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Capitulo 29
Cuando Candy se despertó a la mañana siguiente, Albert estaba sentado en el borde de la cama, completamente vestido, contemplándola.
—Buenos días —lo saludó, sonriendo.
Él se inclinó y le dio un cariñoso abrazo.
—Llevo un rato levantado, pero he subido hace poco para asegurarme de que estabas bien. Es muy relajante verte dormir.
Tras darle un beso muy dulce, se acercó al armario por un jersey.
Candy rodó hasta quedar boca abajo en la cama y lo observó con descaro, admirando cómo la camisa se le ajustaba a los hombros a la perfección. Desde donde estaba, también podía disfrutar del espectáculo de su trasero, bien definido gracias a los vaqueros negros que llevaba.
«Eso sí que es un buen culo», pensó.
—¿Qué has dicho? —preguntó Albert, mirando por encima del hombro.
—No he dicho nada.
Él torció los labios, como si se estuviera aguantando la risa.
—¿Ah, no?
Al regresar a su lado, se inclinó y le susurró al oído:
—No sabía que tuvieses debilidad por los culos.
—¡Albert!
Algo avergonzada por haber sido descubierta, le dio una palmada en el brazo y ambos se echaron a reír.
Agarrándola por la cintura, él la sentó en su regazo.
—En cualquier caso, quiero que quede claro que mi culo se siente muy halagado.
—¿Ah, sí? —Candy arqueó una ceja.
—Inmensamente. Quiere que te haga llegar sus respetos y que te diga que espera conocerte de un modo más… íntimo y personal cuando estemos en Florencia.
Negando con la cabeza, Candy se inclinó hacia él en busca de un beso. Fue recompensada con uno breve pero muy tierno, antes de que se apartara y le dijera muy serio:
—Tenemos que hablar de un par de cosas.
Candy se mordió el labio inferior y esperó.
—Neall ha sido arrestado y se le imputan varios cargos. El abogado de su padre está en camino y se rumorea que tratará de llegar a un acuerdo.
—¿Ah, sí?
—Al parecer, el senador no quiere que esto llegue a los periódicos. Anthony ha llamado al fiscal, que le ha asegurado que el asunto recibirá prioridad. Anthony le ha dejado claro que a todos nos gustaría que la sentencia fuera de prisión y no algún sucedáneo como una casa tutelada o un programa de tratamiento. Aunque, dados los contactos del padre de Neall, dudo que vaya a la cárcel.
Candy se dijo que tendría que darle las gracias a Anthony en cuanto lo viera.
—¿Y tú? ¿Hay riesgo de que puedas ir a la cárcel?
Albert se echó a reír.
—El abogado de los Talbot ha amenazado con presentar cargos. Por suerte, mi hermano ha tenido una conversación corta pero muy esclarecedora con él, recordándole que a la prensa le encantaría oír mi versión de la historia, además de la tuya. No, no habrá denuncia. No hace falta que te diga que los Talbot ya están hartos de Anthony.
Candy cerró los ojos y soltó el aire lentamente.
La idea de que le pudiera pasar algo a Albert le resultaba muy dolorosa, sobre todo porque no había hecho nada más que ayudarla.
—Tengo que ducharme y vestirme —dijo, abriendo los ojos.
Él le dirigió una mirada ardiente, mientras le recorría el brazo con un dedo.
—Me encantaría ducharme contigo, pero me temo que mi familia se escandalizaría.
Candy se estremeció.
—Y no queremos escandalizar a su familia, profesor Ardley.
—Por supuesto que no, señorita White. Sería de lo más inadecuado. Un escándalo. Así que, para preservar el decoro, mi halagado culo y yo prescindiremos del placer de una ducha en su compañía. —Inclinándose hacia ella, añadió con los ojos brillantes—: De momento.
Candy se echó a reír y Albert la dejó sola.
Cuando volvió a la habitación después de ducharse, se lo encontró esperándola en el pasillo.
—¿Pasa algo?
—No. Sólo quería asegurarme de que no tropezabas. ¿Dónde tienes las muletas?
