¡Holi!

¿Qué tal estáis? Día uno de cuarentena para la gente de España. ¿No es surrealista? Me llegan a decir esto hace una semana y, honestamente, no me lo creo. No voy a negar que estoy nerviosa, no por el coronavirus —que también—, sino por las consecuencias que nos traerán esto después. Aún así, pasaremos esto y contaremos esta historia a los próximas generaciones como que fuimos aquellos que vivimos "La Cuarentena del 20". Solo pediros que, por favor, no salgáis de casa. Sed responsables. Que si queréis entreteneros me escribís y yo os digo cosas para ver, leer o incluso sobre lo que escribir, pero no salgáis. Esto, por supuesto, se aplica a todxs lxs que me leéis, incluídxs lxs que sois de Latinoamérica.

Este capítulo no es super largo, pero tiene su contenido. Y sí, Hipo y Astrid están por fin de vuelta. Lamento mucho la tardanza con las actualizaciones, no está siendo fácil lo de sacar el tiempo para escribir y a veces me falta la motivación por simple cansancio, espero de corazón que eso no se note en la calidad literaria. Una vez más os recuerdo que vuestras reviews son el salario que recibo de vosotrxs por escribir este fic y, ahora que estamos en plena cuarentena y vivo sola, los voy agradecer más que nunca. Me interesa mucho conocer vuestra opinión, si notáis que esto va bien, que flojea… Vuestras reviews me ayudan a crecer, no lo olvidéis.

No olvidéis que Poppy tiene publicado un fanfic maravilloso y precioso en inglés y francés que se llama "I heard you in the wind". Os lo comento porque ahora que estamos en cuarentena pues ya no tenéis excusa para no leerlo por falta de tiempo. Y porque la mujer se merece mucho amor porque también tiene sus cosas y estamos muy tristes porque íbamos a vernos en abril en París y al final no va a ser posible. Así que animarla un poquito.

Sin enrollarme mucho más, os dejo con el capítulo.

Feliz cuarentena.

Y quedaos en casa, leñe.


Astrid ya había escuchado esa canción antes, pero no la había recordado hasta ahora.

¿Cómo hacerlo? Seguramente nadie se la había cantado desde antes de poder retener recuerdos en su memoria.

Estaba teniendo otro sueño, de eso también estaba segura. Se encontraba en los cálidos brazos de alguien, probablemente en los de una mujer, que la mecía con una ternura que Astrid no había conocido nunca. La voz de la mujer era suave y aterciopelada, y entonaba la canción de tal manera que la hacía sentirse más segura y adormilada que nunca. ¿Qué sentido había de ponerse en guardia cuando estaba a salvo entre los brazos de aquella mujer? Parecía que estando con ella nada malo podía suceder.

La bruja estaba tan a gustito que ni siquiera se percató de que la mujer había dejado de repente de cantar. Escuchó unos pasos prudentes antes de sentir cómo una mano casi tan grande como su cabeza acariciaba su pelo con mucho cuidado. Le pareció oír unos labios rozar una mejilla, pero Astrid le pesaban tanto los ojos que ni se molestó en abrirlos para descubrir quién besaba a quién.

La mujer rió y susurró algo que no entendió antes de retomar su canto. Astrid sintió que el sueño se apoderaba más y más de ella, hasta tal punto que ni siquiera escuchó sus últimas palabras antes de quedarse profundamente dormida.

Astrid se despertó con aquella canción en la cabeza.

Abrió los ojos desorientada, con un punzante dolor de cabeza que le taladraba desde detrás de su ojo y tenía todo el cuerpo entumecido y tenso. De repente, una mano que posó sobre su cabeza hizo que casi, solo casi, reaccionara dando un salto, pero enseguida sintió el cosquilleo del vínculo aplacando suavemente la molestia que nublaba sus ojos.

—¿Estás bien? —preguntó Hipo en voz baja para no despertar a los dragones que aún dormían a su lado.

Astrid se giró hacia él y vio que estaba sentado contra la pared de piedra, con el cuaderno que ella le había regalado por Snoggletog apoyado en su pierna sana. Una pequeña llama flotaba cerca de él para darle luz, pues a pesar de que las luces del atardecer todavía entraban por la entrada de la cueva, estaba demasiado oscuro como para ponerse a leer y a dibujar así sin más. Hipo la observaba preocupado y con un gesto cansado que matizaba sus marcadas ojeras, signo de que o bien había sufrido pesadillas o que directamente no había conseguido conciliar el sueño. Astrid se estiró, aún con el molesto dolor punzante en su cabeza y se incorporó para apoyar la cabeza contra su hombro y observar su dibujo. La bruja frunció el ceño. Hipo siempre había sido un artista nato, capaz de capturar una imagen real solo con carboncillo y papel. Sin embargo, aquella imagen que estaba pintando era más bien abstracta, como si estuviera borrosa, y parecía que estuviera dibujando varias cosas superpuestas entre sí.

—¿Qué es esto? —preguntó extrañada.

—He tenido un sueño bastante raro y he pensado, que a la vista de que se me olvidan muy rápido, quizás dibujarlos tan pronto me despierto me ayuden a tenerlos en mente y verlos más en claro.

—Pues con lo buen dibujante que eres me extraña que sea… esto lo que captes —comentó Astrid estudiando el dibujo.

—Ya, bueno, lo he hecho muy rápido porque tenía demasiadas cosas en la cabeza y me daba mucho miedo a no poder dibujarlo todo —explicó algo azorado.

Astrid cogió el cuaderno y lo acercó a la luz de la llama flotante para estudiarlo con mayor detalle. No tardó en definir la estructura de lo que parecía ser una mujer alta y delgada sin rostro, mezclado con la imagen de lo que parecía ser una especie de dragón que no supo reconocer. Hipo rodeó su cintura y la acercó contra su cuerpo mientras Astrid pasaba las hojas del cuaderno para observar otro par de dibujos que ya había hecho.

—¿Esta soy yo? —preguntó Astrid curiosa señalando uno de los bocetos—. ¿Qué llevo puesto?

—Parece una… ¿armadura? —intentó suponer él—. No estoy muy seguro, la verdad.

Astrid siguió pasando las páginas del cuaderno hasta que se encontró con unos retratos más detallados de ella que la hicieron ruborizarse, pero no podía negar que le gustaba verse a sí misma retratada de la mano de Hipo. La captaba de una forma que solo él parecía verla y resultaba extraño que alguien pudiera observarla con tanto amor y devoción.

—¿Qué estabas soñando tú? —preguntó Hipo acariciando su vientre con suavidad—. Hablabas en sueños.

Astrid no supo qué responder. A diferencia de Hipo, ella cada vez iba recordando más y más sus sueños, aunque todos se veían confusos y extraños, como si los estuviera viendo desde los ojos de alguien que no podía ver bien del todo. Aquellas voz… le resultaba familiar, ¿pero de qué? ¡Y aquella canción le resultaba tan conocida y cercana! Astrid ya había tenido sueños de una mujer cantándole la misma nana que Kaira Gormdsen había cantado cuando se la encontró en estado catatónico el día que murió, pero esta era totalmente diferente: más familiar, más dulce, más alegre… más maternal.

¿Podía ser su madre la mujer que cantaba en el sueño?

—¿Astrid? —la voz preocupada de Hipo la sacó de sus pensamientos.

—No es nada —se apresuró a responder y cerró el cuaderno—. Voy aprovechar para dar un paseo, aquí el aire está muy viciado y necesito despejar la cabeza antes de emprender el viaje.

Hipo la observó en silencio mientras se ponía los pantalones y se calzaba sus botas. Se echó su corto cabello hacia atrás, aunque los mechones volvieron a caer rápido sobre sus ojos, haciéndola resoplar de fastidio. Iba a caminar a la salida cuando Hipo cogió de su mano. No llevaba la prótesis puesta, por lo que Astrid tuvo que agacharse para besarle con ternura, antes de sonreírle y darle un travieso tirón a su trenza para que supiera que todo estaba bien. Sus ojos seguían nublados por la preocupación, pero su novio la conocía lo suficiente para comprender que ella también necesitaba su espacio para ordenar sus ideas.

Astrid titubeó un momento antes de coger la bolsa en la que solía cargar el grimorio y escaló hacia la salida de la caverna sin mucha dificultad para toparse con el frío viento del atardecer, el cual azotó contra su cara sin piedad alguna. A través de las altas copas de los árboles, Astrid visualizó los colores anaranjados, rosados y añiles de las últimas luces del día y caminó en dirección al oeste, donde el bosque en el que se hallaba su cueva terminaba en una ladera que daba al mar en pleno atardecer. Llevaban un par de días allí descansando tras su desastroso intento de regresar al Archipiélago, ya que su gozo había quedado en un pozo cuando al adentrarse de nuevo en el continente se habían encontrado con la peor de las olas de frío que jamás habían tenido nunca. El temporal de nieve había sido tan terrible y las temperaturas tan bajas que hasta Hipo se quejó del frío y los dragones no podían volar bajo unas condiciones tan nefastas, por lo que se vieron obligados a regresar al sur y tomar el camino más largo por el oeste, siguiendo la estela del Mediterráneo.

La bruja se sentó contra un árbol y respiró profundamente mientras admiraba al sol esconderse en el horizonte marino y a las estrellas brillando con timidez en lo más alto. Por suerte, la cabeza ya le había dejado de doler, pero no podía quitarse la desagradable sensación de que algo no estaba bien.

¿Por qué estaba teniendo esos sueños?

Hacía tiempo que se había dejado de engañar con lo de que eran triquiñuelas de su subconsciente. Era evidente que eran visiones de su pasado, sobre todo las partes en las que se veía a sí misma cuando vivía en el aquelarre o reviviendo recuerdos aleatorios que estaban en lo más profundo de su memoria.

Recuerdos que ni ella misma recordaba haber vivido.

Aquella mujer que le cantaba, las otras voces tan cálidas y afectuosas que también había escuchado en otros sueños… tenían que ser las de sus padres, ¿no? ¿Cómo se llamaban? Estaba segura que había escuchado sus nombres alguna vez, pero nunca conseguía recordarlos.

Astrid ahogó un grito de frustración.

¿Por qué pasaba esto? ¿Por qué tenía esas visiones ahora?

En el pasado, cuando gozaba de todo control de su don y la fortaleza que el aquelarre concedía a su magia, jamás había tenido ninguna clase de visión como las que tenía ahora. Al menos, no que ella recordara. Todas las visiones las había tenido mientras dormía, al igual que Hipo con sus promociones.

A excepción de una.

La visión de aquel inhóspito bosque nevado, con aquella terrorífica bruja del hielo, la chica de cabello oscuro muerta en la nieve y la joven bruja que era su viva imagen... ¿qué había sido aquello? Astrid hubiera acordado de un episodio como aquel y, por mucho que esa chica sin nombre y ella se parecieran mucho físicamente, no la conocía de nada. ¿Podría ser una visión del futuro? ¿O qué otra cosa podía ser si no?

El rugido de un repentino relámpago la sobresaltó, sacándola violentamente de sus pensamientos. No se había dado cuenta de lo mucho que temblaban sus manos y cómo unas finas ondas eléctricas danzaban entre sus dedos. Astrid tomó aire con rapidez a la vez que un violento aire caliente se levantó. Cerró los ojos con fuerza.

—Cálmate, Astrid, cálmate —se dijo a sí misma, pero el temblor no terminaba de desaparecer y su magia fluía a su libre albedrío por todo su cuerpo—. ¡Vamos! ¡Joder, contrólate! ¡¿Por qué me haces esto?! ¡Para!

