Tablilla VII

Capítulo 26

Corazón

El día siguiente fue sumamente incómodo.

Enkidu se durmió dándole la espalda a Gilgamesh. Tuvo pesadillas.

Soñó que caía al vacío y profundo en agua y no le dejaba regresar a la superficie. Luego soñó que se perdía en la oscuridad.

Soñó muchas veces con Gilgamesh. Le miraba desde su altura con el brillo de sus ojos rojos reluciendo en sus iris y el desprecio se veía impregnado en su expresión. Temió ser desechado, ser desplazado.

Enkidu miró con tristeza un ave apoyarse en el balcón.

Gilgamesh finalmente se levantó y dejó a solas a Enkidu. Regresó luego y habló fuerte:

—Ya levántate.

Se incorporó en el lecho e hicieron contacto visual. Gilgamesh le miraba muy parecido a cómo lo hacía en sus sueños: parecía enfadado, quizás menospreciándolo.

—Hoy no quiero salir de la habitación—dijo Enkidu, volviéndose a acostar.

—Si es por lo de anoche—habló con seguridad—, estás siendo dramático. Ya te dije lo que tenía que decirte. Muévete, tonto.

Las palabras y el tono de voz que usaba eran similares a los que utilizaba los primeros días de Enkidu en Uruk. Cada vez que avanzaban en algo, parecía que nada fuese fructífero y retrocedían.

—¿Vas a seguir ahí? Párate.

Enkidu volvió a lazarse y se levantó con lentitud. Desnudo como estaba, fue al baño y luego a su vestidor. No se puso nada pomposo, parecía un ciudadano común y corriente.

—No quiero ir al concilio, ni a la muralla: me iré a estudiar.

Gilgamesh se volteó, iracundo.

—No. Vas a hacer lo que yo te diga.

—Gil—comenzó Enkidu—, si no quieres hacerte cargo de tus acciones, no me culpes a mí por tomar las mías.

Se quedó estático ante las palabras de Enkidu, cerró los labios y negó cansado.

—Has lo que quieras. Largo.

Enkidu no sonrió, no miró hacia los lados, no dijo nada. Simplemente se volteó con el rostro inexpresivo y caminó hacia la salida del hall, rumbo a su biblioteca.
Cuando llegó a ella, se apoyó en la puerta y miró el suelo.

—Estoy… ¿Sufriendo? —se dijo, curvando las cejas—, no entiendo qué me ocurre.

Caminó para sentarse en su mesa y mirar las tablillas en blanco. Realmente no quería estudiar, quería alejarse un momento de Gilgamesh: lo ocurrido en la noche, más que el acto en sí, le carcomía por dentro. Era su ilusión.

El secreto que Ishtar conocía.

Cubrió sus ojos con ambas manos y reflexionó un momento: realmente no era importante lo que había sucedido, sólo fue un error, nada en particular.

—Perdóname Gil—susurró, jugando con un cincel, viendo sus deformes dibujos.

Recordó la pintura a las afueras de la sala de reuniones.

No iría a pintarla por ahora, le parecía una falta de respeto a Uruk y a todos los ciudadanos devastados con las pérdidas de sus seres queridos. Debía trabajar duro por ellos.

—Sólo es un día de descanso.

Enkidu tenía la costumbre de hablar solo. Se levantó y revisó las tablillas de la biblioteca, una por una, sin interesarse por ninguna. Estuvo la mayor parte de la mañana leyendo reportes astronómicos sin prestar atención del todo.

Siduri llegó y con delicadeza, llamó a Enkidu.

—Es hora de almorzar, ve al comedor principal.

—Oh, Siduri—se giró para sonreírle—, ¿Cómo estás?

—Todo bien. Ayer pude descansar y me encuentro repuesta para todo el trabajo.

Enkidu la miró unos segundos y se ensombreció. Siduri lo notó y borró su sonrisa.

—¿Qué pasa? —preguntó, acercándose.

—¿Tienes un momento? —dijo Enkidu, sentándose en su mesa, invitando a Siduri.

—Sí, por supuesto que sí—la escribana se sentó y dejó sus cosas de lado—, ¿Qué ocurre?

Enkidu meditó.

—¿Puedo contarte algo muy íntimo?

Siduri se puso nerviosa, pero asintió de todas maneras.

—Gilgamesh es… muy diferente conmigo. Cuando estamos en público me trata con firmeza, me ordena y me mira como si fuese una cosa, no me molesta, pero cuando estamos solos las cosas cambian: ¿Te imaginas a Gilgamesh sonriendo con bondad? Él toma mi mano con suavidad, me abraza, habla calmado. Siduri, sé que quizás sospechas cosas, soy perceptivo, pero dudo que alguien sepa que Gilgamesh es diferente.

"Quisiera creer que las cosas mejoran día a día, pero parece que sólo retroceden. Es difícil tratar con él, ¿Sabes?, yo sé que lo conoces desde pequeño y probablemente fuiste cercana con él por mucho tiempo. Todos saben que su carácter y su personalidad son algo difícil de llevar: yo he podido ser mucho por él.

"Pero nunca me sentí tan roto como ahora. Algo ocurre conmigo y no logro comprenderlo, creo.

Siduri curvó las cejas al escuchar el relato de Enkidu. Posó una mano sobre la de Enkidu cuando él derramó una lágrima.

Terminó abrazándolo y acariciando su espalda: Enkidu no tenía ningún soporte más que Gilgamesh y ahora más que nunca necesitaba de alguien más.

