¡Holi!
¡Ya estoy de vuelta, amores! Se nota que hay cuarentena, ¿eh? Hoy estoy actualizando más rápido de lo que se había vuelto lo habitual en las últimas semanas. Es lo que tiene lo de tener ahora poco trabajo y estoy recluida y sola en casa. Espero de corazón que estéis todxs bien, al igual que vuestras familias, y que estéis en casa. Pensad que cada vez falta menos para que acabe todo esto.
Este capítulo ha sido intenso de escribir y quizás hoy me pasé de oscura, así que avisadxs quedáis por si acaso. Espero de corazón que os guste.
Recordaros también, sin querer parecer una pasada, que las reviews son el salario que recibo de vosotrxs. No necesarios, pero sí que maravillosamente motivadores cuando una se encuentra sola escribiendo. Me ayudáis muchísimo con vuestros comentarios y me siento super acompañada cuando os leo. No dudéis de seguirme en Instagram, en itsasumbrellasart, donde es muy fácil localizarme.
Gracias por estar ahí.
Y espero que estéis bien y que disfrutéis de este capítulo.
Hipo no recordaba haber visto nunca tanto verde.
El Archipiélago contaba con paisajes verdes y boscosos, pero ninguna isla gozaba de una vista como la que ofrecía aquel lugar tan lejos de su hogar. Durante las semanas anteriores, habían seguido la estela del Mediterráneo, atravesando el sur del reino de Francia hasta llegar a una cordillera montañosa que los locales lo conocían como Los Pirineos y que separaba al país francés del reino de Aragón, su eterno enemigo. Hipo, que estaba poco acostumbrado a las montañas, grabó aquel maravilloso paisaje en sus retinas.
—Qué extraño —comentó Astrid un día cuando pararon a descansar en una cueva situada en una ladera de una montaña.
—¿Qué es extraño? —se adelantó a preguntar Desdentao con inevitable curiosidad.
—No hay brujas por aquí —respondió Astrid con aire pensativo.
—¿Deberían haberlas?—cuestionó Hipo desconcertado.
—Esto es tierra de magia, ¿no lo hueles? —preguntó Astrid sorprendida, pero Hipo ladeó la cabeza confuso—. Supongo que aún te falta entrenamiento, ven.
Astrid cogió de su mano y le guió hasta el exterior de la cueva. Estaba amaneciendo, aunque tenía pinta que iba a ser un día lluvioso por las oscuras nubes que cubrían el cielo. El viento soplaba con fuerza contra la ladera, por lo que no se alejaron mucho de la entrada de la cueva, dado que estaban al borde de un precipicio. Los cortos cabellos dorados de Astrid bailan al son del silbido del aire, dándole un aspecto más etéreo y delicado. En realidad, su pelo había crecido relativamente rápido hasta sus hombros al mes de habérselo cortado como pago a la sirena, pero su novia le había sorprendido días antes cortándoselo de nuevo a la altura de su mentón. Cuando Hipo le preguntó el motivo de su acto, sabiendo que el cabello era un elemento tan valioso y significativo para su especie, Astrid simplemente respondió:
—Mi orgullo y mi dignidad no pueden basarse en algo tan banal como el pelo. Prefiero llevarlo corto hasta que mate a Le Fey, solo entonces me daré el lujo de dejarlo crecer.
Hipo también era consciente de que si habían dado orden para encontrarlos indudablemente estarían buscando a una mujer rubia con cabello largo, no corto. Aún así, Astrid contaba con la suerte que se veía bien con cualquier peinado y, además, parecía estar mucho más cómoda con el pelo corto, sobre todo cuando Hipo recogía una parte de él en una trenza que apartaba sus mechones rebeldes de su cara.
Aún estando pegados a la pared de la montaña, Astrid no quiso soltar de su mano, probablemente temerosa de que si no le sujetaba, Hipo se caería al vacío. La bruja le pidió que cerrara los ojos y se concentrara en sus otros sentidos. Escuchó el eco del viento vibrar contra la piedra de la montaña junto a su propia respiración; sintió la palma templada de Astrid sudar contra la suya y, por último, olió la hierba húmeda, el aire cargado por la tormenta y algo que al principio no supo identificar bien.
—El olor puede variar según dónde estés —le explicó Astrid de repente—. Al ser una zona montañosa, la magia de esta zona tiene que ver con la tierra y todos sus elementos. En el Archipiélago, huele más a sal, arena y a tierra volcánica.
—¿Te refieres a que el Archipiélago es una tierra mágica? —preguntó Hipo curioso.
—Bueno, si hay dragones viviendo por ahí será por algo —explicó Astrid sacudiendo los hombros—. Según entendido, el Midgar ha sido siempre una tierra extensa de magia, pero los humanos han ido destruyendo esa esencia mágica a medida que han ido construyendo sus reinos y ciudades. Antes habían muchísimas más brujas; es más, estoy segura de que en esta tierra hubo brujas una vez, hace siglos quizás, pero me temo que, como los dragones, somos una especie destinada a la extinción.
—¿Extinción? —cuestionó Hipo horrorizado.
Astrid sonrió con tristeza.
—No quiere decir que vayamos a ser testigos de ello —dijo la bruja—, pero he conocido a pocas brujas que no pertenecieran a mi aquelarre y me temo que lo que nos espera en el Archipiélago pueda suponer la desaparición de las mías. Nadie nos va a querer después de haber tenido a Le Fey como dictadora y no les culparía por ello.
—¿A qué te refieres con eso? —replicó él sin comprender.
Astrid sacudió la cabeza y negó con la cabeza.
—No me hagas caso —volvió a tirar de su brazo en dirección a la cueva—. Oye, tengo hambre, ¿qué vas a prepararme para cenar?
Hipo se dejó arrastrar por su novia, aún preocupado por su último comentario, aunque sabía que era inútil interrogarla al respecto. A la noche siguiente partieron de aquella montaña dirección noreste, hacia el interior del reino de Navarra, para conseguir nuevas provisiones antes de iniciar la última etapa del viaje. Poco después del amanecer, pararon en un bosque situado a pocos kilómetros de una aldea rodeada por grandes montañas y durmieron unas horas antes de bajar al pueblo. Ni Hipo ni Astrid estaban muy seguros de lo que iban a encontrarse en aquel lugar, por lo que decidieron pasar lo más desapercibidos posible para comprar comida y poner rumbo al norte lo antes posible.
Sin embargo, lo de pasar de inadvertidos fue más bien imposible. En el centro de aquella pequeñísima aldea se había organizado un mercado y no hubo persona presente que no pusiera sus ojos sobre ellos. Hipo se maldijo por no haber sido más precavido, más que nada porque se habían acostumbrado tanto a estar solos con los dragones que no se habían detenido a pensar de que tal vez su apariencia se pareciera más a la de unos mendigos o unos forajidos. Aunque mantenían su higiene al día —Astrid era especialmente quisquillosa con eso—, sus ropas estaban desgastadas y sucias por las largas horas de vuelo y de dormir en el suelo. Además, eran más altos que la media de la gente que se encontraba en aquel pueblo y los observaban más curiosos que recelosos. Se acercaron al puesto del panadero y Astrid preguntó por el precio de una hogaza de pan en latín. El panadero y su esposa se observaron sin comprender y replicaron en un idioma que ni Hipo ni Astrid supieron identificar. La bruja, impaciente como solía ser para estos casos, cogió de su mano para intentarlo en otro puesto, esta vez de quesos, pero les respondieron confundidos en aquella lengua extraña. En el tercer puesto un hombre señaló a la iglesia con una sonrisa hosca y Astrid, casi echando chispas de sus dedos, caminó hacia la otra dirección.
Hipo siguió a su novia a marchas forzadas hasta las afueras del pueblo, aunque cayeron enseguida que habían tomado un camino que llevaba a la montaña y no al bosque. Astrid soltó una palabrota y se llevó las manos a la cara para soportar la frustración.
—Odio mi vida —se lamentó apoyándose contra una valla que se encontraba junto al camino.
—¡Venga ya! A estas alturas nos hemos enfrentado a cosas mucho peores —intentó animarla sentándose sobre la cerca—. Es curioso, fíjate que los idiomas se me dan bien, pero esta lengua es tan diferente a lo que he escuchado que no tengo forma de encontrar una raíz que pueda relacionarla con otra similar. Creía que en estos reinos se hablaba el latín.
—Aquí hablan la lengua castellana —le corrigió ella—, pero no se me da muy bien. No es una lengua muy amiga de la magia, es demasiado parca. Esperaba que al haber cristianos tal vez supieran latín, pero puede que me haya precipitado con mis suposiciones.
—No creo que esa gente se haya dedicado mucho al estudio de los idiomas —comentó Hipo—. Tenían todos pinta de agricultores y granjeros.
Astrid apoyó su mano sobre su pierna e Hipo extendió su brazo para que se apoyara en él.
—Me da que tendremos que cazar algunos conejos y ardillas hasta encontrar un sitio en el que podamos entendernos con los locales —dijo la bruja con cierta pereza—. Espero que no estemos muy lejos del mar, no me apetece volver a escuchar las quejas de Desdentao sobre lo poquísimo que le gustan los peces de río.
Hipo rió y le dio un beso en la coronilla a su novia para animarla. La bruja alzó la cabeza para besarle en los labios cuando escucharon un grito a lo lejos que casi hizo que Hipo se cayera de la valla del susto. Oyeron más gritos y esta vez no dudaron en correr hacia el lugar hasta su origen. Siguieron el camino a toda prisa hasta que torcieron por un sendero que llevaba a una arboleda al pie de la montaña. Los alaridos se intensificaron a medida que atravesaban el bosquecillo y se escondieron tras unos árboles para observar la escena.
Justo al final del sendero se encontraba una casa de piedra con un patio relativamente grande en el que estaba sucediendo una rencilla entre un grupo de personas. A pesar de no entender el idioma en el que estaban hablando, no había que ser muy listo para darse cuenta de que probablemente aquello sería un robo o algo peor. En la puerta de la casa, se encontraba lo que parecía ser una familia numerosa, formada principalmente por algún niño y adolescentes, una pareja de mediana edad y una anciana, y estaban rodeados por cuatro hombres corpulentos armados con cuchillos y hoces.
Hipo miró a Astrid, quien estudiaba el escenario con atención y con un brillo de furia en sus ojos. Estaba claro que su novia quería atacar, ¿pero cómo? Su magia reaccionó dentro de él, pero Hipo la silenció al instante. Aquel no era ni el momento ni el lugar y, por suerte, su magia obedeció a regañadientes. No obstante, sintió la magia de Astrid removerse dentro de ella nerviosa y no parecía tener intención de contenerla.
—¡Astrid! —la llamó en un susurro.
La bruja giró la cabeza hacia él y soltó un suspiro de frustración al darse cuenta de que no podía actuar como le viniera en gana.
—Quédate aquí —le ordenó ella en un susurro.
—¿Estás loca? ¡No voy a dejar que te enfrentes a esos tipos tú sola! —exclamó él horrorizado.
Astrid alzó una ceja, claramente ofendida.
—¿Crees que no puedo con ellos?
—¡Claro que lo creo! —le aseguró él—, pero no tenemos más armas que las dagas y…
Alguien soltó un alarido que le silenció al instante. Giraron sus cabeza de nuevo hacia la casa, desde donde los bandidos les estaban gritando ahora a ellos y uno de ellos estaba corriendo en su dirección. La pareja intercambió las miradas antes de Hipo, resignado, preguntó:
—¿A lo loco?
—A lo loco —concordó Astrid con una sonrisa de entusiasmo.
Hipo se aseguró de dar dos pasos rápidos hacia atrás antes de que el bandido se abalanzara sobre ellos. Astrid le esquivó con suma maestría antes de darle un codazo en el estómago que le dejó sin aire. Aprovechando su momento de debilidad, la bruja le propinó un puñetazo en la mandíbula que hizo que se cayera al suelo como un peso muerto. Cogió la hoz que había resbalado de las manos del bandido y, seguida de cerca por Hipo, se acercó hacia la casa de piedra donde los bandidos los observaban atónitos.
—A ver, ¿alguien de por aquí que hable un idioma común? —preguntó Astrid en voz alta cuando llegaron a la verja—. ¿Nórdico? ¿Griego? ¿Latín?
Los bandidos se miraron desconcertados, pero uno de los chicos de la familia, que rondaría más o menos su edad, alzó su temblorosa mano. La mujer de mediana edad le dio un manotazo mientras le susurraba algo claramente enfadada, pero eso no detuvo a Astrid.
—¿Estos mierdas os están atacando?
El joven asintió con la cabeza nervioso, causando que su madre le regañara de nuevo, esta vez dándole una colleja. Astrid puso los ojos en blanco y, creyendo que aquella sería su oportunidad para atacar, uno de los bandidos intentó clavar su cuchillo en ella. Por suerte, su novia iba sobrada de reflejos y cogió de su muñeca para retorcérsela como si nada contra su espalda. Hipo siseó cuando escuchó el hueso del hombro de aquel bandido desencajarse de su sitio. Astrid le dejó caer al suelo mientras el hombre lloraba del dolor y los otros bandidos dieron un paso hacia atrás.
—Diles que se marchen o acabarán como los otros dos.
El chico tradujo las palabras de la bruja y los dos bandidos no tardaron en tirar sus armas para salir corriendo a toda leche de allí. Astrid le lanzó una mirada furtiva al que le había desencajado el hombro y fue tras ellos también. Cuando se aseguraron de que estaba todo despejado, vikingo y bruja se acercaron a socorrer a la familia para asegurarse de que no estuvieran heridos de gravedad. La mujer de mediana edad dijo algo a su hijo:
—Mi madre pregunta si vosotros queréis robarnos algo también.
Hipo y Astrid soltaron un respingo.
