Cuenta regresiva
Sumario: Desde que era muy joven, Draco sabía que sólo sería cuestión de tiempo para que el Señor Tenebroso fuese a buscarlo.
Género: Aventura/Romance, fantasía, friendship.
Claves: Drarry eventual. AU. Perteneciente a la Serie ¡Cambio de Casa! (Draco!Elegido/Harry!Slytherin)
Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.
El comienzo del final
La noche en que Harry Potter se quedó en una tienda de campaña mágica en un área delimitada de Gran Bretaña, después de presenciar el mundial, Draco Malfoy jugó ajedrez con Neville hasta que les dio sueño, en el piso oculto del castillo. Un par de sucesos tuvieron lugar después de eso.
En el mundial, se dibujó una marca tenebrosa sobre las tiendas y un grupo de magos encapuchados y con máscaras blancas desfiló a través de la parcela que separaba las tiendas. La historia de la reunión Mortífaga en medio de un torneo a escala global mágico sería noticia al día siguiente, igual que lo serían las fotografías de James Potter y Sirius Black acompañando a los pocos Aurores que estaban presentes desde el inicio, con sus familias por los juegos, y mantuvieron un mínimo de orden y nada de heridos. No se halló un responsable.
Mientras tanto, Draco, que ya se había acostado, tras un rato enfurruñado acerca de cómo podría haber ido al Mundial de Quidditch con los Weasley, si el Departamento de Arthur no hubiese decidido dar ese premio a alguien que se lo merecía menos que él, tenía una de esas pesadillas que lo atacaron a lo largo del verano y no podía recordar al abrir los ojos. Ni los rayos verdes, ni las voces suplicantes, ni el siseo de la serpiente. No quedaba nada dentro de su cabeza a lo que pudiese encontrarle utilidad, sólo esa sensación de agitación cuando se despertaba de pronto, el sudor frío y débiles espasmos, que no se calmarían hasta que hubiese pasado un rato rodeando con los brazos a Leonis.
Como acostumbraba desde una época lejana de su niñez, se arrastraría fuera de la cama, con máximo cuidado para no despertar a su nuevo compañero, que dormía con Trevor presionado contra una de sus mejillas, y caminaría de puntillas hacia las escaleras que daban a las mazmorras. No podía entender cómo disfrutaba de la cercanía con ese horrendo sapo, pero tampoco era asunto suyo decidir qué mascotas tenían otros estudiantes; sólo había que mirar a Leonis para recordar que no podían ser más raros que un animago fugitivo, acusado años atrás de asesinato a sus mejores amigos.
Pasaron de largo por el dormitorio del profesor Snape y llegaron al primer piso. Leonis iba por delante de él, dándole vistazos cada poco tiempo y agitando la cola de forma perpetua.
Alcanzaron las cocinas y se asomaron, en busca de los elfos que siempre sacaban un bocadillo nocturno de improviso cuando los veían llegar. Y lo hubiesen hecho, de no ser por el mago que parecía habérseles adelantado y estaba ocupando uno de los banquillos, en torno a la mesa en que ellos solían servirse cuando pasaban por ahí.
A Dumbledore le tomó sólo un instante percatarse de su presencia. Lo observó, hizo un gesto para que se acercase, y pidió una taza de chocolate extra y galletas para él a los elfos complacientes.
Draco se acercó y se sentó a un lado, recibiendo con un agradecimiento lo que le llevaban los elfos. Con Leonis moviéndose alrededor de sus pies y echándose en el suelo bajo el asiento, de pronto, le parecía un poco absurdo haber estado asustado sin motivo aparente.
Si hubiese recordado su sueño, tal vez, se habría dado cuenta de que sí tenía un par de buenas razones.
—¿Otra vez Narcissa? —Inquirió con suavidad el director. Él le dio una mirada larga, a la vez que masticaba y tragaba una de las galletas. Negó.
Años atrás, Dumbledore le había explicado que la pesadilla que tenía del llanto de mujer, las palabras cariñosas y los besos, el rayo verde de la maldición y las risas, eran producto de un shock mágico. Sobreexposición a magia oscura y un evento traumático, muy joven. En otras palabras, una memoria exacta de su versión de un año, de cuando Voldemort los alcanzó a él y a su madre, ella le rasgó el rostro y parte del cuerpo, y formó un escudo para él, segundos antes de ser asesinada, que seguía repitiéndose una y otra, y otra vez, porque quedó grabado en su subconsciente, su magia, en su cuerpo, en todo él.
—¿Algo nuevo?