—La verdad, si me sorprende cómo Gilgamesh ha cambiado con el tiempo. Todos lo hemos notado y ha cambiado para bien. Obviamente esto es gracias a ti, pero: ¿A qué costo? ¿Has pensado en ti en todo este tiempo? Debe ser agotador y sobretodo dificultoso si tienes que soportar tanto y con una sonrisa tan bella como la tuya. Es normal que colapses.

—No tenía la capacidad de sentir y ahora me abordan toda clase de sentimientos y termino confundido, no sé que ocurre conmigo, no sé cómo lidiar con todo esto ni tampoco como interpretarlo. Intento no pensar en esto porque mi madre no me ha dotado con el don de entender.

—Claro que entiendes los sentimientos. Sabes cuando las personas necesitan un apoyo, sabes cómo guiar a Gilgamesh y eso es comprenderlo. Quizás no sabes interpretarte, sin embargo, no quiere decir que no sepas.

Enkidu limpió sus lágrimas y miró a Siduri: se atrevió a decirlo.

—Creo que… estoy enamorado.

Siduri abrió los ojos levemente para luego curvar las cejas.

—Oh, querido Enkidu—Siduri acarició sus nudillos y apretó los labios sutilmente—, no me queda más que decirte que lo siento. Sabes cómo es él.

—Sólo creo que es eso. Es lo que veo en los demás y se refleja en mí. Necesito aclararlo con mayor precisión porque no estoy seguro. De hecho, estoy confundido. Probablemente no es nada, entiendo más o menos por qué podría haber pasado algo así. Insisto, no tengo la capacidad de sentir algo así. Debe ser una mezcla de emociones y pensamientos que me hacen creer algo como eso. Necesito estudiarlo más.

Siduri miró los dibujos de Enkidu y sonrió con tristeza. Acarició uno de ellos y habló:

—No se trata de estudiarlo o no, es algo que simplemente ocurre y que muchas veces es desafortunado.

—No lo creo Siduri. Seguramente mañana lo olvidaré. Anoche pasó algo y me confundí.

Siduri pasó de preguntar qué había ocurrido.

—Sea como sea—dijo Siduri—, no te dejes de lado. Cuídate y preocúpate por ti. No dejes que Gilgamesh te desplace de ti mismo. No eres Gilgamesh, no eres parte de él y eso hace la relación que tienen tan hermosa, porque por fin Gilgamesh compartió algo con alguien.

—Esa es una de mis mayores tristezas—confesó Enkidu—, quiero ser todo para él.

—Ya eres todo para él. Él no conoce nada más que tú.

Enkidu soltó una sonrisa que iluminó su rostro.

—También sé que tú…—Enkidu miro a Siduri—sientes algo por él.

Siduri enrojeció ya abrió los ojos.

—¡Enkidu! ¡No digas esas cosas!

—Es cierto, pero tú tienes la suficiente calma mental como para afrontar todo esto sola. Ahora ambos sabemos un secreto del otro.

Siduri suspiró y desvió la mirada: no servía de nada negárselo.

—Seguramente es porque mi mundo gira alrededor de él. No he conocido más hombres con quienes entablar una amistad más allá de un saludo de pasillo. No le tomo importancia porque es imposible cualquier cosa. Es algo que ocurrió naturalmente como su escribana, era obvio que iba a pasar. Me alegra ahora ser más cercana a él, pero sigue siendo quién es. Es imposible cambiarlo.

—No creo que la solución sea cambiarlo. Me encantaría que él se acercara a ti de aquella forma.

Siduri analizó la situación y negó con suavidad.

—A pesar de sentir esas cosas que me confesaste, aún piensas en los demás: ¿No hay egoísmo en ti? ¿No deseas algo para ti mismo? Quieres que Gilgamesh me vea de otra manera cuando podrías desear lo mismo para ti.

—Mi deseo es verlo feliz siempre. Sea conmigo o no.

—Tu entrega es demasiado hermosa—dijo Siduri, suspirando—, eres un ser de luz.

Enkidu negó con tristeza:

—Sólo soy un montón de arcilla.

—Eres lo mejor que le ha pasado a Uruk.

Siduri limpió una lágrima de Enkidu y le acarició el cabello.

—Es difícil pedirte que no llores más, pero sé que puedes hacer un esfuerzo. Gilgamesh te adora, lo noto en cómo te mira, a pesar de que te trate como a los demás. Creo en tus palabras, creo que sea diferente contigo, creo muchas cosas y sé que son ciertas, pero no puedo asegurarte que lo que tu deseas sea cierto. No sé leerlo como tú lo entiendes.

Enkidu asintió: sus ojos estaban hinchados, sus mejillas enrojecidas al igual que la nariz. Continuó llorando y Siduri lo abrazó una vez más.

—Ya podrás calmarte, cariño. Sólo respira, te traeré a…

—¿Qué está pasando aquí?

Gilgamesh apareció en la biblioteca y ambos pegaron un respingo. Enkidu descendió la mirada rápidamente y Siduri se puso de pie de un brinco.

—¿Por qué te fuiste de repente Siduri? Y tú, ¿Por qué no bajaste a almorzar conmigo?

—Gilgamesh—comenzó Siduri con prudencia—, déjalo un momento…

—Fuera de aquí—le ordenó y Siduri no tuvo más remedio que salir, sin echarle una última mirada a Enkidu.

Gilgamesh se sentó en la silla que dejó libre Siduri y alzó el rostro de Enkidu.

—¿Por qué estás lloriqueando? ¿Hasta cuando vas a estar evadiendo tus responsabilidades? Corta tu tontería y ven a trabajar.