—En la habitación, pero no te preocupes, Albert. Estoy bien.—Pasó cojeando a su lado y entró en el cuarto, donde cogió el cepillo y empezó a desenredarse el pelo con dificultad.
—Deja que lo haga yo —dijo él, acercándose y quitándole el cepillo de la mano.
—¿Vas a cepillarme el pelo?
—¿Por qué no?
Le señaló una silla para que se sentara. Colocándose a su espalda, empezó por deshacerle los enredos más grandes con los dedos.
Candy cerró los ojos.
Albert continuó unos instantes antes de susurrarle al oído:
—¿Te gusta?
Como respuesta, ella ronroneó, sin abrir los ojos.
Albert rió, negando con la cabeza. Era tan dulce y fácil de complacer… Y él quería complacerla. Desesperadamente. Cuando hubo acabado de deshacerle los enredos, le pasó el cepillo por el pelo con suavidad, trabajando metódicamente, mechón por mechón.
Ni en sus sueños más locos, Candy se lo habría imaginado como peluquero. Pero había algo instintivo en su modo de tocarla. Algo en cómo sus largos dedos se deslizaban por su pelo que hizo que le subiera la temperatura. Se imaginó los placeres que la esperaban en Florencia, cuando pudiera disfrutar de su cuerpo al completo. ¡Y desnudo! Cerró las piernas bruscamente.
—¿La estoy excitando, señorita White? —susurró, con su voz dulce como la miel.
—No.
—Entonces es que estoy haciendo algo mal. —Procurando no echarse a reír, ralentizó el ritmo de sus movimientos y le dio un suave beso en la coronilla—. Aunque, en realidad, mi auténtico objetivo es hacerte sonreír.
—¿Por qué eres tan amable conmigo?
Albert se detuvo del todo.
—Ésa es una pregunta muy rara para hacérsela a un amante.
—Lo digo en serio, Albert. ¿Por qué?
Él volvió a cepillarle el cabello antes de responder.
—Tú has sido amable conmigo desde la primera vez que nos vimos. ¿Por qué no iba a serlo yo? ¿No crees que mereces ser tratada con amabilidad?
Candy prefirió no insistir. Aunque la noche anterior estaba muy alterada, recordaba perfectamente haberle confesado su amor en el hospital. Pero él no había contestado.
«No pasa nada —se dijo—. Sus actos, su amabilidad y su protección son más que suficiente. No necesito las palabras».
Candy lo amaba tanto que le dolía. Siempre lo había sentido así, con tanta intensidad que incluso en sus días más sombríos la luz de su amor había permanecido encendida. Pero al parecer él no sentía lo mismo.
Cuando acabó de peinarla, Albert insistió en prepararle algo de comida. Después se quedaron sentados en la cocina, haciendo planes para la tarde. Hasta que sonó el teléfono y William entró con el inalámbrico en la mano.
—Es tu padre —le hizo saber, dándole el teléfono a Candy.
Albert lo cogió y cubrió el auricular con la mano.
—No hace falta que hables con él si no quieres. Yo puedo encargarme.
—Algún día tendremos que hablar.
Candy se bajó del taburete y se fue con el teléfono al comedor, con ayuda de las muletas.
William miró a su hijo y negó con la cabeza.
—No puedes interponerte entre ella y Rob.
—No ha sido un padre modelo precisamente.
—Tal vez, pero es el único que tiene. Y Candy es la luz de su vida.
Albert entrecerró los ojos.
—Si le importara tanto, la habría protegido mejor.
William le apoyó una mano en el hombro.
—Los padres nos equivocamos. A veces, es más fácil enterrar la cabeza en la arena que admitir que nuestros hijos tienen problemas. Y que es culpa nuestra. Lo sé por experiencia.
Él apretó los labios pero no dijo nada.
Unos diez minutos más tarde, Candy regresó. Aunque William seguía en la cocina, Albert la abrazó y la besó en la mejilla.
—¿Va todo bien?
—Mi padre quiere que vaya a cenar con él esta noche.
A William le pareció que ése era un buen momento para retirarse y se dirigió a su despacho.
—¿Tú quieres ir?
