iCapítulo 27

Olvido/i

—¿Qué es lo que dices? —susurró Gilgamesh, viéndose en pánico por el sangrado repentino de Enkidu.

Enkidu sólo gimoteó y se ahogó con su propia sangre.

Gilgamesh se quedó estupefacto unos instantes y luego reaccionó con rapidez. Se vistió a todo lo que pudo y buscó ropas para Enkidu, quien se sentó en el lecho intentando contener la sangre que escapaba. Sus manos se enrojecieron y su pecho se manchó de la sustancia que corría por sus labios y nariz. Gilgamesh se perturbó al ver a Enkidu cubierto de sangre y le ayudó a vestirse.

—No te vas a morir—dijo Gilgamesh tomando las sábanas y limpiando a Enkidu—, es una simple hemorragia, no seas cobarde. Llamaré a los médicos.

La verdad no era una simple hemorragia. La cantidad de sangre era alarmante y el rostro amarillento de Enkidu indicaban que en cualquier momento se desmayaría. Gilgamesh salió de la habitación y mandó a uno de los guardias a despertar a Siduri a la vez que mandaba a otro por médicos. Regresó a la habitación y vio que Enkidu intentaba ponerse de pie.

—Necesito agua—dijo a duras penas, apoyando su mano ensangrentada en la pared.

Gilgamesh tomó la fuente de agua aromatizada que siempre estaba dispuesta en su habitación para asearse y la acercó a Enkidu y limpió su rostro. El color rojizo quedaba impregnado en la piel de ambos. Los ojos de Enkidu lucían apagados y él desesperaba por colocar una mano sobre su pecho y sentir su corazón.

—¿Qué te ocurre? —preguntó Gilgamesh, intentando no parecer inquieto y mantener la calma —. ¿Te has dañado al dormir?

Enkidu meditó unos momentos y decidió no contarle su sueño, sin embargo, la angustia volvió a él.

—Abrázame—pidió Enkidu en un gemido, agachando la cabeza.

Gilgamesh apretó las sábanas arruinadas entre sus manos y rechinó los dientes. Chistó soltando un suspiro y dejó de lado las telas para sentarse sobre la cama y abrazarlo con cierta frialdad.

—Tranquilo, pronto estarás mejor. Los médicos ya vienen y te asearán.

—No Gil—insistió Enkidu, con un hilo de voz—. Moriré pronto. Lo sé.

Gilgamesh parecía molesto.

—Cállate, no seas exagerado. Te he visto sangrar otras veces y no has muerto, nada ocurre.

Enkidu decidió entonces no insistir y apoyó su cabeza en el pecho de Gilgamesh.

Pronto los médicos llegaron y tomaron a Enkidu para revisarlo. Gilgamesh se hizo a un lado a observar a los hombres trabajar en paz, mientras Enkidu se hallaba decaído e ido. Le dieron algunas hierbas a masticar y luego de un cuarto de hora, la hemorragia disminuyó y se quedó dormitando sobre las sábanas sucias.

—Su majestad—comenzó uno de los médicos—, no sabemos completamente qué ocurre, sin embargo, se ve estable. Necesita descansar.

Gilgamesh asintió sombrío y habló:

—Fuera todos de aquí—dijo Gilgamesh, apuntando con un dedo la salida.

Los médicos y curanderos tomaron sus cosas y tal como lo pidió, se marcharon. Gilgamesh suspiró y fue a un lado de Enkidu, quien respiraba con dificultad, se agachó a su altura y observó su rostro.

Un escalofrío desagradable le recorrió la espina dorsal.

i"Voy a morir"/i

Qué terribles palabras. Gilgamesh se mordió el labio inferior y negó con suavidad. "Sólo es un sangrado repentino, incluso a mi me ha sucedido" se dijo, viendo la cantidad de sangre sobre la ropa de la cama, desistiendo de volver a dormirse, de todas formas, el amanecer estaba pronto a aparecer por el horizonte.

Enkidu finalmente se entregó por completo al sueño y Gilgamesh decidió tomar un baño para quitarse la sangre de encima.

***

—¿Cómo te sientes? —preguntó Gilgamesh, tomando un trozo de carne humeante. Solicitó que la comida se sirviera en la habitación para comer junto a Enkidu.
Las sábanas fueron cambiadas y Enkidu sometido a un baño. Llevaba el cabello trenzado y lucía insano, como si de pronto enfermara de gravedad. No tenía apetito, pero hizo el esfuerzo de comer.

—Me siento mejor.

—¿Ves? Todo fue muy repentino, pero estarás con energías nuevamente—señaló Gilgamesh, tomando zumo.

Enkidu no quiso contrariar y le dedico una sonrisa triste. Se tomó unos segundos para pensar en su sueño y miró sus propias manos, recordando cómo estas se deshacían en barro y tierra al hundirse más y más profundo en aquel río. Cabizbajo, cerró los ojos intentando no llorar. Dejó de lado su comida y la incertidumbre le invadió y no consiguió detener las lágrimas. Odiaba eso, últimamente sólo lloraba.

Gilgamesh le miró alerta, como esperando las palabras de Enkidu. Dejó también su alimento de lado y se hizo de paciencia para oírlo. Finalmente, Enkidu resolvió contarlo:
—Los dioses—dijo en un susurro Enkidu—me han condenado por nuestras acciones, Gil. Me han juzgado en sueños, me han destrozado por dentro, me han quitado lo más preciado de mi ser. Estoy encadenado a mi destino.

Enkidu derramó una lágrima y privó su mirada. Gilgamesh tenía una expresión de despreocupación y nada le hizo inmutarse. Bufó para luego soltar una sonrisa engreída.

—Creo que estás trastornado, no seas tonto—sentenció, volviendo a su comida—, siempre has tenido ese miedo y ahora que soñaste con ello te ha calado tan profundo que has sangrado. Los dioses están completamente encausados en sus labores y no se preocuparían de nosotros. Si osan en molestarte, yo mismo alzaré mis armas y me enfrentaré a todos ellos si es necesario, incluso a Shamash.

Enkidu frunció el ceño en señal de enojo.

—No te tomes a la ligera lo que te estoy contando, Gil. Es importante para mí y ha sido terrible. He sufrido el dolor y la humillación más grande de mi vida y tú me hablas de una obsesión. Esto fue real, Aruru me ha visitado en sueños anteriormente, sé que lo que viví fue mi sentencia de muerte. No me dejes de lado por tu arrogancia y acepta que los dioses pueden gobernar tu vida.

—Enkidu, cállate—masculló Gilgamesh encarándolo—, nada pasará. Estás mejorando. Tú tienes la habilidad de curarte a ti mismo.

Enkidu agachó la cabeza y entornó los ojos tristemente.

—Ya no la tengo. Lo intenté. Por favor, por alguna vez en la vida preocúpate. Es lo único que te pido ya que sé que no entregarás nada más por mí.

Gilgamesh se mostró molesto ante las palabras de Enkidu, pero no le dijo nada, ya que sabía que se encontraba afiebrado. Resolló algo hartado y se levantó de la cama, yendo por un paño con agua para luego palpar la frente de Enkidu.

—¿Esto es no preocuparme por ti? —Gilgamesh hablaba sombrío, mientras apartaba el flequillo de Enkidu y aplicaba la compresa—, por nadie más me rebajaría a tomar un paño y aliviar la fiebre.

