Capítulo 25

Confianza

Gilgamesh y Enkidu se encontraban en silencio, sentados alejados uno del otro, observando el cadáver de Gugalanna frente a ellos. Enkidu tenía un hilo de sangre incesante en su cabeza y Gilgamesh parecía demasiado ofuscado y enfocado en sus pensamientos como para decir palabra alguna.

Poco a poco el amanecer comenzó a llegar y con ello las sombras de la noche se disiparon para mostrar el desastre: casas tumbadas, muertos, fuego y parte de la muralla destruida. De todas formas, Uruk era la ciudad más brillante y rica, estaba bendecida por Shamash y volvería a resplandecer como ninguna otra.

Los ciudadanos vivos se mantenían alejados de Gilgamesh y Enkidu, quienes aún en silencio, parecían sopesar lo que realmente hicieron. Enkidu tenía una expresión de mortal seriedad, tanto que parecía que cierta parte de su belleza se hubiese esfumado con la firmeza de su rostro. Gilgamesh se quitó la sangre de su rostro y se llevó las manos a la cabeza.

—Hemos matado a esa cosa—dijo después de un momento de silencio—. Esto puede ser muy malo.

—Da igual—contestó Enkidu en un tono grave—. Lo hecho, hecho está. Si no acabábamos con él, Uruk hubiese sido destruida. Ahora sólo queda regocijarnos por nuestra victoria.

Ambos no parecían muy convencidos con ello.

—Quizás Ishtar es la primera en pelear con nosotros—murmuró Gilgamesh, levantándose de su lugar para ir al lado de Enkidu—, ¿Estás preparado para pelear con otros dioses? ¿No era ese tu deseo esta noche?

Enkidu suspiró y negó.

—Tenías razón, hubiese sido una estupidez.

"De todas formas Gil, al parecer Ishtar es la única que realmente quería hacer algo contra nosotros. Otros dioses ya hubiesen lanzado su poder apenas supieran que peleábamos contra Ishtar. Quizás ya no les importamos o realmente vieron el cambio que has tenido. Espero con ansias que sea esto último.

Gilgamesh asintió y fijó la vista en un punto muerto. Enkidu se llevó los dedos a sus sienes liberó la tensión en su cabeza. Revisó su herida y presionó contra ella.
Estuvieron otro momento en silencio, sin nada de qué hablar, hasta que Gilgamesh rio y se levantó.

—Esto hay que celebrarlo—dijo, palmeando la espalda de Enkidu—, hemos hecho frente a Ishtar y a ella no le ha quedado más que llorar como una malcriada.
Enkidu asintió sin muchos ánimos.

—No se puede esperar nada más de Ishtar. Ella es una malcriada. Ahora regresará a su reino sin el toro y quizás qué ocurra después.

Gilgamesh se echó a reír nuevamente, imaginando a Ishtar siendo regañada. Desvió la mirada hacia Gugalanna y vio como este comenzaba a desaparecer al igual que Humbaba. Sólo quedaron sus cuernos de lapislázuli y la armadura de oro estropeada.

—Hay que hacer algo con estas cosas—dijo Gilgamesh, mirando la bestia tendida azarosamente desaparecer—. El oro de su armadura y sus cuernos sin duda son tesoros nuevos a mi colección. Hubiese preferido tenerlo vivo en mis pertenencias, pero Ishtar lo hizo actuar así y él ha tenido que pagar por sus niñerías.

—Lamentable—agregó Enkidu, colocándose de pie—. Ella realmente es una diosa muy inmadura.

—Estúpida—corrigió Gilgamesh—. Esa mujer esta perdida en sus deseos y su egocentrismo.

Enkidu miró a Gilgamesh incrédulo por sus palabras y terminó sonriendo, sabiendo que la mayoría del reino pensaba aquello mismo de su propio rey.

—Gil—dijo Enkidu, luego de recoger un macetero quebrado con sus flores mustias—supongo te has dado cuenta de lo que ha ocurrido con mis cadenas.

—Sí—Gilgamesh sonrió y miró a Enkidu con orgullo— ¿No se supone que no eras capaz de pelear con dioses?

—Se supone. No sé que ha ocurrido. Mi rabia me hizo actuar en contra de Ishtar y lo he logrado.

Gilgamesh estrechó los ojos y ladeó la cabeza en señal de duda. Rodó los ojos en diferentes direcciones y llevó un dedo a su propio mentón.

—Interesante—admitió, acomodándose—. Ahora nada nos detiene a gobernar este mundo por completo.

—No es mi intención hacer eso—dijo Enkidu, completamente calmado, muy contrastante al bestiario que planeaba acabar con Ishtar—. La gente necesita de los dioses, necesitan sus dones. De todas formas, no era de eso de lo que quería hablar.

—Adelante—apremió Gilgamesh.

—Creo que mi fuerza se ha fortificado porque nuestra amistad se ha fortalecido también. Mis cadenas se han vuelto irrompibles—susurró, mirando su mano derecha.
Gilgamesh lo observó unos instantes y sonrió algo ido: quizás era verdad, su amistad estaba evolucionando y quizás eso era responsable de la fuerza que cada vez era más. Además, esa amistad estaba sobrepasando los límites y ambos eran conscientes de eso. Gilgamesh resopló y miró la ciudad:

—Mi Uruk—dijo, sombrío—, mi pueblo, mis templos, mis plazas, mi muralla.

Al sentarse, apoyó los codos sobre sus muslos y ocultó su rostro tras sus manos. Enkidu guardó silencio, mirando el cadáver de una mujer metros más allá de donde estaban. Tomó la flor a medio morir de la maceta y la llevó hasta ella, para colocarla sobre su pecho.

—Ishtar es sanguinaria—dijo Enkidu—, ya no se trata de una mujer inmadura o estúpida. Esto escala a otros niveles; ¿Por qué destruir la ciudad que estaba bajo su protección y la de Shamash?

—Por mí—contestó Gilgamesh—, por mí hizo todo esto. Quizás debería…

Negó varias veces y suspiró ahogado.

—¿Quieres decir que quizás debas aceptar lo que ella te propone? ¿No crees que es demasiado tarde, Gil? Se habría evitado esta carnicería.

Gilgamesh miró con severidad a Enkidu, pero en algo tenía razón.

—¿Qué esperas que haga? ¿Permitir que siga destruyendo Uruk?

Enkidu regresó a su lado y se sentó pensativo, mirando sus manos sucias en sangre seca.

—Por supuesto que no, Gil—Enkidu parecía algo ido, quizás ensimismado en sus propias ideas—, pero quizás debiste aceptar desde el primer momento.

—¿Qué? —Gilgamesh se enojó. Se giró para ver a Enkidu y enfrentarlo con la mirada—¿Mi opinión no importa? Yo no quiero nada con esa mujer, nada, absolutamente nada.

—¿Incluso si eso significa la destrucción de Uruk? ¿Por qué le temes tanto al compromiso?

—No le temo a ningún compromiso, no quiero estar con ella.

—¿Por qué?

—Porque seré su juguete, no es digna de mí, no me interesa todo lo que me pueda ofrecer.

Enkidu le regresó la mirada distraído.

—Sí… entiendo.

Gilgamesh volvió a cubrir su rostro. Resopló y finalmente miró los cielos cubiertos de ese amanecer gris. Los llantos de las personas se alzaban en el silencio propio del final de una guerra. Los escombros y la tierra húmeda manchaban los pies de todos y las humaredas de los focos de incendio sin apagar se alzaban a los cielos como columnas fantasmales de destrucción y miseria.

—Enkidu—comenzó Gilgamesh—, vamos al palacio, de nada nos sirve quedarnos aquí. Necesitamos descansar.

—No hay que descansar Gil, mira a tu alrededor, se necesita más ayuda que nunca.

—La ayuda será mejor si me encuentro descansado. No puedo pensar ahora.

Enkidu guardó silencio y se llevó una mano a su nariz: comenzó a curarla hasta que finalmente pudo sentir que el hueso estaba en su lugar.

—Tengo que curarte, tienes heridas profundas de flechas.

—Luego.

—¿Quieres darte un baño?

—Quiero dormir, quizás esto es una pesadilla.

—No puede ser más real…

Gilgamesh asintió y se puso de pie.

—Al palacio—indicó, ofreciéndole la mano a Enkidu.

Ambos caminaron con la sombra de la duda tras de ellos.

La ciudad había quedado en ruinas.

El desanimo era general a pesar de que los días transcurrían y las obras de reparación comenzaron. En el palacio las cosas no eran distintas. Gilgamesh y Enkidu iban de reunión a otra, planeando y organizando las labores para reestablecerse y volver a surgir. Los canales de suministro de agua se contaminaron y los ciudadanos tuvieron que ir con carretas y burros a buscar agua al río.

Shamhat y Mathma se fueron del palacio una vez que un mensajero entregó la misiva. Ninguno de los dos tuvo la oportunidad de despedirse de Enkidu ni mucho menos preguntar el porqué (aunque era más que obvio). Gilgamesh miró desde una esquina como ambos salían con sus simples pertenencias para desaparecer escaleras abajo y nunca regresar. Enkidu no se dio por enterado cuando sucedió, por lo que simplemente intentó olvidarlo y no hacer preguntas al respecto.

Gilgamesh no se encontraba de buen humor y Enkidu no reía como solía hacerlo. Es más, entre ellos había un aura de incomodidad que era tangible cada momento del día donde se encontraban, más aún en la noche donde cada uno dormía por su lado.

