Sé que muchos me odiarán, pero más vale tarde que nunca. Como les respondí a algunos, estuve sin pc todos estos años, tuve una muy mala suerte para su reparación, me estafaron, me robaron, perdí mi musa, en fin… luego me centré en mi trabajo y actualmente estoy en lo mismo y mi tiempo se volvió aun más limitado, pero por fin pude comprarme una pc y terminar esta parte del capitulo. Como lo puse en la pagina de FB, es solo la mitad de lo que iba a hacer, pero no era buena idea alargarlo tanto en un solo capitulo.

Espero lo disfruten y pronto terminaré la segunda parte que sería el capitulo 31., y si, será muy pronto. Prometido xD

"Ten cuidado con quien haces recuerdos.

Esas cosas pueden durar toda la vida"

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Tembló ante su locura desbordante. Lo escuchaba sisear una cantidad de frases y palabras hirientes, pero seguro que, bajo su retorcida mentalidad, él pensaba que debían sonar consoladoras y hasta tiernas. Intentaba no llorar para no despertar su ira una vez más, pero era tan difícil. Ya no sabía si era su imaginación debido al pánico, pero notaba como algo dentro de su vientre parecía moverse sutilmente mientras ella mantenía sus ojos fijos y cristalizados en la poderosa figura del hombre que tenía delante.

Iba a agacharse para recoger la sabana cuando oyó que alguien tocaba la puerta. Sus manos se sacudían violentamente ante el miedo que sentía. Temía que el sanador o algún otro demente entrase en la habitación a cumplir la orden dictada por Voldemort; terminar su embarazo de inmediato. Se incorporó rápidamente y se pegó a la pared aterrorizada cuando el mago oscuro avanzó un paso, adelantándose y sujetando la sabana antes que ella la alcanzase con los dedos.

—Vístete, esposa. No querrás que alguien te vea así—

Su mano temblorosa sujetó la sabana que el hombre le tendía y se la colocó por encima con mucha rapidez. Sentía como sus piernas se tambaleaban debido al pánico. Podía percibir la fría mirada de su amo posada en ella, atento a todos sus movimientos, pero eso solo aumentaba exponencialmente su ansiedad. Otro golpe en la puerta la hizo soltar un sollozo que apenas si pudo acallar.

Soltó un quejido ahogado lleno de alivio al percatarse de que era un mortífago quien accedía a la habitación y no el temido sanador. Voldemort parecía tampoco estar esperando la visita de uno de sus vasallos, por lo que había fruncido el entrecejo mientras se aproximaba al recién llegado. Hermione no tenía ni la fuerza ni el interés por escuchar lo que decían, solo usaba todas sus fuerzas para no dejarse desfallecer en el suelo.

Levantó la cabeza con rapidez al escuchar como la puerta se cerraba de un golpe seco, dejándolo sola y con una inquietante paz. Volvía a sentir aquella sofocante presión en el pecho que precedía al llanto. Miró vagamente hacia toda la estancia sin ver realmente. Las manos volvieron a temblarle siendo prácticamente imposible seguir sujetando la sabana que la cubría. Caminó hacia uno de los armarios y sacó la primera camisa que encontró, poniéndosela por encima velozmente.

Apoyó una mano contra la pared y respiró profundamente, no quería volver a vomitar, no quería moverse de ese preciso lugar, no quería darle la espalda a la puerta ni distraerse de ninguna forma. Sabía que el sanador vendría de un momento a otro, con Voldemort allí o no. ¿Acaso pensaba hacerlo en la misma habitación? ¿O la llevarían a otro lugar?

Soltó un grito cuando escuchó como alguien golpeaba la puerta con una inusitada fuerza, casi como queriendo derribarla. Miró desesperada buscando algún objeto que la ayudara defenderse. No pensaba dejar que nadie le pusiera las manos encima. Otro golpe la hizo caer en pánico. Corrió hacia el baño y cerró la puerta apoyándose contra ésta. Sabía que era una idea tonta esconderse, pero su mente no procesaba nada mas.

— ¡Váyase!— gritó con chillido. Notaba el corazón golpeando con fuerza, casi quitándole completamente el aliento. Cerró los ojos y esperó, pero nada ocurrió; de hecho un profundo silencio volvía a apoderarse de la estancia. Tenía miedo de salir. Aguzó el oído a través de la madera de la puerta, pero nada se escuchaba del otro lado.

Con las manos todavía temblando con violencia, giró el picaporte y asomó la cabeza por el umbral. La habitación seguía intacta, como si nada hubiese ocurrido. Miró hacia la puerta principal y notó que ésta seguía cerrada. Respirando profundamente se dispuso a salir, pero justo cuando hubo dado dos pasos una oscura sombra se apareció a su lado.

Un chico no mayor de veinte años la miraba con el entrecejo fruncido. Sus afilados ojos la recorrieron rápidamente deteniéndose en su rostro. Hermione no supo ni que decir, estaba paralizada de pies a cabeza. No lo conocía, jamás lo había visto y no tenía idea de lo que podría estar haciendo ese joven allí.

— ¿Eres Hermione Granger?— preguntó de forma tosca y agresiva.

No respondió. Parpadeó nerviosa al ver como se acercaba rápidamente y la sujetaba del brazo con fuerza. Se alejó un poco intentando estúpidamente liberar su extremidad, pero el chico solo apretó con sus dedos.

—Vendrás conmigo.

Los ojos de Hermione recorrieron rápidamente su atuendo y por fin su cerebro reaccionó. Un mortífago, un mortífago que nunca había visto en la mansión… y llevarla, ¿llevarla a donde? Alejó su brazo con mas fuerza, logrando soltarse y retrocedió asustada.

— ¿Quién eres?— quiso saber con la voz temblorosa — ¿A dónde piensas que iré contigo?

El chico sonrió de mala gana, daba la impresión de que no estaba de buen humor. Se acercó nuevamente para sujetarla del brazo y la jaló con mas violencia hacia él mientras intentaba encaminarse nuevamente hacia la salida. Hermione abrió los ojos con horror pero no dijo nada, se sentía extrañamente aterrorizada.

—No digas nada, no hables y mucho menos grites, sino créeme que no volverás a pronunciar palabra alguna por el resto de tu vida.

El joven mortífago giró la cabeza para asegurarse si la chica había entendido a la perfección. La vio con los ojos abiertos como platos, pálida como la cera y los labios temblorosos. Apretó su agarre y caminaron rápidamente por los desolados pasillos. Vio que ella lo seguía como una autómata. No esperaba que fuera un trabajo tan sencillo sacarla de la mansión, pero si la chica colaboraba estaba seguro que no habría complicaciones. Ahora lo único que tenía que hacer era llevarla a casa de su madre muggle y volver, tal cual como su señora y Severus Snape le habían indicado.

—No lo permitas… no dejes que lo haga, por favor…— la escuchó susurrar con pavor. No quiso voltear de nuevo. No tenía idea de lo que ella hablaba, pero tampoco le interesaba mucho. Él mismo empezaba caer en un estado de total paranoia a medida que bajaban las escaleras.

Hermione notaba todo su cuerpo entumecido. Estaba ya convencida que ese mortífago la iba a llevar a algún lugar para matar a su bebé. Casi podía escuchar la voz del sanador fundiéndose con la de Voldemort y resonando entre los pasillos. Empezó a llorar silenciosamente al imaginarse la silueta del hombre que amaba observarla fríamente desde la esquina de una habitación mientras autorizaba aquel acto cruel contra se bebé y ella misma.

—No…— sollozó sin controlarse.

—Solo falta un poco, sangre sucia— escuchó que el mortífago susurraba.

Sus ojos llenos de lágrimas contenidas se fijaron en la mano del joven mortífago que la mantenía sujeta por el antebrazo y una corriente de adrenalina la llenó de golpe cuando el pánico volvió a atacarla, pero ahora diferente… no podía simplemente dejarse llevar sin luchar, no permitiría que Voldemort en su profunda maldad consiguiera lo que quería.

El mortífago no pareció notar ningún cambio en el cuerpo de la chica que retenía, la cual ya empezaba a caminar con más soltura y facilidad. Con su mano libre se limpió las lagrimas y miró hacia todo su alrededor. No había nadie, no se escuchaba nada. Volvió a fijarse en la mano del mortífago sobre su brazo y entornó los ojos.

— ¡Suéltame!

El mortífago se detuvo abruptamente cuando la chica se paró en seco. Notó como el brazo de la joven se le deslizaba entre los dedos y se dio la vuelta rápidamente. Hermione lo miraba con el mayor de los odios y sus enrojecidos ojos estaban clavados en los suyos propios. Se abalanzó sobre ella de inmediato cuando vio sus intenciones de correr hacia la salida.

— ¡No! ¡No escaparás, sangre sucia!

Hermione pudo esquivar la mano que estuvo a punto de sujetarla por el cabello, pero no pudo evitar que el hombro del mortífago la golpeara fuertemente cuando le pasó por al lado. Jadeó pero no detuvo su avance. Corrió con todas sus fuerzas evitando mirar atrás. Escuchaba las pisadas que hacía el hombre mientras la perseguía. Abrió los ojos estupefacta cuando se dio cuenta que la salida de la mansión estaba cerca, demasiado cerca.

— ¡Detente, maldición! ¡Detente!

Gritó audiblemente cuando unos dedos se enredaron en su largo cabello, jalándolo brutalmente hacia atrás y haciendo que dejara de correr. Los ojos se le llenaron de lágrimas de dolor y soltó un gemido cuando los dedos se apretaron, causándole mas daño si era posible. El cuerpo de mortífago se pegó al suyo mientras una mano la tomaba por el cuello, casi estrangulándola.

— ¡Haz silencio, maldita sangre sucia!

— ¡Suéltame! ¡No lo entiendes…! ¡No puedo permitir que esto pase!

—¡Ya cállate! ¡Camina! ¡No podemos perder más tiempo! ¡Esto es por tu maldito bien! ¿No lo entiendes? Eres una necia.

Hermione suspiró de alivió cuando el mortífago liberó su cabello, pero en cambio la tomó nuevamente por el brazo, ejerciendo una presión totalmente innecesaria. La mano, que más bien parecía una garra, volvió a forzarla a caminar hacia la salida. Hermione miró desesperada hacia todas las direcciones. Veía su final tan cerca. Una vez que salieran de la mansión y la llevara a no sabía dónde, podría despedirse de su vida y la de su bebé.

— ¡¿Por… por mi bien, dices?!— exclamó fuera de sí. La adrenalina subía y bajaba por momentos. Ya el pánico volvía a nublarle la mente. El hombre no le respondió, seguía al parecer muy nervioso y angustiado. Hermione miró la parte posterior de su cabeza mientras seguía avanzando un centímetro tras él.