—Será incómodo, pero le he dicho que sí.
—Candice, no tienes que hacer nada que no quieras. Si lo prefieres, te llevaré yo.
Ella negó con la cabeza.
—Lo está intentando, Albert. Es mi padre; tengo que darle una oportunidad.
Él guardó silencio, frustrado, pero no quiso discutir con ella.
A las seis en punto, Robert White apareció en casa de los Clark, vestido con traje y tirándose nerviosamente de la corbata. No estaba acostumbrado a llevarla. Se la había puesto por su hija.
William lo hizo pasar al salón y le dio conversación mientras esperaban que Candy bajara.
—¿Estás segura de que quieres ir?
Tumbado en la cama, Albert la contemplaba mientras se aplicaba el pintalabios con ayuda del espejo de la polvera.
—No voy a dejar plantado a mi propio padre. Además, Anny se va a llevar a William a ver una película romántica y tú has quedado para salir con los chicos. Acabaría quedándome aquí sola.
Albert se levantó, se acercó a ella y le rodeó la cintura con los brazos.
—No estarías sola; estarías conmigo. Y sé cómo entretener a una dama. —Reforzó sus palabras dándole varios besos húmedos detrás de la oreja—. Estás impresionante —le susurró.
Candy se ruborizó.
—Gracias.
—¿El pañuelo es de Anny? —preguntó, acariciando la seda del fular azul de Hermès que su hermana le había anudado artísticamente alrededor del cuello para ocultar el mordisco.
—Era de Pauna —respondió Candy suavemente—. Fue un regalo de William.
—A él le gustaba malcriarla. Sobre todo cuando iban a París.
—Te le pareces mucho. —Se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla.
—Espera a que lleguemos a Florencia. —Albert la abrazó con fuerza y la besó apasionadamente antes de soltarla.
—¿Y adónde iréis vosotros? Espero que no sea a un club de striptease.
Candy lo miró parpadeando, demasiado adorable para la tranquilidad mental de Albert.
—¿No creerás en serio que haría algo así?
—¿No es eso lo que hacéis los chicos cuando salís solos?
Albert le acarició la mejilla con el dorso de la mano.
—¿Crees que Anny aprobaría esa excursión?
—No.
—¿Y yo? ¿Crees que a mí me apetece?
Candy apartó la vista y no respondió.
—¿Por qué tendría que ir a mirar a otras mujeres cuando la mujer más hermosa del mundo comparte mi cama cada noche?—insistió él, dándole un beso muy dulce—. La única mujer a la que quiero ver desnuda es a ti.
Ella se echó a reír.
—¿Qué te había preguntado? Ya no me acuerdo.
Albert sonrió.
—Bien. Ven aquí.
Más tarde, esa noche, cuando la casa estaba a oscuras y todo el mundo ya se había acostado, Candy volvió a colarse en la habitación de él, con un sencillo camisón azul. Albert estaba sentado en la cama, con las rodillas dobladas, leyendo. No llevaba la parte de arriba del pijama y se había puesto las gafas.
—Hola —la saludó sonriendo y dejó El fin de la aventura en la mesilla de noche—. Estás preciosa.
Apoyando las muletas en la pared, Candy se tocó el camisón agradecida.
—Gracias por ir a buscar mis cosas a casa de mi padre.
—De nada. —Albert le ofreció la mano y ella se acurrucó a su lado.
Al besarla, se dio cuenta de que seguía llevando el pañuelo de Hermès.
—¿Por qué no te lo has quitado? —le preguntó, tirando de los extremos.
Candy bajó la vista.
—No quiero que tengas que ver la señal.
Él le levantó la barbilla.
—No tienes que esconderme nada.
—Es fea. Y no quiero recordártelo a todas horas.
Albert la miró fijamente mientras le quitaba el pañuelo. Tiró con mucha suavidad, haciéndole cosquillas en la nuca hasta que lo tuvo en la mano. El contacto de la seda sobre su piel, acompañado por la intensidad de su mirada, hizo que Candy se estremeciera.
Tras dejar el pañuelo en la mesilla de noche, él le besó la marca repetidamente.
