Disclaimer: No me pertenece ningún elemento de FFVII. Esta historia es escrita por placer y sin ánimo de lucro.


El porqué de las cosas

Capítulo 33

"Arma Zafiro"

Por Lady Yomi


—¡Ah! ¡Pero no te mueras sin decir la frase con la que te despediste de mí! —bufó Rufus Shinra cuando el televisor plasma de su oficina le devolvió la imagen inconsciente de Tifa. La mujer volvió a desmayarse tras experimentar un breve delirio donde le dirigió una serie de miserables súplicas al aire que la rodeaba.

El presidente se recostó en el sillón con los labios torcidos en una ligera mueca de insatisfacción. La traición de Reeve Tuesti había empañado la diversión que le producía el evento, pero se consolaría con el hecho de que al menos podría ver morir a uno de los terroristas para desquitar la amargura.

Estaba a punto de sujetar el control remoto para cambiar de canal y observar a los desesperados compañeros que se desvivían por liberarla, cuando lo sorprendió escuchar una voz a sus espaldas:

—Saludos, joven presidente Shinra. Es un placer conocerlo en persona.

Rufus se giró hacia los recién llegados, pudiendo comprobar que se trataba de un par de Soldados de tercera clase que escoltaba a una pequeña mujer pelirroja que se le hacía extrañamente familiar.

—¿Por qué la dejaron pasar? —gruñó—. Les dije que me dejaran en paz hasta que terminara la transmisión.

—Pero, señor... es la organizadora de la rueda de prensa. —Se atrevió a responder uno de los guardias—. Dijo que era extremadamente necesario que hablaran sobre lo que pasó durante la ejecución.

—¿Acaso eres su vocero personal? —Dio un respingo despectivo a la vez que se ponía de pie para indicarles que se retiraran—. Si quiere presentar una queja puede hacerlo en el área de atención al cliente. Deberían considerarse afortunados de que los invitamos, en lugar de tragarse las mentiras infundadas del inútil de Tuesti.

—No vengo para plantear ninguna queja —declaró la mujer—. Sino para proponerle una solución.

—¿Una solución? —Rufus se cruzó de brazos—. ¿Qué tienes en mente?

—Primero que nada... —Cissnei extrajo una pistola de su chaqueta en un parpadear y fusiló a los Soldados que le flanqueaban los lados. Los dos cuerpos se estrellaron contra el suelo al mismo tiempo—. Siéntese.

—¿Qué diablos? —Se vio tentado a sacar su propia arma, pero lo disuadió la mira que reposaba inalterable entre sus cejas blanquecinas—. ¿Qué quieres conmigo? ¿Estás con los de Avalancha?

—Dije que se siente. —Señaló el sofá con la punta de la nueve milímetros que cargaba—. O acabará igual que los hombres a los que no se molestó en entrenar lo suficiente como para evitar este desastre.

—Yo no estoy a cargo del programa "Soldado" —declaró sin inmutarse por el deceso de sus guardaespaldas, tomando asiento donde se le indicaba con más fastidio que inquietud—. Pero ten por seguro que le pediré explicaciones al imbécil de Heidegger en cuanto tenga la oportunidad.

—Está muy seguro de que saldrá de aquí con vida, presidente Shinra.

—¿Quién eres? —Le clavó las pupilas cristalinas como el hielo de su corazón, examinándola en busca de pistas que pudieran revelar su identidad.

—Si se lo digo tendré que matarlo.

—Interesante.

—Antes le hablé de una solución, ¿verdad?

—Sí, lo hiciste.

—Hay dos formas posibles de resolver el atentado que se está cometiendo contra su persona. Una; desactiva la cámara de gas y sobrevive. Dos; se niega, lo asesino y la desactivo yo misma.

Rufus cruzó una pierna por encima de la otra:

—¿Por qué me estás dando a elegir siendo que podrías matarme ya mismo? Lo único que conseguirás es alargar las penurias de la prisionera de Avalancha.

Cissnei frunció el ceño, ajustando el agarre por encima del arma que no despegaba del rostro de su enemigo:

—Quiero creer que no está tan podrido como su padre.

—¡Ah! ¡Una prueba de fe! —Soltó una risa grave—. Te adelanto que no funcionará. Prefiero morir diez veces antes que hacerle la vida más fácil a una rata de los suburbios.

—Ya... —Dejó caer los hombros sin poder disimular la desilusión que la engulló como una ola—. Significa que no cooperarás.

