¡Hola a todxs!

Sí, soy yo. Después de casi dos años de espera, aquí estoy de nuevo con el epílogo prometido. Espero que no me lo tengan en cuenta y que la espera haya merecido la pena.

Disfrutad...

EPÍLOGO


Mansión de los Malfoy.

Verano después de Hogwarts.

—No estés nervioso.

—No puedo evitarlo.

—Si puedes, relájate —le dijo Scorpius—. Solo es mi padre.

—Que alivio —dijo Albus consternado—. Estaría más tranquilo si me tuviera que enfrentar a un trasgo, te lo aseguro.

—¿Por qué?

—Cariño, ya lo hemos hablado —dijo Albus—. Es tu padre.

—Yo conozco a los tuyos.

—¡No es lo mismo!

—Si lo es —dijo Scorpius—. Y todavía es peor, vosotros sois muchos más.

—Y aun no conoces ni a la mitad….

—Pues imagínate —respondió Scorpius—. Menos mal que no tienes que conocer a mis abuelos todavía…

Scorpius empujaba a Albus a través del gran jardín, habían atravesado las puertas de hierro mientras hablaban y ahora, entre las flores y enormes setos que decoraban el jardín de Draco Malfoy, se elevaba frente a ellos la colosal mansión. Era la primera vez que Albus la veía, majestuosa y señorial. Era mediodía y los rayos del sol bañaban con su dorada luz la solemne fachada. No quedaba rastro del horror del pasado sobre sus muros, no había atisbo alguno en aquella esplendorosa visión de que aquel sitio hubiera sido testigo de tanto horror. Albus se quedó paralizado ante el regio palacete, vestigio del glorioso y honorable pasado de los Malfoy.

—¿Qué te pasa, Al?

—Esta es tu casa.

—Sí, esta es mi casa.

—Esta es tu casa.

—¡Que sí! ¡Que pesado estás!

—¡Es un palacio!

—Teóricamente es una mansión.

—Ah, menos mal —dijo Albus con fastidio.

—Mira, Albus —Scorpius se encaró suavemente con él, privándole de aquella majestuosa visión—. Esta casa no significa nada, solo es eso, una casa. Nada más. ¿De acuerdo?

—¿Por qué dices eso?

—Por qué muchos pensaran que esta casa es un símbolo de Voldemort y de que el Ministerio no fue lo suficientemente duro con los Mortífagos cuando acabó la guerra. Si esta casa sigue en pie fue por un golpe de suerte. Así que, por favor, no la menciones.

—Vale —dijo Albus—. Pero es una casa preciosa, Scorpius. Sólo eso.

—Gracias —Scorpius rodeó a Albus y le dio un suave beso en los labios, tan sutil como una caricia.

Ya no se escondían por las esquinas para besarse, ahora eran libres, más que nunca. Albus les contó la verdad a sus padres sobre lo de Scorpius un mes después de volver de Hogwarts. Su reacción fue la que cabía esperar, totalmente normal. Nada alteró el sereno rostro de su madre que abrazó a su hijo y lo felicitó con su más cálido amor. Su padre, en cambio, expresó su sorpresa quedándose muy quieto y con los ojos abiertos como platos tras las gafas. Más tarde entendió que su sorpresa se debía, no a su homosexualidad, sino a que sus deseos se materializaran en Scorpius Malfoy, el hijo de Draco.

El señor Draco Malfoy para Albus, el hombre al que estaba a punto de conocer formalmente, ahora sí como novio de Scorpius y con el que iba a comer en su increíble mansión. Hacía apenas unos días que Scorpius le dijo a su padre que estaba saliendo con Albus. Al parecer, su reacción había sido similar a la de Harry, anonadado, sobre todo, por que el novio de su hijo fuera un Potter.

Estaban frente a las puertas de la gran mansión. Albus no podía casi ni respirar y hubiera echado a correr en aquel momento si Scorpius no estuviera cogiendo su mano. La puerta principal, para asombro de Albus, en cuanto estuvieron en el porche, se abrió presa de un encantamiento. Albus miró a Scorpius atónito.

—Se abre sola a determinadas personas —dijo—. A mi padre, a mis abuelos y a mi principalmente.

Albus se sorprendió al entrar y encontrar, no un sinuoso pasillo, lúgubre y apagado, sino una estancia amplia y luminosa. Al final de un ancho pasillo se abría una gran puerta que daba paso al salón. Había grandes ventanales a ambos lados y una chimenea de mármol blanco en un extremo. Bajo la lámpara de araña que decoraba el techo se acomodaba una gran mesa de roble oscuro. Sentado a la mesa en la silla más grande y elegante, presidiendo la mesa estaba él, el señor Malfoy.

