¡Holi!

¡Aquí estoy otra vez! ¡Más tarde que nunca! Pido perdón por haber tardado tantísimo en actualizar, pero me entró uno de esos bloqueos de escritora que me ha dejado paralizada durante semanas y hasta esta misma semana no he sido capaz de terminar este capítulo. Es más, me ha pasado de tener que borrar y volver a empezar, con eso os digo todo, de ahí que también este capítulo sea más corto de lo habitual. Por esa misma razón, quiere agradecer a cada una de las personas que me han estado animando estos días: a Poppy, por supuesto, quien me echa la bronca con razón; a toda la gente de Instagram y, en especial, a albitagv12_6, quién entendió perfectamente lo que pasa y, a pesar de no haber hablado nunca la una con la otra, sus palabras y su simpatía hacia mi problema fueron un enorme consuelo.

Enero ha sido un mes complicado, no os voy a mentir, el nuevo puesto de trabajo y mi situación personal no es precisamente… sencilla. A veces se ve todo negro, ¿sabéis? Y es difícil sacar la cabeza del hoyo y aceptar tu realidad. Aún sufro estragos y, mientras que antes me refugiaba escribiendo, ahora me veo en un escenario en el que ni siquiera tengo tiempo para hacerlo, de ahí también que tardo tanto en actualizar. Voy acabar Wicked Game, eso os lo prometo, solo os pido tiempo y paciencia si estáis dispuestxs a dármelos.

Quiero aprovechar también para dirigirme a una lectora que me dejo una review en Guest que se llama Judy, para decirle que, por favor, no vuelvas a decir que tu review no aporta nada. TODAS las reviews me aportan algo. Me hacen feliz, me emociono con ellas y muchas veces son el rayito de sol que necesito para afrontar un día cubierto de nubes. Adoro leeros, adoro responderos y adoro conoceros. Siempre os digo que las reviews son el salario que recibo por vuestra parte, porque realmente los veo así. El hecho de saber que alguien disfruta con lo que haces aporta siempre.

No me quiero enrollar mucho más. Recordaros que Poppy tiene un maravilloso fanfic que se llama "I heard you in the wind" que debéis leer. También tengo un instagram con fanarts de mis fanfics llamado itsasumbrellasart; también seguid a Poppy en Poppy_ y a Angelic1411 que publicó no hace mucho dos maravillosos retratos de Astrid e Hipo de Wicked Game.

Os dejo con el capítulo que espero de corazón de os guste.


Había dejado de llover cuando la Pesadilla Nocturna de Thuggory descendió a tierra.

Si las indicaciones de Eret habían sido correctas, Inbhir Niss debía estar junto a un lago de grandes dimensiones y prácticamente en la costa, por lo que por descarte debía ser el pueblo que se encontraba a un par de kilómetros al este de donde el dragón había descendido. Estaba calado, aunque estaba tan acostumbrado a la lluvia y a las bajas temperaturas de su isla que ni siquiera se dio cuenta de que su cuerpo temblaba por el frío. Sus piernas se quejaban por los calambres causados por montar tantas horas sobre la Pesadilla, pero ello no hizo que Thuggory aminorara su paso ya de por sí acelerado.

La ciudad estaba embarrada a causa de la lluvia y aún quedaban rastros de nieve helada y sucia por las calles. Debía ser bastante tarde, porque apenas quedaba nadie en la calle y podía escuchar las voces extranjeras dentro las casas, probablemente reunidas en torno a la mesa por la hora de la cena. Thuggory se acercó a una antorcha que iluminaba la amplia calle principal para intentar leer una vez más el nombre de la posada que Eret le había indicado. Sintió náuseas al verse incapaz de leer el texto, pues si ya de por si le costaba Dioses y ayuda leer en su propia lengua, ¿cómo demonios iba hacer lo mismo con un idioma extranjero cuyas letras eran ya de inicio distintas a las del nórdico? Thuggory intentó ahogar un grito de exasperación mientras se pasaba la mano por su rizos. Sabía que esto iba a pasar, había advertido a Le Fey de su incapacidad para leer y entenderse con otras lenguas, pero la reina simplemente había puesto los ojos en blanco y dijo:

—Estoy hasta el coño de que pongas tu idiotez como excusa. Búscate la puta vida, Thuggory, que no soy tu madre.

¡Y ahí estaba él! Buscándose la puta vida sin saber cómo. Se había acercado a varias personas para preguntar por gestos indicaciones para llegar a la tasca, pero todo el mundo se apartaba espantado, intimidados por su tamaño y sus pintas de forastero. Por alguna inexplicable razón, se acordó de Hipo mientras se esforzaba en hacerse entender con la gente de aquel lugar. Ni el heredero de Isla Mema ni él eran conocidos por ser precisamente los más extrovertidos, pero a Thuggory le había fascinado la capacidad de Hipo por comprender y procesar idiomas sin llegar a entenderlos del todo, como si su cabeza fuese una especie de traductor que captaba las cosas al vuelo. Hipo nunca había fardado de ello, pues el hecho de ser listo jamás había estado bien visto entre los vikingos; sin embargo, Thuggory había sentido una envidia infinita hacia él. Puede que él cumpliera con todos los requisitos para ser el mejor de los vikingos, pero prefería mil veces contar con la facilidad de leer y acumular conocimiento, que el ser reducido a un estúpido con fuerza bruta. En realidad, tras haberse convertido en Jefe de su tribu desde tan joven, su reputación como guerrero y vikingo había ido a más, pero nunca nadie valoró el enorme esfuerzo que había tenido que emplear para cumplir con sus otras responsabilidades: gestión de impuestos, escuchar las quejas de su gente, estudiar leyes… De no haber sido por Kateriina, probablemente jamás hubiera llegado tan lejos. Siendo ambos de islas vecinas, era bastante habitual que Kateriina cogiera un barco por su cuenta —su prometida era una navegante extraordinaria— y se acercara a hacerle una visita, sobre todo tras la muerte del padre de Thuggory. Por aquel entonces, Thuggory todavía no se había atrevido a confesar sus sentimientos hacia ella, pero su corazón se había derretido ante el afecto y el tacto que su futura prometida había mostrado hacia él, sobre todo cuando terminó viniéndose abajo tras confesarle que era incapaz de procesar nada de lo que tanto le estaba costando leer. Kateriina, aún luciendo tan pequeña y frágil a su lado, le había estrechado entre sus finos y cálidos brazos y le había consolado hasta que consiguió calmarse. Después de aquel embarazoso momento, Kateriina se presentaba prácticamente todos los días en su isla dispuesta a darle "clases particulares" sobre lo que le hiciera falta. No es que él se quejara, eran una excusa perfecta para verla todos los días y deleitarse con su maravillosa compañía. Kateriina jamás perdió la fe en él y estaba convencida de que, si se lo proponía, él podía ser el mejor Jefe que los Cabezas Cuadradas tendrían jamás.

—Un idiota no puede ser el mejor en nada, Kat —le recordó Thuggory un día que había terminado frustrado tras dos horas inútiles de estudio.

Kateriina le había dado un puñetazo en el hombro que apenas sintió, aunque sus mejillas estaban encendidas y sus ojos nublados por la furia.

—¡Tu inseguridad es lo que te hace ser un idiota!

Se había marchado tan enfadada que a Thuggory le aterró el hecho de que no volviera y que no quisiera siquiera brindarle más con su amistad y compañía. No obstante, Kateriina se había vuelto a presentar al día siguiente dispuesta a empezar otra vez desde cero, sin darle margen siquiera para discutir. La hija de Bardo era muy cabezota, más que él incluso, pero su determinación y paciencia fueron tan imprescindibles que Thuggory estaba seguro de que le habrían echado de la Jefatura de no haber sido por ella.

Fue en una de esas clases particulares cuando Kateriina le besó por primera vez. Ambos tenían diecisiete años y Thuggory seguía sin estar seguro de cómo había sucedido tal suceso realmente. Un segundo estaban hablando y riendo sobre algo embarazoso que le había sucedido a Bardo y, al siguiente, sus labios habían atrapado torpemente los suyos. Thuggory se había quedado en shock, inseguro de que lo que estaba sucediendo fuera real. Kateriina se apartó un tanto desconcertada y dolida por su pasividad, pero cuando hizo el amago de marcharse abochornada, soltando una incómoda disculpa y con los ojos llenos de lágrimas, Thuggory cogió de su mano para detenerla y confesó su amor. Kateriina se había quedado tan sorprendida que, al principio, no estaba segura de qué debía decir; sin embargo, cuando Thuggory sacó el valor para preguntarle si sus sentimientos eran recíprocos, ella le aseguró que llevaba enamorada de él desde que tenían doce años.

Thuggory sacudió la cabeza. Recordar aquellos días en los que Kateriina era Kateriina le dolía más que le aliviaba. Su prometida era una mujer dulce, humilde, amable y risueña, quizás con un poco de demasiada mala hostia, pero Thuggory amaba cada virtud y defecto de ella. Echaba tanto en falta escucharla reír que a veces su cabeza se la reproducía en sueños, como si se tratara de un vago consuelo que se hacía inconscientemente a sí mismo. Le Fey no era una mujer que riera especialmente y, cuando lo hacía, le daba más bien escalofríos por la crueldad con la que tintaba la risa de su amada. La reina bruja era una mujer desagradable, lasciva, despiadada y egoísta, con unos arrebatos de ira que resultaban muy peligrosos si no se sabía lidiar con ellos. Ambas mujeres, aún compartiendo rostro, eran totalmente contrarias: el sol y la luna, el verano y el invierno, el agua y el fuego… Odiaba tener que proteger a alguien como Le Fey para tener que salvar a su Kateriina, ¿pero acaso le quedaba otro remedio? Thuggory se preguntó qué demonios había tenido que hacer para que los Dioses le castigaran con semejante calvario, pues ya no solo se trataba de ayudar al ser más diabólico de todo el Midgar; sino que, para su enorme vergüenza, la deseaba tanto como la odiaba y no estaba seguro de que pudiera perdonarse a sí mismo por sentirse así por Le Fey. Quería pensar que se trataba del cuerpo de Kateriina y no de la influencia de la propia Le Fey, pues era indudable que había existido el deseo entre él y su prometida, aunque jamás al nivel que Thuggory se sentía ahora hacia la reina. Se sentía horrorizado ante la excitación que se encendía como una llama dentro de él cada vez que pensaba en el cuerpo "mejorado" de la reina, el sexo terriblemente lascivo y obsceno que ambos compartían y la única magia que ella solía aplicar sobre él para hacerle sufrir y aumentar su placer.

Era una obsesión y, al mismo tiempo, era vomitivo.

Resignado y demasiado agotado para seguir con su búsqueda, Thuggory decidió regresar junto a su Pesadilla Nocturna cuando se cruzó con un grupo de borrachos que caminaban haciendo eses y cantando un cántico en la lengua local. Decidió probar suerte siguiendo sus numerosas huellas hasta un edificio con apariencia lúgubre y mal mantenido; sin embargo, por el estruendo que resonaba desde dentro, entendió que aquel lugar debía ser la taberna que estaba buscando.

La tasca olía a sudor, cera, carne asada y a alcohol, aunque no supo identificar cual. Estaba repleto de gente, en su mayoría hombres fornidos y ruidosos, cuyas risas se habían vuelto flojas a causa del exceso de bebida. Thuggory intentó no cruzar las miradas con nadie, aunque dada su estatura y complexión fue imposible no llamar la atención de algunos de aquellos hombres, quienes le observaban con más recelo que curiosidad. Se acercó a la barra, donde el posadero trabajaba intensamente sirviendo bebidas y pasando platos de cordero y otros que no supo identificar. El posadero, un hombre grueso con cara de pocos amigos, le lanzó primero una mirada de desaprobación y luego actuó como si no existiera. Thuggory esperó pacientemente a que su carga de trabajo se redujera para preguntarle si disponía de habitaciones, pero el hombre respondió en aquella lengua que no comprendía. Procurando no parecer excesivamente nervioso, Thuggory hizo varios gestos para darle a entender que lo que necesitaba era un lugar para dormir, pero el tabernero parecía tan molesto que soltó algo que entendió que sería un insulto e hizo un aspaviento con la mano para que se largara.

Thuggory no estaba acostumbrado a que le despreciaran, al menos no así. En el Archipiélago era rara la persona que se atreviera a insultarle a la cara y era consciente que su popularidad no era precisamente la mejor. Allí, sin embargo, todo parecía diferente. Daba igual que Thuggory fuera más alto y corpulento que aquellos extranjeros, nadie mostraba signos de sentirse en absoluto intimidado por su presencia, y era consciente que amenazar al posadero para que le diera alojamiento supondría algo más en contra que a su favor. Dio un barrido al lugar, esperanzado de encontrar algún hombre con parche que le ahorrara el trabajo y la humillación de largarse de allí con el rabo entre las piernas, pero nadie encajó con el perfil que estaba buscando.

Maldito Eret, ¿y si le había mentido? Más le valiera que no, porque iba a retorcerle el pescuezo de ser el caso.

Agotado y hambriento, Thuggory decidió retirarse hacia el bosque donde se escondía con su Pesadilla Monstruosa, frustrado por tener que pasar la noche en la intemperie. Sin embargo, escuchó una voz femenina tras el tabernero y cayó en cuenta que una mujer de pecho prominente y bajita, de la que no se había fijado hasta ahora, le estaba haciendo señas para que se detuviera mientras se dirigía al otro hombre con tono colérico.

—¿Tú dormir? —chapurreó la mujer.

