-¿Ya todo acabó?

-Por el momento.

-No sé, yo no me confiaría.

En el laboratorio, el mundo se había detenido: la alarma seguía sonando, todos estaban quietos como estatuas, y al primer movimiento, se alertaban, incluso si era producto de sus propios nervios.

En el subterráneo, los soldados estaban apuntando a todas partes con sus armas, mientras los guardias vigilaban alumbrando con sus linternas.

En la superficie, cuando ya todo se calmó, los chicos optaron por separarse: Sho, Makoto y Ayumu irían a la montaña; Koei y Arthur irían al subterráneo; y por último, Kyoichi y Gabu irían al laboratorio. El rubio abrió un portal que llevó a los adultos al sector subterráneo, y ellos, antes de entrar, se despidieron con la condición de que avisaran cualquier problema.

Cuando el portal desapareció tras ellos, el mismo pensamiento cruzó por la cabeza de ambos, así que corrieron por los pasillos, en la misma dirección.

En cuanto desaparecieron, el terceto se despidió de los dos restantes, también con la condición de que dieran aviso a cualquier movimiento, y comenzaron a correr en dirección al monte.

Kyoichi y Gabu fueron los últimos en irse. Entraron a la base, metiéndose entre los escombros. Quizás era más fácil teletransportarse, incluso arreglar todo el desastre ocasionado, pero no querían llamar la atención, y sobre los arreglos, optaron por que eso se solucionaría cuando estuvieran literalmente libres, pues si el enemigo seguía al interior del edificio, lo más seguro es que volverían a destruir la superficie.

Así que Gabu, para bloquear un poco los espacios donde entraba el aire, empezó a derretir piezas de metal, sellando dichos lugares. Si el enemigo regresaba, esos espacios serían una ventaja para ellos, así que era mejor bloquearlo desde ya.

Los tres grupos corriendo simultáneamente, en distintas direcciones, pero todos con el mismo objetivo y un destino en particular.

El terceto corría separado en distintos puntos del bosque, ascendiendo por la montaña. Si miraban hacia arriba, buscando el final en ese mar de árboles, sólo veían oscuridad, probablemente un camino que no tenía fin. Con los meses de entrenamiento, se habían acostumbrado a subir por ahí, pero por alguna razón, en ese momento, lo sentían más largo. Debía ser porque en ese momento sí sentían el peso del tiempo sobre ellos.

Sho fue el primero en llegar, y cuando lo hizo, el lugar estaba sumido en las penumbras, por lo que no podía ver con claridad. Lo que sí, había algo fuera de lugar en el sitio donde se suponía debía estar la cabaña. En el rato en el que estuvo mirando, llegó la pelinegra a su lado y, tiempo después, llegó su hermanito.

Los tres juntos caminaron por el campo en dirección a la pequeña casa, y a cada paso que daban, se daban cuenta de lo destruido que estaba el campo, algunos árboles ni siquiera estaban en sus lugares y a muchos se les habían sido arrebatadas sus hojas.

-Sho, mira.

El castaño, que miraba con rabia a su alrededor, volteó a ver a su amiga que ya estaba frente a la cabaña, y cuando llegó a su lado, lo notó: no quedaba rastro intacto de cabaña. El sitio estaba vacío, pero las piezas de la misma estaban esparcidos a su alrededor.

-¿Qué...? -estaba tan sorprendido que ni siquiera podía pensar con claridad.

-Hermano -lo llamó Ayumu-. La caja donde guardamos las armas-

-Mierda -lo cortó, corriendo al sitio donde se suponía que debía estar la dichosa caja, pero no estaba ahí, sólo quedaba la huella.

-Sho, hay que volver y avisarle a los demás -dijo Makoto-. Sho -lo volvió a llamar, cuando se vio ignorada.

Esta vez, sí la escuchó. Notó el deje de preocupación en su voz, y para no preocuparla, decidió volver a su lado, sin ser consciente de la mirada que tenía encima, ni de la sonrisa diabólica que apareció en medio de la oscuridad, o del balón que rodó por lo que quedaba de la superficie de la cabaña.

Sin embargo, Makoto sí pudo notar algo extraño, y se alarmó cuando vio el balón.

-¡Corran! -advirtió, mientras agarraba a Ayumu y ella misma se pegaba la carrera de vuelta.

Sho volteó a ver el objeto y sin dudarlo, también comenzó a correr. No hubo aviso, no pudieron prevenir, no escucharon nada que los alertara de que la bomba iba a explotar y que el humo los abrazaría. El ardor se hizo presente e incrementaba, su piel quemaba, escuchar dolía y el sonido se apagaba, no podían mantener los ojos abiertos, respirar se hacía insoportable. Cayeron al suelo y, como se encontraban corriendo cerro abajo, rodaron hasta chocar contra un árbol, y lo que restaba de camino lo terminaron a rastras.

No sabían lo que estaba pasando, pero si de algo estaban seguros, era que nunca antes habían visto esa táctica.

Por otro lado, Koei y Arthur seguían corriendo por los largos, oscuros e infinitos pasillos de la parte honda de la base.

