Cuenta regresiva
Sumario: Desde que era muy joven, Draco sabía que sólo sería cuestión de tiempo para que el Señor Tenebroso fuese a buscarlo.
Género: Aventura/Romance, fantasía, friendship.
Claves: Drarry eventual. AU. Perteneciente a la Serie ¡Cambio de Casa! (Draco!Elegido/Harry!Slytherin)
Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.
Más dragones
—Regulus, ¿crees que podrías hacerme un favor?
El mago soltó un bufido, más similar al de un perro que al de un humano, y se retorció sobre el colchón para verlo. Había estado tumbado de lado, dándole la espalda, con la cabeza apoyada en su regazo. Cuando se movió, quedó boca arriba, y Draco cerró el libro sobre dragones que revisaba. Todavía no tenía más idea que el hecho de que las dragonas en etapa post-gestación eran las peores y no era recomendable acercarse ni un poco. Perfecto.
—Has estado pidiendo muchos favores últimamente —Opinó, con la voz más rasposa de lo usual a causa de que estuvo a punto de quedarse dormido cuando lo oyó. Se restregó la cara con ambas manos, sin cuidado, para espabilar.
Era media tarde y el piso oculto del castillo estaba cálido, silencioso, tranquilo.
Draco sonrió con aparente inocencia, porque puede que tuviese cierto grado de razón. Hermione llevaba a cabo encantamientos para buscar palabras claves en los libros de la biblioteca, de manera que no tuviesen que leerlos todos para averiguar de qué trataban, Blaise y él se dividían el material de lectura con ella. Ron tenía unas excusas rápidas cuando se perdía toda la tarde y Dean y Seamus preguntaban por él ("Leonis se enfermó y Pomfrey no sabe tratarlo, Draco fue a preguntarle a Dumbledore qué hacer y no ha regresado", "Snape, de nuevo. Está dándole clases avanzadas de pociones, Draco piensa hacer los TIMO's y EXTASIS de la materia con él un día y anda paranoico", "ese chico, Zabini, lo invitó a ver el barco de los de Durmstrang por dentro; creo que son buenos amigos"), y para Snape, cuando no lo localizaba y lo llamaba en los corredores ("Draco está ayudando a Neville con su tarea de Encantamientos, señor", "Draco está ayudando a Neville con su tarea de Encantamientos, otra vez, señor", "Draco está ayudando a Neville con el desastre que hizo cuando estudiaban pociones juntos, señor"; su temática favorita era clara, porque la mención a Longbottom formaba un rictus de desagrado en el maestro y le evitaba más preguntas).
Después de descubrir que Neville tenía un talento oculto con las Transformaciones, y que podía manejarlas con facilidad cuando estaban a solas (decía que las miradas de los otros en clases lo ponían nervioso, lo sofocaban, y no era capaz de concentrarse en hacerlo como debía), utilizó su desdicha como Campeón en un Torneo mortal a su favor, para que le ayudase (reescribiese) una parte (alrededor de treinta centímetros y dos párrafos) de su último ensayo.
Sí, Draco estaba feliz de tener amigos tan serviciales. Y sí, claro que le había dicho que la ayuda con la tarea le daría más tiempo para idear cómo salvar su propio pellejo en la Primera Prueba.
Pero, según las cartas de Ron, su hermano llegaba esa noche con las dragonas y los demás cuidadores, y podrían averiguar un poco más respecto a la prueba. Era un tema casi zanjado, a diferencia del otro, uno al que no dejaba de darle vueltas y que comenzaba a resultarle más y más preocupante con el paso de los días.
Para esto, sólo tenía a Regulus. Y él debió saberlo, por la mirada que le dirigió y cómo se enserió.
—Es importante —Indicó Draco en un débil murmullo, rascándole detrás de la oreja, y como si estuviese frente a Leonis, Regulus reaccionó retorciéndose, sacudiendo un poco una pierna y con un sonido de disfrute.