Enkidu tenía las cejas curvadas y no podía dejar de llorar.

—N-no es nada, por favor, déjame sólo, ya me repondré.

—Supongo que no le dijiste a Siduri lo que pasó anoche porque si es así, te enviaré lejos.

—No, por supuesto que no Gil. Es nuestra intimidad. A nadie le contaría algo así.

—Entonces ¿Qué hacia ella aquí?

—Le pedí un consejo.

—¿Sobre qué? ¿Por qué no me lo has pedido a mí?

—Le dije que estoy confundido con mis pensamientos y esto me abruma mucho. Sé que has estado ocupado y no quiero que lidies con mis tonterías. Está bien Gil, estoy mejor.

Gilgamesh lo juzgó con la mirada y resopló. Restregó sus ojos y los entornó.

—¿Qué pensamientos de abruman? —dijo, mirándolo atentamente.

Enkidu negó con suavidad.

—Es lo que he estado pasando todos estos días: el concilio, la gente sufriendo, nuestro alejamiento, cosas así. Estoy algo superado, pero no es nada, te lo prometo.
—Bien… No es necesario que vayas al muro hoy, quédate aquí si quieres.

—Gracias Gil.

Pasó un rato en donde Enkidu logró calmarse y sus ojos se aclararon.

—Seguiré estudiando, quiero…

—He cambiado de opinión. Irás al muro conmigo y luego iremos al río.

Enkidu quedó sorprendido de oír eso. Quiso preguntarle, pero Gilgamesh se adelantó.

—Alístate. Quiero verte en las caballerizas.

—Pero…

—Sólo has lo que te digo—dijo Gilgamesh con firmeza—, iremos al río. Armaremos una tienda, como en el bosque de cedros.

Enkidu, genuinamente intrigado, pestañeó para aclarar sus ojos de las lágrimas y simplemente asintió.

Gilgamesh se encontraba en las caballerizas con todo preparado: un carruaje llevaba lo necesario para armar una tienda. A pesar de que Gilgamesh podría hacer aparecer las cosas por portales, prefirió "hacerlo a la antigua". Llevaba tinajas de vino, comida y ropa, como si quisiera rememorar aquel viaje por el bosque.

—Llegas tarde—dijo, cuando Enkidu apareció vestido con sencillez: llevaba una camisa suelta y el cabello trenzado. Estaba ojeroso y no parecía muy alegre—. Tú manejarás esta cosa, ¿Podrás?

—Supongo—contestó Enkidu, acariciando el caballo—, ¿Por qué alguien no nos llevará?

—Porque quiero estar a solas contigo.

Enkidu asintió y se subió al carruaje, sin decir nada.

El viaje comenzó y las casas destruidas adornaban los costados de las calles. Parecía como si un terremoto voraz gobernó el caos y arrasó con todo a su paso. La muralla no estaba en mejores condiciones y las obras de reconstrucción habían comenzado.

Gilgamesh evitó ver la ciudad en ese estado. Le causaba un revoltijo de tripas y por supuesto, ansiedad. Se acomodó y abrazó sus piernas.

El carruaje continuó y llegaron al muro desmoronado. Gilgamesh y Enkidu descendieron y echaron una ojeada rápida al lugar: cientos de hombres con mulas y carruajes intentaba deshacerse de los enormes peñascos abandonados a un lado, otros tantos los molían a martillazos para ser llevados y utilizados nuevamente.

Gilgamesh colocó las manos en la cintura y resopló.

—Su majestad—dijo un hombre completamente sucio, lleno de polvo y con una tablilla en la mano—, hemos retirado la mayor parte de los trozos grandes de la muralla y las obras de reconstrucción pronto comenzarán.

—Alza la vista—pidió Gilgamesh y el hombre obedeció—, ¿Cómo van los números?

El capataz suspiró.

—No muy bien. Necesitaremos muchos recursos para tapar el agujero. No he podido comunicarme con el encargado de las casas y el agua se agota una y otra vez.
Gilgamesh se restregó el rostro y miró a su alrededor: las casas destruidas, el mercado en el suelo, animales suelos andando a sus anchas, hombres desolados sentados en lo que alguna vez fueron bancos.

A lo lejos estaba el templo de Ishtar que estaba casi intacto. Lo miró con aborrecimiento, como si los propios sacerdotes fuesen los culpables de tal catástrofe. Se distrajo un momento y luego regresó a la conversación.

—Informa luego tu trabajo al encargado en el zigurat. Pronto pondremos las necesidades sobre la mesa. Sigue con tu trabajo.

El hombre reverenció y se retiró intentando no darle la espalda.

—Gil—dijo Enkidu—, esa niña te está mirando.

Gilgamesh giró la cabeza hacia una chiquilla que reconoció al instante: era la pequeña que bendijo el día que bajo al mercado con Enkidu, la niña que se atrevió a darle una flor. Tenia las ojeras marcadas, la cara sucia y la ropa estropeada. La mirada era vacía y parecía que hubiese madurado en tan solo semanas.

Enkidu se agachó a su nivel y la llamó, pero ella no acudió.

—¿Qué es lo que pasa?

—Ya no tengo familia—dijo la niña con un tono tan frío que helaba los huesos—, se han ido con Ereshkigal.

Enkidu abrió levemente los ojos y Gilgamesh alzó una ceja.

—¿Tus padres no tenían hermanos con quienes puedas quedarte? —preguntó Enkidu, levantándose y yendo a su lado.

—Todos han muerto. Sólo he quedado yo. Me escondí en el sótano donde guardábamos las frutas y el agua. Me quedé ahí por días. Tengo hambre y los demás me espantan de sus locales arruinados.

