Gina pasó una semana entera sin tener la menor noticia de Mirena. Como pronto se hizo evidente que Albafica no tenía pensado decirle nada, se le ocurrió ir a preguntarle a su padre. Seguramente, él lo sabría. Sabía muchas de las cosas que pasaban en el Santuario. Sin embargo, el pisciano era astuto. No la dejaba sin supervisión ni un momento y casi no tenía tiempo libre. Aunque resentía esa severidad, que Mirena claramente no tenía, lo cierto era que estaba mejorando en forma exponencial. En las comidas ambos solían charlar animadamente sobre el día y luego era él quien le llevaba su ración a Mirena. Esa era la única señal que Gina tenía de que la acuariana seguía viva. Pero aquel día era especial, porque era la primera vez que Albafica había anunciado que el día siguiente sería su día libre. Gina podría saltar de alegría. Sin embargo, antes de levantarse de la mesa, le dio una indicación como si le hubiera leído la mente.

-Gina, por favor no hables con Shion-Sama sobre los eventos que ocurren en este Templo, hasta tanto no lo haga yo –tragó saliva-. No es un capricho. Hay mucho en juego –anunció enigmáticamente, y ella supo que no tendría más opción que obedecer.

-¿Puedo ver a Mirena? –preguntó por enésima vez, aunque ya sabía la respuesta.

-Le preguntaré –anunció él con pesar, para luego despedirse.

Esa noche, en vez de ir directamente a acostarse, Gina desvió sus pasos a la biblioteca. Una vez allí subió hacia la cúpula, donde encendió una débil lámpara de aceite, y comenzó a leer los lomos de los cuadernos de color azafrán. Ese color eran los que Mirena había elegido para plasmar sus investigaciones y experimentos de laboratorio. En otro librero, compartiendo la misma cúpula, estaban los cuadernos de Dégel de Acuario. Los suyos eran de un color bordó con algún ocasional detalle. Gina observó que él había escrito las tapas con letras apresuradas, imaginando que su caligrafía no sería la mejor, que debía esforzarse para que sus textos quedaran legibles. Sin embargo, Mirena no tenía ese problema. Entre los dos habían escrito decenas de cuadernos. Gina sólo había leído los primeros, porque conforme avanzaban las investigaciones y las cosas se ponían más difíciles, también era más difícil la lectura.

Se decantó por un cuaderno sobre telequinesis y lo abrió buscando un índice. El contenido de los primeros capítulos ya lo conocía, así que los salteó y fue directamente hacia la mitad. Ojeó el capítulo que buscaba y bajó hacia su habitación. Ensimismada sólo en lo suyo, no notó que faltaba un cuaderno, el más difícil de leer de todos. Gina se acostó y se reclinó entre un montón de almohadones para disponerse a leer sobre telequinesis, en un intento por contactar a Mirena y comprender que estaba ocurriendo. Sabía que había técnicas que podían saltear los bloqueos energéticos, si se realizaban con la suficiente pericia. Pronto se hizo evidente que Gina no era poseedora de tal habilidad, porque siempre que intentaba se chocaba con la barrera que Mirena le había puesto a su mente. Era obvio, dedujo en un momento dado. Era su propia técnica, el cuaderno era de su autoría. Era obvio que sabía anularla. Ya era bien entrada la madrugada cuando Gina se decidió a dormir.

Como era su día libre, se levantó tarde. Recorrió los pasillos del templo en puntillas de pie mientras buscaba Cosmos conocidos. Comprobó enseguida que Albafica no estaba allí, lo cual le dio vía libre para su rudimentario plan. Se vistió con rapidez y se dirigió hacia la habitación de su Maestra. Sólo una vez había estado allí, y no conservaba de aquel lugar el mejor de los recuerdos. Tocó la puerta y lanzó el aire con alivio el aire contenido. Mirena se encontraba en una situación muy parecida a la de Gina la noche anterior, reclinada entre almohadones y leyendo un cuaderno de color azafrán. Aún de lejos, la muchacha llegó a leer el título: "Embriología". La mujer no apartó el libro cuando la vio, aunque le hizo una seña de que se acercara. Gina se sintió confundida.

-Buen día Gina –saludó con cortesía. La alumna intentó estudiar en las facciones de su Maestra si encontraba algo distinto, buscando señales que le dijeran que ocurría. El Cosmos se sentía tranquilo y fresco, le recordó a la nieve recién caída.