—¿Por qué íbamos a querer robar nada cuando os hemos ayudado? —preguntó el vikingo desconcertado—. Os hemos oído desde el camino del pueblo y hemos venido a socorreros.
La familia parecía sorprendida con lo que su hijo les tradujo y esta vez fue el padre quién dijo algo en aquella lengua extraña.
—Mi padre pregunta de dónde sois y qué hacéis por aquí.
—No os incumbe —respondió Astrid con sequedad.
Hipo cogió de su mano para advertirla que se estaba pasando de hosca y con la sonrisa más amable que fue capaz de dibujar les explicó que eran simples viajeros del norte que regresaban de casa. La madre murmuró algo a su hijo y éste preguntó:
—¿Estáis haciendo la Ruta de Santiago?
Ambos tuvieron que fingir que sabían de qué les estaban hablando e intercambiaron las miradas antes de asentir. La expresión de la madre cambió radicalmente a una de alivio y dibujó una sonrisa de oreja a oreja.
—Ongi etorri, ongi etorri! —exclamó cogiendo a Astrid de la mano con afectividad—. Zelako neskato polita zara eta oso indarra ere bai!
Astrid sonrió nerviosa, aunque miró al chico que hablaba en latín con desesperación.
—Mi madre os da la bienvenida y dice que la señorita es muy guapa y fuerte.
—Bueno, en eso no se equivoca —concordó Hipo aliviado con una sonrisa.
El hombre, probablemente el marido, estrechó los ojos para estudiarle con atención. Hipo le sacaba al menos una cabeza, por lo que tuvo que estirar el cuello para analizar su rostro. Soltó algo que no parecía ser precisamente un halago, más a la vista de que el hijo actuaba como si no hubiera escuchado el comentario de su padre, aunque la palmada que le dio a la espalda le dio a entender que todo estaba bien. La repentina amabilidad y hospitalidad de aquella familia no ayudó a que se sintieran menos nerviosos. No habían tratado con humanos desde que habían estado en Fira y, desafortunadamente, su última experiencia les había dejado con una sensación de desconfianza hacia ellos. Sin embargo, a pesar del recelo inicial, aquella gente les abrió la puerta como si fueran dos miembros más de la familia.
El hijo mayor, Jon, les repitió el apellido familiar como cinco veces, pero ni siquiera Hipo fue capaz de quedarse con él. La familia se componía por la matriarca, la anciana madre del padre, el matrimonio y sus cinco hijos: tres chicos y dos chicas. Por la explicación de Jon, eran granjeros que se dedicaban al cuidado de ganado y a la huerta. Al parecer, aquellos bandidos tenían interés en robarles el ganado de vacas, pero Hipo y Astrid habían llegado a tiempo para detenerles.
—Mi abuela quiere saber si estáis casados —dijo Jon una vez que se sentaron a la mesa para comer.
—Sí, así es —respondió Hipo sin poder ocultar el rubor de sus mejillas. Aún no se acostumbraba a esa mentira.
—Nunca hemos oído nombres como los vuestros —comentó el joven con curiosidad mientras les pasaba un plato de madera lleno de pan cortado—. ¿De dónde sois?
Hipo miró a Astrid, quién estaba inusualmente callada e incómoda por estar en aquella casa llena de tan amables extraños. Hipo no pudo culparla, Astrid había estado más acostumbrada al rechazo que a otra cosa, así que era normal que se sintiera recelosa ante la hospitalidad de unos desconocidos.
—Del norte, muy del norte —terminó contestando Hipo.
La madre dijo algo de repente y su hijo le escuchó con atención antes de decir:
—No es habitual encontrarse con peregrinos de la Ruta de Santiago por aquí, ¿estáis yendo hacia allí o regresáis de ver los restos del Santo? ¿Y qué motivo os trae para venir de tan lejos?
Hipo abrió la boca para soltar una mentira más grande que una casa, pero Astrid se le adelantó:
—Una promesa —su novia cogió de su mano para sujetarla con fuerza e Hipo tuvo que mantener la compostura para no dejarse derretir por el cosquilleo del vínculo—. Hemos hecho la Ruta porque debíamos una promesa una Dios. Hipo y yo… no lo tuvimos fácil para casarnos. Nuestras familias se oponían al enlace.
Astrid relató la mentira con un toque dramático inusual en ella. Se inventó una historia sobre que sus familias habían sido enemigas desde hacía generaciones y que ellos se habían enamorado perdidamente desde el primer instante que se vieron. La bruja relató sus encuentros nocturnos en las que intercambiaron promesas de amor y fidelidad y cómo ella había jurado a Dios que si sus familias consentían el enlace harían juntos el peregrinaje para rendir culto al Santo Santiago. Su novia contó el relato de tal forma que hasta el propio Hipo se lo hubiera tragado, pero al parecer había conseguido lo que buscaba: que la familia no dudaría bajo ninguna circunstancia que eran un matrimonio digno y beato que había luchado contra viento y marea para estar juntos y que ahora, tras un largo peregrinaje, regresaban a casa para formar una familia. Aquella mentira parecía haber conmovido a la familia, quien probablemente jamás habrían oído historia igual antes, pero pese a ser abordados a todo tipo de preguntas, su novia parecía mucho más relajada tras haber contado el relato. Si ninguno de los dos metía la pata, podrían quedarse allí a pasar la noche sin levantar ningún tipo de sospechas sobre sus orígenes mágicos.
La familia les invitó a quedarse unos días a descansar y ambos concordaron que tanto ellos como los dragones necesitaban reposar antes de retomar el largo viaje hacia el norte. Además, ya casi ni recordaban lo que era dormir en una cama y la espalda de Hipo iba agradecer dormir en una superficie blanda por una vez. Después de comer, Hipo se ofreció a ayudar con asuntos de la granja. El padre arrugó la nariz, seguramente decepcionado que fuera Astrid y no él quien se hubiera enfrentado a los bandidos, pero su novia intercedió a su favor asegurándoles que él era habilidoso con las manos y que si necesitaban manos expertas para arreglar lo que fuera, Hipo sería su hombre.
Así que Hipo, de repente, se vio abordado por una multitud de tareas. Arregló la valla que los bandidos habían destrozado, ajustó las puertas de toda la casa, movió heno de un sitio a otro con Jon y sus hermanos y observó cómo el padre guiaba al ganado como si él fuese el rey y las vacas sus más fieles súbditas. Había estado tan liado durante la tarde que cayó que Desdentao y Tormenta seguían donde habían acampado aquella mañana. Astrid, quien se había pasado toda la tarde ayudando a las mujeres con sus tareas —no por gusto, había que decirlo—, le calmó asegurándole que iría ella a por ellos tan pronto pudiera escaquearse de allí.
Poco antes de cenar, Hipo estaba recogiendo las herramientas de arar para llevarlas al granero cuando Jon se acercó para ayudarle.
—Puedo bien, no te preocupes —le aseguró él con una sonrisa.
—¿Cómo puedes seguir el ritmo cuando te falta…?
Jon calló de repente, con las mejillas teñidas de escarlata, pero Hipo no pudo evitar soltar una carcajada.
—¿Te refieres a que no debería trabajar a este ritmo porque me falta un pie? Estoy acostumbrado y tengo una buena prótesis. En mi aldea solía trabajar en la herrería, así que estoy hecho al trabajo duro, aunque no lo parezca.
—¿Eres herrero? —preguntó el joven siguiéndole hasta el granero.
—Lo fui —contestó él sin querer entrar en detalles—. ¿Qué me dices de ti? Es curioso que sólo tú puedas hablar latín.
—¡Ah! Bueno, es que fui monje.
Hipo abrió mucho los ojos, sorprendido por su confesión. Durante su estancia en el Egeo y su viaje, Hipo había tenido la oportunidad de conocer más detalles relacionado con el cristianismo. Astrid le había explicado que había diferentes formas de seguir una religión, que no se reducía únicamente en ir a misa, pues también habían hombres y mujeres que se recluían en edificios que llamaban monasterios para rendir culto a su Dios. Por esa razón, le sorprendía que aquel muchacho, que no debía ser mayor que él, fuera monje y estuviera ahora en casa de sus padres.
—Sorprendido, ¿eh? —dijo el chico con aire vacilante—. Tuve suerte de entrar, sobre todo porque gracias a eso aprendí a leer y a escribir, pero… aquello no era lo mío, ¿sabes? Todas esas misas, el silencio, la comida de mierda, el estar recluido todo el tiempo… Echaba de menos mi hogar y sé que el aita* necesitaba ayuda con la granja, así que volví aquí.
Entraron juntos en el granero y Jon le indicó dónde colocar las herramientas.
—¿Echas de menos tu hogar? Me imagino que estarás contento de volver a casa.
—Sí —respondió con más sequedad que le hubiera gustado.
Jon parecía de repente incómodo, probablemente porque había caído que estaba pecando de indiscreto. Sin embargo, Hipo le dio unas palmaditas en el hombro, dándole a entender que todo estaba bien. Salieron al exterior para observar que el sol ya se había escondido tras las altas montañas y que ya había empezado a oscurecer. Observó el paisaje impresionado, poco acostumbrado a ver montañas tan altas y verdes como aquella. Sin embargo, un ligero olor a azufre que le desubicó, ¿acaso había algún volcán cerca?
—Oye Hipo, ¿puedo hacerte una pregunta?
Hipo sabía que iba hacérsela igual así que sacudió los hombros.
—¿Cómo es que Astrid puede ella sola con unos tiarrones como esos?
El vikingo alzó las cejas y rió.
—Vosotros y nosotros… somos de culturas diferentes. En nuestra tierra las mujeres son tan buenas guerreras como los hombres. Astrid en concreto fue entrenada desde pequeña para ser la mejor en el arte del combate —explicó él—. Además, a ella nunca le ha gustado seguir la norma. No le gusta ni que le digan lo que hacer, ni mucho menos que la encasillen; por no mencionar que tampoco soporta las injusticias. Por eso atacó a esos hombres sin pensárselo dos veces. Su empatía es una de sus muchas virtudes.
Hipo no pudo evitar dibujar una sonrisa en sus labios. Aunque Astrid era cortante en el trato, sobre todo con los desconocidos, era indudable que su novia estaba lejos de esa imagen que quería vender. En realidad, si se habían quedado en Fira cuando supieron de la peste fue porque Astrid ni siquiera cuestionó que era su responsabilidad atender a los enfermos y evitar que la situación fuera a peor; el caso de la epidemia Isla Mema había sido exactamente lo mismo, Hipo ni siquiera tuvo que pedírselo porque su novia ya había decidido por sí misma ayudar a los enfermos. A Astrid le importaban mucho los demás, su única problema era que no consideraba que los demás pudieran preocuparse por ella también. Era una cabezota, sobre todo porque no le gustaba verse vulnerable, ni siquiera con él. Sin embargo, en los últimos meses ambos habían tenido la oportunidad de conocerse tanto que solo necesitaba leer su expresión para casi adivinar lo que se le estaba pasando por la cabeza.
A veces tenía la sensación que su compenetración era tan fuerte que parecía que eran las dos mitades de un todo.
—¿Hipo? ¿Me estás escuchando?
La voz de Jon le sacó de sus pensamientos y algo avergonzado carraspeó.
—Perdona, ¿decías?
Caminaron hasta la casa mientras Jon clamaba sobre lo bonito que debía ser estar enamorado y que le envidiaba por ello, sobre todo por lo cercanos que ambos parecían ser. Hipo se abstuvo a comentar que el vínculo mágico que unía sus almas hacía un poco complicado que estuvieran separados. Es más, el cansancio causado por el viaje y el pasar tanto tiempo con los dragones, había complicado el satisfacer la necesidad de cercanía con la asiduidad a la que estaban acostumbrados. Astrid parecía llevarlo mejor que él, sobre todo porque era ella la que se quedaba dormida tan pronto montaban el campamento. Hipo, quizás demasiado avergonzado para admitir que si por él fuera tendrían sexo todos los días, terminaba durmiéndose con una dolorosa erección. Sin embargo, él jamás forzaría a Astrid a no hacer nada que no quisiera, así que callaba y se esforzaba en dominar el deseo que, en ocasiones, se hacía tan insoportable como controlar su magia.
La mesa ya estaba puesta para la cena cuando entraron en la casa. Astrid no estaba por ninguna parte y la madre de Jon no le permitió que tocara nada de la cocina, invitándole a sentarse junto a su anciana suegra. Hipo preguntó a Jon por su novia, quien a su vez se lo preguntó a su madre y sus hermanas y simplemente respondieron que había salido por una "urgencia femenina". El vikingo tuvo que contener una sonrisa, consciente que Astrid había mentido acerca de su inexistente regla para salir a buscar a los dragones. Hipo le había enseñado hacía tiempo el funcionamiento del pedal de Desdentao ante cualquier emergencia que pudiera surgir, así que la bruja no tendría problemas para volar el Furia Nocturna. Por suerte, la relación entre su mejor amigo y su novia había mejorado bastante desde que se habían instalado en Thera. Aún seguían discutiendo, pero se llevaban lo suficientemente bien como para que Desdentao la dejara montar sobre él.
La anciana matriarca murmuró algo a su lado, aunque no la entendió. Hipo miró a Jon en busca de ayuda, pero estaba distraído escuchando el rapapolvo que le estaba echando su madre. La anciana mujer volvió a decir algo, esta vez con sus ojos almendrados clavados en los suyos. Era pequeña y el que estuviera encorvada en la silla le hacía parecer aún más vulnerable. Su cara y sus manos estaban llenas de arrugas, probablemente marcadas por una vida larga y laboriosa en el campo. Repitió otra vez la misma frase en esa lengua extra y estiró su mano para coger de la suya. Hipo se puso tenso y se esforzó en contener su magia enfurecida por el tacto intruso y desconocido.
—No… no la entiendo. Lo siento —dijo Hipo con voz temblorosa.