Enkidu llegó a creer que todo lo que ambos habían construido en secreto se desmoronó. Gilgamesh no le hablaba seguido ni bromeaban juntos. Solía comer a solas y cada vez que Enkidu iba a su jardín favorito se topaba con la soledad.

Gilgamesh por su lado estaba pensando seriamente en separarse de Enkidu por el bien de Uruk y de ellos. Comenzó a ignorarlo y a veces no dormía en su habitación, dejando a Enkidu a solas.

Una noche, Enkidu sintió que la angustia lo estaba carcomiendo por dentro. Se sentó en el borde de piedra de una de las piletas y miró sus manos delgadas tiritar. La ansiedad que se materializó era tal que su corazón palpitaba con más fuerzas cuando pensaba en ello.

Realmente temía que todo haya terminado, no sabía qué hacer luego de eso: ¿Irse? ¿Desaparecer? Aquel era el deseo de Ishtar. Quizá la diosa creó un encantamiento maldito que logró confundir a Gilgamesh hasta el punto de…

—No—se dijo Enkidu—, él nunca sintió algo por mí.

Agachó la cabeza para mirar sus pies descalzos. Los ojos se le nublaron y lloró en silencio, planteándose que hacer después de todo. Sabía que Ishtar se regocijaba de su drama, que seguramente reía extasiada al punto de apretarse el estómago. Sufrimiento, eso era lo que quería Ishtar para él, que sufriera todo lo que ella no podía hacerle físicamente. De todas formas, ella era la diosa del amor, la belleza y la guerra, conceptos delicadamente conectados entre sí.

Decidió levantarse e ir a dormir, para olvidarse de sí mismo. Cuando llegó a la habitación, se encontró con Gilgamesh tendido en el suelo, con un montón de almohadas desperdigadas. Las antorchas estaban apagadas y algunas velas iluminaban sus candelabros. Enkidu caminó sin producir ruido, pensando que Gilgamesh se había dormido cuando él lo llamó.

—Enkidu, ven—dijo Gilgamesh con una voz inusualmente fría—, he pensado algunas cosas.

Enkidu se volteó y se acercó hasta Gilgamesh para sentarse a su nivel y escucharlo.

—Dime—susurró, temiendo que sus nervios lo traicionaran.

—Creo que lo mejor es que nos separemos por un tiempo. Así Ishtar puede dejarte en paz.

Los miedos de Enkidu se materializaron y un dolor punzante cruzó su pecho como un rayo fortuito. Abrió levemente sus labios, pero no fue capaz de decir nada por mucho tiempo hasta que se atrevió:

—No—negó Enkidu, con cierto temblor en su voz—. Tú me dijiste que nunca me separara de ti.

Gilgamesh lo observaba con una frialdad propia de él. Enkidu mantuvo su temple firme, pero su sangre comenzó a agolparse en su cabeza y sus mejillas, inundando sus ojos en rojo. Ya había llorado antes, le resulto difícil negarse en ese momento, pero finalmente lo logró.

—Enkidu—empezó Gilgamesh con cierta monotonía—, será por un tiempo hasta que todo se calme. No tienes que siquiera irte de este palacio, pero mantendremos la distan…

—No—reiteró Enkidu ya alterado—, yo no me moveré de tu lado, es mi juramento, he dado mi sangre por ello, no te dejaré en ningún momento, no me importa que Ishtar venga a montar los desastres que ella quiera, no dejaré que se salga con la suya.

—¿A qué te refieres?

—Ella quiere alejarte de mí—dijo Enkidu, ahogado—y tú no te das cuenta de que precisamente quieres darle en el gusto.

Gilgamesh se quedó estático al escucharle hablar así. Se cruzó de piernas y apoyó los codos en las rodillas.

—Y si cediera ante ella, ¿Cuál es el problema? ¿No me habías dicho que lo hiciera acaso? ¿Qué pasa si de pronto la encuentro digna de mí?

—Cállate—susurró Enkidu sin establecer contacto visual en ningún momento—, tú la odias.

Gilgamesh soltó un intento de risa que más bien fue un bufido lamentable. Suspiró y colocó una mano en el hombro de Enkidu.

—Es sólo por un tiem…

—¡NO! —gritó Enkidu, apartando el cabello de su rostro.

—Enkidu, esto no se trata de Ishtar. Ella me da igual, no la quiero a mi lado, lo que quiero es que ella esté lejos de ti, si estamos cerca ella puede enfurecer y hacer otro desastre en la ciudad.

—¿Es lo único que te interesa, tu ciudad? —dijo Enkidu, herido— ¿Todo lo que hemos hecho ya no importa?

—Estás siendo dramático—contestó suavemente—, ya cálma…

Enkidu se arrojó a los brazos de Gilgamesh y se aferró con fuerzas a su espalda. Sus puños se enroscaron alrededor de la ropa y hundió el rostro en su pecho. Gilgamesh alzó los brazos y lo trajo consigo, resguardando el calor entre los dos.

—No me dejes—dijo Enkidu silenciado por la ropa—, quiero estar a tu lado, pelearé si es necesario.

Alzó su rostro afligido, rogando por una oportunidad. El color pálido de la piel era como las nubes de invierno, desoladas y melancólicas, lo que causó que Gilgamesh sonriera tristemente y pestañeara un par de veces.

—Será un tiempo, Enkidu.

—No—repitió por cuarta vez, separándose de Gilgamesh—, tendrás que batallar conmigo.

Gilgamesh resolló y alzó la cabeza.

—No quiero que te hagan daño.

Lo último parecía más un miedo camuflado que un deseo. Gilgamesh tragó saliva y ladeó la cabeza, desviando su atención hacia el balcón. Enkidu se puso de pie y extendió los brazos en señal de disgusto.

—¿Daño? Nadie me hará daño, puedo pelear contra los dioses ya, no le tengo miedo a Ishtar, le tengo miedo a otro tipo de cosas.

—¿Cómo a qué? —preguntó Gilgamesh, calmado.

—Como a perderte.

Enkidu se giró sobre sus talones y se encaminó al mirador para sentarse y respirar para calmarse. Miro la ciudad destruida, inhalando lentamente. Se asustó por las palabras proferidas, ya que eran más que reveladoras a cualquier oído intuitivo. Gilgamesh fue a su lado y se sentó cerca de él. Enkidu logró tranquilizarse y ambos permanecieron en silencio, observando la misma escena.

—Me gusta la quietud de la noche—dijo Enkidu casi en un murmuro—. Me hace sentir resguardado, como si la oscuridad me hiciera desaparecer de todo lo demás.
—Suena muy depresivo—contestó Gilgamesh, apoyando su dedo índice en la sien—. Las noches son para disfrutarlas.

El sonido de una vertiente de los jardines se colaba hasta sus oídos y hacían de la escena algo más relajante. La suave brisa nocturna hizo sonar las campanillas y las velas titilaron sus luces hasta que se apagaron, quedando en completa oscuridad.

—Gil… —musitó Enkidu, mirándolo—Eres lo más valioso que tengo en mi vida. Por favor no me dejes.

Gilgamesh soltó un suspiro para luego acomodarse.

—¿A qué viene eso?

—Me ha nacido decírtelo. Me gustó ver tu expresión cuando te lo he dicho.

—Mi expresión no ha cambiado, Enkidu.

—Para mi sí cambió—contradijo, colocando sus manos sobre su regazo.

Gilgamesh se acercó y pasó un brazo por sus hombros para luego apoyar su cabeza en la de Enkidu. Realmente la calma de la noche los resguardaba del mundo, como una cueva secreta en el medio de la nada, cubierta de flores que ellos ignoraban, pero que sabían que existían.

—Quizás si cambió—dijo Gilgamesh, mirando una hoja danzar con el viento.

Enkidu palpó la mano de Gilgamesh.

—¿Qué sientes por mí? —preguntó Enkidu, con un dejo de tristeza en sus palabras.

La pregunta le causó un vuelco en el estómago. Nunca se permitía pensar en ello, era un tema prohibido para él y mucho menos lo exteriorizaba. Desde aquella noche donde Enkidu le dijo que le quería, evitaba el tema como si fuese una peste mortal.

—No preguntes cosas así—desvió Gilgamesh, alzando su cabeza y separándose de Enkidu—. Suena desesperado.

—¿No sientes nada por mí? —dijo Enkidu con el corazón en la mano, temiendo la respuesta.

—No he dicho eso. No sé qué esperas que te diga. Ya sabes, eres mi amigo, mi mayor confidente y compañero.

—Eso no expresa lo que sientes por mí.

—No siento nada—dijo Gilgamesh sin pensar, sabiendo que era mentira.

Enkidu sonrió con melancolía. Dentro de él algo se quebró y trizó en mil pedazos, un diamante desperdiciado, roto por la fuerza destructiva increíblemente nefasta. Un velo de ansiedad cubrió su cuerpo y sintió como si lo abandonara, despersonalizándose completamente producto de la desagradable sensación. Una vocecita en su mente le pedía calma y otros cientos de manos pequeñas recolectaban los cristales rotos de su razón, como queriendo reparar lo imposible. De todas formas lo temía: aquel día llegaría para romperlo y despojarlo del anhelo de vivir.

—Lo sabía—dijo suavemente, mirando las luces titilar a lo lejos, en las murallas—. A pesar de que confío plenamente en ti, tu corazón es de piedra.

