilgamesh abrió sus portales.

Algo similar a un montón de lentes que parecían escudos hechos de piedras preciosas, surgieron por los portales, formando una teselación enorme que brillaba con las llamas aledañas. Enkidu alzó una mano al cielo y un enorme rayo impactó la defensa y la luz fue tan enceguecedora que ambos quedaron encandilados. El toro profirió un grito gutural que hizo temblar a Uruk entero.

La bestia se detuvo con la armadura hecha añicos. Gilgamesh sonrió victorioso, riéndose sin poder controlarlo.

—¡Vamos bien! Enkidu, preocupémonos de esta cosa—dijo Gilgamesh reubicando los escudos una vez más.

Enkidu guió una segunda vez los rayos y esta vez varios escudos cayeron trizados al suelo producto del impacto. Partes de Gugalanna empezaron a arder debido a la descarga brutal de electricidad.

Gugalanna abrió los ojos sangrantes y comenzó a correr.

Gilgamesh y Enkidu por instinto también lo hicieron. Los escudos se desvanecieron al igual que los halos dorados.

—¡Gil! ¡Esos escudos son perfectos, hay que intentar detenerlo!

Gugalanna finalmente los alcanzó y una pata enorme se acercaba por sobre sus cabezas.

Como la fuerza divina era parte de ellos, ambos alzaron las manos e intentaron detener con potencia la pata enchapada en oro quebrado. Sus brazos tiritaban y cada vez estaban más cerca de la tierra. Gilgamesh abrió un portal y una enorme lanza, más ancha que una pierna apareció por debajo. Se disparó a toda velocidad y quedó enterrada en la pata del toro. Instintivamente, Gugalanna retiró su pata y por la desestabilización, comenzó a caer de lado como una enorme mole increíblemente pesada. Las casas estallaron bajo su cuerpo y una enorme ola de polvo y escombros salió desperdigada por todos lados.

Con un movimiento ligero de su mano, Gilgamesh volvió a posicionar los lentes extraños y Enkidu recurrió a los rayos nuevamente. Los escudos caían destrozados y ardiendo en llamas. Gugalanna estaba atontado, intentando ponerse de pie sin lograr mucho.

De pronto Ishtar volvió a aparecerse.

—Volviste, cobarde—dijo Gilgamesh, sacando de un portal una espada—, vamos, peleemos como lo sugeriste, ven aquí.

Ishtar parecía cansada. Ella proporcionaba poder mágico a Gugalanna y por esa razón intentaría detenerlos para que Gugalanna destruyera Uruk. Si bien una gran porción de Uruk estaba siendo destruida, ella quería llegar al zigurat y acabar con toda la riqueza de Gilgamesh. Ishtar sacó su arco y encajó tres flecas que salieron disparadas hacia Gilgamesh, quien las esquivó como si fuesen polillas molestas.

—Deja tu tontería, ven a pelear conmigo cuerpo a cuerpo.

Enkidu había desaparecido. Sus cadenas nuevamente intentaban apresar a Gugalanna al suelo y esta vez le resultó mucho más fácil. Lluvias de lanzas plateadas caían desde el cielo y vaporosas, se enterraban en la carne del toro y luego desaparecían, dejando un despojo sanguinolento.

Ishtar desenfundó una espada y caminó hacia Gilgamesh.

Sus armas se encontraron y así inicio la contienda.

Ishtar podía controlar arcos y flechas, como si estos fuesen guiados por arqueros invisibles. Las flechas se disparaban hacia Gilgamesh y estas revotaban a su alrededor. Unas cuantas se enterraron en su carne, lo que causó que su furia se acrecentara. Gilgamesh abrió sus portales y disparó cientos de lanzas que caían como moscas ante el humo apenas se acercaban a Ishtar.

—Tus portales no sirven ante mí—dijo Ishtar, dándole un tiempo de ventaja a Gilgamesh que intentaba quitarse una flecha del brazo—, soy la diosa de la guerra, las armas son mis juguetes.

—Cállate Ishtar. Me tienes harto, estoy aburrido de tu palabrerío, de tus tonterías. Déjanos en paz, deja en paz mi reino y lárgate. Fóllate un león o un pájaro, cualquier cosa sirve para ti.

—No me trates como una ramera porque te podría ir mucho peor.

—Eso es lo que eres, Ishtar—Gilgamesh rio ante sus palabras.

Ishtar arrugó el ceño y respiró con ímpetu. Corrió con todas sus fuerzas hacia Gilgamesh, gritando de furor cuando de pronto se detuvo y gimió de dolor.

Gugalanna le estaba tomando mucha energía.