Enkidu fue donde Gilgamesh y le habló en voz baja:

—No podemos dejar esta niña aquí, Gil, me la llevaré al palacio.

Gilgamesh soltó una risa que retuvo enseguida.

—Si me preocupara de todos los niños huérfanos que hay en esta ciudad no daría abasto.

Enkidu arrugó el entrecejo.

—Es tu deber, hay que hacer algo con todos los niños, no puedes dejarlos que vivan como perros callejeros.

—Pero no me los llevaré al palacio.

—Gil, tú bendijiste a esta niña. Entrégale esa bendición.

Gilgamesh giró los ojos ya aburrido.

—Entiendo tus buenas intenciones, pero no puedo ser injusto: Eso es lo que quieres, ¿No? Que deje de ser injusto.

Enkidu guardó silencio y asintió. Al voltearse la chica ya no estaba.

—…Tienes razón Gil. Es lamentable.

Gilgamesh suspiró y acarició toscamente la espalda de Enkidu.

—Entiendo tus intenciones, pero no puedo hacer algo como eso.

Enkidu quedó sombrío. Se giró a ver el muro y miró sus manos.

—Debería ayudar. Tengo la fuerza suficiente para mover esas piedras.

—No—dictaminó Gilgamesh—. Los hombres comunes y corrientes deben hacerlo.

Enkidu frunció el ceño.

—¿Por qué? Ambos acabaríamos con esto lo más rápido posible.

—No—repitió Gilgamesh—; yo soy regente y no debo ensuciarme las manos con cosas como estas.

—Gil, no me parece en absoluto lo que estás diciendo. Si te acercaras a la gente serías mucho mejor rey.

Gilgamesh estrechó los ojos y negó con suavidad.

—No lo entiendes, Enkidu. No se trata de ser mas carismático con mi pueblo—Gilgamesh levantó un pie con sus finísimos zapatos y apartó un trozo de muro que ensuciaba sus vestimentas—, se trata de que la gente ame su hogar. Si lo construyen ellos tendrán en la sangre el fervor de que Uruk es parte de sus vidas. Necesito ciudadanos energizados, que comprendan que esta tierra es para mí y que debe ser mucho más que una simple ciudad: quiero ciudadanos ricos, felices, sanos y fuertes porque eso es lo que merezco y mucho más. Si reconstruyen sus muros a base de sus esfuerzos, valorarán mucho más lo que tienen y yo podré decir que mis pertenencias son mucho mejores que el día anterior, mi tesoro es más grande, mis ambiciones también.

Enkidu miraba con asombro a Gilgamesh: dentro de todo su discurso se sentía su egocentrismo, pero un desliz de sabiduría se reflejaba en sus palabras. Enkidu se quedó estático unos momentos, intentando comprenderlo y luego sonrió.

—Es justo—aseveró Enkidu, mirando las espaldas sudorosas bajo el sol de los hombres que continuaban sus labores—, comprendo el punto. Sin embargo, eso no quita que yo pueda ayudar.

—No—reiteró Gilgamesh—. Tú eres parte de mí y no permitiré que te rebajes. Eres uno de mis máximos logros.

Enkidu le sonrió extrañado y finalmente no lo cuestionó.

Comenzaron a pasearse entre los escombros observando el avance de las obras. Con humildad, los trabajadores ofrecieron agua a Gilgamesh y Enkidu la aceptaba a pesar de que Gilgamesh sentía algo de rechazo ante el gesto. El sol avanzaba por el horizonte hasta que los tonos rosáceos se plasmaron en el cielo. Los hombres seguían trabajando alumbrados por farolillos y pequeñas fogatas de aceite. Gilgamesh llamó a Enkidu y señaló el carruaje.

—Vamos al río.

Enkidu sintió ansiedad ya que eso significaba quedarse a solas con Gilgamesh y realmente no lo deseaba. Asintió y se dirigió al carruaje para subirse en él. Gilgamesh le siguió y así comenzó el viaje.

Una vez que traspasaron la puerta principal de la muralla, el silencio fue conformándose a medida que se alejaban del muro. Una brisa agradable se colaba por las ventanillas y Enkidu guiaba la marcha.

—¿Dónde quieres ir Gil?

—Sigue, yo te indicaré dónde doblar.

El carruaje continuó un trayecto recto y el río se veía a simple vista.

—¿Tienes hambre? Podemos llegar a comer—dijo Enkidu, intentando aliviar la ansiedad de alguna manera. No quería recordar lo de la noche anterior.

—Sí, llegaremos a comer. Sigue por este camino, llegaremos pronto.

Enkidu encausó la marcha por donde Gilgamesh indicó y llegaron a una especie de galería elegante y algo abandonada. Había una casa y las antorchas estaban apagadas. Enkidu descendió con la lamparilla encendida en sus manos e iluminó el camino.

—¿Qué es este lugar? —preguntó, llevando la lamparilla hasta su rostro.

—Aquí venía a jugar cuando era un niño. Podía nadar y si me quedaba hasta muy tarde, dormía en esta casa.

Enkidu sintió la brisa fresca acariciar sus cabellos y entrecerró los ojos.

—Gracias—dijo, luego de colocar la lámpara en el suelo y comenzar a descargar el carruaje.

—¿Por qué?

—Por mostrarme un lado tuyo tan íntimo. Siempre lo agradeceré.

Gilgamesh bufó y se cruzó de brazos.

—No es nada realmente.

—Sí lo es—contradijo Enkidu, con la tela de la tienda entre sus manos—, si no lo fuera, no tendría sentido que me mostraras tu antigua habitación o este lugar.