Los ojos de aquella anciana eran profundos, tantos que casi parecía que estuvieran mirando hacia lo más profundo de su alma. Sin embargo, la mujer terminó apartando su mano y volvió a perder la vista en su plato vacío. Astrid apareció poco después, con las mejillas ligeramente sonrojadas por el viento que le había golpeado por el vuelo y el cabello despeinado. Saludó a los presentes con torpeza y se sentó junto a él a la vez que la madre gritaba algo, probablemente que se sentaran todos a la mesa para cenar.
—¿Todo bien? —preguntó Hipo.
—Están ya en el granero, pero como me esperaba Desdentao ya ha advertido que la próxima quiere que nos quedemos cerca del mar para poder pescar algo más decente que truchas de río. Dice que está harto —explicó la bruja en un susurro.
—No le podemos culpar, Astrid, está acostumbrado a comer otras cosas y…
—Es perfectamente razonable que se queje —le cortó la bruja—. Ya le he prometido que nos marcharemos tan pronto tengamos las provisiones.
—Gracias.
Su novia cogió de su mano bajó la mesa y le regaló una sonrisa mientras la madre les servían un caldo con legumbres. La familia se pasó la mayor parte de la cena hablando de cosas relacionadas con el campo y hablaban tan rápido que Jon tuvo dificultades para traducir toda la conversación. Hipo tuvo que hacer un esfuerzo para no quedarse dormido en la mesa, estaba agotado por haber estado toda la tarde ayudando en la granja y le dolía la espalda por el esfuerzo y el cansancio acumulado por el viaje. Cuando terminaron de cenar, la madre dijo algo a la mayor de sus hijas y Jon tradujo:
—Mi hermana Nekane os llevará a vuestra habitación.
—Podemos dormir en los establos —replicó Hipo algo azorado—. No queremos molestar.
Jon tradujo sus palabras a su familia y estos los miraron escandalizados, casi como si hubieran dicho algo tremendamente ofensivo. Nekane cogió del brazo de Astrid quien a su vez tiró de la mano a su novio para arrastrarla escaleras arriba mientras la familia les deseaban buenas noches en su lengua. La joven, de unos dieciséis años y entrada en carnes, les llevó hasta la buhardilla, donde había una cama con pinta de mullida. Astrid intentó hacerse entender con la joven, pero Hipo estaba demasiado cansado como para someterse a tal esfuerzo así que se dejó caer en la cama para quedarse dormido prácticamente al instante. La bruja le despertó para que al menos se quitara la ropa y se metiera con ella bajo las sábanas. Hipo la obedeció somnoliento y, aún cuando su novia se pegó a él en búsqueda de su calor corporal, el vikingo volvió a caer rendido al sueño.
Fue la primera vez en meses que Hipo dormía una noche entera de tirón y se levantaba a la mañana siguiente tan descansado. Probablemente se debía a que aquella cama era la más cómoda en la que había dormido desde que se había marchado de Isla Mema o que aquel lugar, de alguna manera, le inspiraba mucha paz. Además, al estar descansado se sentía más activo que nunca, así que se ofreció a realizar tareas en la granja en compensación al hospedaje y a la comida que aquella familia les estaba ofreciendo con tanta amabilidad. Con la ayuda de Jon, cuya compañía resultaba muy agradable, y su padre aprendió todo lo relacionado con el mantenimiento del huerto, a cuidar de los diferentes animales —tenían vacas, ovejas, cerdos y unas cuantas gallinas— y a sacar partido de lo que la naturaleza les proporcionaba. Le enseñaron a hacer pan y queso, lo cual lo encontró fascinante e incluso divertido.
Astrid, por su parte, parecía distraída. Ayudaba en las tareas de las mujeres, pero se había encerrado en sí misma por algún motivo que él no conseguía adivinar. La segunda noche, tras haber pasado un rato con los dragones en el granero, le preguntó si se encontraba bien, pero la bruja se redujo a sacudir la cabeza y a asegurarle que estaba perfectamente. Hipo no la creyó, pero supo que aquel no era el momento de presionarla, así que se redujo a acercarla contra su cuerpo y se quedó dormido oliendo su delicioso aroma.
A la mañana siguiente, Astrid ya se había levantado cuando él se despertó. Bajó al comedor, esperando encontrarla, pero Jon le comentó que había salido hacía rato para ir a hacer unas compras. Se había ofrecido a ir con ella por el tema lingüístico, pero había preferido ir sola. Después del desayuno, Hipo se acercó discretamente al granero para dar algo de comer a los dragones, quienes estaban aburridos de estar allí encerrados.
—Astrid ha ido a por las provisiones, tened un poco de paciencia, por favor —les pidió él.
—Este sitio es muy pequeño y húmedo, Hipo —se quejó Tormenta.
—Y no hay suficiente comida —añadió Desdentao de mala gana.
—Nos iremos pronto, lo prometo —insistió el vikingo apurado.
El encuentro con los dragones le había dejado ansioso. Su magia se revolvió dentro de él, percibiendo su nerviosismo y acrecentando más la tensión de su cuerpo. Intentó calmarse enfocando sus esfuerzos en ayudar a Jon y a su padre en el campo, pero durante la mañana el fuerte olor a azufre que provenía de la montaña no hizo más que distraerle, sobre todo tras preguntarle a Jon si había algún volcán cerca de allí.
—¿Volcán? No sé lo que es eso —contestó confundido.
—Sí, son montañas que tienen lava y fuego dentro. Ya sabes, esas que explotan —explicó el vikingo.
Jon abrió mucho los ojos.
—¿Hay montañas que explotan? —cuestionó horrorizado.
Estaba claro que la gente de aquel lugar no había visto un volcán en su vida. Sin embargo, cuando Astrid regresó de comprar las provisiones, ella confirmó sus sospechas.
—Es magia —le confirmó la bruja con desgana—, creo que vive alguien allí arriba con mucho poder, así que procura no llamar la atención hasta que partamos mañana.
—¿Por eso estás así? —preguntó él preocupado.
—¿Así cómo? —replicó ella a la defensiva.
—No eres tú misma, estás como… ausente —comentó Hipo angustiado—. Si tan mal te encuentras aquí podemos irnos ahora mismo.
—No —respondió ella—. No… esta gente es encantadora, es solo que…
—¿Qué?
Astrid abrió la boca, pero volvió a cerrarla con rapidez.
—Nada, son cosas mías, pero convendría irnos antes de descubrir que hay en la montaña —explicó la bruja—. Somos un imán para los problemas, así que mañana partiremos rumbo al norte.
—Astrid…
Su novia entró en la casa sin darle mucho margen para discutir. El resto del día, Astrid estuvo evitándole e incluso se saltó la cena excusándose de que se encontraba demasiado cansada. Hipo anunció a la familia que mañana partirían de nuevo y agradeció de corazón la hospitalidad que les habían otorgado. Tras la cena, Hipo iba a escaquearse al granero para ver a los dragones cuando la anciana volvió a agarrar de su mano. Ésta vez, Jon pareció captar la atención de su abuela y se sentó a su lado escuchar todo lo que la anciana tenía que decir para después traducírselo a él. Su gesto de extrañeza puso a Hipo en alerta.
—¿Ocurre algo? —preguntó el vikingo esforzándose en ocultar su nerviosismo.
—No exactamente, me está diciendo que tu mujer es una sorgina y me pregunta a ver si tú también lo eres.
—¿Una qué? —cuestionó Hipo sin comprender.
—¡Ah! No sé cual es la palabra en latín, pero según los cuentos de la abuela, eran mujeres que podían emplear magia.
Hipo palideció. ¿Cómo demonios podía suponer eso aquella anciana?
—¿Por qué piensa que somos eso?
El nieto le formuló la pregunta a su abuela y esta respondió algo que hizo que soltara una carcajada.
—¿Qué?
—¡Dice que tenéis herenzuges escondidos! ¡Que los ha visto! —exclamó él riéndose.
—¿Herenqué?
—¡Perdona! —se disculpó Jon entre risas—. Se refiere a… como es la palabra... —su rostro se iluminó de repente—. ¡Dragones! ¡Ay amama*, tú y tus cuentos!
¿Cómo demonios había podido ver aquella anciana a los dragones si apenas salía de la casa? La mujer tenía los ojos clavados en él, sin dar muestras de ofensa por las risas de su nieto, y tuvo que esforzarse en no darse aludido por sus comentarios. La señora le dio unas palmaditas y dijo algo a su nieto quien a su vez rió.
—Puedes quedarte tranquilo, no cree que seais mala gente, pero que os andéis con ojo para no enfadar a Mari.
—¿Mari?
—La Dama de Anboto, la montaña que tenemos justo aquí al lado —explicó el joven sonriente—. La abuela nos contaba que ella es la señora de todas las montañas de nuestra tierra y que su morada reside en una cueva cerca de la cima, donde se reúne con sus asistentas las sorginak para protegernos de Gaueko, el señor de las tinieblas. Son como justicieras que luchan contra la maldad y la mentira.
—¿Y alguna vez se la ha visto? —preguntó Hipo casi sin saliva en la boca.
—¿A Mari? Es un cuento para niños, Hipo. Yo mismo he estado en la caverna de Mari y ahí no hay nada, por mucho que la abuela insista de lo contrario —comentó Jon con extrañeza—. No la hagas, suele chochear un poco. Tienes pinta de cansado, deberías ir a dormir.
La madre de Jon le dio un plato de estofado cuando se levantó de la mesa para que se lo diera a Astrid. Hipo se retiró hecho un manojo de nervios a su dormitorio, donde su novia ya estaba metida en la cama hecha un ovillo. Aún tenía que ir a ver a los dragones, pero no estaba seguro de si iba a ser buena idea volver a bajar sabiendo que la abuela sabía de su existencia. ¿Y si le daba por alertar a los demás y esta vez la creían? Miró hacia la ventana abuhardillada del techo e intentó abrirla sin hacer demasiado ruido, pero Astrid ya se había despertado para antes de que moviera la manilla.
—¿Qué haces?
—Tengo que ir a ver a los dragones.
—¿Y por qué coño vas a salir por ahí? Te vas a matar —le achacó la bruja a la vez que daba un bostezo—. Anda, métete a la cama, ya les he dado yo de comer aprovechando que estabais todos cenando.
Hipo se apartó de la ventana azorado y se acercó al pie de la cama del lado de Astrid, quien se había vuelto a abrazarse a sí misma y fingía estar dormida.
—Te he traído la cena.
—No tengo hambre —respondió ella con sequedad.
—Astrid…
—Hipo, en serio, déjame en paz —espetó su novia enfadada—. No estoy de humor.
Su magia reaccionó molesta dentro de él, descontento por el tono con el que le estaba hablando Astrid. Sin embargo, Hipo no entró en discusión, consciente de que a su novia simplemente lo estaba tomando con él porque no tenía otra forma de expresar aquello que la estaba frustrando. Decidió no contarle que la anciana les había pillado y sobre la supuesta bruja que habitaba en la montaña y se redujo a desvestirse y a quitarse la prótesis para meterse seguido a la cama. Por un momento llegó a pensar que su ansiedad no le dejaría dormir, pero cayó rendido antes de lo esperado.
Es más, cuando abrió los ojos estaba en un sitio completamente distinto y se sentía disperso y desorientado, aunque la cantidad de dragones que volaban a su alrededor le espabilaron enseguida. Hacía meses que no veía a tantos dragones de tantas especies diferente volando juntos e Hipo no pudo evitar sonreír de oreja a oreja. ¡Cómo echaba de menos estar rodeado de ellos! Se fijó entonces en el lugar que estaba. Era muy extraño y no le resultaba en absoluto familiar, pues parecía un lugar exótico, lleno de plantas desconocidas con un lago que soltaba vapor, pero el techo estaba cubierto de hielo.
¿Qué lugar era aquel? ¿Dónde estaba?
Sin embargo, su atención se desvió enseguida al darse cuenta que a su lado, sentado justo al borde de una roca que daba al vacío, se encontraba él mismo con expresión taciturna. ¿Acaso… estaba teniendo una visión? Eso sería nuevo, jamás había estado tan consciente dentro de una visión ni se había visualizado a sí mismo dentro de ellas. Pasó la mano frente a su otro yo, pero no pareció reaccionar a su presencia.
—Hipo.
Hipo dio un bote al escuchar la voz severa de Astrid. Su novia iba vestida con una túnica sencilla de color azul que la llevaba sin ajustar a la cintura, su pelo estaba algo más largo que a día de hoy y su expresión era seria, aunque sus ojos estaban nublados por la preocupación. Su versión futura no se giró hacia ella y siguió con la vista perdida en los dragones volando por aquel lugar tan extraño. ¿Sería un nido de dragones?, se preguntó Hipo. Podía ser, aunque no veía a la reina por ningún lado.
—Hipo, por favor —la voz de su novia se había suavizado.
—Ya te he dicho que no quiero saber nada, Astrid —replicó su yo futuro con frialdad.
—No puedes huir de esto así como así —dijo ella acercándose a él para acariciar su pelo, pero él sacudió la cabeza, haciendo que Astrid apartara la mano dolida por su gesto.
—Ella ha estado huyendo toda su vida —le achacó él furioso.
¿Ella? ¿Quién? Se preguntó Hipo. ¿Quién era aquella persona que le había enfurecido tanto?
—Hipo, por favor, míralo desde otro punto de vista, tenemos que saber que oculta para...
—¡No!
Las plantas de su alrededor prendieron fuego de repente, sobresaltándole a él y a la propia Astrid, aunque su versión futura sólo tuvo que hacer un gesto con la mano para apagar el fuego que había encendido su ira. Hipo se observó a sí mismo fascinado por el control que parecía tener sobre su propia magia.
—A veces te comportas como un crío, Hipo —soltó Astrid con frialdad.