—Maldita sea —Protestó, apartándole la mano con un manotazo—, te aprovechas de mi debilidad. Nunca le hagas eso a un perro, cachorro —Draco se rio por lo bajo y él elevó los brazos en su dirección, como si le fuese a rozar el rostro con los dedos, pero deteniéndose a unos centímetros de distancia—. ¿Qué quieres?
—Pon el hechizo de la barrera de sonido.
Regulus alzó el escudo en torno a ellos con un simple giro de muñeca y un chasquido de dedos, sin preguntar. Él esperó la barrera transparente, apenas distinguible, que los encerró.
Tragó en seco.
—¿Puedes espiar a alguien por mí?
El animago arrugó un poco el entrecejo.
—¿A quién?
—0—
—...sh, sh- ¡sh!
—¡Sh!
—¡Sh!
El chisteo de Draco se repitió en Neville, que iba detrás de él, y este se lo repitió a Ron, que se lo repitió a Hermione. Ella rodó los ojos y los apremió a continuar. Blaise, el último de la columna de estudiantes, dejó escapar una exhalación pesada en la que parecía preguntarse cómo terminaron en aquella situación.
La capa no podía mantenerlos ocultos a los cinco. No era como si todos tuviesen que ir a ver a las dragonas, pero si podían lograrlo, ¿por qué no hacerlo? Draco estaba seguro de que cualquiera de ellos podría notar lo que él no, a simple vista, y una gama de opciones era lo que más necesitaban para superar esa Primera Prueba.
Se escabullían entre los árboles, arbustos y setos; a lo lejos, su guía eran las figuras inmensas de Hagrid y Madam Máxime, caminando juntos y con la única luz con que contaban, en forma de lámpara del guardabosque. Cada pocos pasos, se apretujaban tras un árbol, Neville pisaba otra rama seca, y Draco tenía que volver a pedirle que tuviese cuidado. Sólo restaban unos metros, si los cálculos no les fallaban, y entonces podría verlas.
—Esa mujer es una semigigante, ¿cierto? —La pregunta era de Ron, con la nariz un poco arrugada. Draco se encogió de hombros.
—O sólo tuvo muy buenos genes y una influencia mágica de algún tipo.
—Creo que ningún gen te dan esa estatura —Replicó Blaise, por lo bajo—. Yo tengo muy buenos genes, pero no es para tanto.
—Modesto…
—Claro que sí, princesa.
Alcanzaron el punto donde los cuidadores tenían a las dragonas dominadas en base a encantamientos aturdidores y cadenas mágicas. Hagrid y Máxime se desviaron hacia un lado, el guardabosque le hablaba de algo que no podían escuchar desde ahí. Había gruñidos, uno que otro rugido, y voces que daban órdenes ásperas, firmes.
—Imagino que ese de pelo rojo es tu hermano, ¿no, Ronald? —Cuando su compañero emitió un vago sonido afirmativo, de cuclillas detrás del tronco de uno de los árboles, Blaise soltó un silbido apreciativo, y al sonreír, los colmillos volvieron a notarse.
—¿Qué hay con él?
—Uhm, nada.
Draco lo codeó cuando percibió un aroma denso y demasiado dulce, que por alguna razón, le picaba al inhalar.
—Lo siento —Blaise tomó una respiración profunda y el olor se desvaneció tan rápido como llegó. Los cinco siguieron observando desde dos árboles diferentes; Neville y él estaban en uno, asomados desde lados opuestos del tronco, y sus compañeros en el otro, Ron tenía que agacharse y Hermione veía de puntillas por encima de su cabeza.
—Aquel es un Colacuerno Húngaro —Murmuró Draco. Se le hacía conocido de los últimos libros que estuvo leyendo esos días—. Un Bola de Fuego chino. ¿Qué es el tercero? ¿Un galés de dos colas? No puedo verlo bien desde aquí, está de lado-
—Hocicorto —Contestó Blaise, entrecerrando los ojos—. A mí se me hace que es un Hocicorto sueco, Draco.