-Buen día –balbuceó-. ¿Qué estás leyendo? –inquirió, más para señalar la grosería de que no había cerrado el libro para prestarle atención a su aprendiz.

-Es una investigación que hice hace unos años –sonrió de lado-. ¿Crees que iba a dejar alguna pregunta sin ser respondida? –bromeó. Gina lanzó una risita.

-¿Y qué respuesta has encontrado, Maestra? –preguntó, y aunque tenía verdadera curiosidad, su real intención era hacer tiempo y juntar coraje para consultar sus dudas.

-La respuesta no era muy complicada. Una condición que se llama placenta baja, una malformación en la que la placenta crece en la parte baja del útero y cubre la abertura hacia el cuello uterino. Conforme pasa el tiempo es peor, porque ejerce mayor presión, y al final del segundo trimestre el síntoma es un sangrado súbito y abundante que podría no detenerse fácilmente, y que es potencialmente mortal – Gina torció las cejas con desagrado cuando escuchó la explicación-. En realidad tenía suerte de estar viva –admitió.

-No nos hubiéramos conocido, y mi vida hubiera sido mucho más amarga –susurró Gina. Mirena sonrió con dulzura en respuesta.

-Eres tan dulce cuando quieres serlo –bromeó-. Albafica me ha contado que estuvieron hablando un poco –siguió-. Todo me puso muy contenta. Estoy orgullosa de ti, mi querida alumna –Gina hizo un pucherito.

-Te extraño –balbuceó por lo bajo-. ¿Estás enferma? –Mirena negó.

-No estrictamente –bromeó-. Estoy embarazada. Tengo que guardar reposo por la condición de la placenta, que te venía contado –Gina apretó los párpados y se tapó la boca con una mano.

-Pues es maravilloso –dijo súbitamente. Mirena le dedicó una mirada suspicaz-. Pero me da miedo –hizo una pausa para remojarse los labios-. ¿Qué voy a hacer? ¿No vas a enseñarme más? –sollozó con disimulo. Mirena tomó su mano con dulzura.

-No te librarás de mí hasta que no tengas una armadura dorada para ti misma. Tampoco entonces –anunció con ternura-. Sólo tengo que hacer reposo, así que temo que tendrás que seguir tus aventuras sin mí por los capítulos siguientes. Puedes entrenar con Albafica, y nosotras nos quedamos con la teoría, como siempre. ¿Te parece bien? –Gina asintió entre lágrimas.

-¿Qué precauciones has tomado? No estás en peligro, ¿verdad? –Mirena negó.

-Eso no es verdad –admitió-. Igual que vivimos rodeados de peligros, sólo que no somos conscientes de muchos de ellos –Gina se refregó los ojos-. Me he tomado el tiempo para replicar mi propia sangre en el laboratorio, para tener disponible en caso de que necesite una transfusión –se remojó los labios-. En realidad preparé como cincuenta litros –admitió con una risita. Gina rio con ella, con cierta tristeza-. Tengo medicamentos para ayudar a detener el sangrado, para prevenir el parto prematuro, y esteroides para apurar el desarrollo en el caso de que sea inevitable.

-Todo eso suena espantoso –decretó Gina, desesperanzada. Mirena la abrazó. Aunque oponía resistencia, la muchacha terminó cediendo y correspondió el abrazo, recargando la cabeza en su hombro-. Me da miedo –sollozó.

-A mí también –admitió-, a todos nos pasa. Todo va a estar bien, ya verás –susurró con dulzura. Cuando se separaron, Mirena limpió las lágrimas de su aprendiz con la yema de los dedos.

-No sé qué decir… pensé en tantos motivos egoístas por los que me estarías evitando que –Mirena la interrumpió.

-No pasa nada. A lo mejor debí haberte dicho antes –Gina negó enérgicamente con la cabeza-. De todos modos te pediré que mantengamos esto en reserva, al menos por los primeros meses.

-¿Lo sabe mi padre? –Mirena asintió.

-Siempre sabe, ¿a que sí? –bromeó-. Seguramente te llamará esta semana. Me ha dicho que tiene una misión para ti –Gina dio un respingo. Mirena cambió el tono de su voz súbitamente-. Escúchame bien. Te prohíbo que vayas sin armadura. Portarás la Armadura de Orión o no te irás ni a Rodorio, ¿me has entendido? –Gina apretó los labios y asintió despacio.