—¿Ah, sí? ¿Ahora te vas a poner de su parte? —dijo su versión futura apretando los puños furioso.
La bruja puso los ojos en blanco.
—Yo siempre voy a estar de tu parte y, por si no lo sabes, eso también conlleva decirte cosas que no te gustan escuchar. Comprendo que estés furioso, pero así no vas a conseguir nada. No tenemos tiempo para esto, Hipo.
—No tienes ni idea, Astrid. ¡Ni idea!
Hipo no comprendía qué era lo que le había enfurecido tanto como para hablarle así a Astrid, pero le sorprendió la templanza de su novia, quién aún claramente molesta y por su actitud parecía ser lo bastante sensible como para no explotar contra él.
—Tienes razón, no tengo ni idea —dijo ella con voz rota, causando que a Hipo se le hiciera un nudo en el pecho—, pero ella es el guardián que estábamos buscando y necesitamos saber qué es lo que oculta. Ya sabías que esto no iba a ser fácil, tú mismo lo predijiste.
—He visto esta misma conversación que estamos teniendo, Astrid, y nada iba a prepararme para esto. Nada. ¿Cómo coño se prepara uno para descubrir que su…?
Una fuerza desconocida le empujó hacia atrás y aquel nido de dragones se emborronó de su visión para aparecer ahora en un lugar iluminado únicamente por antorchas. Se sentía mareado y apenas pudo reconocer el lugar donde se encontraba salvo por las grandes columnas que decoraban lo que parecía ser una gran sala. ¿Podría ser el Gran Salón de Isla Mema? Un familiar graznido de dragón a su espalda hizo que su corazón diera un vuelco. A diferencia de la otra visión, esta vez Hipo no podía ver bien, como venía siendo lo habitual en sus otras premoniciones; sin embargo, reconoció los gritos de dolor de Desdentao y los suyos propios gritando su nombre.
—¿Has oído alguna vez el graznido de un Furia Nocturna muriendo lentamente de dolor, Maestro de Dragones?
Él ya había escuchado esa pregunta antes, pero entonces no había conseguido adivinar si se la había formulado un hombre o una mujer. Esta vez, la voz de aquel hombre era tan nítida como cruel. Hipo pestañeó varias veces, molesto por el velo semi invisible que no le dejaba ver bien.
—¡Suéltalo, joder! —se escuchó a sí mismo clamar.
Hipo estaba desesperado por ver lo que estaba sucediendo. Los gritos de Desdentao le estaban angustiando tanto a él como a su versión futura, quién intentaba zafarse de las cadenas con las que al parecer le habían atado. Cerró los ojos e intentó aislarse de los terribles alaridos de dolor de Desdentao, de sus propios gritos y de las risas de aquel despreciable para concentrarse en un solo pensamiento:
Quiero ver.
Quiero verlo todo.
Déjame hacerlo.
Tengo este poder por algo, déjame usarlo, por favor.
No estaba seguro a quién le estaba suplicando el uso de su poder, pero cuando abrió los ojos supo que, sin saber muy bien cómo, había funcionado. Al primero que vio fue al hombre de sonrisa cruel, claramente extranjero, corpulento, de rasgos fuertes, de cabello negro largo y tez bronceada con una horrenda cicatriz cruzando su ojo izquierdo. Una vez, tras haberle descrito su encuentro con Drago Bludvist, Astrid le advirtió que si alguna vez se topaba con él le reconocería al instante y así era.
Drago Bludvist parecía ser la mismísima personificación del miedo y el verlo allí, atrapando el cuello de Desdentao con su pie, le inspiraba tal pánico que su primer instinto fue salir corriendo de allí.
Hipo se giró para verse a sí mismo arrodillado en el suelo, rodeado de cuatro hombres separados de él a una distancia prudencial y le tenían sujeto con unas cadenas, aunque lo que más le llamó la atención es que habían cubierto sus manos con dos cubos metálicos. Vestía una especie de armadura hecha con escamas negras, probablemente las del Furia Nocturna, y tenía la cara cubierta de sangre, aunque no supo adivinar si era suya. Desdentao estaba tirado en el suelo, encadenado como él y dos hombres estaban clavando pequeñas cuchillas bajo sus escamas, causándole un dolor probablemente insoportable. Hipo corrió a socorrerlo, pero cuando intentó soltarlo sus manos atravesaron el cuerpo de su amigo como si nada. El vikingo quiso gritar y llorar, pero no tenía ni voz ni lágrimas en aquella visión y aquello no hizo más que aumentar su impotencia.
No supo si casi hubiera sido mejor no haber sido testigo de nada de aquello.
No obstante, más que aterrorizado como estaba él ahora, su yo futuro estaba furioso, tanto que le sorprendió que no hubiera prendido fuego a toda esa gente. Era casi como si se estuviera conteniendo, como si se estuviera sobresforzando en mantener el control sobre su propia magia. Bludvist sonrió enseñando sus dientes y aquello hizo que Hipo intentara liberarse una vez más de sus cadenas, aunque uno de los hombres de Bludvist tiró de ellas, tensando su cuerpo todavía más.
—Si quieres que libere al dragón ya sabes lo que quiero a cambio: dime dónde está la bruja.
Bludvist se había acercado lo suficiente como para que el Hipo futuro le escupiera a la cara. El cazador alzó la mano para darle una bofetada como acto reflejo, aunque terminó retirándose la saliva de la cara a la vez que soltaba un gruñido.
—Sé bien que ella no está lejos, casi puedo oler su magia desde aquí, y no puede abandonar esta isla sin ti —comentó Bludvist con impaciencia—. Así que tú eliges, mocoso de mierda: la bruja o el Furia Nocturna.
Hipo tenía unas intensas ganas de vomitar y estaba seguro que, a pesar de su esfuerzo de mantener la compostura, su yo futuro estaba igual o peor que él. ¿Cómo demonios se había dejado atrapar por ese hombre? Aquel era el peor escenario posible. Estaba en manos de un loco que le forzaba a escoger entre el amor de su vida y su mejor amigo. ¿Por qué? ¿Cómo se había permitido errar de esa forma? Hipo quiso golpear a su versión futura, gritarle e incluso matarlo antes de formular una respuesta a esa pregunta imposible.
No podía elegir.
Desdentao y Astrid eran los pilares de su vida.
Era una elección imposible.
Desdentao volvió a soltar un grito lastimero cuando clavaron otra estaca bajo sus escamas y su versión futura tembló de rabia, como si se contuviera a soltar toda la ira que estaba acumulándose dentro de él.
—¿Y bien, chico? ¿Qué vas a escoger? Elijas lo que elijas, morirás igual, así que apresúrate, tengo a mis hombres esperando en el puerto para ahogarte. Después de todo, una abominación como tú jamás debió existir.
¿Podía ser posible? ¿Bludvist sabía sobre su magia? ¿Cómo lo había podido descubrir? La zozobra en Hipo comenzaba a ser insoportable, sentía que se estaba ahogando con aquella visión. Quería despertar, no podía soportar ver la resolución de todo aquello y cargar con esa decisión hasta que llegara el momento de tomarla por sí mismo. No quería saber a quién debería escoger. No podía hacerlo.
Desdentao volvió a soltar un grito lastimero y el Hipo del futuro abrió la boca.
Y algo volvió a empujarle de nuevo fuera de la visión, esta vez de vuelta a la buhardilla de la granja.
Abrió los ojos para encontrarse con los de Astrid. Estaba abrazado a su cuerpo, con la cabeza apoyada contra su pecho, donde podía escuchar su corazón later al ritmo de las alas de un Gronckle. Su novia tenía una expresión de pura angustia y acariciaba su pelo con las manos temblorosas.
—¿A… Astrid? —preguntó él con voz pastosa.
—¡Dioses, Hipo! —se lamentó ella—. ¡Casi me matas del susto! ¡No conseguía despertarte por mucho que lo intentara! ¡No parabas de gemir y gritar!
Hipo se pasó la mano por los ojos. Esperaba que la visión comenzara a desaparecer de su mente, pero se sorprendió viéndose que no era así. La imagen de Desdentao siendo torturado seguía estancada en su mente. Intentó incorporarse, claramente alarmado, pero Astrid no le dejó.
—¡Hipo! ¿Qué haces?
—Desdentao, necesito verle, tengo que ver que está bien —murmuró con voz temblorosa intentó zafarse de Astrid.
—Hipo, él está bien. Quédate aquí, por favor —le suplicó ella—. Lo que has visto no es real.
—Pero lo será, Astrid ¡Lo será! —se lamentó él entre lágrimas.
Hipo escondió su rostro en sus manos, abrumado todavía por la visión. Su magia se removió dentro de él, nerviosa y preocupada, sincronizada con su ansiedad. Sintió las manos templadas de Astrid posarse sobre sus hombros y, de repente, un agradable cosquilleo bajó por su columna, haciendo que su cuerpo dejara de temblar.
—Ven, vuelve conmigo a la cama —le dijo su novia en un susurro cerca de su oído—. Está todo bien, te lo prometo.
Hipo quiso replicar, pero no se vio capaz de hacerlo. Aún así, no se movió.
—¿Confías en mí, amor? —preguntó Astrid con suavidad.
El vikingo asintió y terminó tumbándose junto a su novia, quien se aseguró de arroparlo y pegó su cuerpo contra el suyo para mantener ese halo de calma que el vínculo estaba transmitiendo con su tacto.
—¿Quieres que hablemos de lo que has visto? —dijo la bruja acariciando su cuero cabelludo con la punta de sus dedos—. ¿O prefieres dibujarlo?
Negó con la cabeza. Hipo sabía bien que no iba a olvidar la última visión. ¿Cómo hacerlo? Astrid siguió jugando con su cabello durante un largo rato hasta que dijo:
—Sabes que el futuro no está escrito, ¿verdad? Que hayas visto lo que has visto no significa que vaya a pasar. Si tu mente es capaz de quedarse con el recuerdo de tu visión, tal vez sea porque tu magia te quiere advertir de lo que puede suceder para que así busques alternativas para cambiar el futuro.
Hipo se abrazó a ella con más fuerza como respuesta y escondió su rostro en el hueco de su cuello. Su corto cabello le hizo cosquillas en la nariz y apreció el agradable olor de su templada piel. Se sentía a salvo entre sus brazos y deseó que aquello no termina nunca, que pudieran quedarse en aquella polvorienta buhardilla en mitad de aquella tierra montañosa de nadie. Ojalá poder cambiar el futuro, ojalá Hipo no tuviera que tomar la decisión de dejar vivir únicamente a uno de los dos seres que más quería sobre la faz del Midgar.
Hipo llevó su mano hacia el rostro de Astrid para acariciarlo y alzó la mirada para encontrarse con sus preciosos ojos azules como el cielo en verano. Su novia no necesitó más pistas para entender qué era lo que él necesitaba en ese momento e inclinó ligeramente la cabeza para besarle suavemente en los labios. Hipo gimió contra su boca cuando sintió como sus manos recorrían su cuerpo sin pudor alguno y él optó por meter la suya bajo su túnica para buscar su trasero y apretarlo con ganas para empujar su cuerpo aún más cerca del suyo.
—Quítate la ropa —le pidió ella en un tono desesperado cuando él pasó a devorar su cuello.
Sin apenas dejar de besarla, Hipo se quitó la túnica y los pantalones. Astrid tampoco se quedó atrás y se desvistió casi más rápido que él. Sin embargo, antes de que ella pudiera colocarse sobre él, Hipo fue rápido y cogió de sus muñecas para dejarla inmóvil debajo de su cuerpo. La bruja no se resistió, sus ojos estaban dilatados por el deseo y su boca entreabierta clamaba a gritos que la besara. La tenue luz de la vela que Astrid había encendido iluminaba su piel en un precioso tono anaranjado que acentuaba cada rasgo, cada peca, cada cicatriz…
¿Cómo no iba a enamorarse de ella?
Hipo no dudaba de que si Astrid hubiera sido realmente de Isla Mema y se hubieran conocido en otra vida y en otras circusntancias, se habría rendido a sus pies de igual manera. Ella era dueña de su corazón y de su alma. No podía perderla. Aún sin tener sus vidas atadas, no podía contemplar un mundo sin ella.
A la vista de que se había quedado muy quieto y contemplándola en un grave silencio, Astrid se incorporó para abrazarle.
—Estoy aquí, no me voy a ir a ninguna parte.
—Lo siento —murmuró él con voz de hilo.
—No hay nada por lo que tengas que disculparte —le consoló ella—. ¿Quieres hacerme el amor?
Hipo asintió con lentitud y Astrid rompió el abrazo para apoyar su frente contra la suya.
—Te quiero —dijo ella con delicadeza—. Pase lo que pase, te querré siempre, aún sabiendo que no soy suficiente.
El vikingo frunció el ceño.
—¿Cómo que no eres suficiente? —cuestionó él preocupado—. Astrid, tú eres el sol de mi vida. Ni en mis mejores sueños hubiera podido querer a nadie más de lo que te amo yo a ti.
La bruja sonrió con tristeza y se mordió el labio. Le estaba ocultando algo, pero parecía que no se veía con fuerzas para compartirlo. Hipo decidió hacer lo que mejor se le daba: mostrarle su amor hacia ella. Con suma delicadeza, acostó a Astrid de nuevo contra la cama y movió su erección contra sus labios para asegurarse de que estaba lo bastante húmeda. Entró con suma lentitud, haciendo que la bruja soltara un largo suspiro a la vez que rodeaba sus caderas con sus firmes piernas y le abrazaba para clavar sus uñas en las cicatrices de su espalda.
Hipo gimió cuando consiguió meter todo su miembro dentro de ella. Astrid tenía el cuerpo templado a causa del vínculo que los unía, pero dentro de ella era como un volcán. Ardiente y explosivo que le derretía de todas las formas posibles. Se quedó quieto por unos segundos, disfrutando de aquel breve momento en el que los dos no podían estar más unidos. Ambos amantes se contemplaron con las respiraciones erráticas y con los ojos tintados de amor. Fue entonces cuando Astrid llevó su mano hacia su pecho, hacia la altura de su corazón, y él imitó su acción.