Ishtar se alejó estratégicamente, se alzó en el aire y extendió sus brazos para alimentar a Gugalanna. Cerró los ojos un momento y Gilgamesh aprovechó de lanzarle un martillo de guerra enorme, tan pesado como un cimiento, que la derribo y la hizo rodar por el suelo.

—Vaya, has logrado darme—dijo con dificultad Ishtar, colocándose de pie con un hilo de sangre cayendo de su frente y elevándose fantasmagóricamente—, cada vez eres más digno de mí.

—Cállate puta—masculló Gilgamesh, desprendiendo un aura poderosa alrededor de su cuerpo.

Gilgamesh no era simplemente un rey, era un semidiós. El poder de Ninsun corría por sus venas y pocas veces se manifestaba. Él podía, pero no estaba entrenado en ello. Aún no poseía el poder de un sacerdote o un mago.

Como las armas convencionales no servían contra Ishtar, comenzó a sacar bastones mágicos, tablillas encantadas, piedras malditas, todo aquello que era dominado por la magia para ponerlo en contra de Ishtar. Una enorme serpiente negra se deslizó de uno de los portales y se retorció hasta lanzarse con fuerzas hacia una de las piernas de Ishtar. Enterró sus dientes en el muslo de la diosa y la atrajo al suelo, en donde la serpiente se convirtió en un árbol negruzco y retorcido que brotó alrededor de la diosa.

—¡¿Qué es esto?! —gritó Ishtar, intentando zafarse.

—Mis tesoros, provienen más allá del Éufrates, de tierras desconocidas, de lenguas y civilizaciones lejanas. Regocíjate por conocer algo de mi verdadero potencial.

Ambos fueron conscientes de lo que estaba ocurriendo.

Gugalanna estaba cubierto de cadenas. Parecía un cuerpo amortajado en metal, pero no dejaba de moverse y de romperlas. Enkidu se sobreponía al dolor con una majestuosa fuerza de voluntad y continuaba creándolas.

Gilgamesh aprovechó de que Ishtar estaba inmovilizada y corrió por las calles, sorteando escombros y piedras hasta llegar donde Enkidu.

—Gil—dijo con la voz entrecortada—, no puedo detenerlo más. Detenerlo no sirve, hay que matarlo y tengo una idea.

—¿Cuál es tu idea?

—Hay que quemarlo, derrama aceite sobre él y con los rayos lo encenderé

Gilgamesh se quitó un manchón de sangre que cubría sus pestañas y asintió, sin pensarlo mucho.

Sobre el toro se creó un enorme portal dorado, tan grande como la bestia, y desde el interior cayeron hilos de aceite de quemar que eran impactados por rayos. Al llegar al toro, el aceite encendía y luego de un momento, pequeños gorgoteos de sangre hirviendo empezaron a brotar. Gugalanna sacudía la cabeza de un lado a otro, desesperado por la tortura. El olor a carne chamuscada y el picor del ambiente hizo que tuvieran que retirarse. Unos metros más allá, pudieron ver parte de la carne de un muslo expuesta y el vientre del toro era una masa de vísceras totalmente desagradable. El portal se cerró y Gilgamesh tenía los ojos enrojecidos.

—Vaya idea siniestra has tenido—Gilgamesh parecía más repuesto.

—Ve a matar esa cosa, Gil.

—Iremos los dos.

Asintieron a la par y Gilgamesh sacó su espada predilecta, mientras que Enkidu alzó las manos al cielo y los truenos le impactaron directamente.

Nuevamente, la majestuosa pared de halos dorados se materializó y de uno de ellos, apareció la espalda de Gilgamesh y él extendió los brazos, riendo, extasiado del momento.

Fue consciente de la energía mágica que recorría su cuerpo y no lo pensó, simplemente alzó su espada. Los cilindros se activaron, el viento marchó a su favor y una enorme cantidad de fuerza se aunó en esa arma, como si encerrara entidades de caos dentro de ella.

Enkidu comenzó a crear cadenas que envolvían su cuerpo: se estaba preparado.

Aquel día donde pelearon por primera vez, ninguno de los dos había descubierto el poder que encerraban sus cuerpos y en esta batalla, estaban levemente conscientes de lo que realmente eran.

Ishtar por su lado, logró quebrar las raíces de aquel árbol maldito y se materializó cerca del toro. Ahogó un grito y vio entre las llamas y la humareda, cómo Gilgamesh y Enkidu parecían estar a punto de dar un golpe final. Se apresuró y cientos de flechas nacieron de la nada y se precipitaron hacia ellos,

Enkidu sabía la estrategia y su cuerpo se transformó en luz. Salió disparado al cielo con una estela siguiéndole y desde lo alto, miró a Ishtar con rabia, tanta rabia que se lanzó contra ella y creó cadenas para apresarla.