Enkidu se recostó sobre las almohadas y limpió sus lágrimas con algo de vergüenza.

—Gracias—susurró.

Gilgamesh entrecerró los ojos y lo contempló unos instantes: el rictus de dolor y sufrimiento se apropiaba de sus labios y párpados: ¿Cómo un sueño pudo corromper su estabilidad?

Se sentó en la cama y colocó los codos sobre los muslos para apoyar su cabeza entre sus manos. Dejó que la brisa de aquella tarde agradable llegara a su rostro y despejara sus ideas.

—¿Qué más sientes? —preguntó Gilgamesh, intrigado en ese estado repentino que invadió a Enkidu.

—Dolor. Me duele el pecho, me arden los dedos, siento que estoy respirando menos de lo que solía respirar. Siento olor a sangre constantemente y no veo como antes.
—No conozco ninguna enfermedad así. Yo creo que, porque eres diferente a nosotros, los males te afectan de manera inusual.

Enkidu se giró y escondió las manos bajo su almohada. Cerró los ojos escuchando un constante pitido en su oído, tan ensordecedor que estaba mareado.

Reflexionó unos instantes: ¿Cómo sería morir? ¿Dolería? ¿Seguiría su consciencia más allá de la muerte? ¿Olvidaría todo lo que vivió? O bien, ¿Se perdería en el olvido?

Trago para suavizar la presión de su garganta.

Tenía miedo, el miedo que tendría cualquier mortal ante la muerte. No sabía cómo prepararse para algo que la mayoría desconoce: la sentencia de muerte es una tortura más que suficiente como para que Enkidu pagara sus supuestas condenas. Su labio tiritó y respiró hondo, deseoso de alimentar sus pulmones con aquello tan preciado que se escapaba de sus manos.

—Gil—dijo Enkidu, después de un momento en silencio.

—Dime—contestó Gilgamesh, aún distraído.

Enkidu no contestó.

Paulatinamente fue durmiéndose. Soñó que a su alrededor un montón de zumbidos desagradables le invadían, al punto de tener que llevar los puños a los oídos. Se encogió en el suelo, gritando en mudo por ayuda.

De pronto apareció en la sala de reuniones. Sólo Gilgamesh estaba sentado, jugando con un cincel y con un dedo apoyado en la cien. Enkidu caminó en silencio hasta él, pero parecía que le ignoraba. Enkidu se sentó a su lado y colocó una mano sobre la de Gilgamesh, pero no tuvo respuesta. Hablo y después gritó. Se levantó de su asiento, tomó su rostro entre las manos y lo agitó, desesperado por obtener una respuesta. Gimoteó, rogó y sus manos temblaban producto de la desesperación.

Gilgamesh finalmente le miró y el borde de sus ojos se delinearon en dos ríos rojizos que descendieron por sus mejillas. De los oídos, de la boca, de su cabello mismo, la sangre comenzó a correr por su cuerpo y ensuciaba las manos de Enkidu. La silla en donde se encontraba sentado Gilgamesh, la mesa, los estandartes y las paredes se deshacían en sangre.

Enkidu no pudo moverse del suelo. La sangre comenzó a subir lentamente por sus piernas y luego por su torso, amenazándolo con ahogarlo. Por mucho que gritara, nada salía de su garganta y el silencio se hacía cada vez más tortuoso. El líquido rojizo llegó a su nariz y Enkidu no tuvo más remedio que respirarlo, ahogándose y produciendo espasmos en su caja torácica.

La situación de la noche anterior volvió a repetirse.

Enkidu vomitó una cantidad de sangre desmedida, tanto que lo llevó a levantarse y pedir a una de las sirvientas por un médico y por Gilgamesh.

Gilgamesh llegó lo más rápido que pudo y quedó consternado al ver a Enkidu expulsar cantidades de sangre considerables una y otra vez, salpicando las exquisitas alfombras y los muebles enchapados en oro de la habitación. Clamaba por ayuda, se aferraba el estómago y su cabello largo se encontraba manchado en rojo. Los médicos lo llevaron a la fuerza a la cama seguidos de un ejército de sirvientas con cuencos de agua para asearlo. Gilgamesh vio como la escena transcurría lenta ante sus ojos, sin creerlo, concibiendo la angustia calar por su abdomen hasta sentir las manos invisibles del miedo ahorcar su cuello. Cariacontecido, se sentó en una de sus elegantes sillas y apoyó los antebrazos sobre sus muslos, planteándose la peor de las situaciones.

i"No, no pasará nada" /i dijo su parte racional, mientras observaba como sus manos tiritaban.

Cuando los médicos dispusieron salir del lugar, la noche ya había caído y Gilgamesh, ensimismado, miraba las primeras estrellas florecer en el cielo nocturno. Supo que los médicos le hablaron, pero hizo caso omiso. Resolvió levantarse e ir a por Enkidu. Lo encontró despierto, ya estable, mirando por las cortinas que dejaban entrever el firmamento. Sus manos descansaban sobre su regazo y una constante expresión de dolor tornaba su bello rostro en una visión triste y lamentable.

—Gil—comenzó, volteándose para verlo en la penumbra—, hay cosas que quisiera decirte, pero me cuesta mucho.

—¿Cómo qué? —La voz de Gilgamesh tembló levemente, sin embargo, las notas duras de sus palabras lo disimularon.

Enkidu demoró en soltar una palabra de sus labios, ya que temía ser muy obvio.

—Como… que tuve un corazón. Aruru no puso uno en mí, pero supe que tenía uno. Lo fabriqué para mí.

—¿Tenías uno? —resaltó Gilgamesh, yendo a su lado.

—Sí, tenía. Ya está disuelto en agua. Estoy vacío de nuevo.

Gilgamesh llevó una mano a sus propias mejillas y las restregó con suavidad, preocupado.

—No estás vacío. Has crecido lo suficiente como para discernir entre tus anhelos y tus sentimientos.

—No sé si tenga sentimientos ahora—contrarió—. Creo que me he resignado.

—¿Resignado ante qué?

—A morir. Realmente no quiero morir Gil, pero no puedo evitarlo.

Gilgamesh gruñó y cerró los ojos con cierto temblor en sus párpados.

—De nuevo con eso, ¿Por qué? Todo estaba bien y de pronto sales con esas cosas.

Enkidu realmente parecía vacío. Su expresión perdida y adolorida podía perturbar al más frío y así sucedió con Gilgamesh.

—No lo aceptarás jamás. Te lo estoy diciendo. Son mis últimos días de vida.

—No, no lo aceptaré porque no lo permitiré. Ahora duérmete. Descansa porque mañana tenemos reunión del consejo y debemos resolver asuntos importantes para levantar esta ciudad del destrozo de Ishtar.

Enkidu sonrió agriamente, como si un sabor desagradable entumeciera su boca.

—Ishtar…

—¿Qué hay con ella?

—Me ha quitado mi tesoro. Así como tú guardas tus armas y joyas, yo escondía mi secreto.

—¿De qué secreto me estas hablando?

Enkidu tornó su expresión en una mueca de tormento puro. Se llevó una mano al pecho y sintió como su corazón de carne latía fuerte.

—No puedo decírtelo.

Gilgamesh alzó las manos contrariado y se orientó a levantarse.

—Duérmete—insistió—. Yo también lo haré.