—Los dos tenemos cicatrices, Candice. Pero las mías no están a la vista.
—Ojalá no las tuviera —susurró ella—. Ojalá mi piel fuera perfecta.
Albert negó con la cabeza con tristeza.
—¿Te gusta Caravaggio?
—Mucho. De sus cuadros, El sacrificio de Isaac es mi favorito.
Él asintió.
—Yo prefiero La incredulidad de santo Tomás. William tiene una copia en su despacho. Esta misma tarde la he estado mirando.
—Siempre me ha parecido un cuadro… extraño.
—Es extraño. Jesús se aparece a los apóstoles tras la resurrección y Tomás le mete el dedo en la llaga del costado. Es un cuadro profundo.
Candy no le veía la profundidad por ningún lado, por lo que guardó silencio.
—Candice, si quieres esperar a que la cicatriz desaparezca, esperarás en vano. Las cicatrices no desaparecen nunca. El cuadro de Caravaggio lo muestra claramente. Las heridas cicatrizan y dejamos de pensar en ellas, pero su huella es permanente. Ni siquiera las cicatrices de Cristo desaparecieron.
Se frotó la barbilla, pensativo. Al cabo de un momento, continuó:
—Si no hubiera sido tan egoísta, me habría dado cuenta. Y habría tratado a Pauna y a los demás con más cuidado. Te habría tratado a ti con más cuidado en setiembre y octubre. —Carraspeó—. Espero que me perdones las cicatrices que te he dejado. Sé que son numerosas.
Ella se sentó en su regazo y lo besó apasionadamente.
—Te perdoné hace tiempo. Te lo perdoné todo. No volvamos a hablar de esto.
Los dos casi amantes compartieron unos instantes de silencio antes de que Albert le preguntara cómo había ido la cena con su padre.
—Se ha echado a llorar —respondió Candy, removiéndose incómoda.
Albert levantó las cejas.
«¿Robert White llorando? Resulta difícil de creer».
—Me ha explicado cómo encontró la casa. Cuando le he contado lo que pasó antes de que tú llegases, se ha echado a llorar. Le he dicho algunas de las cosas que Neall solía decirme cuando discutíamos y los dos hemos llorado en medio del restaurante.—Candy negó con la cabeza—. Ha sido un desastre.
Albert le apartó el pelo de la cara para verla mejor.
—Lo siento —dijo.
—Teníamos que hablar y, por primera vez en la vida, he tenido la sensación de que me escuchaba. Al menos creo que lo está intentando. Es un gran paso. Y cuando nos hemos quitado esos temas de encima, hemos hablado de ti. Quería saber cuánto tiempo llevábamos juntos.
—¿Qué le has dicho?
—Que poco tiempo, pero que me gustas mucho. Le he dicho que has hecho muchas cosas por mí y que eres importante en mi vida.
—¿Le has contado lo que siento por ti?
Ella lo miró con timidez.
—Bueno, sobre lo de hacerme el amor en Florencia no he mencionado nada, pero le he dicho que creo que te gusto.
Albert frunció el cejo.
—¿Que me gustas? ¿No se te ha ocurrido nada mejor?
—Es mi padre. No le interesan los detalles sentimentales. Lo que le interesa es saber si te drogas, si te metes en peleas y si eres fiel.
Él hizo una mueca.
Candy lo abrazó.
—Le he dicho que eres un ciudadano ejemplar y que me tratas como a una princesa. Que no te merezco.
—Eso es mentira. —Albert le besó la frente—. Soy yo quien no te merece.
—Tonterías.
Se besaron dulcemente unos momentos antes de que él se apartara para quitarse las gafas y dejarlas encima del libro. Apagó la luz y la abrazó por detrás, sintiéndose muy feliz.
Cuando se estaban quedando dormidos, Candy susurró:
—Te quiero.
Como Albert no respondió, asumió que ya se había dormido. Suspirando, se acomodó contra su pecho. Él la sujetó con más firmeza por la cintura.
Lo oyó inspirar hondo y contener el aire antes de decir:
—Candy White, yo también te quiero.
CONTINUARA