Gilgamesh observó cómo Enkidu dejaba las cosas en el suelo mientras él se sumía en sus pensamientos. Miró la casa unos momentos y sonrió con nostalgia, recordando las tardes donde jugaba con amigos imaginarios, nadando feliz en el río, sentándose a tomar los rayos del sol. Decidió ayudar a Enkidu a armar la tienda, por lo que empezó con las telas gruesas que utilizaban para aislarse del exterior. Las extendieron sobre unos palos firmes que Enkidu enterró en el suelo y dejaron caer unas especies de cortina. Enkidu vio el alimento en el carruaje y lo llevo hasta la tienda: tomó las frutas y las colocó sobre una canasta.

—Me parece muy bonito que hayas querido hacer esto conmigo—dijo, sentándose en la tienda, descalzándose—, pasar este tiempo a solas nos ayuda a aclararnos… y a conectarme más contigo. Gil, estoy nervioso, no te lo ocultaré.

Gilgamesh vio como el último atisbo de día daba paso a la noche y suspiró.

—Quise traerte aquí porque no sé que es lo que pasa contigo, quiero que me hables. Últimamente sólo lloras y eso me desespera.

Enkidu sintió un leve dolor de estómago al escuchar eso. Encogió las piernas y desvió sus ojos.

—No tengo mucho que decir, Gil. No pasa nada.

—Sí, sí pasa, ¿Por qué lloras entonces? Estás triste y no quiero que lo estés, es molesto.

Enkidu miró inanimado una roca color terracota en el suelo. La tomó entre sus dedos y jugó con ella.

—Es que a veces no puedo soportar todo lo que ocurre. Tengo un caos interno, la ciudad destruida, tener que comprender y asimilar que…

—¿Qué cosa? —Gilgamesh trajo la lámpara y la colocó entre los dos. La luz de la llama danzaba alegre y disipaba las sombras del rostro de Enkidu, que lucía muy triste.
—A veces me gustaría que simplemente me dejaras ser. No quiero aparentarte nada nunca en mi vida, quiero ser sincero contigo, incluso si tengo miedo o pena. No te enojes, no te sientas incómodo. Es más, creo que debes estar agradecido de esto porque significa que mi confianza es absoluta.

—¿Agradecido? —Gilgamesh soltó una risa y negó—Hablas sólo tonterías.

—Sí, supongo que sí. Lamento mucho si perturbo tu calma con mis cosas.

—Hay algo que me molesta—dijo Gilgamesh con determinación—, ¿Qué tiene que ver Siduri con todo esto?

Enkidu se sintió incómodo ante la pregunta, pero prefirió contestar:

—Ella es alguien cercana a mí. Confío en ella y quise expresarle mis inquietudes.

—Y, ¿Por qué no a mí?

—Porque estás absorto en tanto trabajo, no quiero sobrecargarte con tonterías.

—Siempre tengo tiempo para ti. Estoy enojado.

—Lo siento Gil. No podía hablar contigo esto.

Gilgamesh asintió y posó sus ojos en un lugar indeterminado.

—Ya lo sé. Se trata de mí.

Enkidu guardó silencio un momento y finalmente contestó:

—Sí, se trata de ti.

—¿Y por qué recurres a Siduri? Ella debe mantener una posición neutral con respecto a mí, ¿No te parece que eso sería influenciarla?

—¿Con quién más hablo, Gil? Shamhat se fue del palacio. No tengo más con quienes hablar. Muchas personas conversan conmigo, tengo amistades, pero nadie para confiar mis cosas más íntimas.

—¿Por qué de mí? ¿Qué te hice?

—Nada Gil. Se trata de ti, pero no exactamente de tu comportamiento o algo así.

—¿Entonces?

—No puedo decírtelo.

Gilgamesh resopló y sonrió con cierto aire engreído.

—Bien. No me meteré en tus asuntos, pero tú no te metas en los míos tampoco.

Enkidu alzó la cabeza y sus cejas se curvaron.

—Gil, no. No es así como funciona. Hay cosas que no sé de ti y si no quieres confiármelas está bien. No significa que me estimes menos por eso. Yo te quiero igual que siempre, sólo déjame sanar.

—¿Es por lo de anoche? ¿Tanta importancia le das a algo tan tonto?

Enkidu negó.

—No, lo de anoche fue un error. Ese error me hizo colapsar. Me encontré un estúpido y me avergüenza enormemente. No volverá a pasar.

—Eres bien estúpido, sí—aseveró Gilgamesh—, pero no te juzgaré. Puedes hacer las tonterías que quieras.

—La de anoche no.

—Yo…—Gilgamesh quería decir algo así como "yo lo permití", sin embargo, era imposible admitir algo así—Te conozco. Comprendo que tiene que ver con tus sentimientos.

—Sí—dijo con sinceridad—, tengo un revoltijo en mi mente. Me supera.

Enkidu mantuvo el silencio un momento hasta que la nariz le empezó a picar y la angustia se apropió de su pecho. Apretó los labios con fuerza y cerró sus párpados con un temblor. Una lágrima lo abandonó y escondió la cabeza entre su pecho y las piernas.

—Lloras mucho—hizo notar Gilgamesh—, no logro entenderlo.

—Es porque tú descargas tus penas de otra manera.

—Yo no tengo penas.

Enkidu respiró ahogado y se adentró en la tienda para limpiarse las lágrimas: la sensación de sentirse tonto por llorar frente a Gilgamesh era algo que jamás le abandonaría.

