Cuando Yashiro revisó la hora, se percató de que llegaba media hora temprano. Chasqueó la lengua de manera casi inconsciente, lo que llamó la atención del taxista, un hombre mayor que le dirigió una mirada curiosa por el espejo retrovisor. Durante el resto del viaje se centró en los coches que veía pasar, los edificios que se alzaban en la ciudad de una manera majestuosa y moderna, repletos de hologramas publicitarios, mientras conversaba con el hombre sobre distintos temas. La autopista estaba casi del todo vacía a esas horas, y el conductor podía aumentar la velocidad yendo por el mismo carril. Cuando el taxista la arribó a su destino, la saludó con una mano luego de haber recibido su pago.

-Este es el Departamento de Investigación Criminal, parte de la Oficina de Seguridad Pública. El acceso a este bloque se encuentra actualmente restringido para garantizar la seguridad.

Yashiro se encaminó hacia el centro del cual provenía la voz femenina, y presentó su identificación holográfica para que le otorgaran el paso. Una suave llovizna caía en la noche, pero que durante el trayecto tuvo la suficiente intensidad como para empapar varios mechones de su cabello, los cuales quedaron a un lado de su rostro. El sonido le resultaba de lo más gratificante, pero sabía que con ese aspecto no daría una muy buena impresión, a pesar de hallarse vestida formal y con el cabello recogido. Tendría que haber llevado un paraguas, pero lo había olvidado justo en la entrada de su apartamento.

-Los inspectores son muy escasos -andaba diciendo una mujer entrada en años, con el cabello corto y grisáceo-. El trabajo que llevan a cabo demanda una alta responsabilidad y fuerza de carácter. La muerte del ejecutor Sasayama nos enseñó que el rango de inspector puede ser degradado sencillamente; por eso es primordial que las emociones sean separadas del deber. En verdad espero que no acabes igual que tu compañero, aquel que empezó el mismo año que tú y el inspector Ginoza.

-Lo tendré en cuenta, jefa -respondió la otra mujer.

En ese momento, Yashiro fue descubierta por la última, quien se trataba de la inspectora de la división dos. Podía reconocerla sencillamente por su cabello castaño y corto, que caía en ambos lados de su cabeza de una manera recta, desprendiendo un aura de profesionalismo y autoridad. En respuesta, se acercó a ellas y por fin se permitió erguir completamente, llevando su mano derecha a la frente en un gesto militar.

-Inspectora Yashiro Takahashi, a su servicio.

A pesar de que no se había dado la vuelta, Yashiro juró vislumbrar una breve e impoluta sonrisa en los labios de la mayor, pero parpadeó hasta que la imagen desapareció de su mente, y cuando esta volteó para mirarla directa a los ojos, Yashiro se sintió atravesada de una manera descomunal, una sensación extravagante que jamás había percibido en su vida. Era como si, bajo aquellos delgados lentes amarillos, descansaba una enorme mente tratando de indagar en sus más recónditos pensamientos. No esperaba menos de la directora de la Oficina de Seguridad Pública.

-Tengo muchas expectativas sobre ti -declaró la directora, haciendo una enigmática pausa-. Te lo dejo todo en tus manos, Aoyanagi.

Yashiro se quedó contemplando la forma en que su cuerpo desaparecía, disimulando la sorpresa que le había causado un holograma tan preciso, el cual podía confundirse con la realidad como si fuera parte de ella. Seguía pensando en la extraña mirada de la mayor, cuando la inspectora Aoyanagi cogió el único uniforme azul que estaba doblado sobre la mesa y se acercó para entregárselo. Yashiro volvió a aquellos ojos marrones que la estudiaban con cierto desinterés, mientras tomaba la chaqueta.

-Como habrás podido escuchar, el Departamento de Investigación Criminal tiene muy poca mano de obra, por lo que no puedo tratarte como a una novata -sentenció Aoyanagi.