Su magia se revolvió ante su mandato, con una actitud descarada y rebelde que solo acrecentó la ira de Astrid. Apretó tanto los puños que casi se hizo sangre con las uñas, pero fue suficiente para ayudarle a canalizar su magia. Su magia terminó sometiéndose descontenta y el fuerte viento volvió a transformarse en una suave brisa marina. Astrid respiró aliviada y agotada, casi sin fuerzas por haber empleado todas sus energías para detener su magia. Sus párpados le pesaban, pero se esforzó en mantenerlos abiertos para apreciar el bonito paisaje del atardecer que, de alguna manera, le ayudó a relajar la tensión de su cuerpo.

El descontrol sobre su magia sucedía cada vez con más frecuencia.

Astrid lo había notado desde que habían huído de Isla Mema. Su magia no le obedecía y actuaba por su propia cuenta, cuando menos se lo esperaba, forzándola a usar todo su autocontrol y dejándola sin energías. Seguía sin comprender el motivo por el que su magia, con quién desde niña se había coordinado casi a la perfección, ahora se había emperrado en tener su propio carácter. La falta de mando sobre su magia hacía que Astrid se sintiera más inestable si cabía, tanto a nivel físico como emocional. En el tiempo que había vivido en el aquelarre, la bruja se había visto forzada a aprender a silenciar sus propias emociones para protegerse de Le Fey y las demás brujas. Le aterraba verse débil y un blanco fácil, y si había adquirido la fama de fría e incluso frígida había sido precisamente porque había tenido el control en absolutamente todas sus emociones y su don. Por esa misma razón, ahora que estaba libre de Le Fey y las otras brujas, no comprendía qué había tenido que pasar para que su magia se revelase de esa forma, era casi como si estuviera molesta con ella, ¿pero por qué?

Hipo sufría exactamente el mismo problema que ella y eso la frustraba más si cabía. Se suponía que Astrid debía darle ejemplo y parecía estar sucediendo más bien lo contrario. Desde que se habían marchado de Fira, la actitud de Hipo respecto a su magia parecía haber cambiado. La bruja, asombrada y aterrada al mismo tiempo, sentía cómo el poder de su amante crecía cada día y, a pesar de seguir siendo el hombre triste y tierno del que ella se había enamorado, había algo diferente en él. Parecía más ausente, no como a cuando los meses posteriores a la huída de Isla Mema en los que había estado muerto en vida, sino más bien se hallaba ensimismado en sus propios pensamientos. Astrid no iba a negar que temía que la magia del fuego, tan desconocida como impredecible que era, pudiera adueñarse de parte del carácter de Hipo, más tras lo sucedido en la iglesia de Fira. No obstante, su novio estaba dispuesto a todo con tal de cumplir con la promesa que hizo con ella: encontrar el equilibrio entre su lado humano y su lado mágico, algo que ni la propia Astrid sabía muy bien cómo, pues había sido siempre un ser puramente mágico y desconocía por completo lo que implicaba ser un humano con poderes recién descubiertos. Aún así, Hipo había dejado de quejarse de los duros entrenamientos físicos a los que Astrid le había vuelto a someter por mutuo acuerdo. Seguía sin poder vencerla en los combates cuerpo a cuerpo —honestamente, muy mal día debía tener Astrid para que alguien pudiera ganarla—, pero ya no se frustraba tanto como antes y tomaba nota de cada uno de los consejos que la bruja le daba. Las lecciones de magia seguían siendo tensas, pero la determinación de Hipo de dominar la magia era tal que Astrid no se permitió mostrarse insegura con sus propias habilidades. Enseñarle las bases de la magia no resultaba demasiado complicado y se sorprendió con que, estando mucho más calmado, no se le daba nada mal. Es más, muchas brujas de su aquelarre le hubieran envidiado por su capacidad para formular hechizos, elaborar pócimas o fabricar amuletos. Astrid llegó incluso a temer que sus propios conocimientos no fueran suficientes para él, dado que ella nunca había sido alguien que se detuviera especialmente al estudio de las diferentes ramas de la magia, pero había descubierto que el grimorio era una fuente inmensa de sabiduría y nociones de la magia, por lo que también aprovechaba para ampliar sus propias capacidades mágicas.

El control de sus respectivos dones era otra historia completamente distinta. Hipo todavía sufría estragos para controlar la magia del fuego y parecía volverse aún más peligrosa cuando perdía los nervios. Astrid optó por enseñarle a meditar, una técnica que requería una paciencia que ella no tenía, pero que a Hipo le vino como anillo al dedo para relajarse. Sin embargo, aunque sentía que la tensión en sus hombros había ido a menos, que ya no se lamentaba tanto de sus habituales contracturas en la espalda y que, al menos en apariencia, estaba mucho más tranquilo, Hipo seguía muy preocupado por el daño que podía llegar hacer con su magia, sobre todo a ella.

—Te puedo quemar, Astrid —le dijo Hipo no hacía mucho—. No sabes lo terrorífico que es pensar que puedo hacerte año sin darme cuenta. ¡No tienes ni idea!

Tras dos largos días de vuelo desde su huída, decidieron parar a descansar cuando alcanzaron el continente. Debido a las prisas por largarse lo antes posible de las islas de Thera y Therasia, no se habían detenido a hablar de lo que realmente había sucedido en la iglesia de Fira. Habían torturado juntos al párroco e Hipo había prendido fuego a la iglesia, quemando vivo a Pancras. Hasta que no salieron de las aguas del Egeo, ninguno había tenido constancia ni de la magnitud de sus actos ni de lo que la magia de Hipo había llegado a hacer movido por su ira y su pasión hacia ella. Su novio se esforzó en fingir que todo estaba bien, pero Astrid le conocía demasiado como para saber cuando le estaba mintiendo. Cuando se dispusieron a dormir e Hipo hizo un amago de apartarse cuando ella se tumbó a su lado, Astrid perdió toda su paciencia y se pusieron a discutir. El miedo y las inseguridades habían nublado la mente de Hipo, insistiendo una y otra vez que él no quería ese poder, que odiaba la idea de poder hacer daño a nadie, sobre todo a ella.

—¿Crees que yo mejor que nadie no sé lo que es vivir con miedo a lo que puedes llegar a hacer? ¡Viví años aislada de mis hermanas del aquelarre precisamente por eso, Hipo! —le recordó Astrid furiosa—. ¿Y qué crees que gané con el aislamiento? ¡Una mierda! ¡Eso es lo que me llevé! Pero tú me tienes a mí, Hipo, y también están Desdentao y Tormenta para apoyarte. No voy a permitir que me apartes de tu lado porque temes hacerme daño. Estamos juntos en esto, para lo bueno y para lo malo.

—Astrid, no creo que…

—Te quiero, Hipo —le cortó ella con impaciencia, haciendo que Hipo se quedara muy callado. La bruja cogió de su mano y, por suerte, esta vez no se la rechazó—. Tienes que asumir que nada va a ser como antes: tienes magia y sí, es peligrosa, pero con no aceptarla solo vas a conseguir que sea ella la que tome el control sobre ti —Astrid llevó su otra mano a la mejilla caliente de su novio y sintió el agradable cosquilleo de su barba incipiente contra su piel—. No voy a huir de ti, tenlo por seguro. Si me quemas, pues me quemas, ya buscaremos remedios para las quemaduras si es necesario, pero no puedes librarte de mí aunque quieras Hipo. Y, aún pudiendo, no habría forma de que me separara de ti. ¿Cómo piensas que voy a sobrevivir por mi cuenta con lo mal que cocino?

Hipo no pudo contener una débil carcajada y Astrid sonrió como respuesta. El vikingo terminó inclinando la cabeza para apoyar su frente contra la suya y ambos disfrutaron de la cálida conexión del vínculo. Aún les consolaba tenerse el una y la otra y sentían que su vínculo era más fuerte que nunca. Su novio, por suerte, no le había herido durante las prácticas y, aún temeroso de lo que podía suceder mientras dormía, terminó dejarse convencer por Astrid para que volviera a coger una rutina del sueño normal. Seguían siendo muchas las veces que se despertaba en mitad de la noche porque Hipo estaba sufriendo alguna pesadilla o una visión, pero no había vuelto a incendiar nada y aquello le daba cierta confianza en que tal vez, solo tal vez, pudiera llegar a controlar su poder.

Astrid quería pensar que sí, aunque no conseguía ser tan optimista consigo misma.

Encendió uno de sus fuegos ignífugos cuando las estrellas iluminaron el firmamento con sus frías luces. Tal y como habían previsto, había luna nueva y el cielo estaba totalmente despejado, por lo que era la noche perfecta para volver a emprender su viaje. Habían decidido volar de noche para no llamar la atención, sobre todo porque temían que se extendiera el rumor de que se había visto a dos criaturas extrañas surcar los cielos y que dichas habladurías llegaran hasta el Archipiélago. Contaban con la ventaja del elemento sorpresa y no estaban dispuestos a perderla por nada, al menos hasta que tuvieran en claro cuál era la situación real del Archipiélago y un plan bien trazado.

Astrid sacó el grimorio de su alforja y lo abrió donde había dejado una hoja de encina como punto de libro. El grimorio había demostrado ser una digna fuente de información acerca de las diferentes ramas de la magia a las que Astrid jamás había puesto interés antes. Tenía toda clase de anotaciones relacionadas con la magia de la sanación, además de dibujos y explicaciones acerca de las facultades sanadoras de las plantas, flores y otros elementos provenientes de la naturaleza para sacarles el mayor partido posible sin nisiquiera tener que recurrir a la magia. Hablaba de los diferentes dones que Freyja podía otorgar a sus fieles, aunque el texto relacionado con el poder de Thor era más bien escaso, pues según quién lo había escrito, habían muy de casos conocidos. En lo que respecta a la magia del fuego sólo hacía referencia a la historia que Astrid ya conocía sobre Freyja y Floggi. Además de todo eso, el grimorio también con un amplio surtido de hechizos, sortilegios y rituales, algunos más complejos que otros. Entre ellos podía destacarse la creación y destrucción de vínculos como el de Hipo y Astrid; o cosas más banales como pócimas para rejuvenecer o envejecer, o incluso remedios para hacer crecer el pelo más rápido o conjuros para asegurarse de que la cosecha fuera próspera.

Astrid sabía que aquel libro tenía muchísimo valor, tanto o más que otros grimorios, por eso no comprendía la obsesión de Le Fey por destruirlo. ¿No sería más inteligente quedarse con él y utilizarlo a su favor para que el aquelarre prosperase? ¡No tenía ningún sentido! Acarició la página que tenía abierta. El papel era amarillento y la tinta se había descorrido ligeramente en uno de los párrafos que hablaban de sortilegios para tratar el resfriado. Se preguntó cómo serían las dos mujeres que habían escrito aquel grimorio. Había leído aquel libro de arriba a abajo, pero no había encontrado referencias de ninguna al respecto.

La bruja se quedó un rato leyendo un interesante capítulo relacionado con la magia ofensiva cuando le pareció escuchar la voz de Hipo a lo lejos llamándola por su nombre, probablemente para indicarle que la cena estaba preparada para partir enseguida. Algo perezosa por la idea de tener que volar al frío durante toda noche, guardó el libro de nuevo en la alforja y se levantó para dar un último vistazo al oscuro paisaje marino.

Entonces sucedió algo extraño.

Era como cuando a una le entra un mareo por levantarse demasiado rápido. Astrid cerró los ojos al ver que todo le daba vueltas y se apoyó contra un árbol para dejarse caer suavemente sobre sus rodillas. Tomó aire a la vez que se masajeó la zona de los párpados para calmar aquella molesta sensación. Por fortuna, el mareo no le duró demasiado, pero cuando volvió a abrir los ojos, se sorprendió al ver que era de día de nuevo y que estaba en un bosque muy diferente al que se encontraba hacía un minuto.

Había estado allí antes.

