Harry Potter y la historia que debió ser

Parte II

"EL ESCAPE DE CRISOPEYA"

Cris… Cris… No. Mi nombre no es Cris. ¡Crisopeya! No. Cris, por favor. Por favor. Respira. No me dejes. ¡Cris! Soy… ¿Hermione? ¿Así era? Cri–cri. Cris. ¡CRIS!

Hermione abrió los ojos, mareada.

—Creí que me dejarías —chilló el niño a su lado, echándose sobre su pecho.

El peso inesperado la hizo gemir de dolor. Sacó su brazo derecho, revisando el estado del brazalete. Su carne roja, apretada por los dientes de oro, pulsó al ritmo de su debilitado corazón.

—¿Hay comida? —susurró deshecha.

El niño asintió —Te dejaron el plato lleno.

Hermione se giró hacia donde siempre estaba su tazón: semillas, espárragos y un trozo de pan negro. Tragó desesperada. Al tercer bocado, miró de nuevo al niño.

—¿Tú ya comiste?

Negó, tímido.

Resignada, le extendió el tazón —Aprovecha. Tengo el estómago revuelto —mintió.

El pequeño se lanzó contra el plato, hambriento. Hermione lo miró conmovida: había esperado a que ella despertara, en vez de robar su comida. A pesar de su edad, el niño era increíblemente fiel y valiente.

—¿Sabes cuánto tiempo dormí?

—Dos rondas.

Eso significaba dos días. Recordó lo sucedido en casa de los Lovegood y suplicó que su transmutación hubiera resultado exitosa. No se perdonaría haber lastimado a Luna, su querida amiga.

Se levantó sin ánimo; por lo menos eso no lo tenía que fingir. Fue hacia el escritorio más cercano y revisó sus tareas. Le daba terror decepcionar a su amo con un mal ensayo sobre alquimia. Giró algunos pergaminos, aparentemente al azar, y trazó una línea diagonal en cada uno. De inmediato, se puso a hacer otra tarea.

Haber salido por un momento de su encierro, aunque hubiera sido para "asesinar" a los Lovegood, fue un golpe emocional muy profundo. Lo más difícil fue haber visto el cielo, sentir el pasto bajo sus pies, escuchar la voz de una amiga… Todo para regresar a su maldito calabozo.

Tocó el collar de metal que apretaba su garganta. Debajo, una larga cicatriz relucía por su primer intento de escape, meses atrás. Esa ya no era la única marca en su cuerpo. Pensó, irónica, que un año atrás odiaba la cicatriz de Dolohov. Ahora tenía otras dos por su culpa: la del brazalete dorado y una falsa Marca Oscura, en su otro brazo.

El Morsmorde que disparó en la Torre de Astronomía, contra su cuerpo, había dejado aquel tatuaje deforme de la calavera y la serpiente.

Sonrió, divertida por la situación. Ahora era gracioso, después de llorar cada noche durante medio año, sola, encerrada, torturada.

Cerró el libro que estaba leyendo y escribió el borrador del nuevo ensayo sobre el hígado humano. Su amo insistía en que conociera con meticulosa exactitud cada resquicio de la materia que compone a un humano, lo cual estaba resultando en su contra, aunque él aún no lo supiera.

Desde su encierro, Hermione fue sometida a una salvaje rutina de estudio y práctica alquímica. Los Mercenarios Exóticos deseaban contar con ella como su asesina favorita, ya que el Ministerio no estaba preparado para enfrentar a una alquimista.

Hermione no se arrepentía de haber aprendido alquimia. De no haber sido por esa capacidad, quizá su futuro en el mercado negro mágico habría sido perverso en otras formas menos… académicas.

Su estadía con los Mercenarios había tenido distintas etapas de negación y aceptación. Al principio, esperó que Harry la rescatara. Confió, noche tras noche, que él conseguiría encontrarla. Con el paso de las semanas, comprendió que esa esperanza era ridícula. No había forma de que Harry pudiera localizarla, menos que derribara el increíble circuito de seguridad que rodeaba la mansión de su amo. Los Mercenarios Exóticos llevaban siglos secuestrando a los magos y brujas más dotados; por lo tanto, la calidad de sus guaridas estaba al nivel de Hogwarts.

