Un muy serio Santo de Acuario recorría las escalinatas entre los templos con la mirada gacha. Se había pasado los últimos años en Siberia y no tenía la menor intención de volver a Grecia. Lo seguían dos niños de siete y ocho años que daban alegres brincos entre los escalones de mármol. Aunque ellos no lo percibían, Camus observó que los espías del Patriarca ya habían notado su presencia en el Santuario y seguramente la máxima autoridad ya estaría enterada. Sabía que algo pasaba, no era estúpido, y creía con sinceridad de que nadie con medio dedo de frente podía pensar que todo iba bien en el Santuario. Varias veces el Patriarca lo había llamado, pero Camus no había acudido. Sabía, porque así se lo decía la experiencia, que no había manera de salir de ahí sin ser castigado. Pero en esta oportunidad había una situación de fuerza mayor que le hacía volver, por un breve tiempo, a la Casa Circular.
Pasó la vacía Casa de Libra con nostalgia. Cuando entró a la Casa de Escorpio, su actitud cambió. Guio a sus aprendices hasta una habitación que contenía un hogar encendido y una biblioteca. Les sonrió y los animó a ponerse a leer. Cuando estuvieron lo suficientemente distraídos, se retiró y cerró la puerta con llave. Isaac se dio cuenta enseguida y comenzó a golpear la puerta desde adentro. Camus suspiró con pesar, susurrando palabras de disculpas. Cuando se dio vuelta, dispuesto a salir, dio un respingo al chocar con el dueño de casa. No se había molestado en hacer guardia en armadura. Caminaba descalzo por el piso de mármol con la misma ropa que seguramente había usado para dormir. Sin embargo, cuando observó las acciones del acuariano, no mostró una expresión de complacencia. Le hizo una seña al recién llegado para que lo siguiera.
-¿Te has vuelto loco? –acusó el escorpiano ni bien poner un pie en la cocina. Camus se encogió de hombros.
-Lo siento Milo –se excusó-. Tengo que ir hasta arriba a ver al Patriarca –explicó-. No quiero que los niños sufran mi mismo castigo –se desplomó en la silla de la cocina como si una montaña le hubiera caído encima. Milo se serenó con una media sonrisa.
-Extrañaba tu paranoia –lanzó con dulzura-. Me has hecho falta, querido compañero –anunció, mientras abría una botella de vino-. A todo esto, ¿en qué momento me has robado la llave de mi biblioteca?
-Hace años. Se nota que nunca has leído un solo libro –bromeó. Chocaron las copas mientras reían. Luego, Camus habló con seriedad-. Estoy preocupado. Nunca antes había dudado del Santuario –anunció, mientras negaba con la cabeza como reprochándose a sí mismo.
-Ten un poco de fe. Es por Athena que estamos aquí. Cuando ella tome el control, estoy seguro de que todo cobrará sentido –Camus se refregó los ojos.
-¿Tú crees? –susurró.
-De verdad lo creo. Este infeliz que tenemos por jefe me tiene sin mucho cuidado. No lloraré si muere –siguió Milo-. Pero no soy tonto, me doy cuenta que hay muchas cosas que apestan a corrupción. Pero no Athena –Camus asintió.
-Sé que no eres tonto –sonrió con malicia-, aunque ni sepas leer –Milo frunció el ceño.
-Sí que sé leer… ¡es que es terriblemente aburrido! –dijo, mientras lanzaba una carcajada-. Los libros siempre llevan al pasado. El presente es el mejor lugar para vivir –tomó un sorbo de vino-. ¿Cuándo vas a irte?
-Mañana –afirmó. Camus pudo ver en la mirada de su compañero una sombra de decepción y tristeza-. Perdóname, Milo –balbuceó. El escorpiano sacudió la cabeza.
-Tiempos inciertos requieren medidas –balbuceó-. Está bien. A ver si puedo negociar contigo –Camus frunció el ceño con cierta confusión.
-¿Crees que estás en condiciones de negociar conmigo? –lo desafió.
-Sé que no puedes decirme que no, hielera inútil –bromeó-. Esta es mi condición: si te vas, más vale que vuelvas. Si desertas, te llevaré frente a Athena con mis propias manos, ¿me has comprendido? –Camus asintió-. Vuelve por el Santuario y por todos nosotros que vivimos en él.
-Volveré por ti, Milo –anunció, enigmático-. Igual que ahora.
