La noche transcurrió entre pizzas precocinadas, latas de refresco, aperitivos poco sanos y videojuegos. Sin la supervisión de sus padres, los hermanos Neikus podían hacer todo lo que su madre juzgaba que no era sano para ellos.

— ¡Eh, no vale, me estás pisando!—se quedó Toris mientras su cuerpo se inclinaba hacia un lado, como si con eso fuera a ayudar a su avatar a moverse mejor.

— Qué dices, eres tú el tramposo...—murmuró Eduard sin apartar los ojos de la pantalla.

Raivis estaba demasiado distraído rumiando aquella cuestión que llevaba tiempo rondando su cabeza, así que no era de extrañar que pronto quedara eliminado. Con un suspiro frustrado, se echó hacia atrás hasta que su espalda golpeó el respaldo del sofá y se quedó ahí quieto, pensando, nada más que pensando...

— Tíos...—dijo, un tanto tímidamente—. Vosotros...¿estáis seguros de que somos de esta familia?

— Anda que el otro, con esas preguntitas...—farfulló Toris entre dientes. Ahora estaba solo contra Eduard y el muy maldito era un rival serio.

— ¿Lo dices en serio?—rió Eduard con una sonrisita ladeada.

— Bueno...—prosiguió Raivis—. Vosotros decís que sois mis hermanos porque os lo han dicho, pero no me visteis cuando nací y todo eso, hasta que no os llevaron al hospital no...Y...Y, no sé...¿Cómo podéis saber que nuestros padres son de verdad nuestros padres? Los certificados se pueden falsificar y puede que a ellos también los mintieran...

— Si intentas distraernos para que perdamos, que sepas que no está funcionando—dijo Toris, sin apartar la vista de la pantalla, mordiéndose el labio inferior—. ¡Jo, Ed, eres un cochino tramposo!

— ¡Lo que pasa es que eres manco!—replicó Eduard—. Raivis, no sé si has estado viendo muchas películas, o si eso de las naciones te ha sorbido el seso, pero...

— Es que nos parecemos tanto que por fuerza tiene que haber algo detrás...¿A vosotros no os lo parece?—dijo él.

— Eh, el otro día vi en Internet un retrato en un museo que era clavado a Kenau Reeves. Y una fotografía del siglo XIX en la que salía una chica igual que Greta Thunberg. ¿Significa eso algo? No. Es simplemente azar. Cosas de la genética. Las caras se repiten. En el mundo hay gente que tiene tu misma cara y no es nada paranormal.

— El niño del otro día simplemente estaba mal de la cabeza, y ya está, no pienses más en ello—le dijo Toris—. ¡Ed, en serio!

— ¡No pienso perder contra ti!

Raivis agitó su bebida y comprobó que estaba vacía. Se levantó del sofá, dejando a sus hermanos peleando por ganar la partida, y se dirigió a la cocina a por otra lata. Al mirar por la ventana vio a su vecino, el señor Braginsky, cocinando con los ojos cerrados, siguiendo con la cabeza un ritmo en su cabeza.

El señor Braginsky abrió los ojos, volvió la cabeza hacia la ventana y al ver a su vecino mirándolo como embelesado sonrió y se acercó para abrir la ventana y asomarse.

— Buenas noches, Raivis—dijo—. ¿Pensando?

— Sí, me he...quedado en Babia...—admitió él.

— Vuestros padres me pidieron que os echara un ojo. No quiero tener que hacer de señor cascarrabias, así que espero que tú y tus hermanos os estéis portando bien. No querría tener que ir para allá y estropearos la diversión.

— Estamos siendo buenos chicos—sonrió Raivis—. Si quieres entrar a por una pizza y refresco.

— No, muchas gracias. Ya me estoy haciendo borsh.

— ¿Qué es eso? ¿Algo de tu tierra?

— Sí, es una sopa de verduras.

— El olorcillo empieza a llegar hasta aquí. Huele bien.

— Os puedo hacer un poco, si queréis.

— Gracias.

Raivis desvió la mirada un momento. Toris y Eduard tenían razón, haría bien en olvidarse de todo el asunto, era una locura y una pérdida de tiempo, pero...

— Oye, Ivan...

— ¿Hm?

— Tú tienes...cuarenta y pico, ¿no?

— Voy camino de los cincuenta, gracias por recordármelo.

— No, es porque...entonces, tú has vivido todo eso de las naciones, ¿no?

La sonrisa del vecino se desvaneció un poco.

— Cuando tú eras joven las naciones aún existían, ¿no?—continuó Raivis—. ¿Cómo...Cómo eran? Pongamos...Rusia. Tú vienes de Rusia. Dime, ¿cómo era Rusia?

El señor Braginsky no respondió de inmediato, antes juntó las puntas de los dedos con gesto meditativo.

— Pues...Era...Era un completo imbécil. Esa es la verdad. Un canalla del peor calibre.

— Oh...Entonces debes de estar contento de que se lo cargaran...