—Exactamente. —Se sonrió, deleitado con el juego de palabras que acababa de venirle a la mente—. Literalmente muero por saber tu nombre, señorita verdugo.

—No entiendo.

—Dijiste que tendrías que matarme después de decírmelo, y yo no pienso mover un dedo para evitar la muerte de tu amiga. ¿Por qué no matar dos pájaros de un mismo tiro, eh?

—Cissnei.

—¿Qué?

—Me llamo Cissnei —musitó sin ninguna emoción en el rostro—. Al menos... es el nombre que me dieron en el orfanato de Shinra.

—Cissnei... —Los ojos de Rufus se abrieron de par en par. Todas las piezas del rompecabezas que era su visitante encajaron, dejándolo con una sorpresa tan grande como para olvidar la fachada petulante que se esmeraba por representar—. Eres la mujer rebelde de los Turcos. La que desertó después del incidente de Fair, ¿verdad? No. Es imposible. Mi padre envió a uno de sus mejores agentes a encargarse de ti. ¿Cómo puede ser que todavía estés con vida?

Los labios de la pelirroja se arquearon sutilmente, develando una suerte de orgullo que se traslucía por detrás de su mirada apacible:

—Tseng jamás jaló del gatillo. —Y nada más decir esto le disparó.

Rufus se fue de espaldas sobre el sillón en el mismo momento en el que un par de Turcos ingresaba a la habitación. Apresaron a Cissnei sin que esta presentara mayor resistencia, sintiéndose entre sorprendidos y alterados por su inesperado regreso. Rude la creía muerta, mientras que Reno reprobaba su decisión de vengarse con más rabia que compasión:

—¡Demonios, mujer! —la regañó con los ojos fijos en las piernas del presidente que sobresalían por detrás del asiento que se había volteado ante su peso—. ¡¿Qué estabas pensando?!

Rude se quitó los anteojos en un gesto solemne, apesadumbrado al perder a otra de las personas que eran especiales para él. Primero Tifa... y ahora el muchacho que había visto crecer. La vida de un Turco era todo menos justa.

—El joven Rufus no se merecía una muerte tan turbulenta. Aún estaba en la flor de la vida.

—Y todavía lo estoy. —El mencionado se incorporó con una dificultad que no menguó la sonrisa que le bailaba en los labios—. Puedes estar tranquila, Cissnei. —Jaló la solapa de su camisa para dejar ver el chaleco antibalas que llevaba debajo—. No soy tan estúpido como el viejo Shinra.

—¡No, no puede ser! —La mujer trató de debatirse, pero no era fácil librarse del agarre de Reno—. ¡Eres un tramposo!

—Y tú una pésima sicaria. La próxima vez asegúrate de darme en la cabeza. —Sonrió con malicia al añadir—: Le repetiré el consejo a Tseng; apuesto a que no se equivocará otra vez.

—¿El jefe metió la pata? —dijo Reno con una chispa de picardía detrás de las pupilas. La vuelta a la vida del presidente no podía importarle menos—. ¡No manches! ¡Esto tiene que registrarse para la posteridad! ¿Qué hizo? ¿Se emborrachó y le disparó a los gatos de la plaza otra vez?

—Eso no es de tu incumbencia —lo cortó Rufus mientras se abotonaba la camisa—. Llévenla al calabozo. Pronto se reunirá con el resto de los traidores.

—Hablando de eso, señor —musitó Rude—. ¿Qué hacemos con los amigos de Cloud?

—¿Los... qué?

—¡Es decir! Me refiero a... ¡los rebeldes de Avalancha! Todavía están intentando liberar a la señorita Tifa y-

—Ya —lo interrumpió con visible hastío. El impacto de la bala en su abdomen no le produjo daños graves, pero las costillas le dolían como si lo hubiera arrollado un camión—. Ustedes dos encárguense de escoltar a la traidora hasta su celda que yo me ocuparé de lo demás.

Ninguno de los dos volvió a replicar. Condujeron a la prisionera a través del pasillo de angostas paredes blancas en absoluto silencio, hasta que a Reno lo venció el fastidio de tener que encerrar a uno de los suyos:

—Eres una estúpida —espetó con más impotencia que rabia—. Pudiste volver a Mideel cuando te escabulliste durante los incidentes del cráter del norte. ¿Para qué diablos viniste, Ciss? ¡El jefe arriesgó el trasero para darte otra oportunidad y tú la usas para meterte de nuevo en la boca del lobo!

