Volvía a despertar en la misma vieja, deplorable casa, siendo aturdida por los gritos de padres desesperados, quienes al principio discutían haciendo gestos con sus manos hasta acabar sumergidos en la violencia, siendo ambos únicamente advertidos por una adolescente, su hija, quien, vacilante y aterrorizada, se estremecía de pies a cabeza por la situación que creía haber provocado. Los ojos del padre habían sido siempre grises, pero ese día parecían arder de furia, y lo demostraba mediante su accionar frente a la postura defensiva de su esposa, hasta que esta perdió el equilibrio y cayó directo al suelo, golpeándose la cabeza con el sillón.

Para cuando el hombre se dio la vuelta en busca de su hija, esta había ido ya a sacar un cuchillo grande de la cocina, el cual sostenía con sus dos temblorosas e inexpertas manos, mientras miraba lloriqueante el cuerpo de su madre en el suelo y comprendía, entonces, que estaba sola; el aspecto inocente y juvenil que portaba sólo hizo reír a su padre, que se abalanzó sobre ella como una fiera salvaje, mientras esta simplemente cerraba los ojos con fuerza, como si de esa forma lograra deshacer lo inevitable.

El tiempo pareció detenerse, así como su entero corazón. La adolescente sintió sus manos completamente húmedas y cálidas, y cuando volvió a abrir los ojos se percató, para su asombro, de la sangre que brotaba como un manantial carmesí del pecho de su padre. Los ojos oscuros se clavaron fijamente en ella confundidos y asustados, como si ya no la reconociera, y largó un profundo gemido de dolor cuando el cuchillo se enterró aún más en su piel, causando que se tambaleara y cayera de espaldas, con la adolescente sobre él.

El terror, el odio y la desesperación se fundieron en un único sentimiento, y cuando el hombre intentó asfixiarla como última maniobra de salvación, ella ya se encontraba liberando toda esa fuerza en un frenesí de sangre que nunca antes había experimentado; sentía cómo el cuerpo adulto se estremecía de dolor bajo el suyo, ahogándose en su propio mar de sufrimiento, cuyas olas eran perturbadas por el incontrolable deseo de la joven.

El padre tenía una sonrisa retorcida y amarga, no dejaba de mirarla lleno de satisfacción y victoria, pero hacía tiempo que había cedido al profundo sueño y, no obstante, la adolescente no soportaba el peso de ese rostro, quería hacerlo desaparecer, necesitaba destruirlo en todas las formas posibles, incluso aunque ya no hubiera rostro en él que fuera capaz de mirar.

Tras unos eternos segundos se detuvo, y la conmoción azotó cada parte de su mente como cientos de agujas, su corazón latía tan rápido que no podía pensar con claridad, ni siquiera se percató de cómo había quedado el cuerpo de su padre, pues tenía la vista clavada en algún punto lejano, mientras sucumbía ante el inexplicable sentimiento que se adueñaba de todos sus sentidos, hasta dejarla adormecida, en completa armonía.

Cuando la madre recuperó la consciencia, ya era demasiado tarde. Tenía una herida sangrante en la cabeza y un corte en el labio, probablemente debido al golpe, pero no pareció importarle. Lo primero que hizo fue dirigirse a la hija para apartarla de aquel desastre, quitándole el cuchillo que todavía seguía afianzado a sus manos, como si no pudiera o no quisiera dejarlo ir, y le dio entonces un profundo abrazo, transmitiéndole el tan ansiado calor de madre.

Sin embargo, la joven ya no era capaz de sentirla, pues se hallaba inmóvil como un cadáver, tan desapegada a la realidad como si hubiera dejado de existir, como si se hubiera ido con su padre. Y en ese mismo instante, el ruido de una puerta quebrándose llegó desde la otra estancia, seguido de pasos, lo que alertó a la mujer incitándola a tomar de la mano a su hija, quien estaba tan abstraída en sí misma que no comprendió la situación en absoluto, y se dejó llevar tanto como una almeja al ser sorprendida por la marea.