Thuggory asintió, sin estar seguro si aquello iba a beneficiarle o no, aunque la mujer golpeó al tabernero en el brazo antes de hacerle una seña para que la siguiera. Con paso inseguro, Thuggory caminó tras la mujer que le guió escaleras arriba, donde el ruido de la tasca todavía se escuchaba con gran intensidad. Le llevó hasta una habitación mucho más acogedora de lo que se hubiera esperado, con el fuego encendido y ropa de cama limpia.

—Dormir aquí —señaló la mujer.

—Gracias —dijo él forzando una sonrisa y sacó una bolsa con dinero que Eret le había intercambiado antes de partir de Mema—. ¿Cuánto?

La mujer señaló con sus dedos la cantidad y, aún estando seguro de que le estaba cobrando de más, no replicó. Estaba tan aliviado de tener una cama en la que dormir tras haber pasado varios días volando bajo la lluvia que cualquier precio le parecería barato.

—Cena abajo —dijo la posadera—. Ir a mí, no marido. Él… amadan.

Thuggory supuso por la mueca de su rostro que aquella palabra debía de ser cualquier cosa menos amable. La posadera era joven, quizás le sacaría un par de años, no más, y si no fuera por su aspecto descuidado, en el que su escotado vestido estaba lleno de manchas y escondía gran parte de su cabellera pelirroja bajo un raído pañuelo, podría considerarse bastante guapa. Antes de retirarse, no le pasó por alto la mirada lasciva que le lanzó, aunque parecía ser lo bastante prudente como para no retar su suerte con él.

Thuggory cerró la puerta tras él y tiró su bolsa de viaje al pie de la cama para quitarse la capa todavía húmeda del viaje. La cama se le veía sumamente irresistible, aunque no le vendría de más un baño y le convenía comer algo que le diera fuerzas para buscar a Eldarion al día siguiente, pues durante el viaje sólo se había alimentado de trozos de pan duro, pescado crudo que había pescado su Pesadilla y queso que se había ido enmoheciendo con el paso de los días. Se puso una túnica limpia y se pasó la mano por su rizos en un amago de peinarlos y salió del cuarto, asegurándose de llevar consigo todo el dinero para ahorrar en disgustos.

Los comensales y borrachos que estaban en la tasca le observaron con profundo descaro, aunque Thuggory evitó cruzar las miradas con nadie, consciente de que si le tocaban mucho la moral, él mismo iba a terminar rompiéndole la cara a alguien. Se acercó a la barra, donde la posadera estaba chillando algo a su esposo, aunque nadie parecía prestarles atención, como si aquello fuera algo normal que sucedía todos los días. La mujer sonrió cuando le vio y escupió algo más a su marido antes de acercarse para atenderle. Thuggory hizo un gesto con su mano para darle a entender que quería comer y beber algo y la mujer se puso enseguida manos a la obra. Le sirvió costillas de cordero, algo negro poco apetecible que no supo identificar y una pinta de una bebida cuyo desagradable olor le hizo arrugar la nariz. La posadera se quedó cerca secando con un trapo los vasos que recién había lavado su marido, aunque parecía más pendiente de él que en otra cosa. El cordero estaba maravillosamente cocinado o quizás era su percepción tras tantos días mal alimentándose; no obstante, la bebida le supo sumamente amarga y no estaba seguro que la cosa negra que le había servido junto al cordero fuera comestible.

Haggis —dijo la posadera de repente.

Thuggory la miró interrogante y ella sonrió. Se acercó a él y a través de gestos intentó explicarle lo que era. El vikingo se quedó horrorizado cuando comprendió que se trataba de vísceras de cordero y ella soltó una carcajada. Su marido la llamó, pero ella decidió ignorarlo para seguir conversando con él.

—Vikingo tú —observó ella con entusiasmo.

—Sí —afirmó él ahora algo más incómodo por la intensidad con la que le estaba observando—. ¿Hay más por aquí?

El posadero volvió a llamar a su mujer y esta soltó un grito que hizo que pusiera muy mala cara. Thuggory empezaba a sentirse un poco violento por la situación y pensó que tal vez lo mejor sería acabar rápido para así marcharse y no generar más roces entre la pareja.

—Pocos vikingos aquí.

—Entiendes y hablas más o menos bien mi idioma para haber habido tan pocos por aquí —observó Thuggory con curiosidad.

La mujer intentó buscar las palabras adecuadas.

—Yo aprender con… —se detuvo un momento y señaló su oreja. Thuggory asintió.

—Tal vez puedas ayudarme —dijo él con lentitud—. Busco a alguien.

La mujer ladeó la cabeza con curiosidad y el vikingo rezó porque le estuviera entendiendo.

—Bain Eldarion, ¿le conoces?

La cara de la posadera palideció de repente y miró hacia los lados nerviosa, temerosa de que alguien les estuviera escuchando. Se inclinó hacia él e, inconscientemente, Thuggory miró a su pronunciado escote, aunque apartó la mirada enseguida, avergonzado de su propio comportamiento. La mujer bajó el tono de su voz.

—Hombre peligroso. No amable. No gusta gente.

—¿Pero sabes dónde está? —insistió él—. Necesito verle.

—Atrás —musitó ella mirando a su marido de reojo, quién estaba volviendole a gritar algo.

—¿Atrás dónde? —cuestionó él.

—Atrás —repitió ella señalando a una puerta que se encontraba a un lateral de la taberna—. Beber solo. No gusta ruido. No gusta gente.

La mujer se volvió hacia su marido y comenzaron a echarse los trastos de nuevo, causando las risas de los de su alrededor. Thuggory aprovechó su despiste para deslizarse de su asiento y caminar hacia la puerta que la posadera le había indicado. Entró en un oscuro comedor con ventanas polvorientas y húmedas por la lluvia que había empezado a caer otra vez. La única luz que podía apreciarse era el de una vela, situada en un rincón de la habitación junto a una ventana, donde se hallaba un hombre bebiendo en solitario. Thuggory se acercó con cautela, no muy seguro de que se hubiera percatado de su presencia, pues tenía la vista clavada en la oscuridad de la calle. Se paró a una distancia prudencial y esperó un par de segundos a que Bain Eldarion reaccionara, pero a la vista de que el hombre no parecía percatarse de su presencia, Thuggory carraspeó incómodo antes de presentarse:

—Buenas noches, Eldarion, me llamo Thug… Patapez Ingerman —se sintió un poco estúpido por haber escogido ese nombre, ¿acaso no había podido ocurrírsele uno mejor?—. Requiero de sus servicios.

Eldarion se tomó su tiempo para hacerle caso, aunque terminó girándose hacia él con una expresión que casi hizo que Thuggory diera un paso atrás. Eldarion tenía rasgos fuertes y feroces; un ojo azul, profundamente intenso, y el otro cubierto por un parche marrón y mugriento. Tenía el pelo muy corto y mal cortado, aparentemente rubio muy claro, aunque estaba tan sucio que parecía castaño, y su mandíbula estaba cubierta por una descuidada barba. Sus ropajes coincidían de pleno con su cara: sucios y harapientos, y las botas estaban manchadas de barro de al menos tres inviernos.

—Patapez Ingerman —repitió el hombre sin mostrar emoción alguna en su voz grave y rasposa—. ¿Tú te piensas que soy gilipollas o qué te pasa?

Thuggory procuró no perder los nervios.

—No le entiendo.

El hombre cogió su pinta y dio un trago antes de apoyarse contra el respaldo de su silla.

—¿Creías que no iba a reconocer al hijo de Mogadon el Cabeza Cuadrada? —inquirió Eldarion muy serio—. Quizás tu fama te precede después de todo, siempre dijeron que lo que te faltaba de inteligencia te sobraba de fuerza bruta. Aunque nadie suele ir muy lejos siendo un idiota.

Thuggory tuvo que contener su ira para no estampar la cara de aquel hombre contra la mesa. Odiaba que le catalogaran de estúpido. No era el más inteligente, era muy consciente de ello, pero tampoco era ningún idiota. Había dirigido su aldea desde que apenas había tenido dieciséis años y, gracias a la ayuda de Kateriina, había conseguido hacerlo con éxito. Era un gran estratega de guerra, los números no se le daban mal y, aunque la lectura seguía sin ser su punto fuerte, desde que Hipo le había enseñado se había forzado siempre a leer para no perder el ritmo. Aún así, nunca había conseguido quitarse la fama de tonto y le sacaba tanto de quicio que más de una vez había llegado a las manos con los imbéciles que se atrevían a meterse con él. Tras la muerte de su padre, se había vuelto más prudente y sosegado, pero era incuestionable que si Thuggory era conocido por ser un bestia había sido por su terrible temperamento durante la adolescencia.

Thuggory respiró hondo antes de dirigirse una vez más a Eldarion.

—Disculpe, no debía haberle mentido. No sabía que conociera usted a mi padre, jamás le mencionó.

—¿Por qué iba hacerlo? A nadie le gusta decir que conocen a un mercenario como yo —señaló Eldarion observándole de arriba abajo sin ninguna vergüenza con su único ojo—. Eres tan alto como él y estoy convencido de que los rumores sobre tu enorme fuerza son ciertos, pero no tengo ganas de perder mi tiempo con un chiquillo que juega a ser adulto. Piérdete.

Thuggory no dudó en replicar esta vez.

—Mira, voy a dejarte las cosas bien claras, mercenario: vuelve a llamarme "chiquillo" y te juro que te tragas la mesa.

Eldarion dibujó una sonrisa desganada en sus labios y sacudió la cabeza.

—¡Vale, vale! Siéntate, chico. No negaré que me pica la curiosidad de que el Jefe de los Cabezas Cuadradas haya venido hasta estas tierras para hablar conmigo. ¿Uno debe sentirse honrado por eso?

Thuggory ignoró su vacile y se sentó frente al hombre, quién seguía estudiándolo muy atento con su único ojo. El vikingo estaba muy tenso, tenía claro que no había que fiarse ni un pelo de aquel mercenario. Eldarion volvió a dar un trago largo de la asquerosa bebida y se quitó los restos de su barba con la mano a la vez que soltaba un eructo.

—La Reina del Salvaje Oeste precisa de los servicios de un mercenario para un encargo muy concreto —empezó a explicar Thuggory tras darse cuenta de que Eldarion no iba a preguntarle sobre los motivos que le habían llevado hasta allí, aunque frunció el ceño cuando el mercenario hizo una mueca ante la mención de Le Fey—. ¿Qué pasa?

—¿Quién demonios te ha dicho que me busques? —cuestionó el hombre irritado—. Yo no trabajo para cualquiera, todo el mundo lo sabe.

Thuggory alzó las cejas.

—¿Llamas a la Reina del Salvaje Oeste una cualquiera? —inquirió el joven ofendido.

—Llamo a una mosquita muerta como Kateriina Noldor una cualquiera —escupió Eldarion molesto.

El Jefe de los Cabezas Cuadradas dio tal puñetazo a la mesa que hizo que la pinta del mercenario se volcara al suelo en un golpe seco. Apenas quedaba un ápice del alcohol en el vaso.

—Kateriina Noldor es Reina del Salvaje Oeste por elección de los jefes de las tribus del Archipiélago, por lo que agradecería que mostraras un mínimo de respeto hacia ella —dijo Thuggory esforzándose en controlar su ira—. Representa al Archipiélago entero y le debes lealtad.

—¡Yo no debo lealtad a nadie! —bramó Eldarion—. ¿Me oyes bien, chico? Si vienes a pedirme un trabajo para tu reina de los cojones y piensas que eso va hacerme arrodillarme ante nadie, pues irte por donde te has venido. Me la suda quién seas, ¿me entiendes? Y, ahora, responde a mi pregunta: ¿quién coño te ha mandado?

Thuggory estaba tan tentado en golpearle que de no ser por la misión lo habría hecho. Se agarró a un pensamiento reconfortante, como la cama que le esperaba en la planta de arriba, que le ayudó a calmarse antes de responder:

—Eret, hijo de Eret.

Bain Eldarion escupió al suelo.

—¡Ese cabrón! ¡Habla demasiado, como siempre! —farfulló el mercenario molesto—. No cumplo con caprichos de reyes y nobles, ¿por qué demonios iba a trabajar para la reina del puto Archipiélago? Además, ¡ahora en esas islas hay "paz" entre humanos y dragones! Parece que todos han olvidado que esas bestias han estado asesinando a los vikingos desde hace siglos.

Thuggory no se atrevió a replicar respecto a los dragones. Antes de que Hipo matara a la Muerte Roja, era innegable que habían supuesto ser un plaga insoportable —aún siendo menos intensa en su isla que la de Isla Mema—, pero tras la muerte del dragón y la predisposición de Mema por alentar una tregua entre ambas especies, los dragones había pasado de ser un problema a serles totalmente indiferentes. En realidad, Thuggory sí había estado interesado en el entrenamiento de dragones tras haber visto volar a Hipo sobre aquel Furia Nocturna, pero todo aquello había coincidido con la muerte de su padre y Thuggory había preferido centrarse en otras cuestiones mucho más prioritarias que los dragones como los constantes ataques que sufrían de los piratas y los intentos de invasión de los pueblos continente. Los Cabezas Cuadradas había aprendido a convivir con los dragones, pero muy pocos eran los que los montaban y, para cuando estaba mucho más asentado como Jefe, la correspondencia con Hipo se había tornado prácticamente inexistente, por lo que ni se le pasó por la cabeza pedirle que realizara el entrenamiento de los dragones en su isla.

—Desde la muerte de Estoico Haddock, la relación con los dragones se reduce a fines puramente lucrativos y de tiempo —argumentó Thuggory—. Está prohibido montar los dragones y solo pueden usarse para fines de transporte y trabajo.