Cissnei permaneció impasible; la mirada fija en un punto invisible del horizonte:

—La mujer egoísta que conociste murió cuando nació la que se preocupa por los demás.

—¡Bah! ¡Menuda estupidez! ¡Bien dicen que Minerva le da pan al que no tiene dientes!

—Nos apena vernos obligados a obrar así, Cissnei —murmuró Rude en tono conciliador—. Pero tú misma te lo buscaste.

Kunsel Reiss estaba de guardia al final del corredor, y una mueca de disgusto se apoderó de su rostro cuando distinguió a la prisionera de los Turcos. Ella no lo reconoció debido a que llevaba el casco de Soldado sobre la cabeza, por lo que trató de hablar en un tono diferente al que usaba para no develar su identidad.

Lo último que quería era darle explicaciones; no después de que su infame traición la llevara a convertirse en víctima de tan desgraciada situación. ¿Cuándo la capturó Shinra? ¿Qué no había escapado de la redada en las afueras de Icicle?

—Escuché disparos —dijo con la voz más grave de lo normal—. ¿Qué pasó en la oficina del jefe?

—Esta damita le voló la cabeza a dos compañeros tuyos —respondió Reno con visible diversión. La rivalidad entre Turcos y Soldados iba tan lejos como para que le importara un comino la seguridad de los miembros de la milicia—. Tuviste suerte, viejo. Una hora más y te habría tocado a ti.

—¿Qué hizo... qué? —Se quedó boquiabierto. Sabía de sobra que Cissnei era una asesina profesional, pero creyó que su larga estadía en la isla le había enseñado el valor de la vida ajena—. No puede ser. ¿Qué no era una desertora?

—¿Cómo sabes eso? —La simpatía se borró al instante de su rostro—. ¿La conoces?

Kunsel se apresuró a corregir su indiscreción:

—¡C, claro! ¡Todos... los miembros de Soldado estamos al tanto de las órdenes de captura! Recuerdo el día en que salió la suya en el boletín.

—Ya. —Reno se encogió de hombros—. Estimo que tienes buena memoria, soldadito.

—Por supuesto. Es parte del tratamiento de mako —dijo lo último sin prestarle mucha atención a su oyente. Su mirada estaba fija en la mujer que acababa de partirle el corazón. ¿Cómo pudo... matar a sus compañeros así como así? Ambos tenían familias, sueños y honor.

—Vamos a llevarla al calabozo. Anota que el presidente salió ileso del conflicto y telefonea al departamento de asuntos internos para dar cuenta de la situación.

—De acuerdo... —Suspiró cuando los tres se perdieron escaleras abajo. ¿Por qué todo se había vuelto tan complicado? Años atrás se enorgullecía de saberlo todo sobre la empresa y el personal que la conformaba, pero ahora... estaba ciego en la oscuridad.

Perdido dentro de un uniforme que lo sofocaba bajo kilos de promesas rotas e ingenuidad.


Rufus acababa de llamar al servicio para que retiraran los cadáveres de su oficina cuando lo sobresaltó el estridente aullido de la alarma de la fortaleza. Lanzó una maldición cuando el recinto se tiñó de carmesí a causa de la iluminación protocolar que se empleaba en situaciones de emergencia.

Pocos segundos después el rostro barbudo del director del Departamento de seguridad pública apareció en el marco de la puerta que daba al exterior:

—¡Señor! ¡Tengo malas noticias!

—No me digas, Heidegger. —Rufus puso los ojos en blanco, esquivando uno de los cuerpos para acercarse al recién llegado—. ¿Qué hicieron esos tipos ahora? Es una vergüenza que tus tropas no puedan derrotar a un experimento frustrado, un arquitecto cobarde, una princesa adolescente y dos palurdos de los suburbios.

El director soltó una carcajada:

¡Gya, ja, ja, ja! ¡Eso se oye como un chiste de bar!

—Guárdate la risa de caballo para después y dime por qué cuernos encendieron la alarma.

—Ah, sí. —Se aclaró la garganta antes de llevarse los dos brazos tras la cintura, sacando pecho para recuperar la seriedad perdida—. ¿Recuerda el tema de las Armas, señor?

—¿Los guardianes del planeta?

—Exacto. Arma Zafiro hizo aparición en la costa y se acerca a toda velocidad a la fortaleza.