—¿Acaso temes no ser correspondido? Eso quiere decir que sientes algo por mí… algo diferente a una amistad—musitó Gilgamesh, mirándolo por el rabillo del ojo.

Un cometa surcó los cielos y se reflejó en los maravillosos ojos de Enkidu. La expresión de calma se torno lentamente en una de congoja. Le escocía la nariz, los ojos y la garganta. Su labio tiritó casi imperceptiblemente y una lágrima pesada por su mejilla izquierda, traicionando su fuerza de voluntad, sangrando su estabilidad a través del temblor de sus manos. Gilgamesh lo contemplaba expectante, con el corazón latiendo a mil por hora.

Nunca habían estado en una situación como esta, no con palabras.

—¿Realmente lo temes? —susurró Gilgamesh con sinceridad, dejando toda ironía y petulancia de lado.

—… Sí.

Aquello a pesar de no ser las palabras directas, confirmaba algo que a Gilgamesh le hizo sentir un balde de agua fría.

Enkidu estaba enamorado de él.

A pesar de todas las noches de pasión, las conversaciones amenas en la noche, los secretos guardados, las risas y las disputas, nunca se plantearon realmente si existía amor entre ellos. A Gilgamesh le seguía pareciendo ridícula la idea, pero no podía negar que aquello se deslizaba conforme pasaban los días.

—Cálmate—pidió Gilgamesh en un tono más duro de lo que debería haber sido. La frialdad de las facciones convertía sus palabras en órdenes—. Tienes miedos muy irracionales.

Enkidu alzó una mano para limpiar sus lágrimas, pero Gilgamesh lo hizo antes que él. Su dedo índice se deslizó a través de sus tupidas pestañas y sus ojos se encontraron.

No podía decirlo. Gilgamesh no conocía las palabras.

Tomó el rostro de Enkidu por el mentón con una mano para luego apartarse y volver a mirar su ciudad.

—Ve a dormir—le ordenó, cruzándose de brazos—. Iré pronto, tengo sueño.

—Duele—dijo Enkidu, señalando su pecho—. Me duele aquí.

La expresión perdida de Enkidu le hizo sentir incómodo. Parecía abstraído en sus pensamientos más dolorosos, buscando entre ellos aquella llama de esperanza que calentara sus ya congelados anhelos. Era tan dolorosa el aura que expelían sus gestos que le hicieron sentir angustia.

—Necesitas descansar—repitió Gilgamesh con un tinte tan soberbio que parecía una burla—. Ya se aliviará.

Enkidu se puso de pie y se retiró del lugar, dejando que su cabellera acariciara las manos de Gilgamesh.

Gilgamesh se apoyó en sus piernas para llevarse las manos al rostro. Su pulso era acelerado, sus brazos tiritaban.

Qué bien se sentía aquello. Se permitió vivirlo y disfrutarlo. Sonrió con un sentimiento de victoria en su interior: finalmente poseyó completamente a Enkidu, el arma de los dioses cayó a sus pies y su supremacía era absoluta: nadie en el universo era capaz de vencerle; la muñeca creada para destruirlo ahora era presa de un sentimiento vomitivo.

Su sonrisa se desvaneció.

¿Realmente todo se trataba de ganar una disputa estúpida de ya mucho tiempo atrás? ¿Sólo quería demostrar que el arma de los dioses era débil por él?

Curvó sus cejas y tragó con dificultad, de pronto todos sus orgullos se redujeron a cenizas, quemados por su propio ego destruido ante esta situación, algo que se escapó de sus manos, algo que era gobernado por el corazón. La verdad es que él también había caído, más rápido de lo que creyó seguramente. Aún así era impensable siquiera decirlo, estaba prohibido para él.

El sonido del agua le relajaba. El color de las hojas al reflejar la luna y el aroma de las flores eran agradables, pero quería sentir a Enkidu por sobre todas las cosas.

Cuando llegó a la habitación, Enkidu ya se había dormido. Descansaba con un brazo bajo su cabeza y el otro apoyado en dónde dormía Gilgamesh. Se quedó contemplándolo unos instantes para luego dirigirse a su lado e inclinarse a besar su nuca, pero se detuvo a escasos centímetros.

Finalmente no lo hizo y decidió acostarse a dormir, ya que al día siguiente esta conversación se esfumaría junto con la noche.

—Despierta Enkidu—dijo Gilgamesh a la mañana siguiente, leyendo una tablilla sobre la cama—, de destinado tu antigua habitación para que duermas en ella.

—¿Qué? —dijo Enkidu, algo confundido—¿Por qué?

—Te dije que nos separaríamos.

Enkidu apenas lo oyó se angustió. Se sentó en la cama y se llevó las rodillas al pecho.

—No puedo hacerlo Gil.

—Yo quiero que sea así. Nos separaremos.

Enkidu no pudo evitarlo: su nariz se congestionó rápidamente y los ojos se le llenaron de lágrimas.

—E-está bien, Gil—dijo, levantándose de la cama, caminando hacia el baño.

Gilgamesh había dormido poco esa noche. La angustia le comía el sueño, no podía calmarse: él estaba seguro de que aquella era la decisión correcta para calmar a Ishtar. No la aceptaría en la vida, pero alejando a Enkidu podía asegurar su bienestar.

Para el medio día, Enkidu estaba listo para salir de la habitación. Sin más, se dirigió a la salida y antes de abrir la puerta, Gilgamesh le detuvo por el brazo.

—No creas que ya no somos amigos—dijo con suavidad—, es por un tiempo.

—Ese tiempo puede ser para siempre, porque dudo que Ishtar cambie de parecer—dijo Enkidu, demasiado serio—, pero no te preocupes, estaré aquí por si me necesitas.
—¿Y qué hay de ti? ¿Qué necesitas?

—No necesito nada, estoy bien así. Continuaré con mis estudios.

—También debes continuar con el concilio, necesito tu ayuda más que nunca.

—Bien.

Enkidu iba a salir del hall pero Gilgamesh volvió a detenerle y lo atrajo consigo. Lo abrazó cálidamente. Enkidu arrugó el rostro y sus ojos se inundaron en lágrimas nuevamente.

—No hagas esto más difícil Gil—dijo, abrazándolo con fuerzas.

—No es una despedida, podemos vernos todos los días, como siempre.

—Pero no estaré aquí cuando pienses, cuando me necesites, cuando quieras simplemente observarme dormir.

—No, pero estaré tranquilo sabiendo que estarás a salvo. Es por ti.

—Lo entiendo Gil.

Gilgamesh le alzó el mentón y le depositó un beso sobre sus labios. Enkidu se separó enseguida y limpió sus labios.

—Nos vemos más tarde en el concilio. Tengo algunas ideas para reparar la ciudad, necesitamos…

—Hablemos de eso mas tarde.

Enkidu salió de la habitación y se fue a la propia, donde se encerró y no fue al concilio.

Para la noche, las sirvientas llegaron con la cena y Enkidu no la aceptó. Simplemente se quedó encerrado en la habitación, acostado en su cama, mirando por la ventana el muro destruido.

Ishtar finalmente lo estaba logrando, sin embargo, Enkidu sentía que de cierta manera lo merecía: él no era nada, no merecía compartir la amistad de Gilgamesh. Ishtar era una diosa y merecía todo lo que ella quisiera para sí.

Le seguía doliendo el pecho, desde la noche anterior donde Gilgamesh le dijo que no sentía nada. Apenas se acordó, se puso a llorar.

No entendía que era lo que le dominaba. Hace años no se habría sentido así de ninguna manera. Le estaba gobernando la razón y se estaba nublando y nublando cada vez más por sensaciones desconocidas. Se sentía enfermo y débil.

Se hizo un ovillo e intentó dejar de pensar. Comenzó a cubrirse con cadenas para protegerse del mundo, de aquellos sentimientos que le estaba abrumando, de sus miedos.

—Gil…—dijo Enkidu, sin evitar que las lágrimas corrieran por sus mejillas.

Supuso que eso era el fin de aquello que formaron entre los dos: la amistad seguiría, pero ya no como antes, con esa delicadeza de las miradas que se otorgaban uno al otro.

Cerró los ojos con el tiritar de sus párpados y finalmente decidió dormirse.

Gilgamesh estaba ebrio.

Bebió demás en la cena y se encontraba en el mirador, perdiendo la vista en la ciudad destruida. Jugaba con la copa en su mano y su expresión era de descontento. Cada vez que pensaba, estaba tentado a hablar con Enkidu, pero al caer consciente de que no estaba ahí, sentía un vacío en su pecho.

—Quizás fue una mala decisión—se dijo, consciente de que ya lo extrañaba—¿Por qué no puedo estar sin ti?

Gilgamesh negó y dejó caer el vino al suelo, viendo como las gotas borgoñas revotaban en las cerámicas. Se apoyó en un cimiento y miró las estrellas, percibiendo la brisa llegar a sus cabellos y despeinarlos levemente.

Se sintió débil al pensar que no podía pasar una noche sin Enkidu. Algo abrumado, decidió llamar una consorte y para cuando estuvo por salir, vio en una esquina la caja de Enkidu donde guardaba sus recuerdos. Fue tras ella y la descubrió.

Encontró mayormente cosas inservibles: telas, hojas, plumas.

Al revolver las cosas, encontró una bolsa de tela blanca con un nudo. Dudoso, decidió abrirla y al interior se encontraban las flores blanca y roja que alguna vez le regaló. Observó los pétalos secos que se desprendían y caían al suelo.