Los árboles tan inmensos y el paisaje nevado eran inconfundibles, aunque el día era tan soleado que parecía un sitio completamente diferente. Era el mismo lugar de la visión que tuvo cuando estuvo a punto de morir en el Egeo, cuando Elea arrastró a Hipo al fondo del mar. Astrid se esforzó por no dejarse llevar por el pánico y analizar qué estaba pasando y por qué estaba allí otra vez. Se hallaba en mitad de un bosque, aunque era difícil saber si era exactamente la misma localización de su última visión. Decidió seguir la misma dirección que la última vez, sorprendida una vez más de la nieve no mojara sus leggins o que no pudiera sentir el frío polar del ambiente. ¿Qué tenía que ver ella con aquel lugar para que hubiera vuelto allí? Según su propia teoría, todas las visiones que recordaba haber tenido habían tenido relación con su pasado, pero ella no tenía ningún recuerdo de haber estado nunca en aquel lugar. Es más, cuando salió del bosque hacia el lago, pudo apreciar un impresionante paisaje nevado de montañas y un bosque que no reconoció. El lago estaba congelado, como en su otra visión, pero el sol resplandeciente y el cielo despejado le daba una apariencia más etérea y muchos menos intimidante. Astrid contempló el paisaje maravillada, era tan inhóspito como hermoso, ni el norte del continente contaba con un paisaje tan singular como aquel.

Un silbido mezclado con un eco extraño la sobresaltaron de repente, haciendo que su atención volviera al lago. La bruja estrechó los ojos para observar que, no muy lejos de la orilla, se encontraba alguien con cabello oscuro tendido inerte sobre el hielo. Casi sin pensárselo dos veces, la bruja saltó por la ladera que bajaba a la orilla del lago y, sin temor a que el hielo pudiera quebrarse bajo sus pies, corrió hacia quien parecía ser una niña. Astrid se dejó deslizar en el suelo para levantar a la niña cuando sus manos traspasaron su cuerpo como si de un fantasma se tratase. ¡Mierda! ¡Había olvidado que en ese lugar ni podía ser vista ni su magia estaba con ella! Angustiada, intentó de todas las maneras espabilar a la niña, cuya respiración apenas era perceptible y sus ojos permanecían cerrados.

—¿Cuántas veces tendré que decirte que no hagas eso? —dijo de repente una voz molesta a su espalda—. Si el hielo no se rompe, te vas a enfermar solo de lo frío que está.

Astrid se giró asustada para encontrarse flotando a pocos centímetros del hielo a la joven que se parecía tantísimo a ella. En realidad, a la luz del sol, se evidenciaban más las diferencias: los rasgos de su cara eran menos redondos que los suyos, la nariz era más aguileña, su pelo era casi platino, carecía de pecas en su piel y sus ojos eran castaños. Sin embargo, era imposible no apreciar la similitud entre ambas mujeres. La bruja se había quedado tan pasmada por la presencia de aquella chica que dio un brinco cuando la muchacha de cabello oscuro se movió a su lado.

—Estaba escuchando el sonido sobre el hielo, ¡no voy a ponerme enferma por estar cinco minutos sobre el hielo! —se quejó la niña levantándose del hielo con las mejillas sonrojadas por el frío.

Aquella muchacha no debía tener más de doce años. Su cabello era negro y encrespado, su piel era tan blanca que casi parecía transparente y sus ojos eran grises. Tenía aspecto enfermizo y llevaba el mismo vestido blanco que llevaba la otra joven ajustado con varios lazos a un cuerpo escuálido y débil. La chica de pelo platino puso los ojos en blanco a la actitud infantil de la niña, claramente irritada.

—La última vez que estuviste así, tuve que aguantar tus quejas por dos semanas porque habías cogido un resfriado, Moryen.

Astrid palideció. ¿Cómo que Moryen? Si mal no recordaba, en su última visión Moryen era una mujer alta, de cabello castaño y adulta, no una niña flacucha como esa. Las mejillas de Moryen se encendieron y se levantó de mala gana con los puños apretados.

—¡No eres mi madre! ¡Tenemos la misma edad, así que deja de comportarte como si fueses la adulta aquí!

Astrid frunció el ceño. La chica que se parecía a ella parecía mayor que Moryen, debía tener al menos quince, mientras que la otra era una cría.

—¡Deja de comportarte como una niña entonces! —le recriminó la joven de pelo platino poniendo los brazos en jarras—. ¡Te has vuelto a escaquear de tus tareas, Moryen, y luego te preguntas porque las demás se enfadan contigo! ¿No querías ganarte el respeto de Masha? Pues así no vas a ir muy lejos, lo sabes de sobra.

—¡Odio las tareas! —chilló Moryen—. ¡Siempre tengo que trabajar con las brujas jardineras y detesto manchar mis manos con tierra y abono!

—¡Ah! ¿Y te crees que a mí me encanta hacerlo? —replicó la chica de pelo platino con impaciencia, aunque seguido suavizó el tono—. Anda, vamos, como Masha se entere de que te has vuelto a escaquear te vas a volver a meter en un buen lío.

La joven de pelo platino extendió la mano y Moryen, a regañadientes, la agarró. Sin embargo, cuando la chica tiró de ella hacia arriba observó que algo no estaba bien.

—¿Otra vez no puedes volar? —preguntó la joven preocupada.

La niña parecía sumamente avergonzada y tenía la vista clavada en sus pies. Astrid no pudo evitar sentir cierta simpatía por Moryen. A muchas niñas del aquelarre, tras haber usado magia como pollos sin cabeza o sencillamente porque no contaban con mucho poder mágico, a veces no podían volar durante unas horas. A ella nunca le había pasado, pero a Heather y a otras niñas de su edad les habían ocurrido más de una vez cuando eran pequeñas y tenía la certeza de que era muy embarazoso. La chica de pelo platino hundió los hombros resignada y descendió hasta que sus pies desnudos tocaron el hielo.

—Iremos andando entonces —dijo la joven forzando una sonrisa—. Me vendrá bien dar un paseo.

Astrid observó como la niña alzaba la cabeza y dibujaba una timidísima sonrisa en sus labios.

—Gracias, Asta.

La joven le guiñó el ojo y tiró de nuevo de su mano para dirigirse al bosque. Astrid, en cambio, se quedó donde estaba, procesando que aquella joven que tanto se parecía a ella era Asta Lund. No podía ser casualidad, sobre todo por las insistencias de Kaira Gormdsen de que eran como dos gotas agua, aunque Astrid estaba ahora segura de que había exagerado con las comparaciones. Astrid corrió tras ellas cuando se dio cuenta que ya se estaban adentrando en el bosque. A pesar de la tensión del principio, ambas chicas parecían llevarse bastante bien, aunque no podían ser más diferentes. Asta era grácil en sus movimientos y hablaba con sabiduría, aunque a veces el tono de su voz rozaba con el límite de la soberbia. Moryen, en cambio, era más torpe, se quejaba constantemente y era bastante pesada, cosa que claramente irritaba a Asta, pero se esforzaba en disimularlo. A Astrid no le pasó por alto el aspecto enfermizo de Moryen; además de los ropajes blancos de su aquelarre, llevaba una capa de pelo de animal también blanco, pero ello no evitaba que sus dientes castañearan sin parar. Además, llevaba botas de piel, cosa muy extraña entre las brujas, quienes no necesitaban zapatos gracias al encantamiento contra el frío de su ropa. Su pelo era negro y tan fino que pudo apreciar alguna que otra calva en su cuero cabelludo; por no mencionar que, a pesar de tener la misma edad que Asta, era tan flacucha y delgada que pasaba por una niña.

Astrid dudó si aquella realmente sería una bruja, porque nunca había conocido a una tan frágil y débil.

—Asta, tengo sed —dijo Moryen parándose de repente.

—¿No puedes esperar hasta que lleguemos a casa? —preguntó Asta mirando hacia el cielo—. Se está haciendo muy tarde.

—¡Pero es que tengo sed! —insistió la morena con un tono infantil.

Asta puso los ojos en blanco, pues sabía que tenía todas las de perder. Con un gracioso movimiento de sus manos, la bruja extrajo agua de la nieve, de los árboles y de sus hojas para crear una especie de burbuja de agua que acercó a Moryen para que bebiera de él. Astrid la observó impresionada. Las brujas bendecidas con el poder de Njord eran tan poco comunes como las que contaban con el poder Thor. El control del agua era un don tan único como ambicionado, sobre todo por el poder que conllevaba poseer. Astrid jamás había conocido a una bruja del agua, pero no dudaba de que si Asta aún siendo tan joven podía controlar el agua con semejante destreza, no quería ni pensar en el poder que hubiera podido poseer siendo una adulta.

Moryen bebió de la burbuja de agua como si ya lo hubiera hecho una infinidad de veces antes. Asta esperó a que terminase, frotándose los ojos por el cansancio y moviendo el cuello como si estuviera resentido por la tensión. Ninguna de las dos percibió el repentina movimiento que Astrid escuchó y que se acercaba a paso cauteloso hacia ellas. La bruja sintió su corazón latir con fuerza contra su pecho cuando reconoció a aquella tercera mujer.

—¿Qué hacéis vosotras dos aquí?

Asta y Moryen soltaron un chillido de sorpresa y la burbuja de agua cayó sobre las botas de la morena. La mujer era de mediana edad, de pelo castaño largo y sedoso decorado con una corona de flores violetas que Astrid no supo identificar. Sus ojos eran de un precioso azul claro y estaban marcados por unas arruguitas en sus contornos, ello no quitaba que fuera mucho menos bella y afable como lucía ser. Astrid solo había visto a aquella mujer de lejos y se preguntó cómo podía ser que aquella bruja tan aterradora en su anterior visión pudiera presentarse como una mujer de aspecto tan apacible.

—¡Ma… Masha! —tartamudeó Asta nerviosa.

La mujer estrechó sus ojos y posó una de sus manos en su cadera. Fue entonces cuando Astrid reparó que llevaba un libro con ella, aunque no pudo apreciar su portada desde donde su situación.

—¿Y bien? ¿Qué excusa vais a ponerme esta vez? —la bruja miró directamente a Moryen, quien se había ocultado tras Asta y parecía haberse hecho aún más pequeña en presencia de la que sería seguramente su reina—. ¿Qué os tengo dicho de salir vosotras solas por el bosque? ¡Es demasiado peligroso!

Ambas jóvenes inclinaron la cabeza ante el tono severo de la bruja, conscientes de que no había justificación para su comportamiento.

—Moryen, ¿has terminado todas tus tareas? —cuestionó Masha acercándose a la niña.

La morena no parecía dispuesta a responder, cosa que pareció enfadar a la bruja.

—¿Cuándo vas aprender de las demás, Moryen? —le reprendió la reina—. ¿Cómo esperas que tu poder despierte si sigues evadiendo tus responsabilidades?

—Mover mierda y tierra no va a despertar mis poderes —se quejó la niña por lo bajini—. Yo no soy jardinera.

Masha suspiró cansada, como si estuviera harta de tener aquella conversación. Astrid, sin embargo, no pudo evitar extrañarse: ¿cómo era posible que una chica de la edad de Moryen no tuviera todavía sus poderes en activo? El don de cada bruja despertaba siempre a edad temprana y Astrid no tenía constancia de que hubieran habido excepciones al respecto.

Todo aquello era muy raro.

—Vuelve a casa ahora, Moryen, tú y yo mantendremos una larga conversación después de la cena. Ahora vete a ayudar a Nat y como me entere de que te has vuelto a escaquear te juro que estarás limpiando la mierda de las letrinas.

—¡Pero Nat está insoportable por lo del embarazo! ¡Me va hacer masajear sus pies!

Astrid frunció el ceño. ¿Qué clase de aquelarre acogía a mujeres embarazadas? Moryen empezó a gimotear y la mano de Masha parecía temblar, como si anhelara darle una bofetada para que se callase. Sin embargo, Asta intervino antes de que sucediera la tragedia, limpiándole las lágrimas con sus manos y acariciando su pelo de forma maternal.