Gilgamesh se desnudó y tomó unos ropajes suaves como pijama. Se lavó el rostro y fue al lado de Enkidu. Se tendió y respiró lentamente para relajarse. Mantuvo la atención en el techo hasta que Enkidu rompió el silencio con una vocecita inusualmente aguda.

—… Las huellas mi destino han sido trazadas, no puedo más. Mi inocencia ha sido asesinada y ese es el precio que he pagado por desobedecer, pero ¿Sabes? No me arrepiento de nada. Quería que lo supieras; aunque fuese disuelto en agua o endurecido en el horno más infernal que exista, jamás me arrepentiré de haber estado a tu lado. Defenderé nuestra amistad hasta el final de los tiempos.

Gilgamesh quedó helado al oír esas palabras. Sabía que Enkidu respiraba ahogado, como si de pronto el aire no llegara a sus pulmones. Gilgamesh colocó los brazos bajo su nuca y habló con frialdad:

—Yo también defenderé la amistad que hemos forjado. Si es necesario pelearé con todo el mundo, los dioses, las bestias, Ishtar, contra todo por defenderte. No temas porque yo estaré ahí para luchar por ti y contigo.

Enkidu se hundió entre las sábanas y mantas, imaginando que ese agradable calor eran los brazos de Gilgamesh. No quería dejarlo, no quería saber qué era morir. Si pudiese se fundiría con su corazón y se quedaría a vivir en una nada absoluta, consciente de ser un ángel por él y para él.

—No me dejes nunca—imploró Enkidu en un murmullo.

—No lo haré mientras tú no lo hagas.

Enkidu no contestó ya que no estaba seguro de ello.

Con el pasar de las estrellas, ambos cayeron en un sueño inquieto, en dónde Gilgamesh se planteó seriamente en desafiar a todos los dioses.

Al día siguiente, Enkidu sorprendió a Gilgamesh con un estado animado y alegre. Se había vestido y trenzado el cabello. Su rostro iluminado lucía sano y rebosante de energía.

—Te dije que mejorarías.

Enkidu asintió y se sentó a un lado de Gilgamesh, esperando al concilio de sabios para iniciar la reunión que tenían pactada.

—Me siento mejor—reflexionó Enkidu.

Lo cierto era que mentía, se sentía pésimo. Fingía estar bien y para ello coloró sus mejillas y labios con el maquillaje de Nidasag. Los cercos oscuros en los ojos no pudo quitarlos, pero mantener su sonrisa pura restaba el cansancio que su rostro demostraba. El estómago le punzaba dolorosamente, el pecho le ardía. De vez en cuando sentía que la sangre pugnaba por salir de su interior, pero lo contenía. Hacía todo esto por Gilgamesh, para evitar que enfureciera por sus quejas. Era lo último que quería ver antes de abandonar el mundo.

A decir verdad, el miedo que Enkidu escondía era enorme. Temía llegar a un infierno a ser torturado por la eternidad, a perderse y olvidar a Gilgamesh, a ser condenado y disuelto mil veces en agua. Pensaba en ello cuando el último sabio del consejo se sentó y la reunión se dio por iniciada.

Enkidu no habló en toda la sesión. Se mantuvo inusualmente tranquilo y opinó escuetamente sobre la reconstrucción del muro. Incluso pestañeó varias veces sumido en el sueño.

De pronto uno de los hombres, el más anciano, quedó anonadado.

Observaba groseramente a Enkidu y su mirada se deslizó a Gilgamesh. La nariz de Enkidu sangraba y el hilo escarlata llegó hasta sus labios, lo que se tradujo en el desagradable sabor oxidado de esta. Enkidu alzó una mano y palpó su nariz para luego sonreír y desvanecerse. Gilgamesh saltó de su asiento y tomó a Enkidu por la cintura antes de que cayera al suelo. El caos creció conforme Gilgamesh sacudía a Enkidu para que volviera en sí, pero él reaccionaba con movimientos lentos y balbuceos inentendibles.

—No me hagas esto—murmuró Gilgamesh para Enkidu, sin que los demás oyeran. Tomó su mandíbula con ambas manos y zamarreó hasta que él abrió los ojos inyectados en sangre.

—Quiero dormir—pidió Enkidu.

—Te llevaré a la habitación.

Como ya era usual, los médicos se encontraban dispuestos cuando Gilgamesh llegó con Enkidu en sus brazos. Lo llevó a la cama y los rutinarios aseos no tardaron en realizarse. Gilgamesh se paseaba en círculos con las manos en la cintura y la mirada perdida en el suelo, evitando cualquier pensamiento pesimista. Despachaba a las personas cerrilmente y tentaba a gritar cuando alguien le interrumpía. Nunca en la vida se vio a sí mismo inmerso en la desesperación.

El silencio volvió a presidir y Enkidu se hallaba dormido.

Gilgamesh tenía deseos de golpear algo. Batallaba por mantenerse sereno, en no caer en la desdicha de la incertidumbre. Se llevó ambas manos al rostro y se restregó con violencia.

Enkidu despertó al anochecer de su sueño inquieto y llamó a Gilgamesh. Él fue a su lado y se sentó en un taburete que trajo la noche anterior.

—Llévame al balcón, quiero ver Uruk.

Enkidu se incorporó y posó sus blancos pies en el suelo. Gilgamesh resolló algo superado y le ayudó a incorporarse. Su estado era crítico y de pronto perdió la fuerza que lo igualaba a Gilgamesh. Con cuidado lo guió hasta el alféizar y ambos se apoyaron en él para escuchar el agua de los jardines gorgotear. Enkidu respiró la brisa nocturna y se sonrojó, soltando una ligera risa cristalina.

—El viento, el sonido del agua, tu presencia. Qué bien se siente.

—Te alegras por algo muy básico. Me causa rechazo.

—No debería—objetó Enkidu—, vengo de un estanque, ¿Lo recuerdas? Hace tantos años atrás bebía agua acercándome al borde. Podía caminar desnudo, me cubría con ramas para descansar. ¿Recuerdas cuando me regañabas por dormir en los jardines?

Gilgamesh rio evocando aquellas escenas hilarantes donde el cabello enmarañado de Enkidu se perdía entre las plantas de los jardines.

—Siempre tuviste extrañas costumbres—Gilgamesh meditó un momento las palabras que estaba por proferir hasta que finalmente las materializó en su mente: —. Quiero pedirte algo.

Enkidu se sorprendió ante el cambio de la conversación y asintió, esperando la petición.

—Llévame a conocer tu cuna, donde naciste, donde creciste y en donde te encontró Shamhat.

Gilgamesh recordó que tiempo atrás le pediría aquello a Enkidu para confesarse. Ese era el momento, entregarle una esperanza para mantenerlo a salvo.

Enkidu reemplazó su expresión a una sombra de melancolía. Miró los muros a lo lejos, en donde luces anaranjadas de las antorchas danzaban como estrellas diminutas. Sabiendo que se trataba de una mentira, habló:

—Te llevaré, así conocerás a los antílopes y mi árbol favorito.

Le resultó doloroso saber que nunca más volvería a ver su estanque, aquel que pintaba a las afueras de la sala del concilio, como hace tiempo atrás le pidió Gilgamesh que lo hiciera. Apretó los dientes levemente y se acercó a Gilgamesh.

