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Capitulo 27
Daniel entró en la cocina y se detuvo con los brazos cruzados sobre el pecho, apoyándose en el marco de la puerta. Candy se quedó mirando su hermosa cara de ojos ambar y pelo marron cobrizo corto, sin creerse lo que estaba viendo.
Al convencerse de que no lo estaba imaginando, dio un grito y salió corriendo hacia la puerta, tratando de sortearlo. La gran mano de Neall se apoyó en el otro lado del quicio, barrándole el paso. Ella tuvo que agarrarse de su brazo para no caerse hacia atrás.
—Por favor —le rogó—, déjame salir.
—¿Qué manera es ésta de recibirme después de todo este tiempo?—Neall le sonrió, retirando el brazo y enderezándose cuan alto era, es decir, casi metro ochenta.
Candy se encogió de miedo junto a la puerta, buscando a su alrededor un lugar por donde escapar.
Aunque no era exageradamente alto, Neall resultaba muy intimidante. La arrinconó y, una vez la tuvo segura en una esquina, le dio un gran abrazo.
—¡Neall, suéltame! —exclamó ella, tratando de escapar y de respirar.
Él apretó con más fuerza, esbozando una sonrisa malvada.
—Vamos, Candy, relájate un poco.
Candy siguió resistiéndose.
—¡Tengo novio! ¡Suéltame!
—Y a mí qué me importa que tengas novio.
Se acercó mucho a su cara y ella temió que fuera a besarla. Pero no lo hizo. Se frotó íntimamente contra su cuerpo y la toqueteó, riendo al ver su expresión de asco.
—Vaya, sigues siendo fría como el hielo. Creía que tu novio tal vez te habría curado. —La miró de arriba abajo con lujuria—. Al menos, sé que no me estoy perdiendo nada. Aunque me parece insultante que le hayas dado a él lo que no quisiste darme a mí.
Candy se apartó y fue hasta la puerta principal. Abriéndola, le hizo un gesto para que se marchara.
—Vete. No quiero hablar contigo. Papá volverá en cualquier momento.
Neall se le acercó lentamente, como un lobo acechando a un cordero.
—No me mientas. Sé que se acaba de marchar. Al parecer han tenido problemas en la bolera. Alguien ha quemado el edificio. Tardará horas en volver.
Candy parpadeó nerviosa.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo he oído por la radio. Estaba en la zona, así que me ha parecido el momento ideal para venir a visitarte.
Candy trató de mantener la calma, mientras analizaba sus alternativas. Era inútil salir corriendo, porque Neall la atraparía en seguida y se enfadaría aún más. Por otra parte, si permanecía en la casa, tenía alguna posibilidad de coger el móvil, que estaba en la cocina.
Con una sonrisa falsa y un tono amable más falso todavía, dijo:
—Has sido muy amable de venir a verme. Pero los dos sabemos que lo nuestro se acabó. Tú conociste a otra persona y ahora eres feliz con ella. Dejemos el pasado atrás, ¿no te parece?
Estaba tratando de que no se notara lo nerviosa que estaba y no lo estaba haciendo mal.
Hasta que Neall se acercó y le acarició el pelo con ambas manos, llevándose mechones a la nariz para olerlos.
—No fue una cuestión de felicidad. Era sólo sexo. Ella no es de ese tipo de chicas que puedes llevar a casa de tus padres a cenar. Tú, al menos, eras presentable. Aunque me decepcionaste mucho.
—No quiero hablar de eso.
Él agarró la puerta y la cerró de un portazo.
—No he acabado. Y no me gusta que me interrumpan.
Candy dio un cauteloso paso atrás.
—Continua, Neall.
—Dejémonos de gilipolleces. Los dos sabemos por qué estoy aquí. Quiero las fotos.
—Ya te dije que no las tengo.
—No te creo. —Le cogió el collar con una mano y la atrajo hacia él.
—¿De verdad quieres jugar a este juego? He visto lo que tiene Natalie y sé que las fotos existen. Si me las das ahora, seguiremos siendo amigos. Pero no me provoques. No he conducido tres horas para aguantar tus chorradas. No me importa cuántos collares de perlas te pongas. ¡No vales nada! —exclamó, tirando de nuevo del collar.
Candy levantó las manos para detenerlo.
—Por favor, para. Estas perlas eran de Pauna.
—Oooh, eran de Pauna. Disculpa. Lo que vale este collar me lo gastaba en ti cada semana —replicó, tirando una vez más, desafiante.