La mujer comenzó a explicar el caso que debían resolver en un tono seco e inalterable, y ambas activaron el holograma de su muñeca para observar el hombre a quien buscaban. Se trataba de Iwao Maki, un ciudadano que había sido marcado por un escáner en la vía pública, en cuanto su psycho pass excedió el estándar permitido. A pesar del aviso, se negó a recibir tratamiento y escapó de las autoridades. Fue ese mismo día que se produjo el asesinato de su esposa, y por lo tanto desde entonces era el principal sospechoso.

-Las personas que vas a conocer estarían completamente aisladas dado a sus elevados coeficientes criminales, pero se les permite actuar bajo la jurisdicción del Departamento de Investigación Criminal, con el objetivo de ayudar en los casos cazando criminales latentes como ellos. Son llamados ejecutores, y estarán bajo tu supervisión.

El sonido de un vehículo se abrió paso y cuando Yashiro dio media vuelta, divisó un enorme camión policial estacionando a unos metros de ellas. De la parte trasera comenzó a desplegarse la puerta oscura lentamente, y luego de unos segundos bajaron unos tres muchachos vestidos de traje, que se dirigieron a donde se encontraban.

-Ella es la inspectora Yashiro Takahashi. De ahora en más se dirigirán ante ella como la segunda al mando.

Cuando se percataron de la nueva presencia todas las miradas se centraron en ella, y Yashiro realizó una ligera reverencia con las manos juntas delante de su cuerpo, siendo capaz de entrever la estupefacción en los ejecutores a pesar de dicho movimiento.

-Debo suponer que se han informado previamente sobre el objetivo, así que evitaré más preámbulos -cortó Aoyanagi-. Nos dividiremos en dos grupos para acorralarlo. Los hermanos Akiyama vendrán conmigo. Kozuki acompañará a la inspectora Takahashi.

Yashiro no pasó por alto la mirada algo decepcionada de Kozuki, un joven de cabello corto y oscuro que parecía decir con sus ojos que habría preferido ir con Aoyanagi. Probablemente eran muy unidos a pesar de que en la práctica demostraran lo contrario. Se preguntaba si tendría algo que ver con lo que la directora estaba diciendo apenas llegó. No tuvo tiempo para pensarlo, puesto que del camión se desprendió un dron, el cual se situó cerca de ellos y abrió su contenedor para desplegar varios dominadores, haciendo brillar unas líneas alrededor en celeste. Cuando Yashiro tomó uno de ellos con ambas manos, frunció el ceño al escuchar una voz femenina y mecanizada en su cabeza.

Dominador portable. Se ha activado el sistema de diagnóstico y supresión psicológicos. Autenticación de usuario: inspector Yashiro Takahashi. Departamento de Investigación Criminal del Buró de Seguridad Pública, aprobación de uso de dominador confirmada. Usuario válido.

El más bajo de los hermanos se hallaba delante de ella, y cuando se guardó el arma le dedicó una breve sonrisa osada, mientras hacía un gesto de pistola a un lado de su cabeza y fingía dispararse a sí mismo.

-No te preocupes, nosotros hacemos el trabajo sucio -aseguró él con una voz apresurada, impaciente-. Si algo sale mal, puedes echarnos la culpa y dispararnos. Al fin y al cabo, somos criminales latentes.

Yashiro arqueó una ceja ante lo rápido que parecía entrar en confianza con los demás, pero de su garganta no salieron palabras, puesto que el más alto tomó su dominador y clavó su fría mirada en la de ella. No parecían hermanos en absoluto, a excepción de la semejanza física que había entre ambos.

-¿Sabes usar un dominador? -inquirió el sujeto en un tono amenazante y, a la vez, indiferente.

Yashiro asintió con la cabeza, sin dejarse amilanar por el aspecto autoritario que parecía desear exhibir.

-Recibí entrenamiento, pero soy consciente de que las cosas se aprenden en la realidad.