Albus aun cogía la mano de Scorpius. La respiración se le paró cuando vio al señor Malfoy en todo su esplendor, rodeado de toda aquella riqueza, de toda aquella majestuosidad. Lo había visto antes, siempre en Hogwarts y no demasiado contento nunca, pero no se había fijado hasta ahora en él como lo estaba haciendo ahora. Iba vestido de negro de pies a cabeza y el pelo caía elegantemente sobre sus hombros, liso y brillante. En su rostro se dibujó una especie de sonrisa que casi parecía una mueca. Era un rostro frío el suyo, pero tranquilo y sereno. La dorada luz de aquel mediodía de verano en Wiltshire entraba a través de aquellos grandes ventanales y salpicaba la elegancia de aquel hombre con una sutileza abrumadora.

Albus sintió como el aire volvía de repente a su cuerpo, y se dio cuenta de que estaba viendo a Scorpius dentro de veinte años, a su Scorpius.

—¡Hola, papá! —Scorpius le soltó la mano de repente y fue hasta su padre. Le dio la mano y este se la estrechó. La sonrisa acabó de formarse en el rostro del señor Malfoy y miró a su hijo con los ojos iluminados por la dorada luz que entraba a raudales a través de las ventanas.

Albus se quedó quieto junto a la puerta del salón, no sabía que hacer con las manos, no sabía donde mirar, no sabía que decir ni que hacer.

—Papá, este es Albus —dijo Scorpius con una sonrisa radiante. Albus nunca lo había visto tan ilusionado. Se acercó con un nerviosismo paralizante, cogió la mano que Scorpius le tendía de nuevo y se encontró ante el señor Malfoy que le miraba expectante.

—Hola, señor —dijo Albus cogiendo su mano y estrechándola—. Es un placer conocerle.

—El placer es mío, Albus —fue extraño escuchar su nombre de los labios de Draco Malfoy.

Cuando Albus le dije a su padre que iba a ir a la Mansión de los Malfoy a conocer a Draco, Harry se quedó petrificado. Le aseguró a su hijo, sin embargo, que era normal que quisiera conocer al padre de Scorpius formalmente, pero que no podía dejar de estar sorprendido, por mucho que lo intentara. Si bien es cierto que Ginny era la gran instigadora para que Harry se mostrara comprensivo con su hijo, a veces no podía evitar sentirse desorientado, no sabía que hacer para entender que ahora al apellido Malfoy no iba a ser solo cosa del pasado.

Y allí estaba él finalmente, sosteniendo la mano del señor Malfoy y sonriéndole con gratitud por su amable recibimiento.

—-Bueno, ¿tenéis hambre? —dijo Draco—. La comida está servida. Ya podéis sentaros.

Se sentaron en una esquina de la gran mesa. Albus se preguntó quien habría comido allí. Prefirió no volver a preguntárselo y se decidió por imaginarse a Scorpius celebrando allí las navidades con sus padres, con sus abuelos, siendo él centro de todo su cariño y recibiendo las mejores atenciones. Quiso imaginarse a Scorpius siendo feliz.

Al principio fue todo muy silencioso, casi incómodo, pensó Albus y esperaba nervioso a que Scorpius sacara algún tema de conversación para que acabara aquel atroz silencio.

—¿Cómo fue vuestra estancia en Londres? —dijo Draco finalmente para sorpresa de Albus.

—Muy bien, papá —contestó Scorpius. Ya habían empezado a comer—. Estuvimos en el Caldero Chorreante un par de días, luego estuvimos en un hotel muggle… Queríamos pasar desapercibidos unos días, ¿verdad, Albus? —asintió torpemente con la boca llena—. Luego fuimos a casa de los Potter.

Draco tosió.

Albus bajó la vista a su plato.

—¿Cómo está tu padre, Albus?

—Bien, señor —dijo aclarándose la garganta.

—¿Todo va bien en la Oficina de Aurores? —insistió—. He oído que han tenido algún que otro problemilla con una manada de hombres lobo en Doncaster.

—Sí, bueno —dijo Albus—. Anda bastante ocupado, pero no más de lo habitual.

—Dale recuerdos de mi parte —dijo Draco. Bajo la vista hacía el plato y esbozó una mueca. Albus no supo descifrar aquel gesto.

—¿Cómo llevaréis la competencia cuando volvais a Hogwarts? —preguntó el señor Malfoy—. No está muy visto que un Slytherin y un Gryffindor se paseen de la mano por la escuela…

—Soy de Slytherin, señor —dijo Albus.