En el camino, pudieron ver los cuerpos inertes tanto de soldados como de guardias, incluso alguna que otra enfermera. La escena era grotesca de ver, parecían esos escenarios de película de terror, claro que presenciarlo en primera persona era distinto a verlo desde una pantalla y desde la perspectiva de una tercera persona.

Su camino se vio bloqueado por una compuerta cerrada, y seguramente las otras alternativas también estaban bloqueadas.

-¿Hay algún otro camino? -preguntó Koei.

-La única alternativa viable serían los conductos de ventilación -explicó Arthur-, pero sólo una persona muy pequeña podría pasar por ahí.

-Y sólo Shido y Ayumu pueden transformarse en algo de ese tamaño -el ninja terminó la frase-. Diablos...

-No importa -el caballero comenzó a retroceder-. Tratemos de buscar otro camino.

Justo cuando Koei comenzó a seguirlo, una explosión al otro lado de esa puerta voló la misma en pedazos, y la fuerza de la detonación también los mandó a volar, mientras ese sitio cerrado era causante de una forzada e insoportable claustrofobia.

-¡Koei, hay que regresar! -exclamó el platinado, pero no pudo seguir hablando.

El polvillo que despedía esa bomba sellaba todos sus sentidos.

Por último, Kyoichi y Gabu, al igual que los otros, seguían corriendo.

Había pasado mucho tiempo, y el hecho de no recibir novedades de sus amigos les preocupaba y les daba a entender que algo andaba mal.

En un momento pensaron en regresar a verlos, pero también pensaron que quizás estaban siendo muy paranoicos, además, todos tenían sus propios asuntos. Tal vez sólo no había sido posible.

Sin embargo, el instinto del rubio decía que algo andaba mal.

Doblaron en una esquina y se toparon con una silueta, con la que casi chocan, por lo que lo primero que pasó por sus cabezas fue agarrar el arma que tenían a mano: Gabu con una bomba y Kyoichi con una pistola.

El alivio se hizo presente al ver que sólo se trataba de Hitomi, quien a su vez, también los apuntó con la flecha. Y no la bajaba.

-Hitomi, eras tú -suspiró Gabu.

-¿Cómo sé que son ustedes y no un camuflaje del enemigo? -espetó la chica.

-De por sí, yo no soy muy normal.

-Bien, eso suena a algo que Kyo diría -Hitomi bajó el arma-. ¿Y los demás?

-Nos separamos y ahora íbamos al laboratorio -dijo Gabu, notando las manchas en su ropa.

-¿Estuviste en una masacre? -inquirió su novio, fijándose en lo mismo.

-Ayudé a Gia con los refugiados -bajó el pañuelo que cubría su nariz y su boca-. Luego me fui, me topé con unas cazadoras y, bueno... el resto ya lo sabes.

El rubio y el pelirrojo se miraron y después volvieron a Hitomi.

-Luego dices que eres una inútil -dijeron al unísono.

-Ya entendí, perdón -levantó las manos en señal de rendición.

-¿Cómo están las cosas en el laboratorio? -se atrevió a preguntar el pelirrojo.

-Hace mucho que salí de ahí -hizo una mueca-. De hecho, justamente me dirigía para allá; la alarma de emergencia sonó un largo rato, lo más seguro es que el enemigo siga cerca.

-¿Y qué estamos esperando? -dijo Gabu.

Sin más, comenzaron a correr, esta vez, en dirección al laboratorio.

Al interior de éste, la alarma había dejado de sonar, pero la gente aún se negaba a moverse. Los ruidos metálicos interrumpían el silencio sepulcral en que estaban sumidos, lo que los ponía nerviosos y en estado de alerta, pese a que pensaban, por un lado, que debían ser las tropas luchando contra el enemigo, pero de ser una batalla, sólo podían pensar que en cualquier momento llegarían.

El personal del laboratorio ocultó todo el material con el que trabajaban al momento de activarse nuevamente la alarma, y lograron hacerlo en tiempo récord para el momento en que un objeto, que apareció de la nada, rodó por la habitación y explotó, inundando la habitación en humo y destruyendo gran parte del lugar. El sitio se llenó en gritos de agonía, sintiendo el ardor recorrer a todos de pies a cabeza, y aunque el equipo de protección hizo su magia, nada les quitaba el dolor, así que ayudar era difícil para todos.

Los otros tres visualizaron las puertas del laboratorio en el momento en que las piezas volaron, así que improvisando una escapatoria, doblaron en una esquina, incluso si eran conscientes de que eso no los salvaría. Efectivamente, no pasó mucho cuando la nube los alcanzó y el ardor los obligó a caer al suelo, sin poder abrir los ojos, sintiendo que su piel quemaba y el ruido a su alrededor se apagaba.

...

No sabía cuándo, o en qué momento.

Su mundo era completa oscuridad, pero no le perturbaba como se suponía que debía hacerlo. Quizás era porque no conocía un mundo más distinto que la oscuridad a la que estaba acostumbrada. Quizás no existía más allá de un fondo negro. Un agujero oscuro, sin principio ni final.

Oía sonidos raros chocar contra sus oídos, muy fuerte, muy alto, muy... ensordecedor, perturbador. Arruinaba su calma, pero quizás así debía ser.