-Entonces la próxima vez sería mejor que la visita no sea de un solo día –continuó con la rudimentaria negociación. El acuariano asintió.
-Gracias por compartir conmigo tu esperanza –dijo sonriendo, mientras terminaba la copa y se levantaba trabajosamente-, y por tu paciencia. A ver si cuando volvemos a vernos has leído al menos un libro pequeñito.
-No creo –contradijo-. Que tengas buen viaje –balbuceó con tristeza, antes de sorprenderlo con una cálida despedida.
Al día siguiente, Camus salió de la Casa del Patriarca bien entrada la tarde. Se había pasado allí toda la jornada. Pocas veces en su vida había sentido tanto dolor como aquel día. Sentía la sangre escurrir por su espalda, oculta por la armadura. El cabello estaba hecho un asco, por completo mojado entre sudor y sangre. Respiraba frenéticamente, inflando el pecho con fuerza, sintiendo como le punzaban las costillas. Tenía que irse lo más pronto posible, tomaría a sus aprendices de los pelos si era necesario y volvería a Siberia; de donde nunca debió haber partido. Ese pensamiento le hizo punzar el corazón porque no era cierto. No se arrepentía de haber venido. No tuvo ayuda en el Camino de las Rosas, como era obvio. Congeló el aire a su alrededor para hacerse una barrera contra el veneno, que no resultó totalmente efectiva. Todo le dolía y el veneno de las rosas lo agravaba. Llegó arrastrándose hasta la Casa de Acuario. Antes que nada, se dio una ducha y limpió las piezas de la armadura lo más rápido que pudo, en un intento por disimular sus heridas.
Cuando entró en la cocina, pudo observar a Isaac sentado a la mesa en una silla que le quedaba grande, colgando las piernas sobre el piso. Estaba leyendo un libro infantil que reconoció de la biblioteca de Escorpio. Lo hizo porque él mismo le había regalado ese libro a Milo cuando eran niños. Se preguntó si alguna vez lo había leído. Suspiró con pesar mientras buscaba el Cosmos de Hyoga. Luego de unas breves indicaciones al mayor, fue a buscar al pequeño ruso. No quería estar en el Santuario ni un segundo más de lo necesario, aunque tampoco quería asustarlos. Subió a la biblioteca y enseguida encontró a Hyoga en la cúpula. Estaba recostado sobre un sillón, leyendo con atención un cuaderno de color azafrán. Camus carraspeó un par de veces para dar cuenta de su presencia.
-¡Maestro! –dijo con un salto, cerrando el libro de pronto. Camus se sentó con él.
-¿Qué estás leyendo? –inquirió con cierta tristeza, en un intento por distraerse.
-"Telequinesis" –leyó en el lomo-. Hay técnicas para hablar con gente que está a diez mil millas de distancia. ¿Crees que se pueda hablar con gente que ha muerto? –Camus negó con la cabeza, adivinando que Hyoga estaba pensando en su madre.
-No creo –susurró.
-Pues yo no estoy seguro de eso –le peleó el niño-. El que escribió este cuaderno, incluso, ha hablado con gente en el inframundo –Camus lanzó una risita.
-Era una chica. Conoces la historia –Hyoga frunció el ceño confundido, rogando por un recordatorio-. Lo ha escrito Mirena de Acuario, un caballero que peleó en la anterior Guerra Santa, hace 243 años.
-Ah –balbuceó-, sí me acordaba –Camus rio y le revolvió el pelo al pequeño ruso.
-Llévalo –concedió-. A mí también me interesa eso de hablar con gente a diez mil millas. Hay algo que quiero darte para que leas –se levantó y comenzó a ojear los tomos de azafrán, buscando algunos en particular. Tomó tres cuadernos y se los tendió. Hyoga apartó el primer tomo y se concentró en los que le daba su Maestro.
-"Sobre Edén de Orión" –leyó lentamente el primero, con las letras gastadas-, "Sobre Renan de Cisne" –siguió con el segundo-. Y luego em... embr… ¿qué?
-Embriología –completó Camus-. Ese es el inicio. En la primera hoja hay una carta, empieza por ella. No hace falta que leas toda la investigación médica, ni yo la entiendo –bromeó-. Luego, pasa directamente al epílogo. No termines el cuaderno sin llorar –explicó. Hyoga mostró una expresión confusa.
-¿No puedo no llorar? No entiendo.