— ...Pero no todas las naciones eran malas. Aquí teníais a Lituania, que era un tipo trabajador y muy amable. Ucrania tenía un corazón que no le cabía en el pecho, Bielorrusia era tan firme como bella. Estaban también Estonia, muy inteligente; Letonia, tan inocente y bueno...

— ...Y...oye, ¿tú crees que mis hermanos y yo nos parecemos a ellos?

— Ahora que lo dices, os dais un aire.

— Sí, ¿verdad? ...Oye, Ivan, hemos oído que a las naciones las mataron, pero...¿y si no hubieran muerto de verdad?

— ¿Por qué dices eso?

— ...No, por nada...Pero...si ahora esos tipos volvieran...¿Tú estarías contento? ¿Crees que la gente en general se alegraría de volver a verlos?

— ...Yo creo que Rusia hizo un favor a todo el mundo desapareciendo. En cuanto a los demás...No. Si ellos volvieran, estoy seguro de que todo iría mejor. La gente...se olvidó de todo lo bueno que hacían, pero quizás lo recordaran...Si volvieran...Oh, pero Raivis, ¿cómo es que me vienes con ésas? Yo creía que a los jóvenes como tú no os interesaba en lo más mínimo la geopolítica.

— No, es solo...Curiosidad. Naciones de carne y hueso...¡Es una locura!—rió Raivis, apoyándose en la ventana.

El señor Braginsky rió también.

— Sí, la verdad es que nunca antes me había cuestionado lo loco que era todo eso...

— ¡Eh, Raivis, ¿te apuntas a otra?!—lo llamó Toris desde el salón.

— ¡Ya voy!—Raivis se volvió hacia el vecino—. Gracias. Hasta luego—dijo antes de cerrar la ventana y volver al salón de estar con la lata de refresco en la mano.

— Hasta pronto...—murmuró el señor Braginsky, viéndolo desaparecer.

Volvió a concentrar su atención en el borsh, añadiéndole un suspiro a la mezcla humeante.


Sealand había recorrido todas las librerías de la ciudad y había sacado en préstamo de las bibliotecas todos los libros sobre lo más oculto de la mente y los recuerdos. Tendido sobre la cama, se dedicó a tomar notas mientras Ladonia veía la televisión, ignorando la idiotez que su hermano postizo pretendía llevar a cabo. Desde la terraza, Finlandia se lo quedó observando y luego apoyó la cabeza en su puño.

— No sé...Quizás no debí haberle dejado meterse en esto...La verdad es, Su...Que no sé qué pensar de todo esto...

Suecia estaba pegado a él, demasiado pegado. Estaban a la vista de todo el mundo, y tenían que comportarse como un verdadero matrimonio, decía. Finlandia habría preferido que actuaran como un matrimonio corriente, de esos que después de los niños apenas se tocaban y actuaban más como compañeros de casa que como amantes, es más, de no haber sido por su insistencia y la de Sealand, no habría asumido el rol de la esposa...En fin, de eso podrían hablar en otro momento.

— Estonia, los chicos...Están muertos. No hay duda sobre ello, sí...Aunque...No sé...La esperanza es lo último que se pierde...Quizás...Quizás pasara algo esa noche que nosotros no sepamos...No sé...Quizás no murieron y en cambio tuvieron que fingirlo o...o...o es verdad que han perdido la memoria de alguna forma...Llegamos tarde, no lo vimos todo...

Volvió los ojos hacia Suecia y le entró un escalofrío al ver la forma en que lo miraba. Sabía que no lo estaba juzgando, pero...¡caray! Hizo que se callara al instante.

— ¿Y qué cambiaría?—habló él, después de un largo silencio.

— ¿Que qué cambiaría? ¿En serio?—dijo Finlandia, volviéndose hacia él—. ¡Pues todo! Quiero decir...Si...Si volvieran...y todo se aclarara...Ya no habría razón para temer...Ya no estaríamos tristes, ya no nos daría miedo mostrarnos al público...Echo de menos ser yo mismo, Su...No sabes cuánto...Echo de menos mi casa, mi vida...No me quejo de lo que tenemos, pero es un fastidio tener que mudarnos cada cierto tiempo, porque los niños no crecen...No poder echar raíces, no poder tener amigos, no poder tener siquiera una vida normal...No es que todo se solucionara mágicamente, pero...Bueno...Si los bálticos volvieran...Si resultara que lo que pasó esa noche no fue más que un mal sueño...Podríamos intentar...calmar a todos aquellos que dicen que somos un estorbo...¿no querrías intentarlo? ¿Volver a conectar con tu gente? ¿Volver a casa? Si los bálticos volvieran...quizás esté hablando por mí, pero si fuera verdad que ellos no pueden matarnos después de todo, que el movimiento no tiene tanto poder como creíamos...Yo querría intentarlo...

Desvió la mirada hacia la calle, repleta de luces de colores.

— Porque si seguimos así...Si la gente se olvida de nosotros y nos repudia...¿qué será de nosotros?

Suecia siguió sin responder, aunque en su cabeza apareció la respuesta: lo que les ocurrió a los bálticos. No tan dramático, no tan doloroso, pero lo mismo, al fin y al cabo. Hacía tiempo que lo tenía asumido. Por lo que veía, Finlandia no. Pobrecillo.