-¡Somos de la Oficina de Seguridad Pública! -profirió de forma autoritaria un sujeto de cabello corto y negro-. ¡Suelte el cuchillo!

La mujer se había manchado de sangre y se separó de su hija con las manos en alto, soltando el cuchillo instantáneamente. Sin embargo, esta vez la adolescente parpadeó cuando vio aquella arma automática apuntar hacia el tembloroso y delgado cuerpo de su madre, y al presenciar su temida transformación, se arrojó al verdugo tal manotazo de ahogado. Sus manos aferraron el aire, a medio metro del muchacho que se preparaba para llevar a cabo su trabajo, con una sonrisa atontada como si fuera un simple juego para él, cuando el de cabello negro y ojos grises la retuvo.

Ya era tarde para la mujer, y en una fracción de segundo se vio reducida a tripas y carne frente a los tres presentes, como fuegos artificiales. El disparo y el olor a muerte la arrastró hacia la realidad, y Yashiro abrió los ojos de golpe incorporándose en el asiento. Había extendido su mano derecha hacia adelante instintivamente, justo como había hecho de niña. Sentía una opresión en el pecho como si se estuviera asfixiando, pero de a poco, su pulso volvió a la normalidad y apoyó la cabeza de nuevo en el respaldo, bajando la mano. Su cuerpo era un manto húmedo y frío, como si hubiera acabado una maratón mientras se hallaba en reposo.

No sabía en qué momento se había quedado dormida durante el viaje, pero al despertar se encontraba sola en el coche, y descubrió a la figura de su acompañante cuando este le abrió la puerta para que bajara. Fue tan sólo un instante, pero llegó a vislumbrar el reflejo decrépito de su rostro en el espejo retrovisor. Las cuencas de sus ojos arrugadas y enrojecidas debido al insomnio, la palidez de su piel que le daba un aspecto enfermizo.

Cuando Makishima le ofreció su mano para ayudarla a salir, Yashiro correspondió ante el gesto de manera inconsciente, puesto que su mente seguía sumida en el más profundo sueño, y los recuerdos ejercían una fuerza sobre todo su cuerpo, arrebatándole las ganas de continuar; su propio peso parecía agotarla y de pronto se sintió entrada en años, como si el tiempo hubiera transcurrido más rápido de lo esperado. Makishima apretó el agarre durante una milésima de segundo, y cuando se separaron, Yashiro logró recuperar sus sentidos, teniendo que entornar la vista unos instantes para incorporarse a la realidad, y poder al fin volver a alzar la mirada.

Desconocía de dónde provenían los ingresos de Makishima, además de su sueldo como profesor, pero era evidente que recibía ayuda externa para comprar todo lo que necesitaba. Desde el equipo de extracción, compuesto por varios hombres que seguían sus órdenes, hasta los sitios de interés que establecían como sus propios centros clandestinos. Se hallaban en una especie de estacionamiento subterráneo vacío, que ya no se utilizaba. A medida que avanzaban, no pudo evitar sentirse cohibida ante la oscuridad que reinaba en el ambiente, dominando casi por completo a una simple luz que se hallaba encima del ascensor.

La camioneta que había visto antes se hallaba también aparcada, pero los hombres de Makishima no se encontraban cerca, así que llegó a la conclusión de que habrían llegado antes que ellos. Al buscar alrededor indicio alguno que revelara la ubicación, lo único que halló fue un silencio confortante. Debían estar lejos del centro de la ciudad, o por lo menos en algún lugar inhabitado. Conociendo a Makishima, estaba segura de que la última opción era más factible. No llegaba a escuchar sonido alguno, ni coches andando ni personas volviendo del trabajo. Comenzaba a preguntarse qué habría pasado con Sasayama, puesto que no lo había visto de vuelta.

-El ejecutor está arriba, esperándote -rompió Makishima el silencio, en un tono oscuro e hipnotizante.

Ambos caminaban lentamente, uno al lado del otro, recorriendo el enorme estacionamiento en dirección al pequeño elevador. Makishima tenía las cejas arqueadas de una manera solemne e indescifrable, y durante largos segundos permanecieron en silencio, sin intercambiar apenas una mirada. Cuando Yashiro por fin ladeó la cabeza hacia él entornando los ojos, se detuvo en seco, provocando la misma reacción en el otro, como si pudiera intuir cada uno de sus pensamientos.