Candy tragó saliva con dificultad y Neall notó el latido irregular de su pulso bajo los dedos.
—Natalie está mintiendo —repuso ella—. No sé por qué, pero ya te he dicho que no me llevé ninguna foto tuya. Y no tengo ningún motivo para mentirte. Por favor, Neall.
Él se echó a reír.
—Impresionante actuación, pero eso es lo que es, una actuación. Sé que estás furiosa conmigo por lo que pasó y creo que te llevaste un recuerdo para vengarte de mí.
—Si eso fuera cierto, ¿no las habría sacado ya a la luz? ¿Por qué no enviarlas a un periódico o pedirte dinero por ellas? ¿Por qué iba a guardarlas durante más de un año? ¡No tiene sentido!
Neall la atrajo hacia él y le dijo al oído:
—No eres demasiado espabilada, Candy. No me cuesta demasiado creer que puedas tener algo guardado y que no sepas sacarle partido. ¿Por qué no subimos al piso de arriba? Así yo podré ir buscando las fotos y tú podrás tratar de ponerme de mejor humor.
Succionándole el lóbulo de la oreja, se lo mordió ligeramente.
Ella inspiró y espiró hondo un par de veces, haciendo acopio de todo su valor. Alzando la vista hasta sus fríos ojos ambar, dijo:
—No pienso hacer nada hasta que no me quites las manos de encima. ¿Por qué no puedes comportarte?
La mirada de Neall se endureció, pero la soltó.
—No te preocupes. Me portaré muy bien contigo —la tranquilizó, dándole unas palmaditas en la mejilla—, pero espero algo a cambio. Si no piensas darme las fotos, tendrás que darme otra cosa. Ya puedes empezar a pensar en lo que puedes hacer para que me vaya de aquí con una sonrisa en la cara.
Candy se encogió.
—Las cosas han cambiado mucho, ¿verdad? Creo que me lo voy a pasar muy bien.
Abrazándola con fuerza, estampó la boca abierta sobre la de ella.
A las seis y media en punto, Albert se excusó por levantarse de la mesa y se dirigió al salón para esperar la llamada de Candy, que no llegó.
Miró el buzón de voz. Nada. Tampoco tenía ningún mensaje de texto. Ni ningún correo electrónico. A las siete menos diez, la llamó. Como no respondió, le dejó un mensaje:
«¿Candice? ¿Estás ahí? Llámame».
Al colgar, buscó el listín telefónico en el iPhone y el número de la casa de Rob. El teléfono sonó y sonó, hasta que saltó el contestador. Albert colgó sin dejar ningún mensaje.
«¿Por qué no responde al teléfono? ¿Dónde está? ¿Y dónde está Rob?».
Una sospecha espantosa se abrió camino en su mente. Sin perder un instante en despedirse, salió de casa, se subió al todoterreno y se dirigió a casa de Rob a toda velocidad. Por el camino, siguió tratando de conectar con Candy o con Rob telefónicamente. Si lo paraba la policía, mucho mejor.
La victoria estaba tan cerca que Neall casi podía paladearla. Sabía que Candy no era una persona fuerte y estaba acostumbrado a utilizar su debilidad en su propio provecho.
Cuando ella lo había mirado a los ojos y le había asegurado que no tenía las fotos, la había creído. Era mucho más probable que fuera Natalie quien lo estuviera engañando, desviando su atención de sus propios planes de venganza. Pero cuando tuvo a Candy entre sus brazos, se olvidó de las fotos y se embarcó en un nuevo propósito.
Sin hacer caso del timbre del teléfono ni de las notas de Message in a Bottle que sonaban de vez en cuando en el iPhone de Candy, Neall siguió besándola y tirando de ella hasta que quedó montada a horcajadas encima de él, que se había sentado en el sofá.
Seguía tan frígida como siempre. Se notaba que apenas toleraba su contacto. Sus brazos y su cuerpo estaban lánguidos, sin fuerzas. A Candy nunca le había gustado que le metiera la lengua en la boca. Nunca le había gustado que le metiera nada en la boca. Cuando empezó a moverse para liberarse, Neall se excitó. Recorriéndole la boca con la lengua, notó que su erección crecía y topaba contra la barrera de la cremallera.
Siguió besándola hasta que ella no pudo soportarlo más y le empujó el pecho con los puños. En ese instante, Neall supo que era el momento de pasar a otras actividades. Candy se resistió mientras él le desabrochaba los botones de la blusa.