Draco lo sopesó unos instantes. Sacudió la cabeza. Por lo que él sabía, no había nada nuevo.
—¿Pesadillas, Albus? —Balanceó la taza de chocolate, sonriendo un poco por la mirada divertida que el anciano le daba en respuesta, a causa de que hubiese volteado el pequeño interrogatorio. Eso también lo había aprendido de él, aunque tenía la teoría de que no formaba parte de lo que a Dumbledore le hubiese gustado enseñarle.
Un largo suspiro llegó antes que las palabras.
—Algo así.
—¿Sabe qué me ayuda a mí cuando tengo una pesadilla fea? —Draco se inclinó hacia adelante. Tras un segundo, el director lo imitó—. Abrazar a Leonis.
—Seguro que ayuda, pero lo dejaré como un método que sólo tú usas. No queremos desgastar al pobre Regulus, ¿cierto? —Él negó, riéndose.
Pasaron otro rato en silencio, apenas interrumpido por una de esas anécdotas extrañas que tenía el profesor de sus años de estudio; esa vez, una en la que decía haber hecho una galleta gigante con los elfos y un estudiante del que no mencionaba jamás su nombre. Cuando Draco terminó, devolvió el plato y la taza a los elfos, y se bajó del banquillo de un salto. Había atravesado la cocina, seguido por Leonis, cuando lo escuchó preguntar:
—¿Cómo está el señor Longbottom, Draco?
Se detuvo bajo el umbral de la puerta y lo pensó un momento. Neville había pasado de la fase del pánico a un estado de ligero nerviosismo permanente, en el que no podía hacer nada para ayudarlo. Había contestado a las preguntas de los otros maestros y narrado los hechos, más de una vez, a los miembros de la Orden, hasta que Draco volvió a meterse en medio y les recordó que acababa de pasar por una situación desagradable y necesitaba estar tranquilo.
No fue diferente del Neville de siempre cuando casi se cae de la escoba jugando Quidditch, ni haciendo pucheros frente a sus piezas de ajedrez en el cuarto. También había caído rendido nada más cerrar los ojos.
—Creo que estará mejor cuando sepa algo de su abuela —Mencionó, despacio. A pesar de las insinuaciones al respecto hacia Snape y la profesora A, ninguno tenía información, o simplemente no querían contarle. O no podían.
Dumbledore guardó silencio un momento, recorriendo la cocina con esa mirada extraña y calculadora que ponía de vez en cuando.
—Lo que puedo decirle, temo que no lo hará sentir mejor, Draco.
—¿Y es preferible que no sepa nada? —Arqueó las cejas. El director meneó la cabeza.
—No, por supuesto que no. Todo a su debido tiempo, deja...que encuentre una forma de contarle, cuidadosamente, para no dañarlo.
Tuvo un desagradable pensamiento sobre lo que iba a decirle y tragó en seco, el peso helado instalándose en su estómago sólo lo empeoraba.
Habló sin pensar en realidad.
—¿Sabe por qué alguien como la señora Longbottom se pondría del lado de Voldemort? Quiero decir...incluso cuando enviaron a Bellatrix Lestrange a asesinar a Alice y Frank Longbottom, y Neville...
—El joven Longbottom estaba en casa de su abuela esa noche —Dumbledore asintió. No lo miraba, pero tampoco parecía interesado en lo que le quedaba del bocadillo nocturno—, era una medida de precaución.
Precaución, repitió dentro de su cabeza. Precaución. Una medida de precaución.
Frunció el ceño.
—La precaución se toma cuando sabes que algo puede ocurrir.
Dumbledore asintió. Y él entendió.
—¿Usted sabía que estaban buscando a sus padres?
—Alice y Frank estaban trabajando en recuperar algo, un objeto, importante para Voldemort y sus Mortífagos. Sólo hasta hace poco, fue que me di cuenta de que hablaban del diario del joven Tom Riddle, y que nunca dejó de estar en posesión de la familia Longbottom —Indicó, en voz baja. Pero Draco sintió que la sangre le hervía, porque esa no era una respuesta, y si creía que se conformaría, estaba equivocado.
—¿Sabía que iban a estar allí esa noche? ¿Que los iban a matar?
Él no contestó. Draco ahogó un quejido y se echó el cabello hacia atrás, cambiando su peso de pie al otro.
—Dígame que no los mandó usted a buscarlo —Pidió, en un murmullo—, dígame que les advirtió al menos, y no sólo les dijo que llevasen a Neville con su abuela.