-¿Esperándome?

El tono abrupto y ronco que utilizó captó la atención de Makishima, quien se dio la vuelta suavemente para enfrentarla, al principio perdiéndose en un punto más alto que ella, hasta arquear una ceja e inclinar su rostro, con una mirada que parecía ablandarse a medida que estudiaba sus entonces confusas facciones, como si la interrogante expuesta fuese tan obvia, que le resultaba graciosa. Yashiro contempló sus ojos, cayéndose, una vez más, en el abismo que exhibían. Uno que empezaba a aclararse, como la lejana luz en un túnel solitario.

Sin embargo, antes de que Yashiro entreabriera los labios para volver a preguntar al respecto, fue de repente atraída por un movimiento detrás de él, y al mirar encima de su hombro, descubrió a dos figuras saliendo del ascensor. Una de ellas llevaba consigo un revólver, y en cuanto vio a Makishima se adentró corriendo en la oscuridad, seguido de la otra figura más pequeña y lenta. Cuando estuvo a unos metros, alzó sus brazos para apuntar hacia él.

Sasayama tenía el cabello echo girones, cuyo color natural se mezclaba con un rojo oscuro. La ropa tenía pliegues en todas partes, recordatorio de las peleas por las que había pasado. Transcurrió casi un minuto entero hasta que por fin ladeó la cabeza hacia ella, de una manera lenta y angustiante como si hasta la propia gravedad le afectase. Tenía el labio inferior ligeramente cortado y de su nariz caía un hilo de sangre. Uno de sus ojos estaba entrecerrado, y la piel alrededor un poco rojiza.

Cuando Sasayama se conectó con ella sus ojos se abrieron de golpe desbordando de frustración, pero en especial, desconcierto. Se hallaba boquiabierto ante su presencia, como si creyera que fuese una alucinación producida en respuesta a la soledad del estacionamiento. Sin embargo, a medida que transcurrían los segundos y se cercioraba de que la joven era una imagen real, sus labios se fueron cerrando suavemente, hasta que tragó saliva y se limitó a cerrar los ojos, incapaz de seguir viéndola.

Yashiro se hizo a un lado más rápido de lo que habría llegado a admitir, situándose unos pasos por delante de Makishima. El ejecutor la observó con más atención y una sonrisa iluminó su tétrico rostro. En ese momento, la figura de la joven Kirino emergió desde las sombras, arrimándose a Sasayama hasta quedarse justo detrás de él, como un pequeño ángel guardián que revoloteaba alrededor. Cuando la mirada de Yashiro se encontró con la de ella, sintió una pesadumbre en todo su pecho y sus ojos se entrecerraron, incapaces de verla de nuevo como alguna vez había hecho.

-Yashiro -susurró el ejecutor en un tono lastimero, más para sí mismo-. Tenías razón. Caminé por un sendero empinado y, ahora, ustedes se resbalaron conmigo.

Fue entonces que Makishima se giró hacia la voz, permaneciendo totalmente erguido con una expresión lúgubre, casi cadavérica, como si la interrupción lo exasperara en tal grado, que deseaba desintegrar a los intrusos con el simple ámbar de sus ojos. Estaba desarmado, pero no parecía importarle en absoluto. Yashiro sintió que la respiración se le volvía más pesada, su rango de visión se centraba por completo en el revólver robado de Sasayama. Se volvió hacia Makishima, quien observaba impasible y despreocupado a quien amenazaba con llevarse su vida, como si en silencio lo incitara a apretar el gatillo.

-No puede ser -susurró la joven Kirino con una voz quebrada, mientras señalaba a la otra estudiante-. Después de todo lo que pasamos…

Yashiro llenó sus pulmones de aire al percibir el dolor en cada facción de Toko, quien pasó a mirarla como quien se topa con una desconocida en medio de la calle. Recordaba entonces a quien la había dejado inconsciente, pero una parte de ella no deseaba creerlo, y al verla junto al carcelero todo su aspecto se transformó para dejar pasar al odio.

