Al día siguiente se despertaron desnudos en la tienda, sintiendo el frescor de la mañana ya que no habían cerrado la tienda del todo. Estaban cubiertos con una manta de lana y Enkidu dormía dándole la espalda a Gilgamesh.

—Gil—dijo, consciente de que estaba despierto—, hoy debemos ir a la biblioteca a leer los reportes.

—Deja eso—contestó Gilgamesh luego de bostezar—, ya lo sé, pero primero quiero llegar al palacio y comer.

—Tengo que seguir estudiando, me han dado algunas actas de estudio a seguir: ¿Debería dejarlo? Uruk nos necesita a todos. Creo que no es prudente que siga en esto.
Gilgamesh reflexionó unos segundos y contestó:

—Sí, tienes razón, pero termina el trabajo que te dieron. Tampoco debes dejar de estudiar porque perder la costumbre te puede hacer retroceder en lo que has aprendido.
—Me haré el espacio entre mis obligaciones para estudiar, aunque sea un poco.

Enkidu se volteó y quedó cara a cara con Gilgamesh. Se observaron con algo de timidez, sabiendo que cada vez que sus ojos se conectaban, algo secreto se deslizaba con el sólo pestañeo. Gilgamesh tragó y acarició la mejilla de Enkidu.

—Vamos—dijo, sentándose en la tienda y buscando a tientas algo para ponerse—, desarmemos esta cosa y desayunemos en el zigurat.

Gilgamesh se colocó un pantalón y así salió de la tienda.

Enkidu se quedó hecho un ovillo bajo la manta. Sentía sensible la mejilla y tenia una sonrisa boba en el rostro.

Continuaba con ese ruido mental que le causaba desconcierto: era más intenso que el día anterior.

Se estaba angustiando, pero lo dejaría de lado lo más posible.

También se levantó. Ordenaron las cosas entre los dos, llevaron las mantas, las frutas y la lamparilla al carruaje, mientras el animal comía. Enkidu encontró una roca especialmente bonita: tenía tonalidades verduzcas acompañadas con las típicas manchas grises. La guardó en su bolsillo y la llevaría a su caja de tesoros, para recordar aquel día donde Gilgamesh volvió a ser él mismo con él.

Una vez alistados, se subieron al carruaje y partieron rumbo a la ciudad.

Cada vez que Enkidu miraba el agujero en el muro sentía ansiedad: un pensamiento arraigado en su mente le hacía creer que todo eso fue culpa de él, porque desde que Ishtar le dijo que él le había quitado a Gilgamesh, comenzó a creer que efectivamente era así. Apretó las riendas con nerviosismo y prefirió observar la puerta que estaba muy cerca.

El Éufrates quedaba prácticamente al lado de Uruk. Gilgamesh planeaba extender su reino afuera de las murallas donde los campesinos podían asentarse con sus viviendas y cultivar para la ciudad, como una solución a las personas que venían de otros lados ansiosas de pertenecer a Uruk, sin embargo, dada las circunstancias, aquel plan quedó desplazado en la mesa de reuniones. Gilgamesh iba pensando en esto cuando se percató que llegaron al control de entrada y rodó los ojos, ya que obviamente quien guiaba era Enkidu: ¿Quién más en toda Uruk tendría el cabello verde?

Era un color exótico y Gilgamesh lo amaba. Recordó que en un principio, cuando él se encontraba con Enkidu en la celda donde lo confinó luego de la pelea, encontró que su cabello era espantoso: recordó que Enkidu en general le pareció un ser deforme, extraño y poco definido, con ese cuerpo y facciones delicadas, pero con los músculos denotados y los tendones sobresalientes en sus manos y pies.

Y pensar que ahora todo eso le robaba parte de su razón.

No podía encontrarlo más bello, era el equilibrio perfecto que no podía encontrar en ninguno de sus consortes, ni hombres ni mujeres. La cabellera larga le embobaba seguido y contemplar esos mechones caer con gracia alrededor de su cuerpo era algo que deseaba para él, con todo lo que ello implicaba. En ese momento, mientras Enkidu guiaba la marcha entre los escombros y el desorden, quiso creer que Enkidu, además de ser creado para él, era parte de su alma en otro cuerpo, porque así lo sentía, como si él fuese algo así como su alma gemela. Alguien le robó parte de su corazón y lo moldeó hasta crear a Enkidu.

Sonrió ante tal pensamiento utópico y se percató que habían llegado a las caballerizas.

—Tengo hambre—dijo Enkidu, cuando iban camino hacia la habitación para tomar un baño, ya que tenían tierra pegada al cuerpo producto de su zambullida nocturna—, quiero comer un montón de dátiles.

—Tengo una pregunta—indicó Gilgamesh, doblando por una esquina: ¿No que no necesitabas comer? ¿Por qué sientes tanta hambre? Además, comes un montón.
Enkidu lo observó con reproche, pero finalmente contestó:

—Es cierto, no necesito comer, pero una vez que comencé a hacerlo, me volví algo así como un adicto. Puedo dejar de hacerlo en cualquier momento.

—Por lo visto, hoy no será ese día.

Ambos rieron y abrieron la puerta de la habitación.

Al interior se encontraba Siduri, observando sus propias tablillas en un montón que tenía a su lado. Parecía cansada y ensoñada.

—Hola—saludó, ya teniendo un poco más de confianza con Gilgamesh—, puedo esperar a que se alisten.

—Sí, hazlo—dijo Gilgamesh, desprendiéndose de la manta que traía en los hombros y dejándola tirada en el suelo—, Enkidu y yo tenemos cosas que hacer luego.

—Lo tengo programado—aseguró Siduri, señalando su tablilla—, pero de eso hablaremos luego.

Enkidu y Gilgamesh se adentraron al dormitorio. Gilgamesh se fue al baño, mientras Enkidu se dirigía al vestidor.

—Oye—llamó Gilgamesh desde la entrada del baño—, ven a bañarte.

—Lo haré luego de que tú te refresques.

—No, ven a bañarte conmigo.

Enkidu cerró los ojos y asintió.

El agua llenaba la bañera y Enkidu se desprendió de sus ropas, dejando el mismo desorden que Gilgamesh hace unos momentos atrás. Ambos se metieron a la tina y el agua tibia hizo sonreír a Gilgamesh.

—Qué sensación tan agradable—dijo, apoyando los brazos a los lados.

La bañera era enorme: fue diseñada para que Gilgamesh compartiera espacio con una o más consortes. Enkidu se puso al lado contrario y tomó sus bálsamos especiales para su cabello largo.

Gilgamesh lo observó deslizar el peine desde su nuca hasta el final de sus cabellos. La escena le pareció atractiva, incluso sensual.

—Ven—ordenó Gilgamesh— y trae tu peine y tu bálsamo.

Enkidu obedeció con una expresión de pregunta. Cuando llegó a su lado, Gilgamesh le quitó las cosas y llevó el peine al cabello de Enkidu.

Comenzó a peinarlo con una dedicación extraña en él. Le costó desenredar algunas hebras.

Enkidu se llenó de escalofríos. Prefirió cerrar los ojos y disfrutar ese acto tan dedicado y noble. Los dedos de Gilgamesh llegaban hasta su nuca para acariciarla y luego los deslizaba.

Al terminar apoyó la frente en el hombro de Enkidu y se levantó luego.

—Listo—anunció Gilgamesh, devolviéndole sus cosas.

Enkidu se apartó y su cabello ondeó elegante sobre el agua.

Ambos se bañaron en silencio, deslizando los jabones fragantes por sus pieles hasta que estuvieron completamente aseados. Gilgamesh salió primero y se aplicó sus perfumes típicos. Enkidu se sumergió un momento y salió a la superficie con todo el pelo apegado al rostro.

Gilgamesh se rio al verlo tan desordenado.

Pronto, fueron a sus vestidores y eligieron las ropas para ese día. Gilgamesh pasaba de ser vestido por sirviente porque sentía que ellos eran muy simples como para escoger la ropa adecuada para él. Por otro lado, Enkidu siempre fue rebelde y se vestía con las prendas que él quería, aunque a veces parecía un vago (un vago muy rico).
—Bien—dijo Gilgamesh con voz alta. Su estómago reclamaba por comida—, Siduri, cuéntame que es lo de hoy.

Gilgamesh y Enkidu se sentaron a desayunar y Siduri se lamió los labios para hablar.

—Primero hay que revisar las actas en la biblioteca principal. Ahí están registrados los valores y las bajas principales. También hay concilio antes del almuerzo para hablar sobre la falta de suministros a la ciudad. Luego del almuerzo hay un par de horas libres hasta el segundo concilio de avance en el muro. Luego es la cena y ahí termina el día.

Gilgamesh jugaba con una uva mientras la escuchaba hablar. Asintió algo distraído y vio como Siduri se volvía a lamer los labios.

—Oye Siduri—dijo, moviendo una mano—, deja esa tablilla y ven a desayunar con nosotros.

Siduri apretó su tablilla con fuerzas y pegó un respingo: ella no desayunaba hasta ordenar el día de Gilgamesh. Tenía hambre y sed y sentir el olor del jugo de naranja le abrió el apetito.