Cuando aceptó esa realidad, Hermione se sumió en una terrible depresión. Su encarcelamiento jamás terminaría. Nunca volvería a ver a Harry, Ron, Luna, Neville… ni a sus padres. La inocencia que le quedaba, aquella que ni siquiera Dolohov pudo quebrar, desapareció.

Pasó más tiempo, hasta que Hermione dejó de sentir tristeza y pasó al coraje. ¡Ella era la bruja más brillante de su generación! ¡La primera mujer alquimista en siglos! No podía darse por vencida. Comprendió, entonces, que había un detalle que Ljos, su amo, no tenía previsto en su secuestro: ella podía recordar todo. Su nombre, sus orígenes, su pasado. Hermione había mantenido ese secreto, siendo lo único a lo que se aferraba para mantenerse cuerda.

Ella no era Crisopeya, la esclava favorita de Ljos. Era Hermione Jane Granger, y se lo iba a demostrar.

Así que decidió hacer un plan de escape. El cómo era obvio: usando alquimia. Con todo lo que fue obligada a estudiar los últimos meses, sería sencillo. Sin embargo, la alquimia no era igual que la magia, en el sentido de funcionar por sí sola. Requería de materiales, ingredientes y minerales. Lamentablemente, su amo era en extremo precavido de jamás darle algo que pudiera usar para crear una transmutación sin ser vigilada.

De nuevo, cuando su moral estaba en lo alto, cuando creyó que encontraría la solución, aprendió qué tipo de collar le había puesto Ljos al secuestrarla. Fue creado por uno de los antiguos esclavos de los Mercenarios, con runas y sellos de sangre que lo volvían indestructible. La única manera de deshacerse de él era que el propio Ljos se lo quitara.

Por supuesto, no había posibilidades de que eso corriera. Aún peor: el collar no le permitía a Hermione estar alejada de Ljos durante más de 24 horas. Eso lo aprendió por la mala, cuando intentó escapar por primera vez.

Tembló al recordar el dolor y la asfixia que sufrió en esa ocasión. Definitivamente no estaba dispuesta a revivir algo así.

Fue cuando la resignación tomó control de su ánimo. Hermione aceptó su destino: moriría siendo la esclava de Ljos.

Las peores noches de soledad, pensaba en Harry. No sólo la habían secuestrado y, en el proceso, deshecho su vida, sino que también habían castigado a Harry con otro cargo de consciencia que no merecía. Se odió por hacerle daño a su novio, por no haber podido cumplir con la promesa de siempre estar a su lado.

Poco a poco, Hermione conoció a otros veinte esclavos. Ninguno recordaba su pasado, pero tenían muy claro que eran utilizados para beneficio de seres crueles, y que fueron privados de su libertad. Sus habilidades eran extraordinarias: uno controlaba la electricidad; otro podía detectar cualquier olor y describirlo, lo que venía perfecto para crear o identificar pociones; también había un animago capaz de convertirse en ocho animales diferentes. Los otros, Hermione sospechaba de sus habilidades, pero no quisieron revelar cuáles eran.

Los veinte esclavos tenían más tiempo bajo el servicio de los Mercenarios. Habían cometido actos atroces, de forma directa e indirecta. Eran peones de guerras políticas y económicas; asesinos en masa que ni siquiera comprendían las razones de sus actos.

Hermione identificó un sentimiento que todos compartían: preferían morir que continuar esclavizados. Comprendió que ella se sentía igual. Pero al conocer a esos maravillosos magos y brujas, decidió que ninguno moriría en vano. Planeó desmantelar a los Mercenarios Exóticos. Esa sería su última forma de contribuir al mundo.

No podía hacer un plan con los esclavos, ya que el tiempo que convivía con ellos era escaso y aleatorio. Nunca los juntaban en grupos de más de tres. Tampoco los dejaban hablar entre ellos. Tenían que usar un método para conversar sin que los amos se dieran cuenta. Hermione tardó un par de meses en aprender el lenguaje de señas que los esclavos habían creado, compuesto por las palabras más básicas para intercambiar información como nombres, estado de salud y deseos. Después de memorizarlo, empezó a crear palabras nuevas. Su favorita era "cielo" porque era lo que más extrañaba de su libertad.