-Sólo hay una manera de poner fin a esto -sentenció Sasayama en una mueca animal e inhumana.

Yashiro sintió que el tiempo se detenía mientras advertía el movimiento del gatillo, y el suspiro aliviado de la joven Kirino llegaba a sus oídos. Llegó a vislumbrar un hilo de sangre en la frente de Makishima, podía verlo cayendo en cámara lenta, de espaldas al suelo, y el sonido que producía contra el cemento se quedaba grabado en su mente, haciendo un eco rotundo en todo el estacionamiento. El grito de horror de Toko la dejó sin aliento, en la misma posición, incapaz de sentir el frío aire nocturno, o la sonrisa modesta pero sombría de Makishima clavada en su espalda.

El primer proyectil salió dirigido muy cerca de Toko, pero cuando el ejecutor intentó cambiar de dirección para apuntar a Yashiro, esta volvió a apretar el gatillo, llegando a acertar en un costado de su abdomen. Sasayama soltó un grito ahogado y su cuerpo dio una vuelta como si de un trompo se tratase, antes de chocar de espaldas contra el suelo de cemento. Yashiro no fue capaz de sentir el revólver de Toma en sus propias manos, pero el eco de los disparos la hizo alzar la mirada.

Makishima chasqueó la lengua, dando unos pasos alrededor mientras observaba a Yashiro, quien seguía sosteniendo el arma con manos temblorosas, como si estuviera unida a su tacto en cuerpo y alma, viéndose incapaz de dejarla ir. Con la respiración entrecortada y los ojos más plateados de lo normal, esta se acercó al ejecutor, que se había llevado la mano al pecho en un inútil intento de contener el sangrado, y se estremecía ante la calidez escarlata que coloreaba parte de su vientre.

-Yashiro…

La joven se abalanzó hacia él como una fiera, extendiendo su mano a una velocidad ininteligible. El ejecutor echó la cabeza hacia atrás ligeramente y entrecerró los ojos. Su rostro comenzó a sudar y su respiración se aceleró. El cañón de la pistola permanecía fijo apuntando a su frente. Los ojos de Yashiro estaban completamente fríos y oscuros, como si de repente hubiera dejado de ser ella misma. Sasayama tragó saliva. Temblaba como un perro bajo la lluvia y sus dientes siseaban al sentir el calor en su piel.

-Esta es una oportunidad que no debes dejar pasar, Yashiro -susurró Makishima con magnificencia, cual serpiente rodeando a un ratón-. Lo que siempre soñaste desde aquel momento, ahora puedes hacerlo realidad.

Durante todo ese tiempo el ejecutor los observó a ambos con un brillo lúgubre en sus ojos, uno que Yashiro jamás había visto antes pero que era capaz de comprender. El silencio continuó acrecentándose como un morboso espectador, y cuando Sasayama se percató del extraño vínculo entre ambos negó con la cabeza instintivamente, deteniéndose en la figura de Yashiro como pidiendo ayuda. Sin embargo, la joven no respondió a sus silenciosas plegarias, tan sólo se lo quedó mirando con los ojos entrecerrados, cual niño pequeño al divisar una insignificante hormiga en el suelo.

Los ojos del ejecutor resplandecían como si deseara gritar algo, pero de su garganta no salían palabras más que gemidos de dolor, y su cuerpo se hallaba petrificado, impotente ante la transparencia que aquella mirada ejercía sobre él. Yashiro hizo una mueca con sus labios, deseando apartarlo de su vista en ese mismo instante, y en el momento en que su dedo acarició el gatillo, la figura de Toko se interpuso en su línea de visión, colocándose junto al muchacho para intentar ayudarlo con el sangrado. Cuando esta se volteó hacia ella, al borde de las lágrimas, Yashiro vio el horror en cada una de sus facciones.

-Adelante, dispara -soltó el ejecutor bruscamente-. ¿No es eso lo que querría tu madre?