El muchacho inclinó la cabeza ligeramente en un gesto de aprobación. El hermano, por el contrario, dejó escapar un silbido de sorpresa mientras lo apuntaba con el cañón imaginario de su mano, como si con meros gestos compartieran un lenguaje propio.

-Su seguro se libera cuando el objetivo es un criminal latente. Lo único que tienes que hacer es disparar cuando te lo dice -explicó el mayor de los Akiyama mientras caminaba, sin esperar preguntas o interrupciones-. El modo básico es el paralizador, que dejará incapacitado al objetivo para ser puesto en custodia.

Yashiro no pudo evitar respirar profundo al observar sus alrededores decadentes y sin vida. Los pasillos sucios iluminados por diferentes carteles fluorescentes, contenedores de basura medio abiertos y objetos de todo tipo repartidos por el suelo, desde botellas de alcohol vacías y rotas hasta preservativos usados. Transcurrieron como diez minutos en completo silencio, hasta que una voz irrumpió en la línea que la división compartía.

-Aquí Husky 3 -sonó la socarrona voz del menor de los Akiyama por el comunicador-. El objetivo se encuentra en la segunda planta. ¿Cuáles son las órdenes?

Yashiro frunció el ceño cuando el grito aterrado de un niño bramó la línea, seguido de dos disparos. El ejecutor Kozuki se puso en marcha automáticamente adentrándose en el edificio, y ella siguió el ejemplo.

-Al habla Balto 1 -declaró jadeante la inspectora Aoyanagi, siendo casi aplacada por el ruido de sus pasos-. Informe de la situación.

-El objetivo está… bajando.

Cuando Yashiro llegó a la primera planta a través de las escaleras, divisó al sujeto corriendo del otro lado, seguido de un niño. Kozuki se dirigió hacia él con el dominador en mano, y llegó a alcanzarlo primero haciéndole frente, aunque ella avanzó por el mismo lugar para acorralarlo más adelante. Sin embargo, para su propia sorpresa, fue recibido por una ráfaga de balas que tenían como única intensión despistarlo, y lo obligó a retroceder para cubrirse con un pilar.

En el instante en que Yashiro se dignó a alzar el dominador, el niño se volteó hacia ella como impulsado por una fuerza sobrenatural y gritó para advertirle al hombre, revelando que era su padre. Cuando el mayor se dio cuenta de que estaba rodeado, en un acto desesperado tomó a su propio hijo, colocando el cañón de la pistola en su cabeza y dando unos pasos atrás, para protegerse la espalda. A pesar de la distancia fue capaz de oír el gruñido de impotencia por parte de Kozuki, quien al igual que ella, no esperaba una reacción semejante.

-Si se acercan le meto un tiro, lo mato -gritó el sujeto, dirigiéndoles miradas suspicaces a ambos-. ¡Tiren sus armas!

Kozuki se separó del pilar para permanecer a unos metros, y casi sin vacilar arrojó el dominador en su dirección, el cual se desplazó por el suelo hasta quedarse a medio metro del hombre. Yashiro, por su parte, cedió ante la amenaza tiempo después y se mantuvo en la misma posición. Fue entonces que el sujeto dio unos pasos hacia adelante, encaminándose al dominador de Kozuki, y se agachó unos centímetros sin soltar a su hijo, hasta que por fin logró coger el arma de la agencia soltando la suya propia.

El niño, cuyo rostro estaba enrojecido por las lágrimas y su cuerpo temblaba de pies a cabeza, cayó de bruces al suelo cuando el mayor le propició un fuerte empujón. La sonrisa animal que iluminó todo su rostro pronto se vio difuminada por un rencor casi enfermizo, a medida que los segundos transcurrían y aunque apuntaba temblorosamente a Yashiro, el gatillo no respondía a sus órdenes. El dominador era un arma autorizada por la Oficina de Seguridad Pública, y no podía ser manipulada por civiles. El señor Maki no era un usuario válido, y cuando se percató de ello fue demasiado tarde.