Algo volvió pareció moverse nuevamente dentro de su vientre y eso hizo que las manos comenzaran a temblarle. Abrió los ojos al máximo cuando vio un jarrón de cristal más adelante, arriba de una pequeña columna. El mortífago iba hablando de cosas que no alcanzaba a comprender. Volvió a fijarse en su cabeza y supo que tenía una sola oportunidad para lograr escapar. El jarrón se veía pesado y probablemente difícil de mover con una sola mano, pero creía que en su desesperación podría conseguirlo.

—Ya todo va a terminar, sangre sucia, solo un poco más y nos podremos desaparecer.

Ni siquiera supo de donde había sacado semejante fuerza, pero estirando la mano con rapidez, sintió el cristal hacer contacto con la yema de sus dedos. Lo alzó velozmente y apretó con fuerza la mano para evitar que se le cayera. El mago delante de ella iba tan distraído que ni cuenta pareció haberse dado del leve cambio en el caminar de la chica, que iba cada vez más lento. Dando gracias porque el chico era apenas unos seis centímetros más alto que ella, llevó el brazo hacia atrás y tomando impulso estrelló el adorno contra la nuca de su captor.

El ruido fue descomunal. La mano de Hermione se llenó de diversos cortes a medida que el vidrio se hacía añicos. Se echó hacia atrás cuando vio el cuerpo del mortífago caer hacia adelante y desplomarse en el suelo. Se quedó paralizada sin saber qué hacer. Un hilo de sangre empezó a aparecer el suelo brotando de la cabeza del joven. Pensó en que quizás lo había matado, pero cuando lo oyó gemir de dolor y como éste cerraba con fuerza los ojos supo que tenía que actuar ya.

No bien hubo dado dos pasos cuando pisó algo que casi la hace caer de bruces. La varita del mortífago se había salido de su túnica y estaba tirada justo debajo de su pie derecho. Instintivamente la tomó y salió corriendo. Giró la cabeza y vio aterrada como el mortífago intentaba ponerse en pie lentamente. Parecía demasiado aturdido para lograrlo. Volvió a fijarse en la puerta que tenía al frente. Tan cerca, no sabía qué hacer una vez que las cruzara. Sabía que necesitaba portar la marca tenebrosa para desaparecer dentro de los terrenos, Voldemort se había cansado de decírselo muchas veces, por lo que entendió que debía ir hasta los límites para lograrlo.

Aceleró el paso todo lo que pudo, concentrada únicamente en lo que debía que hacer. No tenía idea de dónde estaría el punto en donde ella podría escapar, pero siguió corriendo sin detenerse. Vio al final unos árboles de lo que parecía la entrada a un pequeño bosque. Se paró en seco y miró agitada hacia atrás, nadie la seguía, de hecho todo estaba en una profunda calma. Vio la imponente mansión y sintió ganas de vomitar. Nunca había tenido las intenciones de escapar, ni siquiera de la casa de Snape, pero ya nada tenía sentido. Su corazón seguía palpitando; roto y hecho pedazos ante tanto dolor y miedo, pidiéndole otra oportunidad.

Cerró los ojos y se dio la vuelta, de nuevo corriendo sin parar. Ya ni recordaba como desaparecerse. Apretó la varita y notó como la sangre de la palma de la mano se le iba escurriendo poco a poco por los dedos. Sentía un punzante dolor en toda la extremidad. Voldemort tenía razón, ¿A dónde iría ahora? ¿Qué haría? Al mundo mágico obviamente no podría huir, él la encontraría de inmediato. Solo le quedaba una opción, el mundo muggle, y para sobrevivir en éste necesitaba dinero. Era increíble que nunca jamás hubiese pensado en algo como eso antes, pero ya que estaba en la situación, debía apresurarse. Visualizó su objetivo y rogando silenciosamente que funcionara después de tantos años, se desapareció con un extraño sonido.

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Levantó la vista de forma lenta, casi temerosa, para presenciar lo que tenía justo delante de sus narices. Se llevó una mano a la boca y ahogó un gemido de dolor. Numerosas imágenes que creía haber perdido para siempre empezaron a surgir en su mente. La casa donde había vivido gran parte de su vida la recibía, maltrecha, descuidada y abandonada, pero intacta.

Avanzó rápidamente. No quería que nadie la viera, temía que algún vecino la reconociera. Se sorprendió de encontrar la puerta principal sin seguro. Quizás los mortífagos la habían registrado un sinfín de veces antes de su captura. Recorrió todo el lugar con mucha parsimonia. Todo estaba bastante sucio y la mayoría de los adornos que su madre solía coleccionar estaban ahora hechos trizas sobre el polvoriento suelo.

Vio fijamente algo que le había llamado la atención. Una fotografía dentro de un marco que descansaba sobre una de las mesas de la sala. La tomó con delicadeza. Una feliz pareja era lo que podía verse. Unos rostros más jóvenes de lo que podía recordar. La sonrisa en los labios de sus padres la hicieron sentir como su corazón se estrujaba cruelmente contra su pecho. No podía llorar ya, Azkaban le había quitado mucho la sensibilidad en cuanto a ese tema, algo que honestamente le parecía escalofriante.

Se guardó la fotografía en bolsillo del pantalón y se dispuso a subir las escaleras que daban a su habitación. Observaba todo a su paso de forma lejana y extraña, como si estuviese viendo las cosas desde los ojos y recuerdos de otra persona. Empujó la puerta y entró al increíblemente ordenado cuarto. Se agachó de forma rápida y se metió debajo de la cama. Una cajita de madera fue lo primero que pudo vislumbrar al fondo. Estiró el brazo para alcanzarla.

Su padre siempre le había enseñado la importancia del ahorro, aún cuando era una pequeña niña; solía decir que ese dinero le sería útil en momentos de emergencia, suponía que aquel era uno de esos momentos. Abrió la caja y sonrió al ver que todo seguía tal cual lo había dejado. No era mucho dinero, pero tendría que aprovecharlo como pudiera.

Ni siquiera sabía qué hacer. Estaba consciente que no podía quedarse en esa casa, era muy peligroso. En cuanto ese mortífago le dijera a Voldemort que ella se había escapado, el mago oscuro no dudaría en buscarla. Sin embargo se sentía demasiado exhausta y conmocionada como para querer moverse. Se sentó en la cama y se quedó mirando fijamente el armario que tenía delante. La cabeza empezó a palpitarle y un dolor punzante la atravesó. El estrés comenzaba a actuar.

Vio la ensangrentada varita en su mano y supo que tenía que vendar esa herida, que, aunque no era grave ni profunda, estaba causándole molestias. Abrió los cajones de su mesita de noche y se amarró un pedazo de tela alrededor de la palma, ejerciendo presión y evitando que la sangre se escurriera.

Se tiró sobre el colchón boca arriba y cerró los ojos. Necesitaba calmarse. Estaba demasiado asustada y nerviosa. Aún así como estaba, no podía evitar sentir las ganas de llorar, eran demasiado intensas como para soportarlas. De inmediato se dejó llevar, notando como las lágrimas mojaban su rostro. Siempre imaginó como sería su vida afuera, libre y sin miedo. Pero Voldemort tuvo razón, allí en ese mundo cruel ella no estaría segura.

Ni siquiera tenía donde vivir, no quería imaginar cuando su cuerpo empezara a pedirle algo de comida. Pensó por un unos segundos en que quizás había tomado la decisión incorrecta, que tal vez debió quedarse en la mansión, pero era absurdo eso, no iba a permitir que la locura, crueldad y la posesividad enfermiza del mago tenebroso la terminaran hundiendo más.

No tenía idea de cuánto tiempo había permanecido en aquella cama. El cansancio la había vencido. Lo único que pudo ver, después de haberse quedado profundamente dormida por unos instantes, era que el sol se estaba ocultando lentamente. Parpadeó con agotamiento y se quedó inmóvil, no deseaba ni moverse. Seguía sujetando la varita de aquel mortífago con fuerza, no tenía la tentación de usarla. Ya la magia no significaba nada para ella, no volvería a usarla jamás.

Unas voces la hicieron abrir los ojos de pronto. Miró hacia la puerta y se quedó paralizada de pies a cabeza, ¿estaba alucinando? ¿Acaso tanta calma y soledad habían afectado su oído? Se incorporó bruscamente con el corazón desbocado. Era clarísimo. Unas voces masculinas se escuchaban desde el piso de abajo. Lo primero que quiso hacer fue salir y asomarse desde la baranda, pero no tenía idea de en que parte de la casa estaban los intrusos, por lo que correría el riesgo de que la vieran.

Aguzó el oído y casi se muere de un infarto cuando oyó unos fuertes pasos haciendo eco en las escaleras. Alguien se acercaba hacia donde ella estaba. Se levantó, y con mucha lentitud y silencio, prácticamente arrastrándose, abrió la puerta del armario y se metió dentro. Cerró de nuevo la puerta tratando de que sus temblorosas manos no hicieran ruido. Se agachó entre los pesados abrigos y miró por entre las pequeñas rendijas. Quería gritar debido al horroroso pánico que iba haciendo mella en ella.

Se llevó una mano a la boca evitando así que el gemido que pugnaba por salir quedara ahogado al poder vislumbrar la oscura sombra de un hombre muy alto y delgado entrando a la estancia. Reconocía esa manera de vestirse, ese cabello, y sobre todo, el perfil de ese atractivo rostro que tanto la afectaba. Su corazón empezó a brincar debido a la emoción y el miedo entremezclados. Lo admitía, la tentación por salir era demasiada, pero no podía, sería firmar su sentencia de muerte.

Quería correr hacia sus brazos, escuchar su fría pero profunda voz, diciéndole que todo iba a estar bien, que reconociera que se había equivocado en todo, que las cosas serían diferentes ahora, que se fueran juntos… pero sabía que nada de eso iba a ocurrir. Lo vio caminar por toda la habitación, buscando entre sus cosas hasta detenerse frente a un mueble al lado de su cama. No pudo ver lo que hacía dado que estaba de espaldas a ella, pero sabía que había sujetado algo y observaba el objeto con mucha atención.

Hermione.

La bruja se quedó de piedra al escucharlo. Era una de las pocas veces en las que Voldemort pronunciaba su nombre. Algo tan simple agitó su corazón de tal manera que tuvo que cerrar los ojos con fuerza para soportar la tentación de salir. Oyó como volvía a hablar, algo inentendible, pero su voz era suficiente para que su cuerpo temblara de expectación. No quería más, era intolerable, por lo que se tapó los oídos con fuerza y bajó la cabeza para no seguir viéndolo.

Lo siento.

