Los aplausos sumieron el auditorio en un frenesí de gloria cuando las egresadas de la Academia Ousou recibieron su diploma, y caminaron en fila para situarse en el centro del escenario, formando una hilera perfecta. Durante un extenso minuto se mantuvieron al margen, dejándose embriagar por el significado de aquel acto y las suaves luces de la sala.
A pesar de todo, siempre le tendría un cariño incondicional a aquella academia. Había pasado una parte importante de su vida dentro de sus paredes, conociendo personas que llegaron a aportarle muchas cosas, y jamás podría sencillamente olvidarla. De ninguna forma se lo permitiría. Aunque no volvería a ver a la mayoría de ellas, los momentos que había pasado, las conversaciones que había mantenido y, en especial, las cosas que había logrado aprender, permanecerían por siempre en su memoria.
Yashiro fue de las primeras en ser recibida con un caluroso abrazo por las demás, y cuando los adultos comenzaron a salir del auditorio, llegó a divisar un asentimiento de cabeza por parte de su profesora de literatura. Era la primera vez que la veía sonriendo, y correspondió ante el gesto de la misma forma. Entre tantos rostros desbordantes de alegría, hubo uno que, a pesar de hallarse silencioso e inmóvil, logró detenerle el corazón.
Yashiro siempre lo reconocería sin importar a qué distancia se encontrase, y se alejó de sus compañeras para dirigirse a la figura, que se mantenía a la espera con las manos juntas delante. Se encontraba completamente erguida observándola desde la distancia, como si estuviera desconectada del ambiente circundante. Yashiro logró pasar entre el gentío de familiares y estudiantes con una ligera brusquedad, llevándose consigo un par de miradas confusas. Cuando estuvo a algunos escalones de distancia se detuvo, quedándose de pie mientras contenía la respiración.
-Felicidades, Yashiro.
La voz de Rikako sonó tan confiada que por un momento su sonido la rodeó, acallando a todas las demás alrededor. La diferencia de altura no pareció importarles, se limitaban a analizarse mutuamente como si hubieran pasado años desde la última vez que se habían visto, o como si el tiempo las hubiera arrasado a ambas, llevándose consigo aquello que alguna vez fueron.
-Estás aquí -afirmó Yashiro, entrecerrando los ojos con un breve parpadeo.
La menor, por el contrario, frunció los labios en una grácil sonrisa. Rikako siempre había sido una persona que cuidaba el tono de su voz y cada uno de sus movimientos, pero Yashiro la percibía distinta esa vez. Parecía observar desde otro lugar, uno más elevado, como si fuera una mera espectadora.
-¿Acaso dudaste de mí?
El silencio se abrió paso entre ambas, a pesar del constante ruido que había en el auditorio. Yashiro subió un escalón más, contemplando la forma en que la diversión se disipaba, poco a poco, de la comisura de aquellos delgados labios.
-¿Dónde has estado? -decidió interrogar Yashiro.
-Iba a preguntarte lo mismo…
Yashiro alzó el rostro unos milímetros y dejó escapar un resoplido, mientras arqueaba una ceja. Durante unos segundos perdió la mirada en un punto más alto que ambas, y cuando se volvió a ella de nuevo relajó sus hombros y cuerpo, sintiendo que la fuerza empezaba a abandonarla.
-La jaula está abierta ahora -sostuvo Yashiro observando cada atenta facción de su rostro-. El salto es difícil, el vuelo… eterno.
-Encontrarás el camino -contestó Rikako en un tono firme y enigmático-, así como me lo mostraste a mí.
Yashiro tragó saliva y bajó la mirada por unos instantes. Sus ojos liberaron un esplendor que logró pasar desapercibido, en cuanto una dubitativa e inocente sonrisa se asomó a medias en sus labios. Cuando volvió a alzar su rostro para observarla fijamente, la amatista en su mirada la hizo parpadear un par de veces, y tuvo que entornar la vista como si, en aquellos momentos, lo que veía quemara sus párpados.
Todo su cuerpo se encontraba entumecido, reacio a continuar viviendo, pero fue luego de unos segundos que logró tomar el control, y subió los escalones restantes lentamente hasta quedarse unos centímetros frente a ella. Rikako bajó la mirada, fundiéndose en el plateado cuyo brillo había desaparecido por completo. Y entonces, sin pedir permiso, Yashiro se acercó aún más, rompiendo aquella barrera íntima, y la rodeó con sus brazos.
Rikako sintió un ligero escalofrío en su espalda, tanto de pánico como de placer, y sus ojos se abrieron de golpe. El contacto fue suave al principio, pero luego Yashiro hundió el rostro en su hombro, inhalando profundamente la fragancia de aquella calidez como si buscara retenerla en su memoria. Rikako tardó unos segundos en dejarse llevar, relajando todo su cuerpo, y le devolvió el gesto con la misma intensidad, permitiéndose adormecer por el sonido de su respiración.
-Eso se sintió como un adiós -musitó la menor cuando se separaron.
Yashiro no respondió al instante, tan sólo la observaba cual niña pequeña a punto de quedarse dormida, como si en verdad no hubiera sido capaz de escuchar sus palabras.
-Quiero verte allí arriba -declaró Yashiro, en un susurro solemne e inalcanzable.