Cerró los ojos con fuerza.

Un dolor profundo caló por su pecho y no pudo evitar restregar su frente, angustiado.

Guardó las flores y sus pétalos dentro de la bolsita blanca y la dejó junto con el resto de las pertenencias: esa caja era muy importante para Enkidu y también lo sería para él.

La tomó y la dejó donde siempre la guardaba Enkidu: detrás de un mueble.

Caminó en círculos, olvidándose que llamaría a una consorte, cuando de pronto se dejó caer en un asiento, alcanzando la tinaja y sirviéndose más vino.

Bebió hasta que le dio sueño. Se encaminó a su cama y se tendió boca abajo, cayendo dormido enseguida.

Al día siguiente, se sintió pésimo.

Le dolía la cabeza y sentía el cuerpo adolorido. Se sentó con dificultad en la cama y se levantó para ir al baño. Se miró al espejo y se percató que tenía ojeras a pesar de haber dormido toda la noche. Entrecerró los ojos y se dedicó a lo suyo.

Después de alistarse y vestirse adecuadamente, fue a desayunar. Estaba todo dispuesto, como siempre, pero la angustia era mucha. Era increíble cómo no podía vivir un día sin él, lo necesitaba. Esperaba encontrarlo en el concilio para preguntarle cómo durmió para después ir a entrenar, como siempre.

Cuando llegó a la sala del concilio, no lo vio, al igual que el día anterior. Durante toda la reunión se mantuvo cabizbajo, distraído, viendo el puesto vacío de Enkidu.
Iría a verlo.

Terminado el concilio (no se enteró de casi nada), se fue a la biblioteca privada de Enkidu y no lo encontró. Fue al jardín que ambos frecuentaban, a su propia biblioteca, a la sala astronómica, a los observatorios, a su habitación antigua, la sala de entrenamientos y así, fue descartando los lugares hasta que el último lugar que quedaba era la habitación de Enkidu.

Al llegar a ella se detuvo unos instantes en la puerta y luego apoyó el oído. Apretó su puño donde la cadena se materializó y tiró de ella con suavidad.

No tuvo respuesta, a pesar de que esta se perdía en su interior.

Sin ser invitado, abrió la puerta y observó la exquisita suite donde Enkidu dormía. Pasó del hall y se internó hasta su habitación, donde el cabello verde caía por el borde de la cama.

—Enkidu, ¿Por qué no has ido al concilio? —preguntó con suavidad, acercándose para sentarse a su lado—, te necesito ahí. Estamos en una etapa crítica.

Enkidu se giró y estaba tan ojeroso como él. Tenía los ojos enrojecidos y la piel demasiado pálida. Se sentó en la cama al lado de Gilgamesh y guardó silencio.

Gilgamesh se inquietó: algo extraño había con Enkidu. Lo miró por largo rato hasta que se percató que no respiraba. Gilgamesh, impresionado, se lo hizo notar.

—Enkidu, por favor respira, ¿Qué te pasa?

Enkidu hinchó su pecho para poder hablar:

—Dejo de hacerlo de vez en cuando.

—Pero ¿Por qué?

—No sé.

Gilgamesh lo miró con reproche y sacudió la cabeza.

—Cómo sea, no descuides tus estudios ni el concilio. No tienes permitido estar de vago.

—Lo siento Gil. Intentaré ir mañana.

—¿Qué te pasa?

—Estoy triste.

—¿Es porque nos separamos? No seas dramático, nada ha cambiado. Sólo no dormimos juntos.

—No se trata de eso, Gil. Has estado muy distante conmigo, te volviste frío, ya no eres como antes. Supongo que todo se está acabando.

Gilgamesh rodó los ojos y resopló.

—Nada se está acabando.

—Entonces nunca hubo nada.

—Probablemente.

—Gil, ¿Puedes irte? Necesito estar solo.

Gilgamesh giró la cabeza y miró fijamente a Enkidu. Se había llevado las rodillas al pecho y se las abrazaba.

—Cenaré contigo hoy, para que veas que las cosas no han cambiado.

—Entonces, ¿De qué sirve que me haya ido de tu habitación? De nada, si todo sigue siendo igual que antes, a Ishtar seguro le molestaría mucho que estuvieses aquí. Hay algo que cambió.

—Enkidu—susurró Gilgamesh y meditó un momento sus palabras—, lamento haberte dado ideas equivocadas.

—¿Lo del viaje de regreso de matar a Humbaba? ¿Qué era eso?

—Las cosas que no puedo decirte.

—¿Cómo qué? —Enkidu empezó a desesperar. La voz le temblaba y los ojos se volvieron vidriosos—, ¿Perdiste la confianza en mí?

—Enkidu…

Se llevó las manos a la cara y restregó su rostro. Suspiró y se calmó. Enkidu se levantó de su lado y fue donde un lavatorio con agua perfumada. Se lavó el rostro y se volteó para sonreírle a Gilgamesh.

—No te preocupes, estoy bien. Seguiremos siendo amigos.

Gilgamesh asintió y se levantó de la cama.

—Iré a cenar. Si quieres, ven conmigo. Buenas noches.

—Descansa.

Gilgamesh salió de la habitación de Enkidu con el corazón en la mano.

Al llegar a la propia, volvió a sentir esa horrible sensación de soledad. Volvió a embriagarse, volvió a tenderse en la cama deseando sólo dormir.

No podía soportarlo. Si bien se había vuelto distante con él, no era lo mismo que dejarlo ir de su habitación. Su respiración serena le otorgaba tranquilidad y no tenerlo a su lado era algo tortuoso. Simplemente dormir con él era suficiente para sentirse en paz.

Durmió hasta que despertó abruptamente a media noche.

Se levantó, ya recuperado de sus mareos y se colocó una bata. Salió descalzo y caminó, girando por los pasillos, cruzando por las afueras de uno de los jardines hasta que llegó a la habitación de Enkidu. Se adentró sin preguntar y fue a su dormitorio. Estaba despierto, sentado en el balcón en la penumbra.

—Te sentí llegar Gil—dijo suavemente, casi en un susurro—, ¿Pasa algo?

—Vuelve.

Enkidu giró la cabeza y posó sus ojos brillantes en los de Gilgamesh. Pestañeó con sopor y sonrió con tristeza.

—¿Ves? Esto fue innecesario, pero creo que delimitó la barrera que debía ser delimitada.

—Cállate y vuelve.

—Quédate conmigo esta noche—dijo Enkidu, señalando su cama.

—Quédate conmigo todas las noches—contestó Gilgamesh, acercándose a él—, no me importa que creas lo que sea que creas, te quiero conmigo todas las noches.

Enkidu volvió a sonreír y asintió.

—Siempre estaré a tu lado.

Gilgamesh agachó la cabeza y ordenó sus ideas: al mirar la hermosa alfombra que cubría el suelo, pudo entender bien qué era lo que su corazón dictaba.

—Enkidu… —ladeó la cabeza de un lado a otro—, ¿Harías frente a Ishtar conmigo?

Enkidu rio con suavidad y se levantó de su asiento para ir con Gilgamesh. Se detuvo frente a él y tomó sus manos.

—Todos los días de mi vida le haré frente, por ti y por mí.

Gilgamesh estrechó sus manos y lo miró directamente a los ojos.

—Entonces ya no necesitamos estar alejados. Tengo confianza en ti. No te hará daño.

—No me hará daño, porque juntos somos mucho más fuertes que cualquier dios, pero juntos. Si nos separamos no servirá de nada.

—Entonces, ¿Por qué decías que era necesario para dejar en claro algo?

—Oh—Enkidu terminó abrazando a Gilgamesh y se apoyó en su pecho—, algunas cosas que no necesariamente tenemos que sentir.

—Tú no sabes lo que yo siento.

—Puede ser—admitió Enkidu—, pero estoy seguro de qué tipo de cosas no sientes.

—Sigues sin saber.

Enkidu abrazó con más fuerza a Gilgamesh y soltó un suspiro.

—Duerme conmigo.

Cerró los ojos y se aferró a su espalda.

Gilgamesh entrecerró los ojos y tragó para calmarse: quizás estaba siendo apresurado, pero intentar alejarlo fue más difícil de lo que creyó. Le costaba trabajo ignorarlo y ser cortante con él, era tan importante en su vida que pasó a ser parte de su día a día.

Apoyó el mentón en la cabeza de Enkidu y acarició su espalda con suavidad. Se encaminó a su oreja y le dejó un beso casi silencioso, que causó una ola de calor a Enkidu. Respiró sobre ella y luego buscó sus labios. Era embriagante estar tan cerca de él, tocar esos labios finos y levemente húmedos.

El movimiento suave de ese beso fue suficiente para que Enkidu lo guiara a su cama. Ambos se acostaron y Gilgamesh se quitó su bata para quedar en pantalones. Enkidu no se había quitado su túnica y esta caía a los costados de su cuerpo, delineando lo delgado que era. Se acurrucaron uno al lado el otro, abrazados, sintiendo la respiración y los latidos.

—Gil… no me hagas algo así nunca más.

Gilgamesh asintió y contestó:

—Admito que me equivoqué. No puedo estar lejos de ti.

Enkidu sonrió levemente y se incorporó para quitarse su túnica y quedar también en pantalones. Extendió una manta sobre ellos y apegó su espalda al pecho de Gilgamesh. Una mano fuerte y segura le rodeó la cintura y se quedó estática.

De a poco se fue durmiendo, aliviado de tener a Gilgamesh a su lado nuevamente.