Al llegar al suelo, una onda de fuerza se disipó alrededor de él y las flechas cayeron como simples varillas sin valor.

Sus ojos estaban inyectados en sangre y tensó las cadenas que efectivamente se enroscaban alrededor del cuerpo de Ishtar.

—¿QUÉ ES ESTO? —gritó Ishtar, concentrando fuerzas para romper las cadenas—, ¡TÚ NO ERES CAPAZ DE HACERME FRENTE!

Enkidu no dijo nada, simplemente estaba en silencio, con el rostro frío, como el autómata que era.

Su cuerpo cubierto de sangre, el cabello enredado, los ojos brillantes, las cadenas de oro apresando a Ishtar y las llamas danzando a sus espaldas, hacían del cuadro una visión del apocalipsis.

Más aún cuando toda esa energía que Gilgamesh acumuló salió disparada contra Gugalanna.

El último grito del animal fue tan intenso que saturó los oídos.

La lluvia acabó.

Silencio.

Gilgamesh, Enkidu e Ishtar habían salido disparados luego del enorme impacto. El alrededor estaba destruido y el fuego ondeaba en silencio. Gilgamesh se levantó con dificultad y metros mas allá estaba Enkidu boca abajo, con el cabello completamente estropeado. Fue tras él y lo levantó de un brazo.

—Pude… pude, Ishtar…—Enkidu balbuceaba y se apartó la sangre de los ojos. Miró sus manos y buscó a la diosa por todos lados.

La encontraron cerca del muro, donde había un enorme agujero por donde Gugalanna entró.

Ishtar estaba petrificada mientras flotaba en el aire.

Sin poder creérselo, comenzó a llorar llevando una mano a sus labios. Era imposible, Gugalanna, la preciada bestia de los cielos, muerto. Su padre la sancionaría, ella perdió su objetivo de castigar a Gilgamesh. Sus lamentos eran lo único audible en las calles aledañas al lugar donde todo ocurrió.

Enkidu se puso de pie con dificultad, apretando su costado. Cojeó hacia Gilgamesh y miró a Ishtar enfurecido. Parecía como si fuese a gruñir. La atacó con un rayo e hizo que ella perdiera el equilibrio y cayera al vacío, pero antes de que se precipitara sobre el suelo, Ishtar volvió a materializarse sobre el muro.

—¡Maldito Enkidu, puta de arcilla! ¡Miren lo que han hecho a mi querido Gugalanna! ¡Te maldigo por el resto de tus días! —chilló Ishtar, llorando de rabia.

Gilgamesh rio fuera de sí, completamente inflado en orgullo y dominancia, complacido de su propio poder, de haber doblegado una diosa hasta el llanto. Sus risotadas eran tan fuertes que retumbaba en el vacío.

—Han dado muerte a su propio castigo...—susurraba Ishtar, sin poder creerlo.

Gilgamesh no dejaba de sorprenderse de Enkidu.

Con una bestialidad poco esperable de aquel ser amante de la naturaleza, de voz suave y ojos preciosos, Enkidu corrió hacia Gugalanna y, con una fuerza fuera de todo lo creíble, tomó parte del muslo a medio quemar y comenzó a desmembrarlo. Tiraba con brutalidad y se escuchaba el desagradable sonido de los tendones al ceder. Una vez que logró su macabro cometido, se energizó y con un rayo, envió la carne hacia Ishtar, a una velocidad incalculable.

Enkidu habló y su voz sonó por todos lados, como si se hubiese magnificado.

—Si te agarrara, ramera de mierda, haría lo mismo contigo, te haría trizas, arrancaría tus piernas, colgaría tus tripas y las tripas de tu toro en tus brazos y te obligaría a tragarlas. Te mataría si tuvieras las agallas de venir aquí—Enkidu arrastraba las palabras con cólera, mostrando los dientes y apartando su cabello ensangrentado con violencia.

Gilgamesh jamás imaginó que Enkidu tuviese malicia en sus actos, pero consideró que aquello era un acto de pura maldad. Ishtar lo enfurecía como nadie en el mundo.

La masa de carne y sangre se perdió más allá de la muralla destruida, dejando una lluvia rojiza en su camino.