—¿No te lo dije, papá? —Scorpius tenía la boca llena y, aun así, seguía metiéndose comida. Albus soltó una risita y le acarició la pierna por debajo de la mesa con sutileza—. Albus es de Slytherin, así nos conocimos.

—Me caes bien, chico — le dijo Draco, por primera vez, más relajado. Le miró fijamente, pero con una sutileza alentadora.

Scorpius le devolvió la caricia bajo la mesa.

—¿Saben en Hogwarts…? —preguntó Draco—. Que estáis juntos.

—Más o menos —respondió Albus.

Recordó entonces todo lo que pasó el año anterior con Daren en Hogsmeade, cuando McGonagall se vio obligada a intervenir y la mayoría de los alumnos se enteraron de lo ocurrido. Albus supuso que no es tan fácil dejar pasar el haber visto a Scorpius Malfoy peleándose a puñetazos con Daren Harrelson por Albus Potter.

—Fuimos la comidilla de la escuela más de dos meses —dijo Scorpius—. Pero estoy acostumbrado a dar que hablar. Empiezo a cogerle el gustillo, ¿verdad, Albus?

Albus rodó los ojos. En momentos como aquellos Scorpius y su hermano se parecían mucho más de lo que les gustaría admitir a ninguno de los dos. Albus supuso que por eso no se podrían llevar bien nunca.

—¿Qué plan tenéis cuando salgáis de Hogwarts?

Albus y Scorpius se miraron, ambos enrojecieron violentamente y bajaron la vista a sus respectivos platos.

—No lo hemos hablado… Bueno, sí… —dijo Scorpius—. Hemos pensado en compartir piso en Londres mientras yo estoy en la Academia de Aurores, pero es solo una idea, ¿no, Albus?

—Sí, bueno… —dijo el chico—. Yo no tengo muy claro todavía que voy a estudiar cuando acabe Hogwarts, así que… Es solo una idea.

La comida transcurrió con absoluta normalidad, con una animada conversación en la que participaban todos. Albus se sintió perfectamente acogido, claro que teniendo a Scorpius a su lado todo era mucho más fácil. Podría haberse enfrentado al mago tenebroso más poderoso de todos los tiempos o a diez dragones a la vez y, con Scorpius a su lado, nunca hubiera sentido miedo.

—Me alegro mucho por vosotros, chicos —dijo Draco después de un rato.

Se habían sentado en el jardín, entre los setos perfectamente recortados. Había unos bancos alrededor de una fuente de mármol decorada con guirnaldas florales esculpidas. En la fuente bebían unos alegres pájaros silvestres mientras Albus, Scorpius y el señor Malfoy charlaban.

—Gracias, papá.

Albus asintió con la cabeza.

—Espero que vengas a visitarnos siempre que quieras, Albus —Draco se puso en pie y se acercó a la fuente con las manos en los bolsillos de su elegante chaqueta—. A Astoria le hubiera encantado conocerte.

Albus miró enseguida a Scorpius, preocupado por la reacción que el nombre de su madre pudiera provocar en él. Sin embargo, cuando Albus lo miró estaba sonriendo con la sonrisa más cálida y sincera que hubiera visto antes. Lo miró con ternura y cogió su mano.

—De eso estoy seguro —refirmó Scorpius—. A mamá le hubieras encantado.

—Estaría muy orgullosa de vosotros —dijo Draco.


Londres, Covent Garden.

Dos años después

—¡James!

—¡¿Qué?!

—Sube la última caja —gritó Albus desde la parte de arriba de las escaleras del entresuelo. Era un piso pequeño en el centro de Londres, en una calle más o menos escondida. Tenía una sola habitación y el comedor era casi tan grande como toda la casa. Aquello fue lo que más le gustó a Albus; el salón y la gran ventana que ocupaba gran parte de la estancia. Le recordaba a los grandes ventanales de Hogwarts, aquellos a través de los cuales podía ver el nítido paisaje.

—¡James, es para hoy! —insistió Albus desde el umbral de la puerta.

Se escucharon ahora unas risas subiendo las escaleras. James se reía a carcajadas y, a su lado, cargando con él la última caja, Scorpius reía al unísono.

—¡Se os va a caer! —gritó Albus—. ¿No podéis tomaros nada en serio?

James y Scorpius continuaron riéndose de alguna de las absurdas bromas que se les habría acudido subiendo la caja.