La mañana siguiente, Gilgamesh despertó antes que Enkidu. Dormía a su lado y observaba a Enkidu: su rostro de absoluta calma era hermoso. Alzó una mano para acariciar con un dedo su mejilla.

La mañana había avanzado lo suficiente como para ver el sol por la ventana. Se restregó los ojos y bostezó: otro día lleno de trabajo le esperaba. Se levantó y se colocó la bata que estaba en el suelo.

—Gil, acuéstate un momento más.

—Es tarde, tenemos trabajo que hacer.

Enkidu se quejó audiblemente y tomó las mantas para cubrirse con ellas completamente. Gilgamesh lo miró unos instantes y negó con suavidad.

—Levántate, vamos a desayunar a mi habitación.

Enkidu salió de su escondite y se levantó, con el rostro adormilado aún.

—Quisiera un día simplemente dormir toda la mañana.

—Mientras Uruk se encuentre en este estado, no podrá ser posible.

—Me alegra que te preocupes de tu reino de esta manera.

—Es mi deber—contestó Gilgamesh con un tono demasiado grave.

Ambos salieron de la habitación de Enkidu en pijamas. Por alguna razón, Enkidu se sonrojó al ver los guardias en la esquina del pasillo, ya que pensó que ellos podrían estar infiriendo cosas, las cuales eran medianamente ciertas.

Al llegar a la habitación de Gilgamesh ya estaba todo listo. Ambos se sentaron a la mesa y se dispusieron a desayunar, como siempre lo hacían.

Gilgamesh dejó un trozo de manzana de lado y se restregó la frente.

—¿Pasa algo? —preguntó Enkidu, comiendo queso.

—La verdad es que ahora considero que esta idea que tuve fue bastante estúpida. Sólo he durado dos días lejos de ti.

Enkidu sonrió y sintió rubor en las mejillas. Se veía mucho más repuesto y vivo.

—Yo no soporté ni un solo día sin ti. Simplemente me confiné a la habitación y así me quedé.

—Supongo permanecer juntos es nuestra fortaleza.

—Me alegra que por fin lo veas.

Gilgamesh comió animado. Luego de desayunar, se preparó y dejó que Enkidu también lo hiciera para que ambos fueran al concilio. Cuando estuvieron los dos listos, se miraron unos instantes y terminaron sonriendo.

Enkidu lo invitó a su lado y salieron del hall y caminaron en calma. Si bien era temprano, los concilios se llevaban a cabo todos los días debido al desastre en Uruk y generalmente eran interrumpidos sólo por el almuerzo. Gilgamesh estaba algo cansado de las reuniones, pero era consciente de que no quedaba de otra. Al llegar, se percató que un silencio prologado y pesado inundaba la instancia. Enkidu arrugó el entrecejo y miró a Gilgamesh como buscando respuestas.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó Gilgamesh, sentándose en su silla y colocando un dedo en la sien.

Los hombres se miraron entre sí hasta que uno decidió finalmente hablar:

—El consejero Nehan se ha suicidado.

Gilgamesh, al escuchar el nombre de su consejero de recursos abrió los ojos levemente y posó la mirada en el centro de la mesa.

—Justo cuando más lo necesitamos. Maldita sea, sólo él conoce los valores y…

Enkidu agachó la cabeza y posó una mano en el hombro de Gilgamesh.

—Lamento la pérdida de un miembro tan valioso, ¿No es así, Gil?

Gilgamesh miró despreocupado a Enkidu y asintió, sin realmente pensar en el asunto.

Cuando Enkidu se sentó a su lado, una sombra cruzó por el rostro de Gilgamesh y estrechó los ojos, como si recordara algo. Estuvo casi todo el concilio apagado, en silencio, meditando algo ido, jugando con un cincel, concentrado en el tallado de Siduri. Enkidu, consciente del comportamiento de Gilgamesh, se quedó con él una vez que todos se retiraron para almorzar. Siduri reverenció (a pesar de que Gilgamesh le había pedido que no lo hiciera más) y se fue.

—¿Qué pasa? —preguntó Enkidu, ladeando la cabeza.

—Nada realmente. En la noche te hablo.

—¿Por qué no ahora?

—Porque no quiero hablar de eso y después ver gente.

Enkidu quedó genuinamente intrigado.

Gilgamesh, como nunca, fue a almorzar al comedor principal, seguido de Enkidu. Se sentaron a la mesa y la comida fue servida.

—¿Te impactó la muerte de tu consejero?

—En un principio no, pero luego recordé algo. De eso te hablaré en la noche.

—Bien. No te preocupes. Ahora distráete, te ves cansado.

—Claro que estoy cansado, todo este ajetreo y deberes agota a cualquiera.

—Pronto Uruk volverá a surgir, sé que será así.

—Se necesita mucho recurso para esto y justo al consejero se le ocurre suicidarse.

—¿Has pensado qué fue lo que lo llevó a eso?

—Supongo la sobrecarga de trabajo.

—Quizás perdió su familia en todo este caos.

—Lo dudo, era un hombre adinerado, esas casas están cerca del zigurat y aquí no pasó nada.

Enkidu meditó y negó finalmente.

—No sé que cosas pueden llevar a una persona a hacer algo así.

—Hay muchos motivos—dijo Gilgamesh, encogiéndose de hombros—, es inevitable.

Gilgamesh se llevó un trozo de cordero a la boca y sonrió ante el sabroso bocado.

La tarde no fue más diferente que la mañana. La reunión se volvió tediosa y densa cuando el atardecer comenzó a teñirse de tonos rosáceos y Gilgamesh alzó una mano, restregando su cabeza.

—Suficiente, mañana continuaremos. Fuera de aquí.

Los presentes ordenaron sus tablillas, tomaron las últimas gotas de jugos y agua y se dispusieron a abandonar la instancia. Siduri terminó de tallar y se acercó a Gilgamesh.

—Mañana es mi día libre—dijo con algo de temor—, puedo desertar de él para continuar con mi labor, Uruk necesita toda la atención.

—No—Gilgamesh miró a Siduri y le sonrió vanamente—, descansa, todos necesitan descansar.

—También tú—agregó Enkidu, poniéndose de pie—mañana descansa también. Yo puedo escribir las tablillas y escuchar a los consejeros.

—No—volvió a negar Gilgamesh—, tengo otra chica destinada a escribir y vendré contigo. No puedo permitir que salgan ideas descabelladas gracias a tu poco criterio.

Enkidu torció los labios y cerró los ojos.

—Cómo quieras.

—Entonces mañana me ausentaré—dijo Siduri, aferrando su tablilla con fuerzas—, si me necesitas por favor llámame, estaré en el palacio.

—Sí, sí—contestó Gilgamesh algo aburrido—, ve. Tengo cosas que hacer.

Siduri evitó reverenciar y simplemente dio media vuelta y desapareció.

—Vamos Enkidu.

Enkidu, sabiendo que a Gilgamesh le urgía hablar, fue con él. Caminaba rápido y no lo esperaba tras cada esquina. Llegaron a la habitación y se encerraron en ella. La cena estaba servida y la sirvienta se retiró para dejarlos a solas.

Gilgamesh comenzó sirviendo vino en ambas copas y miró a Enkidu una vez que dejó la vasija sobre la mesa.

—¿De qué quieres hablarme? —preguntó Enkidu, sin probar bocado alguno.

Gilgamesh volvió a ensombrecerse y miró por el balcón, dejando su alimento de lado.

—¿Has deseado morir alguna vez?

Enkidu, extrañado, negó.

—Mi vida es una de las cosas más valiosas que tengo, pero si he deseado desaparecer.

—¿No es lo mismo?

—No lo es, porque es un deseo momentáneo. Luego quiero regresar. Quiero desaparecer en ti cuando estoy contigo, quiero desaparecer cuando estoy triste. Supongo es mi forma de lidiar con mis sentimientos.

Gilgamesh no cambió de expresión. Suspiró un par de veces y se decidió a hablar:

—Yo sí deseé morir.

Enkidu dejó de lado su pan y le miró directamente, esperando una justificación.

—¿Cuándo?

—Hace mucho, era muy joven aún, tiempo después de haber sido nombrado rey—Gilgamesh volvió a suspirar y sonrió con tristeza—. Me sentía solo, abandonado. Sin padres, sin amigos. Tantas responsabilidades de pronto y … —Gilgamesh exasperó y se rio—La verdad no es importante, ya pasó.

—Por supuesto que es importante—dijo Enkidu, colocando una mano en el antebrazo de Gilgamesh—, ¿Cómo un niño puede soportar la vida de un adulto de un momento a otro? Más en el abandono. Yo sé que tu madre te adora y destinó este hermoso reino a ti, pero su amor se manifestó de manera distinta a lo que haría comúnmente una madre. Eres su hijo favorito. Lo entiendo y lo comprendo, pero no lo comparto. Quizás debí aparecer cuando me necesitabas.

—¿Cómo íbamos a saber que terminarías siendo mi amigo y no mi contrincante?

—No lo sé. Quizás este era nuestro destino.

Gilgamesh se apoyó en su mano derecha y jugó con su comida.

—¿Por eso has estado tan abrumado? —dijo Enkidu, intentando hacer contacto visual.

—Sí, porque la muerte…

Negó y sonrió con esa altanería propia de él.

—¿La muerte qué?

—Nada, no es importante.

—¿Hiciste algo en contra de tu vida? —preguntó Enkidu, ya sin comer.