Cuando transcurrió un momento y el director se limitó a observarlo, Draco apretó la mandíbula, sacudió la cabeza, y salió de ahí, sin prestar atención a las pisadas de cuatro patas detrás de él en todo el trayecto.
No confíes en A. D.
No confíes en Albus Dumbledore.
¿Por qué no confiaríamos en Dumbledore? Había preguntado Neville.
Draco frenó a punto de llegar a las escaleras que llevaban a las mazmorras. Se dio la vuelta y encaró a Leonis, con los puños cerrados a los costados, tan fuerte que los nudillos se le tornaban blancos.
—¿Tú también lo sabías? —Espetó, entre dientes.
Dime que no, suplicó por dentro. Dime que no.
Cuando la forma animaga le dio paso al mago que conocía de toda su vida, sentado en el suelo, mirándolo desde abajo con una expresión de disculpa, sólo pudo dejar caer los hombros.
—¿Qué sabías? —Musitó, dándole una última oportunidad.
—Sabía que buscaban un Horrocrux —Puntualizó Regulus, despacio, medido—, y sabía que se pondrían en peligro, como cualquier otro miembro de la Orden. Nunca se me ocurrió que...que Dumbledore los hubiese mandado, o que supiese que sería esa noche. Pensé que era una casualidad que Neville no hubiese estado ahí.
Volvió a restregarse la cara.
—¿Por qué no los detuvieron? Si tú sabías, Severus, Ariadna...alguien. Alguien les hubiese dicho que parasen. Alguien los hubiese ayudado- los hubiese cuidado.
—Rodeábamos la Mansión, Draco, dividíamos nuestro tiempo entre la Orden, los Mortífagos y...—Regulus calló por un instante, negó—. Tú fuiste nuestra prioridad.
—¿Y tenían que dejarlos morir?
Draco se había dado la vuelta cuando Regulus se puso de pie. Estaba por bajar hacia las mazmorras y empezó a retorcerse en el agarre que se cerró sobre él, deteniéndolo. Lanzó golpes sin fuerza al aire, quejándose por lo bajo.
—¡Déjame! ¡Deja…! ¡Suelta, suéltame, Leonis! —Dio patadas a la nada, sacudiéndose. Regulus lo levantó unos centímetros, lo hizo darse la vuelta y lo regresó al primer piso, lejos de las escaleras, para detenerlo. Draco se soltó, se cruzó de brazos y le frunció el ceño, dándole, sin saberlo, una mirada que en su tiempo sólo le habría dedicado Lucius Malfoy—. Te odio.
—No es cierto.
—Te odio muchísimo.
—Sólo te estás sintiendo mal —Regulus no dejó de hablarle con suavidad, ofreciéndole los brazos, ya a un paso de distancia—. Así funcionan las guerras, Draco. Nunca me gustó y no espero que a ti sí, pero cuando...cuando estás ahí, tienes tus prioridades claras. Te íbamos a cuidar a ti, porque eres tú; Severus y yo supimos que te cuidaríamos, pasase lo que pasase, y serías nuestra prioridad. Pero ellos te iban a cuidar por lo que representas, por lo que sabíamos que harías, y tú también fuiste su prioridad por eso. No significa que hayas tenido la culpa de nada.
Draco apretó los labios y recargó sólo la frente contra el pecho del mago, quedándose así. Regulus le acarició la cabeza.
—Lamento todos los días no haber salvado a muchas personas, si te sirve de consuelo. Aunque nunca fui cercano a ellos, no quise dejar morir a nadie, primito —Regulus le pellizcó la mejilla, sacándole una sonrisa fugaz y débil.
—¿Crees que ella lo supiese? —Cuando escuchó un sonido vago, inquisitivo, se explicó mejor:—. La abuela de Neville. ¿Crees que supo, que ellos le dijeron tal vez, que estaban buscando algo así por orden de Dumbledore? Entonces...
Ella habría estado molesta cuando los mataron. Y lo habría culpado.
—Draco —Fue su turno de emitir un sonido débil para hacerle saber que lo escuchaba. Se puso rígido cuando sintió que le rodeaba los hombros con un brazo y murmuraba un encantamiento; la barrera que los envolvió era transparente, apenas perceptible porque, dentro, el aire se hacía un poco más denso. Regulus dio un paso hacia atrás, sujetándolo—. Escucha bien, ¿de acuerdo?
Quería preguntar a qué se debía el hechizo escudo anti-sonido y desilusionador, pero sus ojos le advertían que se guardase esas dudas. Asintió.
—Donde las paredes te puedan oír, no cuestiones —Le dio un ligero apretón en los hombros—, por tu bien.