Pensó que debía ser igual que ese mundo oscuro, y simplemente era cosa de costumbre.

Momento... ¿pensaba?

¿Qué era pensar?

¿Qué significaba?

¿A qué se debía eso que pasaba por su cabeza?

¿Tenía cabeza?

No entendía nada. Ni siquiera esa palabra la entendía.

Entender. Comprender.

Y un día, por fin despertó. Ver siluetas fue abrumador, y ver colores aún más. ¿Qué eran las siluetas? ¿Qué eran los colores? ¿Eso era normal? ¿O era que tenía un problema?

Si le preguntaban cómo describiría a esas criaturas, no sabría qué responder. De hecho, ni siquiera sabía que tenía voz.

Sin embargo, el pensamiento fue algo que empezó a desarrollar con el tiempo, junto con el habla y el carácter. El ser humano era así, a medida que crecía, desarrollaba su persona, moldeaba su carácter, formaba su pensamiento y su ética le permitiría determinar qué era bueno y qué era malo. La diferencia... ella no era humana, no se sentía así, pero pensaba ¿era bueno matar sin remordimiento?

¿Cuál era la razón para que los seres con los que convivía se las agarraran con la primera vida que encontraban?

¿O era que ella estaba mal por pensar? ¿Por analizar?

¿Por sentir lástima por seres tan débiles, que corrían despavoridos cuando se enfrentaban al peligro?

¿Era normal sentir admiración por aquellos que luchaban?

¿Era normal identificarse con ellos?

-¿Qué son? -preguntó, mirando a la figura cubierta de la cabeza a los pies con una capa negra.

Su siniestra sonrisa se asomó bajo la sombra que brindaba su capucha, mientras su huesuda mano acariciaba su cabeza, con maligna suavidad.

-Seres patéticos, eso son.

Su nombre era Suiren. Sólo Suiren, o eso le habían dicho. No tenía apellido, no tenía un apodo, ni una marca que la identificara, sólo un nombre. Si dependiera de sus recuerdos, sonaban como ecos. No podía confiar en su memoria, hasta que la recuperara, pero no tenía ni un recuerdo de quién era.

Su nombre era Suiren. Nombre de múltiples significados, desde una planta de agua, hasta una característica más desafiante, el que produce fuego. Ella era fuego, sus ojos rojos eran como llamas ardientes en el infierno, que era donde estaba parada. Su cabello, largo, tan azabache, tan oscuro como la noche, haciendo contraste con su tez tan pálida cual papel, pero ¿acaso eso le daría un trato especial? ¿Acaso eso era algo increíble?

Momento... tenía ese extraño símbolo grabado en su espalda, como un doloroso y permanente tatuaje, pero recordaba el ardor cuando le dejaron esa marca que con el tiempo se convirtió en una cicatriz. Una cicatriz que la siguió torturando por el resto de sus días en el recuerdo de la agonía y sus largas y arduas horas de entrenamiento a escondidas.

Se le había asignado ese líquido extraño que le hizo olvidar todo lo que la identificaba. Obligada a perder hasta la última gota de su esencia. Había tratado de escapar y recibió el castigo. Aprendió la lección, nunca más lo intentaría. Sin embargo, su convicción en lograr ese cometido era más grande.

Debía cambiar su estrategia.

Era cosa de ver las actitudes del resto de sus compañeros y comenzar a imitarlos. Era cosa de quitarse los cables que tenía incrustados en su cuerpo y deshacerse de la sustancia que siempre le suministraban para así no dejar pruebas de que no estaba totalmente poseída. Era cosa de desaparecer cuando nadie estaba observando y fingir que estaba del mismo lado cuando en realidad buscaba cadáveres a los cuales desaparecer, mientras que a la gente moribunda la escondía en algún lugar y se quedaba a su lado hasta que perecieran, para así borrar todo rastro de su existencia con su veneno.

Se negaba a asesinar. Se negaba a hacer cosas que a ella no le parecían correctas. ¿Cuál era el sentido de atacar cuando la gente nunca les hizo daño? La compasión se acabó y sus compañeros comenzaron a morir, uno a uno, pero a ella no le importó. Total, se lo buscaron: ser una cazadora, o cualquiera de las criaturas de ese clan, representaba un peligro.

Tuvo el tiempo suficiente para entrenarse. Le daba igual resistir menos que sus compañeros, le daba igual desmayarse después de horas sin descansar, le daba igual la falta de energía porque se negaba a seguir los pasos de los que conformaban su clan. Con el tiempo se acostumbró, llegó incluso a superar al resto, su esfuerzo dio frutos y llegó el día en que, finalmente, la descubrieron.

Era hora de poner en marcha su plan y demostrar su fuerza. Fue difícil, pero con su agilidad, parecía pan comido.

Y fue pan comido.

Nadie pudo superarla. Nadie pudo igualar su habilidad.

Fue difícil.

