Cuenta regresiva

Sumario: Desde que era muy joven, Draco sabía que sólo sería cuestión de tiempo para que el Señor Tenebroso fuese a buscarlo.

Género: Aventura/Romance, fantasía, friendship.

Claves: Drarry eventual. AU. Perteneciente a la Serie ¡Cambio de Casa! (Draco!Elegido/Harry!Slytherin)

Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.


El cáliz

—...princesa, ¿quién es ese que te ve con cara de crup desamparado que no recuerda dónde dejó su hueso favorito?

Draco tuvo que contener la risa, tanto por las palabras como por el tono solemne con que las pronunciaba. Del otro lado de la mesa, Ron se giró para buscar con la mirada, y Hermione arrugó un poco el entrecejo.

—¿De quién estás hablando? —Inquirió Ron, todavía ceñudo y confundido.

Blaise estaba sentado a su lado, en un completo alarde de a mí no me interesan las reglas y hago lo que quiero, como lo llamaría después, por ocupar un puesto en la mesa de Gryffindor cuando el resto de los invitados de Durmstrang se encontraban con los Slytherin. Tenía un libro entre las manos y los ojos puestos en este, incluso cuando habló.

—El Slytherin ese. Piel morena, el cabello desordenado, ¿sus ojos son verdes o azules?

—Verdes —Replicó Draco, sin pensar, y desvió la mirada cuando Ron lo observó con horror. Se encogió de hombros. Su compañero volvía a darse la vuelta y veía hacia la otra mesa.

—¿Qué hace Potter mirándote, Draco? ¿Qué querrá ahora?

—Tal vez sólo se pregunta por qué hay alguien de Durmstrang aquí —Ofreció Hermione, conciliadora. Cuando ambos asintieron, se dedicaron a darle otra mirada larga y evaluadora a Blaise, como llevaban haciendo desde que entró al comedor con el resto de Durmstrang y se apartó del grupo para sentarse junto a él, sin siquiera saludar o presentarse. Dudaba que entre sus conocimientos estuviesen los modales. O quizás fuese sólo que no le importaba en lo más mínimo disimular.

—¿Es un Potter entonces? —Blaise arrugó un poco el entrecejo. Todavía recorría las páginas del libro, que pasaba a una velocidad mayor a la normal en cuanto llegaba a su final—. Se parece a James Potter. Debe ser el hijo de Lily Evans…

Draco parpadeó y giró la cabeza hacia él.

—¿Cómo lo sabes? —Musitó. Él le restó importancia con un gesto vago.

—Conozco todas las caras y nombres de los miembros de la Orden del Fénix —Blaise lo observó de reojo—, y una forma de identificación rápida.

—¿Cómo es eso?

—Bueno...por ejemplo, mi madre. Si hay una bruja que se hace pasar por ella, sólo hay que arrojar un lunea, un hechizo que imita la luz de la luna, y ver qué sucede. Dependiendo de su reacción, se sabría si es una impostora o no —Aclaró, en voz baja, y cabeceó en dirección a Leonis, que estaba echado en el suelo, en el espacio entre los pies de ambos—. No tengo que decirte cómo lo identificas a él también, ¿cierto?

Sacudió la cabeza.

—A Snape lo reconoces por una marca de mordida de perro que le quedó en el cuello. Está bajo glamour y ninguna poción multijugos la copia, madre no puede explicarse por qué. Y así, todos tienen algo que es secreto y ella sabe…y por lo tanto, yo también.

—¿Qué hay de Dumbledore? —Preguntó, inclinándose hacia él, de manera que sus amigos no fuesen a oírlo— ¿cómo lo identificas si lo suplantan o algo así?

—Habría que tener talento para suplantar a Albus Dumbledore —Dejó escapar una risa ronca y meneó la cabeza—. Fawkes. El fénix. Sólo acuden al llamado de un Dumbledore, y son criaturas muy listas, pueden elegir marcharse si les parece que su dueño no se comporta. Si algo anda mal con el director, lo sabrías viendo a su fénix.