—Por favor, no lo hagas —suplicó ella—. Por favor, suéltame.
—Te va gustar —se burló él, riéndose y manoseándole el culo—. Me aseguraré de que pases un buen rato y luego te soltaré.
Con la boca le recorrió la mandíbula y descendió por el cuello, succionando en un punto por encima de las perlas.
—No creo que quieras que volvamos a pelearnos como la última vez, ¿no, Candy?
Ella se echó a temblar.
—¿Candy?
—No, Neall.
—Bien.
Al tener los ojos cerrados, no vio la marca que le había dejado Albert a escasos centímetros. Tampoco le habría importado. Ya había decidido marcarla para que, al volver a Canadá, su novio viera a qué se había estado dedicando. Una marca para ajustarle las cuentas. Tras succionar con toda la fuerza que pudo, le clavó los dientes.
Candy gritó de dolor.
Él le lamió la herida, saboreando el gusto a la vez dulce y salado de su sangre. Cuando acabó, se retiró para contemplar su obra.
Iba a tener que llevar jerséis de cuello alto para que no se le viera y sabía que ella los odiaba. La marca era tremenda, enorme, y contra su superficie roja destacaban dos hileras de dientes. Era perfecta.
Candy lo miró a través de sus largas pestañas y Neall vio que algo cambiaba en su expresión. Excitado, se pasó la lengua por los labios. De repente, ella le dio una violenta bofetada. Sin darle tiempo a reaccionar, salió disparada del salón y corrió escaleras arriba.
—¡Mala puta! —bramó Neall, saltando tras ella.
Antes de que llegara al último escalón, la alcanzó. Sujetándole el tobillo con ambas manos, se lo retorció. Candy se cayó de rodillas, aullando de dolor.
—Voy a darte una lección que nunca olvidarás —la amenazó, agarrándola del pelo.
Ella volvió a gritar cuando le echó la cabeza hacia atrás.
Desesperada, le dio una patada que lo alcanzó en la entrepierna. Neall la soltó y se dobló sobre sí mismo antes de caerse rodando por la escalera. Candy fue saltando a la pata coja hasta su habitación y cerró la puerta con llave.
—¡Espera a que te ponga las manos encima, puta! —la amenazó él a gritos, agarrándose la entrepierna con las dos manos.
Mientras, ella apuntaló la puerta con una silla y empezó a tirar de la cómoda para reforzar la barricada. Varias fotos en marcos antiguos se cayeron mientras trataba de desplazar el pesado mueble. Una muñeca de porcelana se estrelló contra el suelo. Sin hacer caso del dolor que sentía en el tobillo, fue hasta el extremo opuesto de la cómoda y la empujó.
Neall se lanzaba contra la puerta sin dejar de proferir insultos y amenazas.
Finalmente, Candy logró desplazar la cómoda. Esperaba que eso le diera el tiempo necesario para llamar a Albert antes de que Neall se abriera paso. Fue dando saltos hasta la mesilla de noche, donde había un teléfono, pero con la urgencia lo tiró al suelo.
—¡Mierda!
Recogió el teléfono del suelo con dedos temblorosos y marcó el número de Albert; le salió el buzón de voz. Mientras esperaba el pitido para dejar mensaje, Candy observó horrorizada cómo la puerta empezaba a ceder ante los golpes de Neall.
—¡Albert, ven a casa de mi padre en seguida! Neall está aquí. ¡Está tratando de tirar abajo la puerta de mi habitación!
Entre gruñidos y maldiciones, Neall seguía arremetiendo contra la madera. Cuando lograra romperla, volcaría la cómoda y la atraparía.
«No hay nada que hacer. Voy a morir», pensó Candy.
Pues no veía posible que pudiera salir de aquella situación sin graves heridas o algo peor. Tenía que hacer algo. Soltó el teléfono y abrió la ventana, dispuesta a salir por allí. Cuando estaba levantando la pierna sobre el alféizar, vio que el todoterreno de Albert se detenía derrapando frente a la casa. Lo vio saltar fuera del coche y correr hacia la entrada principal. Mientras lo hacía, gritó el nombre de ella y Neall, al oírlo, soltó una maldición.
El sonido de pasos subiendo rápidamente la escalera llegó seguido del ruido de pelea y una cascada de insultos y maldiciones. Algo pesado se desplomó y Candy oyó que alguien caía rodando por la escalera.