Yashiro apretó el revolver con un renovado ahínco, entreabriendo los labios y enseñando sus dientes en una mueca repulsiva. No dejaba de ver al dominador en acción, al rostro inocente y atontado del ejecutor cumpliendo las órdenes impuestas por el sistema. Aun podía vislumbrar el líquido rojo bañando todo el suelo frente a ella, mientras contemplaba los restos de lo que alguna vez había sido un cuerpo humano.

-Ella no merecía eso. No tenía que acabar todo así. ¿Por qué no me eligió a mí? ¿qué tengo yo de diferente? ¿cómo hace entonces para distinguir a una asesina de una inocente?

Sasayama entornó los ojos lentamente, dejándose ofuscar por el significado detrás de las palabras. De repente, la punzada que cubría su pecho como enredadera había pasado a segundo plano, y se concentró en la vulnerable pero peligrosa imagen que Yashiro ofrecía, con unas tenues pero claras lágrimas rodeando sus mejillas. Sasayama negó con la cabeza, sin poder creer en lo que escuchaba. No se veía capaz de enfrentar la realidad que exhibía su mirada, y durante unos largos segundos sus labios se mantuvieron firmes, conteniendo la fría avalancha que arrasaba en su garganta.

-Tú…

Yashiro no fue consciente del remordimiento en la voz del ejecutor, quien fruncía el ceño de una manera exacerbada al percatarse, horrorizado, que el caso que se había cerrado años atrás, tenía un culpable diferente. Había matado a una inocente, y nada podía hacer para recompensárselo a la joven. Ni siquiera atisbó a decir otra palabra, pues temía que Yashiro se enfureciese aún más y le metiera una bala en el cráneo.

Yashiro sintió la sangre salpicándose en sus mejillas. Pudo ver la forma en que la cabeza del ejecutor se estiraba hacia atrás, decorándose de un rojo casi hipnotizante. Y luego, el cuerpo de su madre reemplazándolo hasta convertirse en una masa de carne machucada. Las manos de Yashiro temblaban ante la imagen, mientras su dedo índice bailaba junto al gatillo con cierta timidez. Bajó la mirada para centrarse en el cañón del revólver, y todo su cuerpo se desprendió de su mente, dejándola a la deriva.

Al igual que Kozaburo Toma con su propia madre, Yashiro había soñado con ese instante desde hacía años. De diferentes formas, en distintos lugares, pero siempre había añorado llegar a esas circunstancias. En esos momentos, una parte de ella deseaba, necesitaba jalar el gatillo. Hacerlo desaparecer, justo como a su padre. El ejecutor comenzaba a perder la conciencia, sus ojos no podían mantenerse abiertos por mucho más tiempo.

Yashiro se inclinó ligeramente hacia adelante, alzando de nuevo el arma para apuntar directo a su rostro, con una energía sorprendente, y a la vez, fugaz. Sus ojos se entrecerraron volviéndose de vidrio, y a sus espaldas, Makishima enarcó una sonrisa expectante y llena de satisfacción. Sin embargo, una vez más se veía incapaz de jalar el gatillo. El recuerdo de su madre invadió cada rincón de su mente, pero se disipó casi al instante, y por primera vez Yashiro sintió el gélido abrazo del más absoluto vacío.

El primero en sorprenderse fue Makishima, quien al contemplar la forma en que se erguía por completo, bajando su brazo con lentitud, arqueó una ceja sin poder creer en lo que veía. El ejecutor estaba inconsciente bajo los brazos de la joven Kirino, debido a la pérdida de sangre, y lo último que llegó a escuchar fue un amargo suspiro. Yashiro percibió que la menor relajaba su cuerpo, pero no dejaba de observar con la misma suspicacia, recordándose de dónde había provenido la bala.

-Qué decepción -manifestó Makishima con una voz grave y autoritaria, negando con la cabeza-. Después de todo lo que hizo, ¿lo perdonas?

Con una última inclinación de cabeza en dirección al ejecutor, y a pesar de que era consciente de que podría morir si no recibía atención médica, Yashiro se dio la vuelta, conectando su mirada con la defraudada de Makishima. Al principio todo su cuerpo se entumeció, reacio a acercarse al hombre que se hallaba a unos metros de distancia, hasta que logró controlar sus impulsos y comenzó a caminar hacia adelante.