Así se hizo amiga de dos esclavos: Punto3 y Línea8. Esos eran los nombres que eligieron y que podían expresar en el lenguaje de señas. El de Hermione era Punto7. Había seleccionado el 7 y la "p" por Harry.

Punto3 era una bruja de cuarenta años, aproximadamente. Su habilidad era llorar piedras preciosas. Por ese motivo, su amo la mantenía en agonía eterna, de manera que no pudiera parar de llorar. Punto3 era hermosa, o eso pensaba Hermione al ver su cuerpo menudo y aquella melena color azabache. De los 21 esclavos, ella era la única que no quería morir.

En cambio, Línea8, era un hombre mayor, de setenta años aproximadamente, que había sido secuestrado en la adolescencia. Su habilidad era crear planos y mapas de lugares que jamás había visitado. Él deseaba morir pronto: no le encontraba sentido a seguir vivo tras décadas de encierro. Cuando aprendió la palabra "cielo" le explicó a Hermione que eso era algo que él no recordaba del mundo exterior.

Ella lloró toda la noche por aquella conversación. No quiso convertirse en Línea8. Era aterradora la idea de que un día una nueva esclava llegara y le contara sobre el cielo, sólo para que Hermione respondiera: "no sé qué es eso".

"Destruiré Guarida" le dijo a Línea8 en uno de los encuentros que tuvieron "Pasa Información". En una semana, todos los esclavos sabían que Hermione iba a explotar la guarida de Ljos. No había necesidad de esclarecer la fecha: sería el 20 de diciembre, durante la reunión anual de los Mercenarios. El golpe sería fatal para la red de comercio negro. Nadie sobreviviría, ni siquiera los esclavos. Pero ese era un precio justo. Todos los esclavos hicieron una promesa: irse juntos de este mundo.

Excepto Punto3. Fue a la primera oportunidad que se volvieron a cruzar, que Hermione leyó varias veces las señas que le hacía Punto3, sin creer que de verdad estuviera entendiendo el significado: "Tengo Hijo Aquí".

Lo que Hermione tuvo que concluir por su cuenta fue la historia de Punto3 y su hijo. Sólo había dos opciones: fue secuestrada durante su embarazo, o su amo era el padre del niño. Supuso que se trataba de la segunda opción, ya que el niño seguía con vida. Quizá el amo de Punto3 no se atrevió a matar a su propio hijo.

Eso cambiaba todo. No podía matar a un niño. Hermione se negaba a seguir con su plan. El resto de los esclavos no estuvo conforme, pero ninguno pudo hacer algo: la única forma de explotar la guarida de Ljos era con alquimia, gracias a las marcas que Hermione fue haciendo a lo largo de la propiedad, durante meses.

Su encierro se volvió más asfixiante después de eso. Hermione ya no tenía ninguna motivación. Era imposible escapar. Harry jamás la encontraría. Los Mercenarios seguirían vivos.

Fue cuando Punto3 murió. Los esclavos escucharon que su amo la torturó tanto para hacerla llorar, que sufrió un ataque al corazón. A la mañana siguiente, el hijo de Punto3 fue entregado a Hermione.

De esa forma, el amor volvió a su vida. El niño era bellísimo en todos los sentidos, como un pequeño ángel de felicidad. Hermione lo adoró de inmediato, y se dedicó a él. Pensó que esa era una de sus grandes capacidades: ayudar a jóvenes hombres a sobrevivir lo imposible.

Sin embargo, todo se volvió a complicar con su última misión. Cuando los Mercenarios supieran que los Lovegood seguían con vida…

Hermione abrazó al niño contra su pecho. Tenía el tiempo contado.

Dos días después, Hermione fue conducida por su amo hacia una mazmorra. Se trataba de su segunda misión como parte oficial de los Mercenarios Exóticos. Al parecer, Ljos estaba orgulloso de ella por haber "asesinado" a los Lovegood. Eso quería decir que Luna había entendido su mensaje y estaba haciéndose pasar por muerta, dándole más tiempo para escapar.