—Pero yo…

—Ven—llamó Enkidu, sonriendo—, hay pasteles.

Siduri divagó unos momentos, hasta que suspiró y dejó sus cosas de lado. Se sentó con ellos y con algo de nerviosismo miró a Gilgamesh.

Sus miradas se conectaron y Gilgamesh alzó levemente una ceja, como un espasmo. Siduri prefirió ignorarlo y tomar con timidez un trozo de pan.

Enkidu amenizó el ambiente.

—Siduri, ¿Cómo consigues llevar todo al día? Tienes mucho trabajo que hacer.

—Oh—Siduri masticó su pan un tiempo y contestó: —, tengo asistentes también. Ellas me ayudan a organizar mis escritos en la biblioteca y a recordar cada cosa que debo recordar. A veces siento que olvidaré algo y ellas lo hacen por mí.

—Así es—aseveró Gilgamesh—, hace un tiempo le pedí que buscara asistentes porque estuvo muy olvidadiza y yo perdí varias cosas importantes que hacer.

—Al menos estás consciente de que la sobrecargas de trabajo—dijo Enkidu.

Gilgamesh negó mientras tomaba su copa.

—Es su deber. No me importa cómo lo hace.

El desayuno continuó con Enkidu hablando con Siduri sobre el noveno jardín el cual se estaba construyendo, hasta que Gilgamesh se levantó de la mesa y Siduri también lo hizo. Enkidu se quedó mirándolos mientras pensaba.

La verdad, sí se veían bien juntos. Siduri era una mujer menuda y baja, bastante atractiva con el maquillaje que usaba. Su cuerpo se ajustaba perfecto a las ropas y su inteligencia no la dejaba atrás. Gilgamesh interactuaba con ella con cierta rudeza, pero le pareció que con el tiempo, se había ablandado. Sonrió ante sus divagaciones y se puso de pie, ya que Gilgamesh lo llamó para ir a la biblioteca.

Siduri se separó de ellos en un pasillo ya que tenía que atender las actas del concilio que se celebraría más tarde. Gilgamesh y Enkidu continuaron hacia la biblioteca en silencio.

Algo ocurría entre ellos, algo que estaba por desbordarse.

—Tengo que estudiar un poco—dijo Enkidu cuando llegaron a la biblioteca.

—Bien—contestó Gilgamesh, dirigiéndose directamente al estante de su interés.

Enkidu tomó unas tablillas especiales de astronomía que su mentor había escrito hace poco. Comenzó a leerlas con detención y dejó algunas de ellas sobre una mesa.
—Supongo estás más o menos al día con tus estudios—murmuró Gilgamesh, acomodando algunas tablillas en los estantes de la biblioteca. Buscaba uno en especial sobre los últimos reportes de las minas.

—No, pero me pondré al día—señaló Enkidu, deslizando sus dedos a través de la superficie tallada—, mi mentor me ha mandado a estudiar los ciclos lunares. Lo que te conté hoy en la mañana, son mis tareas.

—No me parece mala idea, así dejas de andar de ocioso como siempre, ya llevas bastante tiempo evadiendo tus responsabilidades—Gilgamesh hablaba con el dejo de la arrogancia en su voz característico de él. Apartó su cabello hacia atrás cuando encontró la tablilla y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas a leerla.

Permanecieron cada uno en lo suyo cuando un ruido seco se escuchó y Gilgamesh levantó la vista: Enkidu dejó caer la tablilla y se había roto. Se sintió un idiota al ver los trozos de arcilla en el suelo y se acercó a recogerlos cuando Gilgamesh habló:

—No seas tonto, deja esa porquería ahí, ya está rota.

—Rota…

Enkidu pensó que aquella tablilla podría ser el mismo: un montón de arcilla quebrada, pulverizada en las esquinas, trizada y desperdigada. La analogía le hizo sentir cierto malestar.

—¿Ya no sirve?

—Por supuesto que no—contestó Gilgamesh, ya hartado—, ahora es basura. Déjalo ahí, ya vendrá alguien a limpiarlo.

Basura.

Enkidu no sabía por qué relacionaba esas palabras consigo mismo. Hace tiempo que tenía la sensación de haberse quebrado, que algo no andaba bien en su interior. Con un pie, movió un trozo de la tablilla para después pisarla con fuerzas, sintiendo como esta cedía ante su peso.

Basura, basura, basura.

—¿Qué te pasa? —Gilgamesh dejó de lado su propia lectura.

—Nada—dijo amenamente Enkidu—. Me dio gusto pisotearla, tener poder sobre las cosas, ser capaz de destruir algo por mero placer.

Gilgamesh se mantuvo mucho tiempo mirándolo, como escudriñando el significado de sus palabras.

—Estás extraño—replicó Gilgamesh después de suspirar, regresando a su lectura—. Ve y toma alguna infusión calmante, te noto tenso.

—Estoy bien—dijo Enkidu, sentándose cerca de una mesa que contenía tablillas en blanco junto con cinceles.

Enkidu tomó uno y comenzó a escribir. Talló explicando como se sentía en ese momento:

"A veces quisiera saber el significado de estar vivo. Mis brazos y piernas, mi cuerpo es parecido al de un ser humano, pero estoy lejos de serlo. Muy lejos.
¿Acaso estaré roto como una tablilla que se cae al suelo? Supongo que así es como luce un artefacto inútil que jamás cumplió su función: ¿De qué sirve crear un dispositivo si falla al primer uso? ¿Cómo catalogaría el inventor de dicha cosa a su propia creación?

De nada sirve tener un cuerpo si tengo esta sensación de vacío gobernándome. Puedo seguir sonriendo y hablando como siempre y es porque he aprendido a fingir; es fácil aparentar estar bien.

No ha dejado de dolerme el pecho. Es un dolor agudo, color metálico que devora mis pensamientos. Es tan inmovilizante que a veces sudo en frío, me consumo en nerviosismo, en ansiedad. Mis dedos resbalan las cosas que sostienen, suelo tropezar, me cuesta respirar.

Gil: quizás algún día leas esta tablilla. La guardaré en la biblioteca en algún lugar y si un día la encuentras, quisiera que la leyeras y que jamás me comentaras que lo hiciste, porque no podría soportar la vergüenza de que hayas leído mis pensamientos más profundos, sin embargo, esto es para ti.

Quisiera decirte todas las cosas que escribiré en este trozo de arcilla, pero me cuesta tanto. Ahora mismo te veo leer una tablilla, tan ensimismado. Te ves único, como el gran rey que eres, con un porte tan increíble. Te admiro mucho, quisiera algún día ser como tú, tan imponente y grande, un verdadero regente. ¿Cómo eres capaz de ser tan grandioso? Eres lo más hermoso que he visto en la vida, eres perfecto a mis ojos, aunque todos los demás te juzguen, yo jamás lo haré. Me encanta ver como deslizas tus dedos por la superficie de la tablilla, como mantienes el ceño fruncido mientras tus labios se mueven en silencio. Tienes un espasmo en la pierna cuando te concentras, te molesta un mechón de tu cabello que está algo largo, juegas seguido con uno de tus aretes: realmente eres perfecto.

No soy más que arcilla moldeada e inútil, sin embargo, en mi cuerpo también he logrado escribir cosas. He aprendido de ti, de mi alrededor. Mis pensamientos son mis vivencias, llevo mi propia biblioteca en mi mente, en donde tú eres el principal personaje de todas las aventuras que hemos tenido.

Lamento mucho no ser perfecto para ti, en este cuerpo mal constituido de un hombre a medias, ni mujer ni hombre, completamente amorfo y olvidado por la gracia de los dioses; nací roto y así me sentiré hasta el fin de mis días. Odio de cierta forma haber sido constituido como hombre, pero hubiese odiado también ser una mujer, fuese como fuese, hubiese sentido odio por mí.

Gracias por hacer de mi inservible vida algo agradable y perdóname si un día te fallo y esta vasija de tierra que soy se quiebre para siempre"

Enkidu dejó de tallar cuando volvió ese dolor que mencionaba en su escrito. Tocó su pecho y acarició con suavidad sobre él, intentando aliviar esa sensación de angustia. Se levantó del lugar y dejó la tablilla entre tantas otras.

—Enkidu no seas desordenado, no dejes cosas en donde no van, recuerda que todo tiene un orden y tus tonterías escritas no deben mezclarse con las informaciones importantes.

Enkidu sonrió por mero compromiso y removió el polvillo que soltó al tallar.

—Descuida, transcribí lo que quebré. Es el mismo texto. No hay necesidad de…

Gilgamesh dejó su propia tablilla de lado y miró a Enkidu con el ceño fruncido.

—No era necesario que lo hicieras tú. Es labor de los escribanos. De verdad estás extraño: ¿Qué te pasa?

—Pero me dijiste que dejara de estar de inútil. Hice algo beneficioso.

Gilgamesh se levantó del lugar y devolvió la tablilla que él estaba leyendo y se encogió de hombros.