-¡Espera! -soltó la joven Kirino con un hilo de voz-. ¡No puedes dejarlo así tirado!

Yashiro se giró a medias y la observó de reojo, justo en el momento en que esta se estiró en su dirección, quedando desplomada en el suelo. Tenía las mejillas enrojecidas y un brillo apagado en su mirada. A pesar de que Yashiro había evitado una última bala, para ella Mitsuru Sasayama estaba muerto. Cada vez que observaba a Toko su pecho se inflaba, dejándola sin aire, y esa vez el esfuerzo que tuvo que hacer para continuar fue doblemente mayor. Makishima notó la forma en que sus párpados se cerraron, más de lo normal, mientras que el plateado en el iris centellaba con una peculiar discreción.

Cuando se volvió hacia Makishima este frunció las cejas ligeramente, siendo iluminado por su férrea determinación cual diamante en bruto. Por primera vez, el ámbar en sus ojos resplandeció de la frustración, y sus facciones se ensombrecieron a medida que se fundía en la mirada de la joven. Sin embargo, en un efímero instante cambió de dirección para ver algo a espaldas de ella, y Yashiro escuchó un golpe seco, seguido de un sonido agudo como de algo que se arrastraba por el suelo.

Toko se había deslizado hasta llegar a donde se encontraba el revólver de Sasayama, y en un parpadeo logró ponerse de pie, comenzando a disparar en dirección a Yashiro, quien corrió para situarse detrás de una columna, evitando los proyectiles. Toko no tenía buena puntería, pero uno de ellos dejó un rastro en el pilar, a centímetros de su brazo, y Yashiro sintió un escalofrío recorrer su espalda, hasta que los disparos cesaron y escuchó un ruido grave, como de algo romperse. Cuando se inclinó para buscar a la chica, distinguió la silueta de Makishima a sus espaldas, rodeándole el cuello con uno de sus brazos.

Al separarse de la columna, Yashiro reconoció la pistola en manos de Makishima, que se encontraba a escasos centímetros de Toko, rozando su mejilla. Sin embargo, en aquellos instantes lo que a Toko menos le importaba en el mundo era su propia vida, y su mirada hambrienta estaba fija en la de ella. Para entonces los hombres de Makishima habían arribado y se encontraban alrededor, formando un círculo. Yashiro no necesitó pronunciar palabra alguna, tan sólo lo fulminó con la mirada, con más desesperación que odio, y Makishima tardó unos segundos en acceder a aquella súplica.

Yashiro dejó escapar un suspiro de alivio cuando Makishima la soltó. Era un hombre que parecía carecer de escrúpulos al hacer bailar sobre un hilo la vida de un ser humano, incluso si se trataba de un inocente. Para él, no había nada más importante que lo que le asegurara la victoria en su partida, y las piezas de su tablero eran sencillamente controladas por su mano, o abandonadas en cuanto dejaban de proveerles una ventaja. Podía entrever aquel rostro bajo la máscara, interponiéndose en la realidad.

Yashiro dio unos pasos hacia la joven y esta, al notar su cercanía, se retorció como un animal e intentó alcanzarla desde el suelo con las manos, sorprendiéndola hasta el punto de hacerla caer hacia atrás, pero uno de los hombres logró detenerla en el momento en que intentó abalanzarse sobre su cuello, reteniéndola en el suelo. La joven Kirino gruñía como una hiena que es atrapada, con los ojos inyectados en sangre. Yashiro parpadeó ante el repentino golpe y tardó unos instantes en volver a incorporarse, encontrando, de esa forma, a la figura de Makishima a su lado, quien pareció examinarla como un cuervo hasta que decidió regresar a sus hombres.

-Llévense al ejecutor -ordenó él, sin esperar respuesta-. No permitan que muera, lo necesito vivo.