Al caminar por los túneles de piedra, se cruzó con Línea8, su querido amigo esclavo. Ambos levantaron ligeramente los meñiques para saludarse, sin alzar la mirada del suelo. Esas ridículas interacciones hacían que Hermione se sintiera viva.

Llegaron a la mazmorra donde otro amo los esperaba junto con un mago de túnica negra y máscara plateada… Death Eater.

Hermione no demostró su sorpresa. Cualquier signo de reconocimiento habría alertado a Ljos de que ella recordaba quién era.

—Querida sangre sucia... Oh, qué hermoso verte esclavizada.

Bellatrix Lestrange. Por Merlín, Hermione quiso reír ahí mismo. ¡Su vida no podía ser más miserable!

Ljos la miró con aburrimiento y asco —Te voy a exigir que no le hables de manera directa a mi esclava.

Hermione contuvo un sonido de sorpresa. Al parecer, los Mercenarios se sentían con cierta inmunidad ante los Death Eater: nadie se dirigía de esa manera a Bellatrix a menos que quisiera morir. La Death Eater pensó unos segundos cómo responder, sus ojos negros llenándose de violencia. Antes de que pudiera terminar de apuntar a Ljos con su varita, otra voz los interumpió.

—¿Estás seguro de que la sangre sucia se encuentra bajo tu dominio?

Snape.

—Sí. Ningún esclavo ha podido resistir nuestro… tratamiento. Ahora su nombre es Crisopeya.

—Encantador —susurró Snape, irónico.

Bellatrix soltó una risita infantil —Este es el destino que se merecía: servir a sus superiores. ¡Anda, Crisopeya! ¡Obedece!

Hermione no se movió. Sin la indicación de su amo tenía prohibido actuar frente a extraños.

Ljos habló —Primero el pago.

Snape sacó un bolso de su túnica. Hermione sintió el hechizo de extensión, supuso que estaba lleno de oro. Ljos recibió el bolso.

—Procedan —ordenó.

Dos hombres entraron a la mazmorra, cargando un enorme cofre brillante. El poder alquímico que despedía hizo que Hermione casi brincara.

—Crisopeya, debes abrir este cofre. Ahora.

Asintió, acercándose al increíble objeto alquímico. ¿Quién había creado algo así? ¿Flamel? ¿Dumbledore? ¿Alguien antes de ellos? Rodeó el cofre, analizando cómo romper el sello de alquimia. Era un trabajo soberbio y peligroso. Si no hacía bien el trabajo, el cofre se tragaría lo que sea que estuviera dentro de él.

Se inclinó sobre la superficie cristalina. No podía evitar sentirse emocionada. Esto era un reto intelectual.

—Crisopeya, ¡abre el cofre!

Se giró hacia su amo, agachando el rostro —Tardaré algunas horas, mi amo.

Bellatrix apareció una silla, tomando asiento y columpiándose —El cofre lo hizo Dumbledore.

—Que Crisopeya se tome el tiempo adecuado —agregó Snape—. Nuestro Señor desea conocer su contenido. El chiquillo Potter mandó a sus mejores hombres a trasladar el cofre. Debe ser importante.

Hermione analizó sus palabras, intentando no reaccionar al nombre de Harry. ¿Por qué Dumbledore dejó algo que sólo ella podía abrir? No había otro alquimista con la habilidad de hacerlo. Aún más interesante: ¿por qué Snape reveló tanta información?

Fijó la mirada en la sombra opaca dentro del cofre. ¿Qué era? Tenía que ser algo increíble, tanto para que Voldemort hubiera contratado a los Mercenarios para conseguirlo.

Puso las manos en el cristal. Casi podía sentir la magia de Dumbledore.

Respiró profundo y se puso a trabajar. Con cada hora rompió un sello, lo cual fue haciendo más y más transparente el cofre. Pronto, la espada de Gryffindor quedó a la vista de todos en la mazmorra. Ante aquella visión, Bellatrix reventó en un ataque de furia devastador.

—¡¿Cómo consiguió esa espada?! Estaba en mi bóveda —tomó a Hermione del cabello, gritando a milímetros de su rostro. La varita negra se enterró en el abdomen de la alquimista— ¿Qué más robaste, asquerosa sangre sucia?