—Yo también lo creo —Añadió Hermione, en voz baja—, míralo bien cuando se da la vuelta.
—Es que cada vez que se da la vuelta, tengo que mirar que Neville no se caiga cuando salta por el susto —Se burló. Su amigo se puso a hacer pucheros y murmurar acerca de cómo cualquiera se echaría para atrás con esos tres dragones así de cerca. Él podía concederle la razón sin problemas, pero tenía que hacerse a la idea de que iba a estar así o más cerca de ellas por la prueba.
De forma vaga, se preguntó si su madre habría aprobado el miedo helado, asentado como un peso en la base de su estómago, frente a los dragones. Era probable que sí; todos acordaban que fue una mujer razonable.
—...no hay un dragón peor y uno mejor.
—Ya —Esa voz era familiar, a diferencia de la primera. Era suave y pertenecía a alguien joven. Draco buscó con un frenético vistazo a su alrededor, hasta localizar al hombre bajo y regordete, que caminaba fuera de la línea límite mágica, de un blanco brillante en el aire, junto a un adolescente de cabello desarreglado—, pero si tú te fueses a enfrentar a uno, Peter, ¿a cuál prefieres?
—Merlín —El mago adulto no sólo exhaló, sino que soltó una risa nerviosa, al sacudir la cabeza—, espero nunca enfrentarme a ninguno. Pero yo diría que el Bola de Fuego te da más posibilidades de escaparte; es el más lento, así que mientras evadas sus ataques, todo bien. Más o menos.
—¿El peor sería el Hocicorto?
Cuando se aproximaron lo suficiente, los cinco chicos se escondieron detrás de los troncos. Ellos, por suerte, se detuvieron a mirar a los criadores dominar a las bestias, a una distancia prudente.
Una llamarada del Colacuerno iluminó el rostro de Harry, que tenía las manos metidas en los bolsillos, y la cabeza ladeada. No parecía asustado. El hombre que lo acompañaba llevaba una insignia en el hombro, del Departamento de Control y Regulación de Criaturas Mágicas, según lo que pudo distinguir.
—Es el peor de cerca —Aceptó el hombre, el tal Peter—, pero el que es más de temer es el Colacuerno. Feroz, vuela más rápido que una escoba último modelo, puede maniobrar igual que un Buscador, y no importa si te enfrentas a la mandíbula o la cola, porque los colmillos son igual de puntiagudos que las púas. Su fuego es letal al contacto, abrasivo como ningún otro; hay magos que han salidos vivos de quemaduras de dragones diferentes, pero jamás de uno de esos.
—Suena bastante genial.
—No sabía que te gustaban tanto los dragones, Harry.
Harry sonrió. Una sonrisa de aparente inocencia.
—Últimamente sí.
—0—
—¿Ya pensaste qué vas a hacer con el dragón que te toque, Draco?
El chico emitió un sonido vago, pidiéndole que esperase un instante. A diferencia de Blaise, sentado frente a ambos, que no hacía más que echar un vistazo a las páginas y dejar que su memoria hiciese el trabajo de recordarle todas las palabras, en el mismo orden en que fueron escritas, él sí tenía que leer y releer para captar el significado.
El libro hablaba sobre el proceso de incubación de los huevos y las dragonas en etapa post-gestación, un pequeño préstamo de Charlie cuando lo interceptaron al finalizar su trabajo, y le explicaron la situación mejor de lo que pudieron hacerlo vía cartas. Al terminar la sección en que estaba concentrado, bajó y cerró el encuadernado.
—¿Tú qué piensas hacer, Blaise?
Su compañero soltó un débil gruñido, dejó su propio libro a un lado y se restregó la cara. Tenía ojeras.
—Voy a transformar una roca en un perro ruidoso que corra por ahí y la distraiga —Se encogió de hombros—. Lo que sea que vayamos a hacer, no quiero una dragona mirándome.
—Hermione tiene la teoría de que van a tener que capturar un huevo falso —Puntualizó Neville, en un susurro.