—¡¿Qué demonios?! —Rufus se arrojó al otro extremo de la habitación para deslizar las persianas que cubrían las ventanas que daban al mar. Se le fue el color del rostro cuando contempló a la criatura tiránica que se abría paso a través de las aguas.

Arma Zafiro era un titán acuático de quince pisos de altura. Las escamas de su cabeza en forma de estrella resplandecían bajo el sol poniente; dando la impresión de que un nuevo astro acababa de elevarse sobre la superficie del océano tranquilo.

—¿A qué velocidad se mueve? —preguntó Rufus, recuperada su seriedad habitual.

—Setenta nudos y aumentando, señor. ¿Cuál es la orden?

—Envíala de nuevo al fondo del mar.

—¿Cómo?

—¿En serio tengo que explicarte todo?

—Es el protocolo, señor.

—Bah. Estupideces del viejo Shinra y nada más. Recuérdame que derogue el procedimiento en cuanto lleguemos a Midgar.

—Lo haré, señor. ¿Permiso para utilizar el "Hermana Ray"?

—¿El qué?

—¡El hermana Ray! ¡El cañón estrella que corona nuestra invaluable fortaleza!

—Que nombre tan ridículo. —Chasqueó la lengua—. Sí, sí. Con eso bastará.

—¡A la orden, señor! ¡Le satisfará ser testigo del glorioso poder de ataque de nuestra tecnología más novedosa!

El joven presidente le dio la espalda en una muestra evidente de disgusto. Parecía que el destino se empeñaba en negarle la única satisfacción que le interesaba; ser testigo de la caída de al menos uno de los miembros de Avalancha. A esa altura la fulana ya debería estar muerta y enterrada.

Se posicionó frente a la ventana con las manos sujetas tras la cintura. El semblante atento a la forma en la que se desplegaba el arma gigante en la zona contraria del fortín.

Casi al mismo tiempo se elevaron del suelo unos pocos paneles compuestos de varias capas de cobre reforzado, que se encargarían de proteger los edificios de la ciudadela de cualquier efecto colateral generado por la futura explosión. Sólo habían sido instalados en los locales más importantes del complejo, pero a Rufus le tenía sin cuidado lo que le pasara a las viviendas de los habitantes menos distinguidos de Junon.

Hecho esto el Hermana Ray giró cuarenta y cinco grados a la derecha, movimiento que se facilitó gracias al empuje de los pistones hidráulicos que se deslizaban al abrigo de un centenar de engranes hechos del más noble acero.

La totalidad de las tropas residentes interrumpió sus esfuerzos por darle caza a los rebeldes para ir a presentarse a los pies del cañón. Cada uno de ellos empuñaba su propio lanzacohetes portátil, listo para sumarse al ataque en caso de necesidad.

El jefe de escuadrón se llevó la bazuca al hombro y rezó por no convertirse en la primera víctima de la furia del planeta.

—¡Carguen, apunten... Y FUEGO! —gritó Heidegger a través del intercomunicador, señalando a la criatura a través de la ventana como si los operadores de la sala de armamento pudieran verlo en persona.

El arma se retrajo sobre sí segundos antes de escupir una bola de fuego que salió despedida en dirección de la fuerza de la naturaleza que los amenazaba. Arma Zafiro se sumergió en las profundidades al ser alcanzada por la explosión que produjo una onda de choque tan potente como para levantar olas de seis metros a su alrededor.

—¿Y? —preguntó Rufus con fastidio tras varios segundos de silencio—. ¿La eliminamos?

—No lo sé, señor.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Déjeme asegurarme antes de darle una respuesta inexacta. —Heidegger tomó los binoculares que llevaba colgados del cuello, llevándoselos al rostro antes de añadir—: El oleaje impide que comprobemos el estado actual del objetivo.

—¿Y el radar? ¿No pueden confirmarlo con su ayuda?

—Las Armas no son seres comunes y corrientes, señor —musitó el director mientras movía la cabeza con los lentes encima de los ojos—. Están compuestas por un tipo de materia distinto al de los demás seres vivientes y es muy difícil detectarlas en el radar. El avistamiento que se produjo hace instantes fue realizado por medio de los vigías asentados en lo alto de la fortaleza. Si no hay respuesta visual, entonces no podemos estar cien por ciento seguros de haber dado en el blanco.