Se acercó a la puerta casi destrozada para escuchar, pero los ruidos parecían llegar ahora del exterior de la casa. Volvió cojeando hasta la ventana y, al asomarse, vio que Neall estaba tumbado en el suelo, maldiciendo y cubriéndose la nariz con las manos. Contuvo el aliento al ver que se levantaba con la cara cubierta de sangre. Un segundo después, la sangre que le salía de la nariz se mezcló con la que le salía de la boca cuando Albert le partió el labio de un gancho de derecha.
—¡Cabrón! —gritó Neall, escupiendo, antes de lanzarse sobre Albert.
A pesar de los golpes recibidos, fue capaz de alcanzarlo en pleno plexo solar de un puñetazo.
Albert retrocedió mientras recuperaba el aliento. Neall avanzó entonces otro paso, ansioso por aprovechar la momentánea debilidad de su enemigo, pero Albert se recuperó rápidamente y ganó terreno, alcanzándolo en el estómago con un doble golpe.
Neall se dobló por la cintura y se dejó caer de rodillas.
Albert enderezó los hombros y relajó el cuello moviendo la cabeza a un lado y a otro. Parecía calmado, vestido con una camisa Oxford y una americana de tweed, como si fuera de camino a una reunión de la universidad en vez de estar pateándole el culo al hijo de un senador de Filadelfia.
—Levántate —ordenó, en un tono de voz que hizo que Candy se estremeciera.
Neall gimió, sin moverse.
—¡He dicho que te levantes! —Albert se cernía sobre él como un ángel vengador, hermoso, terrible, implacable.
Al ver que el otro seguía sin moverse, lo agarró del pelo y le echó la cabeza hacia atrás.
—Si se te ocurre volver a acercarte a ella, te mataré. La única razón por la que sigues con vida es porque Candice se disgustaría si me metieran en la cárcel. No voy a dejarla sola ni un segundo después de lo que has hecho, enfermo hijo de puta. Si una fotografía o un vídeo de alguien que se parezca a ella, aunque sea remotamente, aparece en un periódico o en Internet, vendré a por ti. He resistido combates de diez asaltos contra tipos duros de Boston y he vivido para presumir de ello, así que no dudes ni por un momento de que la próxima vez te machacaré.
Con un último gancho de izquierda a la mandíbula, lo dejó inconsciente en el suelo. Luego se sacó un pañuelo del bolsillo y se limpió la sangre de los nudillos. En ese preciso instante, ella apareció tambaleándose en la puerta.
—¡Candy! —Albert la sostuvo cuando estuvo a punto de caerse por los escalones del porche—. ¿Estás bien?
La bajó al suelo con cuidado y la abrazó.
—¿Candy? —repitió, retirándole el pelo para poder verle la cara.
Tenía los labios rojos e hinchados, arañazos en el cuello, la mirada perdida y… ¿aquello era un mordisco?
«¡Esa bestia rabiosa la ha mordido!».
—¿Estás bien? ¿Te ha…?
Albert bajó la vista con temor de lo que fuera a encontrarse, pero no tenía la ropa rasgada y, por suerte, estaba vestida, aunque tenía la blusa desabrochada.
Cerrando los ojos, dio gracias a Dios por no haber llegado demasiado tarde. No quería ni imaginar lo que podría haber pasado.
—Ven conmigo —dijo con firmeza, quitándose la chaqueta y echándosela a ella sobre los hombros. Tras abotonarle la camisa, la condujo hasta el asiento del acompañante y cerró la puerta—. ¿Qué ha pasado? —preguntó, mientras se sentaba al volante.
Candy se agarraba el tobillo murmurando incoherencias.
—¿Candy? —Al ver que no respondía, alargó la mano para retirarle el pelo de la cara.
De un salto, ella se pegó a la puerta.
—Candy, soy yo, Albert —le dijo horrorizado—. Voy a llevarte al hospital. ¿De acuerdo?
Ella no pareció haberlo oído. No lloraba ni temblaba. «Está en estado de shock», pensó Albert. Sacándose el teléfono del bolsillo, llamó a William.
—¿Will? A Candy le ha sucedido algo. —Se detuvo y la miró de reojo—. Su antiguo novio se ha presentado en casa de su padre y la ha atacado. Voy a llevarla al hospital de Sunbury. Sí, puedes ir allí directamente. Hasta ahora.
Luego se volvió hacia ella, deseando que le devolviera la mirada.