No habituaba a hacer ese tipo de cosas, no obstante, consciente de que no tenía tiempo que perder, lo trajo consigo y besó sus labios; un solo beso depositó sobre ellos, para luego respirar con calma. Gilgamesh alzó la mano y enredó sus dedos en el cabello de la nunca de Enkidu, para acariciarlo y acercarlo a su cuerpo. Se unieron en un beso suave e íntimo, sólo roto por el usual cantar de la campanilla de viento que colgaba a las afueras de la habitación.

Gilgamesh tomó la mano de Enkidu y lo llevó de vuelta a la cama, en donde comenzó a acariciarlo y a depositar besos en su nuca. Enkidu se encontraba tan débil que no seguía el ritmo de Gilgamesh.

—Gil… no tengo fuerzas para esto—advirtió, adivinando qué era lo que quería Gilgamesh.

—Lo sé. No pretendía llegar a nada—contestó y continuó acariciando a Enkidu.

Llegó un momento en donde Gilgamesh detuvo el deslizar de sus manos por los delgados brazos de Enkidu. Se tranquilizó y luego de bostezar, habló:

—¿Sabes? Hace tiempo no batallamos juntos. Cuando todo esto pase podríamos ir por…

Enkidu dejó de prestar atención. En la oscuridad de la habitación, le pareció ver a alguien, una sombra sospechosa de cabello largo. A sus pies, un bulto indefinido emitía un ruido constante y seco, que reverberaba por la habitación. La figura salió de su manto oscuro y el rojo de sus ojos se acentuó con la luz de la luna. El cabello rubio caía por su pecho y las sombras parecían ser parte de su ropa. La mujer alzó un dedo y lo colocó delante de sus labios para luego retroceder a la oscuridad y desaparecer. Enkidu dejó de respirar, espantado y se recogió en la cama.

—… ¿Ahora qué? —Gilgamesh masculló algo molesto, al saber que Enkidu no le oía.

Enkidu, afectado, señaló hacia donde la mujer desapareció y se llevó las sábanas al pecho.

—Hay alguien ahí, ¿No lo has escuchado? —susurró Enkidu, completamente asustado.

Gilgamesh se quedó pasmado, con si le hubiesen dado una cachetada.

—¿Oír qué? Enkidu, ¿Qué demonios te pasa?

—No me dejes solo—imploró, aferrando el brazo izquierdo de Gilgamesh con demasiada fuerza.

Gilgamesh se soltó del amarre y alzó su mano para colocarla en la frente de Enkidu. La fiebre era alta.

—Estás delirando—lamentó Gilgamesh, ya serio—. Iré por un paño fresco. Espera aquí.

—No—impuso Enkidu, insistiendo—. No te vayas de mi lado.

—El agua se encuentra en esta habitación, deja de ser tan infantil.

Enkidu se aferró fuertemente a las sábanas y la figura volvió a materializarse, tan cerca de él que sintió el aliento helado de la mujer. Enkidu temblaba de miedo y no fue capaz de girar la cabeza y afrontar la visión. La presencia alzó la mano y sopló en dirección del oído de Enkidu.

De pronto, un frío absoluto invadió el cuerpo de Enkidu. Comenzó a tiritar y las manos se helaron al igual que sus pies. Se hizo un ovillo sobre la cama y se abrazó. Cuando Gilgamesh regresó, colocó el paño sobre su cabeza hirviendo, pero la frescura de la compresa le hizo tiritar aún más.

—Gil tengo mucho frío—dijo débilmente, queriendo quitar las gotas de agua que se deslizaban por sus mejillas que ya comenzaban a enfriarse.

—Pero tu cabeza está muy caliente Enkidu.

Enkidu alzó una mano y la colocó en el rostro de Gilgamesh, quien abrió los ojos de par en par al sentir el toque gélido de sus dedos. Dejó el paño de lado y fue por mantas y cojines para acomodarlo y hacerlo entrar en calor. Situó pieles finas sobre él a la par que tomaba sus manos y las restregaba con fuerzas.

—¿Qué te ha pasado?, recién estabas temperado.

Enkidu quiso omitir la escena espeluznante que acababa de vivir y prefirió quedarse en silencio.

Gilgamesh se tendió a su lado, prometiéndole que no lo dejaría en ningún momento y Enkidu, entre tiritones y escalofríos, logró conciliar el sueño. Permaneció despierto, con las manos sobre el abdomen, mirando el techo, vaciando su mente. Escuchaba la respiración tranquila de Enkidu, no obstante, él mismo se hallaba perturbado. No tenía idea de cómo algo tan repentino y fulminante se apropiaba de Enkidu. Mordió su lengua sutilmente, intentando espantar ciertas ideas nefastas de su mente.

La ansiedad caló profundo por su pecho al punto de tener que levantarse e iniciar sus usuales paseos circulares para calmarse. Se llevó una mano a la frente y la restregó con fuerzas. Se apoyó en el borde de los pilares de la cama, donde los doseles caían elegantemente y observó a Enkidu por la rendija que colaba la luz nocturna. Su cabello trenzado brillaba delicadamente y el montón de mantas le hacían desaparecer.

—¿Qué es lo que te ocurre? —susurró Gilgamesh, cruzando su abdomen con el antebrazo, mientras que la mano contraria jugaba con su labio inferior.

Respiró profundamente un par de veces para llamar a la quietud mental y enfriar su juicio.

Decidió sentarse a un lado de Enkidu a observarlo, quien tiritaba de vez en cuando y hablaba enredado en sueños. La angustia que le invadía era tal que en la boca del estómago sintió una especie de vacío que se estaba tragando su razón. Contrariando su orgullo y soberbia, levantó una mano y la depositó sobre la cabeza de Enkidu para acariciarle. Recorrió el largo de la trenza de cabello tieso, producto de la suciedad que se había impregnado en él. Jugó con los últimos cabellos atados con una cinta azulosa y se los llevó a los labios para depositarle un beso. Así estuvo al menos una hora, estático, con la trenza de Enkidu entre sus dedos, reflexionando sobre muchas cosas: la reconstrucción, los canales de comercio, el concilio, las jurisdicciones ciudadanas, todo menos aquello que quería evitar.

Fue así como se adormiló hasta que Enkidu le despertó.

—Gil, tengo frío—dijo débilmente, moviéndose a duras penas bajo las pieles y mantas.

—Mandaré a llamar para que te traigan piedras calientes.

—No—Enkidu se incorporó y luego de planteárselo, quitó las mantas de su cuerpo—, iré por más ropa, tengo los pies fríos.

—Espera aquí—susurró algo ronco Gilgamesh para luego levantarse e ir al ropero—, te traeré algo.

Revolvió las pertenencias hasta que encontró pantalones gruesos y calcetines de lana que casi nunca usaba porque el oasis siempre mantenía temperaturas constantes a pesar de que el invierno estaba próximo a llegar. También tomó una manta del mismo material y algo parecido a una bufanda. Regresó donde Enkidu y dejó las cosas sobre la cama. Enkidu fue por ellas, pero Gilgamesh le detuvo con un gesto suave.

—Yo lo haré—murmuró, tomando los pantalones—. Ten, ponte esto mientras dispongo las otras cosas.

Enkidu obedeció y luego de enfundarse los pantalones, se sentó en la cama algo mareado.

—No me siento bien—dijo, mientras Gilgamesh se arrodillaba y tomaba uno de los pies helados de Enkidu para colocarle un calcetín.