Fue difícil esconderse. Fue difícil sobrevivir después de su huida. Fue difícil esconder sus raíces inculcadas y ganarse la confianza de la gente. Tuvo que correr una y otra y tantas veces de esos seres para los que representaba peligro, con tal de sobrevivir, huyendo de la muerte. Porque ella no quería morir, tampoco quería matar a esos seres, pero sabía que para ellos no era más que un arma letal de esa organización.

Y sólo a una persona le entró la curiosidad de por qué ella sólo escapaba y no intentaba atacarlos. Al final, ambos bandos tenían el mismo objetivo.

Ella también quería destruir a esa organización. También quería salvar ese lugar, a pesar de ser extraño.

Se preguntaba por qué. ¿Cuál era la razón para familiarizarse con seres distintos a ella, que tenían otras costumbres? Sin embargo, no importaba. Valió la pena al final del recorrido.

Sabía cosas que los demás no sabían y les facilitó información para darle al punto débil de su rival, pero se negaba a enfrentarse a ellos.

Nunca estuvo presente en los enfrentamientos, el tiempo se iba en esconderse en algún sitio secreto. Y el tiempo siguió su curso, dando hasta la información más irrelevante para atacar. Nunca defraudó a su gente, y nunca se le pasó por la cabeza envenenar a alguien, aún cuando rogaba por que su muerte llegara pronto.

Ellos eran su familia, y si en algún momento se le ocurría atentar contra ellos, se encargaría de acabar con ella misma.

...

El temor se esfumó en el momento en que su gente se vio atacada. En ese momento, dijo "basta".

Se encargó de retener a esa criatura en el aire, protegiendo a los chicos tirados en el suelo de ser su comida. Sus provisiones.

Se acercó lentamente, a paso decidido, hasta quedar frente a ella y agarrarla por el cuello, para luego clavarle sin piedad sus garras, matando instantáneamente a la que en algún momento fue su compañera. Su mirada se posó, furiosa, en la figura fantasmal que estaba a unos metros de ella, junto a muchos de su clan, devolviéndole la misma, ignorando el humo oscuro del cadáver al que acababa de apuñalar.

Hitomi levantó la cabeza para qué ocurría y fue testigo del duelo de miradas que llevaban ambos bandos. Los puños de la azabache estaban apretados de rabia, y le daba al ambiente una tensión que se podía romper con un solo movimiento.

-Vaya, vaya -escuchó la voz profunda del mayor responsable de las desgracias que habían seguido a su equipo desde más de un año, si lo veía desde el curso del tiempo de ese mundo-. Miren a quién tenemos aquí, a nuestra desertora favorita.

La mano de la pequeña azabache succionaba todo rastro de la nube tóxica, hasta que no quedara ni una partícula. Sus ojos color sangre se posaron en la figura que tenía al frente, a unos metros de donde estaba, acompañada del resto de su séquito, y dedicándole su clásica sonrisa puntiaguda y diabólica, tal como la recordaba. Por el rabillo de su ojo, pudo ver a la platinada y sintió la tensión. La chica estaba petrificada al no saber cómo reaccionar; un movimiento, por muy leve que fuera, podía significar el fin del mundo, o bien podía sacarlos de ese lío, mientras ella se encargaba de esa parte de la batalla.

-Enigma -lo llamó-. Corran lo más rápido que puedan y busquen a los otros chicos, pero por favor, no dejen de luchar.

Hitomi, extrañada, volteó a ver a su novio, que en todo ese tiempo lo protegió el hiperestado, a pesar de que lo activó cuando el humo ya lo había alcanzado, de modo que el ardor estaba, al igual que en los cuerpos de los otros dos. Había alcanzado a rasgar un pedazo de su pantalón para cubrirle la cara al pelirrojo, y aunque no lo protegía del todo, sí fue lo suficiente para evitar que cayera inconsciente.

-Si atacaron el subterráneo, el laboratorio y la montaña, lo más probable es que a ellos les haya pasado algo.

El terceto abrió los ojos como platos al oír esas palabras. Eran justo los lugares por lo que se dividieron con el resto del equipo.

Sin esperar a recibir otra orden, se levantaron y corrieron por el pasillo, sin mirar atrás, conscientes de que algunas criaturas los comenzaron a perseguir y que Suiren trató de hacer algo para impedirlo. Claro, ella sola contra un ejército... era evidente que muchos de esos seres eran astutos y encontrarían la forma de alcanzar al terceto.

En medio del pasillo, finalmente, quedó parte de la organización, junto con su líder, y una desertora del otro lado, ambos frente a frente, sin dar ninguno su brazo a torcer.

La sonrisa del fantasma se ensanchó.

-Ya se me hacía extraño no verte por estos lares -rió-. Digo, considerando que decidiste ponerte del lado de los débiles, pensé que habían acabado contigo, pero luego pensé que sería extraño que alguien igualara tu poder.

-Sí, bueno, ser cazadora no me hace inmortal, ¿sabes? -pasó la punta de su lengua por su labio inferior y le sostuvo la mirada, mientras se ponía de pie-. En cualquier momento, podrían apuntar a mi cuello, claro, si les llegara a dar motivos para hacerlo.

-¿Es que no te cansas de este juego?

-Vaya, no sabía que era un parque de diversiones.