—Bueno, supongo que está bien.

Gilgamesh no se tranquilizó. Detectaba cierto aire inanimado en Enkidu: hablaba más suave de lo usual, sus ojos se perdían entre las tablillas, los movimientos de sus manos eran lentos y la trayectoria que recorrían era azarosa. Estrechó los ojos con cierta preocupación, algo raro en él. Negó para luego levantarse de los almohadones.
—Vamos a la terraza de la biblioteca, no hay nadie ahí.

Enkidu se volteó con su cabellera danzando tras de él para mirarle largo y tendido.

—¿Quieres hablarme?

—No—repuso Gilgamesh—, es lo contrario; quiero que tú me hables. Estás raro y eso me desconcierta. Quiero que te comportes como siempre.

Enkidu guardó silencio sin emitir expresión alguna. Sus párpados se cerraron con cautela para desviar sus ojos.

—De acuerdo, vamos.

Ambos sortearon algunas mesas para llegar al fondo de la biblioteca y acomodarse afuera, donde un jardín rebosante y una cascada artificial gorgoteaba alegremente. Enkidu alzó la mano para sentir el desliz del agua entre sus dedos cuando Gilgamesh colocó una mano en su hombro después de apartarle la cabellera.

—Ven, siéntate conmigo.

Enkidu asintió y fue a su lado para acomodarse entre almohadas. Sus dedos se restregaron entre sí al sentir la humedad sobre la piel.

—Creo que tengo algo de melancolía—comenzó Enkidu, apoyándose en la palma de sus manos al llevar su espalda hacía atrás. Miró un ave exótica pasearse entre las plantas y sonrió tristemente—. No es que extrañe mi vida anterior, no lo malinterpretes, pero extraño la sensación de tener un objetivo en la vida.

—¿Ahora no tienes nada? —Gilgamesh se restregaba el rostro inconscientemente, para luego morderse el dedo índice.

—No, ya no.

Gilgamesh alzó una ceja: hace mucho le había dicho que él era su objetivo de vida. Cierto malestar le hizo tensar los brazos al acomodarse.

—Creí que enaltecerme era tu motivación.

Enkidu alzó la cabeza y soltó una risita casi inaudible para luego perderse, como rememorando algo ensoñador.

—Aún lo es, pero esta vez es distinto.

—¿Qué lo hace distinto?

—Nada, no te preocupes—Enkidu despegó su atención de sus pensamientos para sonreír con esa pureza que le iluminaba el rostro—. Ya se me pasará.

Gilgamesh lo miro con los ojos entrecerrados. El movimiento de su cabeza hizo que sus aretes brillaran con el sol, soltando destellos dorados.

—Creo que ya es tiempo de que seas un astrónomo. Yo soy un rey, los consejeros son sirvientes de categoría baja, tú no eres nada a pesar de haberte incluido en el concilio. Deberías aprovechar tu brillante inteligencia analítica para algo. Pronto te nombraré astrónomo y por lo tanto debes estudiar más.

—Sería un gran honor. También quiero aprender otras cosas: me gusta mucho lo que hacen los sacerdotes y magos con sus pociones. Quiero aprender de ellos y serte útil de alguna manera.

—Que seas mi amigo ya te hace útil.

Gilgamesh escudriñó en sus bolsillos para extender la mano y ofrecer algo a Enkidu: un dulce de dátil envuelto en una hoja verde. Sin mirarlo, depositó el caramelo en la palma de Enkidu y aprovechar de deslizar imperceptiblemente sus dedos. Gilgamesh no borraba su semblante serio y orgulloso, pero su delicado acto habló por él: realmente estaba preocupado. Enkidu tomó el dulce entre sus dedos y lo descubrió de la hoja, viendo como la miel se pegaba en un hilo dorado al verdor de las pequeñas venitas de la planta. Sonrió y guardó ese momento como otro tesoro.

—Está bien—dijo Enkidu ya más animado—. Me iré a estudiar y te presagiaré las temporadas de cosechas y la abundancia de los ríos.

—Cómo quieras—Gilgamesh hizo un movimiento elegante con su cabeza, como queriendo expresar desinterés—, sólo quiero que dejes de…

Enkidu se levantó de súbito, para retirarse del lugar y dejar a Gilgamesh a solas.

A decir verdad, esa angustia no hacía más que incrementarse en su pecho.

As through the pipes the waters fell

Down to the bottom of the well

In listless apathy I gazed

At the cold waters ... as he bathed

I have beheld that scenery

And it's most sensual masculinity

Yet, disappointment, oh, can't you see?

Is still the cause and the cardinal symptom

Of my sick, sad reality

Silver equals chill, but that suits me just fine

I'm shyly sipping water ... while he drinks whole jugs of wine

He likes all kinds of women, and I ... I only hate ... men

He marvels at all things new to him ...

And I only wait ...

For all things in this sick world... to end

The water pouring down his spine

Caressed his strong physique

Oh, so well-defined

Calm like a rock he stands

Oh, behold his body and soul

A friendly God must have built this man

To an all well-balanced whole

What sad bewilderment of this brought

Physical clearness, alas ...

Still so much abhorred

An ancient ghost awoke and fiercely arose in me

It was that old, savage, yet half-forgotten ideal of perfect neutrality

Silver equals chill, but that suits me just fine

I'm shyly sipping water... while he drinks whole jugs of wine

He likes all kinds of women, and I ... I only hate... men

He marvels at all things new to him...

And I only wait...

For all things in this sick world... to end

I somewhat envy this naturally beautiful man

He never knew or encountered the hatred and shame that I bear

The doubt, the cloak of disgust and the all-devouring dread

And if I told him about it

He might only shake his head

With kindly amused, melodious laughter

He then would perhaps merely smile at my ...

Oh, so stupid silliness ...

And the beast that is raging inside

In der palästra – Sopor Aeternus.

Enkidu se perdió durante todo el día y no fue al concilio ni a comer con Gilgamesh, quien miraba el puesto vacío a su lado con cierto descontento: no le gustaba para nada tener que lidiar con personas que se encontraban tristes o deprimidas, porque eso pasaba con Enkidu. Dejó la comida de lado y decidió subir a la parte más alta del zigurat, avisando a una de sus sirvientas que le avisaran a Enkidu de que se encontraba ahí. Se cruzó de brazos y observó su cuidad a medio destruir. Suspiró al sentir que perdió parte de su esfuerzo en una pelea tan estúpida y caprichosa: al menos Ishtar desapareció. Respiró el fresco aire nocturno mientras su cabellera se despeinaba levemente. Con una percepción increíble, pudo ser consciente de que Enkidu había llegado. Lo invitó a su lado y ambos perdieron sus miradas en Uruk.

—¿No te parece que Uruk sigue siendo una gran ciudad a pesar de todo? —preguntó Gilgamesh en un susurro, con los ojos entrecerrados.

—Lo será siempre, hasta el fin de los tiempos—contestó Enkidu, apartando su cabello—, está bendecida.

Gilgamesh resopló y negó.

—Los dioses no tienen nada que ver con esto. Mi gente ha construido los muros y sus casas. Yo he reinado y lo he hecho excelente, soy yo responsable de este lugar. Ningún dios puso sus manos para alzar los templos. Los dioses debiesen apartarse de la vida de los humanos de una buena vez.

—Tú tampoco has ensuciado tus manos con un templo—dijo Enkidu con una sonrisa.

—Tú sabes a lo que me refiero, no seas tonto.

Enkidu asintió y pestañeó.

—Quisiera que todos supieran lo buen rey que eres.

—¿Qué? Todos lo saben; ¿Por qué lo dudas?

—Porque la gente, a pesar de que ha notado tu cambio, sigue siendo reacia a creer que las cosas realmente hayan cambiado.

—No tienen derecho a juzgarme, debiesen ser castigados.

—Pero no lo serán—dijo Enkidu, mirando una casa llena de flores—, porque sabes que está mal.

Gilgamesh se mantuvo en silencio unos momentos y suspiró.

—Viniste a revolver mi vida, hiciste de todas mis rutinas un desastre.

Enkidu sonrió

—Acepto el halago. Merecías un cambio en tu vida. La rutina no es lo tuyo.

—Supongo.

Gilgamesh pensó un momento lo ocurrido en la biblioteca. Le pareció sumamente extraño que Enkidu pisoteara un trozo de arcilla: era inusual ver una conducta impulsiva en él, más si era violento.

—Oye—comenzó Gilgamesh—. ¿Qué demonios te pasa? Ya tu comportamiento me esta empezando a desagradar.

—Estoy bien, ya te dije que es melancolía—dijo Enkidu con suavidad.

Gilgamesh observaba la escena de reojo para soltar un suspiro.

—¿Qué es lo que te falta? ¿Más jardines? ¿Animales? ¿Libertad?

Enkidu sabía perfectamente qué era lo que faltaba en su vida, pero era imposible de obtenerlo. Tragó con algo de dificultad y negó.

—No me falta nada, déjame exteriorizar lo que siento para sanarlo.