Gilgamesh apretó los labios suavemente y soltó un suspiro.

—¿Necesitas un médico? —sugirió, terminando con el segundo calcetín. Tomó la bufanda y la enrolló alrededor del cuello de Enkidu. Levantó las mantas y le pidió que se acostara para acomodarlo.

—No, sólo quédate a mi lado, no me abandones en ningún momento.

—No lo haré, aquí estoy para ti.

Gilgamesh se sentó nuevamente en su taburete y le dedicó una sonrisa triste a Enkidu. Acarició fugazmente su mejilla fría y resolvió acostarse a su lado, aunque la cantidad de abrigo le hiciera sudar. Enkidu se acurrucó a su lado, apoyando su cabeza en el costado de su brazo.

—Gracias—susurró, deslizando una mano por el abdomen de Gilgamesh para abrazarlo—. Al final sólo te necesito a ti.

Gilgamesh no dijo nada, ya que el nudo en la garganta no le dejaba soltar palabra alguna.

Enkidu despertó a la orilla de un río y vio que su cuerpo era casi inexistente.

Una masa de barro casi sin forma se desprendía de su tórax y sus brazos eran unas extensiones sanguinolentas, sin rastros de que alguna vez unas hermosas y fuertes manos existieron en sus extremos. Naturalmente al no tener piernas, no pudo moverse y descendió su cabeza. Alzó los muñones que eran sus brazos y la impotencia lo invadió. Las lágrimas comenzaron a recorrer sus mejillas rotas y barrosas hasta fundirse con el fango y perderse. Intentó penosamente arrastrarse lejos del río, pero fue completamente inútil.

De pronto sintió alivio. Unas manos blancas y limpias se asomaron por sus malogrados hombros y masajearon su adolorido cuerpo. Sobre él, un rostro armonioso se asomó y dejó caer su azul cabellera sobre él.

—Mi preciosa muñeca—soltó Aruru, llorando—, no puedo con el dolor que me significa verte en este estado. Eras lo más hermoso en este mundo, mucho más que Ishtar. Eras perfecto, eras increíblemente fuerte. Eras mi creación y te amaba. Te lo advertí, pequeño mío, que no crearas un corazón, que no dejaras la debilidad gobernar tus acciones. Debiste escucharme hijo, debiste llevar a cabo tu misión. Hubieses sido amado por todos los dioses, te habrían convertido en uno de nosotros, serías esplendoroso, serías quizás rey de Uruk, pero mira como han acabado tus días.

Aruru lloró desconsoladamente, ensuciando su bello traje con barro y sangre. Enterró las manos en el pecho de Enkidu y él sintió un fuerte dolor que no podía manifestar. No hablaba, sus interacciones sólo iban en girar sus ojos rogando por piedad.

Aruru negó consternada y acarició su rostro.

—Mi mayor logro, mi orgullo, mi obra maestra. Mi belleza inquebrantable.

Aruru se arrastró por el río y tomó un montón de tierra y lo mezcló con agua. Llevó el fango hacia Enkidu y lo colocó en su pecho, acariciándolo de tal forma que formó sus pectorales delgados. Lentamente, con el esfuerzo de una madre desconsolada, llevó más y más barro hacia él y creó nuevamente unas manos suaves y tersas. Continuó con su labor y le dotó de costillas, abdomen y piernas, pero esta vez no lo dotó de órganos sexuales.

—Debo alejarte de la tentación, serás puro. Si hubiese seguido mi instinto, no habrías sido tentado por Shamhat—dijo, como justificando su decisión.

Finalmente, desprendió hebras de su largo cabello y las colocó sobre su cabeza, fusionándolas con la sangre y el barro. Una enorme cantidad de cabellos verdes nació y se extendió hasta los hombros. Un último hilo de cabello lo llevó al pecho, zurciendo un cerco que no pudo cerrar con barro, donde se encontraba su corazón. Con un beso que depositó sobre su frente, Enkidu recuperó la capacidad del habla.

—Madre—suspiró del fondo de su pecho, con la mirada perdida.

—Hijo—correspondió Aruru—, te he vuelto a crear, pero tu muerte es inminente. No puedo salvarte del olvido, pero al menos dejarás este mundo en un estado digno. No puedo darte el corazón que perdiste, no debo tampoco. No quiero que sufras.

Enkidu parecía un autómata muerto, pero el pestañeo suave de sus ojos coronados en pestañas verduzcas indicaba lo contrario.

—No puedes liberarme de mi dolor porque he creado un alma. Mi corazón no era más que lo tangible de mi secreto. Mi alma nadie puede arrebatármela. El respiro de mi vida puede detenerse, pero en mi espíritu llevo mi karma y mis errores escritos… también mis anhelos.

Aruru elevó su lamento y la escena se volvió borrosa, hasta que Enkidu fue consciente de que despertó en una mañana luminosa y bella.

Se sentó en el lecho y se percató que Gilgamesh no estaba a su lado, rompiendo la promesa. El frío no le abandonaba, el temblor de sus extremidades no cedía, el punzante dolor del estómago le indicaba que pronto vomitaría.

Y así fue.

Sobre las mantas, las pieles exquisitas, las almohadas, descargó el torrente de sangre ya acostumbrado a la asquerosa sensación de escalofríos. Comenzó a llorar, primero para sí mismo y luego el lamento se elevó fuerte y claro, esperando a que Gilgamesh fuese hacia él, pero no ocurrió. No se encontraba en la habitación.

Enkidu no pudo con ello.

Lleno de cólera se levantó de los aposentos y pateó con todo lo que daban sus fuerzas el cuenco de agua a su lado. Continuó con las decoraciones, los muebles. Destrozó los doseles de la cama, mordió con ira las almohadas y las despedazó. Fue al recibidor y quebró las cerámicas y los jarrones de arcilla que tanto detestó, porque se detestó a sí mismo. Odió la constitución de su cuerpo. Odió la belleza con la que lo dotó Aruru, odió tener un cuerpo de hombre sin realmente serlo. Odió su cabello que se arrancó a jirones.

Tiró aceites, rompió la campanilla de viento que amaba, tiró su propia caja de recuerdos por el mirador hasta que se perdió en uno de los jardines.

Se dirigió al balcón y ensangrentado como estaba, abrió la boca y profirió un grito de lo profundo de su pecho, tan doloroso que se escuchó en los pisos inferiores del palacio, en donde Gilgamesh se hallaba ocupado con algunos asuntos gubernamentales. Alarmado, subió rápidamente y al llegar a la habitación se encontró con el desastre que Enkidu ocasionó. Él hallaba sentado en el suelo, completamente ensangrentado y llorando lastimosamente, con mechones de su cabello entre sus manos.

—Te odio Gilgamesh, te odio muchísimo—masculló con voz grave, alzando la vista llena de cólera—. No has cambiado nada, eres un tirano, un déspota, egoísta. No viste lo que tenías a tu alrededor. Te maldigo por el resto de tus días. Di todo por ti y no agradeciste ningún día de tu miserable vida por mi entrega. Moriría por ti e incluso me humillé. Entregué mi cuerpo, entregué lo que no tenía y lo que tuve que crear ¡Te odio!

—Cállate—interrumpió Gilgamesh.