Gilgamesh entró también con la lamparilla y cerró la tienda para aislarse. Reclamó el rostro de Enkidu y acarició su mejilla.

—No llores.

—Gil. Sólo te pediré una cosa: déjame llorar. Necesito descargar el desastre que tengo en mi mente. Sólo déjame llorar a tu lado, en tu pecho para sentirme resguardado.

Gilgamesh lo miró unos segundos y luego de suspirar, extendió sus brazos y Enkidu se acunó entre ellos, apegando la cabeza a su pecho.

—Gil, supieras cómo se siente mi cuerpo ahora. Tengo escalofríos, no logro controlarme.

—Estás angustiado—comenzó a acariciar su cabello y finalmente lo abrazo.

No podía enojarse realmente con él. En lo profundo de su corazón estaba preocupado, no sabía qué hacer porque nunca se encontró ante esa situación. Le frustraba saber que se trataba de él y no poder hacer nada.

Seguramente se trataba de los sentimientos que Enkidu sentía por él.

Eso le revolvía el estómago porque significaba pensar en los propios. Lo evitaba lo más posible, el trabajo el ayudaba, sus preocupaciones, sin embargo, no curaba sus insomnios.

Enkidu lloraba en sus brazos, aferrando sus manos a la espalda. Dejó que toda la angustia saliera de su pecho y finalmente logró calmarse, con un hipido constante. Gilgamesh buscó un trozo de tela y se lo entregó a Enkidu para que limpiara su nariz. Se incorporó y quitó las últimas lágrimas de su rostro.

—Gracias Gil. Me siento mejor. En tus brazos me siento resguardado del mundo. No hay nada que me pueda hacer daño, no hay nada que me destruya. Es como estar en tu corazón.

—Qué cursi—dijo Gilgamesh en un tono áspero—, pero si te sirve, está bien.

—Estás muy distante conmigo.

—Sí. Es por lo de anoche.

—Olvídalo, yo haré como que jamás pasó. Es un secreto.

Gilgamesh también estaba angustiado. Lo había planeado todo el día: quería entregarse a él y se detuvo cuando ya lo había hecho. No sabía cómo exteriorizarlo sin sentirse menos, sin creer que había cedido y había sido débil. No sabía cómo decirlo.

Alzó una mano para acariciar el rostro de Enkidu: era tan hermoso, siempre lo pensaba cuando conectaban sus miradas. El corazón, para variar, comenzó a latirle más rápido y un temblor en su dedo índice hizo que se deslizara por su mejilla y llegara hasta su mentón.

—Gil.

Gilgamesh sonrió.

—Estoy a solas contigo. No necesito aparentar nada, supongo.

Enkidu le dirigió una mirada maliciosa.

—Entonces si aparentas todo en día—se arrodilló en el suelo y comenzó a trenzar su cabello—, debe ser cansador.

—No realmente—dijo Gilgamesh—, yo soy así.

—Me acabas de decir que aparentas—Enkidu terminó de trenzar su cabello. Los mechones al lado de su rostro lo hacían ver adorablemente delicado—; me hace sentir muy bien saber que conmigo no lo haces.

Quizás era la oportunidad de Gilgamesh para por fin entregar algo suyo.

Tomó el rostro de Enkidu entre sus manos y lo besó sin aviso.

Enkidu suspiró cuando aquello sucedió. Llevó sus manos a los hombros de Gilgamesh y los acarició. Se unieron en un beso apasionado, húmedo, lleno de energía y sensualidad. Gilgamesh recostó a Enkidu en el suelo y se apoyó sobre él.

—Hagamos esto como en el bosque. Yo me olvido de mí, tú de ti y así nos entregamos. No somos nadie—susurró Enkidu, acariciando la mandíbula de Gilgamesh.
—Yo siempre seré quien soy—objetó Gilgamesh—, así quiero que me conozcas.

Volvieron a besarse. Gilgamesh descubrió los hombros de Enkidu y los besó, dejando un caminito frío tras el pasar de sus labios. Enkidu se enrojeció y prefirió cerrar los ojos y olvidarse de todo.

No lloró cuando Gilgamesh lo desnudó, sólo sonrió, disfrutando el momento por completo. Desnudó a Gilgamesh y la lamparilla se apagó cuando se abrazaron.
Enkidu posó su labio superior en el inferior de Gilgamesh y depositó un beso inocente.

A Gilgamesh le encantaba el cabello de Enkidu. Desató la trenza (muchas veces en sus encuentros, Enkidu se trenzaba el cabello para que no molestara) y deslizó los dedos desde la nuca hasta el final de estos. Unos escalofríos invadieron a Enkidu y se le crispó la piel.

Obviamente era difícil, pero Gilgamesh entregaría algo de él nuevamente.

—Acuéstate en mi pecho—susurró Gilgamesh, mientras se sentaba y abría las piernas para que Enkidu se acomodara.

Lo abrazó por el abdomen y escondió la cabeza en un hombro. Se dirigió a su oído y le murmuró.

—Relájate, esto es por ti.

Una mano fuerte escaló por el pecho de Enkidu y se apoyó sobre su corazón. El cabello de Enkidu caía azaroso por todos lados y eso le encantaba a Gilgamesh. Besó su cuello, respiró en su oído y su juego erótico comenzó. Tomó una botella de aceite de un bolso que trajo consigo y la destapó.

