Caminaron por muchos días, Gina había perdido la cuenta. Si por ella fuera le pediría a su padre que los teletransportara y fin de la historia. Pero si no quería hacerlo, razonó, era porque no querría llamar la atención con semejante movimiento de Cosmos. Sólo sabía que había pasado más de un mes. Se la pasaban charlando mientras caminaban y se detenían para entrenar al menos una vez por día. Cada vez que Shion le daba alguna lección de teoría, luego le tomaba un pequeño examen con preguntas que la sorprendían en cualquier momento del día. Se detenían en posadas a lo largo del camino y no escatimaban en comer apropiadamente ni en una cama por las noches. Habían sido pocas las oportunidades en las que se vieron obligados a acampar al aire libre. En esas oportunidades, el Patriarca montaba guardia toda la noche y vigilaba concienzudamente el sueño de su hija. El verano comenzó a dar paso al otoño, como la naturaleza a su alrededor iba evidenciando.

No había un día en que Gina no arrojara sus pensamientos hacia su Maestra. Sin embargo no intentó comunicarse con telepatía. Decidió que era mejor concentrarse en la misión que tenía enfrente y en la oportunidad única de estar sola con su padre. Comenzó a sentir que era un honor verdadero para ella. Continuó con su ritual de rezar cada noche agradeciendo por los dones concedidos e incluyó a Shion en esa lista. De a poco, sus sutiles esfuerzos educativos fueron atravesando las barreras de Gina hasta llegar a ver su alma sin obstáculos. En esos momentos percibía su Cosmos más fuerte que nunca. Se sentía orgulloso de los progresos de su hija y por primera vez se convenció de que era realmente merecedora de la Armadura de Oro. La última parte del camino fue cruzar una cadena de sierras pintorescas para luego llegar al valle donde estaba emplazado el pueblo de Canarazzo.

A mitad de camino comenzó a llover. Gina se sintió desesperanzada cuando recordó la primera vez que había estado en ese pueblo, que nuevamente la recibía con lluvia de por medio. Shion se quitó la capa y envolvió a Gina con ella, armando una improvisada capucha. Le sonrió con ternura y siguió caminando sin detenerse. Ella balbuceó un sincero agradecimiento. Si en su infancia le hubieran dicho que tenía un padre que la amaba y la cuidaba, y que sería feliz a su lado; ella se hubiera echado a reír a carcajadas. No podría haber concebido semejante absurdo. Sin embargo allí estaba, con sus mismos ojos particulares, coloridos y sagaces. Se preguntó entonces si habría hecho mal en despreciar la figura de su madre, si con Yuzuriha sería igual. De todos modos nunca supo el motivo por el cual la había abandonado por segunda vez, y con ella a su armadura de plata. Cada vez que alguien se lo preguntaba, Gina lo desechaba. Ahora, por primera vez, quería saberlo.

Entraron al pueblo esquivando charcos entre el suelo de piedras. Shion cerró los ojos por un momento y enseguida eligió una dirección. Siguió el Cosmos por las calles mojadas, con Gina siguiéndolo a su lado. Sin embargo, ella fallaba en percibir lo que él estaba siguiendo. La lluvia se convirtió en tormenta y las pocas personas que estaban fuera enseguida buscaron refugio. Los dos caballeros continuaron caminando por un cuarto de hora. Gina sintió que estaba empapada hasta los huesos. Siguió a Shion hasta un callejón donde había armado un improvisado toldo a menos de un metro del suelo, con un trozo de tela harapienta y dos ramas. El ariano se agachó para ver debajo de él, donde encontró un niño protegiéndose de la lluvia, envolviendo sus rodillas con los brazos y escondiendo el rostro detrás de ellas. No debía tener más de cuatro años. Estaba muy flaco, podía ver los huesos de las muñecas y los antebrazos marcados como si los hubieran cubierto con un trozo de cuero. Pero lo que más llamó la atención el Patriarca fue que el niño no tenía cejas, y que en su lugar llevaba en la frente las marcas características de los oriundos de la región de Jamir. Cuando el niño subió la mirada pudo observar sus ojos llenos de lágrimas, que eran de un azul intenso.

-Hola –balbuceó Shion, intentando no asustarlo. Gina se agachó a su lado y también inspeccionó al niño con la mirada-. ¿Necesitas ayuda? –el niño negó con la cabeza-. ¿Tienes hambre? –esta vez asintió-. ¿Qué quieres comer? –aventuró, en un intento por escuchar la voz del pequeño.

-Cualquier cosa –dijo, con la voz rota. A Shion le estrujó el corazón cuando lo oyó.