—Con mayor razón, no quiero una dragona que, además de mirarme, crea que le estoy robando a uno de sus hijos.
—Esa prueba es demasiado peligrosa...
—Ese es el punto, Neville —Draco rodó los ojos—, sólo un demente tendría que llevarlas a cabo.
Blaise sonrió, enseñando los colmillos.
—Hola, demente.
Draco resopló y abrió su libro, para continuar.
—¿No tienes ninguna idea? —Insistió Neville, con más suavidad de la necesaria. Estaba a punto de decirle cómo podría tener alguna, si su odiosa voz chillona dejase de molestarlo con un dolor de cabeza y se guardase sus preguntas, cuando levantó la mirada y se percató de que el pobre idiota hacía pucheros y tenía el rostro contraído por la angustia.
En momentos así, Draco pensaba que tenía dos mascotas. Leonis y él.
—Sí tengo, pero no estoy seguro de que se pueda usar en todos los casos. Necesitaría que los huevos estén ahí, como Hers cree que será.
—Busca una opción para tratar con los huevos —Opinó Blaise, restregándose la cara de nuevo— y otra por si estamos solos con las dragonas.
—Sí, eso pensaba hacer. Pero no ahora, no me siento bien.
El único de Durmstrang en el grupo exhaló.
—¿Sabes qué? Yo tampoco —Se puso de pie, recogiendo sus pertenencias con una barrida de varita y un encantamiento de levitación. Se tambaleó por un segundo y respiró profundo—. Necesito una siesta o una cerveza de mantequilla.
Draco sonrió de forma débil.
—Si esperas al fin de semana, te invito una.
Él chasqueó los dedos.
—Me encantas, princesa, lo juro. Nos vemos en la cena —Le pellizcó la mejilla sin fuerza y se rio al marcharse.
Cuando se perdió entre los estantes y hacia la salida de la biblioteca, miró de reojo hacia un lado, y se dio cuenta de que Neville estaba ruborizado y boqueaba, señalando el puesto antes ocupado.
—¿Te dijo...? —Draco volvió a rodar los ojos.
—Es una manera de hablar, Nev.
—Creo- creo que yo me muero si alguien me habla así.
Lo consideró un momento, luego le pasó un brazo sobre los hombros, jalándolo en su dirección.
—Nev, ¿sabías que tú me...? —Se trabó con la risa contenida y tuvo que morderse el labio y negar. Terminó por inclinarse hacia adelante y cubrirse parte del rostro—. No, no puedo. Es demasiado extraño. Como decírselo a Severus. Iugh.
Neville estaba rojo, de nuevo, y lo observaba con una mezcla de confusión y horror, que sólo le causó más risa.
—Draco, hm —Se removió en el asiento, como si necesitase unos segundos para dar con las palabras adecuadas—, ¿te gustan los chicos? ¿Eres como- como...así? —Gesticuló con las manos, en un vano intento de explicarse.
Él arqueó las cejas.
—¿Te acabas de dar cuenta?
Neville lució incluso más avergonzado por su obvia respuesta. No tenía dudas sobre que fuese a entrar en combustión espontánea de seguir así, y Draco no podía dejar de burlarse de él y su notable nerviosismo.
—Tranquilo, Nev, que tú no eres mi tipo —Lo codeó, en un intento sin éxito de relajarlo. Su compañero resopló.
—Que lo fuese sí sería demasiado extraño —Y arrugó un poco la nariz, por lo que un falsamente ofendido Draco procedió a explicarle por qué el que gustase de él sería lo mejor que le habría pasado en la vida. Neville no hacía más que reírse, todavía rojo, y menear la cabeza.
—0—
Cuando abrió los ojos, él ya estaba despierto. Draco parpadeó para enfocarse a la escasa luz en que los dejaban las pequeñas lámparas de la habitación y se enderezó sobre el rígido asiento que había ocupado las últimas horas. Leonis, echado a sus pies, percibió el movimiento y alzó la cabeza, para ladrar y agitar la cola en un alarde de repentino entusiasmo.