—¿Qué haces tu aquí? —le preguntó Albus a Scorpius cuando entraron al piso. Estaban en el comedor, junto al resto de cajas y bártulos que James y Albus habían estado subiendo durante toda la tarde—. Pensaba que estabas en la Academia todavía.

—He salido antes para ayudarte —dijo Scorpius dejando la caja junto a las demás—. Yo también me mudo aquí ¿lo recuerdas, amor? —se acercó al malhumorado Albus con una sonrisa pícara—. Hola, cariño —le dio un beso en los labios—. Yo también me alegro de verte y, por cierto, te quiero.

Albus suspiró con resignación.

James, mientras tanto, se estaba abriendo una cerveza muggle con los dientes.

—Perdón. Estoy nervioso —se excusó Albus—. Aun tenemos que subir el sofá —dijo—. ¿Lo habéis dejado en la calle?

—No te preocupes, Al —dijo James que por fin había conseguido abrir el botellín de cerveza. Le dio un sorbo—. Teddy está abajo vigilando que nadie se lleve el sofá. Aunque nadie se lo va a llevar igualmente, es muy feo —miró a Scorpius—. Tío, ¿cómo has dejado que escogiera él el sofá? Tiene muy mal gusto…

Scorpius subió y bajó los hombros, dejando escapar una risita.

—Entraba dentro del contrato que firme para que me dejara venir a vivir con él —dijo.

James soltó una carcajada y se acabó la cerveza de un trago.

—No os soporto —dijo Albus—. ¡Subid el sofá ahora mismo! ¡Venga!

Los dos chicos salieron a toda prisa del piso entre risas.

—¡Prefería cuando erais enemigos mortales! —gritó Albus por la escalera en tono jovial mientras James y Scorpius bajaban a por el sofá custodiado por Teddy. Aun no se había acostumbrado a que aquellos dos fueran tan amigos, pero su corazón bombeaba radiante de felicidad cuando los veía juntos y, sin embargo, le hacían perder los nervios.

Subieron el sofá entre los tres. James y Scorpius se reían sin parar. Teddy los instigaba desde atrás a que pararan de reírse o acabarían cayéndose los tres por las escaleras.

—¿Se puede saber por qué no podemos usar la magia?

—¡Por que estamos en el Londres muggle, James! —gritó Teddy hastiado—. ¿Puedes concentrarte?

—Vale, Teddy… Cálmate —respondió James—. ¿Malfoy, tenéis más cerveza arriba?

—Sí, ahora nos hacemos unas —respondió.

—¡Chicos! —Teddy estaba aguantando todo el peso del sofá y su equilibrio se tambaleó por unos momentos—. ¡Albus!

—¡Wingardium leviosa! —Desde lo alto de la escalera Albus agitó su varita e hizo elevarse el sofá por encima de sus cabezas. Lo entró en el piso y lo dejó en medio del salón, en medio de todas las cajas y bártulos. El piso aun estaba vacío, solo habían traído las cajas, el sillón y la cama.

James, Scorpius y Teddy subieron tras él sofá.

—Bueno, ¿a quien le apetece una cervecita? —dijo James frotándose las manos con entusiasmo—. ¿Teddy, Malfoy?

—¡James, ese sofá me costó 250 galeones! —gritó Albus enfurecido—. ¡Se podía haber roto!

—¿250 galeones? —soltó una carcajada—. Pero si es muy feo, Albus… ¿Cómo te gastas tanto dinero?

Albus estaba desesperado.

—Va, cállate ya —Teddy rodeó a James por el hombro, su pelo azul brillaba centelleante, pues todos sucumbían al encanto de James—. Saca esas cervezas de las que hablabas antes, anda. ¿Scorpius, necesitáis que os ayudemos con algo más?

—Mmm… —Scorpius se rascó la nuca, la camiseta se le levantó y dejó al descubierto la parte baja de su abdomen. Albus lo vio y se relajó al momento, olvidando el malhumor que su hermano le había causado. Era imposible enfadarse teniendo a Scorpius delante. Una simple sonrisa era analgésica para sus rabietas—. Creo que ya está todo, Teddy —dijo Scorpius—. Muchas gracias por habernos ayudado.

—No hay de qué —respondió James—. Es un placer ayudar a mi hermanito con su nuevo nidito de amor —rodeó a Albus por los hombros y le tendió una cerveza, luego le dio una a Malfoy y otra a Teddy—. Ven, Teddy… Vamos a probar el carísimo y hortera sofá de Albus —se sentó, le dio un par de tragos a la cerveza y encendió uno de sus cigarrillos—. Bueno, no está mal para lo feo que es.