Era extraño.
Eran numerosas las ocasiones en la que ellos no comprendían la naturaleza del vínculo que les unía, pero aquella vez todo tenía perfecto sentido. Que su alma abrazara la de Astrid era la cúspide de todo, causando que sus cuerpos y sensaciones se vieran abrumados por la presencia del otro. Hipo tuvo que emplear todo su autocontrol para no correrse allí mismo, aunque Astrid no tuvo lo misma suerte. Mordió la piel de su hombro para contener su grito de placer e Hipo observó como en la misma zona del hombro de su novia surgía una herida con la forma de sus dientes. Hipo besó la herida con delicadeza, sin importarle el hilillo de sangre que salía de ella manchara sus labios y, con su alma unida a la de Astrid, empezó a mover sus caderas.
Por lo general, Hipo y Astrid eran amantes intensos y ruidosos, pero aquella vez fue diferente a las demás. Ambos se recorrieron sus cuerpos, explorando cada rincón que conocían sobradamente casi como si fuera la primera vez. Se susurraban palabras de amor, cosas que les darían vergüenza decir en voz alta en una ocasión que no fuera aquella, e incluso llegaron a soltar lágrimas por lo abrumados que se sentían del amor que sentían el uno hacia la otra.
Astrid le amaba.
Era imposible tener dudas después de aquello.
Y Astrid parecía incluso superada al darse cuenta que sus sentimientos hacia ella eran tan abrumadoramente intensos.
Hipo perdió la cuenta de las veces que se corrió dentro de ella. En algún punto no llegó a comprender cómo podía tener energías para continuar, aunque supuso que el ser una especie de bruja y estar vinculado con Astrid debía tener sus efectos en su estamina. La cama chirriaba sin cesar bajo ellos, sus cuerpos estaba sudorosos y pegajosos por el sudor y por el rastro de sus sexos.
Pero ellos solo querían más y más.
Las primeras luces del amanecer comenzaron a entrar en la ventana de la buhardilla cuando Astrid estaba cabalgando sobre él. Hipo tenía sus caderas sujetas para ayudarla a marcar el ritmo mientras ella acariciaba su escroto con una mano mientras que con la otra masajeaba uno de sus maravillosos senos.
—Hipo, Hipo, Hipo —murmuraba ella con los ojos cerrados por el placer—. Te sientes tan bien, joder. Eres perfecto.
—Mírame —le pidió él con desesperación—. Te queda tan poco como a mí y necesito ver tu cara.
La bruja entreabrió los ojos y sonrió antes de acelerar el ritmo. Hipo se incorporó para coordinarse con ella y devoró su boca a la vez que ambos se corrían con tanta intensidad que, accidentalmente, uno de ellos agrietó el cristal de la ventana con su magia. Se dejaron caer en la cama, con Astrid aún sobre él e Hipo con su pene ahora por fin más flácido dentro de ella. Ambos se tomaron su tiempo para recuperar sus respiraciones y calmar los fuertes latidos de sus corazones. Cuando se vio capaz de moverse, Hipo estiró el brazo para coger una manta para arroparse, aunque su cuerpo ardía y el de su novia estaba claramente muy por encima de su temperatura habitual.
Astrid terminó sacando su miembro de ella y se dejó resbalar suavemente a su lado, enganchando sus piernas con las suyas y acomodando su cabeza contra su pecho, a la altura de su corazón. Hipo paseó sus mano por su espalda, sintiendo cada una de sus cicatrices rozar con la punta de sus dedos. Se quedaron un largo rato así, en silencio, disfrutando del roce de piel contra piel, de la calidez del amor que tenían acumulado en sus pechos y del sonido de la naturaleza despertando por la salida del sol.
—Oye Astrid, ¿puedo tener margen para fantasear algo contigo?
La bruja rió suavemente y apoyó la barbilla sobre la mano que tenía en su pecho.
—Amor, ¿no han pasado ni media hora y ya quieres más? ¿no te ha bastado con lo que has tenido esta noche? —preguntó ella con una sonrisa traviesa.
—¿Qué? —cuestionó él sorprendido y con las mejillas teñidas de escarlata—. ¡No, no! Hablaba de otra cosa, me refería a si podía hablar contigo de un caso hipotético.
Astrid ladeó la cabeza sin entender, pero asintió. Hipo tragó saliva.
—Normalmente no me atrevo a fantasear con esto, pero… necesito tener un sueño alentador para seguir adelante —explicó él—. Hacer planes.
—¿Planes?
—Lo que haremos si ganamos a Le Fey —aclaró él y Astrid parpadeó sorprendida—. Olvidemos lo del vínculo y que no podemos separarnos a gran distancia, porque lo que quiero decirte es que quiero pasar el resto de mi vida contigo.
—Hipo…
La voz de Astrid tembló por un repentino pánico y su cuerpo se volvió muy tenso.
—No te estoy pidiendo matrimonio —se apresuró en aclarar y aquello consiguió relajarla un poco—. No quiero casarme si tú no quieres casarte. Entiendo que va en contra de lo que crees y lo respeto. Para mí no es primordial el matrimonio y siempre podemos mentir como hemos hecho hasta ahora.
—¿A qué te refieres entonces? —preguntó ella confundida.
—A iniciar una vida juntos.
—¿En Isla Mema? Hipo, es una locura —dijo Astrid rompiendo el abrazo.
—No estaba hablando de Isla Mema —replicó él sin comprender su repentino distanciamiento—. ¿Pero por qué te pones así?
—¿No lo entiendes, Hipo? —clamó Astrid furiosa—. En el muy hipotético caso en el que ganáramos, nadie me va a querer en el Archipiélago, y nadie de Isla Mema va a querer que su legítimo Jefe esté viviendo un romance fuera de un matrimonio con una bruja que carga con varias acusaciones de asesinato y que probablemente sea la causante de todo el embrollo que está sucediendo allí ahora.
—¿Qué? —soltó Hipo atónito—. ¿Jefe? ¿Yo? Astrid, ¿pero tú te piensas que voy a querer volver a la vida que llevaba antes después de todo lo que hemos vivido juntos? Además, nadie va a quererme como Jefe y, aunque me lo propongan, no voy a aceptar nada que me impida estar contigo —Hipo tomó aire—. Pensaba que podríamos irnos a la costa del continente, que no nos deje especialmente lejos del Archipiélago, pero también con la suficiente distancia en el que podamos empezar de cero. Quizás podríamos montarnos una granja como esta y vivir de eso: cuidando de dragones y otros animales, plantando un huerto... O tal vez podríamos dedicarnos el resto de nuestra vida a explorar mundo, ir de un lado a otro… Me da igual lo que sea con tal de estar contigo.
—¡Escúchate, Hipo! —chilló Astrid enfurecida—. ¡Escúchate! Llevas toda la vida preparándote para ser el Jefe de Isla Mema. No puedes renunciar al legado de tu familia por alguien como yo.
—¿Alguien como tú? ¿Pero qué demonios hablas?
—Hipo no podemos tener familia —contestó ella con voz rota—. Jamás lo había visto como un problema, ¿sabes? Lo de ser yerma y estéril. Cuando toda tu vida has estado sola en un aquelarre, no es algo que te preocupe especialmente, más cuando el precio ha sido poseer magia. Pero esto saldrá, Hipo, aunque ahora ni nos lo planteemos.
—Astrid, no…
—¿Tu fantasía de la granja? Es bucólica y perfecta, pero al final querrás hijos, lo sé, Hipo. Te he visto rodeado de niños y, joder, ¡tienes esa mirada!
—¿Qué… qué mirada? —preguntó él sin comprender.
—La de un padre anhelante de tener hijos un día —contestó ella con lágrimas cayendo por sus ojos—. ¿Sabes lo horrible que es? ¿Vivir sabiendo que no podré darte eso cuando llegue el momento? ¿Sabes cuántas veces me han preguntado cuándo seremos padres? Aún sin entender la lengua en la que hablan aquí, me lo han preguntado como tres veces hoy. ¡Estoy harta que me echen en cara que no voy a estar completa hasta que tenga hijos tuyos! ¡De que me recuerden que eso me convierte en poco válida para ti! De que…
—¡Astrid, cállate! —le interrumpió él desesperado, levantándose para cogerla de los brazos mientras ella sollozaba sin parar—. No quiero que te tortures con esto, por favor. ¡Ni siquiera sé si quiero hijos! No me lo he planteado nunca, ni siquiera estando contigo porque sé lo que hay. Y, aún pudiendo ver el futuro, desconozco si algún día querré tenerlos o no. Además, si te descuidas, quizás ni siquiera yo pueda tenerlos ahora si soy un hombre bruja o lo que sea que soy, pero… si surgiera la necesidad por parte de ambos, barajaríamos otras opciones llegado el momento. Hay muchos niños en el mundo sin una familia que los cuide, ¿quién dice que nosotros no pudiéramos ser la suya algún día? —Astrid alzó la mirada con un gesto de sorpresa y él sonrió con tristeza a la vez que limpiaba las lágrimas que caían de sus mejillas—. Llevas desde Fira cargando con esto tú sola, ¿me equivoco? —la bruja afirmó con la cabeza—. Astrid, no tengas miedo en hablar conmigo de estas cosas. Aún sin estar vinculados, no me voy apartar de tu lado por esto nunca. Lo único que me importa es que estamos juntos hasta el final, ¿vale? Además, todo esto te lo decía como un caso hipotético, ni siquiera sé si sobreviviremos a una guerra contra Le Fey.
Astrid se fundió en un fuerte abrazo con él e Hipo la correspondió con la misma intensidad.
—Mataré a esa hija de perra aunque sea lo último que haga —le prometió ella.
—Y encontraremos a tu familia, cueste lo que nos cueste —le juró él.
Astrid sonrió conmovida contra su pecho.
—Me gusta la idea de la granja, por cierto —comentó ella —. Aunque más te vale montarte una herrería también, aún me debes un hacha.
—¿Un hacha o es que te gusta verme trabajar lleno de sudor y hollín? —replicó él con picardía con los ojos puestos en su boca.
—Una cosa no quita la otra, Haddock —dijo ella mordiéndose el labio inferior para provocarle.
Hipo la empujó de nuevo a la cama para volverla hacer suya. Más tarde, Astrid le convencería para que le contara lo de sus visiones y él volvería a romper a llorar en sus brazos, intrigado por la primera premonición y horrorizado por el recuerdo del segundo de ellas. Después, se despedirían de la amable familia, quienes durante el desayuno los observarían entre risitas traviesas e incómodos por su desvergonzada aventura de la noche pasada, y la anciana matriarca daría la mano a Hipo y a Astrid, dándoles las gracias en su lengua extraña por haberlos salvado y jurando que no contaría el secreto de su brujería a nadie —Jon reiría al ver la cara de sorpresa de Astrid tras haberle traducido aquello y miraría a Hipo en búsqueda de explicaciones—. Tras haber el hecho de paripé de marcharse tomando de nuevo el camino hacia el pueblo, volverían a escondidas al granero para sacar a los dragones de allí e Hipo lloraría de la felicidad al ver a su mejor amigo sano y salvo. Desdentao, por supuesto, no entendería nada, pero como nunca había sido reacio en recibir el cariño de Hipo, aquella vez tampoco haría una excepción. Marcharían al norte cargados de provisiones, lanzando una última mirada a esa montaña aparentemente dominada por brujas a las que nunca conocerían. Llegarían a la costa y se quedarían allí un par de días para compensar a los dragones con comida y largas horas de vuelo bajo el sol primaveral que por fin asomaba sus cálidos rayos entre las densas nubes.
Y entonces, unos días más tarde, llegarían a Londinium.
Pero hasta entonces, en esa mañana soleada, en la cual el sol que se colaba por la ventana de la buhardilla iluminaba los dorados cabellos de Astrid y sus preciosos ojos llenos de dicha a la vez que él la hacía el amor, Hipo se aliviaba pensando que ella estaría siempre con él.
Al menos, hasta que todo terminara.
Xx.
—¿Por qué no comes nada?
Thuggory alzó la mirada hacia Le Fey. La reina estaba sentada con las piernas colgadas del brazo de su silla y le juzgaba con sus agrios ojos grises. El vikingo tuvo que esforzarse en no hacer una mueca para no irritarla todavía más.
—No tengo hambre.
—No me jodas, Thuggory, eres dos veces más grande que yo, tienes que tener hambre por cojones —le recriminó Le Fey con impaciencia—. ¿Acaso no te gusta? Puedo hacer que te cocinen lo que quieras.
—¿Por qué te importa tanto? —replicó Thuggory de mala gana.
Le Fey arrugó la nariz.
—¿Por qué no iba a importarme? —reclamó la mujer.
Thuggory no respondió y volvió a focalizar su atención en su plato para jugar con el estofado de jabalí que las cocineras de Mema habían preparado. En otras circunstancias quizás hubiera comido sin reparos, pero tenía el estómago cerrado. Le solía pasar cuando pasaba el día entero con Le Fey. A veces, la reina se encaprichaba con que le acompañara a dar escarmientos a los ladrones y rebeldes que trastornaban su reinado. La bruja los torturaba con su magia sin piedad alguna, haciéndoles agonizar de dolor hasta que llegaban al borde de la locura. Los alaridos de aquellos pobres desgraciados, muchos de ellos acusados solo de robar mendrugos de pan para alimentar a sus familias, le perseguían todas las noches en sus pesadillas.