Eldarion sonrió con frialdad.

—¿En serio crees que soy tan zopenco como para creerme que Estoico Haddock está muerto? —cuestionó el hombre con diversión—. Escuché que tú fuiste el verdugo, pero honestamente no me creo que ese cabronazo haya muerto con tanta facilidad.

El corazón de Thuggory latió con fuerza contra su pecho, aunque se esforzó en no mostrar su ansiedad al mercenario.

—Toda Isla Mema fue testigo de ello —le aseguró él.

—Mira, chaval, que yo no nací ayer como tú. Si te digo que Estoico no ha muerto, es que no ha muerto.

—Hablas como si le conocieras muy bien.

—Conozco a ese hijo de puta muy bien —dijo Eldarion de repente muy serio—. Tiene más vidas que un jodido gato y ha sobrevivido a cosas mucho peores que esto. Lo único que me jode es que el gilipollas del Gormdsen sea ahora el Jefe de Mema.

La puerta del comedor se abrió de repente y Thuggory vio cómo la mujer del posadero entraba cargada con una bandeja con cuatro pintas de la repugnante bebida. Las dejó sobre la mesa y Eldarion musitó algo en la lengua extraña, la posadera respondió algo nerviosa y cogió la pinta del suelo. Le lanzó una pequeña sonrisa cómplice antes de retirarse, aunque Thuggory no se la devolvió por miedo a perder autoridad ante Eldarion.

—Ten cuidado, chaval. Su marido puede ser un auténtico hijo de perra si te acuestas con ella.

Thuggory volvió su mirada hacia Bain Eldarion quién ya había sujetado una pinta para beberla casi de un trago.

—No sé de qué me hablas.

—Evanna es una buena mujer, pero le va mucho el folleteo —comentó Eldarion—. Si sigue donde está es porque la posada es suya y no de su marido, así que éste está resignado a ser el eterno cornudo y le gusta vengarse de su mujer torturando a sus amantes. Yo que tú me andaría con ojo, ya que…

—No soy ese tipo de persona —le cortó Thuggory de inmediato—. Yo solo tengo una mujer en mi vida y…

—Pero ella te dejó, ¿no? —le interrumpió Eldarion con una sonrisa malvada—. ¿No estuvo apunto de casarse con el inútil del hijo de Estoico?

Thuggory quiso gritarle que aquello todo había sido una treta de Le Fey, pero se redujo a morderse la lengua.

—Volvamos a la cuestión que nos ha traído aquí —dijo el vikingo con tono cortante—. Eret me dijo que tú eras el más indicado para encontrar a alguien.

—¿A Estoico Haddock? —intentó adivinar el mercenario con una sonrisa de vacile que mostraba sus dientes marrones.

Thuggory resopló furioso, aunque el mercenario parecía estar pasándoselo en grande.

—Verás chico, ya no es solo tu reina lo que me cabrea, sino que encima estéis trabajando con el hijo de puta de Drago Bludvist.

—¿Cómo demonios sabes eso? —cuestionó Thuggory escandalizado.

—Tengo ojos en todas partes, yo me entero casi de todo.

—Pensaba que eras contrario a los dragones, Bludvist es experto en el arte de cazarlos —le achacó el joven.

—Que compartamos una idea no significa que sea partidario de ese hombre —le advirtió Eldarion golpeando su pinta contra la mesa—. Si te atreves a ponerme en el mismo saco que Drago Bludvist te juro por Odín que te rebano los sesos aquí mismo.

Asombrado porque le soltara una amenaza tan a la ligera, Thuggory se redujo a levantar las manos para calmar los ánimos.

—No vas a cruzarte con él si eso es lo que tanto te preocupa —dijo el vikingo—. En realidad, necesito que encuentres a dos personas que se encuentran ahora mismo fuera del Archipiélago.

—¿Y quién coño son? —preguntó el mercenario de mala gana.

—Hipo Haddock y su amante.

Bain Eldarion sostuvo su mirada en silencio, con cierto deje de desconcierto en su único ojo.

—¿Es una broma? —preguntó él con lentitud.

—No, no lo es —le aseguró Thuggory—. La reina quiere justicia para su padre.

Eldarion se removió en su asiento y se apoyó contra la mesa para inclinarse hacia delante.

—Vamos a ver si me aclaro con lo que dices: ¿quieres que busque a Hipo Haddock, un tirillas mediocre que podría llevárselo el viento, que ha avergonzado toda su vida a su padre de lo inútil que ha sido siempre y que encima ha sido la causa por la que el Archipiélago ha roto con unas tradiciones centenarias, creyendo que es una buena idea que los vikingos y los dragones se alíen?

—Sí, y a su amante —añadió Thuggory—. Ella es una bruja, por si no lo sabías. Ambos están acusados de asesinato, traición, conspiración, uso de la magia...

—¿Hipo Haddock está acusado de ejercer la magia? ¿Quién le acusa de semejante barbaridad? —cuestionó Eldarion escandalizado.

—El Consejo de Isla Mema que…

—¡Calla! Ningún hombre puede hacer magia, solo las mujeres pueden recibir tal bendición —dijo el mercenario con furiosa impaciencia—. ¡Lo que hay que oír, joder!

Thuggory se sintió tentado a decirle que compartía la opinión de Bludvist, pero se mordió la lengua. En realidad, todo el asunto de Hipo y la magia era una cuestión que generaba mucha incertidumbre a Le Fey. Nunca había expresado literalmente que Hipo pudiera emplear magia, aunque estaba convencida de que alguien había usado magia del fuego —razón por la que no entendía por qué había tanto escándalo— para matar a Sven Gormdsen y, al parecer, la fuente de ese poder venía directamente de Hipo Haddock. De ahí la razón por la que Le Fey hubiera ordenado la captura con vida tanto de Hipo como de Astrid. Esa y que ambos poseían el libro que la reina tanto anhelaba.

—¿Y asesinato de quién? —continuó Eldarion tras terminarse una de las pintas—. No me creo esa trola de que Haddock pudo haber matado a Bardo Noldor y toda esa gente.

—¿Por qué no? —cuestionó Thuggory extrañado.

—Ya no solo porque Hipo es una poca cosa que no habría podido hacer nada contra Noldor y todos esos hombres, sino porque dudo que ese chico sea un asesino. Es demasiado sensible y pacifista para eso —cogió otra jarra de alcohol—. ¿Y qué hay de la amante? ¿Hay pruebas de que sea una bruja?

—Así es —afirmó Thuggory aún desconcertado—. Tiene una marca de bruja que se extiende por toda su espalda —Eldarion arrugó la frente con esa descripción, aunque no dijo nada al respecto— y hay varios testigos que aseguran haberla visto usar magia durante la boda.

—¿Y qué demonios hace una bruja sola en una isla? ¿Dónde estaba su aquelarre?

Thuggory parpadeó, no muy seguro de qué debía responder a su cuestión. Temía que si hablaba demasiado pudiera exponer a Le Fey. A la reina no le gustaba hablar de Astrid y cuando lo hacía se enfurecía más de lo habitual. Estaba claro que había sucedido algo entre ellas, pero la reina se había negado a contarle el qué. Lo que tenía por seguro era que tanto la reina como Drago Bludvist querían atrapar a Astrid por respectivas razones que nadie quería contarle.

—No estoy muy seguro. Según cuentan, Astrid apareció de la noche a la mañana en Isla Mema y contaba ya desde el principio con la protección de la Jefatura.

—¿Astrid?

Durante un segundo, Eldarion había dibujado una expresión de sorpresa que enseguida fue sustituida por otra de indiferencia, como si no quisiera exponer sus emociones ante él.

—¿La conoces?

—¿Por qué iba hacerlo? —replicó Eldarion cortante—. Es un nombre muy común y como otro cualquiera y yo no conozco a ninguna Astrid. Pero a lo que íbamos: ¿dices que esa mujer mató a Bardo Noldor y es una bruja? ¿Por qué coño iba a fijarse una bruja en Hipo Haddock?

Thuggory tampoco podía explicarle lo del vínculo entre Hipo y Astrid, sobre todo porque ni él mismo comprendía lo que realmente significaba. Lo único que Le Fey le había contado había sido que las vidas de ambos estaban unidas; es decir, que si uno moría el otro también lo haría, pero desconocía hasta qué punto podía influir en las emociones de ambos si es que lo ejercía. Había sabido por el propio Hipo sobre sus sentimientos hacia la bruja, hasta el punto de querer renunciar a la Jefatura por ella. En aquel momento había estado tan centrado en sus propias emociones, preocupado en que su amada acabara mancillada por su culpa, que no se había detenido a pensar en la magnitud de su decisión. Hipo lo había dado todo por Isla Mema. Todo. ¿E iba a echar en balde todos sus sacrificios por una mujer a la que apenas había conocido de hacía unos meses? Cierto era que no había mentira en sus ojos, era evidente que estaba enamorado de ella, pero se le hacía sumamente extraño que una persona como Hipo, aparentemente tan introvertido y tímido, pudiera compartir una relación aparentemente tan pasional e íntima con nadie.

—Los motivos por los que esos dos hayan terminado juntos poco ha de importarnos —insistió Thuggory—. Puedo confirmar que ambos están fuera del Archipiélago, lo único que no sé es donde. Eret me dijo que si necesitaba encontrar a alguien tú eras el idóneo para hacerlo, ¿lo harás?

Eldarion terminó un trago que le hizo eructar de nuevo antes de apoyarse contra el respaldo de su silla con los brazos cruzados sobre su pecho.

—No será barato.

—Eso es lo de menos, la reina está dispuesta a pagar —le aseguró Thuggory.

—No pienso arrodillarme ante ella.

—¿Te piensas siquiera que voy a llevar a un mercenario lleno de mugre y borracho como tú ante la presencia de la Reina del Salvaje Oeste? —replicó el Jefe de los Cabezas Cuadradas con exasperación.

Eldarion sonrió divertido por su comentario.

—Necesito una imagen de esos dos, la última vez que vi a Haddock no era más que un crío y es imprescindible saber cómo es la bruja a la vista de que es la verdadera amenaza.

Tras la coronación de la reina, los Gormdsen mandaron hacer carteles de búsqueda y captura de Hipo y Astrid, pero los retratos de Hipo y Astrid estaban lejos de ser buenos. Puede que cualquiera del Archipiélago pudiera reconocer a Hipo en base al vago retrato que se le había hecho, pero el de Astrid… era un despropósito, probablemente porque se había hecho en base de la no tan objetiva descripción de Ingrid Gormdsen. Thuggory no la había conocido personalmente, pero era mucho más agraciada a como se la veía en el dibujo. Además, los Gormdsen habían sido tan descuidados con los carteles que cuando fue a reclamarlos descubrió que ya no tenían más copias, así que tuvo que partir de cero. Thuggory sacó un trozo de pergamino de su bolsa y se la tendió a Eldarion, quién la cogió con gesto aburrido. Había encontrado aquel retrato en casa de los Haddock, entre las cosas de Estoico. Por lo visto, había sido costumbre de los Haddock que retrataran a padre e hijo cada septiembre por motivo del cumpleaños del Jefe. La imagen de aquel pergamino era la más reciente que había podido encontrar y, la verdad, supuso que Hipo no había cambiado tanto desde la última vez que le vio en el verano pasado. Había encontrado más imágenes similares, mostrando a un Hipo más joven y alegre; éste, sin embargo, se mostraba serio e incluso cansado, aunque la mano del artista no era ni de lejos tan buena como la que había tenido el que un día fue su amigo.

—Vaya, parece que el chaval ha dado por fin el estirón, aunque sigue pareciendo un tirillas junto a su padre —observó Eldarion y volteó el pergamino para buscar algo en la parte de atrás—. ¿Dónde está la imagen de ella?

—Me temo que no dispongo de ninguna por el momento —respondió Thuggory azorado.

Sabía bien que Hipo había tenido varios cuadernos de dibujo. El propio Thuggory los había buscado personalmente en su casa y en la herrería, convencido de que debían contener retratos de la bruja. Sin embargo, su búsqueda fue en vano. Alguien había robado los cuadernos y estaba convencido de que Bocón había tenido algo que ver con ello; aunque, tras haberle interrogado duramente, el herrero seguía declarándose inocente incluso cuando Gormdsen lo mandó durante unos días a prisión por desacato. Su otra opción era indudablemente Gothi, pero tras registrar la casa de arriba abajo tampoco encontró nada. Pidió a Patapez que dibujara un retrato de Astrid, habiendo supuesto que sus capacidades artísticas pudieran ser similares a las de Hipo, pero el vikingo le había confesado que él no era capaz de dibujar sin modelo y que no había conocido a Astrid lo suficiente como para acordarse de todos los detalles. Thuggory había insistido a que lo intentara y, tal y como Patapez le había asegurado, el resultado fue más bien pésimo.

—¿Cómo pretendes que encuentre a nadie sin una referencia física? —preguntó Eldarion indignado.

—Si encuentras a Haddock, la encontrarás a ella —le prometió Thuggory—. Además, es fácil de reconocer. Es alta, de pelo largo y rubio, ojos azules, de complexión delgada pero atlética y con caderas anchas. Tiene una cicatriz sobre su ceja derecha que suele estar medio escondida bajo su flequillo y otra cicatriz enorme, con esta forma —Thuggory le tendió otro trozo de papel con un dibujo hecho por la propia Le Fey—, que ocupa toda su espalda. Es bastante guapa, aunque siempre tiene expresión huraña o enfadada.

—¿Cual es su poder? —preguntó Eldarion aún con los ojos puestos sobre el dibujo de la cicatriz.

—¿Cómo que su poder? —replicó el Cabeza Cuadrada sin entender.