Teddy se sentó a su lado. Ahora estaban compartiendo piso en el Callejón Diagón. James trabajaba con George en Sortilegios Weasley y Teddy estaba acabando sus estudios para ser profesor de Defensa en Hogwarts. La química que había entre ellos Albus no la llegaba a entender, pero estaba muy contento porqué se tuvieron el uno al otro. Eran como un todo, un equilibrio. Teddy equilibraba a James y James, a su manera, desequilibraba a Teddy, la cual cosa les venía muy bien a los dos.

Empezaron a charlar entre ellos.

—¿Cómo ha ido en la Academia? —Albus fue hasta Scorpius y se acarameló a su pecho, rodeándolo con ambos brazos por la cintura y la cerveza en la mano.

Scorpius lo rodeó por los hombros y le besó la cabeza con ternura.

—Muy bien —dijo—. He hablado con el tutor. Me ha hecho llamar a su despacho.

—¿Y qué te ha dicho?

Scorpius lo miró muy serio.

—Quiere que le acompañé el próximo lunes a una misión —su rostro se relajó de repente y una gran sonrisa se dibujó en sus labios—. Será con un par de alumnos más, acompañaremos al tutor y a un Auror en su misión a Yorkshire.

—¿Hablas enserio? —Albus estaba pletórico.

—¡Sí!

Albus se lanzó a sus brazos y lo abrazó con toda la fuerza que su cuerpo le permitió en aquel momento. James y Teddy se acercaron a ellos, preguntando a que se debía todo aquel alboroto.

—¿Qué pasa? Yo también quiero celebrarlo—dijo James llevándose un trago de cerveza a los labios.

—¡Que tenéis delante al próximo Auror del Ministerio! —gritó entusiasmado Albus.

James y Teddy se quedaron impresionados.

—Bueno, solo me han llamado para la primera misión —dijo Scorpius modestamente—. Aun me queda un año para graduarme y pasar la prueba.

—Malfoy, esa prueba la pasas tu con los ojos cerrados —James levantó el botellín de cerveza—. ¡Brindemos! ¡Por el Auror Scorpius Malfoy!

—¡Por el Auror Scorpius Malfoy! —brindaron todos entre risas.

Pidieron cena a domicilio. Teddy les enseñó a hacerlo como lo hacen los muggles. Montaron una mesa improvisada con las cajas. Scorpius salió a comprar más cerveza y James compartió sus cigarrillos. Estuvieron en aquel salón a medio montar hasta la mañana siguiente, bebiendo, riendo, compartiendo la felicidad que corría entonces por sus venas, dejando atrás las rencillas del pasado y disfrutando del momento.

Entre las paredes de aquel piso que a partir de ahora compartiría con Scorpius y en el que forjarían los vínculos de su vida juntos, fue donde Albus sintió que todo tomaba sentido por primera vez.

Albus estaba seguro de que su vida comenzó aquella noche.


Ministerio de Magia, sala de actos.

Un año después

—Damos por inaugurada la graduación e incorporación de la nueva promisión de la Academia a la Oficina de Aurores. Presiden el acto la Hermione Granger, Primera Ministra y Harry Potter, jefe de la Oficina de Aurores del Ministerio —dijo el presentador desde el atril.

La sala de actos estaba abarrotada, no cabía ni un alfiler. Eran solo diez los que se graduaban y entraban como Aurores en la Oficina, sin embargo, era tradición que los funcionarios de más alto rango en el Ministerio acudieran a la graduación, así como casi todos los miembros de la familia del graduado.

—¿Queda mucho para que salga Malfoy? —le susurró James a su hermano desde el asiento de atrás.

Draco se giró al oír lo que James decía y, al ver que había llamado la atención del señor Malfoy, se puso bien en su asiento y volvió a escuchar lo que el presentador decía desde el escenario.

Habían venido todos, Albus, James, Teddy y Rose. Albus se había sentado junto a Draco, con quien ya tenía un poco más de confianza. Los demás se habían sentado en la fila de atrás. Harry y Hermione estaban en el escenario, junto al presentador y a los tutores de la Academia. Los graduados estaban en primera fila, con una túnica y un birrete en la cabeza. Scorpius estaba de los nervios aquella mañana, había llegado su gran día. Albus intentaba buscarlo entre las cabezas del público que se apostaban entre él y Scorpius. Al final consiguió encontrarlo y pudo ver, a medias, su nervioso rostro fijamente concentrado en lo que decía el presentador desde el escenario.