Por lo general, la reina tenía sus responsabilidades y él las suyas, pero había jornadas en las que Le Fey necesitaba fardar de perrito faldero. La reputación de Kateriina como mujer respetable y amable se había disipado en el aire, dejando solo a la cruel y despiadada reina en la que se había convertido la única hija de Bardo Noldor. Al principio de su reinado, la gente tendía a murmurar barbaridades sobre ella, casi todas ellas ciertas, pero ello no evitó que Le Fey se ofendiera por esos rumores y terminase descubriendo el origen de cada rumor, causando que regresaran de una sola pieza a casa. La reina tenía ojos y oídos en todas partes, probablemente de sus siervas brujas a las que Thuggory nunca veía; probablemente porque Le Fey las quería lejos para así evitar acusaciones de los espías que Drago seguramente había infiltrado por el Archipiélago para vigilarla de cerca.
Le Fey manipulaba con suma facilidad las mentes de todo aquel que sospechara o descubriera que ella era una bruja, por lo que oficialmente sólo Thuggory estaba al tanto de la verdadera identidad de la reina, aunque no descartaba que alguien más lo supiera, como eran los casos de Bocón y la vieja Gothi. Aún así, a Thuggory ni se le pasó por la cabeza mencionarle a Le Fey que Bocón podía saber sobre su identidad mágica, ya no sólo porque era casi seguro que el herrero estuviera implicado con la huída de Estoico Haddock y supiera dónde se encontraba, sino también porque Bocón había sido siempre amable con él cuando era niño, permitiéndole a él y a Hipo esconderse en la herrería para que Thuggory pudiera aprender a leer y a escribir. A diferencia de otros adultos, él nunca le había considerado un estúpido, aunque tenía un agrio sentido del humor al que Thuggory nunca terminó de ver del todo la gracia. A día de hoy, el trato con Bocón era más bien frío, pero era de los pocos que se atrevían a dirigirle la palabra y de los que mejores fingían no tener miedo a la reina. A Le Fey le sacaba de quicio, sobre todo porque hablaba mucho sin decir realmente nada, y si no lo había matado todavía había sido porque Thuggory intercedía siempre por él, excusando a la reina de que si le quitaba la vida cabía la posibilidad de que toda Isla Mema se revolviera contra ella y un motín era lo último que necesitaban en ese momento.
La historia cambiaba radicalmente con Gothi. Era la única persona en toda Isla Mema a la que Le Fey no había entrevistado personalmente, lo cual era extraño teniendo en cuenta de que había estado viviendo con Astrid durante meses, por lo que la información con la que podía contar era indudablemente valiosa, sobre todo cara a atrapar a Hipo y a Astrid. No obstante, la reina le había encasquetado la tarea a él y, a pesar de su larga experiencia en interrogar, Thuggory no tuvo forma de hacerla cantar y, por supuesto, se negaba a torturar a una anciana. Le Fey le había echado en cara su cobardía, pero Thuggory, harto de tener que complacer cada uno de sus caprichos, le dijo la verdad: que su problema era que le tenía pánico a la galena. La reina le asfixió por casi un minuto con su magia y, tras eso, jamás volvió a mencionar a Gothi. La anciana estaba en arresto domiciliario estricto, pero Thuggory no estaba tan seguro de que la vigilancia fuera tan estricta como el Jefe actual de Isla Mema juraba.
Lars Gormdsen era un pedante y una mala persona. Cada vez que Le Fey decidía instalarse en Isla Mema por unos días, Thuggory tenía que emplear todo su autocontrol para no reventarle la cabeza con sus propias manos. Al Jefe de los Cabezas Cuadradas se le revolvían las tripas cada vez que veía a la población de Mema pasar hambre y esclava de los tributos que los Gormdsen habían impuesto. Era un tirano que solo ambicionaba poder y lamerle el culo a Le Fey para que esta le diera manga ancha para hacer lo que le placiera. La reina, por lo general, accedía a todo, siempre y cuando tuviera a la población bajo control, con tal de quitárselo de su vista. Después de todo, según Le Fey, si había que vigilar una isla era Mema y, al margen de la huída de Mocoso y la familia Thorston, Gormdsen cumplía con su trabajo y era uno de los que más dinero proporcionaba a la causa de la reina.
Y si no, Le Fey siempre podía quitárselo de en medio con un solo chasquido de sus dedos.
—¿Has tenido noticias de Eldarion? —preguntó Le Fey mientras se ponía a cortar una manzana.
Thuggory alzó la mirada de nuevo hacia la reina, quién le observaba desde el otro extremo de la mesa con sus fríos ojos.
—Nada desde la semana pasada, me imagino que sabremos algo en estos días —respondió Thuggory.
—No me gusta ese hombre —le reprochó la reina de mala gana.
—Ya somos dos, pero según dicen es el mejor —comentó él—. Al menos está cumpliendo con su parte de informarnos todas las semanas y yo no daba un duro porque lo hiciera.
—¿Informarnos de qué? —demandó la reina indignada—. ¡No sabemos una mierda!
—Sabemos que fueron al sur, ¿no? Las fuentes de Eldarion indican que vieron a dos criaturas aladas sobrevolar Germania y seguramente nos lleguen pronto informaciones de sus fuentes de Grecia si es que han llegado hasta allí —explicó Thuggory con el ceño fruncido.
Le Fey chasqueó la lengua irritada y cruzó los brazos bajo su pecho.
—¿Por qué coño querría Astrid volver allí? —preguntó para sí misma.
—¿Allí adonde? —cuestionó Thuggory sin comprender.
La reina parecía que iba a echarse encima por meterse donde no le llamaban, pero pareció pensárselo dos veces y sonrió con cierta maldad.
—Astrid se crió en el Egeo, un mar del sur, puede ser lógico que haya querido regresar a nuestro antiguo escondite si sigue con esa estupidez de encontrar a su familia —dijo la reina a la vez que le daba un mordisco a la manzana pelada—. Sin embargo, allí no encontrará nada. Me encargué de borrar todo rastro.
Thuggory alzó las cejas.
—¿Acaso tú sabes el origen de Astrid?
Le Fey sostuvo su mirada muy callada durante unos segundos.
—Por supuesto que lo sé —terminó respondiendo—. La encontré abandonada en un bote en mitad del mar y la acogí como si fuera mi hija. Ella sabe la verdad, pero se niega a aceptarlo.
Thuggory frunció el ceño.
—Si sabe la verdad, ¿por qué eliminar cualquier rastro de su familia? Si estaba abandonada no deberías saber quienes eran sus padres, ¿no?
Le Fey dibujó un gesto que claramente le dio a entender que se estaba metiendo en un terreno muy peligroso.
—¿Por qué tanto interés en Astrid de repente?
—Porque estás obsesionada con ella —contestó él consciente de que iba a pagar por pasarse de la lengua—. No entiendo porque la odias tanto.
—Es una puta traidora y una vergüenza para su especie —argumentó Le Fey con desprecio—. Siempre se ha creído superior a las demás por poseer el poder de Thor y estuvo años mintiéndome, haciéndome creer que era leal a mí. Lleva la mentira en la sangre y, encima, va y se enamora de un humano. ¡Ensucia el nombre de las brujas!
Thuggory sabía que debía haber algo más que eso.
—¿Por qué no la mataste?
—¿Disculpa?
—Te sobraron ocasiones para matar a Astrid cuando usurpaste el cuerpo de Kateriina e incluso antes —le reprochó Thuggory—. En lugar de matarla, decidiste vincularla a un humano, a Hipo, y la dejaste vivir en esta isla, ¿por qué? —Le Fey tenía los ojos puestos en la manzana a medio pelar de sus manos—. Puedes matar a quien te plazca con un ligero movimiento de muñeca, te he visto hacerlo más veces de las que puedo contar, y no te he visto despreciar a nadie como a esa chica, ¿por qué dejarla viva, entonces?
—Porque no puedo matarla —respondió ella.
Thuggory sintió un escalofrío sacudir su cuerpo ante el rostro inexpresivo de Le Fey.
—¿Por qué? —cuestionó él sorprendido que le confesara la verdad.
—¡Porque no puedo y punto! —chilló ella de repente tirándole la manzana con furia—. ¡Esa perra se aseguró bien de que no pudiera quitarle la vida a la puta Astrid por mucho que lo intentara! Y cierra la puta bocaza respecto a esto, Astrid no sabe que no puedo matarla.
—¿Quién?
—¿Quién qué? —escupió Le Fey.
—¿Quién se aseguró de proteger a Astrid de ti? —cuestionó Thuggory sin comprender—. ¿Quién es tan poderosa como para conseguir que tú no puedas hacer eso?
Aquella pregunta enfureció tanto a la reina que, antes de que el vikingo pudiera reaccionar, salió despedido por los aires hasta impactar contra una de las columnas del Gran Salón y perder el conocimiento tras escuchar un horrendo crujido desde su espalda. No supo cuánto tiempo estuvo inconsciente, pero era plena luz del día cuando recobró la consciencia en el dormitorio de Le Fey, con la reina a su lado acariciando su pelo con extraño mimo. La bruja confesó que el impacto le había quebrado su columna por dos zonas, pero que por suerte ella le había curado a tiempo sin que le quedara secuelas. Thuggory quiso apartarla de un empujón, asqueado por su tacto; pero, al mismo tiempo, estaba desconcertado por el tono preocupado y suave de la reina y las suaves caricias de sus frías manos.
—¡Estaba tan angustiada, Thuggory! —se lamentó la reina tumbándose a su lado—. No podía soportar la idea de que hubieras muerto.
—Soy humano —le recordó él cuidando el resquemor de su tono—. Odias a mi especie.
—Sí, pero tú eres diferente. Eres mío —le recordó ella recorriendo su mandíbula con sus helados fríos—. Eres leal y servicial. Jamás me traicionarías.
La bruja lamió el lóbulo de su oreja y el vikingo tuvo que contener un gemido.
La odiaba.
Odiaba cómo conocía su cuerpo tan bien.
Odiaba cómo le usaba. Como una marioneta. Como un mero juguete para satisfacer todos su deseos.
Cruzaron las miradas y Thuggory echó en falta la calidez de los ojos de su amada. Kateriina había sido un libro abierto para él y Le Fey comenzaba a serlo también, pues mientras su amada siempre había sido la personificación de la amabilidad y la dulzura, en Le Fey habitualmente solo leía crueldad y lujuria. Sin embargo, esta vez vio algo diferente: desesperación y… ¿puede que algo de preocupación también? Probablemente la reina estaba aprovechando su momento de debilidad para manipularlo y hacerle pensar que ella pudiera importarle algo. Le Fey era demasiado egoísta y ególatra como para sentir afecto por alguien que no fuera ella misma. Le deseaba y usaba su cuerpo a su gusto y pensó que la reina aprovecharía su estado para aprovecharse de él, pero aquel día Le Fey se redujo a dejarle tranquilo y a abrazarse a él sin compartir ni una sola palabra. Se quedaron dormidos hasta que en plena noche alguien entró en la alcoba.
Una anciana.
Thuggory, que era de sueño ligero, se despertó alarmado al ver a aquella anciana caminar como si aquel lugar fuese su propio dormitorio, aunque al tener todo el peso muerto del cuerpo de Le Fey sobre él apenas se atrevió a moverse. La reina tenía muy mal despertar, Thuggory había aprendido la lección por las malas. Sin embargo, aquella anciana, a pesar de los gestos de advertencia de Thuggory para que no la tocara, sacudió el hombro de Le Fey para despertarla. La reina se removió sobre él, pero no se despertó. La anciana lanzó un suspiro antes de decir:
—Moryen, despierta.
Thuggory alzó las cejas. ¿Le Fey no se llamaba Le Fey? ¿Acaso su verdadero nombre era Moryen? Le Fey entreabrió los ojos para observar quién la estaba molestando y chasqueó la lengua al reconocer a la anciana.
—¿Qué coño quieres, Ikerne? —gruñó la bruja cerrando de nuevo los ojos.
La anciana no respondió y se quedó con la vista clavada en ella, como si estuviera esperando algo. Le Fey soltó un suspiro y terminó levantándose de mala gana.
—Quédate aquí, Thuggory.
—¿Adónde vas? —preguntó él con inevitable incertidumbre.
La reina le fulminó con la mirada.
—Creía que habías aprendido la lección de no pasarte de curioso —Thuggory tragó saliva, pero la bruja se redujo a sacudir la cabeza—. Duérmete, no tardaré.
Le Fey cerró la puerta tras ella y, en otras circunstancias, Thuggory se habría acercado a la misma para escuchar los bisbiseos de la conversación, pero aún tenía el cuerpo entumecido y escuchó el eco de sus pasos alejarse del dormitorio. Se quedó con la vista clavada en la ventana, con los oídos puestos en los sonidos de la noche: el crepitar de una antorcha cercana, el cantar de algún Terrible Terror que volaba cerca de allí, el tosido de alguien en una casa cercana y el silencioso rumor de las primeras brisas de la primavera.
Thuggory echaba de menos su isla. Hacía más un mes que no se pasaba por allí, aunque mantenía correspondencia constante con sus consejeros, quienes se hacían cargo de todo lo convenido y no habían puesto trabas a su constante ausencia, aunque Thuggory estaba convencido que Le Fey había tenido mucho que ver la falta de quejas.
Era curioso el poder de Le Fey.
Lo había estudiado con atención. No hechizaba a todo el mundo, solo a los que ella consideraba como figuras estratégicas como Bertha la Tetuda o Patapez. Sin embargo, no cualquiera caía bajo su hechizo. Bocón, quien por lo visto antes había caído preso de su hechizo, ahora no parecía verse influenciado por él; Gothi probablemente tampoco estaría afectada y algunas otras personas de Isla Mema y del Archipiélago también parecían inmunes. ¿El motivo? Era difícil saberlo. Era casi seguro que ni la propia Le Fey lo supiera tampoco. Además, había notado también que cuando se pasaba usando ese poder en particular, la reina se agotaba, hasta el punto que podía tirarse un día entero durmiendo.