Su pecho se abrió tal portal hacia otra dimensión, y en una fracción de segundo su cuerpo se partió en dos, reduciendo a la nada tanto su tórax como su cráneo, y dejando en el suelo los restos de sus extremidades. Yashiro parpadeó ante la imagen y se volteó de manera instintiva, encontrando, de ese modo, al rostro sonriente que poco a poco se le hacía cada vez más sencillo memorizar. Cuando salió de las sombras y se acercó a ambos, guiñó un ojo de una manera un tanto peculiar, pero antes de decir cualquier cosa clavó su atención en el niño, alzando su dominador, que empezaba a cambiar de forma.

-¡Espera! -exclamó Yashiro, interponiéndose en su línea de visión.

Cuando aferró el cañón de su arma, alzándolo en el aire e impidiendo que disparase, el muchacho chasqueó la lengua sin dejar de hacer fuerza contraria. Estaban tan cerca el uno del otro que podían escuchar el sonido agitado de su respiración. El niño estaba sentado en el suelo, pero de manera casi inconsciente se arrastró hacia atrás como un cachorro herido, alejándose hasta chocar de espaldas con la pared. Estaba en shock, con la mirada fija en la sangre de su padre.

-Ayudar a un criminal significa ser cómplice, ¿sabes? -arremetió él-. El propio Sistema Sibyl afirma que no podemos ayudarlo. ¡Es una amenaza para la sociedad!

-Sólo es un niño que lo único que le quedaba era su padre, ¡no cometió ningún crimen!

Yashiro arqueó una ceja al advertir, por el rabillo del ojo, que el ejecutor Kozuki tomó el dominador que había soltado momentos antes, dirigiéndolo hacia el cuerpo inmóvil del niño que ni siquiera reaccionó ante dicho movimiento. Yashiro ya no sintió nada a su alrededor y no pudo contener sus impulsos. En un mero parpadeo, se separó bruscamente del ejecutor y atisbó a alcanzar su propio dominador, permaneciendo con una rodilla en el suelo mientras extendía uno de sus brazos en dirección a Kozuki.

El Coeficiente Criminal es 130. Ejecutor registrado en el Departamento de Investigación Criminal. Objetivo a voluntad. El seguro será liberado.

-Usaremos el modo paralizador y lo pondremos bajo custodia, como debe ser con cualquier víctima -sentenció Yashiro, tratando de exhibir autoridad.

Kozuki arqueó una ceja y se la quedó observando en silencio con cierta altanería, como si en realidad dudara de que fuera capaz de dispararle. Sin embargo, Yashiro comenzó a apretar el gatillo ligeramente, aunque lo suficiente como para demostrarle que estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario. Tras unos segundos que le pareció una eternidad, Kozuki por fin acató sus órdenes, y Yashiro se permitió dejar escapar un suspiro de alivio, guardando su dominador. Luego se aproximó al niño con suma delicadeza, arrodillándose un metro frente a él, de manera que el cuerpo restante de su padre quedase fuera de su vista.

-Somos de la Oficina de Seguridad Pública, vinimos a ayudarte. Estás a salvo ahora, ya no necesitas huir.

El chico alzó la mirada lentamente hasta encontrarse con el plateado de sus ojos, que en ese momento brillaba exhibiendo una calidez casi maternal. Su respiración, hasta entonces entrecortada, volvió a su pulso normal y pareció recobrar el control de su cuerpo, que irguió contra la pared para sentarse con más comodidad. Fue entonces cuando Yashiro dibujó una sonrisa amable, sintiendo por sí misma la forma en que se aclaraba su tono. Y, de pronto, el sonido de un disparo quebró el silencio y el cuerpo del joven se estremeció por completo, hasta caer hacia un lado inconsciente.