—Bienvenidos nuevamente todos a la graduación de la Academia de Aurores de este año —dijo uno de los tutores desde el atril—. Me llena de orgullo y satisfacción ser testigo del maravilloso trabajo que han hecho las alumnas y alumnos que hoy se gradúan, el esfuerzo, dedicación y empeño que han puesto en cada una de las cosas que han hecho en esta Academia confirma lo que hoy hemos venido a celebrar aquí. Las diez alumnas y alumnos que hoy están aquí han sido ejemplo de dedicación y constancia, valentía, valor y perseverancia y, por eso, nos orgullece poder incorporarlos de inmediato en nuestras filas.

—¿Cuándo sale papá? —James volvió a susurrarle a su hermano al oído.

—James, ¿no puedes estarte calladito un rato? —dijo Teddy a su lado—. Te está escuchando todo el mundo.

—Estoy susurrando.

—No lo haces —insistió Teddy.

—Es por qué tengo un tono de voz muy fuerte.

—Es por qué eres idiota —dijo Rose—. Cállate, anda.

Albus, que lo estaba escuchando todo desde la fila de delante, puso los ojos en blanco y miró de a Draco disculpándose. El señor Malfoy tenía la mirada fija en el escenario, absorto en lo que decían los tutores.

—¡Mira, es papá! —aulló James.

—¿Cuantos años tienes, James? —dijo Rose exasperada.

—Cinco o seis —contestó Teddy.

Harry se acercó al atril.

—¿Va a hablar delante de todo el mundo? —dijo James—. No me lo puedo creer.

Harry carraspeó.

—Estoy orgulloso de todos vosotros —dijo Harry mirando a todos y cada uno de los graduados de primera fila—. Me enorgullece haber sido testigo de todos vuestros logros en la Academia, de haber podido supervisar vuestro trabajo y haberos seleccionado personalmente para formar parte de nuestras filas. Hoy es un día memorable, os damos la bienvenida al cuerpo de Aurores del Ministerio para defender y proteger el mundo de la magia, al que le debemos tanto y por el que estamos hoy aquí.

Albus vio como Draco Malfoy a su lado agachaba la cabeza ante las palabras de su padre.

—Que patriótico… —dijo James.

—¿No puedes estarte calladito un rato, por favor? —Albus se giró y lo miró muy serio—. Por mi, James.

Asintió y agachó las orejas como un perro derrotado que sabe que se ha portado mal.

Teddy sonrió al darse cuenta del gesto y rodeó a James por lo hombros. No volvió a intervenir hasta que acabó la ceremonia.

Harry dio paso a otro tutor de la Academia de Aurores y fueron llamando de uno a un a las alumnas y alumnos graduados, que fueron subiendo al escenario a medida que los llamaban. Cada vez que subía uno, Harry, Hermione y otros dos tutores de la Academia, los saludaban y estrechaban su mano mientras el público estallaba en aplausos.

—Scorpius Malfoy.

Draco se puso de píe y empezó a aplaudir. Albus, James, Teddy y Rose le siguieron emocionados. Scorpius subió al escenario, le dio la mano a sus tutores, se acercó a Hermione, quien le dio dos besos y luego a Harry, quien le tendió la mano y, para sorpresa de todos, le dio un conmovedor abrazo. Albus sentía que en cualquier momento iba a empezar a llorar. Las mejillas le enrojecieron violentamente, la garganta se le contrajo y los ojos se le empañaron. Estaba tan emocionado que no oía nada a su alrededor, solo podía ver a Scorpius allí arriba, triunfante, tan elegante como siempre, con una sonrisa que no le cabía en el rostro y mirándole directamente a él. Sintió su regocijo y las lágrimas subieron a sus ojos deseosas por salir. Recordó entonces aquella vez en la que Scorpius hizo a su equipo de quidditch ganar la Copa y en su honor, se celebró una fiesta en la Sala Común aquella misma noche. Scorpius lo sacó del rincón en el que Albus solía esconderse, lo subió a sus hombros y le dedicó la victoria. Así era Scorpius, compartía incluso sus triunfos personales. Por eso Albus no dejó de aplaudir hasta que le dolieron las manos, por qué amaba con todo su corazón al chico sobre el escenario que recogía su diploma con la sonrisa más sincera y verdadera que Albus había visto nunca. Por qué Scorpius merece que lo aplaudan hasta que duelan las manos, por qué merece ser vitoreado hasta quedarse sin voz, por qué Scorpius lo merece todo y Albus lo sabe.