—Es que es molesto—reprochó Gilgamesh, sintiendo que sus poros reaccionaban ante el aire frío—. No quiero verte así.

—Agradezco tu preocupación, pero insisto en que ya pasará. Mañana seré el mismo de antes.

—¿Qué te hará olvidarlo? ¿Qué tiene de especial la noche como para que mañana estés mejor?

Enkidu giró su cabeza hacia Gilgamesh y pestañas tupidas dieron paso a sus iris que resplandecían a la luz de la luna.

—Tú—susurró, alzando una mano y acariciando la mejilla de Gilgamesh.

Gilgamesh se sintió algo incómodo. A pesar de la noche anterior, estaba consciente de que sus actos tenían otro significado ahora. No cedió al caos interno que aquella simple palabra significó para él. Iba a apartar la mano de Enkidu, pero luego recordó que nadie más que él le veía. No existían concubinas, ni consejeros ni guardias ni sirvientes mirándolo, no tenía que aparentar ni esforzarse en ser un rey inexpugnable, tal como la noche anterior.

Es por esa razón que alzó la mano para acariciar la de Enkidu. Le sonrió con dulzura, algo muy raro en él, a lo que las mejillas de Enkidu contestaron con un suave rubor.

Enkidu se lanzó a los brazos de Gilgamesh y se acomodó en su cuello, respirando su perfume. Sus manos se aferraron a la espalda y tan sólo encontrarse en aquel espacio fue suficiente para calmar sus aflicciones. Gilgamesh alzó las manos para palmear fríamente la espalda. Enkidu se quedó un momento entre sus brazos para luego separarse y tomar el rostro de Gilgamesh entre sus manos para besarlo. Gilgamesh mantuvo los ojos abiertos mientras se besaban para ir cerrándolos paulatinamente a medida que seguía el ritmo del beso. Acarició su espalda, intentando apartar la larga cabellera que muchas veces le molestaba. Ladeó su cabeza y su lengua húmeda y cálida se deslizó en la de Enkidu, haciendo del acto algo íntimo y sensual.

"No siento nada" resonó en la mente de Gilgamesh, recordando cuando le dijo aquello a Enkidu. Se detuvo abruptamente en aquel beso y cayó en la cuenta de que quizás eso mantenía a Enkidu en ese estado desanimado. Se apartó con cautela y lo miró extrañado.

—Quizás no debiésemos hacer este tipo de cosas—comenzó Gilgamesh con determinación—. No te hagas ideas equivocadas conmigo.

—Yo estoy para servir a tu lívido y que tomes mi cuerpo bajo tu propio placer de hacerlo.

Gilgamesh bufó divertido.

—Ahora tú has ido tras mis labios. Es tu propio deseo de ser contentado con placer y no el mío.

—Si no quieres, está bien—contestó Enkidu, volteándose, dispuesto a regresar al interior.

Gilgamesh quedó pasmado.

"No siento nada"

"Mentiroso" dijo una vocecita en su mente, muy parecida a la voz que él tenía de niño.

Rodó los ojos en blanco y exhaló con fuerzas.

Decidió ir tras Enkidu.

Una vez en la habitación, Enkidu comenzó a quitarse las ropas elegantes. Parecía cansado mentalmente. Dejó todo tirado en el suelo y caminó a la cama.

—Mañana iré donde los astrónomos. Hoy tengo sueño y quiero estar a solas contigo.

—Ve cuando quieras, no te obligues si no quieres—murmuró Gilgamesh, aún sintiendo el húmedo beso de Enkidu sobre sus labios.

—Realmente quiero ir, pero hoy no.

Enkidu sacaba un pantalón cómodo para dormir cuando Gilgamesh se volteó a ver la curva de su cintura. Su mirada se quedó prendada a su cuerpo y alzó las cejas, evaluando la situación. Se aclaró la garganta y habló:

—Quédate desnudo y no te trences el cabello.

—Cómo desees.

—Deja de hablar así—Gilgamesh endureció su voz, molesto—, no eres una…

—¿Muñeca? —terminó Enkidu con una sonrisa de ironía.

—No, no lo eres. Olvídate de lo que eres originalmente, ahora eres mi amigo y es lo único que importa.

—Hazme olvidar—Enkidu se sentó sobre la cama, desnudo, dejando que su cabellera se perdiera entre sus piernas.

—¿Es una propuesta indecente?

—Sí lo es. Ven y hazme sentir que me hundo en ti.

Enkidu deslizó una mano tímida por su abdomen y palpó su miembro. Se miró a sí mismo y se encontró extraño: no era su cuerpo, estaba mal. Tampoco deseaba el de una mujer, simplemente quería ser la nada que siempre se sintió. Apartó la mano y una cortina de cabello cubrió sus ojos.

Gilgamesh comenzó a desnudarse, dejando las prendas olvidadas en el suelo. Se subió a la cama para luego tomar una de las manos de Enkidu. Se inclinó a besarla sin quitarle la mirada de los ojos.

—Quiero que sepas algo—susurró Gilgamesh, apartando la cabellera de Enkidu y dejándola tras su hombro—. Eres mío, me perteneces como todo en este mundo. Si eso te hace sentir lleno, disfrútalo, porque eres una de las pocas cosas que saboreo tener.

"Una cosa" resonó en la mente de Enkidu, mientras se acercaba para besarlo nuevamente "siempre fui una cosa"

Cerró los ojos. No le importó ser un objeto, es más, aquello le llenó el pecho con eso que sentía que huyó de él. Sus dedos se enredaron en el cabello rubio de Gilgamesh y se recostó con él encima. Gilgamesh se sostuvo con la palma de sus manos a los costados de Enkidu para luego llamar su atención.

Gilgamesh se sentó en el lecho y tomó a Enkidu por la cintura para sentarlo frente a él.

—Ser mío un privilegio único y deberías agradecerlo como nadie.

—Yo agradezco todas las noches por ser tuyo, esto es un regalo a mi devoción.

Gilgamesh fue tras el cuello de Enkidu para besarlo. Sabía que aquello le gustaba y empezaba a encenderlo, al igual que las caricias eróticas en las orejas, el desliz de su nariz por los hombros, los rasguños en la espalda. Escuchó sus gemidos suaves y supo que iba en buen camino. Los brazos de Enkidu estaban caídos a su costado y se entregó por completo a Gilgamesh, dejando que él hiciera de su cuerpo lo que quisiera. Sonrió cuando un beso en su vientre le provocó un escalofrío que escaló por su espalda hasta la nuca, crispándole la piel. Gilgamesh depositó el cuerpo de Enkidu sobre la cama y fue tras un poco de aceite. Untó sus manos en él y las restregó una contra la otra: no tenía idea de como dar un masaje, pero lo intentaría.

—Ponte de espaldas—pidió, a lo que Enkidu obedeció.

Al colocar sus manos sobre el dorso de Enkidu y deslizarla hasta su cintura supo que era imposible seguir negando lo que su corazón sentía. Detuvo su tosco masaje y buscó las palabras correctas.

—Hace tiempo yo pensaba que muchas cosas eran tonterías de… de gente básica, de gente que no está a mi altura, de mestizos estúpidos y ahora me he dado cuenta de que tener una condición humana me hace de cierta manera débil, pero quiero que sepas que…

Enkidu se volteó para mirar a Gilgamesh y negó con suavidad.

—No tienes que justificarte, Gil. Déjalo.

—Intento decirte algo—masculló Gilgamesh—, déjame hacerlo.

—Te escucho.

Gilgamesh miró sus manos con aceite y se mordió el labio inferior. Cerró los ojos y respiró un par de veces.

—Eres mi tesoro.

Enkidu abrió los ojos levemente y luego los entrecerró: se sintió maravilloso escuchar aquello. Un nuevo chorro de agua cálida inundó su razón y se deshizo en ella, entregado al placer del momento. Enkidu se sentó en la cama y abrazó a Gilgamesh con fuerzas.

—Quemémonos en la dicha de tenernos el uno al otro. No importa el mundo, no importa nadie más que tú—Enkidu comenzó a respirar agitadamente, ya sintiendo el flujo de las hormonas gobernar sus actos—hazme sentir, hazme gritar, haz que te ruegue por más, quiero sentirme completamente dominado por ti, quiero que me gobiernes con la misma destreza que gobiernas Uruk y así podré saber que te has consumado a mí.

Gilgamesh reclamó su mandíbula con algo de violencia. El desliz de la prepotencia se reflejó en sus labios y se sintió pleno, libre y controlado por el placer de ser el regente de Enkidu. Observó sus ojos y luego acarició fugazmente su mentón. La arrogancia se esfumó conforme caía de nuevo por el encantador hechizo de Enkidu sobre su cordura. Pensó unos momentos en qué decir, en si ceder lo que su mente construía. Tragó con dificultad y tomó una de las manos de Enkidu para acariciarla entre sus dedos.

—Esta noche… quizás podría entregarme a ti—sentenció Gilgamesh con un tono demasiado rudo en su voz—. Haré lo impensable por ti, espero lo agradezcas realmente.