Blaise se reacomodó sobre las almohadas de su cama, en el dormitorio extra de la profesora A, y se pasó una mano por el cabello. Todavía tenía sangre seca bajo las uñas y en las yemas de los dedos, uno de los antebrazos vendados.
—Me estaba preguntando quién te contó —Su voz sonaba áspera, lastimada.
—¿Sobre que Ariadna fue mordida de pequeña? ¿O sobre que tú heredaste su condición?
—Ambos.
Él lo sopesó unos instantes y se encogió de hombros.
—Leonis siempre me contaba sobre ellos, ya sabes, nuestros padres. Lo que hacían cuando estudiaban aquí —Cabeceó en dirección al perro, que volvió a ladrar—. Me dijo que fue una represalia o algo así.
—A mi abuelo se le ocurrió la grandiosa idea de proponer leyes en contra de los hombres lobos —Blaise realizó un gesto teatral, abarcando el cuarto, a sí mismo—. Pensaron que apreciaría la ironía.
Draco asintió, distraído por un tema que consideraba más importante en ese caso.
—Pero también tenía entendido que Snape trabajaba en una poción para calmarlo…
—Es para que el lobo no te domine, para que puedas seguir consciente en el cambio. Nada lo calma —Hizo un gesto vago, como si pretendiese restarle importancia, pero ahogó un quejido por el simple movimiento, llevándose una mano a las costillas—. Las dosis son diferentes para cada uno y hay que probar. Mi madre debe estar mucho mejor que yo, a ella le va viene. Parece que...su dosis no me sirve a mí.
—¿Ella lo hizo? —Cuando el chico no hizo más que mirarlo, en silencio, apuntó al brazo vendado y la marca rojiza, irregular, que le sobresalía de la camiseta, en el hombro. La piel estaba arruinada, rugosa, y una línea blanca advertía que necesitaba tratamiento, otra vez.
—Alguien tenía que detenerme. No lo hace porque le guste —Aseguró, recostándose contra las almohadas, cuando debió percatarse de que Draco no pensaba moverse de ahí.
—Fue por eso que le dijo a Karkaroff que te trajera, ¿cierto?
Blaise sonrió a medias.
—La poción no era apta para alguien tan joven hasta hace unos meses, Draco. Podría haberme matado —Musitó, en un tono demasiado monótono para lo que decía—. Iba a venir de todas formas, junto a los de Durmstrang. Sólo que, una vez aquí, Snape pareció encontrar una solución diferente para la fórmula, hizo unas pruebas, y estaba seguro de que la aguantaría.
—Supongo que el problema no es que tú aguantes la poción, es que la poción aguante al lobo.
Él se encogió de hombros.
—Todavía tengo que hacer más pruebas, el próximo mes, con otra dosis.
Draco apretó los labios y desvió la mirada hacia Leonis por un momento. En algún punto de su conversación, el can se había aproximado más a la cama, y le lamía la mano que no tenía tantos raspones. Blaise le rascó tras las orejas un instante.
—Ellos eran animagos, para ayudarla…
—Oh, no, princesa —Se rio, negando, y estiró la mano hasta su cabello, con el único propósito de tirar de uno de los mechones y arrancarle un quejido—. Tú serías un bonito pavo albino o algo así. Te tragaría de un bocado, si pierdo el control del lobo.
Draco estrechó los ojos.
—Tal vez yo también sea un lobo. Uno más grande y fuerte que tú.
—Tal vez seas un gatito, como McGonagall.
—¡No sería un gatito!
—¿Cómo lo sabes?
—¡Sé que no sería un gatito! ¡No me siento como un gatito!
Mientras Draco se enfurruñaba, Blaise soltaba risas ahogadas e interrumpidas por las punzadas de dolor, y Leonis ladeaba la cabeza. En otra parte del castillo, sin que ninguno lo supiese, cierto Slytherin trazaba un plan.