Cuando volvió a abrir los ojos se dio cuenta que el hombre había desaparecido. Un sentimiento de dolor volvió a atacarla. Empujó la puerta del armario con rapidez y salió a la ahora ya oscura habitación. Se sentía angustiada, no sabía ni que hacer. Lloró con fuerza al percibir su aroma en toda la estancia. No supo si había sido ese detalle, pero su voluntad terminó siendo quebrada, necesitaba estar con él. Bajó corriendo por las escaleras importándole nada el hacer ruido. Quería verlo, quizás todavía estuviera afuera en la calle. Se limpió las rebeldes lágrimas y abrió la puerta de la entrada principal. No había nadie; seguramente el hombre ya se habría desaparecido. Salió al desastroso jardín y miró hacia atrás con pesar. La casa parecía más lúgubre que antes.

Era patética, realmente patética. ¿Cómo podía haber sido tan idiota como para salir en busca del hombre? ¿Qué pasaría después? ¿Aceptaría estar con él de nuevo? ¿Después de todo lo que había hecho? ¿Es que acaso era tan inocente e ilusa para llegar a pensar en que él cambiaría de opinión? ¿Qué dejaría con vida a su bebé? No. Nada de eso ocurriría. Lo mejor que pudo suceder fue eso, que él no la encontrara, podía haber sido peligroso, y por ahora, estaba de acuerdo en que no era sensato permanecer más tiempo en esa casa. El mago oscuro podía regresar.

Regresó a la casa y preparó la mochila más espaciosa y cómoda que encontró. Metió un par de cosas, ropa, zapatos y la varita mágica. No se sentía confiada ni segura. No sabía ni a donde ir, menos con un vientre en proceso de crecimiento. Se guardó el dinero en los bolsillos y partió hacia el anochecer. Un frío helado le caló hasta los huesos, pero ya no tenía opción, estaba complemente sola, así que se ajustó la chaqueta y siguió su camino sin querer mirar atrás.

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—Señorita… ¡Señorita!

Hermione volteó con un sobresalto cuando una mano se posó en su hombro izquierdo. Miró con los ojos abiertos al hombre que tenía delante. Se dio cuenta que todos la observaban, al parecer curiosos ante los insistentes llamados.

—Diga… dígame— respondió con educación a pesar del susto.

— Su ticket, por favor.

— ¿Mi ticket?— pregunto confundida. Los ojos de todos estaban clavados en ella. El hombre sonrió secamente, como pensando que la chica se estaba haciendo la tonta a propósito.

— Sí, señorita… su ticket

—Si… si… por supuesto— Rebuscó en su bolso con apuro. Escuchó como a dos asientos más adelantes la risita burlona de lo que parecía ser un niño, pero prefirió ignorarla. Había guardado el ticket en el bolsillo delantero del bolso, no comprendía porque no lo encontraba. Casi pudo sentir la irritación y la molestia brotar del cuerpo del hombre mientras esperaba con impaciencia a su lado.

— Tome… aquí está… lo siento, señor.

—No se preocupe, señorita. En diez minutos apagaremos las luces, tenemos tres destinos por delante todavía, pero hemos reducido un poco la velocidad. Llegaremos a Bibury en cuatro horas.

Hermione asintió quedamente sin prestarle mucha atención. El hombre dio una modesta inclinación con la cabeza y siguió su recorrido. Volvió a mirar por la ventaba. Aparte de la oscuridad de la noche, tambien llovía a cantaros, haciendo que fuera imposible distinguir algo afuera. Había actuado sin pensar. Compró algo de comida para llevar y tomó el primer tren que encontró en la estación. Ella simplemente continuaba de largo sin darse cuenta de nada. Seguía los pasos de la gente común y corriente, que hablaban alegremente mientras sujetaban sus maletas y partían en los trenes que los esperaban. Ella nada mas iba detrás de ellos sin que lo notaran. Como una persona sin rumbo fijo.

Se sentía mal. Volvía a ser atacada por las terribles nauseas y los escalofríos que no cesaban. Se tocó el vientre y apretó levemente con la punta de sus dedos. Siempre trataba de olvidarse de su inmenso problema, y había ocasiones en que lo lograba, pero la pequeña criatura que crecía en su interior parecía decidida a recordarle que seguía ahí.

—Ya basta…— susurró quedamente, casi con la esperanza puesta en que el bebé la oyera. Apoyó la frente contra el frío vidrio y respiró profundamente. Las luces por fin se habían apagado, quedando prácticamente en penumbras. El ruido que hacían las ruedas contra los rieles la llenaba de una exasperante calma por momentos. La negrura parecía envolverlos más y más.

Estaba por fin partiendo a un destino inédito, lejos de absolutamente todo, dispuesta a comenzar desde cero. Sonrió levemente para sí misma imaginándose la cara que podría Severus cuando se enterara que había escapado, y en las mismas narices de su amo. Estaba segura que nunca más lo volvería a ver. Seguro después de todo, el pocionista ya habría terminado con sus intentos de querer rescatarla. Por fin había conseguido lo que siempre había dicho querer, verla libre.

Lo extrañaba demasiado. Siempre lo había hecho, pero ahora, era diferente. Ahora que sabía que mas nunca tendría la oportunidad de escucharlo nuevamente, de ver sus expresiones de fastidio e ironía, de poder tocar su mano y sonreír tiernamente ante sus protectores gestos; ahora, sencillamente su ausencia le afectaba mucho más.

Cerró los ojos y se recargó del cristal. Estaba realmente agotada. Sentía que se quedaría dormida de un momento a otro y no quería distraerse con nada, pero poco podía soportar. Notó como su cabeza se deslizaba lentamente y como la conversación que tenían los chicos de al lado se iba escuchando cada vez más lejana.

— ¡Señorita!

Se despertó sobresaltada. Un brillante sol la golpeó directo en los ojos y se tapó con ambos manos mientras soltaba una ligera queja. Sujetó su bolso casi de inmediato y lo apretó contra su muslo derecho.

— ¿Qué?... ¿Qué pasa?— preguntó desorientada.

— ¿Usted no se ha bajado todavía? ¿A dónde se dirige entonces?

Enfocó los ojos y vio al mismo hombre de antes. Éste la observaba fijamente, casi con curiosidad. Se acomodó rápidamente y se puso en pie. Se sentía terriblemente perdida.

—Esta es la última estación, señorita. Pensé que ya se habría bajado del tren.

Hermione lo miró — No lo sabía… ¿dónde estoy?

—En Coln Rogers. ¿Es que acaso usted no tiene idea de la ruta de este tren?

Se sintió tonta casi de inmediato. El hombre parecía estar cada vez de peor humor. Miró velozmente por la ventaba y casi se siente morir cuando no vio absolutamente nada, solo un campo verde que se extendía hacia el horizonte. ¿Dónde diablos estaba?

—No se…. — empezó nerviosa ante la incomodidad que el hombre le causaba —… no estoy muy bien ubicada. Pensé que nos dirigíamos a una ciudad.

—Pues se equivoca— respondió con desdén — Solo hay un pueblo a varios kilómetros de aquí. Esta es la última estación. Tiene que bajarse, no podemos seguir retrasando la partida del tren.

— ¿Es que acaso más nadie se ha bajado?— preguntó escandalizada

—Solo dos personas, señorita, y se han ido hace diez minutos. Esta es una zona muy remota, pocos pasajeros llegan hasta aquí. Pero como le repito, hay un pueblo a varios kilómetros.

—…. ¿A varios kilómetros? ¿Cuántos aproximadamente?

—No lo sé, señorita… unos ciento cuarenta, tal vez.

Hermione notó un nudo en la garganta. Ciento cuarenta kilómetros era algo excesivo y no podría recorrerlos y menos en su estado, sin contar que no tenía mucha agua y comida. ¿Por qué tuvo que quedarse dormida? Ahora estaba en lo que parecía ser el fin del mundo y no tenía idea de que hacer. Miró al hombre una vez más.

— ¿Podría… podría regresarme? Creo que me equivoqué… este no es el lugar a donde yo quería ir.

El mencionado frunció el entrecejo—Lo siento, señorita, pero eso no es posible. Nosotros no vamos de regreso, tenemos otra ruta que cumplir… Si quiere puede esperar en la estación hasta que pase el tren que la regresará a Bibury.

— ¿Estación? ¿Qué estación? ¿Se refiere a esa caseta de ahí? ¿Cuándo pasará el próximo tren?— preguntó mirando por la ventaba una vez más.

—Entre siete y ocho días— contestó fríamente.

Hermione lo miró asombrada — ¿Una semana? ¿Cómo voy a esperar una semana aquí?

—Es lamentable, señorita. Ahora, por favor, baje del tren, tenemos que partir.

En otras circunstancias Hermione hubiese rogado, pero el hombre no parecía dispuesto a permitir que ella se regresara a una ciudad decente. Sujetó su bolso y se secó el sudor que caía por su frente. Con una indicación de la mano de su interlocutor, Hermione le paso por al lado caminando hacia la salida.

—Supongo que tengo ciento cuarenta kilómetros que recorrer a pie— dijo con la voz seca. Quería darse la vuelta e insultarlo por ser tan desconsiderado.

—Eso parece. O puede esperar aquí, tiene esas dos opciones… Ya lo sabe para la próxima ocasión, señorita, debe estar atenta hacia donde se dirige.

Hermione apretó los puños — Gracias, es usted muy amable.

Tal como lo había visto, la "estación" consistía en dos baños, un par de bancos y una cabina que parecía abandonada. Ni siquiera sabía para qué diablos eso estaba ahí. Miró las huellas que habían dejado las llantas de los autos que seguramente habían ido a recoger a las personas que bajaron del tren. Se había distraído muchísimo; no sabía ni en que parte del mapa se encontraba.

Vio por el rabillo del ojo como el hombre volvía subirse al tren y, aferrándose a su bolso, caminó hacia el frente. Una hermosa campiña era lo que tenía delante. Podía verse un sendero más adelante. No había carreteras ni nada que la guiara.

— Hay una granja más adelante— escuchó como el hombre le decía vagamente. Se dio la vuelta para verlo.

— ¿Qué tan lejos?— quiso saber.

—Unos cinco kilómetros, creo… nunca he ido, pero he escuchado a algunos pasajeros hablando de la familia que allí vive. Ellos podrían llevarte al pueblo.

Hermione lo miró dudosa — Pues no lo sé…

El tren emitió un chirrido espantoso y comenzó a moverse muy lentamente. Sintió pánico de verlo irse. El hombre estaba sujeto todavía de la puerta y la miraba fijamente conforme iba alejándose muy despacio de ella.

— Es lo mejor. No te quedes aquí sola. Ve de una vez, si te apresuras, llegarás antes del atardecer.