Sobre una pasarela, a varios metros de distancia, se encontraban Aoyanagi y el mayor de los Akiyama, aunque para su sorpresa fue el segundo quien utilizó el modo paralizador. Yashiro se quedó estudiando unos segundos el rostro sombrío e inquietante que enseñaba, la postura erguida e inamovible ante su propio accionar, como si fuera algo a lo que se había acostumbrado con el tiempo y no cuestionara ni un ápice sobre ello. Un soldado de madera que era moldeado por el Sistema Sibyl con entera sencillez, según la situación lo exigía.

-Tendrás que llenar un informe luego, inspectora Takahashi -anunció la voz de Aoyanagi a través del comunicador.


Yashiro abrió despacio los ojos, acostumbrándose a las penumbras de su habitación. El turno en la Oficina de Seguridad Pública comenzaba a la tarde, y se levantó luego de estirarse y bostezar. Su apartamento era simple y carecía de un sistema holográfico instalado, pero tenía lo justo y suficiente para ella. En el comedor había un pequeño balcón que ofrecía luz y le permitía contemplar el exterior, o colocar una silla para quedarse leyendo. El alquiler era de los más baratos, pero lo había elegido por su minimalismo, y una ventaja de tener vecinos constituidos por familias y gente mayor, era la tranquilidad.

Le dirigió una rápida mirada a dos pequeños cuadros que se hallaban colgados en la pared de su habitación, justo al lado de su librero. En la primera imagen se encontraba en la biblioteca de su antigua academia, sentada junto a un sonriente Toma mientras que, detrás, y con un libro en su mano, un sorprendido Makishima. En la segunda, por el contrario, estaba con una solemne Rikako. Se sentía culpable por tener esas fotografías, pero se veía incapaz de deshacerse de ellas. Una tenue sonrisa se agolpó en sus labios, y luego de desayunar unas frutas sin una impresora de alimentos, se vistió con la ropa característica de oficina y salió de su apartamento, despidiéndose de algunos vecinos que estaban preparándose para ir a trabajar.

Cuando la torre NONA se alzó frente a ella como un gigante auténtico que reinaba en la ciudad con su mera presencia, Yashiro tragó saliva y contempló su esplendor durante casi un minuto entero, hasta que por fin se atrevió a avanzar. Como había llegado media hora temprano, decidió explorar los diferentes pasillos y se detuvo unos instantes al reconocer el cabello castaño y corto de un hombre mayor. Cerró los ojos durante unos segundos, y entró a la oficina a paso apresurado como si hubiera estado corriendo.

-Oh… disculpen -confesó ella en un tono arrepentido, dándose media vuelta.

El chillido de una silla al girarse le sacó una breve sonrisa, y se detuvo justo antes de salir.

-Te perdiste, ¿señorita? -dijo una voz grave pero amable a sus espaldas-. Tu eres la nueva inspectora de la que todos hablan, ¿verdad?

Yashiro se dio la vuelta y frunció el ceño al descubrir que el dueño de la voz, era el mismo hombre que había visto el año anterior durante el Caso de los Especímenes. Recordaba haberlo visto con una gabardina marrón, pero en ese momento se encontraba con una camisa blanca debajo de una corbata negra, estilo de oficina que no le quedaba bien, y el cual le sacó una sonrisa. Era más el tipo de hombre que iba directo al campo, resolviendo los casos más complejos, y no permanecía con el papeleo habitual.

-Inspectora Yashiro Takahashi -se inclinó ligeramente-. Es un placer.

Una vez más, un ejecutor denotaba desconcierto al verla haciendo una reverencia casual, como si viniera de otro país y su idioma fuera diferente. Comenzaba a creer que no era usual que los inspectores se mostrasen educados con los ejecutores.

-Tomomi Masaoka… de la división uno.

Por un momento se vio forzada a sostenerle la mirada, y se dio cuenta de que a pesar de que era un criminal latente, no lo parecía en absoluto. Dudaba que haya cometido un crimen alguna vez en su vida, pues lo único que transmitía era la confianza y calidez de un padre. Yashiro ladeó la cabeza hacia un lado, y echó una mirada encima de su hombro para buscar dentro de la oficina los demás rostros. Había una mujer joven de cabello negro recogido en una coleta, que observaba con la misma desconfianza que creía recordar, y nadie más.