Blaise regresó a su libro cuando no obtuvo una respuesta inmediata, sin tener idea de que acababa de darle al niño-que-vivió lo que más tarde se convertiría en una pista de vital importancia. Al menos por esa noche, comieron y siguieron conversando, contentos por las dos escuelas invitadas.

Tardaría un par de días en acercarse lo suficiente para comprobarlo. El director los llamó a su despacho por noticias de los Horrocruxes y el paradero de los Mortífagos y la señora Longbottom. Draco se sentó en la silla frente a su escritorio, como de costumbre. Regulus era una presencia firme y constante a su espalda, con las manos colocadas en sus hombros.

Snape estaba de brazos cruzados en un lado de la oficina y la profesora A sentada en la orilla del escritorio del anciano, con los tobillos cruzados. En una de las mesas llenas de artilugios del director, también se sentaba Blaise. Su postura era casi idéntica a la de su madre.

—El Departamento de Misterios nos dio una respuesta acerca de los cofres hallados en casa de los Longbottom —Informó ella. Negó—. Nada. Vacíos. Estaban ocultos y tenían encantamientos complejos para reforzar sus cerraduras, les llevó días sólo entender cómo funcionaban, pero no tenían nada. Lo que sea que hubiese estado ahí, debió ser sacado antes o durante la intrusión a la casa. Tampoco sabemos todavía a dónde se la han llevado.

—Perdimos la pista del Horrocrux que se guardaba en Gringotts —Agregó Dumbledore, en voz baja, pasando su mirada de uno al otro—. Podemos asumir que la persona que lo cuida, lo sacó y lo ha llevado o lo transporta en este momento hacia un sitio más seguro. Tal vez con otro Mortífago.

—¿Así que no hay nada que podamos hacer por ahora? —Inquirió Draco. Fue el director quien negó.

—Hay que seguir buscando, desentrañando sus pistas, para evitar que vuelva.

Dejó de oírlos cuando se desviaron hacia temas que no tenían relación alguna. La profesora A se había cambiado de una mesa a la otra y conversaba con su hijo en susurros, sosteniéndole una mano. Él apartó la vista; seguro que si su madre estuviese viva, lo trataría igual.

Cuando estaba a punto de ponerse de pie, notó que Fawkes entraba por una de las aberturas de las paredes, hechas especialmente para los pájaros de los directores del colegio, y saludaba con un cántico. Se posó en la percha que le correspondía y dio un par de saltos hasta el extremo. Lejos de su dueño.

Dumbledore hizo ademán de estirar una mano para acariciar su plumaje, pero el ave volvió a cantar y remontó el vuelo, trazando un círculo alrededor de la oficina. Cuando regresó, sí se dejó tocar. Draco no estaba seguro de si debía contar como que significaba algo.

Pero no dejó de darle vueltas a ese asunto.

0—

Harry se percató cuando la escalera móvil estuvo a punto de girar. Tuvo que saltar para llegar al pasillo al que se dirigía, y detrás de él, hubo otro ruido de impacto, a pesar de que ni Crabbe, ni Goyle, lo seguían.

Continuó su camino hasta la siguiente esquina, se dio la vuelta y esperó, entrecerrando los ojos.

—Malfoy —Siseó. Tenía que llamarlo así. Tenía que seguir siendo Malfoy, o no sabía en qué tipo de problemas se metería con esa serpiente que se le enroscaba en el pecho y se estiraba cuando lo notaba, en busca de cercanía, en busca de algo.

Draco se bajó la capa lo justo para que pudiese ver su cabeza. Sonrió con falsa inocencia.

—¿Ahora por qué me sigues? —Harry se recargó en el borde de la pared que tenía al lado, cruzado de brazos. Él pareció vacilar.

—Esto —Se perdió dentro de la capa y reapareció un momento después, cuando se la quitó y la dobló sobre uno de sus antebrazos. Con la otra mano, le tendía uno de sus viejos cómics muggles—. Se me olvidó regresártelo la semana pasada.