Al acabar la ceremonia de los diplomas, unos funcionarios del Ministerio recogieron las sillas en las que estaban todos los invitados e hicieron aparecer en su lugar una decena de mesas redondas por toda la sala de actos. Del centro de las mesas emergió tras un destello manteles de colores con guirnaldas, platos con comida y copas para brindar.

—¡Que elegante! —exclamó James—. Teddy, Rose —dijo—, vamos a por una copa.

Albus se había quedado junto al señor Malfoy y ambos buscaban emocionados a Scorpius entre el gentío, pues al retirar las sillas todos los invitados, graduaos y funcionarios se habían amontonado por toda la sala.

—¡Albus, papá!

Scorpius apareció de repente entre la multitud y saltó de un brinco a los brazos de Albus. Este lo sujeto como pudo, intentando abrazarlo tan fuerte como le era posible.

Cuando se separaron, Albus le dio un dulce beso en los labios, tan sutil que casi fue imperceptible. Entonces Scorpius se volvió y se encontró con el rostro emocionado de su padre. En aquel momento se saltó todos los convencionalismos y abrazó a su padre con toda la fuerza que corría por sus venas.

—Estoy muy orgulloso de ti, hijo —dijo Draco—. Has llegado tan lejos.

—Todo te lo debo a ti, papá —respondió.

Volvieron a abrazarse antes de que llegaran James, Teddy y Rose. Estos felicitaron a Scorpius uno a uno. Como era de esperar, James traía una copa para todos menos para el señor Malfoy. Cuando se dio cuenta de su garrafal error, miró sus manos torpemente y quiso tenderle la suya propia, pero Draco, mucho más elegante, negó con la cabeza con una sonrisa —más parecida a una mueca— y se giró dispuesto a irse a buscar su propia copa. Antes de que pudiera abandonar aquel corrillo que los jóvenes habían creado, donde charlaban alegremente, Harry Potter le cerró el paso.

—Malfoy —djio Harry—. ¿Me acompañas a por una copa?

—Potter —respondió ocultando como pudo su sorpresa—. Claro.

Hermione, que venía detrás de Harry, se quedó con su hija y sus sobrinos. Draco y Harry caminaron uno detrás de otro hasta la mesa en la que servían las bebidas. Un elfo estaba acomodado tras la mesa sirviendo las bebidas. Hermione se había asegurado de que todos los elfos fueran liberados y cobraran su salario con la misma garantía que cualquier otro funcionario del Ministerio. Harry y Draco pidieron sus bebidas y se las sirvieron rápidamente. Estaban uno al lado del otro entre el gentío, pero no se miraban. Tenían sus bebidas en la mano y le daban sorbos cortos, saboreando el licor con cautela.

—Bonito discurso, Potter —dijo Draco entonces.

Harry lo miró con el rostro sereno, no supo descifrar el tono de su voz. A decir verdad, nunca supo hacerlo así que asintió con la cabeza a modo de respuesta.

—Quería darte las gracias —continuo Draco para su sorpresa—. Por lo que has hecho por Scorpius.

—Sus logros son suyos —respondió—. Scorpius es un buen chico, ha llegado muy lejos y aun tiene una muy buena carrera por delante.

—Potter —dijo Draco después de un largo silencio. Tenia la vista fija en su copa, pero cuando pronunció su nombre, levantó la cabeza y lo miró muy fijamente—. ¿Puedo pedirte algo?

—Sí.

—No dejes que le pase nada —dijo en un hilo de voz—. Scorpius es lo único que me queda. Los Aurores están muy expuestos a grandes peligros… Yo no… No sé que haría si llegara a pasarle algo… —balbuceaba.

—Draco —le cortó Harry con una sonrisa. Puso la mano sobre su hombro y le devolvió la atónita mirada. Ni si quiera él sabía que estaba haciendo—. Te prometo que a Scorpius no le ocurrirá nada bajo mi jurisdicción.

—De acuerdo —Draco se serenó.

—Brindemos —Harry sonrió y levantó la copa en el aire—. Por nuestros chicos.

—Por nuestros chicos —dijo Draco muy serio—. Ellos son lo que nosotros nunca pudimos ser.

Sus copas chocaron en el aire y bebieron sin poder apartar la mirada él uno del otro.

En la otra punta de la sala de actos James, Teddy, Rose, Scorpius y Albus charlaban animadamente. Habían formado un corrillo en medio del gentío. Familiares, amigos y funcionarios se agrupaban por toda la sala, comiendo y bebiendo con un jolgorio merecido. Albus no podía dejar de mirar a Scorpius, tan alegre y vivaz como nunca. James y él bromeaban sobre la ceremonia mientras Teddy y Rose se reían de la incontinencia verbal de James. Albus, sin embargo, estaba callado y absorto en la felicidad de Scorpius a su lado. No podía dejar de mirarlo, concentrando toda su atención en él. Estaba radiante, pletórico.