Enkidu entornó los ojos y alzó una mano para deslizarla con suavidad por la mandíbula de Gilgamesh. Sonrió con cierta melancolía y negó.

—No es necesario que hagas algo que no quieres, Gil. Yo no necesito que te fuerces por mí.

Gilgamesh alzó el mentón y juzgó a Enkidu. Su semblante serio y el brillo carmesí de sus ojos dotaban a su aura de un agobiante sentimiento de dominancia.

—Puede que no lo haga. No mereces algo así de mi parte.

Enkidu negó apenas escuchó aquello y reclamó el rostro de Gilgamesh. Sus pulgares restregaron sus mejillas y cerró los ojos.

—Estoy consciente de ello, hay muchas cosas que no merezco de este mundo.

Gilgamesh apartó las manos de Enkidu. Giró su cabeza para no mirarle y se sentó sobre el lecho y limpió sus manos aceitadas en sus muslos.

—Cómo quieras.

Enkidu sentía que su corazón latía fuerte. Con cautela, abrazó a Gilgamesh por la espalda y le depositó un beso en el hombro, mientras recorría sus pectorales.

—No lo hagas…—susurró Enkidu al oído de Gilgamesh—Relájate, de todas formas, esta noche será tan especial como las otras.

Gilgamesh respiraba algo ofuscado, mantenía el entrecejo arrugado y los brazos tensos.

Enkidu se colocó frente a Gilgamesh y reclamó sus labios en un movimiento elegante y premeditado. El beso pasó rápidamente a pasiones desenfrenadas conforme Gilgamesh se acostaba y traía consigo a Enkidu.

—Quiero hacerte sentir bien—susurró Enkidu sobre los labios de Gilgamesh—, te haría sentir como lo haces conmigo.

Gilgamesh no dijo nada. Se estaba mentalizando para ceder, para entregarse. Él lo consideraba un acto de debilidad camuflada, como si rendirse a los pies de alguien fuese una humillación. Lo fue olvidado a medida que Enkidu descendía por su abdomen esculpido y se acercaba a su miembro para introducirlo en su boca.

Gilgamesh cerró los ojos. Sus manos incitaban a Enkidu que entregara la profundidad de su garganta, algo que él pocas veces lograba sin ahogarse. La lengua traviesa, el hilo de saliva que se deslizaba entre sus piernas, el cabello de Enkidu rozando sus muslos, todo aquello fue único en ese momento, como si nunca hubiese ocurrido. Suspiró y abrió los ojos para posarlos en los doseles semi caídos de la cama.

Nunca creyó que se entregaría a Enkidu.

Esa noche sí era especial. Gilgamesh no era especialmente sensible a las emociones de los demás, pero llegó a comprender qué era lo que ocurría con Enkidu. Después de su "No siento nada", Enkidu comenzó a deprimirse, por lo que tenía dos opciones: detener todo o dejarse llevar. Durante todo el día lo pensó, incluso se distrajo de sus labores cuando una emoción sofocante le nubló la mente; lo haría y no se retractaría, quería volver a ver esa cara de embriagante placer que Enkidu expresaba la otra noche.

Al final de cuentas era para su propia complacencia y no por Enkidu.

Apretó sus párpados, mentalizándose nuevamente a que aquello ocurriera. Le daba algo de asco la idea, de ser sometido por otro.

"Pero ese otro es Enkidu, él lo merece"

"No, nadie me merece de esa manera"

"Es un secreto, nadie sabrá"

"Ishtar lo sabrá, eso se suficiente para sentir vergüenza y repugnancia del acto"

"¿Qué importa Ishtar? Imagínala retorciéndose de rabia porque Enkidu toma tu cuerpo"

"Soy un rey, no una concubina cualquiera"

—Gil…—Enkidu había detenido su acción momentos atrás y al ver que Gilgamesh no reaccionó, le hizo dudar—Detengamos esto, no está resultado. Si quieres realmente hacerlo, puedo esperarlo, no necesitas hacerlo de hecho. Estás distraído y eso no me gusta.

Gilgamesh se alzó sobre el lecho y apoyó los codos en la cama. Miró a Enkidu intensamente y pudo discernir algo de disgusto en los ojos de él. Enkidu se apartó y se sentó en la cama mientras acariciaba uno de sus brazos. Gilgamesh vio que su cuerpo no reaccionó por completo a la estimulación de Enkidu y probablemente aquello le causó ruido, ya que Gilgamesh era fácil de excitar.

—Yo quiero seguir—musitó Gilgamesh, ladeando la cabeza con el ceño fruncido—, no he dicho que te detengas, sigue.

—No, no quiero seguir, es difícil si no puedo contentarte como siempre.

—Enkidu—Gilgamesh ya estaba perdiendo los estribos, colocó sus dedos en el entrecejo y respiró profundo—. Deja tu melodrama y disfruta el momento.

—Pero no estás aquí. Tu mente está perdida en quizás qué cosas. Seguramente sigues preocupado por todo, no te juzgo.

Gilgamesh reclamó un brazo de Enkidu y lo tendió sobre la cama.

La fuerza con la que Gilgamesh trataba a Enkidu era algo que siempre le excitaba. Conforme pasaban los minutos, ambos nuevamente se encontraban entrelazados uno del otro en besos, caricias prohibidas y suspiros mezclados con gemidos. Gilgamesh abrió las piernas de Enkidu para hacer lo de siempre, pero se detuvo.

"Lo he pensado todo el día… la idea me emociona de cierta manera, jamás he vivido algo así"

"Seguro se siente bien"

"No."

Se lo pensaría un instante más. Su mano rozó sutilmente la entrepierna de Enkidu y descendió, donde deslizó dos dedos hacia el interior, para acariciar cierta parte que ambos descubrieron hace un tiempo. Aquel lugar hacía que Enkidu fuese capaz de correrse sin tocarse.

—Sigue…—imploró Enkidu, agitado, rasguñándose a sí mismo.

"Quizás te sentirías igual de bien que Enkidu"

"No quiero hacerlo"

"Sí quieres hacerlo"

Gilgamesh nervioso alzó la cabeza, pero sin demostrarlo. Sus ojos rodaron hasta quedar en blanco y finalmente tomó el bálsamo para lubricarse y entrar en Enkidu.

"Siempre es igual, permite que las cosas varíen un poco"

"Cállate" Dijo Gilgamesh a esa otra voz.

Gilgamesh comenzó el acto. El cabello de Enkidu ondeaba suavemente tras cada golpe. Sus brazos extendidos en el lecho le demostraban que Enkidu disfrutaba del sexo como nadie, era un hedonista.

"Entrégate"

—¿Qué se siente? —preguntó Gilgamesh en medio de la sesión, penetrándolo con lentitud.

—El cielo—susurró Enkidu con los ojos cerrados, sonriendo de placer—, estoy en el paraíso.

Gilgamesh se detuvo luego de tragar con dificultad. Mantenía el ceño fruncido y la respiración acelerada se escuchaba en la plenitud del silencio.

—Bien—contestó Gilgamesh, sin realmente saber que decir.

Se salió de Enkidu y se rebatió a sí mismo.

Finalmente, sus hombros se relajaron y cerró los ojos.

Se dejó caer pesadamente a la cama y se tendió en ella. Llamó a Enkidu con un movimiento y le pidió que se acomodara entre sus piernas. Enkidu negó y estaba dispuesto a sentarse sobre él para seguir con lo suyo, cuando Gilgamesh deslizó la mano entre las sábanas y le entregó la botella de aceite.

—Apúrate.

Las manos de Enkidu comenzaron a temblar y la emoción le embargó en forma de un golpe de realidad. Miró vigorosamente a Gilgamesh quien mantenía los ojos cerrados y una expresión de extraña paz.

—No lo haré—susurró Enkidu, dejando la botella de lado—, no quieres hacerlo.

Gilgamesh frunció el ceño sin abrir los ojos y se acomodó luego de soltar un ruido parecido a un gruñido.

Enkidu respiraba agitado y decidió ir por la botella. Se prometió no ilusionarse con lo que estaba por ocurrir. Se aceitó para luego restregar su mejilla. Tomó las piernas de Gilgamesh entre sus brazos y lo trajo consigo.

—Si no quieres seguir, tan sólo empújame.

—Cállate Enkidu.

Enkidu asintió y entró en Gilgamesh.

De nuevo aquella maravillosa sensación invadió sus sentidos. Se sentía increíble, como nada en el mundo. Gilgamesh estrechaba mucho aquel lugar, probablemente por su nula experiencia. Gilgamesh apretaba los dientes con fuerzas y quería detener todo de nuevo, cuando esa misma vocecita molesta habló en su mente:

"Qué bien se siente"

"Es asqueroso"

"Si me relajo se sentirá mejor"

Gilgamesh soltó un suspiro desde lo profundo de su pecho y giró la cabeza hacia un lado, dejando que sus aretes rozaran sus orejas. Enkidu apoyó sus manos en ambos costados y se abalanzó hacia adelante, dejando que la cabellera se desplomara completa sobre Gilgamesh.

—Gil…—soltó en un tono que jamás había escuchado—estoy enloqueciendo.