—Anda, Moryen, deja de llorar. Yo te ayudaré, ¿vale? —le prometió la joven con una sonrisa cálida.

—Tú te quedas aquí, Asta —intervino Masha de repente—. Tenemos que hablar.

—Pero…

La expresión dura de Masha la silenció al instante. Moryen se puso a hipar, pero decidió obedecer a la reina antes de que volviera a dirigirse a ella. Con paso torpe, su pequeña figura terminó perdiéndose entre los árboles y, por primera vez, Masha pareció relajarse.

—¿Por qué eres tan severa con Moryen? —le preguntó Asta sin poder ocultar su indignación.

—Tengo que serlo por su bien. Es demasiado caprichosa y consentida y, además, sus poderes no terminan de hacer acto de presencia, así que tiene que espabilar y dejar de llorar —explicó la reina con demasiada frialdad—. Acompáñame, Asta, tengo algo que enseñarte.

Astrid siguió a las dos mujeres por el bosque para regresar de nuevo al gigantesco lago congelado. La reina se paró en la orilla e hizo un chasquido con sus dedos. Tal y como sucedió la última vez, el hielo se desintegró, esparciéndose en minúsculos copos de nieve que bailaron al son del viento.

—Bien, Asta, quiero ver cómo has avanzado —dijo la mujer sentándose en una roca—. Haz un venado.

La joven bruja asintió algo nerviosa y cerró los ojos, como si eso le ayudara a concentrarse, y movió sus manos, esta vez de una manera menos pomposa. Astrid observó impresionada cómo el agua adquiría poco a poco la forma de un venado y cobró vida, trotando alrededor de la joven bruja y atravesando a Astrid como el ente invisible que era. Masha parecía contenta por el resultado y fue indicándole diferentes formas hasta que se dio por satisfecha con los resultados. Durante todo aquel tiempo, Astrid vio cómo Masha escribía algo con una pluma en el libro que había traído con ella.

—Has estado practicando, ¡así me gusta! —le felicitó la reina sonriente—. Debes estar orgullosa, Asta, algún día llegarás a ser una gran bruja si sigues así.

Las mejillas de la joven se tiñeron de escarlata, pero ello no quitó que sonriera de oreja a oreja. Astrid la sintió hasta con un punto arrogante que no le gustó nada, cosa de la que la reina también se percató.

—Recuerda que aunque pueda llegar a escogerte como futura reina del aquelarre, es casi seguro que se presenten más brujas para combatir por el puesto. El exceso de confianza solo hará que te quedes a su merced, Asta.

La sonrisa de la joven desapareció al instante y apartó la vista, avergonzada de su propia actitud. Masha sonrió con simpatía y le pidió que se acercara. Astrid siguió a la niña hasta situarse justo detrás de las dos mujeres donde por fin pudo tener mejor visión del libro. La bruja jadeó de sorpresa al reconocer el tomo, el cual se veía mucho más nuevo y cuidado que el que llevaba guardando desde hacía meses.

—Este grimorio será algún día tuyo, Asta. Has de protegerlo con tu vida hasta que otra bruja ocupe tu puesto como reina, ¿lo comprendes? —la joven asintió nerviosa—. No puedes permitir que caiga en manos equivocadas.

La joven observó a la reina sin comprender a qué se refería en aquello último, pero Masha se redujo a acariciar su pelo con una ternura casi maternal.

—Eres muy especial, Asta. Si tienes el poder que tienes es porque Freyja supo verlo antes que nadie —comentó la reina con orgullo.

Ésta vez, Asta no se hinchó de orgullo y arrogancia, sino parecía más bien ansiosa, como si hubiera algo que la carcomía por dentro.

—¿Masha?

—¿Sí?

—¿Por qué el poder de Moryen no termina de despertar?

La reina se puso muy tensa de repente y parecía que Asta se había arrepentido de formular esa pregunta. Sin embargo, Masha no se enfadó, aunque sí que apartó la mano del pelo de la joven y cerró el grimorio con brusquedad.

—Moryen fue bendecida como tú, Asta, sólo necesita más tiempo para que su poder termine de salir, nada más.

Masha ocultaba algo, incluso la propia Astrid sin conocerla se había dado cuenta de ello. Aunque nada de aquello parecía tener sentido. Si mal no recordaba, en su otra visión Asta se había dirigido a aquella mujer llamándola Moryen, no Masha. Es más, junto a la reina había visto el cuerpo de una niña de cabellos oscuros, aunque seguía sin tener toda la certeza de que fuera Moryen. Además, Asta no parecía temer a la reina, cosa que en su anterior visión parecía aterrorizada por su sola presencia.

¿Qué estaba pasando?

¿Por qué estaba teniendo esa visión?

Se sentía tan confundida y tonta por no terminar de unir todos los hilos.

De repente, sintió un repentino mareo que hizo que se tambaleara y hubiera jurado que había escuchado a alguien gritar su nombre a lo lejos.

—Moryen me ha dicho que ha adoptado un nuevo apellido.

—¿Ah, sí? Mira que es caprichosa —se quejó la reina—. No sabe lo afortunada que es con contar con un apellido propio. A ti te tuve que dar el mío porque nunca llegué a saber cuál era el nombre de tu madre.

Asta sacudió los hombros, como si aquello le fuera indiferente.

—A mí me gusta apellidarme Lund —explicó la joven—, pero Moryen dice que Blatvasky es demasiado feo para alguien como ella, así que ha decidido buscarse uno nuevo.

Astrid tuvo que sentarse en el suelo porque el mareo se le estaba haciendo insoportable. Escuchó el eco de su nombre una vez más, esta vez con mayor claridad, y reconoció la voz de Hipo llamándola desesperado.

—¿Y cómo ha decidido llamarse ahora? —preguntó Masha con inevitable curiosidad.

La visión de Astrid empezaba a emborronarse y se dio cuenta que el lago y el bosque se estaban desintegrando ante sus ojos. Sin embargo, tuvo tiempo para ver la sonrisa de mofa de Asta antes de cantar el nombre completo de su amiga:

—Moryen Le Fey.

Astrid abrió los ojos para encontrarse con las orbes verdes y angustiosas de Hipo. La bruja parpadeó un par de veces antes de llevarse la mano a la cabeza mientras soltaba un quejido de dolor.

—Astrid, respóndeme, por favor —suplicó Hipo.

Se encontraba envuelta entre los ardientes brazos de su novio, sujeta con tanta fuerza que casi le hacía daño.

—Estoy bien —le aseguró ella con la voz más ronca de lo que esperaba.

—No, no lo estás —insistió él nervioso, aunque pudo percibir el enfado en su voz—. Llevas al menos veinte minutos semiinconsciente, temblando y con los ojos en blanco a la vez que murmurabas frases sin sentido.

—¿Qué? —preguntó ella en voz de hilo.

Intentó apartarse de él para incorporarse, pero Hipo no le dejó.

—¡Estate quieta! —le regañó él.

—Hipo, en serio, no tienes que ponerte así por…

—¡Me has dado un susto de muerte, Astrid! —le cortó él furioso y con lágrimas en los ojos—. Tan pronto escuché la tormenta y sentí tu magia salí corriendo a buscarte, y cuando por fin te encuentro te veo tirada en el suelo, como si estuvieras en estado de shock. ¿Sabes lo preocupado que estaba? No respondías a mi voz y no parabas de susurrar frases sin sentido, ¡por un momento pensé que te habían atacado o incluso hechizado!

—De haber sido así, tú también habrías sufrido las consecuencias —murmuró Astrid agotada, el dolor le seguía taladrando la cabeza—. No me ha atacado nadie, es solo que…

Astrid sintió una náusea tan fuerte que tuvo que hacerse a un lado para vomitar bilis. Hipo acarició su espalda con dedicación y gracias al calor que emanaba de su mano su cuerpo dejó de temblar al cabo de pocos minutos. Casi como si pudiera saborear el desagradable sabor a vómito en su boca, Hipo ya le había acercado una cantimplora llena de agua.

—Siempre preparado —bromeó ella quitando el corcho.

—Algo me decía que tenía que traerlo —dijo él sin sonreír.

Hipo esperó pacientemente a que Astrid se enjuagara la boca y diera de seguido un largo trago de agua.

—¿Qué pasa, Astrid? —preguntó él con un tono mucho más suave y calmado.

Astrid alzó su mano para posarla contra su mejilla. Su magia estaba claramente alterada por sus nervios, aunque parecía que Hipo la tenía bajo control por el momento.

—He vuelto a ese lugar.

Hipo abrió mucho los ojos.

—¿Al bosque nevado?

La bruja asintió. Le había contado a Hipo lo de sus visiones poco después de huir de Fira, cuando en mitad de una noche había revivido en sus propias carnes el rayo que se le había caído encima siendo solo una niña. Hipo la había despertado acongojado por sus gritos de dolor y porque estaba expulsando electricidad de su cuerpo sin ningún control. Le costó despertarla y hacerle ver que todo aquello no había sido más que el producto de un mal sueño. Astrid, quién había tomado con anterioridad la decisión de no contarle nada para no acrecentar su ansiedad, terminó confesándole la verdad sobre sus visiones. Esperaba que Hipo explotara como ella había hecho cuando él le había ocultado cosas, pero se redujo a abrazarla y a prometerle que todo iría bien, que contara con él para lo que hiciera falta. La bruja le narró las pocas visiones que conseguía recordar con nitidez, incluída la visión que había estado inmersa cuando estuvieron a punto de morir a manos de Elea. Hasta ese momento, no había sacado en claro qué era lo que había visto, pero con esta nueva visión tal vez pudiera tener a una respuesta a una pregunta que ni siquiera se había formulado hasta ahora:

—Creo que he visto a Le Fey en su cuerpo original —explicó Astrid mientras Hipo la ayudaba a levantarse para volver poco a poco a la cueva donde se encontraban los dragones—, pero eso no es lo más fuerte de todo, ¿recuerdas que te conté que en la primera visión había una chica que se parecía mucho a mí?

—Era otra bruja, ¿verdad? —preguntó Hipo ofreciendo su brazo cuando vio que Astrid era incapaz de andar en línea recta todavía—, pero no llegaste a saber su nombre entonces.

—Es Asta Lund, Hipo —respondió ella algo ansiosa—. Ella y Le Fey pertenecían al mismo aquelarre y resulta que, por alguna razón, Asta era candidata para convertirse en reina del aquelarre —Astrid alzó el grimorio que cargaba en su otra mano—. La reina del ese aquelarre, Masha, es una de las autoras del grimorio.

—Entonces eso quiere decir que Asta podría ser la otra, ¿no? —supuso su novio pensativo.

—Tendría sentido, Masha parecía muy deseosa de que ella ocupase su puesto y que supiera dominar su magia a la perfección —Astrid se detuvo en seco—. Masha era la bruja del hielo que vi en mi sueño, pero Asta se había dirigido a ella como Moryen. ¿Y si…? ¿Y si esa mujer fue el primer cuerpo que poseyó Le Fey?

—La pregunta entonces sería cómo demonios lo hizo, porque que yo sepa el grimorio no dice nada de que las brujas puedan poseer los cuerpos de otras personas —comentó Hipo contrariado.

—En la visión, Le Fey se ve como una niña enfermiza cuyo don todavía no ha hecho acto de presencia —Astrid se apretó con más fuerza al brazo de su novio—. ¿Y si el poder con el que fue bendecida fuese precisamente ese?

—¿Por qué Freyja bendeciría a alguien con una magia como esa? —cuestionó Hipo desconcertado—. Se supone que Freyja también es una diosa para los humanos, ¿por qué otorgar un poder como ese a alguien que solo quiere hacer mal contra los demás?

Astrid no supo qué responder. Estaban cerca de su escondite cuando la bruja volvió a detenerse y soltó su brazo para abrazarse a sí misma.