—¡ENKIDU CÁLLATE! —chilló Ishtar, cubierta de sangre—¡ME ENCARGARÉ DE QUE PAGUES TODAS TUS SUCIAS PALABRAS! ME REGOCIJO EN TU MISERIA, EN TUS ASQUEROSO ANHELOS ESTÚPIDOS, ME BURLO DE TUS SECRETOS.

El labio inferior de Enkidu tiritaba. Sus ojos brillaban como rayos encerrados en sus iris. Era imposible que Ishtar supiera su secreto, mucho menos sus anhelos. Curvó sus puños en sí y alzó una mano.

—BAJA AQUÍ—bramó Enkidu, tomando todo su cabello y retirándolos con un sólo movimiento hacia atrás, dejando todo su rostro libre—BAJA.

A pesar de los ojos enrojecidos de Ishtar, ella fue capaz de soltar una risotada aguda. La diosa se materializó cerca de Enkidu y él no perdió oportunidad de lanzar sus cadenas sobre ella. Se enlazaron a uno de los brazos de Ishtar, no obstante, ella hizo uso de su increíble fuerza divina para evitar que se apropiara del resto de su cuerpo. Enkidu estaba débil mientras que ella, una diosa, podía seguir la contienda por varios días. Se acercó a Enkidu y levantó su mano derecha para proferirle una cachetada con el dorso. Enkidu cayó al suelo y su cabeza se enterró en el barro, para luego recibir una patada en el rostro.

—Me encanta ver cómo destrozas mis extremidades y el sabor de mis entrañas—dijo con ponzoña Ishtar, viendo como Enkidu llevaba ambas manos a su nariz quebrada.

Enkidu se puso de pie apenas oyó la mofa. Tomó a Ishtar por un brazo y comenzó a curvarlo con la intención de quebrarlo. Ishtar profirió golpes en el estómago de Enkidu una y otra vez, mientras las cadenas de oro serpenteaban por su cuerpo con un desagradable toque frío. Ishtar por un momento comenzó a temer que realmente el arma de los dioses sí pudiese con ella. Preocupada, se planteó en desatar todo el caos absoluto sobre Uruk, incluso matando a Gilgamesh si era necesario, cuando de pronto, Gilgamesh corrió tras Enkidu y tiró de su cabello para apartarlo de Ishtar.

—Enkidu cálmate—habló Gilgamesh al oído de Enkidu, quien respiraba como una bestia—, no vale la pena, déjala, no manches tus manos.

—¡Suéltame Gilgamesh! —gritó Enkidu, ejerciendo fuerzas—, ¡Suéltame!

Ishtar se había asustado, sin embargo, no lo demostró. Acariciaba su brazo sutilmente y miraba a Enkidu como si fuese un charco de vómito.

—Gracias amor mío—dijo Ishtar, alejándose estratégicamente—, por quitarme a tu perro baboso de encima.

Al ver a Enkidu respirando con furia, mostrando sus dientes, temió lo peor.

Y así se lo propuso: Enkidu pagaría por su atrevimiento.

Entornó los ojos y consideró que destruir Uruk no era tan magnífico como lo que planeaba su retorcida mente.

Ishtar desapareció más por miedo que de engreída.

—Gilgamesh—Enkidu tiritaba e intentaba soltarse— ¿Por qué me detuviste? Ella no merece vivir.

—Enkidu, es una diosa. Podría venir todo el ejército de dioses sobre ti si haces esta estupidez. Reflexiona un poco.

—¡Desde cuando tú reflexionas! —gritó Enkidu, soltándose al fin— ¿Te pones de su lado ahora?

—Cállate. Estás fuera de tus cabales—dijo Gilgamesh, quitando el exceso de sangre de sus propias sienes—. Otro día le daremos muerte si quieres, vamos y peleamos contra todos los dioses, hoy no.

Enkidu tragó luego de un largo momento resollando con fuerzas. Debido al cansancio, se dejo caer al suelo. Una de sus manos fue por su nariz quebrada y la movió con lentitud, sintiendo el encaje roto de su tabique. No importaba, podía sanarse en cosa de horas, pero la patada más que a su rostro, era a su orgullo.

Ishtar no podía saber sus pensamientos más secretos.

—Levántate—ordenó Gilgamesh, cabizbajo—. Mira este desastre.

Enkidu se puso de pie y escupió un montón de sangre que se acumuló en su lengua. Agachó la cabeza y caminó al lado de Gilgamesh.

Uruk quedó en gran parte destruida, cubierta de muertos y de mujeres llorando sus hijos, de hombres clamando sus pérdidas.

Las estrellas se apagaron, el viento sopló y el olor a sangre se esparció por las calles, nombrando la victoria de Gilgamesh y Enkidu a un precio increíblemente alto.