-¿Y los inspectores Kougami y Ginoza? -preguntó con suavidad.

Al principio Masaoka abrió los ojos de golpe, asombrado, quizá, de la impoluta memoria de la joven. Sin embargo, tras unos segundos suspiró profundamente y se rascó la cabeza, cerrando los ojos. A sus espaldas, la mujer que parecía escuchar música a través de unos auriculares negros, se estiró en la silla frunciendo el ceño, y aunque no dijo nada Yashiro era consciente de que compartía la misma preocupación.

-Ex inspector -corrigió Masaoka observando uno de los escritorios, el cual tenía encima un cenicero lleno de cigarrillos-. Cuando el año pasado fue asesinado un colega que era amigo suyo, su psycho pass se volvió turbio… y desde entonces ya no es el mismo.

Yashiro se quedó con los labios entreabiertos, sin saber qué decir por unos instantes. Había entrado a la oficina con la excusa de saludarlos, pero lo que menos habría esperado era una noticia semejante. Entonces recordó lo que había estado diciendo la directora junto a la inspectora Aoyanagi. Tras la degradación de Kougami, los demás inspectores trataban de mantenerse al margen, protegiendo sus propios coeficientes criminales ante el peligro de una reacción en cadena.

-Eso es terrible…

Durante unos segundos se armó un silencio melancólico e incómodo, hasta que Masaoka carraspeó como para alivianar el ambiente, y a su vez, incorporarse él mismo a la realidad. Yashiro se dio cuenta de que el recuerdo del ejecutor Sasayama seguía inmerso en sus mentes, y les costaba dirigir una mirada a su escritorio, el cual se hallaba limpio y ordenado, distinto al que probablemente utilizó alguna vez. Kougami era el único que parecía haber adoptado una manía de él, y era su particular gusto por los cigarrillos.

-Escuché los rumores sobre ti -agregó Masaoka mirándola con detenimiento, al situar el codo sobre el apoyabrazos de su asiento-. Fuiste de los mejores promedios y tienes un tono tan claro como el agua… incluso después de lo que le pasó a esa chica… ¿cuál era su nombre?

-Toko Kirino -corroboró la mujer desde el otro escritorio, con una voz que fingía desinterés.

-Claro, la hija de una de las víctimas -continuó el mayor acariciándose la barbilla-. Todo el caso se fue al tacho por falta de testigos cuando la encontraron con daño cerebral, incapaz de comunicarse…

Masaoka se percató de que la conocía porque también había sido estudiante de la Academia Ousou, y se acalló automáticamente, sintiéndose de cierta forma culpable. Yashiro percibió la incomodidad y negó con la cabeza, dejando en claro que podían hablar de ello sin ningún problema.

-¿Qué haces aquí, de todas formas? -cambió de tema con una sonrisa divertida-. Dicen que la inspectora Aoyanagi es igual de exigente que Ginoza… así que yo me iría apurando.

Yashiro dibujó una sonrisa traviesa, a la vez que se encogía de hombros. Masaoka era un hombre que le había caído bien desde el principio, quizá el único hasta entonces que le parecía humano en toda la agencia, incluso a pesar de que era un ejecutor. Uno sencillamente podía reconocerlo entre todos aquellos rostros. La edad no le sobraba, y era el tipo de persona a la que se acudiría para pedir consejo, ya sea sobre cosas de la vida o temas relacionados con el trabajo. Tenía la sensación de que podría tener buenas pláticas con él.

Yashiro le explicó que como era nueva no sabía dónde estaba su oficina, y Masaoka no dudó en darle indicaciones, lo que denotó aún más su brazo izquierdo protésico. Luego le agradeció y salió de la oficina, alzando su mano en forma de saludo. Estaba algo lejos de su unidad, pero logró llegar diez minutos antes, y descubrió que la inspectora Aoyanagi ni siquiera se encontraba a la vista. En cambio, la imagen que obtuvo de los tres ejecutores la dejó petrificada en el lugar.