—Todas las brujas reciben un poder cuando son bendecidas por Freyja —argumentó el mercenario—. ¿Qué poder tiene esta bruja?

Thuggory reflexionó un momento. Le Fey jamás le había especificado el poder de Astrid, aunque no había que ser muy listo para adivinarlo.

—Se dice que puede controlar las tormentas y que es capaz de crear rayos con sus manos —comentó el vikingo—. La noche que huyeron de Mema, cayó una tormenta eléctrica en la isla.

Eldarion levantó la vista hacia con su ojo muy abierto.

—¿El poder de Thor? —su tono era de enorme sorpresa.

Thuggory frunció el ceño extrañado.

—¿Pasa algo? —cuestionó al ver su rostro ensombrecerse.

—No es moco de pavo hacerme buscar a una bruja con el poder de Thor —observó el mercenario—. Son tan poderosas como peligrosas y no cualquiera recibe la bendición del Dios del martillo.

—Pareces saber mucho de las brujas, ¿acaso eres también cazador de…?

—No —le cortó el mercenario con frialdad—. Yo no me codeo con esa escoria que persigue a mujeres.

—¿Entonces por qué…?

—¿Sé tanto sobre las brujas? —le volvió a interrumpir el mercenario irritado—. No es de tu incumbencia, pero claramente necesitas a alguien como yo para encontrar a esos dos —rebuscó algo en una bolsa que tenía colgada de la silla y sacó una pluma medio rota y un papel arrugado—. Por la búsqueda del hijo de Estoico y la bruja os cobraré esto, sin incluir, por supuesto, los gastos del viaje que esta búsqueda me ocasionen.

Por suerte, la caligrafía de Eldarion era lo bastante clara como para que Thuggory pudiera leerla sin dificultades y tuvo que mantener la compostura al caer que la cifra era un auténtico disparate. Sin embargo, Le Fey había sido muy clara con lo de que no podía regresar al Archipiélago con la negativa del mercenario, así que consciente de la situación, Thuggory le lanzó un saco lleno de monedas.

—Te pagaré el resto cuando traigas a esos dos con vida. Tienen que ser los dos, ¿entendido? No me vale que me traigas solo a uno —insistió Thuggory con severidad.

Eldarion abrió el saco de monedas y sacó una para comprobar si efectivamente era real.

—No soy imbécil, chaval. Mientras no me hagas hincar la rodilla ante tu reina y me juntes con Bludvist, no habrá problemas con el encargo. Siempre y cuando pagues, por supuesto.

—Ya te he dicho que tendrás el resto tu dinero cuando vea a Hipo y a la bruja vivos y de una pieza —le advirtió Thuggory estrechando los ojos—. Y te aviso que a la reina no le gusta que le decepcionen, si hemos recurrido a ti es porque nos das la garantía de que los vas a traer.

—Yo nunca fallo en mis encargos, chaval, así que métete tus advertencias junto con el palo que tienes metido en el culo.

Thuggory estaba a punto de perder la paciencia, no podía esperar el momento de largarse de allí y perder de vista a aquel cabrón. No obstante, le intrigaba saber qué métodos iba a utilizar para hallar a Hipo y a Astrid por el vasto continente. Además, era consciente de que Le Fey estaba bastante impaciente por tenerlos de vuelta por las razones que fueran.

—¿Cuando crees que podrás traerlos? —preguntó Thuggory sentándose en el borde de la silla.

—No trabajo contra fechas, chico. Te los traeré cuando los encuentre y no hay nada más que hablar, ahora…

—¿Y cómo piensas encontrarlos? —se adelantó Thuggory intrigado—. Podrían estar en cualquier rincón del Midgar, ¿cómo estás tan seguro de que vas a encontrarlos?

Bain Eldarion se quedó mirando al fondo de su pinta, con su ojo perdido quién quisiera saber dónde. Cogió de nuevo el retrato de Hipo con su padre que se encontraba sobre la mesa, aunque no llegó a estudiar el dibujo de nuevo.

—Solo hay una razón para que no los encuentre, chico, y es que estén muertos. No revelo mis tácticas a nadie y mucho menos a uno del Archipiélago, así que, ¿por qué no te largas y me dejas terminar de emborracharme tranquilo? Recibirás noticias mías muy pronto.

—¿Pero cómo…?

—¡Ya vale de preguntas, coño! —gritó el mercenario levantándose de un salto de su silla, aunque Thuggory notó que el alcohol ya había hecho sus estragos cuando el hombre dio un ligero traspiés—. ¡Lárgate!

Thuggory se levantó con lentitud y, a pesar de que Eldarion era un hombre alto y fornido, el Jefe de los Cabezas Cuadradas lo era aún más. Aún así, a diferencia de la mayoría de la gente, Eldarion no parecía en absoluto intimidado por su presencia. El vikingo contuvo sus impulsos de querer golpearle y sencillamente dijo:

—Quiero que me notifiques cada semana de los avances de tu búsqueda, me da igual cómo lo hagas, pero si no lo haces, te juro que yo mismo iré a buscarte para que me las cuentes, así que no me hagas perder la paciencia, Eldarion —le advirtió Thuggory con frialdad—. Seré mucho más joven, pero no soy un idiota por mucho que digan lo contrario. Tócame los cojones y te arrepentirás.

Eldarion sacudió la cabeza molesto, pero farfulló un «está bien» antes de volver a sentarse y coger la cuarta pinta que se suponía que iba a ser para Thuggory. Volvió a enfocar su ojo hacia a la ventana y fue como si el Jefe de los Cabezas Cuadradas desapareciera de repente de la habitación. Resignado y agotado, Thuggory salió de nuevo a la taberna para subir a su habitación y descansar por unas horas. A la vista de que había encontrado a Eldarion antes de lo previsto, podría haberse dado el lujo de quedarse unos días en aquella posada descansando, pero no se fiaba de lo que pudiera hacer Le Fey si él no estaba presente. Aunque parecía tenerlo todo bajo control, era imposible de predecir cuándo la reina iba a perder los nervios y a veces se volvía descuidada con el uso de la magia, hasta tal punto que había tenido que borrar la memoria a más de uno por haber sido testigo de los poderes de la reina. Además, no se quedaba tranquilo sabiendo que ahora Drago Bludvist campaba por sus anchas en el Archipiélago, así que debía volver lo antes posible.

Thuggory se quitó la túnica y estiró su espalda aún agarrotada por el viaje. Estaba masajeándose el cuello cuando alguien tocó a la puerta. Extrañado, Thuggory agarró una daga de su alforja que escondió a su espalda y abrió la puerta ligeramente. La posadera, Evanna, cargaba con una bandeja con una jarra y un vaso de barro. Sonriente dijo:

—Agua.

Antes de que Thuggory pudiera replicar, la posadera empujó la puerta para entrar en la habitación y caminar directamente hacia la mesita que se encontraba junto a la cama. Dejó la bandeja para girarse hacia él, quién seguía sujetando a la puerta desconcertado y sonrojado por verse tan expuesto ante una desconocida. La mujer sonrió, aunque no supo interpretar el enigma que escondía tras ella. Evanna se acercó con cautela y posó su mano sobre la suya que sujetaba el pomo de la puerta para ayudarle a cerrar de nuevo la puerta. Sus movimientos eran lentos y delicados, como si temiera que pudiera romperle si se movía demasiado rápido. Thuggory leyó el deseo en sus ojos, se había vuelto un experto en percibir eso, aunque había algo muy diferente en la expresión de la posadera comparado con la de Le Fey. Evanna acarició sus antebrazos con la punta de los dedos, sin apartar los ojos de los suyos en ningún momento y sonrió cuando Thuggory soltó un suspiró al sentir sus cálidas manos pasarse a su pecho. Estaba acostumbrado al tacto helado de Le Fey, por lo que se le hacía extraño y desconocido sentir un tacto tan caliente como el suyo. De repente, Evanna se apartó y llevó sus manos hasta su blusa para simplemente echarla hacia abajo y exponer sus generosos senos. La boca de Thuggory se secó de repente, inhabilitando su capacidad de habla, y la daga que sujetaba tras su espalda resbaló de sus dedos cayendo en un golpe seco contra el suelo; sin embargo, consiguió apartar la mirada con las mejillas ardiendo. La posadera rió ligeramente ante su vergüenza, pero no impidió que cogiera suavemente de su mano para llevársela a uno de sus senos. El corazón le latía con tanta fuerza que parecía que iba a salírsele del pecho y le dolió la entrepierna ante el gustoso gemido que Evanna soltó en un suspiro.

Aún tentado, Thuggory no quería nada de aquello.

No.

Bastante estaba haciendo lo que hacía con Le Fey. Aquella suficiente traición contra Kateriina, no pensaba extenderla más allá.

Con todo el decoro posible, Thuggory apartó su mano y dio un paso hacia atrás. Se atrevió por fin a alzar la mirada hacia Evanna, quién seguía con el pecho al descubierto y una expresión de enorme desconcierto.

—¿No? —dijo ella con voz de hilo.

—No.

Ella asintió con lentitud y, aún confundida, preguntó:

—¿Sexo no nunca?

Thuggory se ruborizó más si era posible. ¿Cómo explicarle la situación real a una mujer que seguramente no entendía más de la mitad de lo que estaba diciendo?

—Tengo mujer —mintió el vikingo—. Y soy fiel a ella.

Evanna parpadeó sorprendida tras comprender lo que quería decir y se recolocó su blusa con rapidez.

—Oye, no… no quiero herir tus sentimientos… —intentó explicarse Thuggory.

—No ofender —le aseguró ella muy seria—. Tú buen hombre. Entiendo. Tú… no sexo conmigo porque tú… ¿majer? —intentó reproducir la palabra sin éxito—. No enfadada. Respeto y… perdón.

—No, no, por favor, no te disculpes —insistió él con torpeza.

Ella sonrió con ternura y alzó su brazo para acariciar su mejilla.

—Guapo —admiró ella con picardía—. Majer con… fortant leat… su… suer…

—¿Suerte? —adivinó él.

—¡Aye! ¡Suerte! —repitió ella triunfante y se apartó—. No molesto, yo voy.

Salió de la habitación haciendo un gracioso gesto de despedida con su mano y cerró la puerta tras ella, dejándole completamente solo. Thuggory no se había dado cuenta de lo mucho que estaba temblando hasta que se metió por fin a la cama. ¿Cuando le había tratado Le Fey con tanta amabilidad y comprensión? Nunca. Si Le Fey quería sexo, había que dárselo, aún sin tener realmente deseos de hacerlo. Desde que habían empezado a acostarse, Thuggory le había dicho a Le Fey muchas veces que no, pero la reina no aceptaba negativas. Utilizaba su magia y el cuerpo de Kateriina para engañarlo y sucumbirlo a sus deseos, aunque muchas veces él terminase sintiéndose como una mierda y conteniendo sus propias lágrimas de impotencia mientras la bruja pegaba el cuerpo helado de su amada contra el suyo.

No debía haber sido nunca así.

No podía desearla y odiarla tanto al mismo tiempo.

Hundió su cara contra la almohada hasta que sus pulmones empezaron a lamentarse por la falta de aire. Sus mejillas estaban húmedas y le dolía la erección que todavía no había desaparecido. Por mucho que quisiera, Le Fey no era un pensamiento que le desalentara, más bien lo contrario.

Y se odiaba por ello.

Sin embargo, ello no impidió que Thuggory se metiera la mano en sus pantalones, engañándose a sí mismo con que aquella sería la última vez que se masturbaba pensando en Le Fey.

Puede que, después de todo, sí que era el idiota que todos pensaban que era.

Xx.

El té se le había quedado frío.

Estoico se esforzó en no hacer una mueca de asco cuando dio otro pequeño sorbo. Él ya de por sí no era especialmente fanático del té, pero estaba dispuesto a tomarse cualquier mezcla de hierbas menos aquel brebaje repugnante que le había mandado Gothi. La galena, aún sin haberla visto desde hacía meses, seguía influenciando en su vida a través de Alvin, quién se aseguraba de que todos los días tomara hasta la última gota de aquel asqueroso té medicinal.

El Jefe de los Marginados estaba explicándole algo del que había perdido el hilo hacía un buen rato. Le dolía la cabeza y su hombro volvía a estar resentido a causa del chaparrón que había estado cayendo sin cesar en los últimos días. No pudo evitar recordar a Hipo, quien en días como aquellos, solía masajear su muñón dolorido junto al fuego. Estoico sintió un nudo en su estómago ante el recuerdo de su hijo y no pudo evitar soltar un largo suspiro.

—No me estás escuchando, Estoico —le achacó Alvin de repente.

—¿Qué? —preguntó el hombre avergonzado—. Perdona, Alvin, tenía la mente en otra parte, ¿qué me estabas diciendo?

Se llevó la mano inconscientemente a su hombro para calmar la molestia y el Jefe de los Marginados frunció el ceño.

—Diré que te preparen un té más fuerte, llevas varios días sufriendo dolores.

—Es la lluvia, no necesito más brebajes —le aseguró Estoico irritado—. ¿Qué me estabas contando?

Alvin dejó los pergaminos que tenía en sus manos sobre la mesa y arrugó el gesto.

—Hablaba que se nos están terminando los suministros, Estoico.

—No se supone un enorme sobreesfuerzo ir a pescar con los dragones —replicó el vikingo con voz cansada, aunque su amigo no parecía contento con su respuesta—. Estamos en pleno invierno, Alvin.

—Y yo tenía preparados los suministros para mi gente para esta época, Estoico —le recordó Alvin con severidad—; pero ahora, se ha duplicado la población, por lo que la comida está desapareciendo mucho antes de lo que debería y lo peor de todo es que no paran de llegar más y más refugiados aquí sin control aparente.