-¿Cómo te llamas?

-Me llamo Mu –balbuceó, y Shion lo interrumpió antes de que pudiera agregar nada más.

-¿Te gustaría venir con nosotros? Vamos a comer en la posada –explicó. Mu negó con la cabeza.

-No puedo ir. Estoy esperando a alguien.

-De acuerdo –concedió-. Entonces volveré en cinco minutos con algo para comer –dijo, señalando la posada cuyas luces se veían al otro lado de la calle.

Se levantó y le hizo una seña a Gina para que fuera con él. Caminaron cincuenta metros hasta la posada, donde se quitó la empapada capa y sacudió el agua de la cabeza como si fuese un animal. Enseguida, Shion eligió una mesa cerca de la ventana, desde donde podía vigilar al niño bajo su improvisado toldo. Gina se sintió confundida cuando pidieron comida para tres.

-¿Lo vas a dejar ahí, papá? –inquirió, más curiosa que molesta. Shion negó.

-No, princesa. Vamos a ver si alguien viene por él y luego lo seguimos. ¿Recuerdas que te dije que su Cosmos no es de primera generación? –Gina asintió-. Algo pasa. ¿Qué hace un lemuriano en Italia? –inquirió encogiéndose de hombros.

Esta vez fue tarea de Gina salir a la lluvia con el paquete de comida caliente. Aunque le costó unos minutos hacer que lo probara, enseguida notó que el calor en el estómago era una caricia para su alma. Gina aprovechó para hacerle una caricia y apartar el pelo de la cara, y así poder verlo de frente. Le acomodó el cabello detrás de la oreja y tomó su manito con cariño antes de hablar.

-Puedes venir con nosotros –explicó-. Estamos ahí enfrente –dijo, señalando la posada-. Estarías seco y no tendrías frío.

-Estoy esperando a mi mamá –repitió con terquedad. Gina se reconoció en esa misma actitud. Sonrió con dulzura mientras estudiaba sus facciones, intentando averiguar si las había visto antes en otra persona. Lo besó en la cabeza y volvió adentro.

-¿Quién será tan desalmado como para dejar que un niño tan pequeño pase hambre? –inquirió Gina. Shion suspiró con pesar. Comieron mientras vigilaban el callejón, sin sacarle la vista de encima.

-Princesa, hay tanta gente que es tan cruel en el mundo –afirmó-. Si por mí fuera, querría que jamás te enteraras –suspiró-. Pero así son las cosas. Hay que concentrarse en lo bueno y mantener la esperanza.

-Así dicen en Rodorio –remató Gina-, los caballeros de la esperanza –Shion sonrió-. No me digas que nunca lo habías oído.

-No voy a Rodorio desde que Albafica se enfrentó a Minos de Grifo, imagínate si pasaron muchos años –Gina asintió con una sonrisa.

La charla se interrumpió de pronto cuando vieron llegar a alguien al callejón. Aunque la figura estaba protegida de la lluvia con una gruesa capa, alcanzaron a ver que se trataría de un cuerpo femenino. Gina llegó a ver de reojo el reflejo de un cabello rubio. Se llevó al niño rápidamente entre sus brazos y los caballeros salieron a la calle antes de perder de vista a la mujer y al niño. Disimularon su Cosmos mientras seguían a la pareja calle abajo. El Cosmos de la mujer era poderoso pero visiblemente corrompido. Cuando Gina lo sintió, le dieron ganas de llorar de pena. Sintió una leve náusea cuando pensó en la crueldad del mundo. En ese momento, por puro instinto, buscó la mano de su padre. Enseguida entrelazó los dedos y le dedicó una sonrisa triste. Ella intentó razonar si él también lo habría sentido, o qué pasaba por su mente, enigmática y poderosa. Recordó algo que le había dicho Mirena. El Patriarca siempre sabe, de algún modo. Tragó saliva con pavor pero aun así no se detuvo. Vieron a la mujer adentrarse a una cabaña descuidada en las afueras del pueblo, a pocos metros de la orilla del Tesino. Ese lugar trajo a Gina espantosos recuerdos.

-Papi, estoy muy asustada –admitió, en un sollozo, sintiéndose una niña pequeña otra vez.

-Lo sé princesa, yo también –confirmó, tragando saliva con fuerza. Eso hizo sentir a Gina aún más desolada-. Recuerda que como es afuera, es adentro. Tú eres lo más importante que tengo en el universo, princesa. Te cuidaré siempre, incluso si tengo que dar mi vida. Si hay que pelear, sencillamente protégete con un Muro de Cristal y déjame la ofensiva a mí – a Gina se le ocurrió replicar que no era un caballero sólo para eso, pero no le salieron las palabras.