Él fingió un suspiro exasperado, lo tomó y guardó en uno de los bolsillos de su túnica. Luego le dio otro vistazo al chico, al pasillo, y arqueó las cejas.

—¿Y por qué tenías que ir bajo la capa?

—Blaise se puso curioso. Sobre ti —Rodó los ojos, pero tenía una pequeña sonrisa—. Y su curiosidad y comentarios le dieron curiosidad a Ron también. Escuché que tu castigo por pelearte con él se levantó apenas hace unos días…

Ante el recordatorio, torció la boca.

—Es obvio que exageraron, sólo fue un ligero golpecito...

—¿Por qué tienes que pelearte tanto con Ron, Potter? Si tú fueses más amable, él también lo sería, y entonces-

—¿Por qué tengo que ser yo el amable? Que lo haga él —Resopló y cambió su peso de un pie al otro. Enseguida se arrepentiría de hablar sin pensar—. Así que la Comadreja y tu nuevo novio andan curiosos, ¿qué se supone que significa eso?

—¿Qué? —Draco lo observó con los ojos abiertos de sobremanera—. ¿Te refieres a...? ¡Blaise no...! Blaise no es nada de eso —Replicó, bajando la voz tras darse cuenta de que la había levantado de pronto. Él rodó los ojos y maldijo a la serpiente dentro de su pecho que siseaba, amenazadora y con ganas de morder.

—Es el único de nuestra edad del grupo de Durmstrang y el que se sienta en otra mesa y no duerme en las mazmorras. Empezó a ir a nuestras clases y se la pasa pegado a ti en todas partes, ¡incluso lo llevaste a la sesión del club de duelo de la otra semana! Y además...

Harry se calló a sí mismo, mordiéndose el labio. Aquello no fue un reclamo. Él no le reclamaba. Sería absurdo, tonto e inmaduro. Sin sentido.

No sonó a reclamo, ¿cierto?

No tendría por qué.

El estúpido niño-que-vivió podía darle su atención y tiempo a quien quisiera. No era asunto suyo.

—La familia de Blaise era muy cercana a la mía —Lo sorprendió el tono suave, casi divertido, con que le contestó. Sus ojos grises brillaban cuando se inclinó hacia adelante—. ¿Por qué? ¿Estás celoso, Potter?

Enrojeció de forma tan violenta que tuvo ganas de cubrirse el rostro con las manos. En cambio, le frunció el ceño. Se estaba burlando, era obvio, ¡se burlaba de él!

Harry apretó los puños y estaba a punto de tomarlo del cuello de la túnica, y entonces iba a-

Iba a-

Iba a-

Por alguna razón, su línea de pensamiento no podía avanzar más allá de ese punto. Sentía la cabeza ligeramente embotada. No lo sujetó, pero volvió a cruzarse de brazos y a dirigirle una mirada desagradable.

—¡Draco! ¡Eh, Dra...!

Ron, Hermione y Neville se acercaban por el otro lado del pasillo. Los últimos dos conversaban en voz baja, entre ellos, y el primero frenó en seco al darse cuenta de con quién estaba el adorado líder del séquito de los leones. Harry se abstuvo de resoplar sólo porque ya comenzaba a hartarlo que pusiese esa cara tonta nada más verlo.

—¿Te está molestando, Draco? —El aludido boqueó e intentó explicarse, pero Harry se adelantó pasándole por un lado. Chocó su hombro con el de Draco, adrede, y siguió su camino hacia el Gran Comedor. Esa noche avisarían quién entró al Torneo de los Tres Magos y él no quería perderse a los idiotas que se metieron en algo tan peligroso.

—Ya es hora de la cena —Escuchó a Cortocircuito Longbottom a sus espaldas. Merlín, ¿por qué el idiota niño-que-vivió debía tener tantos amigos?

Alcanzó el comedor antes que el grupo de Gryffindor, por suerte. Lo atravesó con zancadas largas y firmes, y se abrió un espacio en medio de Pansy y Nott, sólo porque no tenía ganas de sentarse en otro sitio. Él quería justo ese asiento. Después de todo, él también tenía amigos, montones de amigos.