-Qué graciosa -su sonrisa desapareció, dando paso a una mirada sombría, pero que en ella no tenía ningún efecto-. Sabes a qué me refiero, Suiren.

-No, no lo sé -sonrió con fingida inocencia-. Vas a tener que ser más claro, aunque... no es necesario, gastas energía con tanto habla.

Disfrutó ver la expresión furiosa del que fue su superior, y no dudó en adquirir su modo cazadora cuando éste dio la orden a su séquito para atacarla.

Con el otro grupo, doblaron en un pasillo para recuperar un poco el aliento, sobre todo por el rubio, quien por activar la función, había gastado mucha energía. En todo caso, no era el único; el solo hecho de sufrir la quemazón por la bomba los había agotado, pero para el chico, debía ser mayor el agotamiento.

Gabu compartía miradas preocupadas con Hitomi, mientras volteaba hacia el pasillo de vez en cuando, vigilando que no apareciera ni una partícula de la bomba. Su piel todavía quemaba por la nube de humo, pero ya era algo que podía manejar.

Cuando todos parecían haber recuperado el aliento, fue que se dirigió a ellos.

-Yo buscaré a Sho y Makoto -les avisó-. Ustedes encárguense de Arthur y Koei.

-¿Estás seguro? -preguntó la platinada-. ¿Qué pasará si te atacan?

-Estaré bien -trató de tranquilizarla-. Quizás sea mucho para mí, pero es eso o permitir que Kyoichi se arriesgue, y la verdad es que me deja más tranquilo que vaya contigo si nos ponemos en el caso de que a uno de los dos les pase algo.

Le sostuvo la mirada a la platinada, quien aún se veía muy nerviosa, es más, ella seguía buscando en su cabeza alguna excusa que le impidiera al pelirrojo ir solo.

-Ve con cuidado -volteó a ver al rubio.

-Pero, Kyo...

-No me va a pasar nada, Hitomi -volvió a hablar Gabu-. Confía en mí.

Dos contra uno. Incluso si no se trataba de una competencia, era evidente que ambos estaban convencidos de que todo iba a salir bien. Era algo que cualquiera de su equipo habría hecho.

-Por cierto, Kyoichi -el pelirrojo le tendió el pedazo del pantalón con el que se había cubierto la cara.

-Úsalo.

-¿Qué?

-Úsalo, no me voy a morir por eso.

Ciertamente, el pelirrojo estaba sorprendido de que, sin importar la situación, Kyoichi siempre ponía a los demás sobre él. No insistió más y se puso el trozo de tela, de modo que cubriera su nariz y su boca. Pensó en la fuerza que debió aplicar para arrancar ese pedazo, ya que los trajes no estaban hechos de un material ligero.

Volvieron a correr cuando el silencio fue roto por un ruido, lo que denotaba que el enemigo los había encontrado, y se separaron en una esquina, al momento de esquivar una bomba, con la promesa silenciosa de que volverían a encontrarse y lucharían juntos, hasta el final.


Recordemos que, antes de que todo ocurriera, Taiga y Kakeru habían decidido salir del campo de batalla para servir de ayuda a los heridos. La idea, en un principio, era ayudar a unos cuantos para volver con sus compañeros y asegurarse de que estaban bien, pero la misión les tomó más tiempo de lo que esperaban.

Por eso mismo, mientras el peliazul se quedó ayudando, el pelinegro corría por los pasillos oscuros, en dirección a la que, se suponía, era la entrada ya destruida de la base.

-Espero no llegar tarde -pensó, jadeando de cansancio y sin dejar de correr.

Pero cuando llegó al inicio, se encontró con que se habían derretido algunas piezas para sellar los espacios, y no quedaba ni un agujero por donde pasara el aire. Por instinto, supuso que fue Gabu, lo conocía demasiado para saber que él sería capaz de hacer eso.

-Demonios -siseó, volviendo sobre sus pasos para buscar otra salida.

Justo cuando se daba la vuelta, fue que se sacudió la tierra, haciéndolo perder el equilibrio, y con el movimiento, también se le habían caído algunas piedras encima, por lo que se cubrió la cabeza para evitar algún golpe que lo dejara de nuevo en coma.

El sismo duró mucho rato, tanto como para temer por su propia vida y la de sus compañeros, sobre todo la de ellos. Ni siquiera sabía si seguían afuera o si estaban bien, si no estaban gravemente heridos. Aunque, a juzgar por los lugares cubiertos, supuso que se hallaban al interior de la base. Pensar en eso le daba algo de tranquilidad.

Cuando el movimiento cesó, se levantó lentamente, como si sintiera la presencia de alguien más y él no quisiera alterar el ambiente con un movimiento rápido, o como si temiera que el techo se le cayera encima.

Dio un paso cuando un repentino dolor taladró su cabeza, obligándolo a quedarse quieto. No hacía falta pensar demasiado, para él, era fácil interpretar eso como una clara señal de peligro. Algo a lo que siempre se debían enfrentar.

Sin embargo, volteó lentamente hacia la entrada cubierta de escombros, sintiendo que el dolor se intensificaba a medida que se acercaba. Algo había afuera.

