Disclaimer: Los universos y los personajes les pertenecen a JK Rowling y a Stephenie Meyer. La historia y los OCs son míos. No obtengo beneficios económicos ni de otro tipo al escribir este fic.


Capítulo 29.


Si le hubieran dicho a James cuando era adolescente que el hecho de que su hijo y sobrinos vivieran intensas aventuras lo haría estremecerse, se habría reído claramente y Sirius hechizaría a quien hubiera dicho aquella sandez solo por aburrimiento.

¿Cómo iban ellos a tener problemas con sus pequeños encontrándose con un perro de tres cabezas de gran tamaño y con un trol? Bobadas. Ellos se habrían apuntado e incluso sentirían envidia.

Pero como se suele decir, las perspectivas cambiaban y cuando Harry, Blaise y Teddy se enfrentaron a un trol por ayudar a un amigo, sintieron como todas y cada una de las advertencias de la jefa de su casa, la profesora McGonagall, se hacían realidad.

Habrían palidecido si no fuera porque eran vampiros y por tanto no podían cambiar de color.


Paul y Seth no estaban en mejor estado. Habían corrido por el perímetro de la reserva aullando y aterrorizando en el proceso a las gentes de Forks.

Y es que sus imprimados estaban en peligro y ellos no podían hacer nada desde tan lejos.

Sentían como si su corazón fuese a salírseles del pecho y por mucho que les aseguraran que no habían sufrido más que algunos rasguños de nada, no se quedarían tranquilos hasta que no vieran a sus imprimados.


Así fue cómo James y Sirius tuvieron que escribirle una carta seria al director.

-¿Quién lo habría pensado, Cornamenta? Nosotros convertidos en padres serios y responsables.

-Lo sé, Canuto. Me estremezco de solo pensarlo. Aunque a decir verdad, no me apetece que ese lobo vaya de visita.

-¿Sigues con eso? -Black le dedicó una sonrisa burlona a su mejor amigo.

-Entiendo que la imprimación haya sido para ti la mejor cosa desde la creación de las bombas fétidas. Pero mi Harry es un cervatillo todavía y aunque tuviera mil años, no me desprendería de él.

-Como cuando transformaste uno de los vestidos de Rosalie en una bolsa canguro para llevar a Harry contigo. -El mago de ojos grises se carcajeó.

-Ese fue un gran momento, Canuto. Un gran y expléndido momento.


El director Dumbledore no se sorprendió al recibir la carta de dos de sus alumnos más revoltosos. Tampoco le extrañó el contenido de la misiva. Él también había tenido tiempos alocados de joven y aún le gustaba divertirse pero anteponía la seguridad de sus alumnos... Aunque a veces sus medidas o elecciones para lograr que el castillo fuese impenetrable fallaran.

Él desearía que no existiese el mal en el mundo... No obstante eso sería como si quisiera que no hubiese automóviles muggles en las carreteras. Una analogía extraña, pero lo solían tachar de viejo loco así que a él le daba igual.

Cogió pluma, un pergamino y un tintero y envió su respuesta con su querido ave fénix.


-¿Qué haces, Teddy? -Blaise le preguntó.

-El joven estaba acomodado con Neville Longbottom y un montón de libros en la biblioteca. -Y no me digas que tarea porque sé perfectamente que la acabaste ayer.

-Estoy investigando algo. -Respondió sin quitar la vista de sus notas.

-¿Qué cosa? -Harry se inclinó para mirar.

-¿Recordáis lo que estuvimos hablando de pequeños cuando se nos ocurrió la broma del fuego falso?

Potter y Zabini asintieron.

Aún se sentían fatal por aquello.

-Pues estoy buscando el modo de que los vampiros no se vean afectados por el fuego. -Explicó.

Ellos sonrieron y por primera vez se les vio trabajando en la biblioteca sin que nadie los obligara.

Claro que ellos desconocían a aquella hechicera que en la antigüedad había sido capturada y quemada 47 veces porque le gustaba el cosquilleo de las llamas en su piel. Pero no tardarían mucho en averiguar sobre ella... Aunque encontrar el hechizo que usaba no sería tan sencillo.

A ellos no les bastaba con un "Protego". Querían algo más.

Y si conocían ese escudo era porque sus padres lo utilizaban en ocasiones cuando deseaban evitar un hechizo doloroso a causa de alguna broma que hubieran gastado anteriormente.


Fred y George estaban intrigados. Sentían curiosidad por algo inusual.

Claro que no eran los únicos en gastar bromas, pero sí los más notables. Sin embargo, desde que el curso había comenzado, se les habían atribuído regaños por cosas que no habían hecho porque no se les había ocurrido.

Lejos de sentirse indignados por ello, se sentían halagados pero mientras tanto, barajaban diferentes posibilidades sobre quién podrían desbancarlos como los bromistas de Hogwarts... A no ser que se unieran frente a una causa común.

Tenían muchas preguntas y secretos que compartir. Aunque primero debían averiguar quién o quiénes realizaban aquellas bromas divertidísimas.


La navidad estaba cerca y tanto Harry como sus primos dudaban qué hacer.

Siempre les habían contado que las festividades en el castillo eran asombrosas y aunque querían estar allí, también deseaban ver a su familia a pesar de que habían visto hacía unas semanas a sus padres, Paul y Seth.

Por eso decidieron echarlo a suertes. No era una manera convencional de tomar decisiones, pero...

Cogieron un dado con seis caras. Decidieron que si salía los números 1, 2, y 3, se quedarían en Hogwarts. Si salía el 4, el 5, o el 6, se irían a casa.

Salió el número 1 así que se quedarían en el castillo.


Cuando James, Sirius y Remus se enteraron de la noticia, se lo esperaban. En su lugar ellos habrían hecho igual.

A quienes no les hizo gracia alguna fue a Seth y Paul que deseaban pasar tiempo con sus imprimados.

Ellos aún los querían como hermanos, pero pasar tiempo sin verlos era duro.

¿Quién le iba a decir a Paul que se volvería un blando con un pequeño chico?

Cuando pensaba en Harry una sonrisa afloraba a sus labios y recordaba momentos juntos.

Cuando estaba solo, era lo único que tenía. Y las cartas. No había semana que no recibiera al menos tres desde que se había mudado a Gran Bretaña de forma permanente hasta que Harry acabara la escuela.

Sin embargo, cuando le llegó la noticia de que su imprimado se quedaría a pasar las fiestas en el colegio, no lo presionó para que volviera a casa ni le contó lo mucho que lo echaba de menos cada día. Harry tenía derecho a vivir su vida y atosigarlo sería injusto para el menor y Paul se sentiría culpable.