Albafica estaba llorando con los ojos abiertos sin siquiera parpadear. No quería perderse un segundo, temiendo que si pestañeaba su vista desapareciera. Sonreía embobado, convencido de que estaba contemplando por primera vez la belleza auténtica, abstracta y divina. Era la primera vez que tenía a su hijo entre sus brazos. Era tan pequeñito que si extendía las manos podía dormirse allí cómodamente. Su cabello era una fina pelusilla de un color muy similar al suyo propio. Los ojos eran suyos sin duda, de azul intenso como la parte más profunda del océano. El pisciano no podía sacarle los ojos de encima y observaba cada detalle de su piel, cada pliegue y cada textura como si fuera maná celestial. Podría haberse quedado en ese instante por todas las edades del tiempo y ser inmensamente feliz.

-Pececito –oyó a lo lejos en un susurro. Levantó la cabeza por primera vez en una hora. Mirena estaba acostada y un tanto dolorida, de forma tal que había dormido inusualmente rápido. Él se quedó todo el tiempo. Cuando le escuchó, se acercó a sentarse al borde de la cama. Ella tomó la mano del bebé, que cerró sus dedos alrededor de uno de sus dedos. Observó alternadamente a uno y a otro. Se acomodó con pereza entre las almohadas.

-¿Estás despierta? –susurró él. Ella asintió mientras alternadamente abría y cerraba los ojos-. Recuéstense conmigo –pidió. Él obedeció enseguida. Se acomodó sobre la cama y acomodó a su hijo sobre su pecho, quien dormía plácidamente sin enterarse del movimiento. Mirena se acurrucó y usó su brazo como almohada.

-¿Cómo te sientes, amor mío? –inquirió él. Mirena resopló.

-Cansada y dolorida, como si me hubieran echado una montaña encima –bromeó risueña-. Estoy abrumada, pececito –susurró-. Siento tanto amor que podría explotarme el corazón –Albafica la atrajo contra sí con delicadeza-. Creo que este mismo momento es el más feliz de mi vida –admitió, con la voz rota. A Albafica le tembló el labio antes de atreverse a responder.

-Cielo mío –balbuceó-. Es que no sé qué decir. No tengo palabras –sollozó.

-No tienes que decir nada, Alba-chan. Sólo debes permitirte sentir –él asintió-. Quédate con nosotros.

-Siempre lo haré Mire. Siempre –repitió, en un susurro. Luego, cerró los ojos pero no durmió, saboreando cada apacible sensación.

Habían pasado tres meses cuando se preparó una gran ceremonia en el Coliseo. El Patriarca iba a entregar una nueva Armadura Dorada. Esta era la más especial de todas, porque le había pertenecido a él. Gina había pasado la noche en la Casa de Acuario y le había tocado preparar el desayuno. Lo hacía con torpeza, visiblemente nerviosa. Mirena, sentada a la mesa, reía con disimulo. Llevaba a Edén recargado sobre su falda y luchaba para darle un biberón que se resistía a probar. La nariz le indicaba que el café estaba a punto de quemarse, pero se mordió la lengua antes de decir nada. Albafica entró a la cocina momentos después y torció la nariz con desagrado cuando sintió aroma a quemado. Sin decir nada, apartó la cafetera del fuego. Gina dio un respingo.

-Déjalo, yo lo haré –declaró él. Mirena disimuló una sonrisa de triunfo. Gina dio vuelta los ojos.

-Al menos intenta relajarte, Gina. Ya sabes lo que va a pasar y quienes estaremos ahí –aventuró Mirena, encogiéndose de hombros.

-Sí, lo sé –balbuceó-. Pero aun así, no sé qué decir. ¿Qué pensará mi padre?

-Va a llorar –interrumpió Albafica con una sonrisa maliciosa-. Seguro se va a poner muy emocional, pero va a fingir que no –Mirena asintió.

-¿Tú piensas lo mismo, Maestra? –siguió Gina.

-Pienso lo mismo –sonrió con una idea que se coló en su cabeza-. Tal vez esta sea la última vez que me llames así –afirmó, sin disimular su orgullo. Gina se mordió el labio.

-Es emocionante y espeluznante a la vez –susurró-. Pero volviendo al tema, yo no creo que llore. ¿Hacemos una apuesta? –Albafica lanzó una risita mientras servía el café que había preparado de cero.

-El que pierda lavará toda la vajilla de la fiesta –lanzó él sin esperar más respuesta, provocando risas en su acotado auditorio. Incluso Edén se contagió de su alegría jovial, lanzando carcajadas y estirando las manos hacia su padre. Lo alzó entre sus brazos y rio con él-. Te reirás más cuando Gina lave los platos, ya verás –bromeó.

-Va a ser un gigante –anunció Gina-, ya mide como el doble de largo que cuando nació –Mirena puso los ojos en blanco.

-Qué cosas dices –se burló, divertida, de la pobre percepción de la muchacha-. Vamos afuera, quiero hablar contigo –anunció mientras se levantaba y llevaba la tasa con ella. Gina la siguió. Salieron al patio trasero y Mirena se sentó sobre los escalones de mármol. Era un día agradablemente frío-. Por cierto, cuéntame de Mu. Seguro está grande también –aventuró.