-No puedes dar tu vida –sollozó, mientras se acercaban a la cabaña-. No me dejarás nunca, nunca más.

-Nunca, princesa –confirmó con decisión.

Cuando estuvieron lo bastante cerca, hicieron lo posible por disimular su Cosmos. Se agacharon bajo una ventana para no ser vistos. Se oían ruidos desde dentro. Shion y Gina no pudieron contra la curiosidad y asomaron apenas un ojo. Gina se mordió el labio para ahogar un suspiro. La mujer estaba golpeando al niño con una agresividad descomunal. Estaba sobre el piso mientras ella lo apresaba con todo su peso y descargaba puñetazos sobre su rostro, que estaba cubierto de sangre hasta hacerlo indistinguible. Cuando podía, Mu gritaba con desesperación y enseguida comprendieron que la mujer era su madre. En un momento lo levantó de los hombros y lo arrojó contra la pared. Había unas pocas monedas tiradas en el suelo, por lo que Gina razonó que habría enviado al niño a mendigar. Una vez que Mu cayó al suelo, ya no se levantó. Tenía los ojos cerrados y una expresión de sufrimiento que jamás esperó ver en ningún niño. Cuando la mujer finalmente se dio la vuelta hacia la ventana desde donde espiaban, Shion ahogó un grito de horror tapándose la boca con las dos manos. Las lágrimas salieron sin que les diera permiso. Era Yuzuriha. Gina lo empujó hacia abajo para volver a esconderse.

-No tiene caso –balbuceó-. Ya ha sentido mi Cosmos –explicó.

Gina negó con la cabeza y le limpió las lágrimas con los nudillos. No supo cómo se sintió al respecto. Por un lado sintió un súbito alivio por conocer la verdad, al menos una parte de ella. Sintió alivio por no haberse equivocado en su negativa, por no haber perdido los últimos veinte años. Sin embargo, le dolió en lo profundo del alma ser testigo del sufrimiento de su padre. Sólo una vez había sido testigo de semejante dolor, cuando encontró a Mirena en la tumba de Irina. Pero esta vez le afectaba incluso más, porque conocía la vana esperanza que Shion había albergado sin descanso durante la última década. En el caso de su Maestra, parecía que la historia tendría un final feliz. Pero en el caso de su padre, evidentemente no sería fácil. Se pusieron de pie. Yuzuriha salió de la cabaña con las manos aun empapadas en sangre. Si le provocó algo verlos allí, no demostró ninguna emoción en absoluto.

-¿Qué haces aquí? –balbuceó Shion, intentando recuperarse de la sorpresa-. ¿Tienes otro hijo? ¿Qué diablos haces con él? –tragó saliva-. ¿Por qué le haces daño? –enseguida, una punzada de celos penetró en la mente del airano-. ¿Quién es su padre?

-Me he presentado ante ti únicamente para pedirte por las buenas que te largues –lanzó. Shion negó con la cabeza. Notó consternado que ni siquiera le había dirigido una mirada a Gina. El dolor que sentía no podía ponerlo en palabras. Si hubiera estado solo, posiblemente en aquel momento se hubiera dejado morir. Pero momentos atrás le había hecho una promesa a su hija. Yuzuriha emprendió el ataque, pero fue inútil. Shion la inmovilizó con un movimiento de su Cosmos, infinitamente superior.

-Te había amado tanto –sollozó él. Yuzuriha lanzó una sonrisa maliciosa, aun parcialmente inmovilizada-. ¿No vas a decirme quién es el padre de Mu, antes de morir?

-¿Tú me vas a matar? –se burló-. Por favor, ambos sabemos que eso es imposible –Shion se sintió expuesto, vulnerable-. Su padre es un espectro ciego. Si no se aguanta unos golpes, no sirve para nada –Shion apretó el Cosmos que la apresaba, impidiéndole decir más.