Ljos pareció aún más aburrido —Mi esclava no está relacionada con el contenido de ese cofre. Suéltala.

Snape se acercó para susurrar al oído de Bellatrix. Su mirada, sin embargo, se concentró en Hermione —La espada es prioridad. No importa nada más que sacarla de ese cofre, ¿entiendes?

—¡Quiero matarla!

Hermione ni siquiera parpadeó. Sabía que su amo la protegería de Lestrange. Ahora ella era mil veces más importante para los Mercenarios que esa Death Eater.

Snape siguió hablando —Es un destino más terrible para ella permanecer aquí, esclavizada, que ser asesinada por ti en este momento. Deja que la sangre sucia se pudra lejos de Potter.

Bella volvió a sonreír como una dulce niña, quebrando aquel gesto asesino que hizo un momento atrás —Oh, cuánto deseo contarle a Potter que su noviecita usa correa.

Comenzó a reír fuera de control. Soltó a Hermione y bailó hacia su silla, murmurando promesas de venganza.

Hermione disimuló continuar con las órdenes de Ljos, cuando en realidad estaba concentrada en pensar cómo podía usar esto a su favor. Tenía frente a ella un arma mágica que no sólo podría usarse de forma obvia, sino que estaba hecha de metales preciosos que servían para transmutar.

En caso de conseguir la espada, ¿cómo la ayudaría en su situación? Había seis enemigos con varita en esa mazmorra: dos magos que cargaron el cofre, Bellatrix, Snape y dos Mercenarios Exóticos. Amenazarlos con la espada sería ridículo.

Tendría que usar el material, aunque eso implicaba destruir la espada de Godric Gryffindor. ¿Su libertad valía más que un objeto milenario perteneciente a la cultura mágica?

Pensó en el niño que la esperaba en su propia celda.

A la mierda Gryffindor.

Estuvo las siguientes dos horas destruyendo el siguiente sello. Modificó el material del cofre para usarlo a su favor, sin que nadie se diera cuenta. Ya estaba todo listo, era ahora o nunca. Movió los ojos hacia las esquinas de la sala, sin levantar el rostro. Se dio cuenta que faltaba alguien. Snape. Esperó que él no volviera pronto, porque sólo tenía una oportunidad para escapar. Rompió el último sello de Dumbledore. De inmediato, metió las manos a través del cristal, como si no existiera. Eso causó una reacción en el resto de los presentes. Ljos gritó cuando la vio tocar la superficie pulida de la espada: sabía todo lo que ella podía hacer con metal en sus manos.

Una explosión de luces cubrió la mazmorra. El aire se volvió pesado. Hermione lloró, sintiendo su magia pertenecerle de nuevo, imaginando el cielo sobre Potter Pembrook…

—¡Crisopeya!

La voz de su amo la hizo temblar. El collar de metal apretó más su cuello. Las luces se convirtieron en relámpagos. Hermione sintió en su rostro la sangre caliente de Bellatrix y la escuchó reír/aullar de dolor.

¡Crisopeya, detente!

Siguió llorando. Imaginó a Harry dándole un abrazo. Besándola. Sonriéndole. Jugando con ella. Abrazándola antes de dormir.

Bellatrix se le fue encima, excitada de tener el pretexto ideal para matarla. Hermione usó una piedra preciosa de la espada para crear un traslador. No había forma de ganarle a Lestrange, así que la única alternativa era mandarla muy lejos. Pensó en el destino ideal para la aterradora bruja y casi sonrió al verla desaparecer de la sala. La espada siguió brillando de rojo mientras los gritos en la mazmorra fueron consumidos por el estruendo del techo al quebrarse.

El cofre reventó.

Hermione se iluminó de rojo.

Ljos cayó de espaldas, mirando con odio a su esclava —¡No conseguirás salir de aquí! —sacó su varita, pero Hermione usó una gema de la espada para volver de piedra la mano de su amo.

La varita quedó atrapada.

—Quítame el collar, amo, ¡por favor! —suplicó, de rodillas frente a Ljos.

Él sonrió con la misma brutalidad con la que la esclavizó más de medio año.