Él arrugó el entrecejo.
—¿Qué se supone que significa eso?
Regulus meneó la cabeza.
—Tú y yo hablaremos después, ¿bien? Te lo prometo. Después.
—¿Cuándo es después? —Insistió Draco, al ver que hacía ademán de retirar el hechizo. Él pareció lamentar haberlo dicho.
—Después es después —Se rio sin ganas—. Por favor, tenme paciencia. Sabes que te diría ya, si pensase que lo necesitas.
Draco asintió. A punto de quitar el hechizo, lo retuvo tirando de sus muñecas.
—¿Es malo? —Regulus parpadeó— ¿Es- esa persona es mala?
El hombre le enseñó una leve sonrisa y le peinó el cabello hacia atrás, cuidadoso, su tacto apenas perceptible.
—¿Qué te dije sobre eso, Draco?
—No se puede ser sólo malo, ni sólo bueno —Repitió. Él asintió, le pidió silencio con un gesto y bajó los escudos.
Luego le pasó el brazo sobre los hombros y emprendió el camino hacia las mazmorras.
—¿Quieres que vayamos a molestar a Severus? —Ofreció, más animado de pronto—. Entremos a su cuarto y tirémonos encima de él mientras aún está dormido.
—Se enojará...
—Él vive enojado. Es parte de su encanto.
El resultado fue un irritado Snape que arrojaba maldiciones punzantes a un animago que corría y ladraba por uno de los dormitorios de maestros, y un Draco que se reía por lo bajo, cubriéndose la boca con ambas manos.
Cuando volviese al piso oculto, sin embargo, se acercaría a la cama instalada días atrás, y se subiría para zarandear al otro chico hasta despertarlo. Neville balbuceó y se removió, ojos adormilados parpadearon en su dirección.
—¿Hm? ¿Draco? ¿Qué...?
—Arriba, ven conmigo —Lo instó, sacudiéndolo más fuerte.
—¿A dónde...? ¿Qué hora es?
—Más de medianoche, vamos, vamos.
—Pero...¿para qué? —Neville tomó asiento, tallándose los ojos y se zafó de su agarre sin utilizar fuerza.
—Quiero jugar Quidditch, uno a uno, anda.
Su compañero de Gryffindor parpadeó.
—¿Qué? ¿Ahora? —Draco asintió— ¿por qué?
Se encogió de hombros.
—Me dieron ganas de jugar contigo, muévete —Y se levantó para buscar capas con amuletos de calor, las escobas y guantes. Neville lo miraba desde la cama con incredulidad.
—¿Es en serio?
—Muy en serio.
Neville se lanzó sobre la cama de nuevo, enterrando la cara en la almohada. Se quejaría, ahogando la risa, cuando Leonis y Draco se arrojaron encima de él.
—0—
—¿...por qué sigues hablando con ella?
—Es agradable y divertida —Puntualizó Harry, sin darle importancia a la manera en que Pansy fruncía la nariz, sus ojos fijos en la pequeña Ravenclaw, que tarareaba desde el asiento al otro lado del compartimiento.
—Yo soy agradable y divertida —Replicó, elevando el mentón—, ¿para qué necesitas otra amiga? Me tienes a mí.
Él rodó los ojos. Pansy estaba pegada a uno de sus costados y enganchada a su brazo, manteniéndolo incluso más cerca de la ventana de lo que ya estaba cuando se sentó. Crabbe y Goyle ocupaban los asientos junto a ella. El único de los Sly que se acercó (más o menos) a Luna Lovegood, estaba en el lado opuesto del mismo asiento, más concentrado en un libro que en ella, y siento tan Nott como de costumbre.
—Puedo irme, si molesto...
—No —Aclaró Harry. No quedaban más que unos minutos para alcanzar la estación y llegar al colegio—, tienen que convivir un poco con los de otras Casas, ¿saben?
—Ah, sí, ¿como lo haces tú? —Pansy se cruzó de brazos; volvía a hacer pucheros— ¿con quién hablas de otra Casa, además de...ella? —Apuntó hacia Luna, con un gesto despectivo.
—Bueno, pues...—Lo sopesó un momento, encogiéndose de hombros—. Hablo con Susan Bones y Terry Boot en el club de duelo. Y Malfoy.
—¡Ahora también te vas a unir al séquito del cara-rajada! —Chilló. Harry pedía paciencia a un ente invisible y mágico en su interior.
—No, no me estoy uniendo a nada.
Su mejor amiga se cruzó de brazos.
—Ya no habrá reuniones de los Caballeros de Walpurgis. Todos son unos traidores.