El presidente quiso decir algo, pero lo interrumpió el súbito aullido que emergió de la costa. Arma Zafiro había vuelto a ponerse de pie; ilesa a pesar de la potencia del impacto que soportó. Abrió las fauces en cuestión de un parpadear y su garganta se iluminó por la burbuja de energía luminosa que se acumuló en su interior.

—¡Ay, por la santa barba de Ramúh! —exclamó Heidegger al retirarse a tropezones del ventanal—. ¡Está a punto de contraatacar! ¡Hay... que replegar a las tropas!

—¿Por qué habríamos de retirarnos? Hagan uso del cañón de nombre ridículo otra vez.

—¡No se puede! ¡Le tomará unos minutos recargarse por completo!

—Que inconveniente. —Rufus no se movió del lugar—. Que tus subordinados disparen a discreción hasta entonces.

—¡¿Qué?! ¡Pero, señor! ¡La magnitud del ataque será tremenda! ¡No es algo que pueda frenarse ni siquiera con una centena de lanzacohetes! ¡Perderemos a muchos hombres!

—¿Acaso pedí tu opinión? —Le dirigió una mirada tan helada como para provocar la envidia del témpano de hielo más solitario del continente del norte—. Es una orden.

—Yo... —Heidegger suspiró, resignado. No se consideraba un tipo blando pero se preocupaba por la integridad de su ejercito, aunque sólo fuera por la importancia táctico estratégica que representaba—. Está bien, señor presidente. Les diré que mantengan la posición.

Rufus hinchó el pecho de orgullo cuando inició la ofensa de los hombres que estaban dispuestos a morir por los ideales de la empresa que dirigía. La masa de seguidores acosó a la bestia con millones y millones de tiros certeros que se estrellaron contra la plena extensión de su piel azul verdosa.

Pero ninguno de ellos demoró el rayo divino que borró por completo el ala oeste de la fortaleza, evaporando todo lo que no fuera parte del peñasco sobre el que estaba construida. La ausencia de paneles defensores en la zona no hizo sino contribuir al nivel de destrucción que se podía evidenciar a simple vista.

Los lamentos de los supervivientes se repitieron a lo largo y ancho del lugar cuando la luz acabó de disiparse por completo.

—¿Ya cargó el cañón? —preguntó Rufus sin un ápice de empatía por los damnificados.

—S, sí... ya está listo, señor.

—Bien. ¿Qué estás esperando? Diles que disparen otra vez.

—De acuerdo... —Heidegger encendió el intercomunicador con desgano, los ojos fijos en lo poco que quedaba del sector occidental del edificio—. Por lo menos destruyó los galpones de abastecimiento y no las barracas. Gracias a eso sólo tenemos que lamentar el sacrificio de los héroes que estaban al pie del ala oeste. Les haremos un reconocimiento cuando esto termine, ¿verdad?

—Da la maldita orden de una vez, Heidegger.

—Sí, señor. —La luz del aparato que sostenía se iluminó cuando hizo contacto con la sala de operadores—. Vuelvan a disparar, pero esta vez apunten a la cabeza. Desde aquí puedo distinguir una zona que no está protegida por la armadura que le recubre el resto del cuerpo.

Rufus Shinra se regocijó cuando el Hermana Ray pareció cobrar vida ante las instrucciones del director; elevándose por encima del horizonte hasta que la mira se alineó con el único punto vulnerable del oponente sobrenatural.

Arma Zafiro volvió a abrir la boca en un intento por defenderse del temible disparo, pero la acertada observación de Heidegger consiguió penetrar la barrera y separar la cabeza de la hija del planeta de su cuerpo mortal.

Los despojos de Arma Zafiro cayeron de espaldas en las profundidades, hundiéndose lejos del aire inundado por los vitoreos jubilosos de los residentes de Junon.


Tifa volvió en sí al oír el estruendo de la segunda explosión.

Estaba rodeada de escombros y lo poco que quedaba del gas venenoso se escapaba a través del hueco que el ataque de Zafiro infligió en el techo de la celda. De hecho, la mitad exterior del recinto fue vaporizada junto con el ala oeste y Tifa entendió que estuvo a sólo dos metros de reunirse para siempre con Aerith.

Observó la superficie del océano dorado por un breve instante. La tremenda longitud del Hermana Ray cubría el calabozo con una sombra que no hacía más que acentuar el resplandor cobrizo de la tarde.