Al cabo de un rato, un reportero del Profeta se acercó a ellos interrumpiendo su animada charla. Iba acompañado por un fotógrafo que disparaba con su cámara a diestro y siniestro a todos los presentes.

—¡Oh, que pintoresco! —exclamó el reportero ante el grupo de jóvenes—. ¡Maravillosa combinación! ¿Seríais tan amables de posar para el Profeta?

James, con entusiasmo, cogió a Teddy y a Rose por los hombros y los obligó a posar. Scorpius y Albus se quedaron distraídos a un lado, dudando si querían estar en portada o no. Sabían lo que aquella foto podría conllevar, lo que acarrearía. Si aquel reportero conseguía una foto de ellos dos juntos y se publicaba, estarían en boca de todo el mundo mágico a la mañana siguiente. El reportero se acerco a ellos, con la cámara tras él dispuesta al disparo. Albus y Scorpius se miraron y compartieron un mismo pensamiento. Entonces Scorpius rodeó la cintura de Albus con maestría, lo arrimó a su cuerpo y con una sonrisa triunfante, lo besó. La luz que la cámara provocó tras el disparo cegó a todos los que rodeaban la escena mientras Albus correspondía al beso con total entusiasmo.

Cuando se separaron vieron como el reportero y el cámara se alejaban entre la multitud.

—Se van a hacer ricos con esa foto —dijo Rose.

—Mañana estaremos en la portada del Profeta —Albus miró a Scorpius que aun sonrisa triunfante y se contagió de su felicidad.

—Lo sé —respondió rodeando a Albus por los hombros—. Ahora somos más libres que nunca, Al.

Albus se acurrucó en su pecho y rodeó su cintura con los brazos.

—Más libres que nunca.


Redacción de la sección de Deportes del Profeta

Día siguiente a la graduación de Aurores

Por alguna extraña razón, aquella noche no había podido pegar ojo. Estuvo jugando hasta tarde a quidditch con Lance y se había llevado un buen golpe tras una mala recepción de la quaffle. Se masajeaba con molestia el hombro dolorido mientras se incorporaba en su silla. Llevaba dos horas en la oficina, todavía le quedaba todo el día y hasta la semana que viene no empezaban los Mundiales, así que debía seguir allí sentado hasta entonces. Estaba acabando de redactar la entrevista a la nueva promesa de las Arpías de Holyhead que debía enviar a su encargada aquella misma mañana.

—Harrelson —le dijo su compañero—. ¿Has acabado?

—No, aún no —respondió Daren—. Me quedan un par de líneas.

—Cuando acabes ¿salimos a desayunar?

—Sí, dame un momento.

Daren se fijó entonces en que su compañero llevaba en la mano el ejemplar de hoy del Profeta. Le pareció ver una figura conocida.

—¿Lo quieres? —le preguntó su compañero al ver que su atención se había fijado en el ejemplar que llevaba en la mano.

—Si —respondió muy serio.

Lo cogió y lo desplegó, le temblaron las manos. Leyó el titular y la boca se le secó, no podía creer lo que veía. Volvió la vista sobre la enorme fotografía que ocupaba la primera página del Profeta y volvió a mirarla de nuevo sin poder creerlo todavía. El papel titubeo en sus manos.

—¿Estás bien, Daren?

Daren no respondió.

Albus y Scorpius se besaban en la portada del Profeta. El cuerpo de Albus se acercaba al de Scorpius como si fuera el acto más natural del mundo, como si fuera un gesto cotidiano, algo que hiciera todos los días. Scorpius le besaba con el entusiasmo más verdadero, con el ansia más voraz. Las manos le temblaban.

Me lo tengo merecido por no apreciar lo que tuve.

Espero que Malfoy te quiera como yo no supe hacerlo.

Dejó el Profeta a un lado de su escritorio, conservaría aquella foto para recordarse todos los días que jamás volvería a equivocarse, no de ese modo. Acabó la entrevista que estaba redactando, se la envió a su encargada y se puso en pie. Fue a buscar a su compañero, lo invitaría a desayunar y le diría cuanto le gusta. Ahora ya no tenía miedo, ya nada le pararía. No iba a cometer el mismo error una segunda vez y, de algún modo u otro, Daren Harrelson se sintió libre por primera vez en toda su vida.


C'EST FINI

Gracias por todo.

Hasta pronto,

Luthien.