—Hay algo que se nos escapa, Hipo —insistió Astrid preocupada—. Creo que estoy teniendo estas visiones por alguna razón y no consigo saber por qué.

Hipo posó sus manos en sus hombros y le regaló una sonrisa que hizo que su corazón le latiera con fuerza contra su pecho, hasta el punto que hizo que la sangre le subiera rápido a sus mejillas.

—Acabaremos descubriendo el significado de tus sueños, Astrid —le aseguró él—. No soy ni el más optimista ni el más creyente, pero sé que cuando se trata de ti conseguirás encontrar la respuesta que buscas y yo estaré aquí para brindarte la mano siempre que lo necesites.

Astrid no pudo evitar tirar de su túnica para que se inclinara y pudiera besarle. Fue un beso lento, tierno y caliente, lo suficiente para que sintiera la vibración en la zona baja en su estómago, aunque aún seguía demasiado tensa y falta de energías a causa de la visión como para pensar en sexo. Le miró a los ojos cuando rompió el beso, siempre tan profundos e intensos, observándola como si fuera el epicentro de su universo, y no pudo evitar contener una sonrisa.

—Eres un idiota empalagoso —dijo ella con dulzura mientras le rascaba el mentón.

—Bueno, pero soy tu idiota empalagoso —concordó él con gesto divertido.

Astrid le dio una suave cachetada en el brazo con una mueca traviesa en su boca.

—Más te vale que siga siendo así, porque no creo que encuentre un idiota empalagoso tan guapo, tan buen cocinero y tan bueno en la cama como tú.

Las mejillas de Hipo se cubrieron por un leve rubor, aunque ello no impidió que fingiera cierto expresión dramática tan propia de él.

—A veces creo que solo me quieres por mi cuerpo, milady.

Astrid soltó una carcajada antes de volver agarrarle del brazo y empujarle a la cueva, donde los dragones se habían despertado refunfuñados por el escándalo que estaban montando justo fuera. Hipo preparó la cena y Astrid se encargó del equipaje mientras todos hablaban y reían como si nada hubiera sucedido o fuera a ocurrir pronto. A veces, a Astrid le gustaba fingir precisamente que su realidad se reducía únicamente a viajar junto con Hipo, con Desdentao y con Tormenta por el continente; a descubrir nuevos métodos de magia y a encontrar nuevos y exóticos lugares en los que revolcarse con su novio.

Sin embargo, Astrid no olvidaba. Ni Hipo tampoco.

Ninguno de los dos estaban preparadon para volver y, aún así, eran conscientes de que no les quedaba otro remedio que regresar a la fuente de sus peores pesadillas. Pero, por el momento, se mantenían como podían en aquella pequeña burbuja imperfecta que tarde o temprano terminaría explotando.

Y Astrid no estaba segura de que estuvieran preparados para encontrarse con lo que había allí fuera.

Xx.

Dagur el Desquiciado torció el gesto tan pronto entraron en el Gran Salón Berserker.

En realidad, si hubiera dependido de Brusca, ella no estaría allí, maniatada y escoltada por la guardia Berserker hasta su Jefe. No tenía plan de huída y los demás tampoco parecían muy dispuestos a ejecutar ninguno. Se había quedado sola.

Otra vez, para variar.

¿Cómo demonios habían terminado en aquella situación?

Cuando Estoico les había dado orden a ella y a Camicazi a salir a la búsqueda de una bruja que pudiera servirles como aliada, Brusca no esperaba que tuvieran que cargar con su gemelo y ex amante también. Había discutido con Estoico más de una vez al respecto, asegurándole que tenían preocupaciones más importantes que ejercer de niñera de esos dos inútiles, pero Estoico, cabezón como era, se negó a escuchar sus quejas.

—Entiendo que sigas enfadada por todo lo sucedido, pero las circunstancias nos fuerzan a dejar nuestras diferencias a un lado para trabajar todos juntos. Compréndelo, Brusca —le había dicho Estoico en un tono conciliador.

No, no lo comprendía. No quería hacerlo. Aún estaba dolida por el desprecio que habían mostrado su hermano y Mocoso hacia ella y la sola idea de tener que convivir y trabajar con ellos de nuevo le daba arcadas. Camicazi, por su parte, parecía mostrarse mucho más empática con ella y fue una aliada incuestionable cuando Estoico reunió a todo el equipo para planificar las diferentes rutas que debían tomar para asegurarse que no fueran a ser vistos por las fuerzas aliadas de Le Fey. Estoico nombró a Camicazi como líder del grupo, cosa que a nadie le sorprendió, aunque Brusca tuvo que esforzarse en ocultar su descontento porque su antiguo Jefe no se hubiera decantado por ella. No negaba que Camicazi contaba con más experiencia que nadie para ejercer como líder y que ella era muchísima mejor opción que Chusco o Mocoso, pero le hubiera gustado que Estoico hubiera depositado la confianza en ella por una vez. Sin embargo, Brusca no quería problemas con la bog-burglar, por lo que se tragó su malestar y decidió centrarse únicamente en el objetivo de la misión.

La primera tensión con los chicos surgió el día de la partida. Mocoso había ido a preparar la silla para montar a Colmillos cuando el dragón, de muy mala gana, se apartó de él como si de la peste se tratara. El Pesadilla Monstruosa se acercó a toda prisa a Brusca, casi tirándola al suelo cuando la rodeó con su cuerpo, enseñando los dientes a un anonadado Mocoso. El vikingo estaba muy dolido por la actitud de su dragón y no tuvo otro remedio que montar sobre Vómito, quien aún prefiriendo a Brusca, no rechazó a Mocoso. Brusca había optado como si ello no fuera con ella y, por muchas ganas que tuviera, no hizo ningún comentario malicioso cuando Camicazi le insistió a Mocoso que montara sobre el Cremallerus en lugar de a su Pesadilla. Mientras terminaban con los últimos preparativos del viaje, Estoico apareció en los establos de los Marginados para hablar con ella.

—¿Cuidarás de ellos? —preguntó el antiguo Jefe de Mema preocupado.

—No soy una niñera —se quejó Brusca de mala gana—. Ya sabes que por mí hubiera ido sola.

—Brusca…

—Me aseguraré de que no se maten —le prometió malhumorada—, pero es todo lo que pienso hacer por ellos. ¿Cuidareis vosotros de mis padres?

—Por supuesto —le aseguró Estoico con tristeza y sacó algo de su jubón—. No creas que no confío en ti, Brusca, todo lo contrario. Me has devuelto la esperanza y sé que tú traerás a mi hijo de vuelta —le tendió una pequeña figura de madera con forma de pájaro—. Cuando le veas, dale esto, ¿podrás hacerlo? Él lo entenderá.

Brusca observó la figura con atención. Siendo hija de juguetero que era, estaba familiarizada con la técnica de tallado en madera y, aunque estaba claro que Estoico no era un profesional, aquella figura no tenía nada que envidiar a las que había hecho su padre en su taller, sobre todo porque se notaba que estaba fabricado con sumo cariño. Brusca sacó un pañuelo de su alforja y envolvió el pájaro de madera para volver a guardarlo en su equipaje. Estoico le dio una palmada suave en la espada en señal de agradecimiento, pero antes de que pudiera retirarse, la vikinga no pudo evitar preguntar:

—¿Qué pasa con Alvin? ¿Sabe que nos vamos?

—Tú preocúpate por la misión, Brusca —insistió Estoico posando su enorme mano en su escuálido hombro—. Alvin es cosa mía.

Brusca asintió con desgana y Estoico aprovechó para despedirse del resto de los Jinetes. Mocoso ni siquiera levantó la cabeza cuando su tío se acercó para darle la mano a modo de despedida y el gesto de tristeza del Jefe sólo hizo que Brusca sintiera un desagradable nudo en su pecho. Pocos días después de que Estoico propusiera que marcharan a buscar una bruja que pudiera servirles como aliada, el Jefe tuvo que hacer frente al que parecía ser uno de sus mayores temores: Mocoso. Brusca no había sido testigo de la conversación que ambos habían tenido, pero la tensión entre ellos evidenciaba que no había ido nada bien. La vikinga, aún entendiendo la ira de Mocoso, no compartía en absoluto la actitud de mierda que estaba teniendo contra Estoico, casi como si le estuviera echando la culpa de la muerte de su padre. Estoico, en cambio, mantuvo la compostura en todo momento, como buen Jefe que él había sido siempre, aunque Brusca sospechó que si no respondía contra el desprecio de Mocoso no era por otra cosa más que por sus sentimientos de culpabilidad.

Partieron al atardecer. Era una noche lluviosa, con el cielo cubierto de densas y acuosas nubes. Sin lugar a dudas, era el momento perfecto para salir a volar sin que nadie los avistara, y volaron casi toda la noche hasta que alcanzaron a su primer destino, una isla abandonada a su suerte que, según el libro de Barnabas Heggson, había pertenecido a una tribu que había desaparecido bajo circunstancias muy sospechas. Aunque la credibilidad de aquel libro estaba al mismo nivel que el de un zapato, no perdían nada por acudir a aquella isla y descubrir si el motivo por el que aquella tribu había desaparecido podía haberse causado por la presencia de brujas. Llegaron poco antes del amanecer, tiritando de frío y calados hasta los huesos, por lo que ni siquiera se plantearon en explorar la isla hasta que despejara un poco. Montaron el campamento en lo más interior del bosque para no ser vistos por las brujas y los centinelas de Thuggory y, cuando Camicazi le preguntó si quería compartir la tienda de campaña con ella, Brusca no se lo pensó dos veces para decirle que sí.

Brusca había encontrado en Camicazi una inesperada amistad. Aparte de Astrid, Brusca jamás había tenido muchas amigas mujeres, sobre todo porque tenía un carácter rudo y basto que, por lo general, jamás había gustado a nadie en Isla Mema, por no mencionar la fama de problemáticos que habían arrastrado ella y su hermano desde muy pequeños. Camicazi era muy diferente a Astrid, todo había que decirlo, pero su personalidad extrovertida, ruidosa y simpática era un contrapunto a la naturaleza introvertida y huraña de su mejor amiga. La bog-burglar hablaba mucho, hasta tal punto que a veces abrumaba a Brusca hacia límites insospechados, pero la vikinga se había sorprendido a sí misma escuchándola con suma atención, fascinada por lo inteligente que era Camicazi y lo poco que se la reconocía por ello. Además, a su forma, protegía a Brusca de Mocoso, quién seguía insistente en querer arreglar las cosas, y de Chusco, cuya lengua seguía siendo viperina contra su hermana. No es que Brusca necesitase que la protegieran, ella siempre se las había arreglado bien sola, pero no negaba que tener el apoyo de alguien era reconfortante y los chicos no se atrevían a molestarla con Camicazi cerca.

—¿Te puedo hacer una pregunta indiscreta? —preguntó Camicazi en voz baja aquella noche mientras extendían sus sacos para dormir dentro de su tienda.

—Dispara —respondió Brusca sin imaginarse qué podía ser.

—¿Mocoso y tú…?

No terminó la pregunta por miedo a que pudieran escucharla, pero el obsceno gesto que Camicazi hizo con sus manos hizo que se le subieran los colores por toda la cara.

—Hace tiempo —contestó la vikinga con sequedad.

—¿Qué pasó? —cuestionó la joven con inevitable curiosidad.

Brusca no estaba segura de que quisiera tener aquella conversación con Camicazi. Sus tripas se habían revuelto de repente, como si la cena le hubiera sentado mal, y el corazón le latía tan fuerte que le dolía pecho. Evitó el movimiento inconsciente de llevarse la mano a la zona baja de su estómago y parpadeó varias veces para simular la humedad en sus ojos. Camicazi la observaba extrañada por su silencio y Brusca carraspeó para recuperar su voz.