Gilgamesh abrió los ojos y disfrutó de la expresión de placer de Enkidu, era tan diferente a otras veces; los labios semi abiertos, el cabello pegado a sus mejillas, sus párpados tiritaban. Los puños de Enkidu se encerraron sobre las sábanas, apresándolas con fuerzas, mientras sus movimientos comenzaban a acelerarse.

Enkidu dejó que su mente se vaciara. Una infinidad de colores se transmutaban como si un rayo de sol chocara con un cristal. Sus caderas colisionaban con los muslos de Gilgamesh y eso le arrancaba olas de placer tan intensas que creía que tras cada movimiento gritaría.

Gilgamesh no dijo nada. Parecía incómodo y que no disfrutaba de la situación, pero realmente se deleitaba mirando a Enkidu. Se había aburrido en cierto punto, hasta que Enkidu soltó un gemido. Aquello le hizo alzarse sobre la cama, apoyado en sus codos y ver todo desde donde se encontraba: Enkidu entre sus piernas, su propio miembro sobre su abdomen, sus músculos tensos. Inhaló con fuerzas y se dejó caer una vez más.

El movimiento constante de los golpes de Enkidu se transmitían a través de su cuerpo. Deslizó su mano por su cuerpo y tomó su sexo para comenzar a masturbarse. Esa mezcla de sus dedos y de la caricia íntima de Enkidu hicieron que su placer fuese completamente diferente. Nunca había vivido algo así, era una forma de goce desconocida. Se sorprendió a sí mismo cuando un jadeo grave salió de su garganta.

—Enkidu…—dijo, sin dejar de tocarse.

Enkidu se detuvo y asintió, cuando Gilgamesh reclamó un brazo con fuerzas.

—¿Qué estas haciendo? No he dicho que te detengas.

Enkidu rio muy suave y volvió a entrar profundo en Gilgamesh.

La escena era insana para cualquiera que conociera a Gilgamesh: el rey déspota, dominante y egocéntrico ahora permitía a Enkidu entrar en su cuerpo, mientras se otorgaba placer a sí mismo. Alzó sus brazos y atrajo a Enkidu en un abrazo desesperado. Se besaron con pasión, deslizando sus labios frenéticamente, mientras los cabellos de Enkidu se enredaban en sus bocas, sus cuellos y en todos lados.

—Está tan estrecho—susurró Enkidu sobre los labios de Gilgamesh, después de gemirle en el oído—, me encanta.

Gilgamesh carraspeó al oír aquello, pero no dijo nada. De cierta forma le dolía, nada terrible, él ha soportado dolores realmente inmovilizante, no obstante, intentaba relajarse y sólo lograba apretar más aún cierta zona. Le bajó una ola febril de placer; algunos roces en su interior le provocaban espasmos a los que Enkidu respondía con suspiros entonados.

—Me has regalado lo impensable—dijo Enkidu, completamente agitado—, terminaré dentro de ti.

Nuevamente Gilgamesh no dijo nada. Enkidu continuaba con su ritmo hasta que sus movimientos se ralentizaron y su pecho acelerado indicaba que pronto llegaría al orgasmo. Cuando finalmente pasó, se permitió sentir a pleno como Gilgamesh apretaba su zona sin realmente quererlo. Se quedó unos momentos más dentro de él, hasta que la llama del clímax se apagó y pintaba la dicha del momento en sus mejillas.

Se dejó caer a un lado del rey, sintiendo como si se hundiera en agua tibia. Su cuerpo aún sufría los estremecimientos del placer y su piel estaba cubierta de su particular sudor con olor a petricor.

—Gil…—habló después de un momento—no sabes cómo me siento ahora.

—Supongo—dijo Gilgamesh, como si nada hubiese pasado—que estuvo bien.

—¿Te ha gustado? —preguntó Enkidu. Se percató de que Gilgamesh no se había corrido y pronto se pondría a ello.

—No ha sido nada del otro mundo—mintió Gilgamesh, sintiendo cómo un líquido escurría fuera de él. Aquella sensación le causó desagrado—. Exageras.

—Mentiroso. Escuché y sentí como te gustaba.

—Cállate.

Enkidu se alzó para dejarle un beso en su mejilla y descender al miembro de Gilgamesh, para volver a introducirlo a su boca y provocarle un orgasmo.

Gilgamesh aprovechó de que Enkidu no le veía para sonreír.

"No haría esto por nadie… sólo por ti"

Al día siguiente, no pudieron verse a la cara cuando despertaron.

Enkidu estaba ido, jugaba con las arrugas de las sábanas y de vez en cuando esbozaba una sonrisa boba. Parecía que toda aquella melancolía se hubiese esfumado.

—Lo de anoche jamás pasó—sentenció Gilgamesh en un tono pedante—. Fue sólo tu imaginación.

—Sí—corroboró Enkidu, volteándose para finalmente observarlo—, es sólo una fantasía.

Gilgamesh le miró de reojo para luego bufar.

—Qué exagerado eres. No fue nada especial.

—Para mí sí lo fue, una de las mejores noches de mi vida.

—Todas las noches conmigo son espectaculares—Gilgamesh decidió levantarse y ponerse algo para ir a comer—. Levántate, tenemos cosas que hacer hoy. Rápido.

Durante la mañana, ambos actuaron normal, como si realmente nada fuera de lo común hubiese sucedido. Almorzaron juntos, fueron al consejo, todo como siempre, excepto por una cosa: Enkidu parecía completamente repuesto. El brillo a sus ojos retornó, la alegría que profesaba era auténtica y el tono de su voz era animado. Todos esos detalles eran ciegos para los demás menos para Gilgamesh, quién a pesar de su típico semblante déspota y soberbio, se encontraba incómodo, rememorando la noche anterior.

En un momento, sus ojos cruzaron y cada uno supo en qué pensaba el otro.

Esa sensación de sincretismo entre los dos era algo realmente íntimo. Tanto así que Gilgamesh se planteó seriamente en finalmente decir algo, un indicio, deshacer esa mentira de "no siento nada"

"Pero si no siento nada" se dijo "Todo es por placer"

—Hmmm…—exclamó Gilgamesh en la cena, tomando un trozo de carne humeante. El jugo se escurría por las vetas y el hambre le reclamó un bocado—Esta noche quiero que hagamos algo distinto.

Nuevamente se había estado preparando todo el día para ello. Enkidu dejó de lado su propia carne (finalmente cedió y de vez en cuando comía carne) y cruzó sus manos bajo el mentón.

—¿Qué quieres hacer? —dijo con cierta voz empalagosa. Su sonrisa sincera era dulce y encantadora.

—Iremos a los observatorios y quiero que me enseñes a leer las estrellas.

Enkidu quedó de piedra al oír eso. Gilgamesh generalmente encontraba innecesario aprender artes de gente inferior a él. Alzó las cejas y asintió.

—Podremos preguntarle a los astróno…

—No. Quiero estar a solas contigo.

Enkidu escudriñó las intenciones de Gilgamesh sin realmente discernir lo que él quería.

Una vez terminada la cena, ambos subieron a las torres astronómicas del zigurat. El lugar consistía en un amplio jardín abierto en los techos, con algunas edificaciones en las cuales se encontraban emplazados cristales que desviaban la luz de las estrellas sobre tablillas de arcillas con textos escritos. Enkidu subió a una de ellas y deslizó con una cuerda uno de los cristales para reflejar la luz de la luna y formar un halo iridiscente en el suelo. Movió una enorme aguja de metal para cortar el rayo luminoso y este se fragmentó en varias secciones, posándose sobre letras cuneiformes en específico.

—Tendremos lluvias pronto—dictaminó Enkidu, bajándose para ir donde Gilgamesh—quizás sea necesario que…

—Ven aquí Enkidu—dijo Gilgamesh, cruzado de brazos.

—¿Qué ocurre?

—Ven.

Gilgamesh sonrió de lado y palpó la espalda de Enkidu. Deslizó su mano hasta la cintura y la aferró con fuerzas.

—Tengo cosas que hacer contigo esta noche—dijo sin mirarle.

Enkidu asintió y habló como queriendo decir una broma:

—Seguro tienes ganas de revolcarte de nuevo.

Gilgamesh se ofendió. Justamente en ese momento era lo último en lo que pensaba. Le miró con severidad y negó.

—¿Por qué sales con estas tonterías? Eres un estúpido.

—Es porque eres así. Creí que estabas orgulloso.

Gilgamesh se arrepintió de su acto. Se volvió a cruzar de brazos y se negó a decir palabra alguna sobre lo que sentía.

—Vámonos.

—¿Eso fue todo? —Enkidu parecía decepcionado. El viento despeinó su cabello y la fragancia natural de su cuerpo se coló hasta la nariz de Gilgamesh—, creí que querías hablar de algo o ver como funcionan estas cosas.

—Me molesta que me juzgues.

—No te he juzgado—rebatió Enkidu con suavidad—. Lamento lo que dije, fue sin pensar, era una broma. No te enojes por favor.

—No estoy enojado.