Se dirigió a paso firme donde Enkidu y lo tomó de un brazo con violencia, arrastrándolo por la instancia hasta llevarlo a la cama. Lo lanzó con rabia y fue por una tinaja de agua de las cosas que se salvaron para sumergir un paño y acercarse a Enkidu a aliviar su fiebre que aún se mantenía a pesar de su cuerpo frío. Evitó sus ojos en todo momento y el ceño fruncido indicaba que se hallaba contrariado.

—¡Déjame! —Enkidu apartó la mano de Gilgamesh con violencia. Tomó el paño y lo lanzó lejos—, maldita sea, déjame morir.

—¡ENKIDU, CÁLLATE! —gritó Gilgamesh, tomando el paño abandonado en el suelo y apretándolo con fuerzas— Estás delirando.

—¡Me abandonaste cuando te pedí que no lo hicieras!

—Aquí estoy, eres un imbécil—bramó Gilgamesh, lanzando la tela contra la pared— ¿Qué es lo que quieres?

Enkidu abrió la boca para contestar y terminó en un llanto lamentable, llevando sus manos manchadas de sangre a sus ojos.

—Los odio a todos. Odio a Shamhat, puta desgraciada. Ella tuvo la culpa de mancillar mi cuerpo, de traerme a tu lado. Odio a Shamash, a Aruru, a Ishtar. Yo no traicioné jamás a nadie y todos me hicieron sufrir. Te odio Gilgamesh, quisiera jamás haberte conocido, seguir siendo la bestia inútil que era antes, sin alma, sin corazón. Te odio como no odio a nadie en el mundo, me manchaste, me corrompiste, hiciste de mí tu prostituta personal y yo como un imbécil caí ante ti. Te detesto, quisiera que murieras en la miseria, abandonado, que seas consciente de la escoria de persona que eres, de que todos te odian, de cómo te sonríen con hipocresía. Nadie te respeta realmente como un rey porque eres un egocéntrico. Jamás cumplí mi misión y por eso mismo estoy aquí humillado.

Gilgamesh quedó estupefacto de lo que acababa de oír. Apretó los labios con fuerzas al igual que los puños. Fue como una flecha directa a su pecho. Supo que le dolió. Nunca había experimentado aquella sensación. Sin saber que decir, soltó palabras sin realmente quererlo:

—Púdrete solo, Enkidu.

Dicho esto, salió acongojado de la habitación donde se encontraba la cama, pero con algo increíble sucediendo dentro de él. Gilgamesh se sentó sobre un asiento irreversiblemente dañado y apoyó los codos sobre sus muslos. Se llevó una mano a la frente y cerró los ojos.

Tenía miedo.

Enkidu no actuaba normal ya. La fiebre le hizo perder los estribos y ahora deliraba. Incluso veía cosas que no existían.

Gilgamesh se sorprendió a si mismo cuando una lágrima se deslizó por su mejilla. Rápidamente, como si alguien lo observara, la limpió con rabia, no permitiendo que otras hicieran lo mismo. Suspiro algo ahogado y se levantó para salir de la habitación.

Caminó por los pasillos con ímpetu hasta que redujo la velocidad y se detuvo frente a la puerta del concilio, donde se hallaba la pintura incompleta de Enkidu. La observó con asco, sabiendo que estaba lejos de ser una obra de arte. Decidió bajar e internarse en los jardines de la primera planta.

Cuando llegó, se sentó en uno de los bancos dispuestos alrededor de una pileta con azulejos de lapislázuli. Mas allá un león dormía apaciblemente y de vez en cuando lamía sus patas con una lentitud propia de los felinos.

Gilgamesh se llevó una mano a la frente y la restregó, preocupado. Quizás Enkidu necesitaba de algún mago que lo liberara de aquel mal extraño que se apropió de él repentinamente. Apretó los labios y abrió un portal para sacar una daga. Jugó con ella unos momentos y luego tomó una rama y la comenzó a afilar: hacer ese tipo de cosas le resultaban relajantes, le ayudaban a aclarar sus ideas. A veces tallaba garabatos en alguna tabla, en otras ocasiones hacía rodar sus anillos sobre una mesa, viendo como los pequeños aros se deslizaban en el borde, como si esta fuera un acantilado peligroso.

Exhaló y miró el cielo. El atardecer desprendía colores rosáceos y anaranjados. Una bandada atravesó la escena, perfilándose contra las nubes en pequeñas manchas negruzcas que batían sus alas. Su atención se extravió en los puntos que desaparecía conforme estos migraban detrás de la edificación, hasta que se perdieron en su totalidad. Las banderas del palacio ondeaban con suavidad al ser tocadas por el aire tibio que danzaba entre las hojas.

Gilgamesh descendió la cabeza.

Las palabras de Enkidu aún rondaban en su cabeza, sintiendo la crudeza de estas en su totalidad. Había sido completamente hiriente, como si hubiese soltado toda la ponzoña que sintió todos aquellos años de supuesta amistad. Cerró los ojos y apartó el cabello de su rostro.

Cuando el atardecer cedió a un azul apagado, Gilgamesh consideró que era suficiente tiempo de reflexión. A decir verdad, pensó poco en ello, más bien se dedicó a distraerse con los elementos de su alrededor, evitando los recuerdos de aquellas filosas palabras a toda costa, sin asumirlas, sin siquiera considerar que eran directas a él. Seguramente Enkidu alucinaba.

O decía una cruda verdad.

Decidió ir a cenar con alguna consorte. Quizás aquella noche se quedaría con alguna de ellas en su habitación, quizás se perdería en la biblioteca, en su sala de tesoros, en el pueblo, deambulando solo.

Cuando la cena fue servida, Kinnamu, su otra consorte favorita, se reía como estúpida a su lado, mientras masajeaba con sus manos expertas los brazos desnudos de Gilgamesh. Él le sonrió, pero lo hizo por mero compromiso o algo así. Comió con calma a medida que otras mujeres se acercaban a él. Algunas bailaron, otras tocaron instrumentos. Nada de eso sirvió para apartar las nubes del rostro de Gilgamesh.

Después de besarse con Kinnamu un tiempo considerable, razonó que aquella noche no disfrutaría del sexo como siempre. Su enojo permutó a preocupación y de pronto le urgió subir a ver a Enkidu.

Dejó a las consortes a solas y se encaminó a la habitación para ir por él.

Cuando llegó vio que el caos no había sido limpiado, incluso parecía que estuviese más desordenado que antes. El espejo de plata había sido rayado y una estela de sangre continuaba hasta el suelo, donde un montón de vasijas quebradas se mezclaban con los pétalos de las flores que contenían. Una mesa tenía una pata menos, los cojines eran irreconocibles, las mantas estaban cubiertas de sangre. Los muebles astillados parecían simples maderos despojados de su belleza. Una antorcha apagada descansaba azarosa al centro de la habitación.

Gilgamesh suspiró y sorteó los objetos hasta llegar al aposento. En el suelo Enkidu se encontraba sobre una posa de sangre boca abajo, respirando lentamente. Había jirones de su cabello por todos lados y la cama fue volteada, quedando apegada a una pared. La ropa de Enkidu estaba hecha guiñapos y dejaban entrever su hombro manchado.

—Enkidu—habló claro Gilgamesh, apoyándose en la pared—. Levántate.

No obtuvo respuesta más que una mano alzándose, como queriendo echarlo.