-Haz lo que digo, Hyoga. Luego sigue el orden, primero Edén y luego Renan –explicó-. Si quieres la armadura del Cisne, debes saber que fue él quien la forjó. Fue un alumno de Shion de Aries, quien le enseñó a reparar las armaduras. Cuando murió, fue su hermano Edén quien escondió la Armadura del Cisne donde ahora yace –Hyoga se tapó la boca con las manos.
-¡Quiero saber toda la historia! –Camus lanzó una risita.
-Es una gran historia –lo animó-. Sé que te gustará y te enseñará mucho.
-Hay un cuaderno para cada hermano –dedujo Hyoga-. ¿Y el otro cuaderno? ¿El del título raro?
-Fueron los hijos de Mirena de Acuario –explicó-. Antes de ellos, había tenido otra hija, que murió cuando era una bebé. Para entender sus decisiones primero debes conocer su pasado –hizo una pequeña pausa, para luego usar un tono más relajado-. Están escritos con amor, ¿sabes? Pensé que así extrañarías a tu madre un poco menos, o al menos te ayudará a tener algún otro punto de vista –Hyoga bajó la mirada.
-¿Mi mamá? –balbuceó con tristeza. Camus se arrepintió enseguida de haberlo dicho, porque cada vez que la nombraba, Hyoga no podía evitar llorar. Él lo abrazó con cariño y revolvió su cabello, disimulando que el movimiento le había provocado dolor en sus heridas frescas-. ¿Sabes cómo es extrañar a alguien, Maestro? –Camus sintió un nudo en la garganta.
-Lo sé, patito. Créeme que sí –confesó, mientras pensaba en el compañero que dejaba atrás-. Nos tenemos que ir. Es posible que no volvamos aquí en muchos años más.
-Está bien –concedió-. Ojalá cuando volvamos tú seas un viejo con todo el pelo blanco, y yo use la Armadura de Acuario –Camus lanzó una carcajada.
-Ojalá que sí. Tenemos que trabajar mucho para eso –el niño asintió-. Ve a alistarte. Comemos algo rápido, y luego nos vamos ni bien baje el sol.
Era una noche cerrada y sin luna. Camus dejó atrás el Santuario por una entrada oculta junto a sus aprendices, en la oscuridad y en el más absoluto silencio. La forma en que se iba le hizo sentir sucio. Caminaba con lentitud, con todo el cuerpo dolorido, mientras veía a los dos niños dar alegres saltitos y se preguntaba de dónde sacaban tanta energía. Se iba con el corazón estrujado, preguntándose si podría cumplir su promesa y volver al Santuario. En las mochilas de sus aprendices asomaban los libros que se habían llevado de contrabando, como una silenciosa prueba de su presencia en Grecia. Pasaron pocas horas cuando Camus les obligó a hacer una parada. En realidad lo hacía por él mismo, en un vano intento por calmar el dolor que lo envolvía. Apenas cuando los niños se durmieron se animó a limpiar sus heridas ocultas por la armadura. No durmió esa noche, en un intento de montar guardia.
Un rato después tomó de la mochila de Isaac el libro de Milo, por total curiosidad. Recordaba la ocasión en que se lo había regalado. Ojeó las páginas con pereza. Se sorprendió cuando encontró un papel doblado al medio con su nombre escrito. Lo leyó despacio, saboreando cada palabra. Lágrimas amargas cayeron por sus mejillas sin que les diera permiso. Guardó la carta en su equipaje. Sin perder tiempo, tomó el cuaderno de color azafrán y se dispuso a leer sobre la más compleja y poderosa telequinesis. Antes de empezar, leyó las estrellas y elevó una plegaria a su constelación guardiana.
Camus no había tenido un Maestro, estrictamente hablando. Pero todo lo había aprendido de esos cuadernos coloridos. Aunque no había conocido a Mirena de Acuario, en su corazón se sentía su aprendiz. Había sido el silencioso Cosmos de la biblioteca el que lo había visto aprender de su obra, luego sentirse confundido y seguro a la vez, cuando practicaba la teoría incontables veces. Fue de esos mismos cuadernos de los que aprendió la severidad de las reglas del Santuario. Lloró cuando se supo tan transgresor como sus predecesores, poseedor de un corazón que amaba a un ser humano mucho más que a Athena. En esta oportunidad también lloraba. Abrió el cuaderno en la primera página y se sintió un alumno inexperto, decidido a aprender una nueva lección de Mirena y, esperanzadamente, poder hablar con alguien que pronto iba a tener a diez mil millas.