Rikako entrecerró los ojos al mirarla, advirtiendo que se mantenía igual de imponente dejando en claro que hablaba en serio. Estaba dispuesta a poner de vuelta un pie en la academia, sólo para verla egresarse. Estuvo a punto de objetar algo en su contra, pero al final le dedicó un último asentimiento de cabeza, y entonces, Yashiro la rodeó sin decir una palabra o acaso cruzar una mirada, de una manera tan lenta, que parecía ella misma obligarse a tomar distancia de su presencia. Rikako ladeó la cabeza en su dirección, pero se quedó fija en el suelo cuando la perdió de vista. Suavemente, se centró de nuevo en el auditorio.
Yashiro se vio envuelta una vez más entre las risas y los elogios. Transcurrieron como unos quince minutos hasta que se despidió de sus compañeras, quienes comenzaron a irse junto a sus familiares, y decidió observar el patio de la academia una última vez, desde uno de los balcones del comedor. Durante un largo rato apoyó sus manos en la baranda, perdiendo la mirada en el oscuro e hipnotizante cielo nocturno. Levemente inclinada hacia adelante, la luz de la luna reflejaba sobre ella de una manera misteriosa y sobrenatural.
-Hermosa vista, ¿no crees? -escuchó una apacible voz a sus espaldas.
Makishima se encontraba apoyado de lado en uno de los pilares, contemplándola con una sonrisa indescifrable. A pesar de que era profesor de otros cursos, había asistido a aquel acto por decisión propia. Yashiro sintió su pecho inflarse durante unos segundos, siendo incapaz de voltearse ante él. No esperaba dicha compañía, y el eco de su voz la dejó extrañamente cohibida.
-Es difícil dejarlo ir.
Makishima bajó la vista unos instantes hasta por fin preguntar, con una naturalidad que la hizo cerrar los ojos:
-¿Te despediste?
-No exactamente -confesó Yashiro, respirando profundo.
-No le dijiste la verdad.
Yashiro volvió a perder la mirada en el patio, en la fuente artificial.
-¿Qué pasará con ella ahora?
Makishima la observó cuando se atrevió por fin a girarse, aflojando todo su cuerpo al conectar con aquel ámbar. Si no fuera porque tenía unos agudos oídos, probablemente no la habría escuchado.
-Yo no me preocuparía por eso -aseguró él, torciendo el gesto.
Yashiro hizo una mueca de ironía con sus labios, y arqueó una ceja mientras negaba con la cabeza, intentando sonreír, aunque segundos posteriores, fallaba inevitablemente.
-Esa sonrisa es la de un lobo al entrar a un gallinero.
Makishima amplió el gesto con delicadeza cual tímido amanecer, pero no pudo contener una larga y pausada carcajada, sorprendido de su intuición por enésima vez. El tiempo volvía a parecerles un espectador lejano, y no fueron conscientes de su paso mientras se estudiaban el uno al otro.
-Creí que necesitaba a Sasayama para obtener información de la Oficina de Seguridad Pública -sostuvo ella, rompiendo el silencio-. Nunca mencionó que se lo entregaría a Toma…
-No necesitabas saberlo. Tuviste al ejecutor en tus manos, pero decidiste dejarlo ir. Ahora, ya no hay testigos que puedan corroborar la participación de Rikako Oryo.
Yashiro cerró los ojos durante unos segundos y exhaló aire pesadamente. Cuando los volvió a abrir, el frío que transmitían era casi palpable, pero no lo afectó en absoluto, parecía hallarse cubierto por un grueso caparazón.
-¿Dónde está Toma?
El repentino silencio de Makishima la hizo cruzarse de brazos, mientras se apoyaba de espaldas a la baranda un tanto impaciente.
-Fue capturado por miembros de la Oficina de Seguridad Pública, pero no se sabe nada de él.
Yashiro sintió que su respiración se volvía pesada, el ambiente se tornaba más fresco y asfixiante. No pudo evitar cerrar los ojos durante unos segundos, alzando la cabeza de manera instintiva. El aire nocturno caló fuerte hasta sus huesos, y tuvo que hacer un enorme esfuerzo para incorporarse a la realidad. El muchacho frente a ella permanecía impasible, con la misma sonrisa que, en aquellos instantes, carecía de todo sentido para Yashiro.
Por primera vez desde que lo había conocido, le dio la espalda para aferrar la baranda con sus manos. A pesar de que podía comprender cada una de sus intenciones, últimamente lo observaba y sentía un vacío en todo su cuerpo. Cuanto más lo conocía, más impenetrable se volvía para ella. Esa indiferencia que exponía su mirada la inquietaba a un nivel que no podía comprender, se daba cuenta entonces de que le importaba poco y nada el estado de Toma, aquel profesor con el que había mantenido tantas conversaciones. Lo había utilizado desde el principio sin este ser consciente, y a pesar de que le sorprendía que haya sido atrapado, podría olvidarlo rápidamente porque, para él, sólo era una herramienta cuyo filo podía ser reemplazado.
-Toma puede estar muerto o desaparecido. Las personas como él no tienen un lugar asegurado en este mundo. Esto es, porque son una carga para el Sistema Sibyl, son el error que contradice su fundamento -sentenció Yashiro en un tono lúgubre, más para sí misma-. Encontraré a Toma.
Makishima entreabrió los ojos lentamente y se separó del pilar para acercarse a ella, hasta quedar justo a su lado posando ambas manos sobre la baranda. Tenían la vista perdida en el cielo, como si ambos buscasen inspiración en la negrura carente de estrellas.
-Abramos la Caja de Pandora, Yashiro. Veamos qué hay detrás del Sistema Sibyl.