—Nunca. Tendrás que matarme. Te advierto que ni así lograrás escapar. ¡Mis compañeros te mantendrán encerrada para siempre! ¿Entiendes? ¡ERES NUESTRA PROPIEDAD, CRISOPEYA!

Soltó un sollozo.

No. Ella no era propiedad de nadie.

Además, Harry la estaba esperando.

—¡Mi nombre es Hermione Jane Granger!

Giró la espada, cortando el cuello de Ljos.

Permaneció un par de segundos ahí, recuperando el aliento. El polvo del derrumbe era la única prueba de que algo terrible ocurrió en ese lugar. Todo era silencio.

Hermione se limpió el rostro, sin querer llenando su piel de tierra y sangre. Tomó la varita de Ljos y salió de la mazmorra, sin darse cuenta del temblor en su cuerpo, ni voltear a ver la masacre que dejó.

Corrió por los pasillos de la guarida, sosteniendo la espada deforme de Gryffindor y la varita que enseguida había hecho conexión con ella. Tenía pánico de que alguien fuera primero a su celda, de que le hicieran daño al niño.

Llegó a un cruce, sin saber cuál era el camino correcto. Miró nerviosa hacia las celdas más cercanas, donde oyó voces. ¿Le daría tiempo de salvar a todos?

Una voz atrajo su atención.

—¿Línea7?

—¡Sí! —gritó Hermione con la voz llena de llanto y ansiedad.

—Lo sabía. ¡Dame chispa!

Era Línea108, el esclavo que podía controlar la electricidad.

—¡Va!

Con su varita mandó una chispa hacia la celda de Línea104. Enseguida, truenos empujaron la puerta de su celda. Salió caminando con furia.

—¡Los amos deben morir!

Hermione quebró el candado del resto de las celdas. Dos esclavos salieron, y otros magos y brujas desconocidos. Línea108 los condujo por los pasillos laberínticos. El miedo y la adrenalina los mantenía en estado de alerta.

Llegaron al siguiente piso, donde sacaron a otros de sus compañeros. Hermione abrazó desesperada a Línea8.

—Vamos a salir de aquí —susurró contra la piel tibia del viejo mago—. Volverás a ver el cielo.

El último tramo antes de llegar a la superficie pareció eterno. Hermione cerró los ojos cuando la luz del día golpeó su rostro. Apretó más la mano de Línea8, sabiendo que él llevaba décadas sin sentir el sol en su piel.

Cuando pudo ver de nuevo, se frenó horrorizada. Ahí estaban siete Mercenarios Exóticos, esperándolos. Uno de ellos tenía agarrado al hijo de Punto3.

—¿De verdad creyeron que podían escapar?

Línea104 mandó relámpagos contra los Mercenarios. Un escudo los protegió.

—Esto pasó hace ochenta años, ¿la última vez? —dijo un Mercenario—. Siempre hay un intento de escape. Qué patéticos.

Hermione sintió lágrimas en su rostro. ¿Hasta ahí habían llegado?

Una risa alegre y cálida interrumpió el momento. Hermione volteó a ver a Línea8, quien tenía los ojos puestos en el cielo azul y sus brazos estirados hacia el sol. Era libre.

Uno de los Mercenarios dijo algo. Los collares de todos los esclavos se apretaron en un segundo, matándolos.

Sólo Hermione quedó de pie.

Fue en un suspiro. La risa de Línea8 aún estaba en sus oídos cuando comprendió que sus amigos murieron.

Miró a los Mercenarios. ¿Por qué existían personas así en el mundo? ¿Cómo podían vivir sabiendo lo que le habían hecho a otros seres humanos?

Hermione usó lo que quedaba de la espada de Gryffindor. Con eso protegió al hijo de Punto3. Luego agitó la varita y activó la trampa que fue sembrando durante los últimos meses en la guarida de su amo. Cumplió su plan original. La explosión fue catastrófica.

Cris… Cris… No. Mi nombre no es Cris. ¡Crisopeya! No. Cris, por favor. Por favor. Respira. No me dejes. ¡Cris! Soy… ¿Hermione? ¿Así era? Cri–cri. Cris. ¡CRIS!