Su cuerpo no dejaba de temblar de los nervios, así que respiró hondo antes de abrir un portal que lo llevara hacia el exterior. Con eso, en menos de un segundo, ya estaba ahí, en lo que quedaba de una playa.

Demonios, parecía que un huracán había pasado por ahí. En realidad, ni siquiera le sorprendería si le dijeran que así fue.

Siguió mirando a su alrededor, buscando alguna señal extraña de la que debiera preocuparse, pero no había más allá de una isla hecha mierda y el bosque de la montaña... momento, ¿estaba alucinando o era humo lo que sobresalía de la cima de éste?

La densa nube de un color violáceo cubría el cielo y los árboles, y estaba llegando al suelo. No sabía lo que era, pero eso no se veía bien.

Su vista se posó en las figuras que yacían a los pies del monte y se alarmó al reconocer a tres de sus amigos. Menos mal que siguió su instinto y decidió salir a investigar, porque de haber sido lo contrario, lo habría lamentado.

Cuando se acercó a ellos, vio heridas recientes, similares a las que dejaba el fuego, y no tenían armas en sus manos. Al notar eso, supo que no tuvieron batalla, ni siquiera hubo algo cerca, sólo tuvieron que correr de la bruma que avanzaba rápido hacia donde se encontraban.

Pese a que aún tenía dudas sobre qué era lo que había pasado en el pico de la montaña, sólo podía estar seguro de que no era nada bueno, no parecía algo que hubiera visto antes. No lo era si se veían así de heridos.

Entró en pánico cuando notó que agonizaban, y sin pensarlo mucho, trató de abrir un portal, pero los nervios le jugaban en contra y le impedían concentrarse para lograr su cometido.

La tardanza fue tal que la bruma alcanzó a envolver el ambiente, sometiéndolo a él también a una tortura basada en una fuerte quemazón, de pies a cabeza, que le impedía respirar o mantener los ojos abiertos. Cubrió su nariz y su boca con la mano para retrasar el efecto, aunque fuera un poco, pero la desesperación le ganó cuando sintió la sangre bajar a chorros desde su nariz.

Diablos, el dolor era insoportable. De igual forma, trató de soportar lo máximo que podía con tal de sacar a los chicos del lugar y llevarlos con un médico.

Tal vez lo lamentaría luego, puesto que su vista se volvía borrosa.

Después de un rato, a duras penas, logró abrir un portal que los llevaba al área de salud. Primero empujó a Makoto, y con esa simple acción, llamó la atención de una mujer que estaba trabajando en el lugar.

-¡Chicos, ayuda! -la escuchó exclamar, acercándose a la niña.

Unos médicos pasaron por el portal para agarrar a Ayumu y a Sho, soltando a su vez un quejido de dolor al tener contacto con el humo, pero sin dejar de lado su labor. Otro más se encargó de ayudarlo a levantarse para por fin dejar el lugar y cerrar el camino.

-¡Taiga! -escuchó la voz de Kakeru, además de pasos acercarse a toda velocidad y sintió una mano posarse sobre su hombro-. ¿Qué ha ocurrido? -la preocupación era palpable en su voz.

-Esto está mal -dijo un médico-. Debemos ayudarlos cuanto antes -fue lo último que escuchó antes de caer inconsciente.

-¡No pierdan el tiempo! -un gran grupo se llevó a los cuatro chicos al oír el grito de la médica que los alertó.

Kakeru se quedó en su lugar, viendo cómo se llevaban a sus amigos. Pensaba en el resto de sus amigos, de los cuales esperaba que tuvieran una mejor suerte.

Gabu era inconsciente de lo que ocurría. Cuando llegó al inicio, la zona estaba más desastrosa que cuando entró con Kyoichi incluso se había caído pedazos de algunos escombros, por lo que nuevamente entraba el aire.

Sin pensar en las consecuencias, se acercó con el objetivo de derretir algunas piezas para crear un agujero por el que pudiera salir y buscar a sus amigos, después se encargaría de crear barrera. Por lo menos ése era el objetivo en un principio, hasta que vio que ingresaba un humo violáceo, el cual reconoció enseguida como el de la bomba que explotó en el laboratorio.

-¿Qué demonios? -siseó. Cada vez la situación se asemejaba a la acción que veía en las películas, y bueno, faltaban los zombies, a menos que las cazadoras contaran como unos.

Olvidando su objetivo principal, decidió que mejor taparía los espacios, aunque eso le tomara mucho tiempo y que, a raíz de eso, se expusiera a lo tóxico del humo.

Su piel quemaba y su vista se volvía borrosa, y cuando acabó, notó que en su piel se abrían heridas y la sangre no tardó en salir.

Bien, eso no se veía bien.

El dolor insoportable lo obligó a volver por donde llegó, lejos de la entrada, del humo. Había fallado monumentalmente en buscar a sus amigos, llegó a sentir que le había fallado al rubio por no haber podido ayudar a su hermanita, y quizás era un poco egoísta por pensar en su bienestar, pero arriesgarse a soportar un ambiente así no parecía lo mejor. Era más bien descabellado.

Así que siguió corriendo, rogando en el fondo que los chicos ya hubieran ingresado a la base antes de que él llegara.

