[20/03/20]


El hielo es algo difícil de amar.


Se reencuentran años después, en la estación televisora donde trabaja. Al principio estaba sorprendido, aprensivo, un poco avergonzado. Ella casi corre entonces, pero se recuerda que ya no es una pasante, ninguna recién graduada buscando su primer empleo — este es su programa, su tiempo y él lo sabe. Igual, tendría que esperar algo de incomodidad. La última vez que se vieron fue bajo circunstancias tan distintas; él se esforzaba en reparar su relación con su hijo más joven y Mimi hacía lo posible por encajar en la familia a la que esperaba casarse.

No funcionó exactamente bien para ninguno de los dos y a ninguno le sorprendió que esa fuese su partida. Su invitación a un café, por otro lado, los sorprendió a ambos. La primera taza es plática banal, ¿cómo ha estado, Ishida-san? y he estado muy impresionado con su trabajo, Tachikawa-san y puede sentir su lo extraño que es, dando vueltas en su estómago. Este es el mismo hombre que la encontró tantas veces besando a su hijo mayor en el sofá, el piso, la cama, la cocina — la misma persona que lo hacía acompañarla a casa y luego iba a recogerlo en auto solo para asegurarse que tuvieran tiempo para hablar. Este hombre es la misma persona que vio por última vez, el día que se fue. De alguna manera, el recuerdo de sus ojos oscuros y esa mirada melancólica sigue ahí.

La segunda taza termina con ella riendo cuando él le confiesa que pone nervioso a todo su equipo. Se intimidan con facilidad, admite, pero no ayuda el hecho de que es tan bonita y exitosa, y que sonríe como si trajera el sol en sus mejillas. Se detiene en el último momento, bebiendo su café y ambos se rehúsan a admitir lo que ha dicho en voz alta. No hay necesidad, porque Mimi sabe que es una joven preciosa y él siempre ha sabido que se convertiría en una. Pero nunca esperó que estuviera sola también.

Han pasado dos horas y tres cafés más y siguen sentados, cada uno pensando en su propio fracaso y como no vieron las señales, como habrían hecho un número de cosas de manera distinta de haber podido. Mimi piensa que quizás se habría ido antes, no habría cerrado los ojos ante lo que su corazón ya sabía. Yamato había estado enamorado de ella, la había amado con locura incluso, pero lo que él y ella consideraban eterno y real eran cosas muy distintas. Hiroaki, por otro lado, piensa que si hubiese escuchado, si lo hubiese visto antes, nunca habría volteado hacia atrás para ver a una Natsuko que nunca sería suya, no realmente.

—Algunas veces pienso que es como yo —dice después de un momento, su mirada es indescifrable—. Pero la verdad es que siempre ha sido como su madre.

—Natsuko-san...

—Se fue y nunca volteó hacia atrás.

Se queda callado después de eso y ya no sonríe. Afuera, la nieve cae con fuerza. No es como lo que enseñan en la televisión en Navidad, los copos de nieve no son hermosos ni perfectos; es frío y la nieve cae en bocados, apilándose en las aceras y el viento es tan frío que abofetea su piel expuesta. Se acomoda el abrigo y voltea a verlo desde el rabillo de su ojo. No ha fumado en alrededor de tres horas y supone que debe estar desesperado por uno. Pero caminan y sus dedos tiemblan dentro de sus bolsillos.

Al acercarse a Shibuya, se siente perdida en el anonimato por un momento. Tantas personas aquí y ninguna conoce su nombre, aunque vean sus televisores por la tarde. Camina alejándose de las tiendas, hacia los parques que han sido abandonados en la búsqueda de la calidez y el confort de las grandes tiendas departamentales. Hiroaki observa su silueta temblorosa, nariz enrojecida y largos cabellos. Han pasado muchos años desde que hizo sus paces con su divorcio, como simplemente no hizo feliz a su entonces-esposa. Pero viendo a Mimi, no puede imaginar como es posible que no fuese suficiente para su hijo. No hay que fingir — ambos están aquí ahora, juntos, porque otras personas los dejaron. Que haya sido su hijo solo lo hace sentir peor, como que si de alguna manera ha tenido culpa en la infelicidad que la vida le ha dado a esta chica y es esto en lo que ha estado pensando cuando la invitó a un café, quizás, para decir sé lo que se siente.

Mimi piensa en Yamato, como odia la nieve a pesar de lo que todos piensan. No se le ha ocurrido antes de hoy que puede tener una idea de por qué. Voltea en el camino semi-desierto y se detiene en frente de su casi-suegro y le planta un beso de lleno en la boca. Él no reacciona — no devuelve el beso y tampoco la aleja. Un par de segundos pasan y Mimi da un paso hacia atrás, suspirando y la mira de nuevo por lo que es, una chica sola con su corazón roto.

—Todavía lo amo. Ni siquiera sabe que estoy de regreso y aún lo amo —su mano aprieta su pecho, desesperada—. ¿Alguna vez deja de quemar?

Su mano acaricia su mejilla pero ella ve más allá de él, buscando ya a alguien más.

—Estás tibia —murmura y Hiroaki se detiene aquí, antes de mover su cabello de su rostro. Su voz es suave pero sus palabras se sienten torpes en esa boca ruda—. Es difícil, cuando la piel es cálida, distinguir el fuego del hielo.

Mimi permanece en silencio pero puede ver el momento exacto en el que comprende y es casi suficiente para volver a romper su corazón.

—¿Natsuko-san fue alguna vez tan fría?

Su sonrisa es tan breve que Mimi teme parpadear. Pero luego se encoge de hombros como que si no fuese importante, como si esto no fuese parte de sus vidas ya.

—El hielo también quema, Mimi-san.

Finalmente sí saca un cigarrillo, lo enciende a pesar de saber que el viento lo consumirá de todos modos. Da un suspiro largo, trata de proteger la pequeña llama.

Es impotente, lo sabe, pero también ellos lo son.


Notas: Han pasado casi exactamente cuatro años desde que escribí esto y es apenas hoy, durante la cuarentena causada por el COVID-19 que me animo a adaptarlo. Me doy cuenta ahora que muchas de estas historias son muy cursi, pero le hago justicia a mi yo del pasado al continuar con ellas.