—Está bien. Sólo olvídalo. Vamos a sentarnos sobre los almohadones a mirar las estrellas.

Gilgamesh accedió después de controlar sus impulsos y le siguió hasta una pequeña tienda elegante que se alzaba en una de las esquinas, donde Enkidu se dormía a veces. Ambos se sentaron cruzados de piernas y fijaron sus ojos en los cielos, donde cometas surcaban la vía celeste a velocidades vertiginosas.

—¿Hace cuanto llegué a Uruk? —susurró Enkidu después de que Gilgamesh empezara a adormilarse.

—Hace años—contestó Gilgamesh después de desperezarse—. Ya no recuerdo hace cuánto.

—Siento que el tiempo ha transcurrido rápido.

—Puede ser—contestó Gilgamesh luego de bostezar—. Hemos vivido muchas cosas de todas formas.

—Gil…—el cabello de Enkidu se deslizo entre los dedos de Gilgamesh— perdóname por lo que dije hace un tiempo.

—¿Qué cosa?

—Lo de… cuando hablamos de si sentías algo por mí. No quiero arruinar la amistad que tenemos. La verdad yo…no sé que siento, asique no te preocupes. Seguro es algo que olvido luego, no es nada importante.

Gilgamesh tragó con dificultad.

"Nada importante"

—Ya veo—contestó Gilgamesh, respirando hondo—, me alegro de que sea así. De todas formas, nuestra amistad no se hubiese arruinado por esto.

—Temí que sí, quizás por eso anduve algo deprimido.

Enkidu mostró una sonrisa falsa. Le dolía decir aquello porque realmente tenía un griterío interno que le impulsaban a decir que todo lo que dijo era mentira. Gilgamesh parecía aburrido con la conversación, por lo que decidió dejarlo, ya que comenzaba a sentirse un idiota.

Gilgamesh por su parte decidió no decir absolutamente nada de lo que tenía planeado. Había pensado en cosas como "me siento muy extraño a tu lado" "quisiera que intentemos algo" "¿Huirías conmigo un tiempo fuera de Uruk?", un montón de tontas proposiciones. Miró sus manos y se sacó uno de sus anillos para juguetear con él. El silencio de la noche traía consigo el cantar de algunos insectos nocturnos que apaciguaban la situación.

—¿Por qué te has confundido? —preguntó Gilgamesh, aunque parecía más una pregunta retórica.

—No lo sé—confesó Enkidu, moviendo sus pies—, fue algo ridículo. Creo que Ishtar me hizo pensar cosas que no son reales, temí perderte por culpa de ella y eso llevó a otra cosa. Seguramente me confundí.

—Entiendo—dijo Gilgamesh— todos nos hemos confundido alguna vez.

Enkidu giró su cabeza rápidamente.

—¿Qué? —susurró Enkidu.

Gilgamesh le miró de reojo y alzó una ceja.

Aquello fue suficiente para que Enkidu entendiera que no se refería a lo que él creía.

—Oh…—Enkidu se puso de pie y ofreció su mano a Gilgamesh—vamos, hace frío y tengo sueño.

Gilgamesh aceptó la ayuda y los dos se encaminaron hacia la entrada de la torre astronómica.

—Mañana volveré a leer nubes—dijo Enkidu, bajando las escalinatas—, si quieres puedes venir.

—No—dijo Gilgamesh, encabezando la marcha—, se me hace muy aburrido.

Llegados a la habitación, Enkidu comenzó a desvestirse como siempre, dejando todo azaroso por doquier. Gilgamesh se dedicó a observarlo unos momentos y respiró abstraído. Cerró los ojos y se agradeció a sí mismo por no decir nada que dejara en evidencia ciertos sentimientos.

Cuando se encontraron acostados, Enkidu se acercó a Gilgamesh para abrazarle y se acunó en su pecho. Su mente iba y venía en la conversación que tuvieron hace un rato y cuando decidió que era suficiente tortura para su alma, cerró los ojos.

Gilgamesh alzó el rostro de Enkidu y depositó un beso en sus labios, rompiendo en parte la promesa de no decir nada. Enkidu, algo dormido, continuó con el beso: era tan dulce, tan inocente que ambos se regocijaron internamente de un secreto más guardado entre ellos. Enkidu alzó su mano para acariciar con delicadeza la mandíbula de Gilgamesh.

—Abrázame más—susurró Enkidu, respirando en el cuello de Gilgamesh—. Quizás mañana podremos…

—¿Podremos qué? —dijo Gilgamesh, ya habiendo cerrado los ojos.

—Hablar.

—¿Sobre qué?

—Sobre nosotros

Gilgamesh no pudo contestar pues Enkidu se durmió.

Dormir…

Dormir…

Pero Enkidu no pensó que aquello sucedería.

Una nube densa cubría sus ojos. Se sentía paralizado, como si de pronto él no fuese responsable de su cuerpo. La nube se fue disipando y sus ojos develaron una escena oscura poco esperada.

—Nuestro juicio a iniciado—comenzó una voz grave proveniente de la oscuridad.

—De alguna manera todo tendría que ocurrir, esto ha sido completamente inaudito—dijo otra femenina, detrás de él.

—Algún día la fuerza del destino cristalizaría en los actos menos esperados—sentenció una vocecilla aguda.

—Entonces ¿Cuál es la sentencia?

—Nada más que el curso natural de la vida.

—¿La muerte?

—Así es.

—Aquello es una dicha.

—La eternidad está reservada para aquellos que tienen el espíritu de acero de soportar ver a sus seres amados perecer como flores al final del verano.

—Cuando los dioses abandonen la tierra.

—Cuando uno de ellos…

—¡No nos desviemos! Ha proferido en contra nuestra, ese trozo de tierra maldito podría acabar con nosotros.

—¡Usa cadenas para defenderse!

—¡Podría atarnos y acabar con nosotros!

—Ereshkigal tendría al fin la dicha de tenernos a todos a sus pies.

—Asqueroso artefacto fallido.

—Sentencia—dijo Ishtar, entre el tumulto de voces de origen desconocido.

—El castigo no se dejará esperar querida diosa preciosa—dijo una voz anciana.

La escena comenzó a desenmarañarse lentamente. Los dioses estaban reunidos alrededor de un claro de un bosque de cedros. El cuerpo masacrado de Humbaba y Gugalanna se encontraban cubierto de raíces, como si un árbol sagrado se alimentara de ellos.

—Hemos encontrado el castigo perfecto para Gilgamesh. Siempre fue así y siempre lo será. Su ejecutor será Enkidu, nuestra arma.

Enkidu pudo ver la escena con claridad.

Sus manos estaban sumergidas en un enorme cedro, al igual que sus pies, como si el árbol hubiese crecido a su alrededor. Se encontraba completamente inmovilizado y desnudo, incapaz de siquiera mover su pecho. Su cabello colgaba y se ondeaba con el viento. Desesperado, intentó romper las maderas de aquel árbol, pero era imposible. Sobre él, el cielo mostraba sus titilantes puntitos plateados en una escena que llegaba a ser hermosa, de no ser por el aura cargada y la estática desagradable que se colaba entre los presentes. Enkidu paseó la vista por los rostros que se develaban entre las sombras forestales de aquel bosque sagrado. Ojos rojos, cabellos rubios y de colores extravagantes, brazos fuertes, pieles blancas e iridiscentes, ropajes maravillosos. Todo aquello parecía una ilusión del paraíso y Enkidu lucía como un animalejo enfermo y horrendo.

—No lo intentes más, Enkidu—dijo Ishtar, apareciendo de un costado del árbol, vestida con una túnica corta que mostraba sus maravillosas piernas—. No podrás zafarte del árbol, fue hecho por los dioses para ti, alégrate, es un regalo maravilloso.

Enkidu miró a Ishtar unos minutos sin poder decir nada. La diosa se postró frente a Enkidu y en silencio lo observó.

—Qué patético. Mira como acabaste, hundido en un árbol, inmóvil, sin nadie a tu lado.

Dicho esto, Ishtar cacheteó la mejilla de Enkidu.

Nunca en la vida se sintió más desprotegido.

Los dioses comenzaron a hablar:

—Enlil ha hecho este cedro para ti, Enkidu. No seas malagradecido y mantente quieto. No lo intentes más.

—No podrás volver a pensar en hacernos frente, Enkidu—gritó una voz profunda desde el fondo de la muralla de dioses que observaban la escena.

—Tu reinado de terror no tendrá cabida en este mundo, eres una mugre que impide nuestro caminar en la tierra, un estúpido sin fundamento de vida.

—Jamás debiste respirar, jamás debiste saber del placer. Son cosas reservadas a seres superiores, no a la escoria mal formada que eres tú, Enkidu.

—Aruru hizo un pésimo trabajo contigo, eres el fraude más grande que hemos presenciado. El castigo debiese extenderse a tu creadora también.

—Nos has traicionado a todos.

—Osaste a atacar a Ishtar.

—Te entregaste a Gilgamesh cuando debiste destruir su tiranía.

—¿Qué clase de cuchilla mal afilada eres?