Thuggory sabía que no estaba preso bajo el encantamiento de la bruja porque era consciente de todo lo que pasaba a su alrededor y se consideraba dueño de sus propias decisiones, aún no gustarle la mayoría de las veces. A veces pensaba que todo hubiera sido infinitamente más fácil si Le Fey le hubiera hechizado desde el principio en lugar de usarlo como lo estaba haciendo.
En algún punto entre aquellos tumultuosos pensamientos, Thuggory se volvió a dormir, aunque sus sueños poco duraron, pues un tiempo después alguien sacudió su cuerpo con fuerza.
—¡Thuggory! ¡Thuggory! ¡Despierta, por favor!
Thuggory abrió los ojos para ver a Le Fey con un gesto de angustia y nerviosismo.
—¿Qué pasa? —preguntó él sin poder contener un bostezo—. Pensaba que ibas a dejarme dormir por una vez.
—¡Thuggory! —musitó la reina nerviosa—. ¡Thuggory! ¡Soy yo! ¡Kateriina!
El vikingo se incorporó arrugando el gesto.
—Esto no es divertido, Le Fey —le advirtió él con cautela.
La mujer se mordió los labios y Thuggory sintió un vuelco en el corazón al ver sus ojos empañados por las lágrimas.
—Thuggory, en serio, soy yo —insistió ella desesperada—. ¡Soy Kat! ¡Tu Kat!
El vikingo sintió que le faltaba aire en los pulmones. No podía ser, Le Fey tenía que estar jugándosela seguro. Inspeccionó su rostro para buscar cualquier amago, cualquier gesto que la delatara, pero… no vio nada. Sus ojos grises estaban nublados por el pánico y el nerviosismo y toda ella temblaba como un cervatillo en mitad de una cacería. Sin embargo, Thuggory no se fiaba.
—¿Dónde está Le Fey? —preguntó él estrechando los ojos.
—No… no lo sé —respondió ella sobresaltada—. Me he despertado en el suelo, en mitad del bosque. No sé dónde está, quizás… quizás haya cambiado de cuerpo… No lo sé.
—¿Has estado consciente todo este tiempo? —cuestionó él angustiado.
—No… no estoy segura, tengo lagunas… Ni siquiera… ni siquiera estoy muy segura de dónde estamos… Este es la primera casa que me he encontrado y estabas tú aquí… pero no recuerdo apenas nada... Sé que ella… Le Fey... ha estado poseyendo mi cuerpo… tengo tantas imágenes en mi cabeza que no soy capaz de procesar lo que está pasando.
Kateriina empezó a hiperventilar a la vez que se esforzaba en contener sus sollozos y Thuggory no pudo evitar cogerla de los hombros para calmarla. ¿Podía ser cierto? ¿Había abandonado Le Fey el cuerpo de Kateriina para meterse en otro? ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Y dónde estaba ahora? Todo aquello era demasiado raro, le era irreal que aquello fuera cierto.
—Kat, escúchame. Necesito que me digas algo que solo tú y yo sepamos —le pidió él con la máxima delicadeza posible.
—¿Para… para qué? —cuestionó ella desconcertada—. ¿Acaso no me crees?
Thuggory cogió de sus manos sin apartar sus ojos de los suyos, buscando cualquier atisbo que probara que Le Fey no estaba tras ellos.
—Kat, no tienes ni idea de cómo puede llegar a ser Le Fey, necesito la prueba de que eres quién dices ser.
Kateriina tragó saliva y se quedó un momento pensativa, esforzándose en buscar entre sus recuerdos algo que probara su identidad.
—En la fiesta de tu último cumpleaños, nos pusimos ciegos a hidromiel. No recuerdo cuánto bebimos, pero aquel día, por alguna razón, la hidromiel nos entró como el agua. Apenas recuerdo nada de aquella noche salvo que… vomité en el casco de mi padre por accidente —Kateriina soltó una suave y embarazosa carcajada—. Sólo tú fuiste testigo de ello y asumiste toda la culpa por mí. Nunca me dejaste confesar la verdad.
Thuggory sintió la humedad en sus ojos.
—¿Cómo hacerlo? —cuestionó él con un hilo de voz—. Tu padre te habría castigado sin permitirte que vinieras a verme.
Ella sonrió con timidez y Thuggory tuvo que contener un sollozo. Era ella. Kateriina. Su Kateriina. Por algún motivo, Le Fey había abandonado su cuerpo y había vuelto a él, como debió haber sido siempre. Thuggory la envolvió con sus brazos y la apretó quizás con demasiada fuerza contra él. Kateriina soltó un pequeño quejido, pero no mostró intenciones de que quisiera que la soltara. El vikingo terminó soltándola para acunar su bello rostro entre sus manos. Su piel se sentía caliente a su tacto, cosa que con Le Fey jamás había pasado. Kateriina posó sus manos sobre las suyas, con un gesto preocupado marcando sus hermosos rasgos.
—Thuggory, ¿qué vamos hacer? —preguntó ella angustiada—. Tengo la sensación de que Le Fey me ha usado para hacer cosas horribles, ¿verdad? Tengo mucho miedo, ¿y si ella vuelve?
Thuggory tenía claro que debían hacer. Si Le Fey había cambiado de cuerpo, significaba que todavía se estaba amoldando al nuevo sujeto, por lo que si actuaban rápido quizás conseguirían salir de la isla antes de la reina les echara en falta. Kateriina le contempló nerviosa, pero Thuggory ya tenía claro qué pasos debían seguir.
—¿Hay alguien más en la casa? —preguntó él con cautela.
Ella negó con la cabeza y él se levantó para coger de su mano.
—Mientras me visto, busca a ver si hay comida por la zona del comedor —explicó él—. Mantente calmada y si entrara alguien les ordenas que se larguen.
—¿Pero cómo van a obedecerme? No tengo apenas autoridad ahora mismo, ¡no me parezco en nada a ella! —comentó ella con pánico en su voz.
Thuggory sujetó de sus hombros con firmeza.
—Tú pon cara de mala hostia y no titubees —insistió él—. Te harán caso, te lo prometo. Con suerte, ni siquiera entraran.
Ella asintió nerviosa y salió corriendo hacia el comedor. Thuggory se vistió con ropas de invierno, después de todo la primavera en el Archipiélago no dejaba de ser un invierno menos frío, y buscó un par de capas densas de piel para Kateriina. Cogió también su hacha y un par de dagas que guardaba en el cajón junto a su mesilla. La joven estaba mirando ansiosa por la ventana cuando Thuggory salió de la habitación.
—¿Adónde vamos a ir?
—A mi isla —respondió Thuggory cogiendo la bolsa que había llenado con comida—. Allí estaremos a salvo por el momento hasta que se me ocurra un plan.
—¿Qué… qué plan? —preguntó ella vacilante.
Thuggory dudó si responder, aún poco acostumbrado a tener a Kateriina y no a Le Fey ante él. El vestido que llevaba puesto se pegaba a su cuerpo como una segunda piel y pronunciaba su escote tanto que casi parecía que sus senos iban a salir de su prisión de tela en cualquier momento. Consciente de que estaba empezando a tener una erección, cubrió a Kateriina con una de las capas. La mujer arrugó el gesto, pero no dijo nada al respecto de su repentina acción.
—Tenemos que quitarnos a Le Fey de en medio, Kat. Si acabamos con ella, conseguiremos poner fin a todo esto —Thuggory asomó la cabeza para ver si había alguien fuera vigilando y cogió una de las dagas que colgaba de su cinturón—. Llevo esto encima, por si acaso.
—¿Es necesario? —preguntó ella—. No estoy en condiciones para pelear con nadie, Thuggory.
—No tendrás que hacerlo, solo quiero que lo tengas por si acaso —explicó él y cogió de su mano—. No te separes de mí bajo ningún concepto.
Kateriina asintió y salieron al exterior. Era noche cerrada, apenas se podía ver la luna por el cúmulo de nubes que dominaban el cielo nocturno, por lo que Thuggory supo aprovechar la oportunidad para caminar junto a Kateriina sin llamar especialmente la atención. Los pocos vigías que se encontraron enseguida agachaban la cabeza, aterrados por su sola presencia. Kateriina le hizo pararse cuando le preguntó hacia dónde iban.
—Cógeremos un dragón, es la vía más rápida y segura —le explicó él desconcertado por su ansiedad—. Todo irá bien, no te preocupes.
—No creo que sea buena idea, Thuggory —insistió su prometida—. Ella… sus siervas dominan el cielo. Se darán cuenta que ya no soy quien se supone que debo ser… Es muy peligroso.
Thuggory no había pensado en las brujas de Le Fey. Casi nunca se topaba con ellas, seguramente porque Le Fey había dado orden para que le dejaran en paz, pero no se había planteado hasta ese momento que las brujas tal vez pudieran sentir a su reina a través de alguna especie conexión mágica. Kateriina no tenía magia, por lo que de fingir se darían cuenta enseguida de que era una impostora.
El vikingo empezó a ponerse nervioso también. ¿Qué iban hacer entonces? Llamarían demasiado la atención si cogían un barco en el puerto. Probablemente avisarían a Gormdsen y, visto el estado de Kateriina, era casi seguro que sospechara que algo no iba bien. Es más, conociéndole quizás aprovecharía la ocasión para arrebatarle el trono del Salvaje Oeste a Kateriina.
Necesitaban otro plan.
¡Ya!
—Thuggory, hay un embarcadero en los túneles que hay bajo la isla —dijo Kateriina de repente.
—¿Qué? No es posible —replicó él confundido.
—Le Fey lo conocía, es donde suele reunirse con sus brujas. Podemos escapar por allí —insistió su prometida cogiendo de su mano, aunque Thuggory no se movió—. Puede ser nuestra única oportunidad. ¡Vamos!
—¿Hasta qué punto eras consciente de lo que hacía Le Fey, Kat? —preguntó Thuggory en un hilo de voz.
Kateriina le miró sin comprender bien a qué se refería.
—No lo sé, ya te he dicho que sigo viendo lagunas, pero… sé que ella me usaba para cosas horribles e incluso… que utilizaba mi cuerpo para jugar contigo —Thuggory dio un paso hacia atrás, con unas intensas ganas de vomitar, pero ella se adelantó para coger de sus muñecas—. Mi amor, mírame, da igual lo que ella nos haya hecho, lo que importa ahora es que salgamos de aquí, ¿vale? Lidiaremos con todo esto cuando estemos lejos de aquí, pero todo saldrá bien. Te lo garantizo. Nada podrá separarnos.
Thuggory no podía escucharla del todo. Su mente estaba dispersa en la idea de que Kateriina le había visto hacer con Le Fey todo lo que habían hecho, lo forzado… y lo que no. ¿Cómo podría Kateriina perdonarle todo aquello? Él no podría hacerlo. Jamás. La influencia de esa bruja le perseguiría para siempre, de eso estaba seguro. Kateriina cogió de su rostro y le forzó a clavar sus ojos en los suyos.
—Thuggory, tenemos que irnos. Antes de que sea demasiado tarde.
El vikingo se dejó llevar por ella. Por extraño que pareciera, apenas se encontraron con nadie, pero Thuggory no tenía tiempo para pensar en nada más que no fuera en salir de allí, lo más lejos de Le Fey posible, y esconder a Kateriina en un lugar seguro. La sangre bombeaba con fuerza contra sus oídos, todavía le dolía la espalda y le costaba respirar por el peso que tenía en el pecho, pero eso no lo detuvo. Siguió a Kateriina por una ruta que no había visto nunca antes, situada no muy lejos de la aldea, y que bajaba por un centenar de escaleras resbaladizas por la lluvia que se había colado del exterior. A medio camino pudo oler el agua salada y escuchó las olas golpear contra la roca.
Así que sí que era cierta la existencia de aquel embarcadero.
¿Por qué le molestaba tanto que Le Fey se lo hubiera ocultado?
No es que la reina hubiera sido precisamente generosa en compartir secretos con él, aunque un lugar como aquel, escondido en las entrañas de Isla Mema, debía ser parte de su jurisdicción también.
Maldita fuera ella.
La odiaba con todo su ser.
El embarcadero estaba levemente iluminado con una antorcha justo donde se ubicaba una barca con aspecto de haber sido muy usada. Thuggory se acercó a toda prisa para observar si estaba en condiciones para navegar y, pese a su deterioro, parecía ser lo suficiente estable como para navegar. Lanzó la bolsa con las provisiones a la barca y colocó su hacha en la proa, donde se sentaría él para remar. Los remos al menos tenían pinta de nuevos, era una ventaja a tener en cuenta.
—Hay algo que necesito saber, Thuggory —dijo Kateriina de repente a su espalda.
El vikingo se giró y observó que se había quitado la capa, quedándose de nuevo expuesta a él. Thuggory respiró hondo e ignorando sus propios impulsos preguntó:
—¿El qué quieres saber, amor?
—¿De verdad piensas destruirla?
—¿A quién? —preguntó él aún conociendo la respuesta.
Kateriina estrechó los ojos, los cuales ya no lucían tan cálidos y amables.
—¿Crees que podrás matar a Le Fey, Thuggory? ¿Serías capaz de hacerlo?
Thuggory no entendía nada.
—¿A qué viene todo esto ahora, Kat? Ella te ha usado a su voluntad y en mi contra. Ha implementado el terror en el Archipiélago y está usando a Drago Bludvist para ganar todavía más control sobre las de su propia especie —el vikingo chasqueó la lengua y desató el nudo que ataba la barca a un poste del embarcadero—. Hablaremos de esto cuando lleguemos a la isla, lo último que quiero ahora es hablar de Le Fey, Kateriina.
Su prometida sonrió, pero se dio cuenta enseguida de que esa sonrisa no le pertenecía porque ya la había visto demasiadas veces antes. Thuggory dio un paso hacia atrás y la cuerda que sujetaba la barca se resbaló de sus dedos.