Ahora, vamos con la pareja de rubios. Los últimos personajes partícipes de este lío.

Al igual que los otros, también corrían, apresurándose a buscar a sus compañeros, rogando mentalmente que todo estuviera bien.

Habían intentado localizarlos, pero en esa situación, las posibilidades eran nulas. Así que, como último recurso, Kyoichi gastó parte de la poca energía que le quedaba para hacer uso de su control mental y así lograr localizarlos, cosa que funcionó, por lo que ahora se dirigían hacia ese lugar.

Si bien ambos se ubicaban en ese sitio, no se sabía si sus pies se movían en la misma dirección o uno estaba siguiendo al otro. De ser el último caso, uno seguía al otro y viceversa.

Debían tomar precauciones, teniendo en cuenta que su compañera cazadora les había advertido que pudo haberles ocurrido algo. Pensando en eso, no era de sorprender que el subterráneo también hubiera sido afectado por una bomba, y recordando el hecho de que el sismo duró mucho rato, más convencidos estaban de que ese sector también había sido afectado.

Sin embargo, a raíz de la preocupación por el estado desconocido de sus amigos y estar agitados de la carrera que se pegaron, las precauciones pasaron a segundo plano, pero también podía ser que el calor les impedía pensar en algo más y sentir que la temperatura aumentaba, seguramente, porque se acercaban a la zona afectada.

Era difícil ver con la oscuridad que inundaba los pasillos, pero lo suficientemente claro para ver el camino por el que iban. Claro que... eso no permitía que notaran los vestigios del humo violáceo.

No lo notaron, hasta que sus ojos comenzaron a arder y se vieron obligados a detenerse, o de lo contrario, llegarían a cualquier lugar, excepto a su destino.

-Kyo... -musitó la chica, entrando en pánico al sentir la quemazón.

-No te toques la cara -le advirtió, al ver, con los ojos entrecerrados, que hacía ademán de dirigir sus manos a su rostro, específicamente, a sus ojos, como método para aliviar el ardor.

Hitomi estiró la mano, buscando a Kyoichi, quien tomó su mano para servirle de guía y tranquilizarla. Aunque en esos momentos, tranquilidad era lo último que había.

Había declinado de activar el hiperestado para protegerse. Se agotaba su energía y activando la función, gastaría aún más, de modo que prefería usar la última gota en algo más necesario. Primero, quería encontrar a Koei y a Arthur, y si para eso debía sacrificar su integridad y la de Hitomi por sacar a todos de ahí, se tragaría el dolor.

Pero la tortura era tal que sentía su piel quemar y sus ojos ya no resistían. Ya no podía ni siquiera mantenerlos entreabiertos, hasta eso era infernal. Interminable. Casi se sentía morir por la sensación de estar ardiendo en llamas.

Antes, cuando los salvó Suiren, pudo haber sido una picazón que podía soportar, pero al parecer, no era lo mismo que tener contacto directo con el humo, menos cuando llevaban un tiempo así.

La platinada, notando que su novio no se encontraba bien, decidió arriesgarse y abrir los ojos. Se arrepentiría de eso, pero necesitaban encontrar a sus amigos cuanto antes.

Afortunadamente, en medio de la bruma y la oscuridad, encontró las siluetas de los chicos a los que buscaban en el suelo, con heridas graves en lo que se veía de piel, con algunos rastros de sangre, así que guió a Kyoichi hasta ese sitio. Debían hacer algo pronto.

Escuchó el quejido lastimero de Arthur, el que dejó salir después de tanto esfuerzo.

Por el estado en el que se encontraban, se notaba que llevaban el tiempo suficiente para estar heridos de tal magnitud, más encima, se notaba que habían dado una buena lucha tratando de salir.

O de salvar al resto de la gente que se encontraba en ese sector. Ahora mismo, estaban todos en el suelo, cerca de ellos. Se preguntaba si estaban bien.

-Chicos... -musitó el platinado.

-No hables, Arthur -dijo Hitomi, y desvió la mirada-. Diablos -siseó, al notar la gravedad de las heridas de la gente.

¿Era diferente estar en el sitio de la explosión y sufrir por estar cerca? Porque considerablemente, las heridas del ninja y el caballero no eran más graves que las de la gente que vivió la explosión, pero no por eso debía bajarle el perfil.

Notó el equipo de protección que tenían muchos de ellos. No todos, evidentemente. Sin embargo, le aliviaba ver que algo había podido protegerlos. Tal vez habían sufrido las mismas consecuencias, pero el traje al menos logró contrarrestar un poco el efecto.

Un golpe la hizo voltear y se alarmó al ver que el cuerpo de su novio había alcanzado su límite, pero había logrado abrir un portal hacia el área de salud. Afortunadamente, la gente de ese lugar vio lo que ocurría y enseguida alertó al resto. Tiempo después, un grupo de gente con trajes extraños ingresó por el portal y unos cuantos se encargaron de sus amigos y de su novio, incluso de ella, que ya no creía poder quedarse más tiempo para ver que sacaran a todos de ahí.

Era demasiado. Era estar en el mismo infierno.