-¿Te ha dicho de qué se trata? –inquirió ella, con nervios, con miedo y ansiedad a la vez.

-A cada caballero sólo se le informan las misiones que le incumben. Así que no me ha dicho nada –sonrió-. Ya me contarás tú –anunció emocionada.

No pasó mucho tiempo hasta que el vaticinio de Mirena se cumplió y Gina fue llamada a la Casa del Patriarca. Aun sin demasiado convencimiento, portó la Armadura de Orión por primera vez. Fue entonces que se arrepintió de no haberla aceptado antes. El Cosmos fluyó por sus venas en perfecta concordancia. El metal brilló blanco y límpido como nieve fresca. Cuando Gina percibió ese poder tuvo una súbita comprensión de los misterios de todas las armaduras. Lejos de conformarla, ese conocimiento le hizo desear aún más la armadura dorada. Subió por las escaleras dando alegres saltitos, emocionada y ansiosa por lo que vendría. Tal era su orgullo por su primera misión que no se acordó de tener miedo. El Patriarca Shion la esperaba al final de la escalera. Se veía espléndido en armadura. Nunca en todos sus años en el Santuario lo había visto de ese modo. Se le ocurrió que si él mismo iba a levantarse de su trono para ir a la misión, debía ser importante. Más razón de esto le daba que la estaba esperando allí. Sonrió cuando lo vio reflejando en el oro todos los colores del sol de la mañana.

-Buenos días –comenzó Gina. Shion sonrió mientras inclinaba la cabeza-. Te ves increíble –confesó-. Deberías haberte quedado así –bromeó. Shion lanzó una risita.

-A veces yo también lo pienso, como si me hubieran dado a elegir –ironizó-. Nos vamos juntos, es por eso-. Gina asintió. Shion comenzó a bajar las escaleras seguido de cerca por su hija, que caminaba a su lado.

-¿Dónde vamos? –soltó de pronto.

-A Canarazzo, un lugarcito en Italia que conoces. ¿Te acuerdas? –respondió con rapidez. Gina experimentó una punzada de miedo por primera vez.

-¿Cómo olvidarlo? Ha sido el peor día de mi vida como aprendiz –Shion asintió.

-No te preocupes, princesa –sonrió con dulzura-. Yo estoy aquí para cuidarte.

-¿De veras crees que no noto que hay otros motivos por los que vienes conmigo?

-Niña taimada –concedió-. Has aprendido la suspicacia de acuario, pero con tu propia terquedad –bromeó.

-Nuestra terquedad –remató Gina. Shion asintió mientras reía. Se sentía profundamente agradecido por el viaje que emprendían. No salieron por la entrada principal, sino por un pasaje oculto al finalizar el camino de las rosas. La muchacha nunca había sabido de ese lugar y sospechó que nadie más que ellos dos lo conocían.

-¿Sabes por qué envié a Mirena a Italia hace diez años? –Gina se encogió de hombros.

-Para arreglar la represa y prevenir la inundación.

-Pues la verdad es que no. Eso fue algo fortuito –Gina ahogó un suspiro de sorpresa-. No cumplieron la misión. A lo mejor ahora podemos terminar con el asunto –la chica pensó un momento.

-¿Cuál era la misión en Italia, entonces? –inquirió. Mientras caminaban salieron a un páramo de vegetación espinosa. Gina se sintió nerviosa y comenzó a patear las ramas a cada paso que daba, como si sirviera de algo. De no ser por la armadura, tendría las pantorrillas cubiertas de sangre. Shion la observaba intentar escapar de la vegetación con cierta gracia. Cuando Gina lo notó, lo increpó con la mirada para que contestara lo antes posible.

-He sentido un Cosmos poderoso allí –Gina frunció el ceño-. Antes de que puedas replicar, la respuesta es no. No estoy buscando a tu madre. Es un Cosmos muy joven, seguramente un niño pequeño. Siento curiosidad porque no es un Cosmos puro de su generación.

-¿Qué quiere decir? No entiendo.

-Lo que quiero decir es que el Cosmos de este niño o niña ha sido, en parte, heredado. Quiere decir que sus progenitores también tenían o tienen Cosmos poderosos –explicó. Gina se sintió personalmente afectada. Pensó en Mirena antes de replicar.

-¿Quiere decir que sus padres son Caballeros? –Shion se encogió de hombros.

-No necesariamente. Hay más guerreros en este mundo.