Entretanto, Gina no había estado observando sin más. Se escabulló dentro de la cabaña y tomó al niño entre sus brazos. Cuando lo levantó, él hizo una mueca de dolor. Eso era una buena señal. Lo abrazó con dulzura contra su cuerpo y le susurró palabras dulces, sin saber si él llegaba a escucharla. Enseguida percibió otro Cosmos en la casa, mucho más poderoso y oscuro de todo aquello de lo que había sido testigo hasta ahora. Recordó las palabras de su padre e intentó salir de la casa antes de tener que enfrentarlo. Corrió por la puerta delantera y logró dejar a Mu a resguardo entre unos árboles cercanos, con la indicación de que no se moviera. A pocos metros, observaba a sus padres medir sus Cosmos obviamente desiguales. Se quedó cerca del niño esperando percibir el malvado Cosmos. Cuando lo vio, sintió que el alma le caía a sus pies, porque a ese espectro ya lo había visto antes. Era Valentine de Arpía, el mismo que Mirena había vencido el día que se conocieron. Comprendió de súbito que si ella no lo hubiera llamado, el espectro no tendría nada que hacer en el reino de los vivos. Se sintió responsable del dolor de su padre, del niño, y del suyo propio.

En aquella oportunidad, Mirena lo había vencido fácilmente. Pero ahora Gina no estaba tan segura. Lo observó acercarse con los ojos vacíos que parecían mirar el horizonte. Hizo arder su Cosmos y se preparó para la ofensiva, pero Shion intervino primero. Dejó la inútil pelea con Yuzuriha y la inmovilizó para luego correr hacia donde se encontraba Gina. Recordando su indicación, se protegió junto con Mu detrás de un Muro de Cristal. En silencio, elevó una plegaria por su padre. Aunque la pelea no era tan desigual como había sido la anterior, Shion aún se mostraba superior. De todos modos, Gina pudo ver que los ataques le costaban dolor y que los contraataques eran difíciles, pero no retrocedió un centímetro. Ella perdió la noción del tiempo mientras observaba, aunque le parecía que Valentine estaba más y más cansado. Sus movimientos eran torpes y comenzó a cometer errores que ni un inexperto se permitiría. En un momento de descuido, Shion lo tomó por el cuello y lo levantó medio metro del suelo. Presionó su garganta dispuesto a matarlo. Gina nunca había visto semejante ira en el Patriarca, y sospechó que pocos la habrían visto.

-Espera –balbuceó el espectro-. Mi señor Radamanthys ha hecho un trato con Mirena de Acuario.

-Pues es una pena por ti que yo soy Shion de Aries –afirmó con la voz teñida de resentimiento para luego presionar la garganta del espectro hasta clavarle las uñas. Destrozó su tráquea y la arrancó del cuello de un solo golpe. Se salpicó el rostro con sangre mientras dejaba caer el cuerpo sin vida de Valentine de Arpía. Gina ahogó un grito de horror. Shion soltó el Cosmos que ataba a Yuzuriha y la dejó caer al suelo con pesadez-. Vete y no vuelvas –ordenó. Enseguida, observó como ella se deshizo en polvo de estrellas.

Al instante, Shion avanzó hacia donde Gina estaba oculta con Mu entre sus brazos. El pequeño abría y cerraba los ojos alternadamente, en una expresión de profundo dolor. Gina sollozaba con el niño abrazado fuerte contra su cuerpo. Shion se agachó a su lado y se limpió la sangre de las manos con la capa antes de limpiarle las lágrimas con los nudillos. Poco después, Gina dejó de llorar. Se puso de pie con dificultad y avanzó detrás de su padre. En silencio, él también lloraba, escondiendo su rostro a sus espaldas.

-Camina conmigo, princesa –pidió, con la voz rota. Gina avanzó unos metros-. Lamento que hayas tenido que ver cosas tan horribles.

-Yo también lamento que hayas tenido que sufrir –sollozó. Shion sacudió la cabeza.

-Ahora entiendo que he sido caprichoso todos estos años –explicó-. Cuando te vi en peligro, comprendí que sólo he amado una mujer en toda la vida, que eres tú, princesa.

-Aun así, papi, ¿vas a estar bien? –balbuceó.

-Sí, no te preocupes. ¿Cómo te sientes tú? –inquirió con preocupación.

-Aliviada, la verdad –admitió-. Y contenta porque he ganado un hermano –Shion sonrió con sinceridad-. Sólo espero que se ponga bien.

-Seguro que sí. Hemos arrebatado un espectro del ejército de Hades y hemos ganado un futuro caballero. Le llamaré un buen día para el Santuario –admitió-. Cuando lleguemos, volveré a ponerme ese atuendo gigante que tanto dificulta la movilidad, y tú tendrás la Armadura de Oro. Me has demostrado que es más tuya que mía. Es su voluntad y no voy a oponerme sino al contrario –sonrió, mientras presionaba su hombro-. Es tuya desde el primer día de tu vida, princesa. Por eso te llama y no quieres ninguna otra. Discúlpame por no haberlo comprendido –Gina hizo un esfuerzo por no llorar.

-Gracias –balbuceó, embargada por la emoción.