—Alvin…

—Te salvé a ti porque eres mi amigo, Estoico —le interrumpió el Jefe de los Marginados—, pero no puedo sacrificar el bienestar de mi gente por el bien común del Archipiélago. Thuggory ha venido aquí demasiadas veces y estoy convencido de que si seguimos así acabará pillándonos.

—¿Qué propones entonces? —cuestionó Estoico intentando controlar la ira en su voz—, ¿los dejamos a su suerte? ¿Que Drago atrapé a las mujeres para someterlas a sus inspecciones y Odín sabe a qué otras barbaridades? ¿O tal vez que la reina mate a todo aquel que no pueda someter a su hechizo?

Alvin estrechó los ojos, claramente irritado por su réplica, aunque Estoico no podía culparle. Los marginados estaban siendo muy generosos con el resto del Archipiélago cuando éste jamás lo había sido con ellos. Al principio, solo iban a acoger refugiados de Isla Mema que Bocón y Gothi conseguían sacar a través de los barcos mercantes; sin embargo, casi sin quererlo, la cosa fue a más cuando empezaron a aparecer personas de otras tribus, en su mayoría mujeres, que huían de sus familias dispuestas a entregarlas a las inspecciones y que no daban señas de encontrarse bajo la influencia de la reina. Antes de que pudieran darse cuenta, se había extendido el rumor por todo el Archipiélago que les hacía pensar que la Isla de los Marginados era un lugar seguro, fuera del alcance de la reina y, sobre todo, de Drago Bludvist.

—No puedes ponerme contra la espada y la pared, Estoico —le advirtió Alvin molesto—. Es mi tribu la que se expone por todos vosotros, no tú. A ojos del mundo, sigues muerto, ¿recuerdas?

¡Cómo no hacerlo! Cada vez que iba a recibir a algún refugiado de Isla Mema, la gente reaccionaba horrorizada, como si estuvieran viendo un fantasma y no a su antiguo Jefe. Llegaron a contarle cómo fue su supuesta ejecución a manos de Thuggory y se le revolvían las tripas cada vez que se lo recordaban. Estoico jamás había llegado a saber cómo demonios habían fingido su muerte delante de toda la aldea, pero muchos de sus conciudadanos parecían revivir un trauma cada vez que se cruzaba con ellos por la isla.

—Buscaremos una solución al asunto de los suministros, ¿vale? —le prometió Estoico—. Aún así, insisto de que necesitamos a Jefes que se unan a nuestra causa, lo sabes de sobra. Camicazi está aquí ahora, eso es un primer paso, ¿no crees?

—Yo no me fío de esa cría —le recordó Alvin malhumorado—. Al igual que de la gemela Thorston. No me trago su discurso de niñas buenas.

—Brusca.

—¿Qué?

Estoico puso los ojos en blanco ante su réplica.

—Su nombre es Brusca Thorston —repitió Estoico sin querer dar dejes de impaciencia en su voz—. Sus padres están aquí precisamente porque Brusca estaba en el punto de mira de Le Fey y de los Gormdsen, y Bocón los ha mandado aquí para evitar que sufrieran represalias por su huida junto a su hermano y Mocoso.

Alvin hizo una mueca ante la mención de Chusco y Mocoso que Estoico se esforzó en ignorar. Antes de haber encontrado a Brusca y a Camicazi, Estoico ya había tenido noticias de la huída de algunos de los Jinetes de Isla Mema. En un principio, se había esperado que Gothi o Bocón les hubiera dado indicaciones para venir directamente a la Isla de los Marginados, pero al parecer la idea había sido muy diferente. Cuando Brusca le explicó que el motivo principal de su huída había sido encontrar a Hipo y a Astrid, Estoico pensó que le estaba tomando el pelo. Después de todo, los gemelos Thorston eran conocidos por eso; aunque Brusca reaccionó alarmada ante su silencio.

—No me fastidies que tú también piensas que es una locura —le dijo la vikinga dolida.

—Brusca…

—¡Ni Brusca ni hostias! —chilló ella enfurecida—. ¡No he pasado por el calvario que he pasado para quedarme aquí a pasar las horas sentada sin hacer una mierda! Hay que matar a Le Fey y la clave para ello es Astrid, así que haz lo que te venga en gana Estoico, pero yo pienso ir a buscarlos.

Que el corazón de Estoico brincara ante la sola posibilidad de volver a ver a su hijo era un hecho, pero tras haber pasado tanto tiempo escondido entre los marginados, esperanzado de que su hijo aparecería entre los refugiados que llegaban todas las semanas de los barcos mercantes, se vio obligado a aceptar de que los rumores sobre que Hipo y Astrid habían abandonado el Archipiélago eran ciertos. Y tal vez fuera lo mejor, pues estar lejos del Archipiélago implicaba estar lejos de Le Fey, de los Gormdsen y de Drago. Brusca, sin embargo, estaba segura de que si Hipo y Astrid no estaban ahora en el Archipiélago se debía a que les habían engañado con lo de que todos estaban muertos. Su fe era tan ciega e irracional que Estoico supo que daba igual lo que hiciera o dijera, nada iba a cambiar el parecer de Brusca.

Por fortuna, Estoico supo cómo ocupar la mente de Brusca por un tiempo. Tras haberla obligado a bañarse y a comer como es debido, la llevó ante sus padres. Todavía no habían encontrado la forma de liberar del hechizo a las personas afectadas por la influencia de Le Fey. Sigrid y Arvid Thorston fueron traídos inconscientes a la Isla de los Marginados debido a sus resistencias a abandonar Isla Mema y por miedo a que pudieran dar la voz de alarma. Tras despertarse, ambos mostraron una actitud sumamente violenta, incluso animal, gritando que lo que querían por encima de todo era regresar junto a su reina. Los Thorston no eran los primeros que habían mostrado signos como tales y se había tomado la difícil decisión de sedar a todos los que se encontraban bajo el control de la reina hasta encontrar la manera de deshacer el hechizo. Cuando Brusca entró en la habitación donde sus padres estaban alojados, su rostro palideció tanto que su piel casi pareció tornarse transparente. Sigrid estaba tan sedada que apenas reconoció a su hija y su marido estaba durmiendo tan profundamente que parecía que ni respiraba. No obstante, aún estando claramente afectada por la situación de sus padres, Brusca no explotó como Estoico hubiera esperado. Es más, parecía hasta aliviada de verlos allí en ese estado, probablemente porque no habían sufrido las temidas represalias que los Gormdsen hubieran tomado contra ellos a causa de su huída con los demás.

Fue entonces, tras guiarla al cuarto que compartiría con Camicazi y otras mujeres, cuando Estoico le preguntó por Chusco y Mocoso. Brusca hizo una mueca que a primera vista parecía de irritación, pero Estoico pudo apreciar la culpabilidad en sus ojos. El relato de Brusca no fue extenso en detalles y emotividad, aunque fue suficiente para dejar a Estoico con las tripas revueltas.

—No sientas pena por ellos —espetó Brusca en referencia a Mocoso y a su hermano—. Sólo piensan en sí mismos y estoy hasta el coño que la peña justifique su mierda de comportamiento porque lo han pasado mal.

Tal era el rencor que Brusca guardaba hacia ellos que Estoico tuvo que emplear toda su paciencia para sacarle la localización de su escondite. La joven, que no tenía ni un pelo de tonta, terminó cediendo con la condición de que la dejara marchar a buscar a Hipo y a Astrid. Estoico detestó aquel rifirrafe, pues no deseaba perder a una de sus jinetes a costa de realizar una misión imposible que de tener éxito pondría en peligro la vida de su hijo. No obstante, fue Camicazi la que consiguió hacerle entrar en razón.

—¿No te das cuenta de que te estás portando como una puta cría, tía? Ya sé que aprecias a tu amiga; pero, Brusca, ellos no están aquí y no es nada fácil salir del Archipiélago sin que esa bruja nos encuentre —razonó la bog-blurgar—. Tenemos que afrontar la situación como podemos y cuántos más seamos, mejor. De nada va a servir que regresen Hipo y Astrid si no contamos con una armada para hacer frente al ejército de Bludvist y de Le Fey —Brusca abrió la boca, pero Camicazi alzó la mano para hacerla callar—. Estoy segura de que Astrid no es tan insensata como para enfrentarse a esa mujer sin contar con aliados, Brusca. Ha tenido toda su vida para matar a esa mujer y sigue vivita y coleando, por algo será, ¿no crees?

Aún sin admitir que Camicazi tenía toda la razón, Brusca terminó confesando el escondite de Chusco y Mocoso. A regañadientes, Alvin cedió a las insistencias de Estoico y mandó una partida a buscarlos. Tres días después, el grupo regresó con ellos en un estado deplorable: faltos de higiene, deshidratados y totalmente idos a causa de las setas alucinógenas, hasta tal punto que no parecían conscientes de lo que pasaba a su alrededor. Al no contar con ninguna galena en la isla, no tuvieron otro remedio más que forzarlos a sufrir la abstinencia sin muchas contemplaciones, causando que sus reacciones fueran más violentas de lo normal, hasta el punto que agredían a todo aquel que les negaba darles más setas. Alvin los encerró en celdas separadas y los dejó en manos de algunos miembros de su tribu que desafortunadamente habían pasado por lo mismo.

Estoico no se atrevía a visitarlos por miedo a que aquello supusiera un impedimento en su recuperación más que una ayuda, sobre todo en el caso de su sobrino. Aunque probablemente aquella fuera una excusa para ocultar su cobardía por enfrentarse a Mocoso. La muerte de Patón Jorguenson había supuesto uno de los mayores golpes que había sufrido nunca, después de la pérdida de Valka y el haberse tenido que separar de su hijo.

Técnicamente, Estoico y Patón habían sido hermanastros. La madre de Estoico, Brenda Haddock, había fallecido a causa de la guerra contra los dragones cuando apenas había sido un niño y, por aquel entonces, dada la facilidad que era morirse por consecuencia del conflicto, era impensable que un Jefe no tuviera más descendencia; por lo que a los dos meses de morir su madre, su padre, Carapota "El Terrible" Haddock, contrajo matrimonio con otra mujer de la aldea, Agnes Baardson, quien daba de sobra la talla para cubrir el puesto de consorte de Isla Mema: ancha de caderas, joven y una grandísima guerrera.

Sin embargo, aquel casamiento jamás fraguó y terminó siendo más bien un auténtico infierno para ambas partes.

Aún siendo bastante pequeño, Estoico recordaba bien aquellos tumultuosos días en los que su padre discutía con su segunda esposa día sí y día también y tras quedarse por fin embarazada, Agnes le dejó por otro hombre, Grump Jorguenson, por motivos que Estoico nunca llegó a entender y que su padre siempre se negó a explicar. Aquel escándalo fue tan polémico que su padre estuvo apunto de perder de la Jefatura; aunque, por suerte, se consiguió un acuerdo de paz entre ambas familias. El hijo que Agnes llevaba dentro, quién después llevaría el nombre de Patón, jamás sería reconocido como un Haddock ni tendría derecho alguno sobre la Jefatura, por no mencionar que debería mantener un juramento de lealtad hacia los Haddock y a la mínima sospecha de querer conspirar contra ellos sería mandado al exilio in situ. La única condición impuesta por el Consejo fue que en caso de que Patón pudiera tener descendencia y, sólo en el caso de que Estoico no la tuviera, su primogénito heredaría la Jefatura y ésta pasaría al poder del clan de los Jorguenson. A consecuencia de aquel acuerdo, Estoico siempre había sido presionado por su padre para casarse lo antes posible para así asegurarse la Jefatura y, por supuesto, jamás debía relacionarse con los Jorguenson bajo ningún pretexto, más sabiendo que Grump Jorguenson había adoptado a Patón como su hijo propio.

Sin embargo, contra todo pronóstico, Patón no resultó ser lo que todos esperaban. Sí, era malhumorado, arrogante y orgulloso, como cualquier Jorgenson que se preciara, pero era leal y sorpresivamente humano. Tras verse obligado a coger las riendas de la Jefatura siendo aún muy joven, a causa de la repentina demencia de su padre, Patón pudo haber aprovechado la oportunidad para arrebatarle la Jefatura, pero lo único que hizo fue quedarse a su lado y ofrecerle toda la ayuda que le hiciera falta para sacar el trabajo y a su padre adelante. Bocón y él fueron los únicos que realmente parecían preocupados por su bienestar y aquello fue algo que Estoico jamás olvidó. Todos se sorprendieron cuando Estoico le nombró su General y, a pesar de sus evidentes diferencias, sobre todo en lo que respectaba en la crianza de sus respectivos hijos, la relación entre ambos siempre había sido buena y estrecha a su forma, aunque jamás se atrevieron a mencionar la palabra «hermano» en la presencia del otro.

No obstante, la noche de la boda, cuando Patón recibió el espadazo de uno de los hombres de Beren para salvarle la vida, Estoico se arrepintió de no haber expresado mucho antes todo su afecto por su hermano. Él lo había considerado como tal y, probablemente por su estúpido orgullo, jamás había reunido el valor para declararle oficialmente como miembro oficial de su familia. Patón había muerto en sus brazos y Mocoso había sido testigo de ello a la vez que intentaban liberarse de los hombres de Gormdsen que lo arrastraban preso fuera del Gran Salón hacia la prisión. Isla Mema había perdido la batalla tan pronto Estoico había perdido a su brazo izquierdo, tal y como le gustaba a Patón bromear por deferencia a su estrecha relación con Bocón, a quién consideraba su brazo derecho.