Despertó. Lo primero que vio fue el cielo color naranja. Estaba anocheciendo.

—Creí que me dejarías —chilló el niño a su lado, echándose sobre su pecho.

El peso inesperado la hizo gemir de dolor. Sacó su brazo derecho, revisando el estado del brazalete. Su carne roja, apretada por los dientes de oro, pulsó al ritmo de su debilitado corazón. Sus ojos se dilataron al ver que también había una varita en su mano.

Recordó todo.

Se levantó un poco, viendo el páramo desolado que dejó su reacción alquímica. No quedaba nada.

—Cris, ¿qué pasó?

Miró al niño. Entre sus pequeñas manos estaba la empuñadura de la espada de Gryffindor, lo único que sobrevivió el desgaste alquímico.

Pensó que pronto el resto de los Mercenarios se enteraría de lo ocurrido. Tenían que escapar.

Con esfuerzo, cargó al niño, corriendo hacia los árboles que ofrecían cierto cobijo. El aire le quemó los pulmones. Sentía el mundo girar. Pero no se detuvo. Ese niño dependía de ella. Intentó desaparecer. Algo se lo impidió. El bosque estaba encantado; otra medida de seguridad de los Mercenarios.

Pronto, la noche llegó.

Hermione se dejó caer de rodillas, abrazando a su pequeño ángel. Volvió a llorar. Había matado a mucha gente. Había deshecho una reliquia de Godric Gryffindor. ¿Valió la pena? Ni siquiera podía salir de ese bosque.

—Cris, mira…

Frente a ambos estaba una cierva plateada, hecha de luz. Era un Patronus.

Hermione la observó un par de segundos, confundida. ¿Estaba alucinando? ¿Era su Patronus? Había cambiado de forma cuando se enamoró de Harry.

Harry.

Se puso de pie, temblando. El niño en sus brazos sonrió por la cierva de luz. Hermione comenzó a caminar, siguiendo el Patronus.

Una hora después, sintió el encantamiento del bosque quedar muy atrás. Ya podía desaparecer.

Pensó en Potter Pembroke pero no consiguió recordar su ubicación. Agitó la cabeza, más confundida. El hambre, la sed, el cansancio, todo la tenía en pésimas condiciones para razonar.

La cierva la rodeó, dándole ánimos.

Hermione cerró los ojos. Recordó la tienda de antigüedades donde muchas veces compró cosas para la casa de sus padres. Donde pasó el último verano seleccionando adornos con Harry para la habitación de ambos.

Desapareció.

Estaba lloviendo. El cambio de clima fue espeluznante. Hermione miró, con el corazón roto, que el niño en sus brazos no se intimidó por algo así. Había vivido cosas mucho peores que una simple lluvia inesperada.

Las tiendas de la calle estaban cerradas. Todo en completo silencio.

"Estoy en Cambridge", pensó la bruja, sintiéndose un poco más a salvo.

Abrió la boca para tomar un poco de la lluvia. Su garganta recibió cada gota con gusto.

Más estable, estiró la varita y habló.

Expecto… Patronum…

Su magia no fue suficiente. Un vapor blanco fue lo único que salió.

Así no podría llamar a Harry.

Sintió al niño dormirse en su hombro. No podía darse por vencida.

—Harry…

Su voz no servía. Volvió a tomar aire.

Harry

De nuevo.

—Harry.

Cada vez más firme.

—Harry. Harry. Harry.

Se recargó en el pórtico de la tienda de antigüedades. Comenzó a temblar. ¿Tenía fiebre?

—Harry.

Eran susurros desesperados. No tenía sentido creer que él la escucharía, menos con esa lluvia. ¿De verdad estaba cerca del departamento? No podía recordar la dirección…

—Harry.

Quiso volver a llorar, pero ni siquiera eso pudo.

Por favor. Sólo quería volver a casa.

—Harry.

—¡Hermione!

Abrió los ojos. Del otro lado de la calle, a metros de distancia, estaba su novio.

Har...ry…

Él corrió hacia ella. Sus ojos brillando como dos estrellas verdes.

—¡HERMIONE!

Se dejó ir por el cansancio. Ya estaba segura. Después de siete meses, regresó a casa.