El resto de los médicos, de la multitud que había en el suelo, optó por llevar a unos pocos, puesto que, considerando el tiempo que llevaban ahí, ya no podrían hacer nada por la mayoría de ellos.

La escena era grotesca, la sustancia que llevaba esa bomba los carcomía.

Así pasó el tiempo, ayudando a los pocos que se podían salvar, y cuando llegó el momento de cerrar el portal, Hitomi reunió las pocas fuerzas que le quedaban para romper la piedra en el dorso de la mano de Kyoichi. El violeta se desvaneció y sólo quedó una inútil piedra hecha trizas, pero logró su cometido.

-¿Hitomi? -fue lo último que escuchó.

Kakeru, que pasaba por el lugar, logró reconocer a sus amigos entre el grupo de gente a la que acababan de salvar.

-No se acerquen, están envenenados -advirtió el equipo médico.

Sin más, se los llevaron, dejando a un peliazul con la incertidumbre de qué había ocurrido y lo que vendría en un futuro cercano.

Su cuerpo entero comenzó a temblar, de miedo, de angustia, duda. Sus piernas no lograron sostener el peso y cayó de rodillas, sin tratar de contener las lágrimas que comenzaron a correr por sus mejillas hasta aterrizar en el suelo.

Sus amigos, la mayoría, estaban así, y él por dejarlos para ir a ayudar a otros, estaba salvado. Él estaba a salvo, estaba vivo.

¿Por qué no pudo ser diferente? ¿Por qué no se quedó con ellos, incluso si sentía que no sería de ayuda?

Sho, Makoto, Ayumu, Taiga, Arthur, Koei, Kyoichi, hasta Hitomi. Todos estaban heridos, pero... ¿dónde estaba Gabu?

-¿Gabu? -musitó en un hilo de voz.

-Tranquilo, chico -escuchó decir a una enfermera, eso y una mano en su espalda, en un toque confortante.

Por otro lado, Suiren jadeaba de cansancio, pero nada era mayor que su sed de sangre y la rabia que la corroía de solo verle la cara al ser patético que estaba frente a ella, sonriendo de satisfacción.

-Vaya, has mejorado -dijo con un tono burlón-. Pensé que como decidiste irte al lado de ellos, te habías debilitado.

-Ya ves que no -espetó la cazadora.

-Desgraciadamente, eso no servirá de mucho -siguió Phantom-. Ya estamos en la fase final, sólo me falta ese chiquillo patético para completar mi plan.

"Sho", pensó.

-¿Cuál es tu plan?

-Lo siento, esa información no es apta para desertoras -rió.

Suiren dejó salir una risa irónica.

-De todas formas, no te confíes -lo desafió-. Ese chico la salvó este sitio una vez, puede hacerlo más veces, incluso tiene por compañero a un arma letal, alguien que sí se atreve a desafiarte.

-Oh, te refieres a ese chico, Enigma -ensanchó su sonrisa-. Debo admitir que sí, es un rival muy fuerte, pero lamentablemente, el fin de ese chico ya está a la vuelta de la esquina.

-No te confíes, querido Phantom -la sonrisa de la cazadora desapareció, dando paso a una expresión escalofriante-. Venció a la muerte en más de una ocasión, incluso uno de los tuyos lo ayudó, y no dudará en seguir haciéndolo con tal de por fin deshacerse de tu miserable organización.

-¿Cómo estás tan segura?

-¿Acaso tienes miedo? -se burló-. Phantom, recuerda esto...

"No vamos a permitir que te adueñes de la Zona X".


Supongo que correr de las lacrimógenas me dio una idea para escribir esto. O tal vez no, pero le hallé cierta similitud lol

Además, con los problemas actuales, también me recordó un poco al lío del coronavirus. El virus se propagó, ya llegó a América, pero desconozco si ya llegó a Chile, y como no se puede confiar ni en los noticieros, sólo queda esperar qué pasa, pero no se preocupen, total, Chile tiene el mejor sistema de salud del mundo, según los políticos.

Ni ellos se la creen.

Sí, chicos, era sarcasmo.

Lo otro. Tengo conocidos asiáticos con los que ya no mantengo contacto, pero lo único que pienso es que ojalá nadie los haya atacado por sus rasgos, porque realmente me da rabia que los discriminen por un virus del que no hay información concreta, sólo suposiciones. Me da rabia ver cómo los medios de comunicación manipulan la primera cagada que encuentran en internet para decir "esto es China", imagen de murciélago, mercado de Indonesia, hueón. DE INDONESIA.

Chicos, NO CREAN TODO LO QUE VEN EN INTERNET. Y mucho menos en las noticias, los noticieros son lo más mentiroso que hay. Pura falta de ética y profesionalismo. Loco, es que es bien fácil sacar tu título universitario y crear mentiras para vender. Tengan cuidado con la información que reciben, porque no es raro que la gente aproveche para crear rumores. Por eso mismo, investiguen, no crean sólo porque alguien más lo dijo, miren que bien fácil es pescar una imagen y buscar en internet ubicación y fecha en la que fue tomada.

No es sopa de murciélago, no es un pangolín, China NO ES UN VIRUS.