—No.

—Entonces fue sólo un pensamiento. No hay nada de malo en eso, fantasear con la muerte es algo que hacen muchos humanos.

—Yo no fantaseo con la muerte.

—Algún día mori…

—No.

Enkidu guardó silencio. Lo inspeccionó con la mirada y ordenó las ideas.

—No quieres casarte porque no quieres descendencia, crees que este reino será tuyo para siempre: le temes a la muerte.

Gilgamesh quedó pasmado. Enkidu había sido certero y analítico. Definitivamente era la única persona que sabía leerlo. Lo sintió como un golpe de aire helado, por lo que Gilgamesh se enojó. Resopló y dejó la copa con algo de violencia en la mesa.

—¿Por qué siempre dices tonteras?

—No lo son, son tus miedos y quiero ayudarte.

—No necesito ayuda.

Enkidu tomó un trozo de pan delgado y comió acompañado de verduras asadas.

—No encuentro nada malo en un miedo tan sensato. Nadie sabe que hay en los dominios de Ereshkigal hasta que los pisas. Está bien, no te juzgo.

—Es que no hay nada que juzgar porque no le temo a nada.

Enkidu le sonrió dulcemente, tanto que su sonrisa provocó ruido en Gilgamesh.

—Me gusta como eres. Así eres auténtico.

Gilgamesh alzó una ceja y bebió vino.

Continuaron cenando con conversaciones banales, nada importante. Bebieron y pronto, se alistaron para dormir. Enkidu miró la cama y se llevó una mano al pecho.

—Pensar que fueron sólo dos días y siento que no estoy aquí hace mucho—se acercó a los doseles y los acarició. Desprendió la cinta de uno de ellos y la cortina cayó suave hasta ocultar parte de la cama del exterior.

—Creo que tu reacción es exagerada—dijo Gilgamesh, con un tono un tanto prepotente—, sólo fueron dos días.

—Fuiste tú el que fue a mi habitación para pedir que volviera—Enkidu sonrió maliciosamente para después relajar su expresión—, no importa, ya pasó, no lo cuestionemos más, error o no, aquí estoy de vuelta.

Gilgamesh se quitó la ropa elegante y quedó completamente desnudo, tal como le gustaba dormir. Enkidu por su lado, se puso su pijama y se sentó en la cama.

—¿Tienes miedo de Ishtar? —preguntó Gilgamesh, acostado con los brazos bajo la nuca.

Enkidu negó con suavidad.

—No en realidad, pero tengo algo así como precaución. Si bien el otro día pude hacerle frente, no sé si pueda hacerlo nuevamente. Es extraño esto para mí, nunca creí que podría contra un dios.

Enkidu miró sus manos y materializó cadenas que rodearon sus muñecas.

—De todas formas—continuó Gilgamesh, mirando de reojo a Enkidu—, supongo tendremos que prepararnos para hacerle frente una vez más. No sé si Uruk se verá involucrada otra vez, pero sea como sea debemos detenerla. Más que nunca debes confiar en ti.

Enkidu asintió algo ido. Se acostó y se giró para ver a Gilgamesh.

—¿Sabes? —susurró, dejando una mano sobre el abdomen de Gilgamesh—Estoy feliz.

—¿Por qué? —contestó Gilgamesh con voz grave.

—Porque estoy junto a ti. Eres muy importante para mí y me alegra mucho que tengamos esta unión. Eres mi todo.

Gilgamesh tragó complacido. Se sintió bien ser enaltecido de esa manera, pero luego recordó la conversación reveladora en el balcón, donde Enkidu le confesó de manera indirecta lo que ambos sentían.

Al final no dijo nada.

Enkidu se acomodó y cerró los ojos para disponerse a dormir cuando Gilgamesh acarició los nudillos de la mano sobre el abdomen.

—Gil, sólo conmigo eres así. Nadie creería la delicadeza y la sensibilidad que tienes conmigo.

—Cállate.

—Aunque no lo admitas, eres así sólo conmigo.

—No es que no lo admita, no me gusta que me lo hagas notar.

—¿Por qué? No tiene nada de malo.

Gilgamesh entrecerró los ojos y bufó con suavidad.

—Me incomoda ser tan débil contigo—confesó.

—No eres débil conmigo. La amistad no es debilidad.

—Puede ser…

—Duerme Gil. Mañana nos espera mucho trabajo.

La conversación se apagó cuando Enkidu cayó dormido. Para variar, Gilgamesh no podía conciliar el sueño. Continuó acariciando la mano de Enkidu y se permitió pensar en ese secreto que ya no podía seguir negándose. Miró al techo por largos instantes y de alguna manera planeó en cómo dejar salir todo eso de su pecho. Ya era suficiente el sentimentalismo que le hizo doblegarse al punto de… acariciar su mano mientras dormía.

Él no era así, definitivamente no era así. Cambió su forma de ser por alguien que supuestamente le robaría la vida y su reino. Ahora ambos compartían el mismo lecho y el mismo aire, tan íntimo, en un ambiente único.

Gilgamesh cerró los ojos, imaginando que se hundía en agua.

Al día siguiente las cosas no variaron como el día anterior: desayuno, concilio, almuerzo, concilio.

Gilgamesh, aburrido, interrumpió el concilio más temprano de lo debido, ya que al día siguiente debían ir a terreno a ver el muro y el destrozo. Estaba cansado ya algo hastiado. Además, todo el día estuvo abrumado pensando en Enkidu.

La sala quedó a solas y a oscuras. Gilgamesh jugaba con sus anillos, ensimismado, mientras Enkidu desperezaba.

—Gil, ¿Vamos a cenar?

—No.

—¿Por qué no? Tengo hambre.

—Los días se han vuelto rutinarios y me aburre. Vamos a mi sala de tesoros.

Gilgamesh había estado pensando todo el día en eso.

Necesitaba sacarse lo del pecho, ya era demasiado tiempo aguantándolo. Tragó para suavizar la sensación molesta de la garganta y se levantó de su asiento.

—Vamos.

Enkidu le siguió, como siempre.

Llegados al salón, Gilgamesh se encerró en él y observó la cabellera de Enkidu brillar bajo la luz lunar. Él se volteó para verlo y la trayectoria de su cabello le pareció algo único.

Gilgamesh se acercó a él y tomó su rostro con ambas manos para besarle. Enkidu se dejó llevar y lo abrazó por la cintura. Suspiró luego de que sus labios se separaran y miró los rojizos ojos de Gilgamesh.

—Te extraño—susurró, separándose de Gilgamesh y caminando entre rubíes y joyas.

—No he tenido ánimos para nada, menos para…

—Lo sé, no te preocupes, sólo te extraño.

Enkidu se sentó en el suelo y apartó su hermoso cabello hacia un lado, dejando una parte de su cuello descubierta.

—Ven conmigo—dijo, palmeando a su lado.

Gilgamesh fue y se sentó con él a mirar el tragaluz. Apoyó las palmas en el suelo y entrecerró los ojos al ver una cometa volar.

Esa noche sería diferente.

Su semblante serio era de temer. Enkidu lo notó y le habló:

—¿Qué te ocurre? Deja de pensar un momento en lo que hay que hacer con la ciudad y sólo relájate.

—No es eso.

—Entonces, ¿Qué cruza por tu mente?

Gilgamesh cerró los ojos y negó casi imperceptiblemente.

Prefirió cambiar de tema.

—Hace semanas que no estamos juntos en la cama.

—Lo he notado, pero está bien, intentabas evitarme. Ya no importa.

—¿Hoy día?

—Si tú quieres.

Gilgamesh asintió y recogió una esmeralda del suelo que luego arrojó lejos como si fuese una piedra común y corriente. Enkidu juntó sus piernas y la restregó una contra otra, sintiendo algo así como un rubor y calor en las mejillas.

—Cuando me dices algo así, me da ansiedad—dijo, sonriendo—. Imagino cómo comenzará. Es como si planeáramos una fiesta.

Gilgamesh movió el cuello hasta que crujió y asintió.

—Así es la manera correcta de percibir un acto así. Sólo disfrutarlo.

—Me da escalofríos—confesó Enkidu.

—Definitivamente estás ansioso.

Gilgamesh se acostó en el suelo luego de quitar algunas joyas y colocó los brazos bajo la cabeza.

Enkidu se quedó sentado, mirando el cielo.

—Al parecer Ishtar hizo su desastre y te dejó en paz al menos temporalmente—. Ya hace semanas no sabemos de ella.

—Espero su padre la haya castigado. Se lo merece. Sin embargo, dudo mucho que nos deje en paz. Debemos estar preparados para un contraataque. Quizás ponga a más dioses a su favor, es una mimada. Qué asco me da.

Enkidu se rio cristalinamente con una expresión divertida.

—¿No te hubiese gustado acostarte con ella al menos? —preguntó Enkidu, ansioso de la respuesta juzgando la sonrisa de su rostro.

Gilgamesh recordó aquel sueño turbio en donde Ishtar se transformaba en Enkidu para hacerlo caer y negó con energía.

—Ni en broma.

—Pero ella es bellísima. Muy estúpida y vulgar será, pero no deja de ser una mujer esplendorosa—contrarió Enkidu, acostándose a su lado.

—Ella no me interesa nada. Su belleza no es suficiente para mí.

—¿Qué la haría digna de ti?

Gilgamesh negó riendo y contestó:

—Nadie es digno de mí.