Kozuki manipulaba un mazo de cartas con total sencillez sin que estas se cayeran sobre la mesa, inmerso en sus propios pensamientos. El menor de los Akiyama se hallaba reclinado en el asiento, con los pies sobre el escritorio y unas gafas de realidad aumentada. Cuando se giró hacia ella las alzó sobre su cabello negro y ondulado, a la vez que se erguía y sentaba correctamente. Su hermano mayor, en cambio, era el único que parecía concentrarse en el trabajo desde tan tempranas horas, puesto que parecía estar leyendo unos informes, aunque no llegó a distinguir de qué trataban.

-Ah, inspectora. Bienvenida a la división dos -soltó el joven sin sacar la sonrisa atontada de su rostro-. Creo que no nos hemos presentado. Soy Daiki Akiyama. Él es Ryoga Kozuki y el mueble de allá es mi hermano, Katashi.

Cuando los otros se percataron de su presencia, se giraron en sus asientos para estudiarla. El semblante de Katashi carecía de todo significado, no podía intuir lo que estaba pensando porque parecía que los gestos no eran algo a lo que su cuerpo estaba acostumbrado. Kozuki seguía moviendo las cartas de manera experta, con los labios ligeramente entreabiertos. Yashiro realizó una ligera reverencia y se dirigió a su propio escritorio, el cual estaba más alejado de los demás, recordando que tenía un informe que completar sobre el caso del día anterior. El papeleo le aburría bastante, pero confiaba en que podría sacárselo de encima lo más pronto posible.

-¿Cómo supiste que era una víctima? -la reincorporó a la realidad Kozuki.

Habían pasado varios minutos. El informe estaba listo y pulsó una última tecla táctil para enviárselo a la inspectora Aoyanagi. La oficina se hallaba en absoluto silencio, y cuando se giró en su silla reparó en la alta y delgada figura de Kozuki, de pie a un lado de su escritorio. Tenía la frente arrugada y la miraba como si aún no confiara del todo en su presencia. Yashiro tardó unos segundos en comprender que se refería al niño que habían ayudado. A pesar de que ya no tenía padres, la tía había decidido hacerse cargo de él.

-Algunos padres se aprovechan de la inocencia de los chicos, y los utilizan para cometer actos ilícitos -explicó Yashiro con una cálida sonrisa.

Los otros dos ejecutores escucharon con suma atención, a pesar de que demostraban estar ocupados con sus propias aficiones. Yashiro sabía que estaba siendo estudiada por cada uno de ellos constantemente, algo que la desconcertaba pero que, en verdad, no la molestaba. Su voz resguardaba secretos que no estaba dispuesta a enseñarles a unos meros desconocidos, y ellos eran conscientes de ello.

-Manipular a un niño y, encima, tu propio hijo -ironizó Kozuki, dibujando una media sonrisa por primera vez en su presencia-. Increíble.

Antes de que pudiera acotar algo más, el sonido de una alarma invadió toda la oficina, incluidos los pasillos exteriores. Era una advertencia de nivel de estrés en un área especificada, lo que significaba que un psycho pass había sido detectado con un valor superior a la media. La voz femenina inundó toda la oficina, hasta acabar exigiendo que el inspector que se encontrara disponible acudiera al sitio con sus ejecutores inmediatamente.

Yashiro se reclinó en el asiento, sintiendo que una fuerza mayor tiraba de ella como si deseara despedazarla. De todos los trabajos que podía ejercer, había elegido la Oficina de Seguridad Pública, el único que requería un psycho pass superior. No creía en el destino, confiaba en el azar, pero aun así presentía que ese era su lugar. Tenía muchas preguntas, y estaba dispuesta a hallar las respuestas. ¿Lo estaría también Makishima?