—Era solo sexo —contestó sin muchos rodeos—. Su familia era adinerada y estaba directamente relacionada con la Jefatura, mientras que yo… soy hija de gente mucho más humilde. No habría funcionado aunque lo hubiéramos intentado, somos demasiado distintos.

Camicazi torció el gesto, como si algo no le encajase en su historia.

—¿Qué? —preguntó Brusca a la defensiva.

—Nada, es solo que… guardas mucho dolor para ti misma —comentó la joven con tristeza—. No digo que tengas que contarme nada si no quieres, pero sé por experiencia que no sacar la mierda termina siendo peor para ti.

—¿Por experiencia? —cuestionó Brusca sin comprender.

Camicazi se quitó la banda de su pelo y echó inútilmente su flequillo hacia atrás.

—¿Tú piensas que anuncie al mundo que era lesbiana desde el momento en el que lo supe? —dijo Camicazi con una sonrisa amarga—. Tardé años en hacerlo y fue horroroso hasta que fui lo bastante valiente para confesarlo; es más, mi madre sigue pensando que es una fase.

—Pero no es algo que puedas elegir, ¿no? —comentó Brusca preocupada.

—No, me siento cero atraída a los hombres —le aseguró la bog-burglar—. Intenté acostarme con uno, convencida de que eso resolvería lo que entonces consideraba como un problema, pero… la cosa no terminó bien.

—Lo siento mucho —dijo Brusca con simpatía.

Camicazi sonrió.

—Gracias, pero no te preocupes. Desde que soy abiertamente lesbiana las cosas me han ido mejor a pesar de la constante negación de mi madre —argumentó la joven sin perder el buen humor—. Creo que tras mi negativa a casarme con Hipo, casi conseguí que desistiera. Un putada que la hija de perra de Le Fey se interpusiera de por medio.

Brusca no tenía ni la confianza ni el impulso para dar un abrazo reconfortante a Camicazi, pero cuando le ofreció unos panecillos dulces que había robado ese mismo día de las cocinas de los Marginados, Camicazi se encargó de dárselo ella misma con quizás demasiada fuerza, aunque a Brusca ni se le pasó por la cabeza quejarse.

Por una vez, Brusca cayó rendida tan pronto se acurrucó dentro de su saco. Durmió del tirón, sin pesadillas que la alterasen o las habituales preocupaciones que desvelaban su sueño cada dos por tres. Se despertó desorientada a media tarde, con el cuerpo algo entumecido por dormir en el suelo y sintiéndolo demasiado lento y torpe por haber dormido más de lo habitual. Con cuidado de no despertar a Camicazi, Brusca salió de la tienda de campaña para ir a lavarse al río que no quedaba muy lejos de allí. Los dragones dormían profundamente, al igual que su hermano, quien roncaba apoyado contra el árbol desde donde se supone que debía hacer guardia. Supuso que Mocoso estaría durmiendo en su tienda, pero tampoco se molestó en averiguarlo.

Era agradable escuchar el sonido del viento acariciar los árboles, junto el cantar de los pájaros y de los Terribles Terrores y el flujo suave del río descender por su estrecha ruta hacia el mar. Brusca se recogió el pelo en un moño para poder lavarse bien la cara y, aunque el agua estaba helada, le ayudó a despertarse del todo. La lluvia de la noche de anterior había intensificado el olor a tierra mojada y a musgo que a Brusca siempre le había encantado. En aquel lugar todo parecía estar en paz, como si no hubiera una guerra fuera de los lindes de aquel frondoso bosque. Decidió descalzarse y quitarse los leggins para meter las piernas en el agua, aún consciente que luego no podría quitarse el frío de encima, merecía la pena estar un rato más allí antes de partir a su pesadilla de viaje. Inconscientemente, miró a la cara interna de su muslo, donde se escondía su supuesta marca de bruja. Desde que Le Fey se lo había dicho, Brusca no podía evitar mirársela una y otra vez cuando estaba sola, como si aquel lunar que siempre le había sido indiferente ahora escondiera un secreto que ni ella podía comprender.

¿Qué poder habría tenido ella?

¿Qué clase de persona hubiera sido ella si la hubieran apartado de su familia como lo hicieron con Astrid?

Brusca estaba agradecida de no haber captado la atención de las brujas, pero era indudable que la sola idea de que ella también hubiera podido ser una hacía que su corazón latiera con más fuerza. Era como si el poseer magia pudiera darle la libertad absoluta de romper las cadenas que le ataban a las normas preestablecidas. El derecho a hacer lo que le diera absolutamente gana.

Como lo había hecho Astrid.

Como lo estaba haciendo Le Fey.

¿Quién iba a preocuparse de su destino cuando se contaba con magia? Brusca las envidiaba con todo su ser. Mojó sus huesudas piernas mientras seguía dándole vueltas al asunto cuando escuchó un chasquido a su espalda. La vikinga se giró alarmada para encontrarse con Mocoso cargado con un montón de leña.

—¿Qué coño crees que estás haciendo? —preguntó Brusca enfurecida mientras salía del agua para vestirse de nuevo.

—Na… nada —tartamudeó él con un fuerte rubor en sus mejillas—. Estoy recogiendo leña para preparar algo de comer y…

—Vale, lo que sea, pírate ahora —le cortó la vikinga a la vez que soltaba su moño.

Mocoso ni obedeció a su réplica ni se movió de donde estaba. La observaba extrañado y preocupado, cosa que solo le puso aún más furiosa si cabía. Brusca se hizo dos trenzas de mala manera, esforzándose en ignorar su presencia, pero cuando Mocoso hizo el amago de dirigirse a ella de nuevo, la vikinga caminó descalza con las botas en la mano hacia el interior del bosque.

—Brusca, por favor, espera —le suplicó Mocoso a su espalda.

La joven hizo como si no le hubiera oído. No iba a detenerse. ¡Ni de coña! Aún estaba demasiado enfadada por todo lo que le había hecho y sus disculpas vacías no iban a servirle de nada. Caminó sin rumbo, consciente de que podía perderse con facilidad en aquel bosque, pero Mocoso no desistió. ¡Maldita sea! ¿Por qué no se había quedado durmiendo?

—¡Brusca, por favor! —chilló él desesperado.

La vikinga terminó deteniéndose en seco y se giró con expresión feroz para encararse al que una vez fue su amante.

—¿Qué coño quieres? —cuestionó Brusca de mala gana.

Mocoso, quien ya estaba acostumbrado a que ella le ignorara, no supo qué responder de buenas a primeras. Abrió y cerró la boca varias veces, como si fuese un pez, y Brusca, impaciente, decidió emprender su marcha de nuevo.

—Quiero arreglar las cosas, Brusca —consiguió decir con voz ronca—. Fui un capullo contigo y… necesito arreglarlo. ¡Necesito estar bien contigo!

Brusca sintió un desagradable nudo cerrar su estómago y temió que su respiración errática pudiera exponerla de alguna forma. Decidió seguir adelante, actuar como si aquella conversación no fuera con ella y sin importarle lo más mínimo los sentimientos de Mocoso. Total, a él tampoco le habían importado mucho los suyos hacía un tiempo, ¿qué había cambiado ahora? ¿Los remordimientos y el tortuoso sentimiento de culpa? Mocoso la había despreciado, minimizado sus ideas e intenciones de resolver el conflicto con la búsqueda de Hipo y Astrid, pero también la había considerado de menor categoría con él cuando solo la había utilizado para follar. No es que Brusca se hubiera enamorado, al menos no como Astrid e Hipo, pero había apreciado a Mocoso lo suficiente como para sentirse profundamente herida por la indiferencia y desprecio que le había mostrado. Ella había sabido mejor que nadie que jamás se casaría con él, lo había sabido desde la primera noche que se habían acostado, pero ello no había hecho que le doliera menos su arrogancia y el que la hubiera tratado más como un trofeo que otra cosa. Brusca no se dio el lujo de desarrollar más sentimientos por él, más tras descubrir que se había quedado embarazada; por esa misma razón y otras muchas, se quitó a la criatura de en medio. Ella habría quedado como la zorra; la que se quedó preñada del heredero de los Jorguenson a propósito para probablemente acceder a su poder; aquella que hubiera arruinado su reputación por haberse acostado con un hombre que estaba fuera de su alcance y su bebé habría sido un paria por el resto de su vida, porque… ¿quién se casaría con alguien como ella?

Nadie.

Ni ella misma podía soportarse muchas veces; por tanto, hacía tiempo que había descartado la idea de ahí que su sueño había sido cubrir el puesto de Gothi algún día, aunque Astrid había desbaratado sus planes por completo.

¿Pero qué más daba todo eso ya? Salvo su carga de conciencia, la cual seguía arrastrando como unas largas y pesadas cadenas atadas a su espalda, nada de eso importaba ya. Si conseguían matar a Le Fey y sobrevivir podían darse un canto en los dientes y, aún así, sabía que nada volvería a ser como antes.

Brusca siguió caminando sin rumbo con Mocoso pisándole los talones. Sin embargo, se detuvo en seco cuando llegaron a lo que parecían ser las ruinas de un poblado. La naturaleza se había extendido y adueñado de la mayor parte de las casa derruidas de madera. No parecía haber sido una aldea muy grande, pues no debían haber más de una decena de casas. Mocoso se adelantó a ella y se acercó a la casa más grande de todas para arrancar el musgo de las paredes y observar los detalles descoloridos de la vivienda.

—Este lugar debe estar así desde hace décadas —comentó él intrigado.

¿Podía ser el hogar de la antigua tribu desaparecida que Barnabas Heggson había mencionado en su libro? Una no podía fiarse de la veracidad de su información, pero tampoco podían descartar la posibilidad. Cada uno por su lado, exploraron el lugar para encontrar más bien nada, pero mientras Brusca se encontraba dentro de una de las cosas, Mocoso aprovechó la ocasión para soltar el discurso que tanto tiempo llevaba trabajando.

—Fui un capullo, Brusca. Sé que lo fui y que no me merezco tu perdón, pero de verdad que no era yo mismo. El asesinato de mis padres, el que me hubieran relegado a recoger la mierda de la gente, tus insistencias de ir a buscar a Hipo y Astrid… Lo odiaba todo y lo tomaba especialmente contigo. Necesito que me perdones, Brusca, no puedo dormir por toda esta situación de mierda y yo…

—Mocoso, en serio, no sigas —le cortó ella.

—¿Por qué no? ¿Qué coño te pasa? ¡Me estoy disculpando, joder!

La vikinga agradecía no tenerlo delante, porque su corazón latía con tanta fuerza que tenía la sensación de que iba a desmayarse en cualquier momento y sus ojos estaban tan húmedos que tenía la visión emborronada. No quería tener aquella conversación que solo iba a intensificar sus sentimientos de culpa e iba a acrecentar la ya enorme brecha que había entre ellos. Se pasó la mano por los ojos para limpiarse las lágrimas traicioneras y se sorbió la nariz con fuerza antes de reunir el valor para salir y encararse a él.

—¿Te piensas que este problema viene de después de la boda? —cuestionó Brusca desde la puerta de aquella casa en ruinas.

Mocoso parpadeó confundido.

—¿A qué te refieres? —preguntó él desconcertado—. Antes de la boda… tú y yo estábamos bien, ¿no? Lo arreglamos, aunque si hubo un problema fue por algo que solo tú sabías, porque hasta donde yo supe un día estábamos bien y al otro…

—¿Por qué no terminas de admitirlo, Mocoso? —le interrumpió Brusca apretando los puños con tanta fuerza que casi cortó la circulación de las mismas.

—¿A… admitir qué? —dijo él confundido.

Brusca resopló de la más pura de las frustraciones.