Enkidu contestó con un gesto complacido, dándole la razón a Gilgamesh.

—Gil, tengo hambre—dijo Enkidu, luego de permanecer en silencio.

Gilgamesh sonrió de medio lado.

—Lo que quieres es apurar el momento.

Enkidu se sentó nuevamente y negó.

—No estaba pensando en eso, realmente tengo hambre.

—Está bien, está bien. Vamos.

Gilgamesh se levantó y observó a Enkidu dirigirse a la puerta.

Esa noche sería especial. Inhaló para calmarse porque él también estaba ansioso.

Cenaron en calma, casi sin conversar ya que sí tenían hambre. Una vez terminada la comida, se cubrieron con mantas y almohadas ya que hacía algo de frío. Enkidu sirvió vino y ofreció a Gilgamesh.

—Así comenzamos nuestro ritual—dijo, llevándose el líquido a los labios.

Enkidu se mordió el labio inferior y se ruborizó. Se giró en dirección a Gilgamesh y de pronto un pensamiento parásito se apropió de su mente: siempre se había cuestionado sobre la familia de Gilgamesh. Le pareció un buen momento para preguntar e iniciar una conversación.

—¿No tienes hermanos? —preguntó Enkidu— Nunca he visto a nadie de tu familia.

Gilgamesh se ensombreció y se perdió en sus pensamientos. Recordar a esa familia que jamás estuvo con él le regresó a su infancia solitaria de un niño algo retraído y tímido, pero de gestos amables y cierta solidaridad, cosa muy contrastante al adulto ególatra en el que se convirtió. Demoró su respuesta en pos de desdeñar aquellas tardes aburridas donde ningún niño se acerca a jugar con él, donde nadie le contaba cuentos sobre dioses, donde nadie le acompañaba a comer.

Cómo le hubiese gustado conocer a Enkidu desde niño.

—Sí, tengo hermanos, pero viven lejos—dijo después de beber—. Este reino estaba destinado por mi madre Ninsun para mí, ya lo sabes. Los otros hijos de mi padre… no sé de ellos. Sólo tengo una hermana aquí.

Enkidu alzó las cejas.

—¿No te da curiosidad saber de ellos? ¿Quién es tu hermana?

—No—refutó Gilgamesh—. Nunca estuvieron a mi lado. Nunca lo estarán.

—Oh…—Enkidu se acomodó para luego volver a su curiosidad: —pero tu hermana sí está aquí a tu lado.

—Sí, pero ella…

—¿Quién es? —preguntó por segunda vez Enkidu, ya completamente interesado en ello, como si fuese un chisme fresco.

—Nidasag. Es una hermanastra realmente. Hija de mi padre.

Enkidu se quedó de piedra al oír aquello. Jamás hubiese imaginado que la consorte Nidasag fuese hermana de Gilgamesh, sobretodo por lo poco parecido que eran. Nidasag era una joven de hermoso cabello oscuro y piel acariciada por el sol, de unos ojos cálidos como las arenas del desierto. Gilgamesh era todo lo contrario. Enkidu no quiso seguir indagando en eso por lo incómodo que le pareció y prefirió continuar la conversación por otro lado.

—¿Y si uno de ellos quiere ser heredero de tu reinado? —habló Enkidu sin malas intenciones en sus palabras.

—Suena como si aquello fuese a ocurrir pronto.

—Digo—se justificó Enkidu—, insisto: ¿A quién dejarás Uruk cuando tú ya no puedas reinar?

Gilgamesh soltó una risotada.

—Deja de insistir en eso. Eso no ocurrirá jamás.

Enkidu se quedó con la duda si realmente Gilgamesh comprendía que a todos les tocaba alguna vez la visita de Ereshkigal a su puerta. Su miedo era tal que lo enceguecía.

—¿Por qué no tienes hijos si …? Bueno, tú sabes—continuó indagando en lo obvio Enkidu.

—Lo supe hasta hace poco—contestó Gilgamesh, abrigándose—. Mis mujeres toman hierbas para evitar la concepción. Supongo los sacerdotes las preparan para que aquello no ocurra. No es de mi incumbencia cómo lo hacen, sólo sé que lo hacen hasta que yo elija una esposa.

—Una sabia decisión… ¿Te imaginas la cantidad de niños reclamando el trono si no tomaran esas hierbas?

Ambos se largaron a reír y decidieron irse a la habitación, con los ánimos expectantes.

En el dormitorio, Enkidu miraba a través de la ventana los muros destruidos de Uruk. La brisa le causaba escalofríos, pero era agradable para despejar un poco la mente. Se sintió afortunado de vivir en un lugar tan hermoso como el palacio. A pesar de amar su antigua cuna, su amado bosque, el olor fragante de las frutas en sus arbustos, se encontraba completamente complacido y acostumbrado a la buena vida de palacio, donde le atendían y a su disposición se encontraba todo lo que él quisiera, todo gracias a Gilgamesh. Aquella bondad que lo salvó de la muerte hace ya varios años, era su mayor logro en la vida, era su orgullo, el descubrir esa veta de piedras preciosas que era su corazón. Piedras mucho más bellas que las que atesoraba en su sala, eran piedras únicas que nadie merecía ver: así era el corazón de Gilgamesh para Enkidu. Una ligera sonrisa se esbozó en su rostro y sus mejillas se tiñeron en un suave rosa.

Gilgamesh fue a su lado y se apoyó en el lado contrario.

—¿En qué piensas?

Enkidu curvó la espalda para acomodarse sobre el alféizar y habló:

—No te lo tomes a mal, pero Uruk es como mi propio reinado. Recordaba que el día que llegué aquí, deseé tener esta ciudad como mi reino, ser rey de este complejo admirable. De alguna manera, ese deseo momentáneo se volvió realidad.

Gilgamesh se cruzó de brazos y asintió distraído.

—Sí… podría decirse que en estos años ambos hemos gobernado Uruk. Quizás el mérito también es tuyo—dijo Gilgamesh en un susurro.

Enkidu soltó un adorable bufido y exclamó:

—Ese no es el Gilgamesh que conocí. Estoy muy feliz, porque finalmente logré mi cometido.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Gilgamesh con el ceño fruncido.

—He acabado con el tiránico rey de Uruk. Ante mí se encuentra un rey preocupado por su pueblo, de deseos nobles y que reconoce el esfuerzo de los demás.

Enkidu mantenía una sonrisa dulce en su rostro. Lucía bello, era precioso. Gilgamesh no dejaba de mirarlo, estaba tentado a decir eso que no quería, a vomitar las flores de su pecho, pero…

—Fui yo el que quiso cambiar—repuso Gilgamesh—, quizás si estaba equivocado, no sé.

Enkidu fue a su lado y se recostó en su hombro.

—Sí. Si no hubiese sido por ti, nada de esto hubiese ocurrido.

Gilgamesh estrechó a Enkidu hacia si por los hombros y ambos se quedaron mirando Uruk hasta que decidieron ir a la cama.

Cuando Enkidu se estaba desnudando, su espalda de curvatura suave parecía suave y tersa, completamente juvenil y tentadora. Gilgamesh deslizó sus ojos por su cintura y finalmente llegó a sus muslos firmes.

Fue tras él.

Le abrazó por la espalda y apoyó su frente en el hombro derecho de Enkidu. El pecho de Enkidu se elevó guardando dentro de él sus esperanzas y deseos más profundos que se mantenían quebrados en el fondo de sus pensamientos. Alzó sus manos y acarició los antebrazos de Gilgamesh.

—Eres tan dedicado conmigo—murmuró Enkidu con algo de tristeza en su voz—, gracias.

Gilgamesh alzó la cabeza y depositó un beso en el hombro, para luego voltear a Enkidu y reclamar su rostro para besarlo.

Enkidu decidió engañarse y pensar que Gilgamesh estaba genuinamente enamorado de él. Sabía que estaba danzando con fuego, que podría salir lastimado de su propia trampa, pero estaba dispuesto a correr el riesgo de dañar su corazón por vivir una fantasía tan inocente como ser amado por otro. Así como Enkidu lo deseaba, sintió las manos de Gilgamesh recorrer su cuerpo de manera distinta a como solía hacerlo.

Lentamente, en el secreto de sus labios, caminaron hacia la cama y Enkidu se tendió en ella, trayendo consigo a Gilgamesh. Quería regalarle su cuerpo una vez más, como siempre lo hacía. Quería desaparecer por él, entregar cada gota de su sangre a su gloria, sacrificarse enteramente por su rey.

—…

Enkidu estuvo a punto de decirlo. Cerró sus labios fuertemente cuando supo que las palabras pugnaban por huir. Gilgamesh detuvo sus caricias y frunció el ceño, como supiera la continuación de aquel silencio. Enkidu evitó el contacto visual y abrió las piernas, para permitir que Gilgamesh se acomodara entre ellas.

La mano fuerte y masculina de Gilgamesh reclamó el rostro de Enkidu y acarició fugazmente su mentón. Una sonrisa sincera y agradable se asomó en su rostro y depositó un beso en su mejilla para luego deslizarse a través de su pecho y su abdomen. Enkidu enredaba sus dedos en el cabello de él y de pronto sintió algo entre sus piernas.
Gilgamesh haría de esa noche algo diferente. Se lo había propuesto todo el día.

La respiración de Gilgamesh estaba muy cerca de su sexo. Enkidu se alzó y lo miró con los ojos muy abiertos, sabiendo que su corazón se disparó en su pecho. La respiración se detuvo unos segundos y la sangre bombeaba intensa en su oído. Se relamió los labios en pos de decir alguna cosa, pero el silencio se apropió de sus palabras.