Primero acarició su vientre bajo, deslizando sus dedos con lentitud, regocijándose de los espasmos que se producían en su piel. Luego aferró las caderas, abrió sus piernas y las masajeó con dedicación, mientras besaba su oído. Enkidu sentía como el rubor se apropiaba de sus mejillas y su respiración se aceleraba: lentamente, su cuerpo comenzó a despertar. Gilgamesh seguía jugando con los deseos: tocaba su ombligo, la cara interna de sus piernas, besaba su cuello, lamía su hombro.

Hasta que finalmente se atrevió y su mano encerró el sexo de Enkidu entre sus dedos.

Comenzó lento, pausado, disfrutando el desliz de su mano por el calor de la piel. Otras veces lo había hecho, pero no con la dedicación y la intención que ahora entregaba.
Era diferente porque Gilgamesh quería entregarse a él de alguna manera. Con su pulgar dedicaba las caricias más sugerentes, más intensas, a lo que Enkidu respondía con un suspiro profundo de su pecho.

—Gil… eres todo para mí.

Gilgamesh lo dudó un segundo, pero finalmente lo soltó.

—También tú, eres todo.

Enkidu abrió los ojos y sonrió con lentitud.

—Quisiera…

—¿Qué quieres? —susurró Gilgamesh.

Enkidu dejó salir un gemido en respuesta.

Dejó caer su cabeza en el hombro de Gilgamesh mientras él continuaba con su labor. Alrededor los insectos nocturnos cantaban sus melodías que acompañaban muy bien el estado febril de ambos.

Gilgamesh apresó la oreja de Enkidu entre sus labios y lo humedeció para que sintiera su respiración acelerada sobre su piel. Enkidu tiritaba de placer al ver cómo las manos aceitadas de Gilgamesh subían y bajaban cada vez más rápido, al punto de que comenzó a descontrolar sus espasmos.

Enkidu arqueó su espalda y su cabeza se alzó hacia atrás.

—¿Por qué? —susurró agitado, dejándose caer en el pecho de Gilgamesh.

—Porque lo mereces, porque quiero que calmes tu pena y tus miedos.

Enkidu sonrió: era una trampa de nuevo.

Seguramente Gilgamesh buscaba que toda la melancolía acabara a través del placer: de alguna manera se sintió satisfecho al creer que Gilgamesh lo concebía como un ser simple que se contentaba con poco. Era algo extraño, pero dejarse llevar por esa idea descabellada era placentero.

Quizás era un arma simple, muy fácil de contentar y engañar.

Al menos así era mucho más fácil de sobrellevar el caos en su cabeza.

—Ah…Gil.

Gilgamesh siempre sentía olas de calor cuando Enkidu decía su nombre en pleno acto. Sabía que su cuerpo encendió y quería participar en todo eso, pero dejó a Enkidu enervado, agitado y sudoroso.

Volteó el resto de la botella de aceite sobre su cuerpo y tomó a Enkidu para que se sentara sobre sus caderas. Con sus dedos, exploró cierta zona para estimular, lubricar y poder penetrarle posteriormente.

Enkidu otra vez se abandonó al placer: era algo que le dominaba fácilmente, era como si fuese una droga adictiva: era hedonista y no se sentía mal o indecoroso por eso, lo disfrutaba como un masoquista.

—Tengo una sola condición—dijo Gilgamesh, una vez que entró en su cuerpo—, no puedes venirte.

—¿Qué? —Enkidu se apoyó con ambas manos a los costados de Gilgamesh. Su cabellera caía azarosa por todos lados, enredándose entre los brazos, los dedos y el suelo—¿Por qué?

—Porque quiero ver la carita de placer que me ponías ayer.

Enkidu abrió los ojos de par en par, completamente enrojecido. Apretó los labios y comenzó a moverse, sabiendo que le costaba trabajo sostenerse.
El calor de la piel de ambos producía un agradable sudor perlado que no llegaba a deslizarse, si no que se mantenía sobre la piel como un manto húmedo. El resuello de Enkidu soltaba pequeños gemidos de voz neutra que volvían loco a Gilgamesh: era uno de sus momentos favoritos, oír la voz de Enkidu retenida por el placer.

—Dime lo que te gustaría que te hiciera—dijo Gilgamesh, con cierta malicia en la frase.

—Domíname, hazme tu esclavo, doblégame ante tu fuerza, quiero hacerte frente, quiero ver si puedo contigo, si puedo superar esa supremacía que me mata.
Gilgamesh sonrió de júbilo. Su ego se encendió como una antorcha viva e intensa.

—Tú ya eres mío, ¿Qué mas quieres?

Enkidu alzó la cabeza y chocó con el techo de la tienda. Las manos de Gilgamesh escalaron por su pecho y rozó sus pezones, produciendo una sacudida en el cuerpo de Enkidu.

Ambos se separaron un momento y Enkidu se arrodilló y se apoyó en el suelo, dejando su espalda y su cuerpo dispuesto para que Gilgamesh volviese a apropiarse de él. Gilgamesh se posicionó y tomó la cintura de Enkidu con fuerzas para entrar. Enkidu, para variar, lloraba de placer y dejaba que un hilo de saliva recorriera su cuello y la comisura de sus labios. Le gustaba sentirse usado, un despojo, algo consumible. Era su deseo obsceno y Gilgamesh siempre se lo cumplía.

Gilgamesh enterró la cabeza de Enkidu en el suelo y agarró sus cabellos con violencia para posteriormente tirarlos. Lo alzó para apegar la espalda de Enkidu a su pecho y rasguñarlo.

—¿Te gusta? —susurró Gilgamesh.

Enkidu no dijo nada.

Se acordó cuando Ishtar lo llamó puta.

Quizás eso era. Se vendía por su amistad. Así lo pensó y se escandalizó.