La aparición de Mocoso había supuesto reabrir la herida que aún no se había cerrado y no había reunido el valor de ir y hablar con él. ¿Qué iba a decirle? ¿Qué lo sentía? ¡Claro que lo hacía! Pero sabía que Mocoso no se lo iba a perdonar nunca. Nada podía compensar semejante sacrificio, mucho menos a costa de una batalla perdida. Por tanto, prefirió descartar la visita a Mocoso hasta estar seguro de que estuviera del todo recuperado del proceso de abstinencia.

Para su sorpresa y enorme tristeza, Brusca no se molestó en ir a verlos, centrándose únicamente en hacer las tareas que los marginados le asignaban, en atender a sus padres, en volar sobre Colmillos y en cuidar el Cremallerus que ella y su hermano habían compartido desde hacía años. Por un tiempo, Estoico pensó que tal vez la descabellada idea de ir a buscar a Hipo y a Astrid se le había disipado de la cabeza, pero unos días después del rescate de Chusco y Mocoso, Brusca volvió a insistir de que quería llevar a cabo su plan y amenazó con marcharse, sin importarle que fuera sola o acompañada. Convencerla para que se quedara le costó un triunfo, sobre todo porque la consideraba una pieza clave cara a un contraataque contra la reina y, por irónico que fuera, era de las pocas personas que parecía tener dos dedos de frente entre la juventud que habitaba en la Isla de los Marginados. ¡Quién iba a decirlo! Brusca Thorston había cambiado tanto que no parecía ni ella misma. Antes de la boda, su cara había estado marcada por la diablura y la inocente maldad que tanto había caracterizado a los gemelos; ahora, sin embargo, era silenciosa, taciturna y parecía estar siempre enfadada. La desnutrición que había sufrido en Isla Mema la había dejado tan delgada que los pómulos se marcaban en su rostro y sus ojos parecían que iban a salirse de sus cuencas en cualquier momento. Nunca en toda su vida hubiera pensado que sentiría la necesidad de proteger a uno de los gemelos Thorston, sobre todo porque Brusca había creado una coraza compuesta de ira y rabia en la que escondía la vulnerabilidad que había desarrollado en los últimos meses. Tras haber descubierto que Estoico no compartía su visión de buscar a Hipo y a Astrid, Brusca se había vuelto distante con todos, incluso con Camicazi, quién siempre se pegaba a ella a pesar de las malas caras que la gemela le lanzaba. Sin embargo, un tiempo después de la llegada de Chusco y Mocoso, Brusca pareció darse cuenta de que Estoico tampoco fue a verles y su actitud cambió ligeramente, hasta el punto que un día se sentó durante la hora de comer, sin molestarse en pedir permiso, con él y con Alvin para hacer una pregunta que le carcomía por dentro desde hacía tiempo:

—¿Cómo sobreviviste?

Alvin frunció el ceño y Estoico la miró sin comprender. Brusca puso los ojos en blanco.

—Thuggory te cortó la cabeza delante de toda la aldea, yo misma me manché con la sangre que manó de tu cuello —explicó Brusca con impaciencia—. ¿Cómo sobrevives a eso?

Estoico cruzó las miradas con Alvin y este chasqueó la lengua, consciente de que Estoico iba a contar la historia quisiera él o no.

—No sobreviví a la ejecución sencillamente porque nunca me llegaron a decapitar —Brusca alzó las cejas—. No estamos muy seguros de cómo fingieron mi muerte delante de toda la aldea ni cómo lo hicieron tan realista, me imagino que sería cosa de Le Fey, pero cuando tuvo lugar mi supuesta ejecución yo ya estaba aquí.

—¿Entonces cómo demonios conseguiste escapar? —preguntó la vikinga sorprendida.

En realidad, Estoico nunca quiso huir de Isla Mema; es más, tras haber perdido la batalla de la boda por una razón todavía inexplicable —aunque sabía que Le Fey tenía mucho que ver al respecto— y haber sido apresado por la gente de Lars Gormdsen y los Noldor, supo que iba a morir tan pronto le encerraron en aquella oscura celda situada en el corazón de la montaña de Mema. Sin embargo, en aquel entonces lo que más le inquietaba era no saber si Hipo había huído con éxito o no. No le calmaba el haberle dejado solo con Astrid, aún a sabiendas del supuesto romance entre ellos y que la bruja le había jurado proteger a su hijo a toda costa, pero Estoico temía haberse precipitado en la toma de su decisión. También era cierto que sus opciones habían sido más bien reducidas: o dejarle marchar con Astrid o permitir que los Gormdsen y la reina le hubieran capturado como a él, así que se había tenido que resignar a ver a su hijo huir con una bruja de la que no podía fiarse por mucho que quisiera hacerlo. Astrid había estado mintiendo durante demasiado tiempo y, aunque no negaba que los sentimientos de su hijo fueran más que sinceros, aún tenía sus dudas respecto a los de la bruja. La fe que Brusca tenía hacia Astrid, en cambio, era ciega; pero en lo único que Estoico podía pensar era en las consecuencias que su hijo pudiera sufrir por haberse relacionado con ella. Hipo le había mostrado que podía emplear magia debido al vínculo que lo ataba con Astrid y, de alguna manera, aquello había asustado tanto a Estoico que no se había atrevido a mencionarlo a nadie, ni siquiera a Alvin, por miedo a las represalias que podían caer sobre su hijo si se decidía a volver.

Estoico perdió la noción del tiempo en el corto periodo que estuvo encerrado en aquella celda. Apenas se había usado durante sus años como Jefe, consciente de que aquel lugar podía trastornar a cualquier que estuviera más de una noche encerrado allí. El aire era reducido y había un fuerte olor a sal marina y a óxido que generaban náuseas a cualquiera. No le daban casi comida ni agua y a nadie se le había ocurrido tratar las heridas que se había hecho durante la batalla de la boda, sobre la que le habían hecho en su hombro, causada por un hacha que le habían clavado, y apenas había podido mover su brazo izquierdo desde entonces. La herida acabó infectándose, pero como sabía que iba a morir pronto no quiso darle más importancia de la que merecía. La fiebre al menos le alejaba del dolor y nublaba tanto sus pensamientos que apenas podía pensar racionalmente.

Sólo recibió dos visitas en el corto periodo que estuvo allí. Lars Gormdsen, siendo el cobarde y el traidor despreciable que había sido siempre, aprovechó su débil estado para pegarle una paliza con la mayor sarna posible. A esas alturas, Estoico no contaba con las fuerzas siquiera para defenderse y terminó con la nariz y dos costillas rotas. En algún punto, el Jefe de Isla Mema se había desmayado y no volvió a despertar hasta que la falsa Kateriina Noldor fue a verle en persona. Ante la visita de Le Fey se encontró repentinamente muy consciente, como si hubiera despertado de un largo sueño, y sus heridas, por alguna razón inexplicable, ya no le dolían. No pudo evitar dar un bote cuando vio una llama flotando en el aire para iluminar la celda. La única magia que Estoico había presenciado había sido la que Hipo le había mostrado el día de su boda, pero aquel fuego flotante le pareció tan extraordinario como aterrador. Una cosa era hacer flotar cosas y otra muy diferente era controlar un elemento tan peligroso como el fuego; sin embargo, Estoico no abrió la boca para hacer tal observación con la bruja. Le Fey tenía una mueca de descontento que deformaba su delicado rostro y, a pesar de la leve iluminación de la llama, podía sentir la frialdad de sus ojos clavarse como una estaca en su pecho.

—Tengo una pregunta —dijo la mujer tras un largo rato de silencio—. ¿Hipo es realmente hijo tuyo?

Estoico se encendió ante aquella pregunta. ¿Cuántas veces se la habían formulado en el pasado? Demasiadas, sobre todo cuando Hipo era pequeño. Siempre se había enfurecido ante aquella impertinente cuestión y lo único que agradecía era que Valka no hubiera tenido que pasar por aquello también. Cierto era que Estoico había tenido dificultades para buscar similitudes con su hijo, pues no podían ser más diferentes; pero, pese a que en el pasado a Estoico le hubiera gustado que Hipo hubiera tenido más facetas de vikingo, él jamás había querido que su hijo fuese un reflejo de él. Es más, Hipo había heredado rasgos de la familia de su madre —aunque sólo había llegado a conocer al padre de Valka, quien falleció meses después de su casamiento—, por lo que Estoico jamás se le pasó por la cabeza que Hipo fuera a parecerse de alguna manera a él. Sin embargo, aquello no le hacía menos su hijo; es más, los dioses no hubieran podido bendecirlo con uno mejor.

—Convendría que respondieras a mis preguntas, Estoico —le advirtió Kateriina con voz aburrida a vistas de que Estoico no iba a responder a su cuestión—. Me he despertado antes de tiempo para interrogarte y, honestamente, no tengo ganas de gastar energías contigo. ¿Es o no es hijo tuyo?

Estoico sintió cómo de repente le resultaba más y más difícil respirar, como si sus pulmones se resistieran a coger aire. Intentó levantarse del suelo, pero se dio cuenta que no podía mover su cuerpo de cintura hacia abajo. Le Fey sonrió ante su gesto de terror.

—Ambos sabemos que ya sabes lo que soy y tengo que decir que eres una de las personas más pedantes que he tenido que controlar nunca, así que visto que vas a morir pronto, ¿qué sentido tiene ocultarme de ti? —comentó la bruja cruzando los brazos sobre su pecho.

—¿Astrid no mentía? —cuestionó Estoico horrorizado—. ¿Has poseído el cuerpo de Kateriina Noldor?

Estoico sintió una mano invisible oprimir con más fuerza sus vías respiratorias.

—¡No pronuncies el nombre de esa perra en mi presencia! —le advirtió la bruja—. Y las preguntas las hago yo, humano. Es Hipo tu hijo, ¿sí o no?

—¡Claro que lo es! —clamó el Jefe furioso.

La bruja frunció el ceño.

—¿Y su madre? ¿Quién es? —cuestionó ella intrigada.

—Su madre está muerta, no la metas en esto —respondió Estoico con frialdad.

Esa vez la bruja no fue tan benevolente y le dejó sin aire durante unos agónicos segundos que le parecieron horas. Estoico tosió sonoramente cuando volvió a dejarle respirar.

—Quiero su nombre o voy a empezar a traer gente de tu tribu al azar para matarlos delante de ti, ¿qué te parece la idea? —sugirió la bruja en un tono que dejaba bien claro que no era una simple amenaza.

—¡Valka! —terminó respondiendo Estoico con dificultad—. ¡Su nombre era Valka!

—¿Valka qué? —inquirió la bruja con impaciencia.

—Haddock.

Esta vez, la mujer se acercó y clavó sus uñas en la herida de su hombro. Estoico soltó un alarido de dolor.

—Te crees muy gracioso, ¿a que sí? Igual sí que es cierto que ese tontaina va a resultar ser tu hijo, porque ha heredado tu estúpido sentido del sentido del humor —Estoico apenas podía escuchar nada, sufría tanto dolor que pensó que iba a perder el conocimiento en cualquier momento—. Dime el apellido de soltera de tu mujer, ¡vamos!

—Valhallarama —consiguió decir en voz de hilo.

La falsa Kateriina le soltó y le observó desconcertada.

—¿Valhallarama? ¿Qué mierda de nombre es ese? ¡No me dice nada! —chilló enfurecida—. ¡Es que es imposible! ¡Ese niñato no es nadie! ¡Nadie! ¿Cómo es posible entonces?

—¿Cómo es posible el qué?

Le Fey contestó a su pregunta con una bofetada y antes de que pudiera siquiera procesar el dolor extenderse por su mejillas, la bruja había cogido de una de las maltrechas trenzas de su barba y sacó un cuchillo de la cinturilla de su vestido.

—Mírate, un día fuiste un gran Jefe y ahora no vales una mierda —observó la bruja con una sonrisa cruel—. Será mejor que te recorte esta barba, al fin y al cabo no dejará de ser un incordio cuando te corten la cabeza.

La bruja cortó la mitad de su barba con muy poco tacto y sin muchas contemplaciones. Estoico no pudo siquiera reaccionar ya que su cabeza empezó a darle vueltas y se sintió aún más débil y enfermo que antes. La bruja, sin borrar la macabra sonrisa de sus labios, observó cómo caía a un lado, ardiendo de fiebre y perdiendo la noción de la realidad a causa del delirio.

—Espero que aguantes, Estoico. Es cierto que sería mucho más fácil curarte para que no la palmaras ahora, más sabiendo que el espectáculo que tengo reservado mañana para ti y para tu aldea es muy prometedor —le aseguró la usurpadora dirigiéndose a la puerta de la celda—, pero es que yo no malgasto mi magia con escoria humana como tú.

Estoico no recordaba nada después de todo aquello. Cuando volvió a despertar se encontraba en un lugar muy diferente a su celda, encamado y con el brazo vendado a su abdomen para que no moviera su hombro. Tan pronto vio a Alvin supo que ya había dejado de ser el Jefe de Isla Mema y que ahora se había convertido en un exiliado más de la Isla de los Marginados. El propio Alvin nunca dio detalles de cómo había conseguido entrar en la isla, pero Estoico tenía la noción de que no había tenido que ser nada fácil y que habían habido muertos de por medio.

Estoico consiguió curarse de la infección, pero había perdido parte de la movilidad en su hombro izquierdo. El hacha que le habían clavado durante la batalla de la boda le había cortado algún tendón y la falta de tratamiento había provocado que Estoico tuviera que cargar con las secuelas por el resto de su vida. Por suerte, él era diestro y el dolor ya no era tan persistente, aunque en ocasiones seguía necesitando tomar el té medicinal que Gothi había conseguido hacer llegar por el estraperlo.