No reaccionó, ni siquiera cuando vio que el tren desaparecía de su vista. Se dio la vuelta muy lentamente y observó nuevamente lo que tenía delante. Todo era tan silencioso y relajante. Solo el canto de algunas aves y el viento era lo único que rompía aquella penetrante quietud. Le daba miedo ir por ese sendero sin nada más que su bolso. Lo primero que le vino a la mente fue la idea de desaparecerse, pero juró que solo utilizaría la magia en casos de extrema urgencia. Temía que si la usaba, el Ministerio la localizara y le avisara a Voldemort, por lo que decidió mantenerse como una muggle común y corriente.

Ya estaba. Había sido su error, y lo resolvería con las herramientas que tenía a la mano. Bajó las escaleras de la estación y fue directo hacia el camino de tierra que ante ella se extendía. No tenía más opción que ir a la granja que el hombre le había comentado, quizás con un poco de suerte ellos la llevarían al pueblo. De allí decidiría si se quedaba a vivir permanentemente o volvía a marcharse hacia otro rumbo.

Caminó con cierta rapidez mientras observaba a su alrededor. Se respiraba tanta calma y paz que tenía las ganas de tirarse en el verde césped y quedarse hasta que anocheciera. Las nubes ocultaron el sol y una fría ventisca sacudió su cabello. Solo se detuvo para beber algo de agua y siguió su camino sin parar. Los pies comenzaban a dolerle debido a irregular terreno.

No sabía ni cuanto había avanzado, pero ya creía haber sobrepasado los cinco kilómetros, llevaba más de ocho horas caminando sin detenerse y una sofocante angustia le pegaba en el pecho por momentos. ¿Y si el hombre la había hecho ir hasta allí por pura maldad? ¿Y si no había ninguna granja? Si anochecía y nada se veía en el horizonte no tendría más opción que desaparecerse y volver a huir.

Como si la naturaleza la hubiese escuchado, después de un par de horas una horrible oscuridad se apoderó de todo el lugar. Era como una grandísima nube negra que se cernía sobre el cielo, tapando todo a su alrededor. Había luna nueva, por lo que la negrura era absoluta. Ni siquiera las estrellas eran suficientes para dar algo de iluminación a aquel lugar. Su corazón golpeó con fuerza y el miedo comenzaba a parecer de nuevo.

Tendría que desaparecerse. No podía quedarse en semejante lugar a la intemperie sin tener idea de donde estaba. Estaba cansada de caminar sin rumbo; ya había pasado prácticamente todo el día haciéndolo y era obvio que a aquel hombre le había parecido cómico que la chica corriera semejante riesgo, más cuando era evidente que estaba embarazada.

Se giró y fue en ese momento cuando una levísima nota de luz la hizo abrir los ojos al máximo; a su derecha, a lo lejos, se veía un puntito de luz que hizo que se sobresaltara de la emoción. Ajustó su mochila contra su espalda y fue corriendo todo lo que pudo. No estaba tan alejada como creía por lo que sonrió radiante y apuró el paso.

Una grande pero humilde casa se erigió ante ella después de varios minutos de trayecto. La miró atentamente y se dio cuenta de que las luces de la granja estaba apagadas, solo un bombillo en la entrada era lo que iluminaba todo el terreno. Las dudas comenzaron a atacarla, no sabía ni que decir cuando tocara a la puerta, quizás era más tarde de lo que pensaba, tal vez sus habitantes ya estaban dormidos o habían salido.

Miró hacia su derecha y vio un granero. Quizás podía pasar lo que quedaba de noche allí escondida y luego ya en la mañana se presentaría decentemente. Estaba demasiado exhausta, y para añadir, su pantalón y zapatos estaban llenos de tierra debido a todo lo que había caminado. Abrió la puerta del granero y entró sigilosamente, siempre atenta a la casa que tenía detrás por si veía alguna ventana iluminarse de pronto.

Se sentó en el suelo lleno de paja y se quedó mirando el techo. Notaba cierta incomodidad en su vientre. Sabía que era biológicamente imposible, pero casi podía notar como el bebé que crecía en su interior se removía de miedo e incomodidad, quizás fuera ella misma que no podía dejar de sentirse ansiosa y asustada por todas las cosas que le estaban sucediendo. Rogaba silenciosamente porque la gente que habitaba esa granja fueran por fin amables con ella y la pudieran llevar al pueblo mas cercano, deseaba ya instalarse en algún lugar donde sentirse segura, donde nadie la conociera y pudiera llevar su embarazo con tranquilidad.

Se acostó boca arriba y respiró profundamente. Podía escuchar las lechuzas ulular afuera y uno que otro aullido de algún lobo o perro salvaje. Se abrazó a si misma debido al repentino frio y dejó que unas pocas lagrimas cayeran de sus ojos. Se sentía horriblemente perdida. Como atrapada en una burbuja imposible de romper. Cerró los ojos y esperó que el día expulsase a la noche, era lo único que en realidad podía hacer.

….

— Debemos llamar a alguien…

—No, espera… hay que despertarla.

—No lo hagas, Ahmad, no sabemos quién es ella, podía ser peligroso…

— ¿Cómo va a ser peligroso? Es una niña…

— ¡No sabemos quien es! ¡Mírala! ¡Es obvio que esta refugiándose aquí por una razón!

—Maryam, no digas tonterías. Además, mira su estado… debemos despertarla, podemos preguntarle.

—No… no me gusta la idea. Debemos llamar a alguien… si tiene un arma o alguna cosa….

— ¿Cómo va a tener un arma, Maryam? Deja que yo me ocupe… entra a la casa.

— ¡Yo no me muevo de aquí! Al menos deja que… busque algún cuchillo, por si pasa alguna cosa…

— ¡No vas a buscar nada! Si despierta y te ve así va a creer que queremos matarla.

— ¡A mí no me importa lo que ella piense! ¡Espera aquí! Iré a la casa y…

—No será necesario— Hermione por fin abrió los ojos y los notó irritados de haber llorado durante toda la noche. Movió un poco la cabeza y enfocó la vista solo para vislumbrar a un hombre y una mujer, ambos de muy avanzada de edad, mirándola nerviosos desde la entrada del granero. Se incorporó lentamente sin apartar la mirada de los recién llegados.

—Hola— saludó el hombre mayor con una curiosa sonrisa. La mujer se sujetó tensa a su brazo derecho sin dejar de ver a la chica. Hermione no respondió, se sentía terriblemente mareada.

— ¿Qué haces en nuestro granero? ¿Quién eres?— cuestionó la mujer con un tono de voz más alto de lo que tal vez pretendía.

—Yo… me perdí… en el campo… estaba buscando esta granja desde ayer en la mañana.

— ¿Por qué nos estabas buscando?— quiso saber el hombre. Hermione se quedó ya totalmente sentada.

—Bueno… en realidad, el señor del tren me habló de este lugar; me dijo que quizás ustedes podrían… llevarme al pueblo más cercano. Al parecer está demasiado lejos y pues yo no tengo otra forma de cómo trasladarme… llegué anoche y no vi ninguna luz encendida de la casa, así que preferí pasar la noche aquí, y...

—Nosotros no podemos llevarte a ese pueblo. No vamos para allá— respondió la mujer antes de que Hermione tuviera tiempo de terminar.

— ¿No… no van… para allá?— se horrorizó — ¿Nunca? Podría esperar…

El hombre se soltó del agarre de la mujer y se aproximó a la chica, tendiéndole la mano para ayudarla a ponerse en pie — No, no tenemos necesidad de ir. Además de que realmente está muy lejos.

Hermione aceptó la mano y se levantó con pesadez — ¿No conocen a alguna persona que pueda llevarme? Hablaban de llamar a alguien…

El hombre sonrió con condescendencia — Mi mujer habla muchas cosas raras cuando está nerviosa. Tenemos vecinos, pero demasiado lejos de aquí, y nadie va al pueblo. Oye, ¿Te sientes bien?

—Estoy bien. No se preocupe. Entonces… lo mejor es partir de una vez— sabía que no tenía más opción de usar la magia para irse. No podía ir caminando hacia el pueblo, era imposible.

—No puedes irte, mírate.

Hermione bajó la vista a su ropa y la vio tremendamente más sucia que la noche anterior. Sin contar que moría de hambre y sed. El hombre se le acercó un poco más y la chica retrocedió de un salto.

— ¿Qué es eso, niña? ¿Estás embarazada, acaso?

— ¡¿Qué?!— exclamó la mujer que no se atrevía a avanzar.

—Lo siento, señor, lo mejor es que me vaya… lamento haberles causado problemas— dijo con la voz entrecortada mientras se agachaba para tomar su mochila.

—Pero no puedes irte.

La bruja miró al hombre con nerviosismo — Tengo que hacerlo.

Lo vio negar con la cabeza — Entonces tengo que impedírtelo. Estás embarazada, niña. ¿A dónde podrías ir? ¿Y como pretendes hacerlo?

—Estaré bien.

—No lo estarás— espetó la mujer de pronto. Ambos voltearon a mirarla. Hermione entornó los ojos para detallarla mejor. Su miedo lo había impedido antes, pero ahora es que podía darse cuenta que llevaba un hiyab en la cabeza. Unos ojos oscuros pero extrañamente cálidos se posaron en su vientre. Hermione se sintió incomoda casi de inmediato.

—No puedes marcharte en ese estado y te adelanto que nadie de aquí te llevará a ese pueblo. Si realmente quieres irte a un lugar decente debes regresar a Bibury, pero definitivamente debes esperar un tren para eso; el mismo que te trajo aquí — Hermione asintió rápidamente con la cabeza. No lograba tranquilizar sus nervios—Tengo curiosidad, ¿Por qué? ¿Por qué viniste hacia este lugar si no conoces a nadie?

—Me perdí — repitió con simpleza. Por alguna razón esa mujer la hacía sentirse extraña. El hombre le sonrió de forma tranquilizadora mientras su mujer llegaba a su altura.

— ¿Huyes de alguien?— volvió a preguntarle. Hermione tragó con dificultad. Sujetó su bolso con fuerza y trató de no temblar.

—No— mintió con la voz entrecortada. La mujer arqueó una ceja y volvió a fijarse en su vientre. La chica apretó su bolso contra éste sintiéndose incomoda.

—Entonces supongo que no hay problema con que pierdas un par de horas en hacerte cargo de ti misma. Ven con nosotros. Podrás darte un baño, comer y dormir. Se ve que lo necesitas.

Hermione sacudió la cabeza — Hace unos minutos usted pensaba que yo era una amenaza.

—Cierto, pero no me había dado cuenta de tu estado. Sería una verdadera crueldad dejarte en un granero.

—Yo…—replicó dudosa al ver el radical cambio de parecer y actitud en la mujer.

— ¿No tenías en tus planes hablar con nosotros de igual forma?—La interrumpió el hombre volviendo a sonreír— El tren que debes tomar, si no me equivoco, pasa por la estación cada semana. Puedes quedarte con nosotros mientras tanto.