-¿Qué pasó hace una década? ¿Por qué no enviaste a otro Caballero a completar la misión de Mirena? –tragó saliva-. ¿Por qué la escogiste a ella para esa misión particular? ¿No crees que ha sido cruel? –Shion resopló mientras despegaba los abrojos de su capa con cierta pereza.

-Son muchas preguntas.

-Tienes mucho tiempo para contestar –remató Gina con mal tono.

-¿Me has perdido el respeto? –inquirió Shion entrecerrando los ojos-. Aunque me trates con confianza, tú más que nadie deberías demostrarlo. Doblemente, como Patriarca y como tu padre.

-No te he perdido el respeto –siguió, levantando la voz-. Sencillamente me provoca un gran enfado que hagas sufrir a mi Maestra.

-No ha sido así, Gina. No envié a otro Caballero porque sólo ella tendría el instinto apropiado para encontrar y proteger ese pequeño Cosmos. Teneo no hubiera podido hacerlo, por ejemplo. Por el enlazamiento cuántico –la muchacha asintió con pesar-. No ha sido cruel. Hablé con ella por largo rato para explicarle cómo eran las cosas. Ha hecho un gran trabajo de preparación que, francamente, no tenía por qué compartir contigo. Sabía a lo que se enfrentaba, tanto dentro como fuera de su alma, y lo aceptó como un Caballero hecho y derecho. Eso es más valiente que verle la cara a un espectro. A veces las misiones como son afuera, son dentro. ¿Entiendes?

-Entiendo –balbuceó Gina con pesar-. ¿Esta misión es una de esas? –Shion asintió-. Pero falló en la misión. ¿Qué ocurrió?

-El Cosmos desapareció y por estos años no he vuelto a saber de él. Después de aislarlo y experimentar con él, he llegado a la conclusión que lo que percibimos venía de otra época –Gina puso expresión de confusión-. Es decir, el portador de ese Cosmos aún no había nacido.

-Entonces si pudieras ¿enviarías otra vez a Mirena a completar la misión?

-Por supuesto –admitió Shion-. Pero llegamos juntos a esta solución en la que te envía a ti en su lugar, Gina de Orión.

-No me ha dicho nada de eso –la acusó a la lejanía.

-Es lógico. Lo arruinaría con expectativas.

-Antes has dicho que sólo ella tenía el instinto necesario para esta misión –Shion se encogió de hombros.

-Yo también –afirmó-. Lo sabrás cuando tengas tus propios hijos –dijo sonriendo-. Más adelante, mejor –bromeó. Gina lanzó una risa nerviosa.

-¿Y esta vez hallaremos al portador del Cosmos? ¿Crees que ya ha nacido? –Shion asintió-. ¿Y qué tal si es un Cosmos malvado?

-Nadie nace siendo malvado, princesa. Los seres humanos estamos naturalmente inclinados a la bondad. Por eso, podemos redimirnos –explicó y luego se encogió de hombros-. Por eso no me preocupo. Un niño pequeño nunca tendrá maldad-. El corazón de Gina punzó súbitamente con un recuerdo. Se revolvió incómoda.

-¿No pensaste eso de mí el día que nos conocimos? –balbuceó. Shion se detuvo en seco y le indicó con una seña que hiciera lo mismo. Se acercó despacio y en un movimiento que no esperaba, la abrazó con fuerza. Sintió el contacto en su Cosmos, reflejando las armaduras. Él suspiró profundamente y cerró los ojos antes de hablar con lentitud.

-Nunca pensé nada malo de ti, ni por un segundo –afirmó-. Nada de lo que digas o hagas me llevaría a hacerlo. Me haces feliz con tu mera existencia –Gina sintió un nudo en la boca del estómago. Hizo un esfuerzo por no llorar.

-Papi –balbuceó-, perdón por preguntar algo tan tonto –Shion lanzó una carcajada.

-No pasa nada –admitió, encogiéndose de hombros-. Cualquier excusa es buena para hacerte mostrar vulnerabilidad y, de paso, regalarte un poco de cariño –bromeó. Siguieron caminando.

-¿Por qué quieres verme vulnerable? –inquirió.

-Porque me gusta abrazarte –admitió, risueño-. Además, para acrecentar tu Cosmos. Tal vez esto sea muy fácil, pero tal vez tengamos que pelear. ¿Crees que estás preparada?

-No tengo ni idea –admitió Gina.

-Bien. Esa es la respuesta correcta, princesa –sonrió, animándola a seguir avanzando.