Gilgamesh suspiró y decidió levantarlo por las axilas, a pesar de que él se quejaba. Lo llevó al intento de cama y lo sentó. Sintió un nudo en la garganta al ver la sangre seca en sus labios y los ojos hundidos en dos manchones violáceos. Apretó la mandíbula y descendió la mirada: era lamentable verlo tan desprotegido, tiritando, lleno de sangre, con el cabello desparramado sobre sus ojos.

—Gil…—comenzó Enkidu, luego que el rey buscara algo con qué limpiar a Enkidu.

—¿Qué quieres ahora? —dijo con rudeza Gilgamesh, encontrando un trozo de túnica en el suelo.

—Perdóname.

—Está bien Enkidu, lo entiendo. Sé que no era verdad.

Gilgamesh tomó el cuenco de agua para llenarlo en el baño. Regresó con él entre sus manos y se agachó al nivel de Enkidu. Comenzó a limpiarlo sin mirar sus ojos. Deslizó el paño con suavidad por el mentón, los labios, el cuello y los brazos, liberando su piel blanca del desagradable color rojizo.

—¿Sabes que no te odio? —Gilgamesh fregó los ojos de Enkidu después de enjuagar el paño y asintió sin mucho entusiasmo—No puedo odiar a nadie—dijo de nuevo Enkidu, dejándose bañar—, sólo tengo mucho miedo. No quiero irme de tu lado, no quiero desaparecer ni ser olvidado. No he vivido suficiente, no he dicho muchas cosas, no he aprendido otras. No odio a nadie, ni a Shamash, ni a ningún dios. No odio a Shamhat, quisiera darle la vida que merece, no siendo una simple sacerdotisa de Ishtar. Ella merece todo por haberme traído a ti. No he sido yo quien se ha desquitado con tus cosas.

—Descuida, estas cosas no tienen valor para mí. No te preocupes.

—Gil…

—Ya basta Enkidu. Acuéstate y duérmete.
Enkidu no estaba tranquilo con la dureza de las palabras de Gilgamesh. Parecía dolido por todo lo que él profirió en su contra. Enkidu sintió angustia en lo profundo de su pecho, temiendo que la muerte reclamara sus manos sin haber sido realmente perdonado por Gilgamesh.

Se recostó en lo que difícilmente podría llamarse cama y como si aquello hubiese sido una orden, cerró los ojos y al cabo de unos instantes, se durmió.

Gilgamesh se encerró en la habitación a pensar y de vez en cuando desesperaba y quería que todo volviese a ser como antes.

Aunque la cama estuviese en un estado deplorable, se acercó a él y se tendió a su lado.

No pudo dormir. Tenía las manos sobre el abdomen y la mirada perdida en el techo. De vez en cuando escuchaba a Enkidu quejarse entre sueños y suspiraba con demasiadas fuerzas, como si temiera perder el aire. Gilgamesh le miraba de reojo y mantenía la frialdad del semblante.

La única forma de mantener la calma era helando los sentimientos.

Conforme pasó el tiempo, sus ojos fueron cerrándose paulatinamente y dormitó unos instantes. Soñó que Enkidu le quitaba una tablilla de las manos y le gritaba algo sobre no leerla. La tiraba al suelo y la pisoteaba con fuerzas.

Despertó de golpe, recordando la tablilla que el otro día Enkidu escribió en la biblioteca: al día siguiente iría por ella.

Tragó con dificultad. Ya no podía dormir. Su mente estaba vacía y se hallaba en una extraña calma. Pensaba en ello cuando sintió que Enkidu se acomodaba en su lado.

—Me duele—musitó, incorporándose levemente—, siento que vomitaré.

Gilgamesh desperezó lo más rápido que pudo y se levantó de la cama para asistirlo. Fue por el cuenco de agua y toallas. Enkidu se llevó las manos a la boca y entre los dedos la sangre goteaba espesa sobre el montón de mantas que lo cubrían. Gilgamesh acercó los trozos de tela a Enkidu y él las tomó para intentar detener el flujo rojizo. Tiritaba de frío, las pupilas estaban dilatadas, su rostro pálido. Intentó salir de la cama para tomar algo de aire, sin embargo, su estado era tan crítico que no tenía las fuerzas para llevar a cabo su cometido. Gilgamesh lo sostuvo por los hombros, evitando que se levantara.

—Quédate sentado—dijo, tomando un paño limpio y sumergiéndolo en el agua aromatizada—, yo te limpiaré, despreocúpate de eso.

—Me siento mal—insistió Enkidu, aferrando los antebrazos de Gilgamesh.

—Llamaré a los médicos.

—No—Enkidu alzó las manos y tomó el rostro de Gilgamesh. Acarició sus mejillas con suavidad, manchando de sangre la piel. Una lágrima se deslizó por sus pestañas y le sonrió— …Eres hermoso.

Gilgamesh frunció el ceño ante las palabras de Enkidu y desvió la mirada.

—No digas cosas así tan de pronto, es desagradable.

—No lo haré más, no te preocupes—contestó Enkidu, limpiando su nariz sanguinolenta con el dorso de su mano—, no lo haré nunca más.

Después de unos agónicos minutos, Enkidu dejó de sangrar y alzó la cabeza, respirando con libertad. El pecho le dolía intensamente, como si se quemara por dentro, sintiendo un tortuoso camino ardiente longitudinal, como el corte que le ocasionó el verdugo de su sentencia. El cuello también dolía, sus piernas disueltas, sus manos; todo ese dolor vivido en el plano de los dioses se transmutaba a este mundo.

Gilgamesh levantó un paño humedecido y lo deslizó con delicadeza por la boca de Enkidu. Su mano tiritaba sutilmente, pero su rostro reflejaba la dureza propia de él. No lo miraba a los ojos, evitaba cualquier palabra, cualquier cosa que le hiciera pensar lo impensable.

El agua se tiñó y Gilgamesh tomó el cuenco para ir por más, no obstante, Enkidu le detuvo.

—No te vayas de mi lado, por favor—susurró, alzando su cabeza y mostrando sus ojeras terribles y enfermizas—. No importa el agua.

—Pero estás hecho un desastre, quiero que duermas en condiciones decentes—dijo con firmeza Gilgamesh, sin poder mirarlo.

—No volveré a dormir, no quiero dormir, quiero pasar contigo esta noche.

—Siempre estamos juntos, durmamos o no. Quiero que descanses ahora.

Enkidu le sonrió y Gilgamesh no pudo negarse.

Se sentó a su lado y con una mano le acarició la espalda en movimientos circulares, como aplacando el dolor insoportable que invadía a Enkidu. Gilgamesh apoyó la cabeza sobre la de Enkidu y ambos miraron entre las cortinas, la noche que cubría Uruk.

—¿Sabes que podríamos hacer cuando mejores? —comenzó Gilgamesh—: vámonos al bosque una temporada. Recuerdo que me pediste algo así hace mucho tiempo y yo te lo negué porque encontraba que tu idea era descabellada. Ahora me parece ideal.

Enkidu no contestó, sólo gimoteó.

Gilgamesh suspiró al no obtener respuesta de Enkidu, supuso que era porque se hallaba débil. Tragó con cierta dificultad y cerró los ojos un momento.

Enkidu volvió a expulsar sangre por su nariz, ahogándose: era un despojo; su cabello manchado, el pecho completamente rojo, incluso parecía más delgado de lo que era. Llegó un momento en donde simplemente descendió las manos y dejó que la nariz goteara sobre su regazo.