Su contemplación fue interrumpida cuando la voz de Barret se dejó oír a través del parlante:

—¡Tifa! ¡¿Estás bien?! ¡Responde!

—Sí. Lo estoy. —Dirigió la mirada hacia la cámara que pendía precariamente en la pared contraria—. ¿Qué pasó?

—Tuesti trató de meterse al sistema pero esa bruja condenada selló la puerta bajo contraseña. Si no fuera por el ataque de ese monstruo te habríamos perdido para siempre.

—No es para alarmarse tanto. Ya no queda gas aquí adentro.

—Escucha. Saldremos al exterior, subiremos al cañón y uno de nosotros bajará para tomar la llave y liberarte.

—Pero, es que... —Tifa bajó la mirada hasta su falda al recordar el sueño que tuvo durante su desmayo. Soltó una pequeña exclamación de sorpresa al descubrir que la llave estaba exactamente donde Aerith la había dejado—. ¡No te preocupes, Barret, la tengo aquí conmigo! ¡Me sacaré los grilletes y los esperaré allí!

—¿Qué demonios? —Barret se rascó la nuca en un acceso de confusión.

—Es imposible... —Sadie se acercó al monitor, husmeando por detrás de su jefe con una expresión similar en el rostro—: La llave estaba en el otro extremo de la habitación.

Zack rió por lo bajo, divertido ante la perplejidad de sus compañeros:

—¡Nada es imposible si se tienen amigos del otro lado!

Sadie torció los labios. La inesperada muerte de Aerith puso en duda la fe que decidió profesarle a la corriente vital. Si la tierra prometida existía, era una entidad insaciable que gustaba de engullir los sueños y promesas de sus víctimas sin un atisbo de piedad.

Pensó con rabia en que jamás perdonaría el sucio robo de las almas de sus padres, de Angeal y de Aerith. Pero no se lo haría saber a Zack. No pretendía desanimarlo después de la forma heroica en la que salvó a sus camaradas.

—Sea cual sea la respuesta —declaró—, no podemos desaprovecharla. Los guardias están ocupados con el asunto de Arma Zafiro, pero se acordarán de nosotros en cualquier momento. Tenemos que darnos prisa y subir a la azotea cuanto antes. —Se giró hacia el ex Soldado y le dio un leve empujón en el hombro con la palma de la mano—. Zack, tú guías.

—Como digas, Sadie-lady.

El grupo siguió a su líder en dirección a la salida. Barret se acercó a Yuffie (quien marchaba junto a él al final de la comitiva) para susurrar con los ojos fijos en la espalda de Reeve:

—¿Qué tiene que ver ese bastardo de Shinra con nosotros? ¿Por qué traicionó a la empresa que le daba de comer?

—Es Tuesti, el creador de Cait Sith —explicó por lo bajo mientras señalaba el peluche que el arquitecto cargaba entre los brazos.

Barret dio un respingo, elevando la voz:

—¡Pensé que nos habíamos librado de ese felino ridículo y ahora tenemos que soportarlo en versión humana! ¡Menuda molestia!

Reeve suspiró al escucharlo:

—Esto me gano por ser abogado de causas perdidas.

Ingresaron al pasillo exterior cuando el Hermana Ray contraatacó a la bestia marina, escupiendo un rayo anaranjado que se deslizó de ventana a ventana en un par de segundos. El impacto iluminó la zona con la fuerza del relámpago y Arma Zafiro se fue de espaldas sobre la superficie del mar; dejando una estela de humo verdoso como única evidencia de su breve existencia.

—Son demasiado poderosos... —murmuró Yuffie, tan impresionada como fastidiada por la capacidad armamentística del enemigo.

—¡Y así se van otros quinientos años más de vida del planeta a la basura! —gruñó Barret—. ¡Malditos irresponsables!

—No podemos quedarnos aquí. —Sadie jaló a Yuffie para alejarla del ventanal—. Vamos, sigan caminando. Es todo lo que podemos hacer por ahora.

No encontraron ningún tipo de resistencia y llegar al techo fue cosa de chiste. En cualquier otro momento habría resultado una misión imposible, pero Heidegger no escatimó esfuerzos a la hora de trasladar a la totalidad de sus tropas al pie del cañón. Hablando del arma; Tifa los saludó desde la pulida superficie de la misma, agitando la mano mientras les sonreía con una dicha que creyeron perdida para siempre tras la trágica desaparición de Cloud.