Aquella mañana Polonia volvió al café donde vio a aquel muchacho por primera vez, esperando encontrarse con él. No tenía muchas esperanzas de hacerlo y, en efecto, no lo encontró. Recurrió a preguntar a los empleados por Lituania, mostrándoles una vieja foto que tenía de él.

— Ni idea, lo siento—le dijo un chico negro con gafas.

— Ah, yo sí que lo he visto en alguna ocasión—intervino una chica de abundante pelo naranja y rizado—. Viene con la novia.

Como era lo único que tenía, Polonia se quedó por ahí durante todo el día, esperando a que volviera. Total, tampoco es que tuviera nada mejor que hacer. Antes tenía una labor, una misión, y se lo arrebataron. Igual que le arrebataron a Liet.

Tomándose su cuarto café en la terraza, fumando un cigarrillo, se quedó mirando aquella foto que se hicieron la Navidad del 98 en Varsovia. Hacía años que había agotado su reserva de lágrimas y ahora miraba las fotografías con calma, como un recordatorio de que aunque ya no podía hacer de diplomático tenía una nueva misión: encontrar al responsable de la muerte de su amigo y matarlo. Había algo de ternura en medio de las ansias de venganza. Mirar las fotografías le recordaba a los buenos tiempos. El bueno de Liet...Qué puta era la vida. La ternura a menudo le devolvía al rencor. ¿Por qué Liet? ¿Por qué Estonia y Letonia? No le habían hecho daño a nadie, no eran nadie, la mayoría de las veces la gente no se acordaba de que existían siquiera...¿Por qué ellos?

En esos momentos se imaginaba a Liet con una chica y sonreía. ¡Liet con novia! ¡Ja! Él no había sido capaz de pedir salir a Bielorrusia. Bueno, en realidad creía recordar que sí consiguió una cita, y acabó con los dedos de una mano hechos polvo. ¿Y ahora tenía pareja? ¿Con una humana? Bueno, no era tan extraño. Si, por lo que Inglaterra le había revelado, ahora él también era un ser humano...

...Por el momento...

Sus ojos se desviaron de la fotografía para mirar a una chica que se había sentado cerca de él. Era imposible no fijarse en ella, porque hablaba en un volumen poco discreto por el móvil.

— Sí, y encima se creerá la reina de Saba...

Era una de las chicas que había visto junto a Liet el otro día. Polonia se levantó de su asiento y se acercó a ella.

— ...¿y qué más? ¿La abanico con una hoja de plátano o algo?—Ina envió la nota de audio y puso sus dedos a trabajar en un nuevo mensaje. Fue entonces cuando Polonia se acercó, y ella desvió la mirada del aparato.

— Hola—la saludó Polonia—. Una preguntita, si no te importa...

Ah, el travesti. Ina se quitó las gafas de sol con una sonrisita en la cara que resultaba ofensiva.

— ¿Síííí?

Polonia le mostró la fotografía.

— El otro día te vi con este chico...

— Ah, sí, Toris.

— ¿Es tu novio o algo así?

— ¿Mi novio? Qué va. Es el novio de mi amiga—Ina alzó una ceja—. ¿Por qué?

— Lo estaba buscando, era para saber si, por favor, me podrías dar su número de teléfono o decirme dónde vive.

— ¿Para qué?

— Un asunto privado.

Se quedaron mirando el uno al otro como en un duelo del Oeste.

— ...¿Y cuál es ese asunto privado?

— Si te lo dijera, ya no sería privado—sonrió Polonia, y a Ina no le gustó nada esa sonrisita maliciosa.

— Ya...Pues lo siento, pero no tengo ni su móvil ni su dirección. Es solo el novio de mi amiga. No nos llevamos tan bien.

— ¿Y de alguien que sepa dónde encontrarlo?

— Comprenderás que no le dé el teléfono de mis amigos a un desconocido. Oh. Perdón. Una desconocida...

Fue el turno de Ina de sonreír, y Polonia se obligó a mantener la sonrisa.

— Claro...

— Pero sí te puedo decir que estudia Magisterio en la universidad. Si estás desesperado, desesperada a por encontrarlo, lo verás por allí.

— Muy bien. De todas formas, si lo ves, ¿te importaría dejarle estas señas?—Polonia le tendió un papel—. Dile que es urgente.

— ¿De parte de quién?

— De parte de una vieja amistad...de las que no se olvidan nunca...

Ina se lo quedó mirando con gran interés mientras Polonia se alejaba. Cuando se perdió de vista, volvió los ojos hacia el papel.

«Motel Las Colinas, habitación 30. Felicja Łukasiewicz»

¿Qué tenía Toris que ver con aquel travesti? No le gustaba nada...ni ese tío (porque era un tío vestido de chica, las cosas como eran) tan rarito ni todo aquel asunto.

— Así te atragantes con el cappucchino, perra...—murmuró Polonia en cuanto recogió sus cosas para marcharse del lugar. A él tampoco le había gustado nada ella.