—Nunca fui lo bastante buena para ti. Me veías como un trozo de carne al que follar y con el que pasártelo en grande, sobre todo porque nunca te decía que no —explicó ella intentando contener la rabia en su voz—. No te confundas, nunca me negué porque realmente me gustaba hacerlo, hasta que llegamos al punto en el te dije que no, y eso te jodió, ¿a que sí?

Mocoso bajó la mirada claramente avergonzado.

—Y es que la cosa no termina ahí. Además, tan pronto ves que no quiero hacerlo, en lugar de preguntar qué me pasa o preocuparte si estoy bien, no dudas ni por un instante en ir a por un trofeo mejor, ¿a que no? Porque Astrid claramente era el gran trofeo para ti, aunque por suerte ella era tan lista como para mandarte a la mierda antes siquiera de que tuviera la oportunidad de seducirla.

—Yo ya sabía por aquel entonces que Astrid estaba fuera de mi alcance —se justificó él avergonzado—. Quería… quería ponerte celosa, porque no entendía lo que había pasado entre nosotros y…

—¡¿Y nunca se te ocurrió preguntar el motivo por el que me distancié de ti?! —chilló Brusca ahora sin poder retener las lágrimas de rabia en sus ojos—. ¡No! ¡Por supuesto que no! ¿Para qué? ¿A quién le importa una mierda mis sentimientos?

—¡Pero si fuiste tú la que cortó el tema sin darme explicaciones! —exclamó él furioso—. ¡De la noche a la mañana me dijiste que no querías saber nada más de mí! ¡Dijiste que te aburría y que no podías soportar mi cara! ¡No lo niegues! ¿Crees que eso no me dolió, Brusca?

—¡Sólo a tu puto ego de mierda! ¡Jamás te he importado! ¡Jamás! —gritó la vikinga rabiosa—. Ni siquiera tras la boda, cuando Ingrid Gormdsen me tenía esclavizada, maltratandome día sí y día también y al borde de la inanición, fue suficiente para que reaccionaras. ¿No es así?

—A mí me hicieron coger y limpiar mierda, no sé por qué…

—¡Porque no te importo lo suficiente para que reaccionases ni aún viéndome en el estado que estaba! —le interrumpió ella—. ¿Cómo esperas entonces que te hubiera dicho lo del…?

Brusca se llevó la mano a la boca, cagándose en sí misma por su descuido. Mocoso, quién temblaba por la furia, dibujó un gesto de desconcierto en su rostro.

—¿Decirme el qué? —preguntó él.

—Nada.

—¿Decirme el qué, Brusca? ¿Qué me estás ocultando?

La vikinga no estaba dispuesta a quedarse allí para contárselo y salió corriendo de nuevo hacia el bosque. Mocoso gritó su nombre a su espalda y escuchó sus pisadas alcanzarla por detrás. Brusca quería morirse, no quería tener esta conversación. Quería que la dejaran en paz, nada más.

¿Era tanto pedir?

Sin embargo, de la nada, algo empujó a Brusca hacia arriba con tal violencia que no le dio ni tiempo a reaccionar. De un momento a otro, se encontraba en el aire, balanceándose dentro de una red, y a una distancia del suelo que casi le dio vértigo. Mocoso gritaba su nombre desde abajo, desesperado y muy alterado.

—¡Mocoso! ¡No te quedes ahí parado! —gritó ella desesperada—. ¡Busca a Camicazi! ¡Date prisa!

—¡No voy a dejarte sola! —exclamó él angustiado.

—¡Mejor que atrapen a una que a todos, imbécil! ¡Sal echando hostias de aquí y busca a Camicazi!

—Pero…

—¡Que te vayas, hostia! —exclamó ella enfadada.

Mocoso obedeció a regañadientes, pero Brusca no tenía tiempo para atender a sus quejas. La red no paraba de moverse de un lado a otro acorde a sus movimientos. Intentaba de todas las formas alcanzar el nudo que ataba la trampa, pero el balanceo la estaba mareando y no le permitía agarrar el nudo. Aún así, Brusca no se rindió. Esperó a que la red dejara de oscilar, para que, con movimientos más lentos y precisos, pudiera llegar el lazo. Sin embargo, el nudo era fuerte y enrevesado, casi tanto como el de los pescadores que atracaban sus barcos en el puerto de Mema, por lo que Brusca fue incapaz de soltarlo con sus manos y, además, había sido tan descuidada como para dejar su daga en la tienda.

—Mierda —masculló la vikinga con rabia.

Llegó al extremo de intentar cortar la cuerda con sus dientes, aunque era tan gruesa que terminó haciéndose daño en la mandíbula. Le pareció también escuchar gritos a lo lejos, pero su propia respiración nerviosa y acelerada por la ansiedad le impedían procesar nada más. Tenía que salir de ahí como fuera. No podía volver a caer presa de Le Fey y los Gormdsen.

¡Antes muerta!

De repente, alguien cortó la cuerda de la trampa y Brusca cayó al vacío. Tuvo que golpearse bien la cabeza, porque lo siguiente que recordaba era despertarse sobre una superficie incómoda con la cara de Camicazi a pocos centímetros de la suya. La vikinga soltó un grito y le dio un empujón casi inconsciente a la bog-burglar para que se apartara.

—Bueno, al menos estás viva y de una pieza —concluyó Camicazi sonriente.

Brusca se incorporó soltando un gruñido a la vez que mentalmente se cagaba en todo, pero entonces reparó que estaban rodeadas de un grupo de personas. Su corazón dio un vuelco. Berserkers. Buscó algo que pudiera servirle de arma, pero Camicazi cogió de su brazo con suavidad para calmarla.

—Está todo bien —le prometió la joven—. Vienen de parte de Dagur.

Brusca le dio un manotazo a Camicazi.

—¿Y cómo demonios sabe Dagur que estábamos aquí?

Camicazi se mordió el labio y sus mejillas se tiñeron de escarlata.

—Creía que Estoico te había dejado bien claro que no contactaríamos con Dagur hasta tener la certeza de que no estaba bajo el dominio de ella —fulminó con la mirada a los Berserkers que lucían poco intimidados por ella—. ¿Quién nos dice que esta gente no nos lleve ahora ante Le Fey? ¿Quién me dice ahora que tú no estés embrujada también y me has estado engañando todo este tiempo?

Camicazi parecía dolida por sus hipótesis, pero no se enfadó ni lo tomó con ella.

—Brusca, entiendo que tengas miedo, pero no podemos hacer esto solos —explicó Camicazi—. Necesitamos un ejército y…

—Estoico dijo que se encargaría de eso —le cortó la vikinga con furia.

—¡Estoico no es nadie ahora, Brusca! —exclamó Camicazi frustrada—. A ojos del mundo está muerto. ¿De qué nos sirve tener un muerto de aliado? Además, lo único que quiere es traer a Hipo de vuelta y…

Brusca se levantó del suelo con gesto de que no quería escuchar más.

—No me lo puedo creer, todo este tiempo nos has estado usando para alcanzar tu objetivo, ¿verdad? —cuestionó la vikinga enfurecida, intentando por todos los medios ocultar su dolor—. Nunca quisiste ayudarnos a encontrar a la bruja.

Camicazi negó efusivamente con la cabeza.

—Brusca, piénsalo por una instante, ¿cómo sabemos que una bruja podría ayudarnos? ¡Ya has visto como son! ¡No podemos confiar en encontrar una que pueda ayudarnos!

—¿Y quién no nos dice que hay más brujas como Astrid? ¡Ni siquiera nos has dado la oportunidad de intentarlo! —chilló Brusca con las manos temblorosas.

Camicazi suspiró resignada e hizo un gesto con la cabeza a los Berserkers, como si estuviera dando orden de algo. De repente, uno de ellos zafó de su brazo, retorciéndoselo contra su espalda y la vikinga soltó un alarido de dolor.

—Lo siento mucho, Brusca, pero se nos agota el tiempo —dijo Camicazi muy seria—. Chusco y Mocoso ya están en el barco junto con los dragones, es hora de partir.

—¡Yo no me voy! —chilló ella intentando librarse del agarre del Berserkers—. ¡No puedes obligarme!

—Es por tu propio bien, Brusca —le aseguró Camicazi con pena—. No pienso permitir que te atrapen ni que te mates en esa misión suicida. Me importas, Brusca, por eso necesito que…

—¡Que te den por el culo, Camicazi! —escupió la vikinga furiosa—. ¡Soltadme, joder! ¡Soltadme!

Sin embargo, nadie la escuchó. Brusca se resistió tanto a que la llevaran al barco que al final se necesitaron a tres Berserkers para arrastrarla hasta la bodega y encerrarla allí. Aún habiéndole atado las manos a su espalda, Brusca intentó salir de allí por todos los medios. Chilló, pataleó contra la puerta y las paredes de madera, soltó todos los insultos que se le pasaron por la cabeza —que no fueron pocos— e incluso llegó a amenazar con hacer un agujero en el suelo para hacer que el barco se hundiera. Al final, a pesar de sus amenazas vacías, la ignoraron y ella terminó cansándose. Le dolía la espalda por la caída y el estómago, probablemente porque se le bajaría la regla pronto. En algún punto, se quedó dormida, aunque cuando la despertaron tenía la sensación de que había sido demasiado poco tiempo cuando, en realidad, ya era plena mañana.

No dirigió ni una sola palabra a Chusco y a Mocoso, quienes estaban muy callados rodeados de Berserkers, aunque no los habían atado como a ella. Camicazi, por su parte, se dirigió a ella tan pronto la sacaron a la cubierta, aunque Brusca apartó la mirada para dejarle bien claro que no quería saber nada de ella. La bog-burglar parecía dolida por su gesto, pero se redujo a pedir que por favor la soltaran, cosa que los Berserkers se negaron por su aparente comportamiento impredecible y no pensaban llevarla suelta ante el Jefe. El dolor estomacal de Brusca se intensificaba por momentos, aunque no dijo ni una sola palabra, y esta vez se dejó llevar por la gente de Dagur.

El Gran Salón Berserker no era ni la mitad de grande y espectacular que el de Mema. Era una edificación de madera que parecía que se había construído recientemente y su aspecto era sobrio y austero, sin grandes decoraciones horteras que hubieran pegado bien con el estilo de Dagur. La estancia, sin embargo, era cálida y el olor a carne asada hizo que se le revolvieran las tripas por el hambre. Dagur se encontraba sentado junto con un grupo de personas que supuso que serían el Consejo Berserker, aunque el Jefe los mandó salir tan pronto los vio entrar.

No parecía en absoluto contento por verles, como si realmente no quisiera tenerlos allí.

Brusca no podía estar más de acuerdo. Pagaría por estar en cualquier lado menos allí.

—Cuando me dijiste que fuera a buscarte no me dijiste que vendrías con más gente, Camicazi, mucho menos con tres de las personas más buscadas en el Archipiélago —le reprendió Dagur a la bog-burglar.

—¡Venga ya, Dagur! ¡Son aliados!

—Me la suda lo que sean, no los quiero aquí —dijo Dagur furioso—. Thuggory puede aparecer en cualquier momento y lo último que necesitamos es que Drago y la reina vuelvan a dirigir sus miradas hacia aquí.

Camicazi no supo replicar a su comentario, sobre todo porque Dagur parecía claramente nervioso. Hacía tiempo que Brusca le había perdido el miedo a gente como Dagur, sobre todo tras la firma del tratado de paz entre los Gamberros y los Berserkers, pero le sorprendió ver el terror en los ojos de Dagur.

—Dagur, por favor, ya te dije que necesitamos reunir un ejército para…

—Y ya te dije que no tengo capacidad para hacerlo, por mucho que Alvin esté fuera de la influencia de la reina —le interrumpió el Jefe con impaciencia.