Se quedaron pálidos de la impresión cuando vieron aparecer a Scarlet a sus espaldas.

La directora temblaba de rabia, desalineada y sudorosa a razón de lo difícil que le resultó trepar a la azotea. Su cuerpo era esbelto, pero esto se debía a una serie de costosas cirugías plásticas y no a un estilo de vida saludable. El mayor ejercicio físico de Scarlet consistía en caminar de su oficina a la cafetería, donde se atiborraba de comida chatarra siempre que podía.

—¡TÚ! —chilló para llamar la atención de Tifa—. ¡Gracias a ti soy el hazmerreír del mundo entero!

La artista marcial se giró hacia ella, el ceño fruncido ante la injusta acusación:

—Te hubiera ido mejor de no intentar asesinarme.

—¡Ja! ¿Y perder la chance de castigarte por todas las vidas inocentes que arrebataste al volar los reactores? Nah, creo que me agrada la idea de ser una justiciera.

Los labios de Tifa se entreabrieron en un gesto de dolor. El resto del equipo no tardó en darles alcance, pero la joven extendió una mano para indicarles que se quedaran atrás:

—Tienes razón, Scarlet —concedió—. Mi sed de venganza me condujo por un camino que multiplicó el dolor que me causaron ustedes a mí. No sé si existía un sendero más justo y me arrepiento de no haber sido tan lista como para descubrirlo. No puedo traerlos de vuelta, así como tú tampoco puedes devolver la vida que le arrebataste a la esposa de Barret durante la masacre de Corel.

La mujer se giró para contemplar al recién nombrado con perplejidad, soltando una risa socarrona al dirigirse nuevamente a Tifa:

—¡Ah! ¡Conque de ahí se me hacía familiar! Los mineros son todos iguales, es fácil confundirlos entre sí.

Barret se adelantó con los ojos echando chispas y el alma ardiendo de indignación:

—¡Me encargaré de que nunca te olvides de mí, perra consentida!

—¡No, Barret! —Tifa se interpuso entre los dos—. ¡El planeta se está muriendo porque no hemos logrado ponernos de acuerdo con esta gente! Si trabajamos todos en equipo, confiando los unos en los otros, quizá todo esto pueda resolverse de una vez por-

La joven fue interrumpida por la sonora bofetada que se estampó contra una de sus mejillas manchadas de hollín. La odiosa Scarlet (con la faz tan colorada como para hacerle honores sobrados a su nombre) ni siquiera retiró la mano del rostro de su víctima al declarar:

—¡A mí no me va a dar sermones una zorrita cualquiera de los suburbios como tú! ¡¿Y qué si maté a esa golfa pendenciera?! ¡Fue su culpa por nacer en un agujero olvidado por Dios!

Los presentes se quedaron pasmados, e incluso Barret dio un paso atrás al predecir cual sería la próxima acción de su compañera de equipo.

Tifa inhaló y exhaló, meneando la cabeza al musitar:

—No digas que no lo intenté, Aerith. —Para enseguida darle un puñetazo que la sacó disparada del cañón. Scarlet se retorció ridículamente en el aire antes de atravesar el hueco del techo del calabozo y caer despatarrada sobre la silla de ejecución.

—¡Eso! —vitoreó Yuffie—. ¡Con tantos golpes en la cara va a quedar el doble de idiota!

Tifa hizo un mohín, incómoda por tener que recurrir a la violencia en perjuicio de sus planes de paz. Barret notó su decepción y se acercó para sujetarle el hombro de forma afectuosa, sonriendo al explicar:

—A Mirna le hubiera gustado ver eso, Tiff.

—¿De veras lo crees? —Le devolvió la sonrisa, limpiando una lágrima de emoción que le resbaló por la mejilla con la yema del dedo pulgar. Le era muy grato recordar las cientos de anécdotas que involucraban a quien supo ser la primera compañera de vida de Barret.

—¡Ja! ¡Demonios que sí! ¡Lo habría hecho ella misma de estar aquí!

El sol de la tarde acabó de ocultarse bajo el mar cuando la nave "Viento Fuerte" pareció surgir desde las profundidades oceánicas, alborotando tanto la cabellera como la ropa de los sorprendidos miembros de Avalancha con la potencia de sus cientos de hélices y turbinas.

—¡Ah, no puede ser! —Zack dejó caer los hombros—. ¡¿Shinra de nuevo?!