Sólo cuando estuvieron a punto de detenerse y Pansy salió, en dirección a los baños, con la ropa que se pondría para ingresar al colegio, Harry se inclinó hacia adelante.
—¿Qué es lo que acaba de pasar con Pans?
Nott se encogió de hombros.
—Es una chica. Todas las chicas son raras, Harry.
—¿Tanto así? —Él repitió el gesto y Harry dio un vistazo a los otros dos, aunque sabía bien que si Theo no tenía una respuesta para él, tampoco ellos la tendrían. No podía preguntarle a nadie más, porque Pansy era la única chica del grupo, así que terminó por restarle importancia, al menos, hasta que fue Luna quien mencionó ese punto.
—Está celosa.
Cuatro adolescentes la observaron, confundidos. Ella se rio por lo bajo, balanceando las piernas adelante y atrás desde su asiento.
—Sólo piensa que alguien podría quitarle su lugar —Luna se encogió de hombros—, ¿le han dicho últimamente lo importante que es para ustedes?
Hubo varias frentes arrugadas y respuestas vagas.
Cuando Pansy regresó, siguió enfurruñada y se limitó a leer otra de sus revistas. Él pensó que quizás sólo le hacía falta alguien para hablar. Una chica, por supuesto. ¿Entre ellas se entenderían?
El expreso se detuvo y esperaron unos minutos a que los estudiantes más apresurados bajasen. De la forma más disimulada que podía, Harry daba ojeadas hacia el pasillo, buscando. Había elegido uno de los primeros compartimientos con la esperanza de verlo pasar, pero le resultaba poco probable, ¿a dónde se quedaría por las vacaciones?
Desde la charla extraña con Pansy en su cuarto, sentía que se volvería loco. No de la buena manera.
La serpiente estaba inquieta, expectante, siseante. Harry no sabía cómo se suponía que podría mantenerle tranquila.
Salieron en una hilera, dejándole los baúles a los elfos. Intentaba seguir una conversación de Luna acerca de unas criaturas que flotaban en el aire y hacían quién sabe qué, de verdad lo intentaba; si ella no hubiese estado deambulando sola por el corredor del expreso, no estarían en esa situación.
Se detuvo cuando escuchó un quejido por delante de ellos y las voces de Crabbe y Goyle dando una de sus absurdas amenazas de fuerza bruta. Harry tuvo que ponerse de puntillas para mirar por encima de sus hombros a la cabeza pelirroja que estaba más allá. Bufó.
—Déjenlo, no vale la pena. Quiero llegar rápido y que tengamos un carruaje para nosotros solos —Al oírlo, los dos mastodontes de Slytherin se pusieron en movimiento de nuevo. Estaban por pasarle por un lado, cuando el idiota de la Comadreja tuvo que abrir la boca, porque, en la opinión de Harry, no tenía nada dentro de la cabeza.
—Potter se cree gran cosa porque le hicieron una entrevista para El Profeta —Resopló—. Sí, todos lo vimos, no te creas. Cómo se nota que te querías llevar el crédito por lo que los Aurores y tu familia hicieron.
Era cierto que Skeeter le había hecho —contra su voluntad— una entrevista donde preguntaba acerca de James y Sirius. También lo era que intentó que contase su versión, acerca de cómo Lily y él salieron del campamento por otra ruta, llevándose por una vía de escape improvisada a todo aquel que encontraron por delante.
Estaba seguro de no haber dicho ni una vez que fue cosa suya, pero por supuesto que a Skeeter se le conocía por tener la mala costumbre de cambiar las palabras que uno pronunciaba en su presencia.
Decidió ignorarlo y continuó su camino, al menos uno o dos pasos lejos de donde estaba. Luego un agarre firme se cerró en el cuello de su túnica y lo jaló hacia atrás. Harry saltó a la defensiva y cerró las manos sobre su ropa también.
—¿Qué problema tienes conmigo, Weasley? —Sonrió, presuntuoso— ¿quieres los detalles de cómo es que tus padres puedan pagarte un asiento en un mísero juego de Quidditch, o cómo es estar en el mismo lugar que los Mortífagos sin mojar los pantalones? Sé que ambas son cosas con las que sólo sueñas, claro.
—¡Tú...!
Harry Potter empezó el año con una detención. Cuando le preguntasen al respecto, él afirmaría que todo era a causa de la preferencia de McGonagall por los Gryffindor.
En parte, puede que sí.
(Si uno no tomaba en cuenta la maldición de picazón y el ojo morado de Weasley, él era completamente inocente)