—Oye, Dagur…

Mocoso había empezado a hablar, pero Dagur le fulminó con la mirada de tal forma que se calló al instante. Aquello pareció desconcertar mucho al Jefe de los Berserkers, sobre todo porque Mocoso no eran de los que callaran así porque sí. Observó entonces a su gemelo, quién no había abierto tampoco la boca y presentaba un aspecto lamentable todavía por el síndrome de abstinencia, y después a ella, que estaba esquelética y demacrada por la desnutrición que había destrozado su metabolismo. Brusca se había acostumbrado tanto al silencio entre ellos que no se había dado cuenta que a ojos de las personas que les habían conocido en el pasado resultaba extraño que no mostraran su típica actitud desvergonzada y charlatana.

¿Pero qué podían esperar? Brusca sentía que era una persona completa distinta a la que fue un día.

—¿Qué hace ella atada? —preguntó Dagur frunciendo el ceño.

Los guardias que la rodeaban se miraron entre ellos nerviosos.

—Es una mujer bastante inestable, señor.

—No seáis imbéciles, ¿qué me va hacer ese saco de huesos? —les reprendió Dagur—. Soltadla.

Brusca tuvo que contener un gemido de alivio cuando desataron sus ataduras y se masajeó las muñecas que estaban rojas y sensibles. Sintió también otro desagradable pinchazo en su estómago, pero procuró no dar muestras de su molestia para no verse más vulnerable de lo que ya en sí se veía.

—Dagur, entremos en razón por favor —insistió Camicazi más seria—. Según los últimos reportes de los Marginados, Drago ha sometido a más de una treintena de islas a las inspecciones de brujería, se habla incluso de que se están preparando ahogamientos para algunas de las acusadas. Por no mencionar que la reina está torturando a la gente que no se somete a su voluntad y no para de subir los jodidos impuestos. ¡Tenemos que hacer algo!

Dagur volvió su atención a Camicazi y apretó los puños.

—¿Y qué pretendes que hagamos? ¿Has estado siquiera delante de la Noldor, Cami? Es irreconocible y jodidamente aterradora, no te haces una puta idea —explicó Dagur—. Y nadie sabe cómo coño hace lo de someter a la gente a su voluntad. Al final tuve que fingir que la obedecía porque era eso o morir.

—Es porque es una bruja —dijo Brusca metiéndose en la conversación.

Dagur y el resto de los presentes posaron sus miradas en ella. La vikinga tragó saliva.

—¿A qué te refieres? —preguntó Dagur sin comprender—. ¿Toda esa mierda de las brujas no era mentira? La chica de Hipo… no me sale su nombre ahora…

—Astrid —respondieron todos a la vez.

—Eso, Astrid, ¿no mentía entonces?

Camicazi miró a Brusca preocupada y hundió los hombros resignada.

—Será mejor que empecemos por el principio.

Sentados alredador de la mesa del Consejo Berserker, Camicazi se encargó de relatar todos los acontecimientos, incluida la parte en la que huyeron ellos de Isla Mema a la vista de que ninguno de los tres parecía muy predispuesto a contar nada. La bog-burglar la miraba todo el tiempo, como si estuviera constantemente buscando la aprobación, pero Brusca solo abrió la boca para matizar algún que otro detalle. Dagur no dijo tampoco una sola palabra durante el discurso de Camicazi, aunque pecaba de sorpresivo: recelo ante la identidad Le Fey, sorpresa al saber que Estoico estaba vivo y desconcierto por la misión que el antiguo Jefe de Mema les había mandado.

—¿Y cómo pensáis encontrar a una bruja? —preguntó Dagur intrigado.

—Pues, honestamente, yo muy partidaria del plan no soy —comentó Camicazi cruzándose de brazos.

—Yo tampoco —añadió Mocoso de mala gana.

Dagur se dirigió a Chusco y a ella.

—¿Y vosotros dos?

—A mí lo que me manden, yo creo que al final acabaremos todos muertos —dijo Chusco con indiferencia.

Brusca chasqueó la lengua irritada, cosa que pareció molestar a su hermano, porque lo siguiente que hizo fue darle una patada a la silla.

—¿Qué haces, so gilipollas? —espetó ella enfadada.

—Gilipollas tú, subnormal, que no borras esa cara rancia de tu cara —le achacó Chusco con malicia.

Antes de que pudiera abalanzarse sobre su hermano para arrearle de hostias, alguien cogió de sus brazos para detenerla. Fue en ese momento de arrebato cuando Brusca se dio cuenta que sentía su entrepierna húmeda y caliente. Se fijó en la silla en la que había estado sentada y vio el rastro de sangre que delataba su puta e imprevisible menstruación. Tras el aborto, la regla se bajaba con mucho flujo, como si su cuerpo quisiera vengarse de su decisión, pero tras haberse recuperado de la malnutrición, se había vuelto tan dolorosa como irregular. Su cuerpo estaba todavía sufriendo los estragos del maltrato al que fue sometida en Mema y, a veces, se sentía que vivía en un cuerpo que no era el suyo. Dagur, que era el que la estaba sujetando, la soltó muy alarmado y le preguntó si se encontraba bien. Brusca, muerta de la vergüenza y con un dolor estomacal del que quería morirse, confesó que no.

—Yo me encargo —dijo Camicazi con simpatía—. Esto es cosa nuestra y…

—¡No! —exclamó Brusca apartándose de ella—. Me arreglo bien sola. ¿Hay algún sitio donde pueda lavar mi ropa?

—El río está a diez minutos de aquí hacia el oeste —respondió Dagur preocupado—, ¿pero seguro que no quieres que te acompañe nadie?

—No.

—Brusca… —empezó Mocoso acercándose dubitativo a ella, como si quisiera socorrerla, pero sin saber bien cómo.

—¡¿Queréis dejarme todos en paz?! —chilló ella tan enfadada como avergonzada—. ¡Como todas las mujeres sangro todos los putos meses y yo puede que lo haga más de lo normal! ¡No me voy a morir, así que iros a tomar todos por culo!

Nadie siguió a Brusca cuando ésta salió a toda prisa del Gran Salón Berserker. Caminó siguiendo las indicaciones de Dagur con los ojos puestos en sus pies, sin atreverse a mirar si alguien estaba viendo la mancha de sangre que se extendía por sus pantalones hasta la parte inferior de su túnica. Tan pronto llegó al río se quitó primero los pantalones, sin quitarse la ropa anterior que ya de por sí estaba arruinada, y se puso a frotarlos con esmero con el agua helada.

—¿Sabes que así no la vas a quitar verdad? Ya de por sí es muy difícil limpiar la sangre como para que encima lo intentes sin jabón —dijo una voz femenina a su espalda.

—Ya lo sé —musitó Brusca sin girarse—, pero como ves no tengo jabón, así que déjame frotar tranquila.

La mujer se inclinó y dejó una pastilla de jabón a su lado. Brusca alzó la mirada, pero no pudo verle la cara porque la mujer ya había vuelto con su colada, aunque le llamó la atención que tuviera la cabeza cubierta elegantemente con un pañuelo. Aprovechando la inusual generosidad de la desconocida, Brusca lavó sus pantalones, su túnica e incluso su ropa interior, aún sabiendo que nada podría salvarla ya. A la vista que sólo aquella mujer estaba en el río, utilizó también el jabón para lavarse la entrepierna con esmero. Sin embargo, se sintió como una imbécil al darse cuenta que no tenía nada con lo que secarse y que probablemente tendría que rasgar su propia túnica porque no tenía a mano las telas que utilizaba cuando tenía la regla.

—¿No te vas a quedar fría estando así en bolas?

La mujer no era mucho mayor que ella. Su rostro era alargado, pálido y algo demacrado, aunque sus ojos verdes daban muestras de cierta vivacidad e incluso picardía. Brusca tenía sensación de conocerla de algo, pero no recordaba ni de qué ni de dónde. La joven le tendió una manta y un conjunto de ropa vieja, pero limpia. Observó también que había un par de telas rasgadas que le servirían a modo de compresa para su ropa interior.

—¿Por qué me das esto? —preguntó Brusca sin comprender el motivo de su generosidad.

—Si no lo quieres me lo puedo quedar, no tengo ningún problema —replicó la mujer con impaciencia.

Brusca cogió todo sin atreverse a replicar de nuevo. Se envolvió en la manta y se sentó en el suelo para esperar que se le secara la ropa. Le seguía doliendo el estómago y sus piernas temblaban por los calambres que azotaban sus muslos. Apoyó la cabeza contra las rodillas e inspiró aire profundamente. Se planteó acurrucarse allí mismo y dormir solo para aliviar el cansancio que arrastraba desde que habían abandonado la Isla de los Marginados, pero no se sentía segura. Puede que Camicazi y los demás confiaran en los Berserkers, pero Brusca solo podía darse el lujo de confiar en sí misma. Puede que por el motivo que fuera Dagur no estuviera bajo el hechizo de Le Fey, pero ello no significaba que no hubieran Berserkers que estuvieran dominados por la reina.

La situación era crítica.

Y Brusca estaba sola.

Completamente sola.

Había recuperado la esperanza con el encuentro Estoico y Camicazi se la había arrebatado con sus mentiras y su egoísmo. Estaba tan harta de decepcionarse de la gente y tan cansada de todo… Con lo fácil que hubiera sido que Le Fey la hubiera matado cuando tuvo la ocasión. El Helheim sería infinitamente mejor que toda aquella mierda de situación.

—Oye, ¿estás bien? Tienes muy mala cara —dijo la mujer preocupada.

Brusca conocía a aquella chica. Estaba segura de ello, pero por mucho que se devanara los sesos no conseguía recordar de qué. Se arrodilló a su lado para tocar su frente mientras estudiaba su rostro con atención. Dio un pequeño respingo ante la frialdad de su tacto contra su piel, aunque tal vez fuera porque la mujer había estado mucho tiempo con las manos metidas en el agua.

—¿Quieres comer algo? —preguntó ella con el ceño fruncido.

La vikinga no tuvo ni tiempo para negarse. La joven corrió hacia su cesto y sacó un paquete que resultaba ser un trozo de empanada. Brusca, aún sin tener mucha hambre, no tuvo otra que dar un mordisco para contentar a la mujer que la observaba muy ansiosa.

—¿Por qué eres tan amable conmigo? —cuestionó Brusca con recelo—. ¿Qué es lo que quieres?

La joven parpadeó sorprendida por su pregunta.

—No quiero nada, es solo que pareces muy dolorida y hay tanta sangre que…

La mujer se había llevado la mano derecha al rostro y Brusca reparó que no tenía dedo anular. La empanada resbaló de sus manos, cayendo sobre la manta y manchándola entera. Por supuesto que no la había reconocido, la última vez que había visto a aquella mujer había sido hacía un año y había sido de pasada, pero es que ella, al igual que Brusca, parecía una persona completamente distinta. La noche del Festival del Deshielo, había llevado un vestido que favorecía las curvas de su cuerpo, un gesto arrogante en su cara y había lucido una cabellera negra brillante y esplendorosa. Ahora, sin embargo, con aquel pañuelo cubriendo su cabeza y su extrema palidez, parecía mayor de lo que seguramente era e incluso parecía estar enferma.

—¿No te gusta la empanada? —preguntó Heather sin poder ocultar su irritación.

Iba a coger el trozo de hojaldre cuando Brusca cogió de su muñeca con todas sus fuerzas. La bruja soltó un chillido de sorpresa e intentó zafarse de ella, pero Brusca había estado esperando ese momento demasiado tiempo como para dejarla escapar así como así. Heather estaba muy lejos de ser su opción preferida, más sabiendo que no gozaba de la simpatía de su mejor amiga, pero la misión había sido encontrar a una bruja y lo había conseguido en tiempo récord y de pura chiripa. ¡Por fin la suerte estaba de su lado! Ahora podría encontrar a Astrid y a Hipo y planear un contraataque contra Le Fey como era debido.

Y si tenía que arrastrar a Heather hasta los confines del Midgar para llevar a cabo su plan que así fuera.

Xx.