—Será mejor que descanses, duérmete—ordenó Gilgamesh, limpiando su nariz por enésima vez.

—No quiero dormir.

—Tendrás qué—Gilgamesh, con la paciencia que nadie esperaría de él, enjuagaba el paño sin mucho éxito y regresaba a su rostro—, mañana mandaré a llamar a todos los médicos de Uruk y quien logre curarte le daré parte de mi tesoro. No pienso verte un día más en este estado…

Enkidu alzó una mano y colocó un dedo sucio sobre los labios de Gilgamesh. Lo deslizó dejando un caminito rojo por su mentón y luego descendió la cabeza.

—Gil… —susurró después de un momento, buscando su mano—. Abrázame, me siento mal.

—Un abrazo no curará tu dolor. Vuelve a dormirte.

—Gil por favor—sollozó Enkidu, incorporándose—, abrázame.

Enkidu tiritaba: débil, pálido y sin fuerzas. Gilgamesh se sentó en la cama y extendió sus brazos para traerlo consigo y acunarlo. Miraba hacia el frente, helado, con la expresión impenetrable.

—No te vayas de mi lado—imploró Enkidu, alzando su mano para acariciar el pómulo de Gilgamesh—, yo jamás me iré del tuyo.

—Aquí estoy, no me he ido—susurró Gilgamesh sin descender la mirada, acariciando su espalda—, todo va a estar bien, todo mejorará. Volveremos a nuestras vidas, iremos al estanque donde naciste. Volveremos a pelear amistosamente, a ver el cielo, a disfrutar nuestras noches.

—No Gil, nada de eso ocurrirá. No puedo más. No puedo sostenerme. Estoy débil, abrázame fuerte por favor.

Gilgamesh accedió a la petición y lo atrajo consigo. Su respiración se aceleró y de a poco el iceberg que era su corazón comenzó a derretirse.

Tuvo miedo. No quería mirar a Enkidu por temor a descubrir algo que no quería. Rápidamente el escozor desagradable de la pena apretaba su cuello como dos manos invisibles. Respiró con fuerzas, aferró a Enkidu entre sus brazos y se meció con él.

—No pasa nada Enkidu, no pasa nada.

Sus ojos se enrojecieron.

Gilgamesh no lloraba. Llorar era para débiles, no obstante, en ese momento cedió y las lagrimas cayeron pesadamente sobre el rostro de Enkidu.

—No llores por favor—rogó Enkidu alzando su mano y limpiando sus lágrimas—, es lo que menos hubiese deseado en el mundo. Sonríe y abrázame fuerte.

"Quiero que hagas algo de ahora en más: no te quedes solo, busca a alguien más para que te acompañe, para que disfrute de la hermosa persona que eres, para que ría contigo y comparta tus aventuras. Por lo que más quieras, no te quedes solo, lo que siempre necesitaste fue alguien que te escuchara y comprendiera, yo no podré hacerlo más. Sé feliz viviendo y sé la persona bondadosa y amable que fuiste conmigo, las personas se acercarán a ti y tu reinado será aún más esplendoroso de lo que ya es. Eres todo para mí, lo único que tengo y me haría mucho daño saber que te pierdes nuevamente y yo no poder estar para encausarte de nuevo. Prométemelo por favor. Habrá mejores cosas que yo en tu vida, encontrarás nuevos motivos para seguir vivo.

—L-lo…

La voz de Gilgamesh se quebró. Nunca en la vida sintió tal angustia en su pecho, tanta pena en su alma. Continuaba meciéndose con Enkidu y lo abrazaba con fuerzas, como queriendo retenerlo.

Lo sabía. Sabía que Enkidu no exageró días atrás cuando él dijo que moriría. Tragó su pena y sus párpados tiritaron de impotencia. Apretó los labios con fuerzas mientras otra lágrima abandonaba uno de sus ojos.

—Gil… escúchame por favor—dijo Enkidu con una calma ya alarmante—. Nunca te lo hubiese dicho, pero ya nada más queda. Te amo, me he rendido a tus pies y no temo llevar mi secreto conmigo a donde sea que mi alma sea atormentada. Ahora es el secreto de los dos.

—Maldita sea Enkidu, ¿Por qué? —balbuceó Gilgamesh, apretujando los dientes— ¿Por qué tuviste que decirlo?

—Es lo último que tengo que decir, podré irme en paz—dijo sereno, relajando sus músculos.

Gilgamesh sollozó como nunca en la vida lo hizo. Las fuerzas de Enkidu fueron desvaneciéndose como el atardecer a la noche. La cadena de oro que los unía se volvió tangible y Enkidu buscó con la derecha, la mano izquierda de Gilgamesh para apretarla. Enkidu vio por el rabillo del ojo a la mujer rubia que perturbaba su ya agotado sosiego, con una sombra a sus pies: era otra mujer con una tablilla de arcilla y un cincel de plata. Cuando la escribana terminó de tallar la última letra, Enkidu sintió un dolor insoportable y su corazón comenzó a latir más lento.

Gilgamesh no tenía la capacidad de ver que Ereshkigal se encontraba de pie a un lado, observando la escena con una frialdad propia de la reina del inframundo.
—Lo siento mucho Gilgamesh, gran rey de Uruk—dijo la diosa con una hermosa voz inaudible para el rey.

Enkidu desesperó y alzó una mano temblorosa para acariciar los labios de Gilgamesh, las lágrimas inundaron sus ojos y cayeron por sus mejillas. Con un hilo de voz logró soltar sus últimas palabras:

—Hasta luego, amigo mío.

Enkidu exhaló su último hálito de vida y Gilgamesh se trozó en mil pedazos.

La escena se congeló, Enkidu fue consciente de como su corazón se detenía y su cuerpo se desprendía de su espíritu, abandonado de toda fuerza y sentido vital.
Un portal plateado se abrió frente a Enkidu y Ereshkigal, hermosa y de mirada fiera, de corazón y expresión gélida, caminó pausadamente hasta ubicarse a un lado de dicho portal. Alzó una mano y reclamó la de Enkidu.

—Querida arma de los dioses, lanza y espada, yo sólo cumplo las órdenes de las puertas del olvido. Es hora de que atravieses conmigo y desciendas a mi reino. Yo seré tu regente y tú serás mi lanza y espada ahora. Los dioses te han abandonado como lo han hecho conmigo, pero todo lo que cruza mis puertas me pertenece. Toda alma mundana finalmente termina en mi reinado, nadie es discriminado, ni reyes ni cazadores, siquiera el arma que eres tú. Ven conmigo Enkidu y curaré tu corazón destrozado con la calma de la muerte.

Ereshkigal aferró la mano de Enkidu con fuerza brutal. Enkidu intentó zafarse, extendiendo una mano hacia el rostro de Gilgamesh, pero la diosa no dejó que lo tocara.

—Gil…—sollozó el espíritu de Enkidu, mientras observaba a Gilgamesh llorar con una quietud perturbadora, sobre su cadáver.

Ereshkigal tiró con fuerzas de la mano de Enkidu y lo alejó de Gilgamesh, aunque él se resistiera.

—Gil…—gimoteaba Enkidu.

Ereshkigal finalmente logró arrebatar el alma de Enkidu y así, en la madrugada del sexto día, Enkidu cruzó las puertas del olvido y por extraño que parezca, comenzó a nevar en Uruk.