—William se reunirá con nosotros en Sunbury. Avisará a un médico amigo suyo.
Candy tampoco respondió. Antes de arrancar, Albert buscó el teléfono de la central de bomberos y le dejó un mensaje a Rob, explicando lo que había pasado.
«Es culpa de su padre. ¿Por qué coño la ha dejado sola?».
—Le he pegado. —La voz de Candy, demasiado aguda, interrumpió sus pensamientos.
—¿Qué?
—Él me ha besado, pero yo le he dado una bofetada. Lo siento. Lo siento mucho. No lo haré nunca más. Yo no quería besarlo.
En ese momento, Albert dio las gracias por tener que llevar a Candy al hospital. Si no tuviera que ocuparse de ella, habría regresado a la casa y habría rematado a Neall.
Ella empezó entonces a decir cosas raras. Repitió que Neall la había besado y habló de una tal Natalie. A Albert también le pareció que hablaba de él, de que ya no querría acostarse con ella porque la habían marcado y porque era un desastre en la cama…
«Pero ¿qué demonios le ha hecho ese desgraciado?».
—Chist, Beatriz. Mírame. ¿Beatriz?
Le costó unos instantes reconocer ese nombre, pero cuando lo hizo, los ojos de Candy recobraron la nitidez.
—Nada de esto es culpa tuya, ¿lo entiendes? —dijo él—. No es culpa tuya que te besara.
—No quería engañarte. Lo siento mucho —murmuró ella.
Ante su tono de voz y el pánico que vio en su mirada, Albert sintió que la bilis le subía a la garganta.
—Candy, no me has engañado, ¿de acuerdo? Y me alegro mucho de que le hayas pegado. Se lo merecía. Eso y más. —Negó con la cabeza preguntándose qué habría pasado antes de su llegada.
Cuando William llegó al hospital, los encontró a los dos en la sala de espera. Albert le estaba acariciando a Candy el cabello y le hablaba al oído suavemente. Era una escena muy tierna, pero lo que lo sorprendió fue el grado de intimidad que se notaba que existía entre ellos. Lo sorprendió mucho.
Mientras esperaban a que llegara el amigo de William, éste examinó el tobillo de Candy con delicadeza. Ella soltó un gritito. Al mirar a Albert de reojo, vio que éste estaba haciendo grandes esfuerzos para controlarse.
—Creo que no está roto, pero es evidente que está lastimado. Albert, ¿por qué no vas a buscarnos una taza de té y unas galletas?
—No pienso dejarla sola —contestó él.
—Sólo será un momento. Me gustaría hablar con Candy.
Asintiendo a regañadientes, Albert desapareció camino de la cafetería.
William no pudo evitar fijarse en el cuello de la joven. El mordisco era muy evidente. La otra marca, no tanto. Era más antigua. Tenía por lo menos un día o dos. Era obvio que la relación entre Candy y su hijo adoptivo estaba más avanzada de lo que pensaba.
—Pauna trabajaba en este hospital como voluntaria.
Candy asintió.
—A lo largo de los años trató con mucha gente distinta —continuó William—, pero llegó a ser experta en víctimas de violencia doméstica. —Suspiró—. Fue testigo de casos muy tristes, en algunos de los cuales se vieron envueltos niños y niñas. Algunos tuvieron un desenlace fatal. —Mirándola a los ojos, añadió—: Te diré lo que Pauna les decía siempre a las víctimas: «No es culpa tuya». No importa lo que él haya hecho ni lo que te haya obligado a hacer. No te lo merecías. En estos momentos me siento muy orgulloso de mi hijo.
Candy bajó la vista hacia su tobillo magullado y guardó silencio.
Un instante después, un hombre asiático de aspecto agradable entró en la sala.
—Hola, William —lo saludó, caminando hacia él con la mano extendida.
William se puso en pie en seguida y se la estrechó.
—Stephen, quiero presentarte a Candy White, una amiga de la familia. Candy, él es el doctor Ling.
Éste asintió y le pidió a una enfermera que la acompañara a una sala de exploración. Él las siguió poco después, tras asegurarle a William que la trataría como si fuera su propia hija.
Sabiendo que Candy quedaba en buenas manos, William fue a buscar a Albert a la cafetería, pero nada más salir al pasillo se lo encontró discutiendo con Robert White.
—¡Creo que sé de quién puedo fiarme y de quién no! —le gritaba Rob, casi pegado a su cara, tratando de intimidarlo cosa que no parecía conseguir en absoluto.