Yashiro le dirigió una mirada a uno de los sujetos, y lo reconoció al instante como aquel que la había encontrado en el pasillo junto a Toko. A pesar de denotar seriedad en su trabajo y a la hora de dirigir a los demás, Yashiro llegó a discernir por su aspecto que se preocupaba, tal mano derecha, por Makishima. Seguía sus órdenes sin una sombra de duda en su rostro, pero no parecía tan manso y ciego como los demás, tenía sus propios motivos y el dinero no debía ser uno de ellos.

-¿Qué hacemos con la chica? -preguntó uno más joven, señalando con el pulgar a Toko.

-Enciérrenla -respondió Makishima convencido-. Y procuren que no escape otra vez.

Los hombres se pusieron en marcha, ascendiendo a través del ascensor hasta que Yashiro los perdió de vista. Se había abstraído tanto en la cabeza gacha de la joven Kirino que tardó en advertir la reciente presencia de Makishima, pero cuando lo hizo, caminó hacia él lentamente y se detuvo a un metro de distancia, siendo analizada de pies a cabeza como si fuera la primera vez que se encontraban.

-Nunca lo perdonaré -arremetió Yashiro, ladeando la cabeza en su dirección-. Pero su muerte no me devolverá a mi madre, y el placer que me producirá… será sólo un instante...

Makishima alzó las cejas durante una fracción de segundo, absorto tanto por sus palabras como por el filo excepcional de su voz, hasta que soltó una irónica y profunda carcajada, negando con la cabeza.

-En mi vida he conocido a muchos que se han deslizado por la pendiente de la venganza… pero es la primera vez que conozco a alguien consciente de su perpetuidad, de lo rápido que corrompe tu alma y de lo inútil que es para saciar tu sed.

Yashiro no pudo evitar sentir un estremecimiento ante sus palabras, las cuales se asemejaban a un susurro melodioso y, a la vez, a un grito ahogado de recuerdos a los que sólo él tenía acceso.

-Nos engañó a todos desde el principio -admitió ella llevando la vista al frente-. A Toma, para evitar que asesine a Sasayama, y a mí… para que intente tomar venganza. Todo esto… ¿con qué fin?

Yashiro arrugó la frente, tratando de buscar las respuestas por sí misma. Era entonces cuando se daba cuenta de lo poco que lo conocía, a pesar de que la similitud entre ambos le resultaba inexorable. El abismo se había abierto frente a ella, y podía sentir que la gravedad tiraba de su mente, guiándola hacia la penumbra.

-Desde pequeño me gusta escuchar las historias que tienen que contar los demás...

-Observa un cuadro e idealiza a su pintor -se adelantó Yashiro-. Termina de leer una novela, y lo primero que se pregunta es en qué se inspiró el escritor…

-Todo el mundo tiene secretos, deseos que suprime para formar parte de la sociedad -continuó Makishima, en un éxtasis soñador-. Yo les enseño a aceptarlos, hacerlos realidad, y observo qué tan intensa es la luz que emiten.

-Y cuando esa luz ya no es lo suficientemente atractiva, deja que se apague por sí sola o promueve su ofuscación…

-Te ves sorprendida -contestó Makishima en un tono divertido, colocándose una mano en la cadera mientras alzaba su rostro y lo retornaba hacia ella-. Si aceptas que no todas las rosas emanan el mismo olor… ¿no estarías dispuesta a dejar arder el valle, con tal de salvar aquella que viste florecer?

Yashiro no respondió y eludió su mirada por una milésima de segundo, tragando saliva y perdiendo la vista en distintas direcciones. Sus ojos brillaban a pesar de que retenía el resplandor con toda la fuerza de voluntad que le quedaba. Makishima, en cambio, la observaba con enorme regocijo, consciente de que la tenía en sus brasas. Cuando Yashiro decidió por fin girarse y darle la espalda, completamente erguida, se mantuvo en la misma posición durante unos segundos, con la intención de marcharse y, a la vez, escuchar el sonido de su voz por última vez.

-¿Cómo sé que cumplirá su palabra? -inquirió ella en un tono severo, echándole una mirada de reojo.

-Cuando llegue el momento, lo sabrás.