—Lo se… solo… no quería molestar. Yo vine porque pensé que quizás podrían llevarme al pueblo… no pretendía entrar su casa.

—Bueno, ya que no podemos ayudarte con el viaje al menos permitenos asistirte con lo que es evidente que necesitas. Ven, te prepararé un desayuno.

Hermione se escandalizó— Señora, yo... de verdad que eso es demasiado... no se preocupe, yo tengo comida en mi bolso.

Ni siquiera sabía porque demonios rechazaba la ayuda de esas personas cuando la realidad era que estaba muerta de hambre y sed. Bajó la cabeza y miro el suelo con cierta vergüenza. Notó como la mujer se le acercaba lentamente y con mucha suavidad le ponía una mano en el hombro. La miró confundida.

—No debes apenarte, hace muchos años que no recibimos una visita. Es agradable a decir verdad— dijo de pronto el hombre imitando a su mujer y colocándose frente a Hermione — Tenemos mucha comida y lo que necesites. Ademas, mirate, estás embarazada, necesitas un cuidado especial. Podemos ayudarte mientras esperas el tren... no creo que tengas otras opciones.

—Pues la verdad es que...

—Esta decidido, entonces— espetó la mujer apretando un poco el hombro de la bruja — Creo que lo primordial es que te des un buen baño y comas algo.

—Pues... esta bien, muchas gracias— aceptó Hermione tendiéndole el bolso al hombre que se ofrecía a llevarlo por ella — Pero de verdad... no quiero causar molestias— insistió caminando al lado de la pareja, que ahora parecían inexplicablemente radiantes ante la idea de ayudar a la chica.

—No te preocupes — sonrió la mujer mientras un deslumbrante sol hacia que Hermione cerrará los ojos ante el incomodo contacto. — Por cierto, no te hemos preguntado cómo te llamas.

Por una milésima de segundo la bruja estuvo tentada de mentir y responder con el nombre falso que llevaba días usando, pero algo le dijo que realmente no tenia la necesidad de hacerlo.

— Bueno... mi nombre es Hermione.

...

— El baño está en el segundo piso, en la tercera puerta a la derecha, está dentro de una habitación, allí también podrás cambiarte de ropa.

Hermione enrojeció— Si... si... muchas gracias, de verdad. No me tardaré.

La mujer le sonrió mientras su marido volvía a entregarle su bolso. Hermione asintió nerviosa y subió las escaleras que daban hacia el piso superior. Se sentía terriblemente mareada, hambrienta y sucia. Pensó que escucharía a los habitantes de la casa cuchichear aprovechando que ella se alejaba. Esperaba alguna señal, algún tono de descontento, uno solo y tomaría la varita mágica y se desaparecería de allí, no le importaba cuanto más tuviera que seguir huyendo; pero para su sorpresa no escuchó nada.

Se quitó la pesada ropa y se baño con rapidez. Sentía como una gruesa capa de suciedad abandonaba su delgado cuerpo y se restregó con más fuerza. Bajo la vista a su prominente vientre y tuvo ganas de llorar de nuevo. No creía poder soportar más esa situación.

Salio de la ducha y se vio en el espejo. Una cara, pálida y muy demacrada le devolvió la mirada. Sus ojos, enrojecidos y hundidos mostraban miedo, dolor y una espeluznante vulnerabilidad. Estaba convencida de que su desmejorada apariencia no provocaba más que lástima.

Se agachó y buscó entre su bolso algo que ponerse. Sacó la varita mágica que fuese del mortífago y se le quedo viendo absorta durante unos segundos. Una única botella con agua era lo que le quedaba junto con un sándwich que había logrado conseguir en un puesto de comida. Contó rápidamente el poco dinero que tenia y lo volvió a guardar junto con las demás cosas. Sólo había podido llevarse de su casa dos camisas, un suéter y el único pantalón que tenia era con el que había escapado de la mansión. No había logrado conseguir más espacio en su bolso. Se sentó en el suelo y miro su ropa con disgusto, todo estaba demasiado sucio como para volver a usarlo después de haberse bañado, pero no tenía opción.

No bien hubo tomado lo que considero que estaba menos manchado cuando un golpe en la puerta del baño la hizo dar un respingo.

—¿Hermione?...solo quería saber como vas, tu desayuno está listo abajo.

—Si... si, señora. Gracias, estoy vistiéndome y bajo. Gracias.

—No tienes que agradecer tantas veces. Es un placer para nosotros poder ayudarte.

Hermione se vistió velozmente y abrió la puerta. La mujer se le quedó viendo atentamente mientras avanzaba.

— Pero... tu ropa esta sucia— la oyó decir suavemente. La chica bajó los apenados ojos a su vestuario.

—Si, me di cuenta... pero solo tengo esto por ahora y no he podido... lavarla— respondió muerta de vergüenza.

—¿ Y por qué no?— quiso saber la mujer dándose la vuelta y caminando hacia un armario.

— Porque llevo días viajando, y pues... no me alcanzaba el dinero que llevaba, lo usaba mayormente para comprar comida y agua. Y, bueno... los pasajes en tren era más costosos de lo que imaginaba.

La mujer asintió sin prestarle atención al sonrojo de la bruja —No te preocupes por la ropa, yo la lavare.

—¡¿Qué?! No... no será necesario, señora, por favor.

—Ya te dije que no debes preocuparte. Mira, esto te quedará bien, por supuesto lo usaba yo cuando era más joven, pero creo que mientras tanto podrías llevarlo puesto— dijo mientras sacaba un largo atuendo de un color azul marino que mínimo debía llegarle a la chica a la altura de las rodillas. Lo colocó encima de la cama junto con un pantalón holgado de color negro. Hermione se le quedó viendo fijamente.

—Se que no es el estilo de ropa que usas, me disculpo. Es lo único que tengo.

La bruja le sonrió muy agradecida y se acercó a la cama. Tomó la todas las prendas y se dirigió al baño. Se sentía bien quitarse la ropa sucia de nuevo. Abrió la puerta y salió. La mujer todavía rebuscada en el armario.

—¿ Son ustedes... extranjeros? — pregunto en voz baja. La mujer se dio la vuelta con un montón de ropa entre sus brazos. Observó a la chica con los ojos muy abiertos y sorprendidos. Hermione sonrió sutilmente, ella también se había visto en el espejo y no pudo evitar asombrarse ante el cambio. Ya no parecía tanto un cadáver ambulante.

—Somos turcos. ¿como lo adivinaste?

Hermione se encogió de hombros — Por su atuendo, la tela también es diferente, y porque está usando un Hiyab.

—Ah— asintió amablemente — Si, correcto. Por eso me disculpo, sé que en este país no acostumbran a usar este tipo de ropas.

—No, por favor, no se disculpe— se apresuró a aclarar la bruja— Es hermoso, nunca había usado atuendos así. No tengo palabras para agradecer lo que están haciendo por mi, y ni siquiera me conocen.

—Tu estás aquí, en la casa de dos completos extraños. Creo que estamos en igualdad. Ahora, dame tu ropa y todo lo que necesites lavar, y mientras tanto baja a desayunar. Mi marido te ha hecho un excelente café; si es que te gusta claro, yo lo encuentro bastante amargo para mi gusto.

Hermione bajó la vista una vez más inundaba en vergüenza. No se sentía cómoda ante semejantes atenciones— Si, si me gusta el café, muchas gracias.

.

—Dijiste que te llamabas... disculpa, ¿ como era?

Hermione dio un sorbo a su taza, que resultó ser chocolate caliente y no café como había esperado. Se había sentado en la mesa en total silencio, viendo un plato justo al frente. Aunque moría de hambre no se atrevía a tocarlo por pena. El hombre se había apoyado en el mesón de la cocina y la miraba con atención haciendo que la joven se sintiera inquieta.

—Su nombre es Hermione, Ahmad— se le adelantó su esposa que entraba precisamente a la estancia —No has probado nada— observó.

—Si, enseguida, señora— respondió tomando lentamente el tenedor. Sentía los dedos helados y entumecidos.

—Ya estoy lavando tu ropa. Estaba bastante sucia. Se nota que has viajado bastante.

—Si. Un poco— afirmó tomando el primer bocado. El hombre se movió por fin y se sentó frente a ella. Hermione levanto la mirada pero no quiso enfocarla en él

—Es muy extraño tener visitas después de treinta años, ¿no crees, Maryam?— comentó con una sonrisa. Esta vez la bruja si lo miró.

—¿Treinta años? — se atragantó sin querer.

El hombre asintió —Ni siquiera sé como atender una.

—Pues... todo ha estado muy bien. Han sido demasiado amables conmigo. Estoy muy agradecida.

La mujer tomó asiento a su lado y rió en voz baja — Si, Hermione, tenemos treinta años sin recibir una visita. La verdad es que no tenemos quien nos visite. Y como puedes ver, estamos un poco aislados del mundo.

— Pero dijeron que tienen vecinos. Además está el pueblo a varios kilómetros— recordó la chica, sintiéndose un poco más animada a comer.

—Los vecinos viven lejos de aquí y tampoco nos visitan; y al pueblo podemos ir dos veces al año a conseguir algunas cosas que nos faltan en la casa, solo eso. Y más que un pueblo, de hecho es una pequeña ciudad, tienen de todo, pero no somos tan bien recibidos por ser extranjeros, así que sólo nos acercamos en caso de urgencias. Por ejemplo, ahora mismo no tendríamos forma de llevarte, quizás en unos cuatro o cinco meses.

—No se preocupe. Esperaré y tomaré un tren de regreso— se apresuró a añadir Hermione. El hombre ladeo la cabeza con interés.

—¿A donde regresarás? ¿ De donde eres?

—No se todavía a donde iré. Pero soy de Londres— respondió vagamente.

— Y estás aquí porque te perdiste... eso dijiste, ¿correcto?

Hermione masticó lentamente. Se sentía nerviosa de dar tanta información a dos desconocidos, pero eran dos personas mayores que curiosamente empezaban a inspirarle confianza, no tenía razones para dudar.

—He tomado varios trenes sin saber el rumbo. Mi objetivo era llegar a alguna ciudad poco poblada y vivir allí. No estaba en mis planes que el tren me trajera aquí. Ni se donde estoy.

El hombre frunció el entrecejo— Es bastante irresponsable eso, dado que estás embarazada.

—Yo... lo sé, pero no podía quedarme en ese lugar. No era... seguro estar allí. Tuve que irme.

El hombre la miro de forma penetrante — ¿Es por tu familia o por el padre de esa criatura?

—!Ahmad!— exclamó su mujer — Son cosas que no nos conciernen. Creo que lo más importante ahora es presentarnos, ¿no te parece, Hermione?

Hermione se quedó callada. Bajó la mirada hacia su plato y suspiró.

—Si, está bien— aceptó en voz baja. La mujer sonrió.