-Está hecho un pequeño cerdo –bromeó Gina-. Ahora que no pasa hambre tiene las piernas regordetas y los cachetes inflados –Mirena lanzó una risita-. Tiene más energía que nadie en el mundo, te lo juro. Pregunta todas las cosas, todo el tiempo, y nunca se duerme sin aprender algo nuevo.

-¿No estás celosa porque está monopolizando a tu padre? –la probó la acuariana, mientras tomaba un sorbo de café. Gina negó con la cabeza.

-El chiquitín le hace inmensamente feliz –explicó-. También le llama papá. Son asquerosamente lindos –Mirena rio con alegría.

-Pues se lo merece. ¿Lo va a entrenar él mismo, o me va a enviar otro aprendiz? –bromeó.

-No podría ni queriendo, porque Mu no lo suelta ni en la ducha. Además, ya tienes un nuevo aprendiz –Mirena asintió.

-Es tan dócil y tranquilo que me da miedo a veces. Imagino que todavía no conozco la peor parte –bromeó.

-Todas las noches rezo y suplico ser digna de los dones que se me han concedido. En tan poco tiempo me he agregado dos nombres para agradecer –explicó Gina sonriendo-. Todas las cosas del universo llegan –recitó.

-¿Verdad que sí, mi querida alumna? –remató sonriendo-. ¿Nunca piensas en tu madre? ¿Qué diría si te viera ahora? –Gina negó.

-Ya, ya lo arruinas con cosas tristes –bromeó risueña, para luego suspirar con pesar-. Cada uno elige, Maestra. Si ese es el camino que ella ha elegido, no reniego de él. Todo es perfecto tal como es. Tengo aquí mismo todo lo que alguna vez me atreví a soñar, e incluso más. Cuando llegué aquí, pensé que nunca nadie me iba a amar –sonrió, dejando la frase sin terminar-. En mi corazón, Yuzuriha de la Grulla no es nada mío. Tú eres mi madre verdadera –admitió.

-Lo sé –admitió Mirena sonriendo. Gina le dio un golpecito en el hombro. Hizo equilibrio para no volcar la tasa a medio tomar-. Tú también vas a llorar hoy. Apostaría más platos sucios a eso.

-No pretendo contradecirte –afirmó Gina.

-Estoy orgullosa de ti. Hemos recorrido un largo camino. Las dos hemos crecido juntas. Tú me has enseñado más de lo que te imaginas, y por eso deseo agradecerte con todo mi corazón –Gina hizo un pucherito-. Serás un caballero espléndido. Pelearemos lado a lado en las guerras por venir –Gina tomó la mano de su Maestra y la apretó con fuerza.

-Siempre permaneceré a tu lado, pase lo que pase –Mirena asintió sonriendo.

-Y yo también, Gina. En cada plegaria tú estás entre mis agradecimientos. Le agradezco al universo haberte puesto en mi camino –suspiró-. No te quiero ilusionar, pero estoy segura que cuando te vea en armadura, yo también voy a llorar –bromeó, divertida. Luego cambió a un tono más serio-. ¿Sabes que me gustaría de verdad? –Gina la animó con un movimiento de la cabeza-. Poder compartir esto también con mi Maestro Dégel –la muchacha bajó la mirada y se remojó los labios.

-Me entristece pensar que algún día me dejarás, como él lo hizo –Mirena se encogió de hombros.

-No a propósito, por supuesto. Pero la muerte es parte de la vida, ya lo hemos comprobado mil veces –afirmó-. Nunca te dejaré, mi pequeñita. Mi Cosmos permanecerá contigo, igual que las enseñanzas de Dégel siempre me acompañan –Gina asintió.

-Nadie nos deja nunca realmente, por el enlazamiento cuántico –Mirena asintió.

-Así es –concedió. Gina recargó la cabeza en el hombro de Mirena y no dijeron más hasta terminar el café. En silencio, elevó una plegaria de absoluto agradecimiento. Por un momento sintió el dulce aire frío que le traía el Cosmos de Dégel de Acuario. Eso le hizo sonreír con añoranza.

Esa misma tarde el Coliseo estaba repleto, parecía que todos los caballeros habían concurrido al Santuario. El podio destinado a los Caballeros Dorados seguía teniendo lugares vacíos, pero una nueva orden dorada comenzaba a llenar los asientos. Mirena se había reclinado sobre las gradas mientras Edén dormía sobre su pecho, sin enterarse del estruendo que los gritos provocarían cuando comenzara la ceremonia. Tener consciencia de aquello le provocó fastidio por adelantado. Albafica se hallaba a su lado, observando con atención la formación de los caballeros de menor rango. Los movimientos eran marciales, coordinados hasta lo hipnótico. Ella observaba también a Mu, quien recorría el espacio disponible en el podio dorado. Se asomaba al borde y luego volvía a subir los peldaños para volver a bajar. Observó que Dokho se estaba sonriendo mientras observaba al niño jugando solo, pero Teneo se mostraba deliberadamente fastidiado. Mirena le hizo una seña a Albafica para que fuera por él. El pisciano lo tomó por debajo de los hombros sin el menor esfuerzo y lo llevó hasta las gradas, donde lo sentó en medio de los dos. El niño frunció el ceño con desagrado, pero duró un momento cuando descubrió a Edén. Lo observó con creciente curiosidad mientras dormía.