Brusca no pareció especialmente impresionada por el relato. Es más, no se cortó ni un pelo en preguntar a Alvin:

—¿Por qué no te molestaste en rescatarnos al resto?

Estoico sintió un nudo en su estómago ante la repentina tensión que hubo entre el Jefe de los Marginados y la joven. Alvin sostuvo la mirada de Brusca unos segundos antes de responder:

—La misión era rescatar a Estoico y a Hipo y la cumplimos.

—Sí, ya, ¿pero qué pasa con los Jinetes? —insistió Brusca apretando los puños—. ¿Acaso somos menos que ellos?

—Sí —respondió Alvin sin muchos rodeos—. A vosotros se os puede sustituir, a ellos no.

—¡Alvin! —exclamó Estoico horrorizado—. ¿Cómo puedes decir eso? ¡Nadie está por encima de nadie!

—¿Qué has hecho tú que sea digno de mención, muchacha? —cuestionó el Jefe de los Marginados ignorándole—. Estoico ha sido el líder de una próspera tribu durante años y ha sido clave para la paz del Archipiélago; Hipo domó a un Furia Nocturna y mató a la Muerte Roja, ¿pero qué has hecho tú que te haga pensar que estés a la altura? Hasta donde yo sé, solo te has dedicado a hacer trastadas con tu hermano, nada más. Por recordar no recuerdo ni tu nombre y aún sigo sin estar seguro de si eres el chico o la chica de los gemelos Thorston.

Se necesitaron a tres hombres para evitar que Brusca acabara a puñetazos con Alvin y éste, a pesar de las quejas de Estoico, ordenó que la llevaran a una celda para que «reflexionara» sobre su actitud. Estoico estaba furioso con su amigo, quién parecía divertirse con los arrebatos de ira de la vikinga.

—¿Se puede saber que tienes contra Brusca? —cuestionó a su amigo después de que se la llevaran a rastras del comedor de los marginados.

—Nada, simplemente no me gusta cómo es —comentó Alvin volviendo a centrarse en la comida—. Me gustaba más cuando hacía pack con su hermano, al menos la gente se reía con ellos. Ahora va de un lado a otro con cara de acelga y ladrando como una perra en celo.

Estoico tuvo que contener la tentativa de darle un puñetazo.

—Le han torturado, esclavizado y arrancado todo de las manos, ¿cómo quieres que esté? —cuestionó Estoico furioso.

—Creeme, Estoico, yo mejor que nadie sé lo que es eso —le recordó Alvin con frialdad—. Te recuerdo que tú también me lo quitaste todo y, mira, por ironías del destino aquí estás a mi lado, exiliado y sin hogar, porque no tienes otro sitio al que ir sin que te maten. Así que si no te gusta cómo dirijo a mi tribu y cómo trato a una niñata que anda molestando a mi gente, ya sabes dónde está la puerta.

Estoico se vio forzado a abandonar la mesa para evitar una confrontación con Alvin. No le sorprendían su actitud tan fría y despreciable, su amigo siempre había tenido poca paciencia y empatía, algo que Estoico le había desacreditado siempre. De estar en Isla Mema, Estoico no habría permitido tal comportamiento y le habría parado los pies desde el primer segundo. Sin embargo, Estoico no estaba en su isla y, cara al mundo, estaba muerto.

No era nadie.

Solo un exiliado más que no podía salir de esa isla ni para buscar a su propio hijo.

Brusca estaba sentada en el suelo de la misma celda donde la habían metido cuando la trajeron a la isla. Estaba abrazada a sus piernas y tenía la cabeza escondida entre ellas. Su delgadez le hacía parecer más frágil y vulnerable, pero cuando levantó la mirada hacia él pudo leer la ira en sus ojos. Estoico suspiró agotado y fue hacia el guarda, quien no se atrevió a replicar cuando le pidió las llaves de la celda. Escuchó unos bisbiseos en las celdas de más al fondo, en las de Mocoso y Chusco, pero no se acercó. Abrió la puerta metálica de la celda de Brusca, pero a la vista de que no se movía, decidió entrar y sentarse a su lado.

—Deberías controlar ese temperamento que tienes, Brusca. Te va a meter en más de un lío si sigues así —le advirtió Estoico preocupado—. Antes nunca te había molestado esa clase de comentarios.

Brusca se abrazó más a sí misma.

—Que no expresara mi molestia no significa que me hicieran menos daño. Yo también tengo sentimientos, por si no lo sabías —musitó la vikinga molesta—. Estoy harta de que me consideren de menos y que me anulen, de que tenga que callarme para no ofender a otros cuando los demás no dudan en hacer lo mismo conmigo.

—Brusca…

—¿Por qué? —le interrumpió ella con brusquedad.

Estoico frunció el ceño.

—¿Por qué qué?

—¿Por qué nunca viniste a salvarnos? ¿Por qué permites que Bocón, Gothi y el resto de la aldea sigan bajo la tiranía de los Gormdsen y Le Fey? —cuestionó ella ansiosa.

Estoico soltó un largo suspiro y apoyó la cabeza contra la pared. ¡Se había hecho esa pregunta tantas veces!

—No tenemos aliados, Brusca —explicó el vikingo con voz cansada—. Apenas contamos con suministros para sobrevivir y la mayoría de los refugiados que vienen aquí están aterrados y deseosos de esconderse. La reina inspira mucho miedo en aquellos que no ha hechizado y no les culpo.

—No… yo tampoco —confesó Brusca abatida—, pero escondernos no va a servir de nada. Al final nos encontrarán, Thuggory no tiene pinta de ser el idiota que todos dicen que es.

—No, no tiene un pelo de tonto y aparece por aquí cada vez con más frecuencia —comentó Estoico frustrado—. Drago terminará viniendo aquí eventualmente, si no lo ha hecho es porque sabe que Alvin le va a dar muchos problemas con el asunto de las inspecciones de brujería, pero a este paso va a ser imposible que todos los refugiados nos escondamos en las cavernas que se encuentran en las profundidades de la isla. Thuggory las terminará descubriendo si no lo ha hecho ya. Aún así, si lo que dijiste sobre él es cierto, no entiendo por qué Thuggory serviría a Le Fey, ¡más sabiendo que ha poseído el cuerpo de su prometida! ¡No tiene ni pies ni cabeza!

—No hay nada más fácil de manipular que un hombre enamorado —dijo Brusca con aire pensativo, causando que Estoico alzara las cejas sorprendido—. Es lo que dijo Camicazi cuando le conté lo de Thuggory… tal vez sus intenciones sean proteger a Kateriina, pero no lo sé… Todo lo que rodea Thuggory es un misterio.

—Nunca ha sido un chico especialmente hablador —Estoico recordaba bien su expresión hosca, sobre todo cuando era un niño—, aunque, por raro que parezca, Hipo y él siempre se llevaron muy bien. Thuggory era de los pocos hijos de Jefes que no soltaba nunca una sola mala palabra de él.

Brusca soltó sus piernas y las estiró mientras apoyaba su espalda también contra la pared.

—Jefe, ¿por qué no quieres que Hipo y Astrid vuelvan? —preguntó la vikinga muy seria.

Estoico se removió incómodo ante su cuestión, consciente de que ésta vez no podría evadirla.

—Verás, Brusca, sé que es difícil de comprender, pero… ¿por qué querría que Hipo volviera si ello conllevara peligrar su vida? Todo el Archipiélago le busca y le quiere muerto, ¿por qué querría entonces que mi hijo regresara cuando puede rehacer su vida fuera de aquí? Él me aseguró que quería a… —contuvo la palabra «bruja»—, Astrid, ¿no? ¿Por qué querría que sacrificara su felicidad y su nueva vida forzándolo a regresar a la boca del lobo?

—¡Porque el piensa que estamos todos muertos! —chilló Brusca—. ¿Cómo te sentirías si descubres que toda la gente que quieres ha muerto? ¡Ya no te quedan motivos para luchar! ¡Estás siendo un egoísta al pensar que proteges a Hipo haciéndole soportar semejante carga! ¡Para mí sería insoportable!

Estoico no supo reaccionar a su comentario. En realidad, había estado tan enfocado en proteger a su hijo que era cierto que no se había detenido a pensar en cómo debía sentirse. Es más, ni siquiera se había detenido a pensar de que Hipo creyera que él estaba muerto. Se le hizo un nudo en el estómago. Puede que en los últimos meses previos a la boda la relación con su hijo no hubiera sido la más modélica y maravillosa, pero… ambos se querían. A pesar de los secretos, las mentiras, sus debilidades y el priorizar muchas veces la Jefatura por delante de ellos mismos, ambos se habían querido de todo corazón. La sola idea de que Hipo pudiera estar muerto le pesaba tanto en el pecho que no podía ni respirar, ¿se sentiría Hipo igual cuando le dijeron que estaba muerto? ¡Seguro que se habría cargado la culpa sobre sus hombros, como lo había hecho siempre!

—¿Jefe? —escuchó a Brusca llamarle con voz de hilo.

No se había dado cuenta que su rostro estaba empapado a causa de los grandes lagrimones que caían por sus mejillas hasta su barba, la cual ya no lucía tan larga y cuidada como antes. Se sorbió la nariz algo abochornado por su reacción, aunque no había ni rastro de mofa en la expresión de Brusca, sino más bien de desconcierto y lástima.

—Disculpa, esto está fuera de lugar —dijo el vikingo pasándose la mano por la cara.

—No… no lo creo —dijo la joven titubeante—. Tiene que ser duro. Yo tengo aquí a mis padres, aunque para como están es como si no estuvieran, y mi hermano… —se mordió el labio—. ¿Sabes por qué me gusta tanto Astrid? Ella me escuchaba y me hacía sentir menos sola. Estaba tan acostumbrada a ser el reflejo de mi hermano que me había acostumbrado a ser una con él, pero Astrid… me brindó con su amistad sencillamente porque le caía bien y ha hecho por mí lo indecible —la expresión de Brusca se ensombreció—. Jamás me juzgó por mis decisiones y se quedó a mi lado, aún sabiendo que lo que estaba haciendo estaba mal.

Estoico no comprendía a qué se podía estar refiriendo Brusca, pero parecía demasiado afectada como para preguntarle qué era aquello que hizo mal. La joven terminó pasándose la mano para la nariz mientras la sorbía y cruzó las piernas.

—A mí me gustaría tener a mi amiga de vuelta, me… me reconforta la posibilidad —se quedó callada en unos segundos, con la mirada perdida en la pared de piedra de la celda—. Es una sensación similar a cuando Hipo nos convenció para ir tras vosotros al Nido. Todos creíamos que no ibais a volver, pero Hipo estaba tan seguro de que podíamos domar a los dragones que… —Brusca alzó las cejas, sorprendida de sí misma—, ¡caray, no lo había pensado hasta ahora! Seguro que ni él mismo sabe lo mucho que nos impresionó su convencimiento. Sabía perfectamente lo que hacía y eso… nos dio seguridad, esperanza de que todo iría bien... No… no lo había visto nunca así antes, pero Hipo y Astrid se parecen mucho en ese sentido —alzó la cabeza hacia él—, tal vez por eso quiero que vuelvan, porque pensar que puedan volver me da esperanza a que todo vaya acabar bien. Me gustaría que fuera así, además de tener a mi mejor amiga de nuevo conmigo —dibujó una pequeña sonrisa—. Sí… eso sería maravilloso.

El vikingo estaba asombrado con el discurso de la muchacha, quien nunca había parecido hablar más en serio. Estoico no pudo evitar sonreír con tristeza, consciente de que él anhelaba tener la esperanza que ella poseía. En realidad, la idea de volver a ver a su hijo hacía que su corazón latiera ansioso y feliz, ¡pero tenía tanto miedo! Miedo de que traerlo de vuelta supusiera su condena también. Además, ¿qué esperanzas podían brindarles ellos a Hipo? Se encontraban en un callejón sin salida: escondidos, sin ejército, sin planes y malviviendo aterrados de que algún día les descubran. El escenario no era precisamente alentador para volver.

—¿Brusca? —escucharon de repente desde otra celda más lejana.

La vikinga se puso tensa y miró hacia la puerta con el ceño fruncido.

—¿Brusca? ¿Eres tú? —volvió a repetir la voz—. ¿Con quién estás?

—Mierda —susurró la vikinga—. Es Mocoso.

El estómago de Estoico dio un vuelco, no muy seguro de querer afrontar la situación ahora mismo. Brusca, por su parte, parecía más irritada que otra cosa.

—Marchemonos, es mejor actuar como si no estuviera —sugirió.

—¡Brusca! ¡Por favor! —suplicó Mocoso con voz temblorosa—. ¡Sé que estás ahí! ¡Por favor, necesito hablar contigo!

—¡Has tenido tiempo de sobra para hablar conmigo! —chilló la vikinga furiosa—. ¡Has perdido tu oportunidad, así que déjame en paz!

—¡Lo sé! ¡Me porté fatal contigo! No era… no era yo mismo —dijo Mocoso afligido—, por favor, Brusca, acércate. Quiero verte, quiero que hablemos y disculparme como es debido —hubo un segundo de silencio—. ¡Tu hermano también quiere hacerlo!

—¡Ey! ¡A mí no me metas! —escucharon gritar a otra voz que Estoico reconoció como la de Chusco—. ¡Fue ella la que nos dejó tirados y nos vendió!