—Bueno, mi nombre es Maryam, y él es mi esposo, Ahmad. Y como adivinaste hace un momento, somos turcos. Vinimos a este país hace treinta y cuatro años. En donde vivíamos anteriormente eramos granjeros, así que nos pareció buena idea continuar aquí.

Hermione asintió quedamente — Tienen una hermosa casa.

—Gracias. Aunque no lo creas, la hemos construido nosotros mismos.

Se hizo un incomodo silencio. Hermione volvía a sentirse mal y temía que las repentinas náuseas la obligarán a expulsar la poca comida que había ingerido. Se seco unas gotas de sudor que caían por su frente y respiró profundo. Se dio cuenta que los dos presentes la miraba atentamente.

—Creo que deberías descansar. Ya te has bañado y has comido, ahora necesitas dormir un poco. No creo que hayas pasado una buena noche en ese granero— opinó el hombre de pronto.

La verdad era que se encontraba demasiado agotada como para querer tener una conversación. Notó como la mujer se ponía en pie y la invitaba a hacer lo mismo. Se excusó con el hombre y caminó de vuelta a la habitación de donde había salido.

—Tenemos tres habitaciones para huéspedes, algo que como ves, resulta innecesario, así que las manejamos como deposito, pero la que usaste ahora es perfecta para que puedas descansar Te traeré un par de sábanas limpias.

—Muchas gracias, señora— contestó. La mujer se dio la vuelta una vez que entraron de nuevo a la habitación.

—Por favor, llamame Maryam. No estoy a gusto con las formalidades.

—Entiendo, gracias… lo intentaré. Es solo que yo llevo más de tres años aprendiendo arduamente sobre eso. Me es muy difícil tutear a alguien— repuso mirando el resplandor que se colaba por la ventana de la habitación. Obviamente no quería explicarle a la mujer que en Azkaban se habían encargado violentamente de enseñarle respeto, obediencia y sumisión hacia otras personas de "mayor rango" que ella.

—De acuerdo, Hermione, no te preocupes; si te sientes mejor tratándome de usted, hazlo, pero quiero que sepas que no es necesario. Acuéstate, cerraré las cortinas.

La chica se metió en la cama y se sintió incomoda mientras veía a la mujer ocuparse de todo.

—Escucha, Hermione...— dijo repentinamente — Yo opino que deberías quedarte toda esta semana; al menos hasta que llegue el tren y puedas ir a donde sea que quieres ir.

La chica se sorprendió — Yo puedo arreglármelas, señora, de verdad que si.

—Mi marido no permitirá que vayas caminando hasta el pueblo. Es demasiado lejos y estás embarazada. Y por ahora no podemos llevarte.

—Señora... ustedes han sido muy amables conmigo, pero realmente no puedo quedarme.

—Hermione, voy a insistir. Espera una semana, nada más te pedimos eso. Te acompañaremos a la estación y tomarás el tren. Nos hará sentir mejor ya que estarás segura.

—¿Por qué se preocupan tanto por mi? No me conocen. —quiso saber ante el repentino ataque de angustia en la mujer.

—Porque... porque eres una niña todavía y ahora mismo no puedes cuidar de ti misma.

La bruja se le quedo viendo fijamente — ¿A que se refiere?

—¿ De quién estas escapando?

—De nadie.

La mujer soltó un suspiro— Ahmad y yo escapamos de Turquía cuando teníamos diecisiete años. Ha sido duro, muy duro. Y podemos reconocer cuando otra persona lo hace. Conocemos el miedo, la vergüenza, el dolor; sabemos lo difícil que puede llegar a ser. Yo también estaba embarazada, Hermione, y perdí a mi bebé debido a todo lo que tuvimos que pasar en el proceso. No queremos que te ocurra lo mismo.

La bruja se quedo estática. Tragó con dificultad y se levantó de la cama. Notaba los nervios a flor de piel y como una inquietante ansiedad le entumecía todo el cuerpo. Caminó nerviosa por la habitación mientras la mujer la observaba.

—Yo no estoy huyendo de nadie. Estoy bien.

—¿De la policía? ¿Has hecho algo incorrecto?

—No.

—¿Tu familia?

La bruja se giro hacia la mujer —No tengo familia.

—¿El padre del bebé?

—¡No! ¡No estoy huyendo de nadie!— exclamó mas alto de lo que pretendía — Lo siento… yo solo… no pasa nada, en serio.

La mujer asintió resignada después de unos instantes. Hermione se había girado hacia la ventana, abriendo la cortina y notaba como las lagrimas amenazaban con brotar de sus ya enrojecidos ojos, pero no iba a permitirlo. Estaba en una situación tan precaria que no podía darse el lujo de derrumbarse una vez más.

—De acuerdo. Te dejaré dormir. Lo que necesites puedes llamarme. Ahmad estará en el granero todo el día. Si quieres irte mañana no te lo impediremos, pero al menos piénsalo antes, por favor— repuso mientras caminaba hacia la puerta. Hermione apretó los puños.

—Ah, Hermione... una cosa más

La chica apenas si giró la cabeza cuando se percató que la mujer se le acercaba, colocándose justo a su lado. La oyó buscar algo dentro de sus ropas y como se lo mostraba, pero la bruja fingió no darse cuenta.

—Cuando lavé tu ropa encontré esto en el bolsillo de tu pantalón.

Esta vez Hermione si volteó. Sintió como su corazón golpeaba fuertemente contra su pecho mientras estiraba la mano y dejaba que la mujer posará la hermosa cajita en la palma de su mano.

Llevaba días tratando de evadirla, a pesar de que sentía constantemente como ocupaba espacio en su bolsillo y se apretaba contra su muslo. Podía haberla tirado pero ni siquiera tuvo la voluntad para eso. Escuchó vagamente como la mujer se despedía y salía de la habitación cerrando la puerta.

Abrió la caja y miró fijamente el anillo que reposaba adentro. Una extravagante y simbólica joya que le había prometido mil cosas imposibles. Un anillo que le recordaba todo el amor que había sentido hacia un hombre lleno de crueldad y obsesionado poder. Un hombre del cual ella nunca debió enamorarse.

Se permitió llorar una vez más. Si no lo hacia temía explotar de un momento a otro. Un resplandor traspasaba la ventana, reflejándose en el anillo y mostrándolo más hermoso si era posible. Se tocó el vientre con delicadeza y cerró la caja de golpe. No se desharía de el. Lo necesitaba. A pesar de todo lo que él le había hecho, quería recordarlo cada día, sentir ese miedo, esa tristeza, pero también la alegría y la emoción que solo un mago como él podía haberle hecho experimentar. Se metió en la cama y guardo la caja debajo de la almohada, sujetándola con fuerza y dejándose vencer por el sueño.

...

Se recogió el cabello ya bastante agitada. Le seguía los pasos a la señora Maryam mientras ésta le hablaba de cómo habían llegado a vivir en ese lugar tan remoto, pero Hermione parecía ausente, tan sólo caminaba esperando pronto llegar al pozo donde buscarían el agua para la comida. Finalmente llegaron y Hermione miró con atención como la mujer trabajaba.

—En un par de días llegará el tren — anunció con la intención de romper el silencio. La bruja asintió entregándole el siguiente recipiente y sujetando el ya lleno—. ¿Aún piensas irte?

—Sí, es lo mejor.

—¿Lo mejor? Deberías pensar en tu bebé; pronto comenzará el invierno y no puedes estar viajando de esa manera.

—Espero asentarme en un lugar ya a finales de mes.

— ¿Y si ese lugar fuera éste?

Era una pregunta que realmente no estaba esperando una respuesta. Maryam se incorporó y le sonrió radiante mientras retomaba el camino de regreso a la granja. Hermione le devolvió el gesto de manera cortés y la siguió en silencio. No podía ignorar lo generosos que habían sido con ella en los últimos tres días. Una increíble calma la atravesaba por momentos cuando se sentaba a ver el impresionante atardecer y como Ahmad salía a pasear con un imponente caballo negro que galopaba suavemente por la sosegada pradera. Pocas veces había experimentado tal grado de tranquilidad. No se escuchaba absolutamente nada durante todo el día y muchas veces tuvo la sensación de estar sola en la casa.

Miró el cielo estrellado y se meció suavemente en aquella cómoda butaca que colgaba sostenida por dos cuerdas sujetas al techo. Un frio viento la azotó en la cara y se recostó contra el mullido respaldo cerrando los ojos. Los brazos le dolían de haber trabajado en el granero, pero curiosamente dichas tareas la hacían sentirse muy bien.

—Te preparé un chocolate caliente. Hace demasiado frio para que estés aquí afuera.

La bruja se incorporó — Muchas gracias, señora.

La mujer sonrió y miro hacia el oscuro cielo. Hermione tomo un sorbo de la taza y la imitó.

—Es muy hermoso, ¿cierto?

La chica asintió — Pocas veces he estado en un lugar tan tranquilo como éste. Había un jardín, en la mansión donde yo vivía antes, que tenía una vista similar, pero no lograba este efecto tan pacífico.

—¿Vivías en una mansión? — preguntó con interés.

Hermione volvió a asentir — Solo vivía... no era mía... de hecho no me gustaba estar ahí. Era un lugar... horrible.

La mujer la observó con fijeza — ¿En serio? Pues si te fuiste de allí, te creo.

Un silencio verdaderamente tenso se apoderó del lugar. Hermione sabia que posiblemente la mujer estuviera deseosa de escuchar la historia que tenia que contar. Una explicación de porque una joven chica embarazada escapaba sin rumbo fijo, obsesionada con vivir en soledad. Pero para sorpresa de la bruja, la mujer no preguntó nada, en su lugar, se giró hacia ella y le sonrió con delicadeza.

—Mañana llega el tren. Estaremos partiendo a las tres de la tarde. Ahmad ira contigo hasta la estación y esperará hasta que subas en el. ¿Que llevas en tu bolso?

Hermione parpadeó al escuchar el tono falsamente despreocupado de la mujer. Sabía que tanto ella como su marido le habían lanzando numerosas indirectas para que desistiera de irse, pero prefirió ignorarlas todas.

—Tengo la comida que me dio, mi ropa y algunas botellas de agua.

—Bien. Entonces ven conmigo, hay algo que quiero regalarte.

Hermione se levantó al ver como la mujer entraba a la casa y la siguió rápidamente.

—No, por favor, ya han sido demasiado generosos conmigo, ya no puedo aceptar más cosas.

—No digas tonterías, Hermione — musitó mientras entraban a la habitación y le tendía una bolsa de tela. La abrió y se quedo viendo el interior notando como un nudo en la garganta se iba formando lentamente.

—Lo hice para ti. Claro no sabemos si sera niña o niño, y probablemente yo nunca lo sepa, pero usé los colores mas neutrales que tenía a la mano. Espero te gusten.