—No eres más que una puta barata para Gilgamesh.

—Quisiera arrancarte los brazos como planeabas hacerlo con Ishtar.

—Púdrete en el infierno, que todos te olviden y tu existencia se reduzca a la miseria.

—Basura.

—No tienes vergüenza ni dignidad.

—¡IMBÉCIL!

—¿Qué está ocurriendo? —preguntó en un susurro Enkidu, intentando zafarse del amarre sin éxitos.

Sus cadenas no aparecían, mucho menos su lanza o su espada. Se asustó, pues alrededor no había nada mas que dioses mirándolo con rabia, con frialdad y con lástima, excepto Aruru, quien estaba atrapada en otro cedro, llorando como desquiciada. Sus lamentos se elevaban al cielo y reverberaban por el bosque, como un aullido de dolor de un lobo que pierde su manada.

Ishtar sacó un cuchillo de lapislázuli y plata de su cinto y lo acercó amenazadoramente a Enkidu.

—Qué pena… una gran lástima—susurró ella, alzando el mentón de Enkidu con la punta del arma.

Se miraron unos segundos y Enkidu tuvo miedo de los iris de Ishtar, tan profundos, tan influyentes. Desvió su cabeza y lo único que encontraba eran rostros endurecidos. Su estómago se encogió de pavor, pero su valentía le hizo hablar:

—¿Qué quieres? ¿Has traído a tu familia para que me hagas frente? Cobarde.

Ishtar exasperó y descendió la daga y profirió un corte en el cuello de Enkidu, degollándolo. Enkidu fue tomado por sorpresa y el dolor se expandió como una onda sonora, aunque se atenuó rápidamente al ser hecho de arcilla. Tosió después de un espasmo convulsivo y su desnudez se cubrió de sangre y tierra, barro que escurría pesadamente. A pesar de que sus cuerdas vocales fueron destruidas, él podía seguir hablando.

—¡No me amedrentan tus actos! Mi cuerpo se cura fácilmente, soy moldeable, pero tu inteligencia diminuta no es capaz de entenderlo.

Ishtar negó y suspiró con una seriedad mortal.

—Parece que no entiendes… No, no lo entiendes. Exactamente por ese motivo estás aquí.

La diosa volvió a utilizar su cuchillo y tomó la hermosa cabellera de Enkidu y la cortó a ras de nuca. Enkidu forcejeó unos instantes hasta que no pudo resistirse.
—Yo sé que tu cabellera es una de las cosas que más ama Gilgamesh de ti.

Ishtar soltó el montón de pelo y dejó que el viento se lo llevara consigo. La visión de Enkidu se volvió borrosa y sus brazos comenzaron a temblar: el miedo caló por sus extremidades y lentamente comprendió que la situación estaba en su contra.

—Ishtar, ¿De verdad has montado todo este escenario porque Gilgamesh te ha rechazado? ¿Por qué arremetes contra mí? Deja tu cobardía y pelea conmigo frente a frente, defiéndete como una diosa y no una mujer desprotegida.

Los dioses continuaban con sus semblantes de piedra observando la escena, como jueces ante sus veredictos.

—Ya no se trata de mí, Enkidu. Se trata de Gilgamesh. Ya basta de charla. Este es el precio de tu desobediencia. Me has traicionado, has traicionado a todos los dioses y no podemos dejarte libre con lo que ahora consideras tu fortaleza—dijo Ishtar, colmada de seriedad.

Ishtar entregó la daga a un hombre que apareció de la nada, cubierto con una capucha negra y larga que ocultaba su rostro. El aparecido alzó la daga con fuerzas y la enterró en el pecho de Enkidu, provocando que este gritara de dolor. Determinado a concluir su trabajo, la desprendió e hizo un corte transversal, dejando que el barro y la sangre cayeran pesadamente, lo que ensució las preciosas piernas femeninas de Ishtar. Ella miró con asco la mezcla y torció el gesto en señal de desagrado para luego apartarse un par de metros.

—Ishtar… —Enkidu se sumió en el miedo, ahora realmente estaba indefenso. Un dolor profundo se apropió de su cuerpo y temió lo peor. Asustado, algunas lágrimas huyeron de sus ojos, producto de la ansiedad y el sufrimiento.

Ishtar se regocijó de ver las lágrimas de Enkidu. Rio extasiada al punto de alzar la cabeza en un acto de locura. Agarró su cabello y jaló de él con delicadeza, completamente feliz de haber logrado su cometido. La seriedad se apropió de ella tan rápido como lo pensó y escupió el rostro de Enkidu, quien guardó silencio, ya debilitándose.

—No eres más que una muñeca de arcilla vacía. Sin nada, sólo sangre y barro, nada más.

El ejecutor provocó una estocada en el pecho de Enkidu y algo sintió. El cuchillo… latía.

La herida produjo que Enkidu tornara su expresión a una pena indescriptible: lo habían descubierto, aquello que escondió por tanto tiempo de todos, incluso de Gilgamesh.

Se acabó.

La diosa, sorprendida, quitó el cuchillo por sí misma con prisa y arrugó el entrecejo. Miró a Aruru como buscando respuestas y la juzgó con la mirada. Con sus dedos temblorosos, introdujo con repugnancia su mano en el pecho, abriéndose pasó hasta que finalmente lo vio: Un corazón.

Ishtar alzó la vista y se fijó en los inanimados ojos de Enkidu, que derramaban lágrima tras lágrima, completamente abandonado. La diosa, con temor enclavó aún más su mano para tomar aquella masa palpitante.

—No…—susurró Enkidu, en un sollozo ahogado.

—Nunca olvidaré las palabras que proferiste, nunca olvidaré que me humillaste frente a Gilgamesh y mi ciudad, que querías matarme. Eres todo lo contrario a lo que tenías que ser. Nunca olvidaré que me quitaste lo que por derecho es mío: mío, Gilgamesh es mío. Tus anhelos son una burla a mi supremacía. Te odio Enkidu, te odio. Tú serás el castigo de Gilgamesh, ambos pagaran por sus actos. Yo gané, siempre ganaré porque tú eres un arma y nada más, una cosa mal hecha e inútil, ya no nos sirves.
Ishtar sonrió enferma de placer y lo hizo.

Arrancó el corazón de Enkidu.

Enkidu profirió un grito tan desgarrador que algunos dioses que observaban sintieron lástima a pesar de su jurisdicción. Ellos habían decidido que esto ocurriese y algunos lo lamentaron. Aruru aullaba de dolor.

—¡DEJEN A ENKIDU! ¡NO TIENE LA CULPA DE LO SUCEDIDO! —chilló Aruru con la cabellera desparramada por su rostro lloroso y enrojecido.

Aruru, su madre, su diosa creadora, se crispaba de dolor al ver a su hijo sufrir de esa manera.

—¿Un corazón? —dijo Ishtar, viendo la masa sanguinolenta entre sus manos—. Creí que Aruru te creó sin corazón.

Ishtar vio la pieza con más detenimiento y se percató que una flor roja y otra blanca crecían en conjunto. La diosa miró curiosa los pétalos cubiertos de sangre y una sonrisa de desprecio se dibujó en su rostro.

—¿Flores? ¿Es en serio? Qué asco me das Enkidu. Tú mismo creaste tu corazón para no sentirte un inservible. Es muy penoso, es vomitivo.

Ishtar cambió su expresión a asco. Tomó la daga y acuchilló el corazón de Enkidu, provocando que él diera un salto y sangrara por la boca, completamente inanimado.

—¿Este es tu amor por Gilgamesh? ¿Esto es todo? Un trozo de masa lleno de mierda y dos flores. ¿Esto es lo que le ofreces al gran rey de Uruk? Qué patética muestra de amor.

Dicho esto, Ishtar lanzó los trozos de corazón contra Enkidu, dejando algunos pétalos en su rostro. Sus lágrimas no dejaban de caer y ya ni siquiera respiraba
constantemente.

—Lo lograste Ishtar—susurró Enkidu, con un hilo de voz.

De pronto el cedro, Ishtar, los dioses y Aruru desaparecieron. En su lugar Enkidu caía profundo en un río helado y turbio, en donde su cuerpo comenzó a humedecerse y lentamente a desintegrarse. La angustia invadió a Enkidu y respiró agua al punto de sofocarse al mismo tiempo que alzaba las manos y veía como estas desaparecían con el curso del río, disueltas en barro.

Enkidu despertó agitado. Un llanto repentino le invadió, un llanto lleno de zozobra y pena que alarmó a Gilgamesh. Su rostro se bañó en lágrimas y su lamento se expandió por toda la habitación.

—Enkidu, ¿Qué te ocurre? —preguntó Gilgamesh, alzándose sobre Enkidu, quien aferraba su pecho.

Enkidu miró a Gilgamesh y tomó su rostro con ambas manos.

—Voy a morir—dijo Enkidu, a la vez que un hilo de sangre salió de la comisura de sus labios.

"He will go down he will drown drown, deeper down

The river wild will take your only child

He will go down he will drown drown, deeper down

The river wild will be your last ride"

Nightwish – Ghost river