—Pues es obvio que no, señor White, o no habría tenido que sacar a esa rata a rastras de su casa para impedir que violara a su hija en su propia habitación.
—Caballeros, estamos en un hospital —les recordó William muy serio—. Vayan a discutir a la calle.
Rob lo miró, antes de volverse de nuevo hacia Albert.
—Me alegro de que Candy esté bien —dijo en tono más calmado—. Y si eres tú quien la ha ayudado, te doy las gracias. Pero acabo de recibir una llamada de la policía diciéndome que le has dado una paliza al hijo del senador Talbot. ¿Cómo sé que no has sido tú quien lo ha empezado todo? ¡Tú eres el drogadicto!
—Me haré un test de drogas —replicó Albert con los ojos brillantes—. No tengo nada que ocultar. En vez de preocuparse por el hijo del senador, ¿no cree que debería preocuparse de su hija? Protegerla a ella era su obligación como padre. Y no puede decirse que haya hecho un gran trabajo. Joder, Rob, ¿cómo pudo enviarla de vuelta a casa de su madre cuando era niña?
El hombre apretó los puños con tanta fuerza que sus venas parecieron a punto de estallar.
—No sabes de qué estás hablando, así que cállate. Hay que tener narices para venir a darme sermones sobre la educación de mi hija, siendo un cocainómano con antecedentes por violencia. Como vuelva a verte cerca de ella, haré que te arresten.
—¿Que no sé de qué estoy hablando? Vamos, Rob, saque la cabeza de debajo del ala y afronte las cosas. Estoy hablando de todos los hombres que entraban y salían de casa de su ex mujer en San Luis y que se la follaban delante de su hijita. ¿Y qué hizo usted al respecto? La rescató cuando estaba a punto de convertirse en una víctima de abusos sexuales y al cabo de unos meses la devolvió con su madre. ¿Por qué? ¿No se portaba bien? ¿Le quitaba demasiado tiempo? ¿Tiempo que prefería pasar en el cuartel de bomberos?
Rob lo miró con un profundo odio. Tuvo que recurrir a todo su autocontrol para no liarse a puñetazos con él allí mismo. O, aún peor, ir a buscar la escopeta que guardaba en la furgoneta y pegarle un tiro. Pero no iba a hacer ni una cosa ni otra al lado de una sala de espera llena de gente. En vez de eso, maldijo entre dientes y fue a la ventanilla de admisiones para pagar la factura del hospital.
Cuando Candy regresó, andando con la ayuda de muletas, Rob ya se había tranquilizado. Estaba al lado de la puerta de urgencias. La culpabilidad lo ahogaba.
Albert se acercó a ella rápidamente, mirándole el tobillo vendado con preocupación.
—¿Estás bien? —le preguntó.
—No lo tengo roto. Gracias, Albert, no sé qué habría hecho si…—Por fin fue capaz de llorar, pero las lágrimas no le permitieron seguir hablando.
Él le rodeó los hombros con un brazo y le dio un beso en la frente.
Rob los observó un momento antes de acercarse a William. Los dos amigos se dijeron unas palabras y se estrecharon la mano.
—Candy, ¿quieres venir a casa? William dice que puedes quedarte con ellos si lo prefieres —le propuso Rob, moviendo los pies a un lado y a otro, incómodo.
—No puedo ir a casa —dijo ella y, apartándose de Albert, abrazó a su padre con un solo brazo.
Con los ojos llenos de lágrimas, él se disculpó y se marchó.
William deseó buenas noches a la pareja y se marchó también, dejándole a Candy privacidad para llorar tranquila.
Albert se volvió hacia ella inmediatamente.
—Podemos comprar las medicinas de camino. Anny puede dejarte algo o puedes ponerte mi ropa. A menos que prefieras pasar por casa de tu padre a buscar tus cosas.
—No puedo volver allí —gimió, doblándose sobre sí misma.
—No tendrás que volver si no quieres.
—¿Y… y… él?
—No tienes que volver a preocuparte por ese asunto. La policía ya lo ha detenido.
Candy lo miró a los ojos y casi se perdió en la calidez y la preocupación que reflejaban.
—Te quiero, Albert.
Al principio, él no reaccionó. Se quedó inmóvil, como si no la hubiera oído. Pero en seguida la expresión de su cara se suavizó.
La abrazó, con muletas y todo, y la besó en la mejilla sin decir ni una palabra.
CONTINUARA