—¡Qué va! —Barret soltó una carcajada, señalando al hombre que los saludaba desde el interior de la cabina—. ¡Es el desgraciado de Cid!


—¡Por el santísimo Da-Chao! ¡¿Cómo diablos le hicieron para robarse la nave estrella de Shinra?! ¡¿Qué no eran prisioneros ustedes también?! —chilló Yuffie mientras sus ojos se movían del hocico de Nanaki hasta los rostros indiferentes de Vincent y Cid.

—Los asuntos pendientes que teníamos contra Shinra nos motivaron a trabajar en equipo —explicó Nanaki, sentado junto a las escaleras que llevaban al área de radares—. Fue fácil escapar del laboratorio de Hojo por segunda vez. Nada más tuve que hacerme el muerto y esperar a que se metiera a la jaula para tratar de disecar mi cadáver. Luego de escapar me encargué de liberar a Cid y a Vincent.

—No se podía esperar otra cosa de un viejo tigre astuto como tú, ¿eh? —Barret volvió a reír—. Ni tampoco de Cid; veo que no tienes problemas pilotando este pedazo de armatoste desvencijado.

—¡Eh! ¡Más cuidado en como te refieres a mi nave, zopenco! —Cid se cruzó de brazos—. Fui su capitán durante mis días como empleado de Shinra y fue mía para cruzar el cielo hasta que esos bastardos decidieron confiscarla. ¡Es más! ¡Yo mismo la diseñé y ensamblé todo lo que pueden ver a su alrededor!

—Vaya... —Yuffie abrió la boca un palmo—. Y yo que pensé que todos ustedes eran un hato de tontos.

—¡No me interrumpas, mocosa! ¡¿No ves que todavía no acabo de hablar?!

—¡Si te va a tomar tanto tiempo es porque no eres tan inteligente!

—Ya, ya. —Barret suspiró—. Sigue, Cid.

—El único problema fue que tuvimos que ingresar una contraseña para acceder al panel de control. Pensé que estábamos jodidos, pero el bueno de Vinny usó su pasado como Turco en nuestro favor e ingresó el código para poder sacarla del hangar.

Tifa no pudo evitar reír al recordar como los subestimó Rufus bajo el pretexto de creer que no eran más que dos ancianos deprimidos y un animalejo tuerto. Lo repentino de sus carcajadas provocó que todos voltearan a verla, por lo que se apresuró a disimular la naturaleza de su buen humor:

—¡Oh! No pasa nada, es sólo una pequeña satisfacción personal.

—Bah, ojalá tu satisfacción fuera contagiosa —gruñó Cid—. Con el fin del mundo colgando en el medio del cielo se me hace difícil sonreír.

—Es verdad... —Tifa suspiró—. ¿Qué vamos a hacer? No tenemos ni idea de lo que pasó con sagrado.

—¡Ah! —Zack se puso de pie de un salto, abandonando el asiento que ocupara hasta entonces—. ¡Primero tenemos que ir a Mideel!

—¿Mideel? ¿Para qué?

—¡A buscar a Cloud! ¡Con todo el jaleo casi se me olvida decirles lo que pasó con él!

—¡No puede ser! —Tifa se sujetó de la baranda del puente, demasiado sobrepasada por la emoción como para soportar el peso de sus piernas sin tropezar—. ¡¿Cómo lo sabes?! ¡¿Cuándo te enteraste?!

—Es... una certeza un tanto difícil de explicar. ¡Pero prometo que no se arrepentirán de confiar en mí!


Nota de autor:

¡Nos leemos otra vez, mis queridos lectores! ¿Por dónde empiezo a agradecer las toneladas de amor que recibió este fic desde la última actualización? ¡Me han hecho tan, pero tan feliz con las decenas de comentarios, seguimientos y favoritos que le obsequiaron a "El porqué de las cosas"!

Esta sección fue especialmente difícil de escribir porque tuve que superarme con cada escena que acontecía, así que aprovecho para extenderle un sincero y afectuoso agradecimiento a "Celine0292", "Cerulean1990", "Kratossoul", "Mariavaldez", "Tati-san", "Yunaestela-Dev", "Hellenyt" y "NescentVanitas" (el último par está conformado por mis primeros lectores de Wattpad), por el apoyo y la buena onda con la que iluminaron el proceso de escritura del presente capítulo.

¡Les deseo un dichoso y pacífico día de San Valentín! ¡Gracias por estar del otro lado!