Hermione sacó las delicadas prendas del interior de la bolsa y las detalló. Eran muy diferentes a lo que ella había visto alguna vez. La confección y las telas eran sencillamente soberbias. Eran tan pequeñas que sonrió con ternura, pero su corazón volvía a alterarse notablemente. Muchas veces parecía olvidar que estaba esperando un bebé y cuando algo se lo recordaba sentía que caía en ataques de pánico. Unas lagrimas empezaron a formarse en sus ojos mientras bajaba la cabeza intentando que la mujer no la viera.

—Hermione… no llores, no es para tanto. Es solo una ropa para tu bebé— quiso animarla con una leve sonrisa, pero la chica sabía que esas palabras solo la derrumbarían mas — ¿Que te ocurre, mi niña?

—No es nada. Es solo que… pienso en el bebé. No creo estar lista para esto.

—¿Lista para que?— se sorprendió la mujer. Hermione ya había empezado a llorar con mas intensidad.

—No se que haré. No tengo una casa, no tengo familia… estoy sola. Nadie me dará trabajo, si fuera yo sola podría tener algo de control, me adaptaría a lo que sea, pero luego recuerdo que tendré a otra persona de la cual hacerme cargo… no puedo simplemente darme el lujo de hacer cosas imprudentes. Y no quiero que él…. No quiero que él me encuentre.

La mujer observaba a Hermione con los ojos muy abiertos. De hecho era la primera vez que la joven expresaba algo de lo que sentía; ellos no habían querido insistir más en el tema, pero tampoco eran idiotas, sabían que la chica escapaba de alguien y que su situación era extremamente precaria. Cerró la puerta de la habitación y llevó a Hermione hasta la cama, donde la hizo sentar justo a su lado.

—¿Quien no debe encontrarte, Hermione?— quiso saber. La chica había parado de llorar, pero en ningún momento había levantado la vista del suelo — ¿el papá del bebé?

Hermione asintió levemente — Un hombre como él… no debería ser padre. Es tan cruel…

—¿Te ha hecho daño?— preguntó con mucha precaución su interlocutora. Hermione la miró sombríamente.

—Él le hace daño a todo el mundo— musitó con tristeza. Maryam se agarró las manos, casi como si estuviera a punto de ponerse a rezar mientras no despegaba sus ojos de la joven.

—Entiendo. Es un tema delicado, mi niña. Entonces asumo que tu estas embarazada porque él… ¿abusó de ti?— cuestionó en voz baja. Hermione sonrió forzadamente y negó con la cabeza con pesadumbre.

—No, no lo hizo así. Fue algo peor… hizo que me enamorara de él, y después… después me destruyó de mil maneras… Yo, tuve que escapar, sino lo hacía… él…— Sentía de nuevo el pánico haciendo mella en su cuerpo.

—Cariño, tranquila, estas temblando— musitó despacio— Calma, te aseguro que aquí jamas te encontrará. ¿Por que no nos dijiste esto antes? Hermione, escucha, creo que tu idea de irte y vagar sola por alguna cuidad desconocida ya no está sobre la mesa, ¿cierto? Eso es una completa locura. Hay gente muy mala allá afuera, cariño, yo lo sé y tu también lo sabes.

—Sé que quieren que me quede, pero no puedo hacer eso. Soy una carga muy pesada, y tendré un bebé. Ustedes son… con todo respeto, muy mayores para soportar algo así. Creo que es mejor que esté sola. Yo veré… como arreglo mi situación.

—Si te ofrecimos quedarte aquí no fue por mera cortesía. Nos haría muy bien tu compañía, precisamente es Ahmad quien mas ha insistido. ¿Sabes? Nosotros no pudimos tener mas hijos. Siempre hemos estado solos y mas en los peores momentos, y no quiero eso para ti. Tienes esta casa, nos tienes a nosotros, no tendrías lujos como en esa mansión— Hermione sonrió ante la leve risa nerviosa de la mujer al decir eso — Pero estoy segura que es la tranquilidad que buscas. Tu misma lo dijiste, ¿cual es el problema entonces?

—Ustedes no me conocen.

La señora sonrió con ternura— Hoy te conozco un poco mas que ayer, ¿no crees? Ahmad no quiere que te vayas, y yo tampoco. Eres solo una niña. Es peligroso para ti. Además — añadió al ver que la chica tenia intenciones de soltar otra excusa— Nos has ayudado bastante estos días, para no haber estado antes en una granja lo haces todo muy bien, nuestros animales parecen adorarte ¿ Verdad?

Hermione sonrió genuinamente al escuchar eso. Maryam la tomo de la mano y le dio unos golpecitos en el dorso con mucha suavidad — Quedate, Hermione. De verdad es algo que nos encantaría… al menos hasta que el bebé nazca, si después te sientes preparada para irte, puedes hacerlo, y si quieres quedarte, también sería maravilloso.

La chica bajó la cabeza y vio las manos de la señora sujetar las suyas con tanta delicadeza. No sabía si el haber vivido tantos años bajo el yugo de lord Voldemort la había curtido de una manera tan profunda que le costaba entender como unas personas podían ser tan amables y desinteresadas. Esos pocos días que había pasado con ellos habían sido una experiencia extraordinaria. Verlos sentados en el salón hablando animadamente con ella, contándole sus historias tanto hilarantes como dramáticas. Trabajando con ellos en el establo, en el gallinero, y luego ir a pescar al río mas cercano habían causado en la joven bruja una sensación de paz indescriptible. Secretamente admitía que no deseaba irse de ese lugar, pero tenía tanto miedo de que Voldemort apareciera de la nada, furioso y lleno de esa aura de crueldad, e hiciera algo contra esa pareja de ancianos, y todo por su culpa. Solo para castigarla por haberse escapado.

Pero también tenia pánico de seguir huyendo. Ya casi no le quedaba dinero, sabía que nadie le daría trabajo y mucho menos tenía donde vivir. Y si en la ecuación entraba el bebé que dentro de algunos meses nacería, realmente no sabía como iba a resolver esa situación. Sabía que tenia la varita mágica, pero ya era un hecho que no pensaba usarla a menos que fuera estrictamente necesario. Realmente no tenía muchas opciones. La oferta de quedarse en la granja, donde estaba tan tranquila y era feliz poco a poco la fue tentando.

Un cielo tormentoso oscurecía el hermoso páramo. Reconocía el lugar, había ido con la pareja hacía unos días a recoger algunas flores para la casa. Estaba relativamente cerca de la granja, solo que el ambiente ya no se veía alegre y colorido como siempre. Ahora todo estaba opaco y sin vida, casi tétrico.

Un vestido blanco que reconoció de inmediato cubría su cuerpo. Era una de las ropas que solía usar en la mansión cuando estaba sola. No entendía que hacía con ese vestido puesto, pero la imagen la empezó a poner de los nervios. Parecía que estuviera a punto de llover, pero ninguna gota descendió de las negras nubes, solo un frió absorbente que le calaba hasta los huesos. Miró ansiosa a su alrededor, algo no parecía estar bien; no veía la casa, ni el establo ni el granero.

Caminó tan rápido como sus piernas lo permitían pero seguía sin ver nada mas que el desolado páramo. Se le erizó la piel cuando vio una sombra pasar por su lado y posarse tras su espalda. Por un momento se quedo petrificada antes de finalmente girarse. No supo mas nada, solo que unos fuertes brazos la rodearon por la cintura y la atrajeron con delicadeza hacia un cuerpo. Respiró profundamente y notó como su corazón palpitaba con una desorbitante velocidad. Ese olor… ese olor a perfume que conocía tan bien… se sentía totalmente embriagada.

Mi pequeña muñeca se ha escapado de las manos de su señor.

Hermione empezó a temblar explícitamente. Esa voz… esa voz tan fría y dominante, siseando cada palabra, como si alargara las eses a cada pronunciación. Tenía apoyada la cara contra el pecho de ese hombre y podía notar la suavidad de sus negras ropas contra su mejilla. Quería levantar la mirada pero le era imposible, un miedo atroz empezaba a atacarla sin piedad.

Era él.

¿Por que? ¿Que hacía allí? ¿Como había podido encontrarla?

Amo…. Amo… Yo… Yo no...— balbuceó incoherentemente mientras los brazos la aprisionaban mas contra su pecho. Pudo notar una suave y cruel risa saliendo de sus labios. Las lágrimas comenzaron a brotar sin control.

¿Que piensas decirme, Granger? Sabes que yo no perdono la desobediencia, y tu, pequeña sangre sucia, me has desobedecido. Incluso podríamos decir que has cometido traición contra mi.

Levantó la cabeza por fin y pudo verlo. Su corazón estaba tan acelerado que le dolía el tórax. Su atractivo semblante sonreía con tanta malicia que lograba que sus ojos brillaran en la oscuridad. Tenía miedo de él, pero había algo más… sentía tanta emoción de tenerlo de frente. Se separó un poco del cuerpo del mago oscuro y lo detalló ensimismada. Levantó una de sus manos y le tocó el pecho con una muy leve caricia.

Si yo no escapaba… usted… usted iba a matarme...— susurró con lágrimas en los ojos. Bajó la mirada al suelo. No quería verlo mas, le dolía hasta el alma… quería llorar. Odiaba sentirse así, odiaba amar a un hombre tan despiadado como él. Voldemort la tomó por el mentón y la forzó a mirarlo nuevamente. Volvía a sonreír de manera cruel.

Todo aquel que me traicione le espera la muerte, Granger, pensé que ya lo sabías. ¿O te sentías especial, acaso? No hay excepciones en esa regla. Mataré hasta al mas débil de mis mortifagos de la misma manera que mataré a mi esposa si es necesario.

¿Por eso ha venido aquí? ¿A matarme?— preguntó en un susurro apenas audible. Voldemort volvió a reír.

Vine a verte, Granger. A ti, y al bastardo hijo que tendrás con Snape— respondió con un tono que parecía estar inundado de furia.

¡No es de Snape! Amo… es suyo, se lo juro...— sollozó al verlo con esa sardónica sonrisa — ¿Por que no me quiere creer?

Los magos como yo, sangre sucia, no podemos tener descendencia — le respondió fríamente mientras la separaba de su cuerpo. Hermione negó con la cabeza de forma desesperada.

¡Eso no es cierto, amo! Este hijo es suyo…

Ya callate, Granger— espetó sujetándola por los brazos. Hermione se removió nerviosa. — Ya te lo dije,nos desharemos de ese bastardo una vez que haya nacido. Podremos enviarle su cadáver a Snape, ¿que te parece la idea? Luego tu y yo nos iremos lejos, muy lejos.

¡No!… no… suélteme… no quiero ¡Me hace daño!— quiso liberarse pero el mago oscuro rápidamente la apresó de nuevo entre sus brazos — Déjeme, por favor… se lo suplico, déjeme.