—¿Estás bien? —Asintió a la pregunta de Pansy, sin mirarla, al menos hasta que sujetó su muñeca y le dio un leve apretón, recapturando su atención— ¿seguro? Te ves tan molesto como cuando te enteraste de que no habría Quidditch este año.

Él no se enfurruñó por el Quidditch. Él sólo tuvo un razonable enojo y frustración porque le quitasen a Hogwarts lo único que en verdad lo entretenía, y por la perspectiva de pasar un año completo sin subir a su escoba, y puede que por la falta de oportunidad de ir contra Malfoy. Sólo un poco.

No. Ese idiota no tenía nada que ver.

Lo molestaba el Quidditch. No ese Gryffindor.

(Estaba seguro de poder creérselo si se lo repetía lo suficiente)

Para demostrar su punto, ni siquiera se dignó a ver hacia la mesa de los leones. Aplaudió con la condescendencia justa al director y su plática aburrida sobre cooperación internacional y fomentar las relaciones, a Fleur, la campeona francesa, y Diggory, el Hufflepuff tonto de turno con complejo de héroe y ganas de llevarse un premio.

—Es guapísimo ese Diggory —Le frunció el ceño a Pansy, que miraba con aire soñador al estudiante mayor. Rodó los ojos. Vaya gustos tenía.

Si tuviese ojos más claros, grises tal vez, y el cabello le cayese de otro modo, quizás siendo rubio…

La serpiente en su pecho siseó con una respuesta demasiado entusiasta para su propio bien, su corazón saltándose un latido fue peor que una sentencia de muerte. Harry sacudió la cabeza, porque no tenía sentido; seguro se iría si lo ignoraba.

Luego su táctica de no mirar hacia la mesa de Gryffindor quedó en el olvido, cuando un nombre resonó entre las paredes del Gran Comedor. Uno que no debió ser pronunciado en esa circunstancia.

—Draco Malfoy…¡Draco Malfoy!

Draco observaba la tarima de los profesores y al Cáliz de Fuego con los ojos abiertos de sobremanera. Negó. Granger lo instaba a ponerse de pie y reaccionar, Ron tenía el ceño fruncido, Neville había empalidecido.

—...no tiene diecisiete años...

—...no es mayor de edad, no tiene diecisiete años...

—...hizo trampa...

—¿Dumbledore no había puesto una línea de la edad alrededor del Cáliz? —Preguntó su amiga, junto a él, a nadie en particular. Nott fue quien le dio una respuesta.

—Sí, estoy seguro de que lo hizo.

—¿Tal vez la línea no funciona con Malfoy y lo hizo a propósito?

—No —Y fue él quien habló entonces, con una voz que no le sonaba suya—, no creo. Mira su cara.

Mientras Draco se acercaba a la tarima, el director lo miraba con su máscara de calma destruida. Era tan extraño que no habría sabido decir cuál era el nombre de la emoción que predominaba en el mago anciano. Pero estaba convencido de que había mucho de horror allí.

Lo enviaron hacia atrás y Dumbledore hizo ademán de tomar el último nombre, el del Campeón de Durmstrang. Todos en el gran salón contenían el aliento, todavía en un estado de shock general a causa de la última de las elecciones del Cáliz, cuando el trozo de pergamino brotó.

Él lo sostuvo en alto por más tiempo que a ninguno otro. Después pronunció lo que se convertiría en la segunda sentencia imposible del día.

—Blaise Zabini.

Los pocos que tenían una idea de a quién se referían, esos que pertenecían a Gryffindor y aquellos con los que compartió las últimas clases, se giraron hacia él. No lucía sorprendido. Mantuvo sus ojos fijos en el director, incluso cuando se puso de pie y cruzó el comedor por el pasillo del medio, sin desviamientos, sin encogerse, sin apartar la mirada.

También entró a la sala del fondo.


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