Aquello pareció encender a Brusca, quien se levantó de un salto y salió dando grandes zancadas de la celda, ignorando los susurros de Estoico para que se detuviera. Brusca se puso a discutir con su hermano, mientras Mocoso les suplicaba que parasen. Estoico observó acongojado la triste escena en la que dos hermanos se echaban en cara el comportamiento de la una y del otro; Brusca estaba tan colérica que las lágrimas caían por sus ojos y su lánguido cuerpo temblaba como una hoja, a pesar de que sus gritos seguramente podrían escucharse desde el otro extremo de la isla.

Oyó unos pasos apresurados bajar la escalinata de piedra que bajaba a las mazmorras y vio cómo Camicazi se quedó congelada ante el tenso escenario. Con los ojos clavados en Brusca, hizo un amago de acercarse para poner calma, pero Estoico posó su mano suavemente su hombro para detenerla.

—Es mejor dejar que saquen toda la mierda ahora, parece que Mocoso y Chusco se encuentran mejor. Además, Brusca también necesita desahogarse y mejor que lo haga ahora que están sobrios —comentó Estoico.

Camicazi asintió aún preocupada y le hizo una seña para que la siguiera escaleras arriba. Extrañado, Estoico la acompañó y la bog-blurgarse detuvo justo antes de la entrada de la prisión.

—Han visto a Thuggory regresar —dijo sin muchos rodeos.

—¿Ya? —preguntó Estoico sorprendido—. Apenas ha pasado una semana desde que se marchó del Archipiélago.

Había tenido noticias desde Isla Mema que Thuggory había sido enviado fuera del Archipiélago a una misión, pero nadie había conseguido adivinar cual. Al principio, Estoico temió que Le Fey le hubiera mandado a buscar a Hipo, pero sabía que su hijo había volado hacia el sur y no hacia el oeste como lo había hecho Thuggory. Su regreso tan temprano pudiera significar que había cumplido con su misión antes de lo previsto, lo cual supondría que Thuggory pudiera hacer otra ronda por las islas, incluida la de los Marginados.

—¿Qué vamos hacer, Estoico? —preguntó Camicazi desesperada—. Yo no quiero quedarme aquí con los brazos cruzados.

—¿Sigues pensando en ir a ver a Dagur? —cuestionó Estoico resignado—. Camicazi, no sabemos si Dagur está bajo el hechizo de Le Fey.

—Merece la pena intentarlo —insistió ella—. Dagur tiene un ejército, si estuviera de nuestro lado y tal vez uniéndonos a los Marginados tendríamos alguna posibilidad.

Estoico cruzó los brazos sobre su pecho y miró hacia la plaza desierta que daba la puerta de la prisión. Estaba cayendo otro aguacero y su hombro se le estaba resintiendo de nuevo a causa de la humedad. Era incapaz de quitarse de la cabeza el motivo que había empujado a Thuggory a salir del Archipiélago y el por qué había regresado tan pronto. ¿Qué estaba planeando Le Fey? ¿Cual iba a ser su siguiente paso? Drago ya estaba implantando su terror en las islas, las brujas dominaban los cielos por las noches e Isla Mema, según la poquísima correspondencia que llegaba de allí, perecía bajo la tiranía de los Gormdsen.

Brusca y Camicazi tenían razón.

Había que hacer algo.

La cuestión era el qué.

¿Cómo demonios podían vencer a alguien como Le Fey? Aún derrotando a Thuggory, a Drago y todos sus ejércitos, tendrían que derrotar a la bruja y ninguno de su entorno contaba con la experiencia para hacerlo. Sólo había una opción y ella estaba lejos con Hipo, ¿cómo entonces podían traerlos de vuelta? ¡Podían estar en cualquier rincón del Midgar!

A menos que…

¡Por Odín! ¡Qué tonto había sido!

—Cuando Brusca deje de discutir con Mocoso y Chusco, llévatela a mis aposentos, tenemos que hablar —titubeó un momento—. No le digas nada a Alvin por el momento.

Dejó a Camicazi con la palabra en la boca cuando salió de la escalinata hacia el aguacero. Entró calado hacia una de las galerías de la red de cavernas que se encontraban bajo la isla, donde se utilizaban en mayor medida como almacenes de comida, armamento y contaba con un minúsculo archivo. Estoico nunca había sido aficionado a leer, pero siempre le había dado suma importancia a los libros y tanto él como todos los Jefes que le habían precedido, habían tenido en consideración el enorme valor que se guardaba en los Archivos de Isla Mema. Él no había sabido disfrutarlo, pero pondría la mano en el fuego a que su hijo se había devorado la mayor parte de aquella biblioteca y que sabría encontrar los libros donde se encontraban las respuestas que buscaba. Cuando era más pequeño y aún era un crío alegre y despistado, solía decirle en muchas ocasiones:

—¡Si tienes dudas, siempre es mejor ir a la biblioteca!

Estoico nunca podía resistirse a devolverle una sonrisa y acariciarle el pelo antes de volver a sus asuntos, sin realmente seguir su consejo cuando razón no le faltaba. Ahora, por primera vez, Estoico haría lo que su hijo haría: recurrir al Archivo, por muy mediocre que fuera. La biblioteca de los Marginados estaba compuesta por libros saqueados de barcos piratas y extranjeros que poco se habían leído, pero todo Archivo guardaba consigo un tomo que la mayoría de Jefes estaban obligados a leer durante su formación: Historia del Archipiélago Barbárico de Barnabas Heggsson. En realidad, era un peñazo de libro lleno de fechas, datos históricos un tanto cuestionables según a qué tribu se perteneciera, muy mal redactado y repleto de faltas de ortografía. Aportaba bien poco en el aprendizaje para ser Jefe, el propio Hipo se lo había dicho, asegurándole de que había perdido un tiempo muy valioso leyendo un libro que se resumía en terrible; pero, por suerte, no era su pedante lectura lo que Estoico estaba buscando, sino el mapa que estaba dibujado justo en la introducción.

Fue lo bastante agudo para guardarse el libro en la cinturilla de su pantalón y esconderlo bajo la túnica, pues no mucho tiempo después, camino a su cuarto, se topó con Alvin.

—¿Por qué demonios la has liberado? —cuestionó el Jefe de los Marginados furioso.

—Alvin, eres mi amigo, pero a veces puedes ser un auténtico capullo —dijo Estoico sin mucho decoro—. La tienes tomada con Brusca desde que llegó y no es justo.

—Estoico…

—Jamás voy a cuestionar tu autoridad, si es lo que te preocupa. Eres un buen Jefe y te preocupas por tu gente y por todos los refugiados que han venido hasta aquí, aunque no quieras admitirlo —se apresuró en apreciar el vikingo—, pero recuerda que Brusca también está bajo mi protección, así que si vas a seguir hostigando a la pobre muchacha te juro que voy a terminar dándote un puñetazo.

Alvin sostuvo su mirada por unos segundos antes de romper a reír y darle un puñetazo no demasiado suave en su brazo sano antes de seguir con lo suyo. No muy seguro de si la conversación había surtido efecto o no en su amigo —Alvin siempre había pecado de impredecible—, se dirigió a su dormitorio. Brusca y Camicazi le esperaban dentro, una mirando a la ventana y la otra tarareando una canción sentada con las botas puestas sobre su cama.

—Bien, estáis aquí ya —dijo Estoico cerrando la puerta tras él.

—De milagro, Brusca casi mata a su hermano a través de los barrotes de su celda —comentó Camicazi con diversión.

Brusca puso los ojos en blanco, pero no negó los hechos.

—¿Por qué nos querías ver ahora? —cuestionó la joven malhumorada.

—He llegado a una conclusión —respondió Estoico sentándose también en la cama y le dio un suave manotazo a la rodilla de Camicazi para que se sentara bien—. Ambas teníais razón: no podemos quedarnos así para siempre, tenemos que actuar ya.

Los rostros de ambas mujeres se iluminaron de repente y antes de que pudiera decir nada más, las dos estaban sentadas a su lado cogiendo ansiosas de su túnica y chillando:

—¿Significa que podemos ir a buscar a Hipo y a Astrid?

—¿Vamos a pedir ayuda a Dagur?

—¿Vamos a matar a Le Fey?

—¡Loki! ¡Dí que sí a eso, Jefe!

Estoico tuvo que zafarse de ellas para que no le dieran la túnica que sí.

—¡¿Queréis callaros?! ¡Ni siquiera os he contado el plan!

Ambas jóvenes se quedaron quietas y se sentaron en el suelo expectantes de escuchar lo que tenía que contar. Estoico temió decepcionarlas, sobre todo porque no estaba seguro de que su plan fuera a llevarles a buen puerto.

—Tenemos muchos frentes abiertos —empezó a explicar Estoico—. Por un lado, está Drago y sus cazadores haciendo inspecciones por un motivo que no sabemos, ¿estamos de acuerdo de que que Le Fey contrate al cazador de brujas y dragones más sanguinario jamás conocido en estos lares no tiene ningún sentido?

—He pensado mucho en eso también —comentó Camicazi—. Puede que sea una tapadera para que Drago no sospeche de ella.

—Si además tiene a todos comiendo de su mano, es fácil protegerse de él —añadió Brusca—. Probablemente esté usando eso de tener a los amigos cerca, pero al enemigo aún más. Me imagino que quiere tener a Drago entretenido mientras ella hace lo que le plazca.

—Sin embargo, realmente no conocemos el plan de Le Fey —replicó Estoico—. Tiene el poder, a todos bajo su control… ¿pero quiere algo más?

—¿Quizás quiera dominar también el continente? —sugirió Camicazi.

Estoico iba a concordar con la visión de la bog-blurgar cuando Brusca, algo más pálida, se adelantó:

—No. No quiere nada de eso.

Camicazi la miró extrañada.

—¿Sabes qué quiere?

—El libro —respondió Brusca algo ausente—. Astrid posee un libro que Le Fey quiere. Ella lo llamaba «grimorio», al parecer es un libro lleno de hechizos que perteneció a una bruja que vivió en Isla Mema hace años y Astrid e Hipo lo usaron para romper el vínculo mágico que les une, pero el conjuro no funcionó porque ambos ya estaban enamorados por aquel entonces.

—Espera, espera, ¿de qué demonios hablas? —preguntó Estoico sorprendido—. ¿De qué bruja estás hablando? Jamás han habido brujas en Isla Mema, ¿dónde se supone que lo encontró?

Brusca sacudió sus hombros.

—Dijo que el libro era de Kaira Gormdsen, pero que había pertenecido a otra persona, espera que me acuerde del nombre ahora —la vikinga se quedó un momento pensando—. ¡Joder! Sé que el nombre empezaba por «a», ¡lo tengo en la punta de la lengua! Recuerdo que su apellido no pertenecía a nadie que viviera en la isla.

Estoico tenía recuerdo de que Kaira Gormdsen había mencionado que le habían robado su libro de recetas al día siguiente de que apareciera inconsciente en la celda de la mujer que había intentado llevarse a una de las gemelas de los Haugsen. Recordaba que había mencionado que le había pertenecido a una amiga, pero no tenía recuerdo de que nadie tuviera especial amistad con ella. Kaira Gormdsen nunca contó con mucha popularidad en el pueblo y era demasiado soberbia para mezclarse entre los mortales.

—¡Qué más da a quién perteneciera el libro! —ladró Camicazi con impaciencia—. Lo que importa es que Astrid posee lo que Le Fey está buscando, ¿no? Puede que ese libro tenga la clave para derrotarla y por eso lo anhele tanto.

—Lo cual nos lleva a la parte de encontrar a Hipo y a Astrid —dijo Brusca con impaciencia—. ¿Es eso lo que querías decirnos, Estoico?

Estoico tragó saliva.

—Sí y no —Brusca iba a bramar algo, pero el vikingo alzó la mano para callarla—. Me has hecho ver que efectivamente tienen que volver, Brusca, pero como bien hemos señalado más de una vez, no es tan fácil entrar y salir del Archipiélago. Y, además de eso, no podemos depender de si encontramos a Hipo y a Astrid, no contamos con tanto tiempo, tenemos que actuar ya.

—¡Por fin! —chilló Camicazi excitada—. ¿Significa que iremos a pedir ayuda a Dagur?

—Sí y no.

Ambos mujeres gimieron frustradas.

—¿Qué demonios quieres entonces, Estoico? —cuestionó Brusca colérica.

—Quiero encontrar a mi hijo y a Astrid y vencer a Le Fey, a Drago y a todos su ejército —respondió él convencido—, pero no me he dado cuenta hasta ahora que hemos jugado siempre en desventaja contra esa mujer.

—¿A qué te refieres? —preguntó Camicazi sin comprender.

—¿Con qué cuenta Le Fey que le ha hecho llegar hasta donde está ahora?

Brusca contuvo la respiración.

—Magia —dijo en voz de hilo y Camicazi abrió la boca de la sorpresa—. ¿Estás planteando lo que yo creo?

—Astrid odia Le Fey, ¿no? ¿Quién dice que no hayan más brujas que la odien? ¿Y quién mejor que una bruja para encontrar a Hipo y a Astrid? Seguro que sabe algún hechizo que pueda ayudarnos a encontrarlos.

Brusca parecía estar al borde de las lágrimas, pero ello no impidió que sonriera de oreja a oreja. Estoico podía entenderla, llevaba meses queriendo llevar esa misión a acabo. Camicazi, en cambio, le observaba todavía muy desconcertada.

—¡No puedes estar hablando en serio, Estoico! —dijo la joven bog-burglar molesta.

—No he hablado más en serio en mi vida, Camicazi —le aseguró Estoico con voz firme y sacó el libro que escondía a su espalda—. Vuestra misión será encontrar a una bruja que esté dispuesta a traicionar a Le Fey para dar punto y final a esta guerra. Y no iréis solas.

Xx.