-¿Puedo tocarlo? –inquirió con vergüenza, bajando la voz. Mirena sonrió con dulzura y asintió. Mu pasó dos dedos por el bracito del bebé, quien se revolvió apenas. Abrió apenas los ojos con pereza-. Oh, perdón. No quería despertarte –Edén bostezó suavemente mientras observaba a Mu con creciente curiosidad.

-No te preocupes –concedió ella, con una sonrisa cálida.

-Es que es tan suavecito y pequeñito –explicó Mu-. Nunca había visto uno.

-¿Un bebé? –inquirió ella. Albafica rio con disimulo mientras escuchaba clandestinamente la conversación.

-¡Eso! –afirmó con decisión-. Pero todavía no habla ¿no? –Mirena negó con la cabeza-. Lástima. Me gustaría preguntarle si quiere ser mi amigo –susurró, con una súbita vergüenza. Ella sonrió, absolutamente enternecida.

-Cosita más linda –bromeó-. Pregúntale tú cuando sea mayor –Mu frunció el ceño, haciendo a la acuariana testigo, una vez más, de la impaciencia del signo del carnero-. Igual seguro va a decir que sí –el niño sonrió con triunfo. El auditorio hizo silencio mientras el Patriarca salía a escena para dar inicio a la ceremonia-. Ahora has silencio, Mu –susurró por lo bajo-, y después seguimos con la charla –él asintió, exagerando una expresión de profundo respeto que a ella se le hizo de lo más divertida.

Las ceremonias oficiadas por Shion solían ser amenas para el público, pero esta vez sintió el Cosmos pesado y pegajoso. Aunque su voz era potente, esta vez reservó las palabras para la mujer que tenía enfrente, dejando a la audiencia sin su discurso. Los caballeros dorados fallaron en intentar comprender las palabras del Patriarca. Poco después dejaron de intentarlo, concediendo que ese gesto era parte de su privacidad. Se quitó la máscara, rompiendo el protocolo por primera vez en la vida. Albafica abrió grandes los ojos cuando observó a su amigo derramando lágrimas. No había tenido ninguna duda. Pero tampoco pensó que dejaría ver su vulnerabilidad frente a todos. Su valentía le conmovió. Se le hizo un nudo en la garganta y asintió sin proponérselo. En respuesta, Mirena acarició su hombro, pasándolo por arriba del asiento de Mu. Él observaba con atención como hipnotizado, con los ojos muy abiertos, que se hicieron vidriosos cuando observó el llanto de su padre. Giró la cabeza hacia Mirena, quien lo tranquilizó con una sonrisa cálida.

Aunque Albafica contuvo sus sentimientos en público, no era capaz de disimular la catarata de orgullo, triunfo y cierta tristeza por la despedida que embargaba su corazón. Observó a Gina con la Armadura de Aries, brillando con todos los colores del sol y se llevó una mano a la boca mientras sonreía de gusto. Se giró para observar a Mirena. Las lágrimas caían con fuerza, era un llanto nervioso con espasmos que de vez en cuando la hacían temblar. Abrazaba a Edén con los dos brazos, manteniéndolo lo más cerca de su pecho. Estaba despierto pero calmado, y también la abrazaba, a su manera. Era para ella el final feliz de su historia en el Santuario. Una que había tenido capítulos de pena y muerte, de despojo y desesperanza. Jamás pensó que vería el día en que su aprendiz recibiera una Armadura Dorada, que sería testigo junto al hijo que jamás imaginó que tendría en sus brazos, junto al hombre que había amado desde la primera vez que puso un pie en Grecia. Nunca se había imaginado que su Maestro hablaba con la absoluta verdad, que todas las cosas del universo llegan cuando estamos listos para ellas.

Supo por instinto que todas esas penas habían sido causa necesaria de toda la felicidad, de todos los dones concedidos. Elevó una plegaria para su Maestro Dégel mientas observaba a Gina con orgullo, también a Ícaro que portaba su armadura con honor y valentía, palpablemente emocionado por el triunfo de su compañera de entrenamiento de la última década. Podría abrazarse a sí misma de tanto orgullo que sentía por los logros de su vida. Podría caer un meteorito y destruir toda la vida en la tierra en ese preciso instante, que igual estaría en paz. Observó a Albafica sonriendo a su lado, con los ojos llenos de lágrimas. Por todos los dioses, sintió tanto amor en su corazón por todas las personas que la rodeaban, que por un momento se olvidó de sí misma. Sabía, porque su experiencia así se lo decía, que la muerte era una parte más de la vida y que incluso acabaría agradeciendo esas espantosas imágenes del pasado porque el universo le había tratado infinitamente bien. A lo lejos logró observar que con los ojos escondidos bajo el casco de oro y con la mirada gacha, Gina también lloraba. Lanzó una risita de triunfo, recordando que había ganado una apuesta.