¿No profesabas amarme, Granger? Si eso es cierto, te irás conmigo de buena gana. A menos…— entrecerró sus peligrosos ojos, los cuales parecían refulgir en la oscuridad— A menos que me hayas mentido de nuevo.

Lo… lo amaba, mi señor, era verdad, siempre ha sido verdad, pero… pero no puedo seguir haciéndolo, quiso matar a su hijo…. Y a mi también— contestó tratando de liberarse de su agarre.

Voldemort rió — No digas tonterías, Granger, tu sabes que yo jamas podría matarte — Hizo una mueca con sus labios ante la mirada de la chica — ¿como podría hacerlo? Tu tienes que estar a mi lado, reinar el mundo mágico conmigo, ¿No te gustaría eso? Yo se que si. Lo anhelas tanto como yo. Pude verlo ¿sabes? Dentro de tu mente mientras dormías, vi tus recuerdos, tus sentimientos, tu amor hacia mi. Un digno espectáculo, motivador y muy… excitante.

Hermione ni parpadeaba. Ya no podía llorar. Por alguna razón Voldemort se le hacía más cruel que antes mientras pronunciaba cada palabra. Sintió sus fríos dedos acariciar su mejilla con mucha delicadeza mientras notaba sus intenciones de querer besarla. Y la realidad era que ella se moría porque él lo hiciera, pero sentía miedo; sentía mucho miedo de él y el tono sedoso que estaba empleando al hablar.

Si usted… podía entrar en mi mente, ¿por que dudó de mi? ¿por que me hizo tanto daño?— preguntó en voz muy baja. Voldemort dejó de sonreír en el acto y la miró de forma despectiva. — Y lo sigue haciendo… sigue creyendo cosas que no pasaron, sigue creyendo que yo lo traicioné, sigue creyendo que este bebé no es suyo… puede entrar en mi mente una vez más, amo. Jamas he hecho algo para impedírselo, usted lo sabe. Hágalo ahora, de nuevo, se lo pido, por favor, compruebe que yo siempre…. Yo siempre lo he amado, por favor— su voz se quebró en el acto. Voldemort solo la miraba con cierto desprecio.

No es necesario, Granger, mi decisión ya esta tomada.

..

Abrió los ojos rápidamente y se incorporó en la cama. Su corazón estaba tan acelerado que el pecho le dolía y sentía como unas gotas de sudor caían por sus sienes hasta perderse en su desordenada cabellera. Miró hacia ambos lados en la oscuridad y fue tranquilizandose al darse cuenta que solo había sido un sueño. Se sujetó la cara con ambas manos y se secó unas rebeldes lagrimas que habían salido de sus ojos. Quería llorar libremente, pero no lo haría por un simple sueño, ya estaba cansada de soñar con él, pero nunca había sido tan vivido e intenso.

Se levantó de la cama y salió de la habitación. Mientras caminaba por la oscura casa notaba como su bebé se movía. Ya habían pasado un poco mas de cincos meses y la incomodidad cada vez era mayor. Se toco ausentemente con la yema de los dedos y dejo caer la mano con pesadez. Faltaba poco para que naciera y la idea la ponía terriblemente nerviosa. Sentía nauseas todo el tiempo y ya no estaba segura que fueran por el embarazo. No se reprendía, no le daba vergüenza, no estaba mal por sentirse miserable y deprimida todo el tiempo, siempre lo había admitido dentro de su corazón; ella no quería a ese bebé. Nunca lo deseó.

Quizás la pareja de ancianos podían pensar que era solo porque le recordaba a su padre, pero no era así; no tenía nada que ver con Voldemort o la manera en que él se hubiese comportado. El mago oscuro no pintaba nada en ese sentimiento especifico que la joven bruja sentía respecto a su bebé. Era sencillamente algo que no podía controlar, algo mas allá de su propio entendimiento. No se sentía preparada, no deseaba que un niño naciera en ese mundo, aun cuando lo criara junto a muggles. Sabía que ese pequeño sería un mago, la sangre mágica de Voldemort seguro correría sus venas, y con ella su noble herencia Slytherin; y quien sabe que otras cosas mas; quizás hasta… oscuras.

Iba bajando las escaleras con pesadumbre hasta llegar a la cocina. Se sentía tan sofocada. Odiaba soñar con él, siempre la descolocaba, y era asfixiante saber que, muy dentro de ella, moría porque todo fuera real, deseaba tanto tenerlo de frente, estar entre sus brazos como tantas veces, tocar su escasa barba, su impecable traje y quedar embriagada con su olor tan intoxicante. Claro que lo extrañaba, quería verlo, quería escuchar su particular tono de voz, sus pequeños detalles y sus curiosas sonrisas cuando ella lo tomaba de la mano. Pero nada, no había nada. Todas esas imágenes desaparecían cuando recordaba lo que él le había hecho, sus ojos enrojecidos de furia, su varita apuntándola sin piedad; eso era él, un hombre cruel y sin misericordia. Y ella sabía, muy a su pesar, que no volvería a verlo nunca más; ella misma se encargaría de que así fuera, aunque eso le terminara de destrozar su ya dañado corazón.

— Buenos días; Hermione, ¿que haces despierta a esta hora? Son las cuatro de la mañana.

La chica sonrió — Buenos días, señora. Si, lo se… es que no me sentía bien. Tuve una pesadilla y ya no tengo sueño. Además, se mueve demasiado — contestó tocando su vientre ausentemente. La mujer asintió.

— Es normal. Ya falta muy poco. Ahmad ya tiene casi lista la habitación para el bebé. Creo que ya no falta más nada, ¿cierto? Hoy irá al pueblo, ¿te dije? Hay que comprar insumos, ¿Vas a ir con él?

La chica negó con la cabeza No estoy en condiciones, lo siento. En serio, quiero que nazca ya— gimió con fastidio — Esto es demasiado incómodo.

La mujer rió con ternura — No sabemos realmente cuando darás a luz, pero yo creo que será esta misma semana, Hermione. Ya sé que no estás emocionada ni feliz con tu bebé, pero será muy querido aquí y ya veras que en cuanto nazca vas a amarlo muchísimo. Crecerá mas rápido de lo que imaginas.

La chica sonrió con tristeza — ¿Usted lo cree? Yo pienso que podría ser una pésima madre.

La mujer se le acercó y la abrazó con delicadeza — No digas eso, cariño. Bueno, es normal que pienses esas cosas negativas, pero todo saldrá bien, además estaremos nosotros para ti en todo momento. Quedate tranquila ¿de acuerdo?

La bruja asintió quedamente. Vio como la mujer seguía preparando las cosas para el viaje de su esposo y salió de la cocina. Todavía estaba oscuro y un viento helado movió su cabello. Sabía que a la pareja no le gustaba que ella saliera así, sin todavía salir el sol, dado que era común ver lobos correr cerca de la casa buscando comida. Nunca hacían desastres, pero consideraba que podía ser peligroso si alguno se antojaba de atacar.

Había pasado los últimos meses viviendo con la pareja de ancianos y en su estadía había aprendido muchísimas cosas. Ya buscaba su propia agua, ordeñaba las dos vacas que había y sacaba a pasear a los caballos. Era un ambiente extraordinariamente tranquilo para la joven bruja, que se sentía en el cielo cada vez que se acostaba en la hierba con alguno de los animales. Quitando las horribles pesadillas sobre Azkaban que todavía permanecían dentro de algún rincón de su mente, se sentía mas relajada que alguna otra vez en su vida.

Pero ahora… ahora todo volvía y no entendía porqué. Escuchó como la llamaban y se giró. Ahmad se despedía de ella con la mano antes de montarse en un pequeño carruaje y partir rápidamente hacia el pueblo.

!Hermione! !Hace frío! !Cúbrete!— Oye como la mujer le gritaba mientras entraba a la casa de nuevo, seguro a preparar el desayuno. Hermione sonrió vagamente antes volver a centrar su atención el amanecer que ya se aproximaba.

Se tocó el vientre y sintió al bebé moverse muy inquieto. No sabía si era debido a que pronto daría a luz, pero hacía una semana que todo le daba vueltas, todos sus recuerdos emergían como la lava hirviendo de un volcán. A su cabeza venían imágenes de la prisión; los gritos, los lamentos, las victimas de los mortifagos; se volvían tan recurrentes que hasta llegó a pensar que había dementores cerca de la casa, pero nunca vio alguno. Los sueños con el Señor Oscuro cada vez eran mas frecuentes y vividos. Se preguntaba constantemente si la cercanía del nacimiento de su hijo sería la causa.

Se llevó una mano al rostro y soltó un suspiro, había vuelto a pensar en alguien más, alguien que realmente nunca pudo olvidar. Si había algo que le provocaba ansiedad era el paradero de su ex profesor. Era al único que realmente hubiese gustado visitar, pero sabía que aunque pudiera, no sería prudente. Rezaba a todos los dioses que Snape estuviera bien, que siguiera en su puesto y rango, y que Voldemort hubiese decidido indultarlo de todo.

Realmente nunca entendió porque Voldemort creyó que ella se había embarazado de Snape. Era algo ilógico y sin sentido, ¿y como había sabido el mago oscuro que ella había ido a visitar al pocionista aquella única vez? ¿Había sido Caroline? Pero eso no podía ser, había sido esa bruja quien había planificado todo, ¿O había sido una trampa? No, no podía ser.

Pocas veces se ponía a meditar todo lo que Voldemort le había dicho antes de ella escapar. De hecho su mente había estado con tal presión y pánico que no recordaba muchas cosas, solo podía ver sus ojos llenos de odio y furia, llamándola traidora y los castigos que pensaba infligirle por esto. Quizás por eso lo soñaba tanto, no había podido superarlo todavía.

Soltó un gemido de dolor al sentir un horrible pinchazo en su vientre — !Ya basta! — gruñó para si. Se irguió completamente y regresó a la casa, pero no hubo dado tres paso cuando una nueva molestia se hizo presente. Quería ignorarlo por lo que siguió caminando, pero el dolor iba en aumento por lo que prácticamente corrió y entró al lobby. Empezaba a sudar frío de los nervios y notó vagamente como un liquido caliente iba cayendo por sus piernas. Gritó asustada llamando a la mujer, la cual se acercaba a ella a toda velocidad con los ojos llenos de emoción, la vio juntar las manos sobre su pecho entrecruzando los dedos, sonreía... Sabía lo que venía.

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Quizás no es capitulo tan emocionante como muchos esperaban, o que valiera los años de ausencia, pero es muy necesario. Creo que el 31 será el ultimo y la finalización del Fic. De nuevo lamento tal retraso, pero era una fuerza mayor. Espero lo hayan disfrutado y nos vemos para el proximo.