Eso le encendió las mejillas: deseo prohibido tras deseo prohibido.

—Maldita sea Gil—Enkidu se dejó caer y aferró la tela de la manta entre sus puños—, déjame correrme.

—No.

Las frutas estaban desperdigadas en el suelo y la lamparilla se había volteado.

Ya era media noche.

Enkidu fue poseído una y otra vez. El calor del momento le producía ese dolor absoluto del orgasmo y lo retenía cuanto podía.

Se imaginó que estaba abandonado en un claro del bosque y era encadenado al suelo y Gilgamesh venía por él y hacía exactamente lo que estaba haciendo.
Abrió los ojos.

Materializó la cadena que los unía y tiró de ella.

—Domíname—pidió.

Gilgamesh sonrió con soberbia.

—Sabía que eras mi mascota.

—Soy tu amigo.

—Cállate.

Gilgamesh tiró la cadena y la enredó alrededor de las muñecas de Enkidu, para apresarlas en su puño.

Enkidu soltó un gemido tan claro que Gilgamesh se regocijó y pintó una sonrisa petulante.

—Eres mío, tu cuerpo es mi lívido, tu carne mi alimento, te voy a poseer hasta que te convenzas de esto. Estás encadenado a mis pies, estás…

Gilgamesh sintió como en su mente se quebró un frasco de cristal y roció por todos lados un líquido rojo que olía intenso.

Eran sus sentimientos.

Guardó silencio y de pronto fue consciente de que pasó del goce al deseo.

Era suyo. Completamente suyo.

Qué bien se sentía.

Sabiendo que Enkidu estaba haciendo un esfuerzo, se dedicó a entregarle todo lo que podía y finalmente colocó una mano en su miembro.

—Ya puedes venirte. Hazlo.

Enkidu negó una y otra vez.

—Gil no, por favor, Gil… Gil… Gil, por favor, p-por… quita tu mano, Gil…

Ahogó un suspiró y finalmente no pudo detenerlo. Sintió el recorrido del líquido por su interior y como éste le abandonaba caliente y caía sobre la mano de Gilgamesh.
Sentía fiebre, que se quemaba por dentro.

Gilgamesh encerró el puño sintiendo aquello en la palma de su mano y sonrió contento.

Consciente de que Enkidu le miraba, llevó su mano a sus labios y sacó la lengua. Dejó caer parte del líquido en ella y luego tragó.

Enkidu estaba impactado.

Si hubiese podido, se venía una segunda vez, sin embargo, eso no fue un impedimento para que su cuerpo sintiera un trueno.

A Gilgamesh no le importó poner la mano manchada sobre las caderas de Enkidu y aferrarse a él con más ímpetu para concentrarse en su propio clímax. Cerró los ojos, frunció el ceño, exhalaba con fuerzas.

"Cómo quisiera que supieras que me tienes enfermo" dijo Gilgamesh en su mente, "Pero no puedo decirte cosas que no son ciertas".

—Enkidu…

Se quedó quieto. Le gustaba detenerse cuando ocurría y sentir los espasmos alrededor de él dentro del cuerpo de Enkidu.

La cadena se desvaneció y Gilgamesh terminó de regularizar su respiración, moviéndose unos momentos más.

Mirar a Enkidu con los ojos cerrados y la expresión de placer plasmada en su rostro era una visión del paraíso. Se complació observándolo, como si fuese su tesoro más invaluable.

Se acostó a su lado para besarlo. Enkidu tomó su rostro con ambas manos y le besó como siempre: entregado, dulce, pasional.

—¿Te sientes mejor? —preguntó Gilgamesh.

Era como si Enkidu se contentara con algo como eso. Sin embargo, sí se sentía mejor.

—Sí—dijo, aún con las mejillas encendidas—, pero esto no ordena mi cabeza. Es una solución momentánea que me llena de vida.

—¿Acaso estabas desprovisto de vida?

—Un poco—confesó, secando su frente—, ya podré reponerme y dejar de incomodarte.

—Hmmm… —Gilgamesh colocó los brazos bajo la cabeza y miró la lamparilla tirada en el suelo—Entonces simplemente abandónate conmigo todas las noches. Así lo olvidas.

—No se trata de eso. Debo solucionarlo. Tú olvidas todo con lo que haces día a día, tus tesoros y tus mujeres, pero yo no soy así.

—Es la manera correcta de lidiar con todos los parásitos de la mente.

—Tus insomnios dicen otra cosa, Gil.

El silencio se hizo después de que los corazones dejaran de saturar los oídos. La respiración calmada de ambos se entremezclaba con el cantar de los insectos.

—Tengo calor—dijo Enkidu después de un rato, incorporándose y abriendo la tienda—, vamos a bañarnos.

—¿A esta hora? —preguntó Gilgamesh.

—¿Cuál es el problema? Nos hemos bañado en la noche.

Gilgamesh lo pensó y finalmente accedió.

Ambos, desnudos como estaban, corrieron hacía el muelle y sumergieron sus pies para luego lanzarse al río y nadar en contra de la corriente. Enkidu se acercó a la orilla y Gilgamesh le siguió.

Enkidu, con una mano, arrojó un montón de agua a Gilgamesh y así, comenzaron a jugar entre ellos, con una inocencia poco esperada después del acto que llevaron a cabo. La luz de la luna se reflejaba en sus pieles y el cabello húmedo se apegaba a sus nucas.

Terminaron abrazados uno al otro, besándose, libres de todo juicio.

Esos actos no hacían más que torturar la mente de Enkidu, que, por muy feliz que se sintiera, algo no andaba bien.