—¿Qué pasa, mi amor? Tienes cara de haber visto a un fantasma —dijo Le Fey con tono meloso—. Ahora que estamos por fin juntos, ¿quieres alejarte de mí?
—¿Por qué haces esto? ¿Cómo te atreves, hija de puta? —replicó él con voz temblorosa, inconsciente de que las lágrimas caían por sus mejillas.
La cara de Kateriina se contrajo a la típica expresión de sequedad y malicia de Le Fey y ésta sacó la daga que el propio Thuggory le había dado antes.
—Esa pregunta, Thuggory, debía formularla yo, ¿no crees? —dijo Le Fey muy seria—. ¿Cómo te puto atreves?
Thuggory intentó echarse hacia atrás cuando Le Fey fue a clavarle la daga en su estómago, pero su magia le impidió que pudiera mover un músculo y el filo rasgó su ropa, su piel hasta alcanzar sus órganos. Thuggory soltó un alarido y sintió la sangre en su boca. Le Fey se puso de puntillas para lamerle la comisura de sus labios, saboreando su sangre como si se tratara de jugo de manzana, y cogió con fuerza de su mandíbula para que clavara sus ojos de los suyos.
—Entérate, Thuggory, eres tan mío como lo es este cuerpo ahora y no me dejas otro remedio que hacerlo.
Le Fey sacó la daga de su estómago y sonrió con una frialdad que podía helar el alma a cualquiera.
—¿Hacer el qué? —preguntó él en un hilo de voz. Sentía que perdía sus fuerzas y que la sangre estaba empapando su ropa.
Thuggory no tuvo ni energía para gritar cuando Le Fey clavó la daga en su esternón. La bruja pegó su cuerpo cerca del suyo, su piel se volvió de gallina cuando sintió la frialdad de su cuerpo enfriar aún más rápido el suyo.
—Pronto lo verás —susurró ella contra su oído antes de que Thuggory perdiera la consciencia.
Thuggory sintió que se caía en el mayor de los vacíos, en lo más profundo de la oscuridad. ¿Iría al Helheim? Probablemente, ni Odín ni las Valkirias le verían lo suficientemente digno para entrar en el Valhalla. Se extrañaría si pensaran lo contrario. Se merecía el peor de los castigos y esperaba que Hela se viciara especialmente con él.
Por haberse dejado usar como una marioneta y como un juguete sexual por la peor de las escorias que había visto el Midgar jamás.
Por haber implementado injusticias en el Archipiélago y permitir que locos como Drago Bludvist hiciera lo que le viniera en gana contra gente inocente.
Por no haber salvado a Kateriina cuando tuvo la ocasión.
Cualquier castigo contra él sería insuficiente para compensar todo el mal que había hecho.
Thuggory gritó de la impresión cuando sintió el agua fría golpear su cara. Abrió los ojos, confundido e hiperventilando por el shock. Estaba en una cueva con el techo descubierto al todavía cielo nocturno y había pequeñas llamas flotando a su alrededor. Se encontraba encadenado, con los brazos en alto y arrodillado en el suelo de piedra. El frío de la noche rozaba contra la piel de su torso descubierto, el cual no tenía rastro de magulladura alguna más que la sangre seca que habían caído de las heridas de su esternón y de su estómago. Su mente trabajaba con lentitud, como si le costase asimilar lo que estaba pasando, y sus reflejos no estaban precisamente en su mejor momento, porque no reparó en la presencia de Le Fey hasta que ésta posó su mano en su mejilla.
—¿Ya estás despierto, mi amor? —preguntó ella con voz dulzona—. Pensaba que no ibas hacerlo nunca.
Thuggory sacudió la cabeza para apartar su mano de él y Le Fey fingió una mueca de ofensa. Llevaba otro vestido diferente, uno oscuro, de transparencias y vaporoso que dejaba muy poco a la imaginación.
—¿Así es cómo reaccionas al verme? ¿Después de haber estado cuidando de ti para que te recuperaras de tus heridas?
—¡Heridas que me causaste tú, perra! —escupió él colérico.
Le Fey cogió de su barbilla con tanta fuerza que clavó sus uñas en su piel. Thuggory tuvo que contener un quejido de dolor.
—Esas heridas te las causaste tú solo, Thuggory —su tono se volvió oscuro y cruel, un reflejo de su verdadera esencia—. ¿Acaso fuiste tan iluso que iba a librarme de este cuerpo así como así? Kateriina Noldor es mi reina en esta partida y no voy a sacrificarla así como así. La única duda que tengo es si debería sacrificarte a ti, Thuggory.
Le Fey le soltó y suspiró resignada, mientras que el vikingo apretaba los puños.
—¿Por qué no me matas ya? —preguntó él desesperado—. Casi consigues hacerlo dos veces hoy, ¿por qué no te decides de una puta vez?
La bruja se giró hacia él, atónita por sus palabras.
—¿Por qué coño iba a querer matarte?
—Es obvio que me odias —respondió él—. Y yo te odio también, así que estamos en paz. Mátame de una puta vez y acabemos con esto.
En su lugar, Le Fey le propinó una fuerte bofetada en su mejilla derecha, dejándole más desconcertado todavía.
—Lo primero que has de tener claro, Thuggory, es que nadie me da órdenes —masculló la bruja entre dientes y llevó su mano a su cuello—. Lo segundo es que yo no quiero matarte, jamás me plantearía en hacer tal cosa. Eres… eres demasiado importante para mí. Cierto es que de haber sido otra persona ya te hubiera matado, más después de saber lo que me ha contado Ikerne de lo que vas hacer.
Thuggory frunció el ceño.
—¿De qué coño estás hablando?
—Ibas a traicionarme, Thuggory —el vikingo la observó sin entender—. Ikerne no se equivoca nunca, me dijo que encontrarías una razón para traicionarme y que me abandonarías para unirte al otro bando.
—¿Y qué pruebas tiene esa tal Ikerne de eso? —cuestionó Thuggory furioso—. Hasta donde yo sé, todo lo que he hecho hasta ahora ha sido para complacer tus órdenes, que no han sido pocas ni agradables precisamente. He destrozado mi reputación y la de mi isla, he sido infiel a la mujer que amo y me he humillado públicamente todo este tiempo por ti, Le Fey.
—¿Por mí? —replicó ella haciendo una mueca—. Ha aparecido esa pequeña zorra de Kateriina durante dos segundos y has olvidado todo, Thuggory.
Al escuchar el insulto a su prometida, el vikingo no pudo evitar echarse hacia adelante para abalanzarse sobre ella, aunque las cadenas le impidieron realizar cualquier tipo de acción.
—¿Cómo lo sabías? —quiso saber él—. ¿Cómo sabías lo de Kateriina?
—¡Ay, Thuggory! Al final sí que vas a ser el zoquete que todos dicen que eres —Le Fey metió su mano entre sus rizos y cuando Thuggory intentó zafarse de ella, ésta cogió de sus mechones con fuerza—. Yo sé todo sobre Kateriina, ¿o por qué te piensas que aguanté tanto tiempo fingiendo que era ella? Tengo acceso a cada uno de sus recuerdos, a cada deseo, a cada pensamiento que ella podría tener… Lo sé todo sobre ella, Thuggory, y es tan poca cosa que resulta muy fácil imitarla —soltó sus cabellos para bajar sus manos a su rostro—. Sin embargo, ella te deseaba de una manera que no te puedes ni imaginar. ¿Sabes cuántas veces se ha tocado pensando en ti? Era una zorra viciosilla, cada noche, metiéndose estos mismos dedos una, y otra, y otra, y otra…
—¡Cállate! —le ordenó él avergonzado por sus palabras.
—¿Qué pasa? —dijo ella fingiendo sorpresa—. Thuggory, cielo, Kateriina no ha pensado en nada que su cuerpo y tú no hayáis hecho ya —soltó una carcajada que hizo eco contra las paredes de la cueva—. La cuestión es que tan pronto su fantasma ha vuelto aparecer ante tus ojos, te has olvidado de a quien deseas de verdad.
La brujas se arrodilló ante él y paseó su mano por los vellos de su torso, bajando peligrosamente hacia abajo. Thuggory contuvo la respiración y cerró los ojos con fuerza cuando Le Fey cogió de su erección por encima de la tela de su pantalón.
—No hay nada de lo que avergonzarse, mi amor —susurró ella contra su oído—, pero está claro que tus impulsos humanos demuestran que mi sola presencia despierta en ti un deseo indecible.
Le Fey soltó el lazo que ataba su pantalón.
—Para —le suplicó él.
Pero ella no le escuchó y agarró su erección con tanta fuerza que le hizo daño.
—Dime Thuggory, ¿como pensabas acabar conmigo?
Le dio un par de estocadas mientras que con su magia empezó a asfixiarle.
—¿No dices nada? —preguntó con inocencia—. ¿O acaso te ha comido la lengua el gato?
Thuggory rezó para que lo matara, ¡no tenía que ser tan difícil para ella, joder! No obstante, Le Fey optó por soltarle y el vikingo dio una fuerte bocanada de aire cuando el aire volvió a entrar en sus pulmones. Le Fey acunó su rostro entre sus manos y le observó con fascinación.
—Eres mío, Thuggory. Eres lo que más me importa y, por esa razón, tengo que protegerte de mí también —acarició su cabello con un aire maternal impropio de ella—. Me van a llamar loca por esto, pero me importa una mierda lo que las demás piensen. Sólo quiere mantenerte a salvo y eso se consigue de una única manera.
Los fuegos flotantes que los rodeaba se tintaron en un color purpúreo que le puso más nervioso si cabía.
—¿Qué… qué haces? —inquirió él con el corazón en la boca.
Le Fey dijo unas palabras en una lengua que Thuggory no comprendió, pero sintió algo helado que le apretó el pecho con tanta fuerza que le dejó sin aire una vez más. Un fuerte viento se levantó del suelo, provocando que tuviera que cerrar sus ojos para evitar que la arena entrara en sus ojos. No obstante, aquello pasó más rápido de lo que hubiera esperado, aunque el peso en su pecho no había desaparecido.
—Abre los ojos, Thuggory —le ordenó Le Fey.
Las llamas flotantes había vuelto adquirir su color anaranjado y Le Fey tenía una sonrisa de oreja a oreja dibujada en sus labios.
—¿Qué has hecho? —preguntó él sin entender que acababa de pasar, tenía la sensación que algo malo pasaba, pero no conseguía adivinar el qué.
—Te lo voy a enseñar.
Le Fey sacó la daga que le había dado antes de la cinturilla de su vestido y extendió su brazo izquierdo para clavar el filo en la piel. Thuggory iba a gritar que se detuviera, horrorizado de que volviera a dañar el cuerpo de Kateriina, cuando sintió algo muy doloroso en su brazo. Alzó la mirada para observar cómo su piel se abría como si un cuchillo invisible se la estuviera rasgando.
Observó horripilado que el corte era exactamente de las mismas dimensiones que el que Le Fey se había hecho.
—¿Qué has hecho? —repitió él sin creérselo.
Le Fey soltó una pequeña carcajada.
—Es curioso, ¿verdad? Acabo de lanzar sobre mí misma el mismo hechizo que le lancé a mi mayor enemiga hace más de un año —la bruja se pasó sus dedos suavemente por la herida y tanto ésta como la suya se cerraron como si nada—, pero como te he dicho antes, me importas demasiado, Thuggory, y no pienso arriesgarme a que me traiciones.
Thuggory negó con la cabeza.
—Tengo que decir que nunca he estado vinculada con nadie; por lo que tengo entendido, puede que hasta aumente nuestro ya constante apetito sexual, pero ten por seguro Thuggory que cualquier paso que des, cualquier cosa que te suceda… yo lo sabré. Tu alma está vinculada a la mía y, creeme, si se te pasa por la cabeza quitarte la vida para matarme, ten por seguro que no sólo me llevaré a Kateriina conmigo sino que, además, me aseguraré de algo más.
—¿El qué? —preguntó él casi sin voz.
—Que todo el Archipiélago y sus habitantes se hundirán en el mar como si nunca hubieran existido —susurró ella con sus labios próximos a los suyos y su mano de nuevo en su erección—. Además de que habrá una orden específica para que torturen y maten a todos los habitantes de tu isla. Estoy segura de que a los hombres de Drago les encantará inspeccionar a las rameras de tu isla.
Thuggory, para su enorme vergüenza y horror, no pudo evitar soltar un gemido a causa de la de las aceleradas estocadas de Le Fey. Quería gritar y escupirla por sus amenazas, pero el tacto de Le Fey… ese cosquilleo que transmitía sus dedos con su piel le estaba volviendo más loco de lo habitual.
—¿Y qué garantías... tengo de que cumplirás tus promesas? —consiguió preguntar él.
—Tráeme el grimorio y a Hipo y a Astrid con vida, Thuggory. Después, te daré aquello que más deseas —le prometió mientras liberaraba los senos de su vestido y se levantaba la falda para meter su miembro dentro de ella.
Mientras se dejaba arrastrar por aquel horrendo extásis de placer que no había sentido nunca antes, Thuggory se preguntó qué era aquello que más deseaba.
¿Su libertad?
¿La vuelta de Kateriina?
Era imposible pensar en si quería algo más cuando estaba sucumbido en semejante placer.
Se asqueaba el solo pensar que no podía haber nada mejor.
¿Acaso era esta la sensación que había cegado a Hipo para abandonarlo todo?
Ambos eran presos de un hechizo imposible de escapar.
De dos brujas que habían destruido su vida por completo.
Xx.
*Aita es "papá" en euskera, que es la lengua que ni Hipo ni Astrid comprenden. En la antigüedad, en las pequeñas aldeas vascas era normal que sólo se hablara euskera.
*Amama es "abuela" en euskera.