Gilgamesh, como adivinando sus pensamientos, alzó el dedo índice de su mano derecha y lo colocó sobre sus propios labios.

—Shht…

Gilgamesh tomó el miembro de Enkidu entre sus manos y después de prepararse mentalmente para eso, apoyó sus labios en el inicio de este y lo introdujo lentamente en su boca.

Enkidu ahogó un suspiro de placer. Una sensación serpenteante se trasladó a través de sus músculos y un pequeño espasmo hizo tiritar sus piernas. Nunca en la vida había ocurrido algo así entre los dos. Gilgamesh nunca entregaba una pizca de sumisión ni mucho menos se rebajaba a pensar que los demás necesitaban también algo de placer. Gilgamesh era considerado con Enkidu a la hora de tener relaciones, pero sus sesiones eran rutinarias de cierta forma: Gilgamesh dominaba, terminaba en alguna parte de Enkidu, esperaba a que él también lo hiciera si estaba de humor y luego se quedaban en silencio mirando el techo, sabiendo que la mentira que entretejían entre los dos era débil y obvia. Esta era primera vez que la lengua húmeda y caliente de Gilgamesh se deslizaba por el largo de su sexo y su respiración acelerada enfriaba levemente su piel.

La fantasía de Enkidu estaba en su máximo esplendor.

Se aferró a las sábanas y se permitió observar la escena, con todas las emociones acariciando su razón, con mil dedos suaves y perfumados, como burbujas alegres que emergían de lo profundo de su ser. Sus labios se curvaron y una sonrisa de complacencia se creó en su cara relajada que fue reflejada en la oscuridad por un rayo que quebró la quietud de los cielos.

Un trueno sofocó un gemido de Enkidu y su espalda se curvó para finalmente volver a tenderse sobre el desorden de mantas y sábanas. Hace muchísimo tiempo que no sentía el deleite del calor de alguna cavidad en su miembro y pensar que era Gilgamesh esta vez le provocaba un arranque de placer.

—Tómame…—musitó Enkidu, con la mirada perdida en un lugar indeterminado.

Gilgamesh continuó con su labor hasta que Enkidu estuviese lo suficientemente enervado como para tener su cuerpo completamente relajado. Limpió la comisura de los labios y se tendió a su lado, para reclamar su cuerpo y colocarlo sobre él. Se miraron unos segundos y Enkidu se acomodó entre las piernas de Gilgamesh con el corazón tan acelerado que, en la calma de la noche, podía oírse. Su miembro rozó el de Gilgamesh y lentamente descendió hasta encontrarse en cierta zona prohibida. Gilgamesh tragó con dificultad y se aferró a los brazos delgados de Enkidu.

Ambos se miraron un momento, completamente asombrados de la situación. Ninguno de los dos creía que algo así podía suceder. Los brazos de Enkidu tiritaron y se alzó sobre Gilgamesh. Con cierto temor susurró algo que no entendió y la mirada asustada de Gilgamesh era por lo bajo, increíble. Con temor, los dedos de Enkidu se deslizaron por las sábanas hasta dar con la botella de aceite que siempre tenían a su disposición y la destapó con el temblor de sus manos. Se guió hasta su miembro y la dejó caer por completo, bañando su entrepierna en el aroma característico del líquido. Sin dejar de mirarse, Enkidu lo pensó.

Descendió entre las piernas de Gilgamesh y se deslizó un momento, dudoso, sin creer que algo así pudiese pasar. Gilgamesh mantenía el ceño fruncido y respiraba con ímpetu, como si se estuviese preparando. Abrió las piernas y cerró los ojos fuertemente.

Enkidu entró en él, soltando un suspiro tan ensoñado que pareciera que hubiese tocado el cielo. Gilgamesh nervioso, apretó los labios y se aferro de los brazos delgados de Enkidu. El movimiento comenzó con suavidad, como el secreto más oculto del mundo. Enkidu mantenía una sonrisa ida en su rostro, viviendo el momento al máximo, disfrutando de la expresión de malestar de Gilgamesh, de su rostro acalorado, de sus manos grandes sujetando sus antebrazos. Gilgamesh abrió los ojos y se sorprendió del placer plasmado en las facciones de Enkidu, realmente le había regalado algo que a nadie le regalaría.

Gilgamesh estaba incómodo, algo dentro de sí reñía por huir lejos, por abandonar todo y llevarse a Enkidu con él para siempre, olvidarse de Ishtar, de Shamash, de su madre, de todo el mundo y ser simplemente Gilgamesh, un hombre con su amigo.

Cuando notó algo tibio en lo hondo de su cuerpo se encogió, disgustado, incluso algo asqueado de haber cedido, tanto así que la racionalidad llegó de golpe y puso su mano en el pecho agitado de Enkidu.

Gilgamesh negó con determinación y pidió sin palabras que detuvieran la sesión.

La fantasía de Enkidu se rompió.

Por alguna razón aquello le apenó enormemente. Abrió los ojos de par en par y la vergüenza le invadió. Sin mirarlo, se salió de su cuerpo y planeaba huir de aquel lugar, internarse en el palacio y esconderse hasta el amanecer, pero Gilgamesh le detuvo antes de que se incorporara de la cama. Lo llamó a su lado y le habló:

—Nunca más hagas algo como esto.

Enkidu no quería mirarlo, estaba completamente avergonzado. Se llevó una mano a la boca y la cubrió por completo. Habló muy bajo, sin embargo, se escuchó preciso.
—No necesito hacerlo, tú ya eres mío.

Gilgamesh estrechó los ojos y el aguacero llegó a su fin. Las emociones de Enkidu fluían con la lluvia, pero su última esperanza se apagó como quien sopla una vela que se mantiene encendida para espantar la soledad de la oscuridad. El pecho le volvió a doler, como aquella noche en donde Gilgamesh le confesó que no sentía nada. Realmente danzó con fuego y se quemó, quemó sus manos, su mente y ese algo que resguardaba el secreto que consumía lentamente su vida.

—Esto ha sido una falta de respeto hacia mí. No sé por qué has creído que tenías el derecho de hacer algo así.

—Creí que lo habías permitido—susurró Enkidu, angustiado—, vi que…

—¿Hasta cuando vas a pensar cosas de este tipo? Ya te dije que no siento nada.

—Yo…—Enkidu escondía sus ojos tras su cabello, incómodo y angustiado.

—Me avergüenza tu manera de pensar. No puedo tolerar tu comportamiento.

Enkidu alzó la cabeza y se volteó a verle con los ojos idos.

—Es tu orgullo el que está involucrado, ¿No? —Enkidu hablaba inexpresivo, completamente apagado, incluso el brillo de su cabello desapareció. Era como si quedara la frialdad de una guerra perdida, con los páramos muertos e infecundos. Era su propia guerra la que llegaba a su fin.

—No es mi orgullo, es…—Gilgamesh no supo como responder a eso porque efectivamente sí era su orgullo el que no le permitía dejarse llevar y otorgarle placer a Enkidu.

—No importa—Enkidu sonrió como un autómata, con esa falsedad que aprendió de los demás, que imitaba a la perfección. Él creía que no conocía lo que era realmente sentir, el vivir un momento a pleno, el sonido de la dicha, pero se equivocaba, se equivocaba rotundamente—. Olvidemos esto. No recordaré nada de lo que ocurrió entre nosotros hoy. Conténtate y toma mi cuerpo, úsame.

Gilgamesh odiaba que Enkidu le dijera aquello, sin embargo, no le reprochó. Enkidu apartó su larga cabellera para no aplastarla con sus muslos, se acomodó sobre las caderas de Gilgamesh y entregó su propio cuerpo para que él hiciera lo suyo después de lubricarse.

Fuese como fuese, lo olvidó conforme sentía en la profundidad de su cuerpo el calor de Gilgamesh. Apoyó su frente en la de él y las pestañas cosquillearon sus mejillas. Respiraba acelerado sobre sus labios, tentado a decirlo.

A decir lo imposible.

La angustia se apropió de su pecho y se extendió por su abdomen, como un dolor agudo, como el punzar de una espina venenosa. Soltó un sollozo y permitió que Gilgamesh entrara completamente en él.

Se entregó, así como tantas otras noches. Se abandonó al placer, a ser nadie, a relegar de su origen y objetivo. Cedió ante el olvido y vació su mente de sus atribulados pensamientos, desdeñando sus miedos más profundos. Tenía la necesidad de sentir fuego en su piel, de ser desintegrado y que Gilgamesh diera un espacio en su corazón. Sus deseos incomprendidos incluso por él mismo consumían cada centímetro de su cordura hasta que finalmente las lágrimas no se contuvieron y rodaron por sus mejillas. Solía dejar escapar algunas lágrimas de placer, pero esta vez eran del dolor de ser poseído sin amor, sólo por el lívido de utilizar su cuerpo, como el recipiente vacío que era.

Cómo anhelaba ser amado alguna vez en la vida. Aún quería creer que aquello fuese posible.

Cuando todo acabó, Enkidu se tendió a un lado de Gilgamesh con las lágrimas tibias aún derrumbándose. Gilgamesh estaba al tanto de aquello, pero pasó de preguntar.
Enkidu asumió que era porque realmente no le importaba.

Él era sólo su juguete, su arma.

Él no era nada.

Él no era nadie.